Etiqueta: cultura

Meditar y otras hazañas

Como ya he contado varias veces en este blog sin miedo a repetirme o con miedo pero repitiéndome igual, quiero ser una persona culta a la manera de mi jefa, una persona fina y educada, con costumbres bonitas que me pulan y me eleven. A veces me resulta muy fácil, es como si a mí me saliera de natural lo que a ella le cuesta trabajo, pero otras, las circunstancias, esas señoras tan desagradables, se me ponen en contra.

Para centrar el tema, pongamos que hablo de meditación, a la que tan aficionada es mi jefa. Ayer, sin necesidad de retroceder más en el tiempo, andaba yo eslomándome con el aspirosaurio rex cuando visualizo a la Patricia encima de unos mullidos almohadones y en la posición del loto. Digo, huy perdona, si quieres dejo la aspiradora para luego y así no hago ruido. Tenía yo la esperanza de que me dijera que sí pero me dijo que no y con una explicación y todo. No, no, se me pone, si es que estoy haciendo la meditación del silencio. Pues por eso mismo, le digo yo. No, me explica ella muy didáctica, es que es un tipo de meditación que consiste en que haya ruidos alrededor, concentrarse en ellos y dejarlos pasar, que no nos molesten ni alteren.

Pues si eso es lo que hago yo todas las mañanas cuando abro la ventana para ventilar y hacer la cama. Lo mismito. Hoy, por ejemplo, me llega, vía aérea, nada más abrir, el ruido de un taladro destructor, la canción qué cara más bonita tiene esa niña, que cara más bonita y a mí me va, que te levantes ya o te crujo, Pablo, gritado con esa violencia de la que sólo las madres son capaces y el llanto inconsable de un bebé sometido al método Estivill. He meditado en profundidad sin alterarme lo más mínimo, aunque sin posición de loto de por medio por falta de tiempo y de flexibilidad. ¿Supero o no supero a mi jefa en artes meditativas?, para mí que sí.

Lo de la cultura literaria ya es otro cantar pero es que no siempre las señoras circunstancias me son propicias. No es fácil concentrase en la lectura cuando tienes a tu compañera de piso, la Noemi para más señas, dando unos saltos muy raros encima de un armatoste y agitando los brazos como si se ahogara en medio del mar.

¿Eso te va a sentar bien, Noe?

Sube tú también que estoy haciendo step, cabemos las dos, te dejo un hueco.

Me acerco, no para saltar sino para ver el espectáculo desde  primera línea de sofá, cuando compruebo que el tochaco que se ha agenciado como escalón y sobre el que sube y baja plena de energía es un libro de la Patricia, el que trato de leerme con mucho esfuerzo, nada menos que la Montaña Mágica de Thomas Mann.

Bájate ahora mismo de ese libro, le digo, que es un ochomil de la literatura. Vas a aplastar al pobre Hans Castorp y bastante tiene él con pillar la tuberculosis aunque si pisas un poco al Settembrini tampoco me importaría mucho. Es uno que no calla en todo el libro.

Pues mejor me lo pones, me contesta ella plantando la huella de sus zapatillas sobre la portada, montañas más altas he subido. Y uno y dos y sube la cadera, brazos arriba, rodilla palante y tres y cuatro. Vámonos, y sube y baja y arriba y venga…

Lo que os digo, las circunstancias no me son siempre propicias.

Quiero ser culta

Puede parecer a simple vista que limpiar casas ajenas es una actividad inocua y sin consecuencias. Pues os desengaño, si queréis tener secretos o salvaguardar vuestra intimidad no contratéis a ninguna empleada doméstica del hogar y no es porque seamos cotillas ni queramos inmiscuirnos en las vidas de otros (que a veces sí) es que esas vidas se nos muestran, sin ellas quererlo y sin quererlo nosotras, en toda su desnudez y verdad. Productos del baño, medicinas, alimentos, fotografías, conversaciones, ropas, desechos y esos libros que reposan inocentemente sobre las mesillas dicen más de sus poseedores que cualquier test de personalidad. Vamos, que conozco yo más a la Patricia de lo que se conoce ella misma. Al husband ya no tanto porque está poco en casa y deja menos huellas.

Y volviendo a las mesillas de noche y a los libros que sobre ellas aguardan, hoy, mientras agitaba a lo loco el plumero, he sentido envidia de lo mucho que lee mi jefa laboral y he decidido que yo también me quiero culturizar porque aunque siempre he tenido tendencia a la lectura, igual que a la gordura, la falta de asesoramiento me ha hecho consumir mayoritariamente bazofia. Pero, bueno, a qué espero si ahora tengo una maestra en la sombra y gratuita. Voy a leer todo lo que lea la Patri, libro que vea sobre la mesilla, me apunto el título y cuando pase al sector estantería me lo meto al bolso con discrección y procedo a leerlo. Luego procederé también a devolverlo, eso que quede claro.

Qué contenta me he puesto al vislumbrar que mi vida no va a limitarse solo a fregar, cuidar, adivinar y pelearme con el Toni. Qué alegría de pensar que no sólo voy a ser leída sino bien leída. Para irme iniciando me he puesto a ojear y así he sabido que “en esta demoledora novela, que aspira a capturar el todo, el autor despliega ante nuestros ojos un mundo abandonado por los dioses”, huy qué miedo, la detecto un poco lúgubre. He elegido otra (porque mi jefa lee a pares e incluso a tríos y a cuartetos) y en esta se avanzaba: “el autor aplica una inconmesurable capacidad para enganchar con sus historias, como si fuera un hipnotizador”, ah, bueno, esta puede que me guste más. Y tenía previsto seguir husmeando cuando ha resonado por el pasillo la voz de mi ama: Eva, ¿qué haces que tardas tanto? todavía te quedan los baños y ya son las once. Aquí, con el polvo, he mentido sin atisbo de rubor. Si es que no le dejan a una avanzar en paz por la senda cultural.