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Días losa

Hay días en los que lo único que quieres es esconderte del propio día, que no te vea, que te ignore y, con suerte, se olvide de ti. Pero si es un día losa, estás perdido. Esos días vienen dispuestos a aplastarte, ese es su cometido y lo cumplen a la perfección.

Si por algo se caracteriza un día losa es por no olvidar, por no despistarse, por no irse por las ramas. Los días losa son plomíferos y como casi todo lo plomífero no conocen la evasión.

Escapar de un día losa es imposible, siempre te acaba encontrando y se te echa encima, agobiante, o se apoya en tu espalda y desde ahí, bien aposentado, haciendo descansar todo su peso, que es mucho, sobre tu cuerpo, se dedica a disfrutar de la liviandad, a hacer pasar sus horas, con calma de día losa, silbando tranquilamente o entonando aburridas cancioncillas, mientras tú cargas con él.

Cuesta atravesar el día losa con el propio día losa encima. Querrías tirarte sobre la acera, con lo sucia que está, abandonar la lucha y que te barran como a las hojas.  Te sacudes, te estiras, te mueves para ver si se desprende. El día losa es tozudo y cabezón, más que tú.

Admítelo, te puede. Lo vas a llevar a cuestas todo lo que dura. Parece que te han puesto pesas en las piernas, es denso, difícil de cruzar. Y sin embargo, cruzas, llegas ni sabes cómo al día siguiente, pones con miedo el pie en el suelo por si fuera un hijo del anterior. Los días losa son muy fecundos y se reproducen con facilidad.

Parece que no,  se ha ido y el nuevo no es su descendiente, en nada se le parece,  pero lo estrenas con todo el cuerpo dolorido, recuerdo del otro, como si te estuviera diciendo malicioso: volveré.

(Cuaderno de doña Marga)

Ya es hoy

Al final no lloré más porque no me dio tiempo y cuando por fin me metí en la cama estaba tan cansada que me quedé dormida al instante. Dormir es muy bueno cuando se tiene alguna preocupación porque entras en el mundo de lo onírico y allí lo más probable es que la preocupación no esté. Claro que a veces por mucho que te empeñes en entrar, la puerta está cerrada y no hay manera, aquí te quedas dando vueltas a tu problema y a las sábanas.

Pero tuve suerte y entré muy bien, de golpe, y gracias, en parte, a lo agotadora que es la Noemi. Nada más llegar se puso a deshacer la maleta porque es de esas personas que hasta que no tiene todo su entorno organizado no puede estar tranquila, después tampoco puede porque se le ocurren nuevas ordenaciones del territorio y así sucesivamente. Como me necesitaba todo el tiempo de mayordoma, o eso decía, no me dejó parar. Creo que era una táctica de amiga íntima para impedirme pensar.

Además de hacer de ayuda de cámara también tuve que resolver algún que otro problemilla derivado de las altas expectativas de la Noe. Pues no me cabe toda la ropa en el armario, se pone, ¿dónde la guardo?En el armario de los pobres, maja, en la maleta debajo de la cama. Huy qué cutre, dice ella toda palaciega, habrá que pensar algo. Sí, le digo yo, habrá que pensar en buscar a alguien más para compartir piso porque tú ganas muy poco y vamos justitas. Que ella en un piso patera no se ve viviendo, que ya nos apañaremos comiendo menos o lo que sea. Mejor lo que sea, Noemi, que de comer no me quiero quitar y eso que se me ha esfumado el hambre del disgusto.

Te va a entrar otra vez en cuanto cocine, me asegura ella, he traído tofu y verás lo que sé hacer, está buenísimo, pero solo por ser hoy que comer como las celébritis es caro. No te molestes, que las penas con pan son menos pero con tofu son más, mejor nos comemos la tortilla de patata que ya está hecha. Venga, pues  como no hay que cocinar, me pongo con el feng shui, voy a hacer que la energía positiva fluya y fluya porque está esto muy estancado. El sofá lo pongo del otro lado, mirando a la  pared contraria, empuja de ahí, tira de aquí, las sillas a la izquierda, la mesa patas arriba, esto sí, esto no, dale, dale.

Ya os digo, agotada de tanta mudanza me fui a la cama y ella todavía seguía trasteando, colocando sus afeites en el cuarto de baño, (madre mía la de potingues de marca blanca que atesora) y prendiendo barritas de incienso por las esquinas. Por mí, pensé antes de dormirme, como si saca el botafumeiro,  hoy he tenido bastante y mañana será otro día.

Y así fue, ya es hoy, es la seguridad que tienen los días, nunca te defraudan en su aparición, ellos siempre se presentan fieles a su cita y eso, en un mundo tan inestable y cambiante, no está mal como asidero.

Días ciclotímicos

Hay días que vienen al mundo consecuentes con ellos mismos desde el principio hasta el final. Días que amanecen luminosos y permanecen así hasta que se mueren sin que una sola nube venga a estropearles sus fuertes principios. O días en los que llueve y llueve y no cabe otra posibilidad  más que agua cayendo de un cielo opaco. No mutan, ni se alteran, ni se contradicen. Qué aburridos me parecen esos días tan equilibrados.

Prefiero los días inestables, caprichosos y antojadizos que, conscientes de su brevedad, deciden probar diversas maneras de ser, capaces de pasar de un estado de la materia al otro inesperadamente. Pueden comenzar de forma gaseosa con nieblas envolviéndolos, nubes que se desplazan mezcladas con el humo que asciende de las chimeneas, la velocidad disminuida, la gente difuminada en su interior como si estuvieran a punto de volverse también ellos nube, niebla o humo.

Sin previo aviso el día se licúa, el agua que cae con fuerza se impone a tanta volatilidad afirmándose sobre el estado anterior. Llueve apasionadamente, el día entregado de lleno a su liquidez. Pero como es ciclotímico y no puede estarse quieto, de repente se cansa de lo acuático y se solidifica: se inunda de luz, regresan los cuerpos con toda su materialidad a recorrer las calles duras, de aristas bien definidas. Ya nada es vago ni impreciso ni flota, ni asciende ni se desdibuja.  Todo se muestra tal cual es, bien trazado, ejecutado con firmeza, virtudes y defectos bien a la vista, brillante, recién lavado.

Qué seguridad tiene lo sólido, qué capacidad para el engaño, qué bien finge la permanencia.

(Del cuaderno de la doña Marga)