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Mi prima Petronila

En un taller literario al que me he apuntado, no sé por qué me ha dado por ahí con lo atea que soy de este tipo de cosas, nos han mandado como primer trabajo escribir sobre alguien que conozcamos muy bien, alguien cercano a nosotros, con total verismo, igual igual que si le estuviéramos haciendo una foto sin filtros ni retoques ni modos belleza.
Dice el profesor, que se llama Luis Buñuel, (nada que ver con el cineasta famoso), que a explorar territorios nuevos iremos luego, si acaso, pero que, por el momento, es preferible que nos quedemos en nuestro campamento base. Habla un poco metafórico Luis Buñuel, como corresponde a su cargo.

En la foto que vi de él en internet parecía mucho más joven que en persona, pero ya se sabe que todo el mundo tiende a elegir una foto de cuando todavía no había nacido para que sea su nonato el que le represente. A poco que vivas, te estropeas.
Lo que sí lleva igual que en la foto es la vestimenta,  va de negro de arriba abajo con unas camisolas sueltas que le dan un aspecto de pintor bohemio. No me fío ni un pelo de que sea bohemio de verdad y viva, como quiere aparentar, en una buhardilla sin calefactar donde escribe de noche y con mitones, pero no quiero juzgar todavía, me voy a esperar un poco. Y lo mismo haré con el resto de mis compañeros de taller.

Me pregunto si ellos también se habrán apuntado siendo ateos de los talleres literarios o por lo menos agnósticos y pensando mientras se decidían ,“aprendería más si me quedara en casa leyendo, seguro que está lleno de gilipollas pero voy a probar, es gratis, si no me gusta, me voy”.

Que sea gratis es bueno, es muy bueno, de lo mejor, pero al mismo tiempo es un mal asunto. Nada de escritores de reconocido prestigio en el profesorado ni siquiera de prestigio sin el reconocido delante. Y espérate que el profesorado, en nuestro caso Luis Buñuel, sea escritor como dice que es, además de filólogo y traductor.

El último día, en la clase antes de Navidad, le dije a mi compañera de mesa, que se llama María Prado, “oye, ¿tú te crees que Luis es escritor?
-¿Y qué va a ser si no? A mí me encantan Rosa Montero y Juan José Millas, ¿y los tuyos preferidos?

Ahora no sabría decirte de entre tantos como existen, le contesté yo con esa gracia que tengo en los primeros encuentros.
María Prado (Prado no es apellido, es nombre) no me lo tuvo en cuenta, parece buenísima persona. Fuimos juntas andando hasta el metro después del taller y hablamos un poco. No me apetecía nada que me hiciera la pregunta de por qué me había inscrito en ese taller, pero basta que no quieras…
“Por hacer algo”, respondí. Le dije la pura verdad, no tanto por sinceridad como porque no se me ocurrió nada mejor que sustituyera a la pura verdad. Pareció desilusionada de mi simpleza , hasta yo misma me desilusioné un poco cuando me oí , pero dicho estaba y no tenía ya remedio.
Ella me contó que se había inscrito porque a pesar de llevar con esto de la creación literaria desde su vida embrionaria, el primer micro relato se le ocurrió en el útero materno, piensa que le falta algo, que no acaba de cuajar su propia voz.

-Ya, ya, lo normal, dije yo, sacando el abono transporte y ahí nos despedimos.

A mí, en realidad, me pasa al revés, que tengo la voz tan cuajada que siempre es la misma. Eso es un problema.
María Prado se fue en dirección Barrio del Pilar y yo en dirección Artilleros. Tengo ganas de llegar un día hasta el final de la línea, Arganda del Rey, y bajarme ahí a ver qué me encuentro. Una especie de aventura menor porque para aventuras mayores creo que no doy la talla.
El caso es que nunca lo he hecho por falta de tiempo, por pereza y por esa voz que siempre me fastidia los planes antes de que los haga. Esa voz que me dice, “pues qué va a haber ahí, en la última parada. Nada, lo que hay en todas partes y encima te vas a hacer pis y todos los bares van a estar sucios”. Así me habla y por su culpa me moriré sin pisar Arganda del Rey. A lo mejor se lo tengo que agradecer y todo.
¿De quién escribo, de quién puedo escribir?, empecé a darle vueltas en el mismo metro, ¿quién tengo yo en mi campamento base?, que diría mi profesorado, Luis Buñuel. Pero, hombre, si está clarísimo, ¡ mi prima Petronila!, qué bien, ya tenía la presa.
Primera duda que me surgió, ¿es ético escribir sobre alguien que conoces sin su permiso y sin camuflar? No me lo pareció, más bien se me asemejó tal conducta a un robo y, lo que es peor, a un robo en el que la víctima no sabe que está siendo atracada.
La llamé en cuanto salí a la calle para preguntarle si no le importaba que escribiera sobre ella y luego lo leyera en alto en el taller literario. Me dijo que encantada de la vida, pero que le cambiara el nombre no fuera a ser que algún conocido suyo, ya sería casualidad pero esas cosas pasan, asistiera al mismo taller, dado que es gratuito y ella tiene muchos conocidos amantes de lo gratuito y de las puestas de sol.
-¿Y qué nombre quieres que te ponga?

-Petronila, si te parece, me dijo muy farruquita

¡ Pues, toma Petronila!, nunca se me hubiera ocurrido a mí un nombre tan así, tan de novela chusca. Se van a morir de rabia mis compañeros y María Prado ya no va a poder pensar de mí que soy tonta del culo.

De entre todas las cosas que me gustan, y no hay tantas, soy muy limitada en gustos, una de ellas es dar rabia. Tampoco mucha, solo un poco.

Empieza así mi primer escrito para el taller:
Mi prima Petronila vive en la calle de Bremen.
“Como los músicos”, dice siempre ella cuando da su dirección. Y se ríe sola.

Ahora a ver si no me atasco.

Conque esto y conque lo otro

No me he olvidado del Toni y sigue vivo, pese a que ya no aparezca por estos pagos, él, que tanto los llenó con sus gracias y desgracias. Sigue vivo y lector, ese es el problema. No lector de libros, que también leerá alguno,  lector de este blog. ¿Cómo voy a hablar de él si sé que luego lo lee?

Toni, cotilla, ¿cómo voy a hablar de ti? Tu invisible presencia me incomoda, ya no soy libre como fui ¿Cómo voy a hablar de nada íntimo si sé que estás acechando al otro lado de la pantalla?

No puedo. He intentado hacer como los niños: cerrar los ojos y pensar que si no veo, no me ven. No resulta, ya se encarga él de recordarme que sí me ha visto.

Conque la Patricia colorea y busca su niño interior, ¿eh?, me salta este fin de semana cuando le estaba ayudando en su incipiente huerto.  Detuve mis labores hortelanas y le pedí explicaciones pero no me las dio.

Se ríe ladinamente y se calla. Desconozco sus horarios de visita, ni si ha leído mucho, poco o todo, ni si entra habitual o esporádicamente  ni si le parece bien o mal lo que aquí se narra ni si le gusta, le disgusta o le es indiferente.

Cuando ya se me había olvidado, al cabo de las horas, vuelve otra vez: conque la doña Marga confunde un semáforo con un pájaro, conque la Noemi no tiene las diez prendas básicas. Qué rabia me estaba dando.

Digo, Toni, yo no te he dado permiso para entrar en mi blog.  Ya sé que es una tontería decir eso porque desde el momento en el  que empiezas a escribir aquí ya sabes que estás dando un permiso general y que cualquiera puede acceder, incluso ese cualquiera que precisamente menos querrías que accediera.

Porque una cosa es que te lean desconocidos y se hagan la idea de ti que más les guste y otra es que alguien cercano se ponga ciego de informaciones reservadas sin devolver nada a cambio. Es como estar todo el día en pelotas internas, podría decirse, y enseñar lo que no te importa enseñar y lo que, a lo mejor, sí te importa.

Ese es el motivo de que el Toni no aparezca últimamente por aquí y no porque se haya ido al pueblo aunque eso también influye.

Es que, mira, Toni, no tengo ganas de revelarte todo lo que pienso y siento  sobre ti ni quiero que confundas lo que aquí escribo con lo que de verdad pienso o siento, que esa es otra.

Conque no quieres revelar, me dirá después con cara de demasiado tarde, maja, has hablado más de la cuenta y ya nunca me podrás sorprender.

Pues sí, claro que sí, Toni, me has fastidiado, pero que bastante porque ahora me autocensuro  y, además, te has suicidado. Como personaje, claro.

En buena hora no borré el historial de búsqueda en nuestro común ordenador, así fue como me descubrió. Dice que por qué me  he tenido que quedar yo con el cacharro si lo compramos entre los dos. Porque yo lo uso más, la custodia es mía, ¿me estás oyendo? Seguro que ahora no. Típico de él.

Conque típico de mí, ¿eh?

Así no se puede.