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De la fobia a la filia

Si ya os decía yo que cuando el Jacobín saludaba al mar desde su cohete de monedas estábamos a un paso del baño. Y cuando ayer remojamos los pies en la orilla, a menos de un paso. Lo que no sabía era que nos acercábamos tanto a la inmersión total y continuada. Porque una vez superada la fobia nos hemos metido de lleno en la filia. Dicho claramente: el niño ya no quiere salir del agua. Somos dos pelágicos de marca mayor.

Nada más abrir el ojo, el infante clama: ¡a bañar!

Querrás decir a desayunar, le corrijo con la mente puesta en las delicias del bufet.

No, yunar, no, bañar.

Tiene las ideas claras pero por ahí sí que no paso, lo primero es la nutrición que con el estómago vacío te puede pillar una ola a contrapelo y hacerte naufragar.

Pues mientras intentaba tomar tranquilamente mi colación matutina y peleaba por darle la suya al inapetente Jacobín, otra vez la Esme ha vuelto a la carga.

Qué, ¿has pensado ya en las tarifas?, ¿qué te parece a cinco euros los diez minutos para empezar? Mira, he estado ensayando con mis hermanas y es muy fácil. Sólo tienes que mover la cabeza de vez en cuando en señal de asentimiento, soltar algún que otro ajá, ajá, abrir mucho los ojos y decir “te comprendo, te comprendo, es increíble, lo que no te pase a tí”, cosas así. Ya iremos enriqueciendo el repertorio. ¿Me estás escuchando? Pues mal empezamos.

Es que tengo la boca llena de un bollo muy rico, Esme, le explico con dificultad. Es de esos que llevan por dentro como una crema de chocolate y por encima un hojaldre. No veas cómo se ponen los alemanes, qué platos, hasta arriba, ahora comprendo el tamaño que tienen

Qué raro, tú comiendo o hablando de comer, me suelta con un deje tirando a borde y muy poquito escuchante.

Y no es que haya querido vengarme del poco caso que me ha hecho, es que el Jacobín armado de manguitos y con un flotador que simula la aleta de un tiburón, tironeaba de mi brazo con la firme intención de arrancármelo si no le conducía a su ahora amado mar.

Eres muy grosera, te faltan muchas tablas para convertirte en escuchanta, le he oído decir justo antes de colgar.

¿Será verdad que no sé escuchar?, he pensado saltando la primera ola. A la segunda ya no me acordaba porque tenía que concentrar todas mis fuerzas en retener cerca de la orilla al niño que se volvió pez y nunca más quiso volver a pisar la tierra.

De profesión, escuchanta

La Esme me ha llamado desde el apartamento playero donde pasa unos días de vacaciones en compañía de sus hermanas, sus sobrinos, su padre, el Hipólito, las niñas del Hipólito y el Cristo que lo fundó, según sus propias y muy literales palabras.

Dice ella que si eso son vacaciones que baje Dios y lo vea.

Digo, Esme, te noto muy católica, apostólica y romana.

Nótame como quieras, se me pone ella, pero no te llamo para quejarme de mi mierda asueto, aunque podría. Te llamo para que sepas que le he dado un giro a la profesión de terapeutisa que me había inventado. Ya no voy a ser eso porque de eso ya hay, voy a ser otra cosa que creo que no existe. Abriendo mercados, guapa, en mi línea imparable de i+d.

Resulta que se va a poner de lo que ella llama Escuchanta. Consiste esa nueva profesión nada más que en prestar atención a lo que cada uno quiera contarle poniendo cara de sumo interés. Dice ella que tiene muchísimo futuro y que va a empezar septiembre petándolo, dado que es un mes en el que la gente tiene mucha necesidad de hablar.

Los que se lo han pasado mal en vacaciones y vuelven frustrados, las parejas que se dan cuenta de que no se aguantan después de la intensa convivencia, los padres que no pueden más de los hijos, los hijos que no soportan a sus padres, los que temen la vuelta a sus rutinas, los que tienen que pasar esas revisiones médicas pospuestas para después del verano, los del síndrome de la vuelta al trabajo, los del síndrome del parado de larga duración, los que se deprimen por el acortamiento de los días y los que se angustian ante anuncios de fascículos coleccionables. Es muy duro contemplar sin alterarse esas entregas de abanicos, casitas de muñecas o tanques de la primera guerra mundial, que lo comprenda.

En fin, que ya se ve largas colas en el quiosco de gente ansiosa de los servicios de una escuchanta profesional. Y que qué cómo lo veo, que si me animo a ponerme con ella. Que me vaya pensando tarifas, que ella había pensado empezar tirando precios para atraer clientela y uns vez fidelizado el personal irse subiendo a la parra y que se fastidien. El que quiera dar la chapa que lo pague, leches, ha manifestado.

No le he dicho ni que sí ni que no sino todo lo contrario. Vamos, que no sé, que soy más de presentes que de futuros y mi presente ahora es que he conseguido un logro muy grande: nos hemos mojado los pies en la orilla del mar.