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Qué me vas a contar

Los mejores amigos de mis hermanos eran otra pareja de hermanos, gemelos, muy morenos, con el pelo ensortijado y los ojos casi negros. Jugaban con ellos al fútbol pero sin que les gustara, solo porque eran amigos,  sus verdaderas pasiones eran las espadas y atrapar bichos en botes de cristal para luego destriparlos y torturarlos. Al fútbol jugaban despistados, pensando en otra cosa, y por eso se caían constantemente y una vez en el suelo se les olvidaba el partido y  se quedaban por ahí tirados, sobre la tierra, buscando bichos. También tenían el récord mundial del barrio de meterse goles en propia puerta. Cuando metían un gol de verdad lo celebraban entrechocando sus espadas ficticias. Hoy les hubieran acosado por las redes sociales pero entonces, como mucho, se llevaban algún puñetazo o algún insulto inmediato y volvían a integrarse sin mayores problemas.

La madre de los gemelos morenos era amiga de la nuestra y muchas tardes, mientras jugábamos en la calle,  se sentaban las dos en un banco a charlar y a pegarnos algún grito de vez en cuando para que pareciera que nos vigilaban con suma atención de madres. Una tarde que estábamos jugando al escondite utilicé el respaldo de su banco y sus espaldas para esconderme y, sin querer, escuché cómo la amiga le contaba a mi madre que se había quedado embarazada y que menudo disgusto tenía ¡Otro!, dijo exclamando con un tono de desolación tremendo. Qué me vas a contar, le contestó mi madre y las dos se quedaron calladas unidas en ese silencio cargado de desgracia.

El qué me vas a contar claramente tenía que ser yo puesto que era la última o a lo mejor la desgracia había empezado antes y mi hermana Almudena también entraba en el lote. Antes o después me tocaba de lleno, eso estaba más que claro y lo entendí al momento. No me habían traído al mundo voluntariamente. Tenía la sensación de que me querían bastante o no menos que a los otros, pero seguramente habían empezado a quererme más tarde, por costumbre, sobre todo.

Quise investigar un poco más sobre mis orígenes y subí a casa a preguntarle a mi abuela Mila. Estaba enfadada porque acababa de descubrir que le habíamos espachurrado  un pintalabios, era fanática de los cosméticos y la laca y bastante vengativa, así que su respuesta fue: no digas que te lo he dicho pero tú no eres su hija, te compraron a  los gitanos, ¿no ves que no te pareces a ninguno de tus hermanos?

Esa nueva y desconcertante información contradecía la anterior. Si era una “qué me vas a contar” no me podían haber comprado. Además mi abuela se había reído al decirlo, nadie que confiese semejante verdad lo hace riéndose. Lo de los gitanos era mentira y me fastidiaba porque por un momento me ilusionó poder diferenciarme del resto por mi procedencia zíngara y no por haber llegado la última y por accidente.

Volví a la calle arrastrando los pies, muy desencantada de la vida. El escondite se había terminado y también se había disuelto el partido de fútbol. Alrededor de los gemelos morenos  se acababa de formar un corro expectante. Habían atrapado una lagartija y tras extirparle el corazón habían metido en su lugar una piedra pequeña para comprobar si podía sobrevivir. No pudo.  Las dos madres, indiferentes al trasplante cardíaco y ya restablecidas de su desgracia, se reían de algo, el sol se ponía por el descampado, donde vivían los gitanos de verdad, y Macario, el portero cojo del bloque tres, acababa de sacar los cubos de basura y la manguera.

Uno  gritó, “la manga riega que aquí no llega”. Empezaba  la diversión de cada tarde a última hora. Corrí entre todos los demás para que no me alcanzara el agua, seguramente no era la única accidental en ese grupo  y había unos cuantos  que habían caído en la vida de rebote.  En ese momento de felicidad me daba exactamente igual. Ya estaba dentro, en el lío.

 

 

 

Peti

En el piso de abajo vivía una señora viuda. Se llamaba Peti, tenía la cabeza llena de ricitos blancos y hablaba como si balara, haciendo temblar las sílabas, sobre todo la última de cada palabra. A causa de algún problema en las piernas, a veces las llevaba vendadas, apenas salía. Según mi madre, Peti tenía muy mala suerte porque nos tenía que aguantar a todos nosotros saltando sobre su cabeza.

Pero ella no se quejaba nunca, si acaso decía riéndose “ayer parecía que se me iba a caer el techo encima, tunantes”. A Peti las tardes se le hacían muy largas y por eso nos pedía que bajáramos de vez en cuando a su casa.

Gracias a ella, mi hermana y yo consideramos seriamente la posibilidad de dedicarnos al mundo de la farándula. Éramos las típicas pesadas que se pasan el día bailando y pidiendo a alguien que las mire. Uno no baila para nadie, baila para recibir aplausos y hasta ovaciones. Pero en nuestra casa no teníamos público.

Estábamos muy frustadas y a punto de abandonar el cante y el baile hasta que descubrimos a nuestra más fiel admiradora en el piso de abajo. No solo le parecíamos guapísimas, de una belleza racial, decía, sacándonos así, aunque solo fuera por un rato, del informe montón de la normalidad. Además consideraba que nuestro arte, que en nuestra casa solo provocaba bostezos contenidos y algún que otro empujón, era inigualable y único y nunca se cansaba de mirarnos y de aplaudir al final con entusiasmo de fan entregada. Una vez hasta se levantó de la silla y gritó tres veces bravo.

Ante tal éxito empezamos a perfeccionar las coreografías y a añadirles números más complejos que incluían saltos gimnásticos, pinos puente, recitado de poemas, furiosos taconeados con los zapatos de flamenca y mucho agitado de melenas y revoleo de faldas para terminar. Peti hasta lloraba. Ahora pienso que de risa pero entonces me parecía que era de la emoción que le causaba la pureza de nuestro arte temperamental.

Fuimos muy felices aquellas tardes en casa de Peti y creo que ella también lo fue. Nos llamaba niñas divinas y artistas como la copa de un pino y para celebrar la actuación sacaba una botella de licor carmelitano y se atizaba un lingotazo. Nos contó que era una bebida muy digestiva que hacían unos monjes de Benicassim, su pueblo natal.

Un día nos dejó probar un poco y como nos gustó nos puso un culín en un vaso para las dos. Es muy reconstituyente, nos dijo balando. Y ya todas las tardes nos daba el culín después de bailar, para reponer fuerzas y reconstituirnos. Después le entraba nostalgia y nos hablaba de playas y palmeras mientras nosotras nos reíamos sin saber de qué.

Nuestra carrera se truncó cuando empezaron a mandarnos deberes en el colegio y tuvimos que sustituir los bailoteos apasionados, los aplausos y el licor carmelitano por las cuentas y las caligrafías. Las tardes se nos volvieron aburridas como a Peti. Y también largas.

(Cuaderno de DM)

Urraca de la rotonda

A la urraca de la rotonda se la llevaron de puente unos amigos. La veían estresada y con un humor que ni que fuera agente de la circulación.

Es por vivir ahí, en mitad del tráfico, la pobre solo oye coches y más coches, bocinazos, sirenas, petardeos de moto, resoplidos de autobús, iban comentando cielo arriba dejando atrás la ciudad.

La urraca de la rotonda muy convencida no estaba, de vez en cuando giraba la cabeza como si quisiera dar la vuelta, era lo que quería en realidad, pero por no parecer antipática y huraña siguió al grupo.

Aquí, este es el árbol, le indicaron con contento señalándole un altísimo álamo. Pero qué desolación era aquella, si no había casas por debajo ni gente corriendo ni semáforos ni tráfico.

Muy bonito, sí señor, dijo ella con el pico pequeño.

Ya verás qué tranquilidad, vas a relajarte de verdad.

¿Relajarse?, pero si ese hotel estaba hasta los topes de pájaros, todos amontonados armaban un jaleo de tres pares de narices tanto al atardecer como al amanecer. Volaban juntos, comían juntos, anidaban juntos, dormían juntos.

No estoy yo hecha para semejante masificación, no hay intimidad y qué angustia ese campo que se extiende debajo, vacío, sin nada que se mueva como no sean ratones apresurados o conejos. Y para colmo no hay papeleras, ¿de dónde sacarán estos mendas la comida?

Qué paz, decían a cada minuto sus amigos mirándola de reojo para espíar su reacción, qué calma, esto es calidad de vida. De comer le ofrecieron insectos y gusanos. Riquísimo, mintió ella tragando con repugnancia. Por la noche un extraño tipo ululador no le dejó pegar ojo.

Calidad de vida, graznó la urraca a la vuelta agitando su cola arriba y abajo con desdén. Con lo feliz que era en plena hora punta subida a la cabeza de piedra del señor marqués observando el atascazo. Con lo que le gustaba su pino esmirriado solo para ella y la comida fácil y sabrosa de las papeleras. Y que el primer ruido de la mañana fuera el camión de la basura y no esa panda de cansinos gorjeantes.

(Cuaderno de doña Marga)

Sueño cuesta abajo

En mi sueño soy esa niña rubia que se tira cuesta abajo en el patinete. El pelo hacia atrás, un vértigo en la tripa, el verano pegado a los brazos.

Soy, en mi sueño, un cuerpo feliz. Subo la cuesta impulsándome con un pie y me vuelvo a tirar por la pendiente. Muchas veces hasta que me aburro, vuelco el patinete sobre la hierba, me quito con ligereza el vestido. No me duelen los hombros, nada me duele. Me zambullo en el agua y nado, salto, grito y río junto a los otros niños soñados.

En mi sueño soy esa niña que por las tardes se sube a la bici y da vueltas y más vueltas alrededor de un castaño como si viajara muy lejos. Viaja lejos de verdad.

Niña de piernas fuertes hechas para correr, saltar y pedalear con los calcetines caídos. La diadema escapándose por la frente. De boca abierta tragándose todo el azul. Cuesta abajo. Así soy soñada por mí.

(Cuaderno de doña Marga)

Los tres felices

Ya he contado que buscar la puerta de salida es la principal ocupación de don Margarito y sus compañeros de clase y aunque es verdad que la mayoría dedican sus energías a intentar escapar hay tres que se mantienen al margen. No es porque lleven más tiempo y se hayan rendido, es porque son más desmemoriados y ni siquiera tienen la intuición de que hay otro mundo cruzando la puerta. Se encuentran cómodos donde están porque ya no tienen referencias con las que comparar y han encontrado un nuevo papel que desempeñar en esta vida que tienen ahora.

La primera es la mujer madre, siempre lleva un muñeco entre los brazos y lo acuna, arropa, besa y achucha como si fuera de verdad. A su lado se sienta la segunda, otra mujer, la que dice nueve. Nueve, nueve, nueve, recita con una voz muy grave y convencida de la importancia de su misión. Una mañana logró pasar al diez y se asustó tanto que le tuvieron que dar una tila por haber roto sus rutinas tan de golpe. Al cabo de un rato y tras tres nueves temblorosos volvió con seguridad a su número de siempre.

El tercero es el hombre bueno de los jerseys tejidos a mano. Nunca se enfada con nadie y obedece ciegamente a las cuidadoras, come cuando hay que comer, duerme cuando le mandan dormir, canta cuando le dicen que cante y trata de calmar a los inquietos buscadores de puertas llevándoles de la mano y con mucha paciencia hacia sus sillones.

No sé por qué me dan casi más pena que los desasosegados que buscan la salida, por qué los compadezco si ellos son felices, a lo mejor es porque pienso que para ser feliz de verdad hay que ser consciente de la propia felicidad o porque yo, que los observo, sé sobre sus vidas algo que ellos no saben. Pero eso tal vez nos pase a todos si nos miran desde fuera.

La guapa

Anoche recibo la llamada habitual del Toni antes de irse a dormir. Me arrepollino en mi cama dispuesta a escuchar un variado surtido de quejas y protestas y me voy preparando para contraatacar con argumentos contrarios. Lo de siempre, vamos.

Pero lo de siempre no, el Toni, extrañamente, no se queja del calor (motivos tendría), ni del trabajo ni de su cuerpo doloroso ni de los otros seres que le rodean y con los que interactúa, ni siquiera suelta improperios contra el majo, ese compañero de bar que ve la vida en tecnicolor.

Pues todo muy bien, me suelta.

¿Pero tú eres Toni o has sufrido una mutación, te has tomado alguna sustancia de efectos muy poderosos?, algo te ha tenido que pasar porque no te percibo normal.
Que sí, hija, que soy yo y no me pasa nada, ¿es que no se puede estar contento?, siempre oyéndote decir que tengo que ser más alegre, que soy un muermo del diez, que todo lo veo negativo y para un día que digo que todo bien resulta que te molesta.

No es molestia, es asombro. Así que todo bien, pero, ¿ha pasado algo en el bar?, que el Manolo te ha subido el sueldo, que el majo se ha ido, que….

No, no se ha ido nadie pero sí ha venido alguien nuevo, Verónica, una chica muy maja que ha contratado el Manolo estos meses de verano para que atienda la terraza.
Muy maja, se pone. Lo que traducido del idioma de macho a hembra quiere decir otra cosa que tonta del todo no soy.
¿Y que tal es?, le pregunto así como por encima, sin que se note que quiero saber sus características más destacadas.
Es guapa, me contesta escuetamente.
Guapa, el Toni contento, son muchas emociones juntas a última hora del día. No me podía dormir y, cuando por fin me ha vencido el sueño, he tenido pesadillas en las que participaba la tal Verónica a la que de ahora en adelante llamaré V, que decir su nombre entero, no se por qué, me da rabia.

El facebook del Toni

Toni, soy Eva, te llamo ahora que se han bajado a la piscina y nos hemos quedado solos el niño y yo, que estamos malos,  bueno ya estamos un poco mejor pero ayer llegó la madre de Patricia y me puso a trabajar con fiebre y todo. Me mareé y lo pasé muy mal, no me gusta este sitio por muy verdiazul que sea.

Pues cuélgalo en el muro de tu facebook

Pero si yo no tengo facebook…

Pues hazte uno, yo me lo hice ayer y estoy muy contento. De foto de perfil me he puesto la que más feo salgo, sudando la gota gorda en el bar al lado de un plato de callos. Para que vean el glamour del Toni.

No entiendo nada de lo que me dices, si a ti nunca te ha gustado el facebook y además,¿por qué te has puesto una foto fea? Ponte una que salgas majo.

No lo pillas, es que mi facebook va a ser el de los malos rollos, nada de poner fotos de lo bien que me lo estoy pasando ni de la vida tan maravillosa que tengo. Mira, me voy a hacer un selfie aqui en el sofá mirando la pared de ladrillos que se ve desde nuestra ventana y con cara de muermo total. ¡Asco verano! lo voy a titular, ya verás qué de amigos me salen y la de gracias que me dan por compartir mis visicitudes con ellos. La pena es que no se hagan fotos en los tanatorios como se hacen en las bodas porque podría colgar la de cuando fuimos al entierro del tío Paco, todos con los ojos rojos de llorar y las caras descompuestas.

¿Y dices que te van a salir muchos amigos?, pues con esas penurias lo dudo, vas a tener el facebook más despoblado del mundo,¿quien va a querer ser amigo de alguien que solo cuenta penas?

Pues todos, Eva, que pareces boba, ¿no ves que la gente lo que necesita es consuelo y no que le estén dando envidia permanentemente? Tener un  amigo infeliz, que se aburre, que no va a ningun sitio, que se lo pasa mal, al que le duelen cosas, que está pelao de dinero y  que además es feo es un alivio muy grande para cualquier vida media, por aquello de la comparación. Ah y también me voy a poner una foto de mis pies pisando un vagón del metro en hora punta y en vez del gin tonic que ponen todos, otra de un vaso con un paracetamol dentro como símbolo de todas mis algias.

Pues no termino de verlo, además es que tú tampoco eres tan infeliz ni tan desgraciado,eso es una exageración, también tienes momentos buenos y vas a sitios  que te gustan, como cuando te subes al monte o te vas de avistamientos y me tienes a mí y nos reímos muchas veces, no digas que no.

¿Y qué? Pues claro que exagero, como hacen todos, la gente solo pone lo bueno pues yo voy a poner lo malo. Mi muro va a ser el de las lamentaciones. Venga, anímate tú también y marcamos tendencia.

No estoy yo para marcar muchas tendencias en este momento y no me gusta el facebook ese tan cutre que te has inventado.

Jajajajajajaja, que si quiero ser amigo del capullo ese que me zurraba en el patio del colegio, el Martín García Seco, que si le agrego, se pone. Pues claro que te agrego, esto es demencial, ¿qué te dije?

 

Dos de siete

Me he llevado el libro de la felicidad al parque para compartirlo con mis amigas y, de paso, intentar alejarlas de la perniciosa costumbre de coser. Ya de lejos, veo a la Pandora agitando en el aire su ecografía abdominal. A mi esta no me arredra, me he dicho, y me he puesto yo también a agitar el libro de los siete pasos hacia la felicidad para contraatacar.

¿Qué es eso que traes, no será una de las pesadeces que acostumbras a leer?, mira, mira qué bien se ve aquí el hígado inflamado.

Ya lo miro luego, Pandora, que esto que he traído es muy importante porque te dice la manera de ser feliz en solo siete pasos.

Pocos pasos me parecen a mí esos para tan magno objetivo, me responde haciendo gala de un gran escepticismo.

Mujer, es que están concentrados, es como el suavizante de la lavadora, le explico poniéndole un ejemplo muy propio de mi doméstica condición.

Eh, grita ella entonces, Esme, Norma, que Eva dice que tiene un libro para ser feliz que está muy bien, es leerlo y te transformas en un ser de luz y alegría y todo eso. Y solo son siete pasos, no hay que hacer demasiado esfuerzo lector.

Esme y Norma levantan la vista de sus labores, se frotan el cuello que lo tienen dolorido de tanto mirar para abajo y, nos observan omo si no nos reconocieran. Es más, creo que no nos reconocen hasta pasados unos momentos.

¿Qué dices de la felicidad?, reacciona la Esme al percibir como entre sueños la palabra mágica.

Siete pasos, le señalo la portada, siete pasos para alcanzar la felicidad, ¿los hacemos?

Huy, sí, qué lindísimos, se entusiasma la Norma dejando de lado a su quinta Hello Kitty.

No sé, hija, yo es que no lo termino de creer, mejor sigo cosiendo mi gato y no me hago ilusiones vanas.

Por probar, le incita la Pandora.Que luego no resulta pues vuelves a tu gato que nadie te lo va a quitar.

Bueno, venga, concede la Esme que desde que vive bajo el efecto de los ansiolíticos se ha vuelto muy flexible. A ver, Eva, suelta el primer paso.

Agredecer, tenéis que agradecer algo. Yo, por ejemplo, le he agradecido al Toni que me haya lanzado este libro tan mágico y con eso ya voy cumplida por el momento. Te toca, Esme.

Pues no se me ocurre nada, a ver, ¿puedo dar las gracias por el lexatín?

Como poder….yo creo que sí, que si tu quieres, aquí no concreta nada, solo dice dar las gracias.

Ah, pues si valen los ansiolíticos, valen también los analgésicos. Yo voy a dar las gracias por el paracetamol que es lo primero que me tomo cuando me levanto para irme entonando, me sienta fenomenal y no me hace daño al estómago ni nada, relata muy convencida la Pandora.

Te toca, Norma, le digo con la esperanza de que no de las gracias por el mate.

Yo agradezco haber encontrado amigas en España, dice mirándonos con amor y verdadera gratitud.

Que mal nos ha dejado, refunfuña la Pandora, ¿puedo cambiar de agradecimiento?

No, que vamos con el segundo paso, cuanto antes los hagamos antes seremos felices.

Segundo paso: apunta en un papel tus objetivos vitales y, una vez apuntados, hay que leerlos varias veces al día, cada vez que te sientas mal o desanimada.

Y nos hemos puesto a redactarlos con mucha aplicación pero como dice el libro que es mejor no contárselos a nadie porque a la gente le gusta mucho chafar objetivos vitales ajenos pues los vamos a mantener en secreto.

Paso tres, digo a continuación con mucho ímpetu, pero la Esme ya ha vuelto a su punto de cruz y  la Norma que, todo hay que decirlo, es muy maja pero mucha personalidad no tiene, se ha puesto a copiarla de inmediato retomando sus labores .

Oye, ¿qué hacéis?, que os voy a leer el paso tres que tenemos que ser felices.

Con un veinte por ciento de felicidad me conformo por hoy que tampoco hay que abusar, sentencia la Esme.

¿Te enseño el hígado de una vez?, me amenaza la Pandora con bastante impertinencia.

Y con un ojo puesto en la inflamación hepática y otro en el papelito con mis objetivos vitales he ido, mal que bien, sobrellevando la mañana.

El regalo

Tan tranquila estoy sentada en mi sofá, bueno tan tranquila no que estaba leyendo el Ulises. Pues tan inquieta estoy sentada en mi sofa cuando entra el Toni y lanza por los aires un libro que aterriza justo a mis pies.

¿A qué juegas, Toni?, ¿es un nuevo, cariñoso y cultural saludo o qué pretendes?

Cultural, dice, como que todo lo que está escrito y publicado va a ser cultura, no seas pardilla, Eva. Esto que acabo de arrojar es basura de la peor especie, lo que no entiendo es cómo se ha atrevido a regalarme semejante bodrio el muy lerdo ese,  qué cara me habrá visto para creerse que voy a leerme algo así.

Ya voy teniendo pistas: alguien te ha hecho un regalo, lo cual siempre es de agredecer y no motivo de enfado, ese regalo ha sido ese libro que acabas de tirar al suelo con rabia y con el que casi me desgracias y sé que te lo has leído, por lo menos por encima, porque dices que es muy malo y eso solo lo puedes saber si lo has leído previamente. ¿Qué tal voy?, me gusta este juego de adivinar.

Cuando te haces la graciosa me pones muy nervioso

Y cuando no, también.

Este libro me lo ha regalado el majo, para que lo sepas, y yo no llamaría libro porque se pueden ofender los libros de verdad y con razón.

¿El majo?, pues que majo, ¿no?

Pues no, porque, ¿sabes como se titula este panfleto? Siete pasos hacia la felicidad

Es un título como otro cualquiera, no demasiado original pero tampoco creo que sea para que se te pongan los ojos inyectados en sangre ni se te inflame la vena del cuello que cualquier día te va a estallar.

Es  un título asqueroso porque presupone que la persona a la que se lo estás regalando no es feliz y presupone además que es corta de entendederas si se cree que la felicidad es algo que se puede conseguir en siete pasos, siete, ¿y por qué no cinco o doce o diez o veinte? y que además se puede lograr leyendo un libro que te dice cómo, te lo dice en siete pasos, a paso por capítulo y uno final de recopilación.

Pues yo que tú probaría alguno de los pasos, sólo para ver qué pasa, mira si resulta que te haces feliz de repente.

¿ Y quién te ha dicho a ti que yo no soy feliz?

Tú, de manera indirecta, que siempre estás gruñendo y quejándote.

Eso no es indicativo de nada, lo hago porque me gusta y me sienta bien y porque quiero hacerlo. A mí manera infeliz soy feliz también.

Huy, qué raro. Déjame el libro que me lo voy a leer yo, digo aliviada de poder sustituir el Ulises con lo que sea.

No te conviene, Eva, tú ya eres una feliz de manual y puedes caer en una sobredosis, lo mejor que podemos hacer es quemarlo.

Lo de quemar libros me suena un poco inquisidor por no decir algo peor

Y dale con llamarlo libro, parece un libro, tiene aspecto de libro, se comporta como un libro pero no lo es.

Mira, Toni, deja de decir idioteces, si tiene hojas con letras impresas en ellas y se lee es un libro y me lo voy a leer. Primer paso: agradece.

Toni, te agradezco que me hayas tirado este libro a la cabeza y te agradezco que tu puntería sea mala y el libro de tapa blanda,  ¿ves qué fácil? Noto cómo sube la felicidad, es una especie de cosquilleo. Y solo voy por el primer paso.

Pues no va y se enfada o a lo mejor está contento y esa es su manera de expresarlo. Feliz en su infelicidad, pues qué bien.

El majo

El Toni tiene un compañero en el bar que es muy majo. Pues qué suerte, pensaréis como pensé yo, porque los compañeros retorcidos te pueden hacer la vida imposible. Pues no, el Toni preferiría tener al lado en sus ocho horas laborales a alguien no tan majo. Dice que tanta majez es insoportable y que le saca de sus casillas. Tampoco es muy difícil sacar al Toni de sus casillas, de hecho yo creo que nunca ha llegado a estar dentro de las casillas esas que, por otro lado, no sé lo que son. El Toni es ser de casillas para afuera, como quién dice.

Pero volviendo al majo, resulta que es un hombre de mediana edad, casado y con dos hijos en edad escolar, de aspecto físico normal, ni guapo ni feo, ni alto ni bajo, un señor medio con una vida media, de profesión camarero. Lo que le distingue de otros congéneres de su misma especie -léase el Toni- es que siempre está contento, no se enfada por nada y todo le parece bien. El Toni dice que no ve normal ese estado de ánimo tan positivo y lineal y que ese hombre tiene que tomarse alguna sustancia muy potente para mantener, día tras dia y sin alteración esos niveles de felicidad.

Al majo no le perturban los clientes pesados ni los bordes ni los malhumores del jefe ni que haga frío ni que haga calor ni que pierda su equipo de fútbol. El majo entra con la sonrisa puesta y sale con la misma sonrisa inalterada. Que eso no es natural, se pone el Toni, que ese hombre es un robot programado para la felicidad constante  y no un ser humano con los altibajos anímicos propios de su condición.

Pero bueno, Toni, le digo, ¿no tendrás envidia?, mira que es muy feo y muy rastrero el ser envidioso, deberías alegrarte de que exista alguien feliz y que ese alguien, además, esté cerca de ti, ¿o es que preferirías tener de compañero a otro gruñón como tú? La barra daría miedo y no entraría nadie al bar, tenlo en cuenta.

Que no es eso, que él envidia no tiene, que se alegra de que sea feliz y no le desea nada malo al majo pero que no quiere que se lo cuente porque le da dentera y que, además, la comunicación con él es imposible porque parece que habite otro mundo distinto.

Por ejemplo, me explica, si tú al majo le preguntas por sus hijos nunca te va a decir que están muy bien pero que dan mucho la plasta o que desobedecen o que han suspendido alguna;los hijos del majo son unos chavales majísimos que nunca sacan malas notas ni lo dejan todo tirado por los suelos, ni contestan, ni se enganchan a las máquinas y, por si fuera poco son los pichichis de la liga escolar. Si por la mujer, que también es majísima, que trabaja dentro y fuera sin descanso pero siempre está contenta y bien peinada, que los cuatro dan paseítos y comen heladitos, porque el majo utiliza mucho los diminutivos, nunca dice le pongo un pincho sino un pinchito o aquí están sus cañas sino las cañitas, y que qué felices son juntos, que la vida en pareja es maravillosa y le da un codazo cómplice al Toni como para corroborarlo. Además, el majo silba, a todas horas silba unas cancioncillas muy alegres y festivas y, encima, silba bien no es un silbador chapucero, es un silbador majo.

Y que por sin fuera poco ha visto su lema en el whatsapp y que si sé cuál es.

Pues no, cómo lo voy a saber, dímelo tú.

Viva el veranito, me dice mirándome con ojos desorbitados de ira.