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Segunda carta a los alfacentaurenses

Hola a todos los de por ahí. Iba a decir los de ahí fuera pero me han dicho que no lo diga porque lo que es fuera para mí puede ser dentro para vosotros o todo para todos. Espero que os encontréis bien de salud tanto física como mental. Yo no tanto últimamente y ahí lo dejo. No quisiera convertir esta segunda epístola en una narración pormenorizada de dolencias. Más adelante, si eso. Cuando gocemos de mayor confianza y ya se pueda estropear la relación convenientemente.

Una cosita quería pediros si no es mucha molestia, ¿podríais, en algún ratillo suelto que tengáis, pasaros por mi casa y abducir a mis dos hijos? No digo yo que para siempre, me conformo con una temporada. Las criaturas están poco viajadas y no les vendría mal ver mundo exterior (o interior, que ya no sé ni dónde me hallo). De paso les enseñáis vuestro idioma para que lo puedan poner en el currículum. “Alfacentaurino, nivel medio”, lo estoy viendo. Si con eso no los coloco, apaga y vámonos.

Pero no apagéis todavía la conexión, amigos de por esos espacios interestelares, que aún quiero pediros algo más. ¿No tendréis, por un casual, un agujero negro que os pille a mano? Lo digo porque cuando vengáis a por mis hijos, ya de paso, os podríais llevar la bicicleta estática, que no sé para qué leches me la compré y la tiráis ahí, donde no moleste.

Diréis que qué os doy yo a cambio de todo esto. Desde luego, qué interesaditos sois los de Alfa Centauri, ¿es que no podéis hacer favores por el simple placer de hacerlos? Gentuza, digo, perdón, guapos. Yo, a cambio, os entrego esta misiva o epístola y las que seguirán. ¿Acaso os había escrito antes algún terrícola? Seguro que no, si estábais más solos y más aburridos que ni sé hasta que he llegado yo. Vuestra vida carecía de emociones y alicientes, tristes alfacentaurenses. Gracias por lo menos, ¿no?

No me falléis, seres de allende la galaxia, tengo puestas en vosotros casi todas mis esperanzas.

Atentamente: Esmeralda.

Niño de piernas gordas

Niño de piernas gordas, el pasillo está muy vacío sin tus pisadas.
Ya no lo recorren elefantes ni dinosaurios ni trenes ni atascos de coches y camiones.
La vecina está muy contenta porque la silla con ruedas ya no se arrastra sobre su cabeza contigo a bordo.
Yo menos, niño que tenía miedo al reloj de cuco, a las piñas, a los globos, a los payasos, al lobo pintado en un cuento.

Niño de piernas gordas que miraba pasar los trenes con seriedad de científico, te has subido a uno con tus pelos rizados y tus piernas largas y fuertes y has dicho adiós muy feliz porque vas a vivir tu vida independiente.

Las paredes también lo están de no recibir más tus chutes de pelota, tranquilas de no ser arañadas por tu mochila colegial, manchadas por tus dedos churretosos. Recién pintadas qué frías me parecen, qué antipáticas.

Pero tengo que estar feliz, me han dicho, feliz de que estés tan sano y seas valiente y fuerte. Y claro que lo tengo que estar y muy a menudo lo estoy, orgullosa también pero, a veces, se me salta una lagrimilla ridícula mirando el pasillo tan largo y silencioso, un tubo que solo sirve para que rueden las pelusas.

(Cuaderno de doña Marga)

Apaga la luz

El hombre al que le habían empezado a doler las rodillas fue a dormir esa noche a casa de su madre. La madre, que tenía ochenta años, se había caído y estaba dolorida y asustada. También estaba de muy mal humor como pudo comprobar enseguida el hombre al que le habían empezado a doler las rodillas y también el hombro derecho.

Te dejas todas las luces encendidas, le reprochó la madre desde su sillón, con la cara morada por el golpe. En tu casa haz lo que quieras pero aquí apágalas, gastan, ¿sabes? Y cuando bebas de un vaso no lo dejes por ahí en medio porque luego está toda la cocina llena de vasos y no se sabe de quién son. El hombre apagó la única luz que había encendida, una pequeña en el cuarto de cuando era niño, y se sentó enfrente de la madre. Le dolían las rodillas, habían empezado a dolerle hacia poco y también un hombro, el derecho. Se lo frotó, pero no dijo nada.

Estoy estreñidísima, le comunicó la madre. Ya no sé que tomar y pasó a relatarle sus deposiciones con todo detalle. Y cuando utilices una cucharilla, friégala. No hay muchas y luego no quedan a la hora del desayuno. No cuesta nada, friégala. Tienes problemas en el trabajo, ¿verdad?, te lo noto en la cara. Siempre te he notado todo en la cara. No,no, mintió el hombre frotándose ahora las rodillas, todo va bien. Pasaron la tarde el uno frente al otro, el hombre mirando mensajes en su teléfono y la madre viendo películas antiguas en la televisión a gran volumen porque estaba sorda. No te cierrres la puerta para dormir, hace mucho calor, siempre te ha gustado estar encerrado. El hombre  con dolor reciente de rodillas y hombros sintió claustrofobia pero solo dijo buenas noches, que descanses.

Cuando al día siguiente, sintiéndose liberado por salir de allí, el hombre volvió a su casa comprobó con disgusto que su hijo, pese a ser de día, tenía tres luces encendidas, toda la casa estaba llena de vasos con restos de agua y otras bebidas, no había cucharillas, estaban todas sucias en la pila. Se sentó un momento en el sofá intentando encontrar el origen de su reciente dolor de rodillas, se masajeó el hombro derecho y gritó al hijo, que estaba encerrado en su cuarto con la música altísima como si fiuera sordo, ¿quieres apagar las luces? Por si no lo sabes , gastan, te voy a pasar a ti la factura todos los meses, ya verás como entonces… No terminó la frase porque le entró cansancio y porque comprendió que, en realidad, la frase era interminable.

(Cuaderno de doña Marga)

Extraños en el sofá

No sé cómo hacen algunos para escribir a diario, ayer estuve todo el día y quién dice todo dice los diez minutos del café, dándole vueltas a algún tema para ofreceros, me terminé el café, miré al horizonte, o más bien a un castaño que tengo delante del quiosco, puse una cara lo más parecida posible a la de Virginia Woolf y la conclusión fue: nada.

Así que quité la cara de escritora de relumbre que ni me da resultados prácticos ni me favorece. Lo sé porque me hice un selfi para colgarlo en mi instagram y tuve que borrarlo. La de selfis que borro, para salir bien en uno me tengo que hacer veinte. Es la edad porque yo he sido guapa no, lo que viene a continuación. Qué pena de pretérito imperfecto. El pretérito se va y te quedas con el imperfecto a secas.

Sin embargo anoche, a la hora de la cena, tuve una iluminación o flash, como se decía en mis tiempos mozos, al contemplar a los dos habitantes de mi sofá, esos extraños a los que un día llamé hijos y ahora se lo sigo llamando más por costumbre o por inercia que porque de verdad se comporten como tales. A veces creo que son los del tercero que han subido para usar mi wifi cómodamente aposentados.

En latín de andar por casa: mea culpa. Les eduqué mal, a lo que me iba saliendo, sin leerme libros ni ir a la escuela de padres, les eduqué como pude y a veces, me temo que más veces de la cuenta, les dejé a su libre albedrío para que ellos me dejaran al mío. Intenté inculcarles hábitos cívicos como el de ayudar en las tareas del hogar pero si a la cuarta vez que yo pedía que pusieran la mesa ninguno se movía o si se movían era para matarse entre ellos por ver quién hacía menos, terminaba poniéndola yo para acabar antes y evitar masacres.Y este es el resultado de mi poca paciencia: los extraños del sofá. Parece el título de una película de terror, ¿a que sí?, por algo será.

Para que no se diga que no  me trabajo  la unión familiar y que ya lo he dado todo por perdido, saqué un tema de conversación al azar y se lo lancé a las carnes de mi carne. Vamos a hablar, leches, que somos una familia y las familias se comunican, se cuentan lo que han hecho durante el día, se transmiten sus anhelos y esperanzas. Yo hablaba y, mientras, esos dos desconocidos, sin separar la vista de sus pantallas, movían las cabezas como aquellos perritos que antaño, pero que muy antaño, estuvieron de moda en la parte trasera de los coches.  Luego ya dejaron de moverla no les fuera a dar una tortícolis. Qué agradecida es la maternidad.

Seguí un poco más hablando a mis cojines de punto de cruz hasta que desistí. ¿Qué hay de cena?, dijo  al cabo de un rato uno de los dos, ahora no me acuerdo si la chica o el chico, en un alarde de comunicación extrema. Puré de verduras, respondí  ¿Otra vez?, puf o puag, dijo el otro o tal vez el mismo. Pues hazte tú otra cosa que ya eres mayorcito,  vergüenza debería daros, blablabla, introduce la frase de madre que más te guste porque da igual, ya no me oían.

Ahí acabó todo,  volví a mirarlos con extrañeza, preguntandome, ¿pero de verdad estos dos han vivido  nueve meses en mis entrañas, de verdad fueron aquellos niños adorables (a ratos) a los que ponía gorritos y se dejaban abrazar, me decían mami te quiero y me dibujaban con una corona de reina y muchos corazones rodeándome? No puede ser, son los del tercero.

Si te ha gustado este tema, te sientes identificado porque tú tampoco tienes paciencia ni pedagogía, habitan extraños en tu sofá o piensas que habitarán  algún día, te da pena de mí, me quieres ayudar o , simplemente, te atrae, y mucho,  el micromecenazgo, deja un comentario, y algo en la hucha, no seas rata.

Se despide hasta el próximo post que se me ocurra vuestra desinteresada amiga, Esmeralda.

Aberraciones de la vida

El don Margarito lleva unos días ingresado en un hospital a consecuencia de una neumonía. La doña Marga está muy agobiada porque no puede ir a verlo y porque piensa que se va a morir. No es la única que lo piensa, también lo piensan los médicos y las enfermeras y por supuesto la doña Repolluda que prácticamente ya está organizando el funeral y no deja de repetir la frase “es lo mejor que podía pasar” y eso que todavía no ha pasado.

No estoy yo tan segura de que la muerte del don Margarito sea inminente, ayer la doña Marga me mandó de visita para que le trajera información y otro punto de vista y a mí me pareció que el don Margarito tiene impulso vital suficiente para ir tirando otra temporadita y mala leche para rato.

Sus ansias de fuga siguen intactas, su odio a las enfermeras feas, también, su afán de meter mano a las guapas, lo mismo, y sus ganas de fumar están estables porque hasta con el oxígeno puesto se lleva un imaginario cigarrillo a la boca y expulsa un humo invisible con la mar de estilo.

La verdad es que daba bastante pena verlo con esas canillas tan flacas que le asomaban por debajo del camisón del hospital y escupiendo el puré que trataban de darle. Comprendo su aversión a semejante potingue, mira que yo me como casi todo pero eso tenía una pintarra pero que muy mala. Le ofrecí un poco de mi bocadillo de chorizo y se comió un trozo o más bien lo royó, luego me lanzó muchos besos con la mano como si le hubiera salvado de algo terrible.

Eso mismo le he explicado a doña Marga para animarla pero mucho caso tampoco me ha hecho. Parecía que hablaba sola, decía que la vida permite aberraciones tales como que un hijo muera antes que una madre o que una madre llegue a desear la muerte de un hijo. Después se puso a disparar con el bastón a los tiroleses del reloj, de nada tienen la culpa esos muñequitos danzantes pero hay que reconocer que si no tienes buen día pueden resultar muy molestos.

Por hacerle un favor  me puse a quitarle la cuerda pero la doña Repolluda me lo impidió alegando que los relojes de cuco, además de informar de la hora, hacen mucha compañía.  Cuando se iba por el pasillo en dirección a la cocina, la doña Marga la disparó a ella también.

El blog de tócame Roque

Primero la doña Marga y ahora la Esme, pues no me llama esta mañana a casa, que hoy no he ido a trabajar que estoy  vírica perdida, y me pide que le meta un microrrelato en el blog, así como de tapadillo.

Digo, mira Esme, primero que de tapadillo no va a poder ser porque precisamente ayer hablé de tus microrrelatos y se va a notar la procedencia y segundo que no, que es que esto se me está llenando de lo que escriben otros. (Además, entre nosotros, que la Esme y la literatura….)

Hija, pero si es micro, que más te dará, si te dijera que me colgaras mi novela lo entendería.

¿Pero tú has escrito una novela, Esmeralda?

Todavía no pero lo tengo in mente, voy muy lanzada, escribir está chupao, pones una palabra y luego otra y otra y te sale solo, como el que tira de un hilo, no sé por qué los escritores se dan tanta importancia.

Bueno, ¿y de que va el microrrelato que quieres que ponga?, no será otro de  “cuando se despertó” y lo que sigue.

Claro, ya te dije que la estructura no cambia pero sí el contenido.

No sé, no me convence, yo también te dije que copiabas y lo sigo pensando ¿Y este también es  de tedio existencial? Que ya te aviso que como tema está de lo más manido.

No, este va de la lucha inter generacional, del Jonás, vamos.

Os aclaro, lectores que no me leéis desde el principio, que el así llamado -que también hay que tener valor para plantificarle ese nombre a un recién nacido, luego dirá que no se hace con él- es el hijo de dieciséis años de la Esme.

Bueno,venga, te lo pongo pero solo por esta vez, no te creas que ya todos los viernes te voy a dejar una entrada para ti.

Pues haces mal porque te reportaría la audencia que tanto estás buscando.

Yo no busco audiencia.

Vaya que no, todos la buscamos, no te hagas la que te da igual que nos conocemos.

Pues ahora ya no cuelgo el microrrelato que no me cabe, que esta conversación la estoy transcribiendo tal cual en la entrada y ya me está quedando muy larga y la audiencia de la que hablas se me cansa. Menuda es la audiencia, todo lo quiere corto que están muy mal de tiempo.

Pues dice así, se pone ella pasando de mis explicaciones y protestas: “cuando se despertó, el Jonás con la play station todavía estaba ahí”. ¿Cómo se te queda el cuerpo? Resumo y  concentro en una línea de nada lo que es toda la problemática de la actual adolescencia. No me digas que no es buenísimo.

No te digo, no.

Nido vacío

Cuando la tía Adela contempla su casa ahora tan ordenada y silenciosa respira satisfecha como si por fin le hubieran regalado algo que llevaba mucho tiempo mereciendo. Algunas veces incluso se pasea de cuarto en cuarto recorriendo esos espacios que ya son solo para ella y se pregunta cómo pudo vivir tantos años en medio de tanta gente y no enloquecer.

Ella no tiene el síndrome del nido vacío, pese a haber sido madre de siete hijos, tiene el síndrome del nido liberado que se caracteriza por una gran sensación de paz y bienestar aunque empañada por el ligero temor de que los hijos vuelvan. Ese temor es real, puede suceder. A su vecina Marta, la del tercero, le sucedió. La pobre ahora carga con un hijo cuarentón separado y  dos nietos karatekas que le han destrozado el parqué recién acuchillado. Por si fuera poco, el hijo fuma sin parar impregnándole las cortinas de olor a tabaco negro.

Si el teléfono suena a horas fuera de las habituales y es alguno de sus hijos, la tía Adela se sobresalta, ya se han separado, piensa, les han echado del trabajo, especula, y se pone a temblar imaginando que repueblan su pacífico pasillo, que las múltiples camas brotarán de nuevo de paredes o de debajo de otras camas, que habrá que esperar para pasar al baño y, cuando por fin se pueda, todo estará mojado y empañado, que sonará música atronadora y horrible a todas horas, que habrá que pelear por el mando de la tele y ….Por suerte nada de eso ha pasado todavía pero la imagen del cataclismo le  ha conmovido tanto que decide bajar al tercero y ofrecerle a Marta ayuda o conversación. A todos nos puede suceder, reflexiona mientras baja las escaleras llena de empatía e inquietud.

 

Cambio climático

 

Bato huevos para hacer una tortilla, oigo caer la lluvia sobre el suelo del patio, oigo también el ruido del tenedor chocando contra el plato y a un bebé que llora dos pisos más abajo. Dejo de batir para escuchar mejor, ahora solo hay bebé que llora y lluvia que cae. Pienso una cosa. Me asomo a la puerta de la cocina y veo al Toni repantingao en el sofá mirando fijamente su sobada hoja de los planos de la casa o caverna o guarida o lo que sea que se quiere construir.

Toni, le digo, ¿sabes qué?, que estoy sintiendo la llamada.

Pues abre tú que estás de pie y más cerca de la puerta. Yo ahora no me levanto que justo se me acaba de ocurrir por dónde tiene que ir el tiro de la chimenea.

Que no es la puerta, es otra llamada, ¿es que no me entiendes?

No te entiendo porque no te haces entender. Las mujeres siempre habláis en clave, como haciendo acertijos y luego os quejáis de que no os entendemos. Tú dime claramente y sin rodeos ni adivinanzas lo que me quieras decir y ya tenemos una base sólida de la que partir. Y hablando de base sólida, ¿cómo ves que en el suelo coloquemos unas baldosas de cerámica?

Pues no generalices, le grito desde la cocina volviendo a batir con rabia porque no me ha captado la indirecta. Todas las mujeres no somos iguales, ¿o es que a ti te gustaría que te dijera que todos los hombres sois unos simples y unos básicos? Te he dicho que siento la llamada porque la siento y si no me entiendes es que eres tonto porque está bastante claro. ¿No oyes a un niño llorar por el patio?

Sí ¿y qué?

Pues que esa es la llamada que siento, la de los óvulos, que se me van a acabar.

¿Me estás hablando de reproducción, por un casual?

Sí, de la nuestra, precisamente.

No pensaba que fueras tan irresponsable pero ya veo que sí.

O sea, que no quieres que tengamos hijos.

Me gustaría pero en otro mundo, en este no. ¿No has oído hablar del cambio climático? Eso no es algo que pueda que pase, eso es algo que ya está pasando. No voy a traer hijos a una porquería de mundo sucio donde se mata a la naturaleza. Y esto no ha hecho más que empezar, el futuro va ser peor. Y que no lo digo yo ni cuatro ecologistas chiflados, es que lo dice hasta la ONU. Mira este informe qué panorama: olas de calor, sequías, ciclones, falta de agua, desplazamiento de poblaciones, aumento de la pobreza y de las enfermedades….¿cómo vamos a traer un hijo a este lugar?

Pues como hace todo el mundo.

Si te refieres a no pensando, no soy partidario.

Eres mejor partidario de que se extinga la raza humana.

Por eso no te preocupes, que eso también pasará y hasta sin mi colaboración.

Pues me da igual todo lo que estás diciendo y lo que diga la ONU me importa menos todavía, quién es ese organismo  para meterse en mis asuntos, yo quiero tener un hijo, todas mis amigas del pueblo han tenido ya el primero y están muy contentas.

Pero ya no me contesta, muy típico del Toni, cuando se le acaban los argumentos o se siente acorralado opta por un silencio enfurruñado. Me vuelvo a la cocina y bato sobre lo batido y bato y bato, oigo la lluvia que cae sin importarle nada de lo nuestro, ella a lo suyo, cumpliendo con su misión de caer y mojar, qué rabia me está dando. El bebé ha dejado de llorar.

 

Veleidosa juventud

Suena el móvil esta mañana mientras yo me afanaba en desmantelar belenes y árboles navideños ajenos.En esta casa tan fina no se conforman con solo uno de cada en un rincón sino que la decoración se extiende por todas las estancias a modo de plaga. Me resisto a contestar porque a mi jefa no le gusta que hable mientras trabajo. Ora et labora no es su lema preferido para mí aunque, claro, lo que yo hago no es precisamente orar sino hablar por el móvil, nuestra oración contemporánea, ahora que lo pienso. Me resisto a la primera llamada y a la segunda y a la tercera pero a la cuarta he tenido que contestar por si se tratara de una emergencia. Era la Esme.

Hola, Esme, no puedo hablar mucho que estoy en pleno trajín, ya me imagino que me llamas para desvelarme lo que me han dejado los Reyes en tu casa. Estás tú lista, te llamo para contarte el disgusto que me ha dado la Anais, pues no me sale ahora la muy mema con que se quiere salir de gótica, dice que esa tribu urbana ya no le interesa, que está pasada de moda, que las negruras y lo siniestro ya no son lo suyo y que últimamente se está inclinando más por la luz. Pero ya le he dicho que de eso nada, que hasta que no sea mayor de edad la ley está de mi parte y que las cosas no se empiezan y se dejan luego a medias, un mínimo de coherencia y de compromiso, leches. Mira, Esme, no sé qué decirte, ¿tú no querías que la chica se encarrilara? Eso era antes de que fuera nuestra marca de empresa. Lo hace para fastidiarme, estoy segura, por llevarme la contraria y hundirme los proyectos vitales, los hijos son muy egoístas y en cuanto ven que despegas se asustan porque ven peligrar sus comodidades, me recuerdan a ciertos hombres.

Bueno, mujer, tú no te preocupes por la marca de empresa que ahora también contamos con la Norma Beatriz que, aunque de otra manera, me parece a mí que tiene mucho gancho. Oye, si los Reyes me han dejado un bolso, que es lo que yo  pedí, espero que sea grande para que me quepan con holgura los libros de culturizarme, el tarot y los bocadillos para los bajones. Si es pequeño todavía estás a tiempo de ir a cambiarlo, lo digo más que nada por…y va y me cuelga.