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El jardín cerrado

Antes de irme a casa me acerqué hasta el jardín cerrado,  a ver si a base de dar vueltas conseguía quitarme de la cabeza el no obstante. Después de oírselo a Edison brotaba solo y en cualquier lugar del pensamiento. Hay que reconocer que en todos los huecos quedaba bien, apropiado. Tenía su gracia al principio, como un juego, pero al rato empezó a volverse insoportable, quería deshacerme de él. Cuando era pequeña y mi mente me quería atormentar, y quería muchas veces, me colocaba entre las imágenes mentales una especie de  hilo o cuerda, el hilo daba vueltas a todo lo que pensaba, enredándolo. Si lo cortaba,  resurgía desafiante. Me desazonó mucho tiempo ese hilo  hasta que aprendí que la mejor manera de deshacerme de él era dejar que estuviera ahí. Como no encontraba resistencia, que era lo que quería,  se aburría y se iba. Así de retorcida era mi cabeza.

Utilizando esa misma técnica dejé que el no obstante me acompañara hasta el jardín dando saltos entre las palabras. El jardín perteneció a una congregación de monjas, ahora no sé de quién es,  de las monjas no,  la mayoría han muerto. Si queda alguna viva, y como comprobé más tarde por lo menos una queda,  debe de ser centenaria, como las dos palmeras de las esquinas. Al lado hay un hospital, a las urgencias se entra por detrás, donde está el párking que avanza lento pero implacable.

Cuando tengo mucha necesidad de naturaleza, doy unas cuantas vueltas al jardín cerrado. Muchas veces me he sentido un poco idiota y hasta más que un poco dando esos rodeos, como si ya, definitivamente, me hubiera convertido en la loca que da vueltas al jardín cerrado,  uniéndome así a la loca de los gatos, a las locas de los pájaros y al loco que vende pañuelos de papel y después insulta.  A este último hace mucho que no lo veo, es posible que esté también muerto, como las monjas.

Mientras estaba dando esas vueltas y admirando las flores blancas de los magnolios, algunas ya de color marrón y medio despachurradas por el suelo, pensé que al Penurias podrían gustarle las estaciones, todas las estaciones, si las viera representadas aquí. Este jardín cerrado es un buen muestrario, un precioso catálogo de las cuatro y sin ninguna de sus  incomodidades. En febrero, la hilera de cerezos que se asoman por la verja delantera anuncia con sus pequeñas y delicadas flores que ya se acerca la primavera. Son muy efímeras,  lo justo para hacer el spot publicitario de la nueva estación, pero tras ellas  y después de unos días de retroceso hacia el invierno, aparecen todas las demás.

En octubre, el emparrado que recubre la pérgola empieza a enrojecer por abajo, como si se le fuera subiendo la sangre a la cabeza, para volverse rojo por completo al llegar noviembre. Después las hojas rojas también se caen formando una alfombra por dónde se pasean los gatos. El jardín entero se desnuda y se queda silencioso y escueto, en el esqueleto. Como si en un arranque de sinceridad dijera: así soy yo en realidad cuando me quito todos los adornos.

Me molesta que no se pueda pasar, es cruel que exista un lugar así en medio del asfalto y sólo se pueda disfrutar desde fuera,  pero también sé  que si lo tocaran los pies humanos, si fuera un jardín de libre acceso, ya no sería como es, lo habríamos estropeado entre todos,  mientras que  ahora solo lo desgasta el viento, el sol o la lluvia, lo que ya es bastante. Es como contemplar un cuadro, no estás dentro pero te transmite su belleza y te hace soñar. Un cuadro con tres  dimensiones y con olores y sonidos, un cuadro vivo y por eso sometido al tiempo,  que lo va modificando día tras día aunque como se repite en cada estación finge que sigue siendo el mismo.

Cuando iba por la tercera y última vuelta, hasta cuatro considero que no es del todo de loca, solo de estrafalaria,   vi salir detrás de un arbusto de laurel a una figura diminuta y encogida, se sentó en uno de los bancos de hierro verde, por primera vez me fijé en que los reposa brazos terminan en pequeñas cabezas de perro. Era una mujer tan flaca que casi se transparentaba, con el pelo blanco, calcetines blancos, una túnica también blanca y zapatones negros. Me hizo una seña con un brazo huesudo y tembloroso, llamándome.  Acerqué la cabeza a la verja y ella, señalando al suelo, me dijo que ahí debajo estaban todas sus hermanas. Duermen, añadió. Y cerró los ojos.

Así que debajo había monjas enterradas. Me dio por pensar que todos sus deseos carnales no cumplidos, sus amores frustrados, sus anhelos jamás satisfechos hacían de abono para el jardín y ahora aparecían transmutados en flores, flores abiertas que esperaban ser besadas por algún abejorro o mariposa.  Era bonito y también desagradable. En eso estaba pensando cuando la única superviviente abrió los ojos y volvió a hablar, “aquí vivió un poeta”, soltó una risita como de niña traviesa y de nuevo se adormeció.

Hace poco he terminado de leer un libro que trata de jardines, es un libro en prosa pero lo escribió un poeta, un poeta que, no obstante, dejó de escribir en cuanto tuvo un pequeño jardín y consideró que ya no necesitaba las palabras, tenía más que suficiente con estar presente en su pequeño territorio de tierra. Esa es,  según él, la lección del jardín, de cualquiera de ellos, “acercarnos a lo que es sencillo e inmediato”. Y su promesa, también la de cualquiera de ellos, es que “volveremos a la tierra, formaremos con ella un solo cuerpo y hablaremos por fin su lengua”. El libro se llama Jardines en tiempos de guerra y su autor, Teodor Ceric.

 

Paraíso terrenal

El paraíso en la Tierra existía entonces y estaba en la casa del pueblo de mis abuelos, durante el verano. Una casa con escaleras, que como todo el mundo sabe son de lo más paradisíacas, y con un jardín. Y dentro del jardín todos los elementos propios del paraíso: árboles, flores, rincones ocultos, mariposas, libélulas, pájaros, ardillas, un perro. Y por la noche: grillos, ranas y estrellas. Claro que también había avispas, moscas y mosquitos y hasta algún escorpión al acecho debajo de las piedras, pero eso no influía en sus maravillas, solo le añadía credibilidad.

Por dentro la casa era muy fea, los cuadros más espantosos y mal pintados del mundo estaban colgados en sus paredes y además había muchos. Los había pintado alguien de la familia poseído por el espíritu de las creaciones abominables. Eran bodegones donde flotaban los cuchillos y peras y manzanas informes se desparramban por el plato, paisajes de los montes de ese mismo pueblo, tan bellos en la realidad, pero en la pintura deformes y contrahechos, retratos de niños raros y siniestros. Muebles había pocos pero los que había estaban escogidos con odio a la humanidad. En realidad ni siquiera estaban escogidos, todo lo que no gustaba o ya estaba viejo o nadie quería en sus casas acababa en la casa común para permanecer allí eternamente.

Que por dentro fuera fea no nos importaba nada, los cuadros horrendos nos proporcionaron muchos momentos de risas. Hasta que nos acostumbramos a verlos y ya solo nos hacían gracia si venía alguien nuevo y se los enseñábamos. Allí nos juntábamos a pasar el mes de agosto tres familias, dos de ellas numerosas, y eso implicaba caos, disolución de la autoridad, muchos primos, juerga constante y libertad.

Pero como no era un paraíso celestial sino terrenal, tenía que tener su parte negativa, no ya los insectos o los ratones del desván cuyas patitas recorrían por la noche nuestros sueños. Esa parte negativa para mí fue un humano, uno de mis tíos. Parece que la vida siempre te coloca desde el principio algún obstáculo o dificultad para que te entrenes en lo que vendrá después.

Esa dificultad fue él, el tío ogro. Tal vez no era feliz, no quería estar ahí, no le gustaba la casa ni el campo, no le gustabámos nosotros y como el odio tan difuminado le resultaba difícil de gestionar lo concentró en unos pocos seres: los árboles, a los que cada verano intentaba talar, el perro, que se llevaba unas cuantas patadas furtivas, y una de sus sobrinas, que resulté ser yo. Si podía, interceptaba mis juegos de fantasía por el jardín para regañarme o amenazarme y me llamaba riéndose “la niña rara”. Yo le tenía miedo y procuraba ponerme lejos de su alcance o jugar donde él no estuviera.

Aún con ogro, los momentos más felices de mi vida están guardados ahí, en esa casa que ya no existe, en el jardín de las hortensias y los pinos, volando de aquí para allá como las mariposas que tanto me gustaban. Hasta un día que una se me puso en la nariz y descubrí su cuerpo de gusano. Qué asco y qué decepción.