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Perro lector

Vive en mi barrio un perro lector.

Cada mañana acompaña a su ama hasta un macetero urbano.

Ella se sienta en el borde de cemento, entre coches y flores.

Abre una lata de cerveza y el libro.

Leen con las cabezas juntas.

A ratos la mujer cierra el libro y fuma hacia el cielo.

Tombuctú, de Paul Auster, leían hoy.

 

El mueble

El centro del hogar era aquel mueble. El mueble. Como si no hubiera ninguno más. Allí se guardaba todo lo importante: los misteriosos documentos salvadores, los libros de mi padre, las medicinas, los recuerdos de viajes, los regalos emotivos y en una puerta que se abría hacia delante con unas cadenitas, como la del foso de un castillo, las botellas de alcohol. El mueble también servía de expositor de nosotros mismos, de la familia que éramos a modo de guía visual por si se nos olvidaba. Repartidos por sus estantes estaban las fotos de todos en los momentos estelares, o así considerados, de nuestra vida.

La imagen central era la de la boda de mis padres, tan jóvenes ellos y ligeramente ridículos en sus trajes de ceremonia, mirándose con cara de enamorados inocentes. Y alrededor, como surgidas de ese big bang matrimonial, las nuestras de bebés, las de las comuniones, también ridículas por lo poco naturales, y alguna de grupo en la playa o en el monte durante las vacaciones. Aparte, en un estante lateral, mi madre había colocado fotos de sus abuelos y de los abuelos de mi padre, extraños personajes vestidos con ropas antiquísimas y peinados fuera del tiempo. A ellos se fueron sumando, poco a poco, nuestros propios abuelos.

Mi afición por la lectura empezó ahí, en el mueble, al que tanto acudía mi padre en busca de libros, curioseando por detrás lo que le había visto en las manos. Le gustaba mucho leer hasta que por algún proceso raro de su cerebro, dejó de gustarle. Primero abandonó la ficción y solo leía libros de política o de historia, luego se centró únicamente en la Segunda Guerra Mundial y después, no sé si indigestado por todos los horrores que se había tragado, nada. Abandonó definitivamente y si le regalaban libros los empezaba por compromiso o como para demostrarse a sí mismo que todavía leía, pero se quedaba siempre en las primeras páginas.

También en el mueble, en su sección alcohólica, nos pillamos mi hermana y yo nuestra primera borrachera o, algo que se le pareció,con una botella de pipermint, qué horteras, un día que nos quedamos solas. Nos pareció que ese líquido verde tenía que saber mejor que las otras bebidas de colores menos llamativos. Para amortizar las risas y el ansia de hacer algo especial, nos pusimos a saltar en un bulto que se había formado en el suelo, en el parqué, a causa de unas humedades. Saltamos tanto y con tanta fuerza que lo aplanamos. Mis padres se pusieron muy contentos a la vuelta cuando vieron que la avería había desaparecido sin que ellos tuvieran que hacer nada. Que luego vomitáramos les pareció normal, a veces eran muy tontos.

Si se iban de viaje sin nosotros, aunque solo fuera al pueblo, sacaban de uno de los cajones del mueble una carpeta negra de gomas y le enseñaban su contenido con mucho misterio y ceremonia a mis hermanos mayores. Es esa carpeta estaba guardado el testamento y otros papeles esenciales para nuestra supervivencia de posibles huérfanos. Era de lo más desagradable ese traspaso de carpeta.

Cuando los pequeños llegamos a la adolescencia y los dos mayores ya no vivían en casa, mi padre se quedó sin trabajo. Sus pasos de parado lo encaminaron de nuevo hacia el mueble, pero ya no con la intención de leer si no con la de echarse un trago de whisky aliviador. La puerta de acceso a las botellas chirriaba al abrirla. Que se tomara un whisky de vez en cuando era algo inofensivo pero cuando empezamos a oír chirriar la puertecita muchas veces al día, nos empezamos a preocupar. Desde la cama, me dió por contar con angustia el número de veces que se abría la puerta. Eran muchas. El foso había resultado tener dentro unos cuantos cocodrilos.

Nunca fue un alcohólico agresivo, más bien se conformaba con auto destruirse en silencio sentado en su esquina del sofá, negando que le estuviera pasando nada malo. Hasta que se puso enfermo y tuvo que abandonar como medida de supervivencia aunque ya nunca tuvo buena salud. Por suerte pasó unos años muy felices cuando nacieron los dos primeros nietos, una especie de último regalo de la vida.

El mueble sigue vivo en casa de mi madre, casi exactamente igual que estaba, solo que ahora hay imágenes paternas por todas partes, -de niño, de joven, pescando, abrazado a ella- a él no le ha colocado en el estante lateral. También hay fotos de todos los nuevos que han ido llegando, los mismos libros que huelen a polvo, los adornos de siempre, muchas medicinas sustituyendo a las botellas y una colección de animalitos de peluche. Porque desde que es vieja le regalan peluches, a ella le gustan. Dice que son muy buenos y que no le dan nada de guerra.

Lectura y repelencia

El año que mi hermana empezó el colegio pidieron al abuelo Tomás que me hiciera de guardería ambulante. Así yo no daba la lata en casa y él tampoco en la suya. Era un hombre muy metódico y organizado además de madrugador. A las nueve de la mañana ya estaba llamando a la puerta. Se suponía que íbamos a un parque cercano pero nunca fuimos a ese parque, sólo lo rodeábamos. Mira, el parque, tiene un columpio y un tobogán, me señalaba como si fuera un guía turístico de los suburbios cada vez que pasábamos por delante, más bien rápido para evitar posibles tentaciones.

Ahora cruzamos por el puente y nos subimos al autobús, me anunciaba a continuación. Le gustaba ir adelantándose a todo para que no hubiera imprevistos, no era partidario de las sorpresas ni de los cambios de planes. Cuando estemos arriba del puente te va dar vértigo pero tú no te preocupes porque el puente no se cae, no mires hacia abajo, siempre adelante.

Me parece que esas instrucciones eran para él mismo porque yo no tenía vértigo aunque luego sí lo tuve y mucho, no sé si influenciada por el suyo. Así iba explicando punto por punto y en tiempo real lo que íbamos a hacer o ya estábamos haciendo. Todos los días hacíamos lo mismo.

El autobús terminaba en la Puerta del Sol y eso también me lo decía mañana tras mañana, este autobús termina en Sol, el kilómetro cero. Ni idea de qué quería decir lo del kilómetro cero pero me parecía un dato muy importante que le daba mucha emoción al paseo. El recorrido siempre era igual: bajábamos por la calle Arenal hasta Ópera y subíamos por Mayor hasta Sol. Así tres o cuatro veces.

Por el camino me enseñó a leer usando de libro los carteles de las tiendas. Al principio no es que leyera, es que me sabía de memoria los rótulos que correspondían a cada una de tanto oírselo y lo repetía en voz alta haciéndome la sabihonda. Él se impresionaba mucho pero no de mi inteligencia sino de sus dotes docentes. Qué bien se me da enseñar, has aprendido sin darte ni cuenta gracias a mí.

Y sí que me enseñó de verdad después de unos meses, aprendí sin darme ni cuenta como decía él, antes que mi hermana que sí se estaba dando cuenta en el colegio con una cartilla que le daba muchos sudores y disgustos. Esa habilidad precoz me trajo consecuencias un tanto desagradables. Porque un día el abuelo quiso exhibirme y exhibirse él, de paso, y me puso a leer el periódico delante de todos mis hermanos como si fuera un fenómeno de feria.

Leí tres o cuatro titulares y pensaba seguir porque creía que mi actuación lectora estaba gustando, hasta que uno dijo: “que se calle ya la repelente”. Me quedé con el mote de la Repelente o, peor, la Repelencias durante un buen tiempo. Y además, mi hermana, que era muy envidiosa y a la que un simple mote no le parecía castigo suficiente, tiró por la ventana a mi muñeca preferida, la Piojosa, llamada así porque estaba muy vieja y tenía pelos de estropajo. En la caída desde el sexto en el que vivíamos, se le salió un brazo.

Piojosa y manca por culpa de la Repelencias. Hasta la infancia más feliz tiene sus momentos duros.

Sofá, lectura y otro mensaje

Resulta que la Patricia, esa jefa mía que se pasa la vida encerrada escribiendo una novela que no termina nunca, llevaba ya unos días desapareciendo a media mañana junto a su amiga la Poncho. Andaba yo muy intrigada con estas excursiones tan atípicas. Como veréis me intrigo con bien poca cosa. Pues hoy he resuelto esta intriga y además, otra que ya daba por perdida.

Ha sido la Poncho, que es más bien bocazas, la que me ha revelado lo que hacen cuando salen por ahí. Venga, Patricia, corre que llegamos tarde a clase. Es que, me aclara soltando la primicia ante la cara de disgusto de la otra, estamos tomando lecciones de meditación avanzada con un maestro venido de la India.

Así que era eso, se van con el mismísimo gurú. Lo que no entiendo es por qué vuelven siempre a la hora de comer cargadas de bolsas. Será que el indiano ha montado tienda o que, después de tanta mente en blanco, precisan de tocar tierra gastándose los dineros en traperíos.

No os creáis que son pijas al uso, más bien al desuso, se visten raras, la Patricia en estilo hada desfasada y la Poncho, la Poncho no lo sé, es inclasificable, pero el caso es que su desenfadada vestimenta no es tan al azar y al descuido como pudiera parecer de un primer vistazo. Lleva su tiempo y su inversión. Bueno, y a mí qué me importa.

Lo que sí me importa es lo agusto que me estoy quedando estas mañanas con la casa para mí sola. Pocos placeres son comparables a la desaparición del jefe aunque solo sea por unas horas. Tan contenta estaba hoy solazándome por las estancias de este macro hogar como si fuera mío y agitando el plumero a lo tonto y a lo loco, que hasta he decidido eliminar el paseo de la Morganina de mis actividades. Una mañana sin los desvaríos de la Esme me iba a venir muy bien para descansar.

He oteado desde abajo la librería para ver qué título elegía y justo el que me ha llamado la atención, (uno muy gordo, me va el caballo grande ande o no ande), estaba en la balda más alta, allí donde jamás limpio porque no me llega el brazo. Al subirme a la escalera para alcanzarlo he visto, además de polvo en abundancia, un montón de chupetes cubiertos de peluseríos. Segunda intriga resuelta ahora que ya no le importa a nadie (soy una maestra en el arte de crear tensión y luego no resolverla): ese era el lugar donde el Jacobín escondía su botín. Dada su pequeña estatura supongo que practicaba el noble arte del lanzamiento chupetil.

Los he tirado todos a la basura envueltos en un papel, tampoco es cosa de descubrir al ladrón ahora que parece rehabilitado. Todos menos uno que he depositado, tras desinfectarlo, en la boca de la niña cantora de arias. Al fin la paz completa, me he dicho, qué mañana de sofá y lectura más gloriosa. Esto sí que es paz en la tierra y déjate de gurús o guruses o como se diga, estaba yo pensando, cuando, al abrir el libro estas letras se me han echado encima:

“Algo acerca de los señores y criados y de si es posible que unos y otros se conviertan en hermanos espirtuales” y debajo de tan inquietante título, lo siguiente:
“También, ¡oh Dios!, hay pecado en el pueblo, ¿quién dice lo contario? La llama de la corrupción se multiplica a ojos vistas, aumenta de hora en hora”.

¡Qué susto, madre mía, ni que me estuviera mirando el Fiodor Dostoievski redivivo. Nada, que no, no he podido corromperme como quería después de tal frase y me he tenido que poner, muy a mi pesar, a pasar la aspiradora que para tal labor me pagan. Por no aburrirme mucho con la caza de pelusas díscolas he ido tarareando el Himno de Riego, digo yo que en algo se tiene que notar que hoy es 14 de abril.

Abuelo y nieto

La Esmeralda ha desaparecido del quiosco, no sé en qué enredos andará metida pero ha mandado a su padre y a su hijo a que ocupen su lugar y así, de paso, malpienso yo, se los quita de encima. Esta mañana, cuando me he presentado allí para ingerir la dosis diaria de conversación, esencial para mi supervivencia, me los he encontrado escenificando, como se dice ahora, una extraña pantomima. El abuelo le echaba el sermón al nieto  pero  éste, equipado con sus cascos anti abuelos del mundo, no se enteraba de nada y estaba tan feliz. Por decir algo que es un muchacho un poco sombrío.

Al verme llegar, el señor, que por cierto se llama Juan, se ha puesto muy contento, por fin un par de oídos sin taponar a su disposición. Muchachaaaa, a los buenos días, menos mal que estás aquí, mira éste que alelao, todo el santo día agarrado al cordón umbilical que  así es como llamo yo al cable con el que se conecta al cacharro , el i lo que sea.

Sí, le he contestado yo, ahora es así, no es sólo él, todo el mundo lo lleva, es normal. No le ha agradado mucho mi respuesta. Va a ser eso normal, no me fastidies, hermosa. Como lo de que digan que es un Nini porque ni esto ni lo otro ni para arriba ni para abajo ni estudia ni trabaja. Un vago es lo que es este zagal, a descargar caminones al merca Madrid le mandaba yo y se le quitaban los ninis de un plumazo, ahora que con lo esmirriao que está no sé si lo iban a querer. A su edad yo tenía unos músculos pero que bien fornidos. ¿Me has oído, Jonás? Espabila, hombre, le suelta lanzándole una colleja.

Que me dejes, yayo, protesta el chico sin apartar la mirada de sus múltiples redes sociales y sus variados juegos on line.

No me llames yayo, qué manía, mira que me gusta poco, abuelo es más digno, o Juan, que ese es mi nombre y bien bonito. Porque lo de Jonás, si es que la Esme tiene cada ocurrencia. Yo ya le avisé, mira que le marcas de por vida, que ese fue el que se quedó atrapado en el vientre de la ballena, elígele un nombre normal que ya lo llenará él de contenido. Juan, por ejemplo y por seguir una tradición ancestral. No quiso, míralo ahora al del vientre, no es de el de la ballena, no,  es el de internet y que de ahí no sale. No hacen caso a la voz de la experiencia. Es como lo de leer, se lo tengo dicho: que leas, chaval, que leas, que tienes que desarrollar el espíritu crítico. Pues, ¿sabes lo que me contesta?

Sí que lo sé porque estaba delante el otro día cuando tuvieron la misma conversación  (estos dos también se repiten), el chico le contestó que él ya lee y mucho pero en los foros de internet y en el tuiter, ya que es allí donde está ahora la sabiduría al igual que antes estaba en los monasterios. Y que para entender la vida y surtirnos de ficción ya están las series, que él ve muchas. Todo esto dicho con su lenguaje más bien tirando a rudimentario.

En los foros, en los foros, pero qué blasfemia, se pone el abuelo,  quién escribe en los foros,  pues tres tontos como tú. De esos no vas a aprender nada porque son tus iguales, están a tu misma bajura, hay que picar más alto, hay que beber de los clásicos, ¿tú has leído a algún clásico?

El chiquillo se encoge de hombros con cara de hastío pero el Juan no ceja: eso es que sí pero que te han aburrido o es que no y en tu vida te has topado con uno. Pero habla un poco que pareces autónomo.

Querrás decir autista, yayo.

Y dale con el yayo, pues claro que he querido decir autista, era para ver si me pillabas en el renuncio, que nunca sé si oyes o si no oyes, si miras o si no miras, si duermes o estás despierto, si vivo o muerto. Y que estos sean el futuro…

Oiga, señor Juan, digo yo por defender un poco al Jonás que de tan encogido y tirillas que es ya me estaba dando pena, si es que ahora no tienen los chicos las cosas fáciles, no hay trabajo y se desaniman, son la  generación perdida. Madre mía, en buena hora he dicho eso último que encima ni siquiera era mío, en algún sitio lo he leído.

Que más generación perdida fue la suya, que primero la guerra y luego la posguerra, que eso sí que era crisis y falta de recursos y posibilidades y que, además, qué generación no se pierde de una u otra manera. Echaba humo y no sólo por el puro que llevaba encajado en la boca. A todo esto, el Jonás, muy hábil él, ya se había colocado otra vez sus cascos y, aislado de los sermones, transitaba tranquilo por sus mundos virtuales.

Eso me pasa por ir a por mi dosis en lugar de marcharme a trabajar.

Mi madre por teléfono (14)

Evaaaa, ¿has ido ya?

¿Dónde? De momento estoy en el trabajo

Dónde va a ser, palurda, a ver los huesos de don Quijote

Querrás decir de Cervantes

Sí, eso, qué más da, son lo mismo, ¿no?

Bueno, lo mismo no son, Cervantes fue el escritor y don Quijote el personaje.

Pa personaje el Toni, ese sí que es un personaje de cuidao. Está lloviendo, dile que se ponga bajo la lluvia un buen rato y sin paraguas, a él esas cosas de la naturaleza le gustan, que se pasme como suele y si pilla algún trancazo pues eso que nos llevamos. Pero a lo que te iba, nosotras sí que vamos a ir.

¿A dónde?

Hija, eres tonta, si te lo acabo de decir, a lo del don Quijote, que es historia, que la estamos haciendo. Lo ha dicho la mujer que está de alcaldesa, la Ana, la del Jose Mari. Ya nos hemos puesto de acuerdo las del hogar del ama de casa y nos hemos mercao hasta un palo de selfis. Anda, faltaría más. Habrá colas, tú que estás cerca podrías ir cogiendo sitio.

No, yo a eso no voy. Prefiero leerme el Quijote, si acaso.

Bueeeeno, bueeeno con lo que me sale pero, ¿todavía no te lo has leído? Yo tampoco pero me sé la historia de los molinos que es la que se sabe todo el mundo y Sancho Panza sé quién es y la Dulcinea, también. Para qué más. Y he visto los dibujos que los echaban por la tele cuando vosotras erais pequeñas. Suficiente. Pero los huesos sí que quiero catarlos y echarle la foto a la placa que diga aquí yace el Cervantes. Eso es muy bonito, se le ponen a una los pelos de punta. Aquí yace, me gusta esa frase, cuando me muera que me la pongan en la sepultura, a mí no me queméis que yo soy más de tumbas. ¿No dices nada, no habréis hablado entre tú y la Lauri de incineraciones?

No digo nada porque oigo a mi jefa, creo que va al baño a vomitar, está embarazada.

¿Ves?, otra que también. Y tú, ahí sigues, y encima, por todo plan, piensas leerte el Quijote, que ya son ganas de leer lo que nadie ha leído, de aquí a que te lo termines ya te has hecho vieja. Ponte a lo que te tienes que poner y olvídate de lecturas que no conducen a nada. Lo importante es ver los huesos, eso sí que es historia pura, qué emocionante. Hazme caso si quieres prosperar y vete pillando sitio o manda al Toni, que haga algo de provecho el muy pazguato. Y ni se os ocurra incinerarme, qué guarrería. Aquí yace la Tere, autora de las mejores torrijas de…todos no vamos a ser autores de libros, alguien tiene que hacer de comer. Lo estoy viendo, lo estoy viendo.

El reto

Pero,¿qué veo allende el quiosco? Mis ojos se turban y se nublan ante tamaña visión y no, no es por la contaminación, aunque también, es por la extrañeza que me causa contemplar a la Esmeralda sentada en su silla y leyendo bajo un helado castaño. Me los froto por si se me ha metido tanto monóxido de carbono que percibo situaciones y escenas inexistentes pero no, es ella, mi amiga íntima de Madrid y sí, lee.

No me digas que uno de tus propósitos para el año nuevo es darte a la lectura. Te felicito, Esme, yo también me propuse ser culta y letrada y,mal que bien, algo me voy puliendo. De todas formas, no es esta la estación más propicia para leer a la intemperie, yo que tú me volvía al interior del quiosco.

Es que dentro está la zona wi-fi con sus múltiples tentaciones: mirar a los gemelos de Charlene y Alberto de Mónaco para ver a quién de los dos se parecen más, por ponerte un ejemplo básico. Y contestando a tu pregunta; mío, mío, no se puede decir que sea el propósito. Mi personalidad, lo sabes, es más propensa a la acción que a la reflexión, pero tampoco quiero ser la más tonta del Facebook. El propósito es del jefe, de Mark Zukerberg, el que se inventó eso tan bonito de los muros, las fotos de perfil, los montones de amigos a los que dar envidia con nuestras ideales vidas y los me gusta a tutiplén. Nos ha puesto el reto de leer dos libros al mes y ha montado un club. ¡Qué pereza! Esto parece el colegio pero ya sabes que yo enseguida me pico, soy mujer de retos. Ponme un reto, cuanto más difícil, mejor, que me lanzo de cabeza.

Pues sí que eres fácil de retar, Esmeralda, entras a todos los trapos, hasta a los virtuales ¿ Y qué libro os ha puesto el profe?

Se titula “El fin del poder” y es un ladrillo de marca mayor pero eso no lo vayas comentando por ahí que quedas mal, eso solo entre nosotras. Ya no eres nadie si no has leído este libro.

¿Y de qué va?

No sé, me esperaba un novelón, tipo el mío, con crímenes y amoríos, lo bonito, vaya, pero el autor sólo habla y habla exponiendo ideas, muy abstracto para mi gusto. Dice Marck que lo ha elegido porque cree firmemente que el mundo está cambiando para darle al individuo el poder que de siempre han tenido gobiernos, militares y organizaciones.  Fíjate que eso ya te lo dije yo cuando te hablé de nuestro empoderamiento.

Qué visionaria eres, Esmeralda.

Mucho. ¿A ti los libros te sumergen en situaciones intensas? porque a Mark sí.

Al que le sumergen en situaciones intensas es al Toni,los libros y casi todo lo demás, es muy intenso de por sí.

A mí es que me cuesta  eso de sumergirme y lo de la intensidad tampoco termino de…

Persevera, Esmeralda, que si insistes igual lo notas.

Venga, pues voy a intentarlo, no me distraigas con tu cháchara de persona que no pertenece al club de Mark. Porque tú no tienes Feis, ¿verdad?

No, no tengo.

Ni feiseas ni tuiteas ni instagrameas, vas mal, estás fuera de onda.

Pero tengo un blog.

Serás antigualla.  Y dos piernas también tienes. Anda, déjame que lea.

Para ser el primer libro que has elegido no has estado muy acertado, Zuckerberg, desde mi  quiosco te lo digo y te lo escribo en mi muro. Tendrías que habernos mandado Ana Karenina, Cumbres Borrascosas, no sé, de ese estilo, un novelón de los de  sumergirse de verdad en la más intensa intensidad. Bufff, voy a dejarlo un ratito, a ver, a ver a quién se parece la niña… clavadita a la Charlene pero sin tantas espaldas.

Simbiosis

A la puerta de unos grandes almacecenes  por los que paso cada mañana cuando llevo al Jacobín al parque, un hombre ha instalado su despacho. Se sienta en una silla de oficina vieja y se apoya en una caja de cartón con el logo de esos mismos grandes almacenes. Sobre la caja mesa hay muchos libros de temáticas diversas: teoría de la comunicación, astronomía, un diccionario ingles/español, historia de las guerras mundiales, botánica. Todo un compendio de distintos saberes.

El hombre se pone sus gafas y lee, bebé café de una taza, anota conceptos en un cuadernillo, subraya algunos, los repasa, mira hacia el frente por donde ve venir los incesantes gentíos que se dirigen hacia las puertas de los almacenes que los engulle y vomita a cada momento. Algunos se paran y le dan unas monedas que él no ha pedido pero acepta. Otros quieren comprar los libros, no ha tenido más remedio que colocar un cartel sobre la mesa de su despacho que dice con letras bien grandes: no vendo libros. Todo hay que explicarlo.

Los grandes almacenes se han portado bien con él, lo dejan utilizar su esquina como repisa, le regalan cajas y libros viejos y él quiere corresponder, establecer una relación no de parasitismo sino de simbiosis. Por eso, sobre una de las maletas con ruedas que tiene detrás de la mes ha colocado otro letrero haciendo publicidad con estas elogiosas palabras: “El “CI” es un gran amigo de la inteligencia y las bellas artes siempre dispuesto a ayudar a las personalidades fuertes. Entre y compre sus libros porque solo la lectura le dará lo que está buscando”.

Los gentíos apresurados, que no lo saben porque no se han detenido a leer el cartel,  siguen buscando y buscando con desasosiego, entrando y saliendo, subiendo y bajando y cruzando delante de él. Los autobuses le envuelven en nubes de humo negro y él, cuya personalidad es fuerte,  lee, bebe, escribe, mira, es mirado, vuelve a leer.

Libros

Feliz día del Libro, guapas, nos dice la Esme dándoselas de culta. A ver, que tenemos que celebrarlo de alguna manera que un día así no se puede dejar pasar tontamente, hoy os voy a perdonar el seminario de chamanismo y otras artes espirituales segunda parte y nos vamos a dedicar por entero, pero lo que se dice en cuerpo y alma, al día del libro, leches, que para eso es una vez al año.

Claro, porque una vez al año no hace daño, contesta la Pandora no sé si en plan jocoso o en serio.

Ah, pues qué bien, o sea que puedo sacar a la Wislawa Szymborska del bolso y sentarme a leer tranquilamente debajo del castaño florecido, digo muy contenta de que la Esme hoy nos deje en paz.

Pero, ¿qué dices, absurda?, ¿cómo te vas a poner a leer en un día como hoy?, con la de actividades que hay en la calle, es un día para salir por ahí a darse vueltas, a participar en todos los saraos que han montado por aquí y por allá, a liarla un poco y no a quedarse sentada en un banco leyendo, eso ya lo haces otro día si tienes tiempo y ganas. Venga, hoy hasta voy a cerrar el quiosco que nos vamos a las aceras que hay suelta de libros y de escritores, que lo he visto en la tele.

No sé, Esme, es que a mí ver escritores tampoco es algo que me importe mucho, prefiero leerlos.

Ya salió la mistinguitos, siempre le tiene que poner pegas a todo. Nos damos unos rules,  los miramos a ver si son guapos o feos, les decimos que su libro nos ha gustado mucho aunque no lo hayamos leído ni pensemos leerlo y que nos echen una firma que eso siempre luce. Luego nos pasamos por un sitio que me han dicho que se pueden comer libros que los hace un pastelero, nos comemos dos o tres para reponer fuerzas, a continuación nos ponemos en la cola de leer un párrafo del Quijote en voz alta porque posiblemente sea el único párrafo de El Quijote que leamos en nuestra vida y hay que aprovechar la oportunidad. Hala, que para los niños también hay cuenta cuentos, vámonos que nos lo perdemos y a mí no me gusta perderme nada.

Yo me quedo en el parque, que no me atrevo a sacar al Jacobín de los circuitos permitidos por su madre, no vaya luego a pasar algo….

Pues tú te lo pierdes, aburrida. Para que lo sepas,  nos vamos a apuntar a estos microtalleres de literatura de 23 minutos de duración. Te enseñan a escribir novela negra, cuento o literatura fantástica, lo que más nos guste. Tú, Norma, apúntate al de cuento para tener luego historias para tu niña y tú Pandora te veo muy bien en el de novela negra, yo no sé, estoy dudosa.

Pero ¿cómo os van a enseñar a escribir en 23 minutos? Además que a escribir como mejor se aprende es leyendo, opino yo.

Y dale con que leamos, qué fijación te ha entrado, Eva.

Pues, claro, ¿no querías celebrar el día del libro?

Anda, mira lo que pone aquí, en el papel este de la programación, firman sus libros José María Íñigo, el de los bigotes, qué mayor tiene que estar ya el pobre; Paloma Gómez Borrero, la del Papa, Fiorella Faltoyano, la actriz esa que ya tiene añitos también que ha escrito sus memorias y la de la cocina, Inés Ortega. Nos vamos a esos que lo de los filósofos y el Salman Rhusdie lo encuentro más aburrido y son menos famosos.

Y se han ido, me he quedado sola debajo del castaño, bueno, sola no, con Wislawa, qué placer!

 

Por el camino de la Patricia

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O por el de Swan, que así se titula el libro que me he sacado en préstamo de la nutrida biblioteca de mi jefa. Ese libro ha estado en su mesilla más de un mes pero hoy lo he descubierto colocado en la estantería junto a otros hermanos suyos, seis en concreto. Esta revelación, la de saber que es el primero de una especie de saga, me ha dado un poco de miedo pero me he tranquilizado al comprobar que la Patricia no los está leyendo seguidos y sus motivos tendrá. Además, da lo mismo, yo me he propuesto ser la sombra lectora de mi jefa y ahora no voy a recular ante la primera adversidad. Bueno, pues ya tengo el libro de Marcel Proust, que así se llama el autor que tanto tiene que contar, dentro del bolso.

Por el camino al parque (cuántos caminos), mientras esperaba en un semáforo, he leído la primera frase: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. Hasta ahí coincido plenamente con él, yo no soy de trasnochar.

Se lo he enseñado a la Esme para que lo lea ella también y podamos iniciar el club de lectura pero dice que ya se lo ha leído. No me lo creo, la Esme va mucho de farol. Bueno, pues te lo relees que eso es todavía más culto que leer de primeras, le digo para ver por dónde me sale.

No me ha contestado nada pero, curiosamente, al cabo de un rato y después de desaparecer en el interior del quiosco, dotado con zona wi-fi, me suelta: que sepas que ese libro que tan alegre e irresponsablemente te has llevado de la casa de tu jefa, es el primer volumen de los siete que componen En busca del tiempo perdido, una de las grandes creaciones literarias de todos los tiempos. La primera parte del volumen contiene el famoso episodio de la magdalena mojada en té que tiene que ver con la memoria y con… y hasta ahí le ha llegado, su memoria quiero decir. Qué haría el mundo sin la wikipedia.