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Ania la malvada

 

La casa más misteriosa de toda la calle era la de Isabel :  persianas bajadas, el jardín sin cuidar lleno de hierbajos crecidos y un sofá-columpio que a veces se mecía solo, fantasmal.  Su madre, Ania, también era misteriosa. Había nacido en Polonia y tenía una cara angulosa, de pómulos muy marcados,  ojos verdes felinos y un moño color teja que se iba desplazando de sitio según el día de la semana. Los lunes empezaba en la nuca, muy bajo, y al llegar el viernes había subido ya casi hasta la frente. De lo más misterioso el moño trepador.

Isabel era una de nuestras amigas del verano. Por las tardes salía a jugar con todos pero  nunca venía a bañarse a la piscina del pueblo, donde íbamos casi todas las mañanas. Se quedaba en casa, con las ventanas cerradas, las persianas bajadas, a oscuras. Era muy extraño y cuando alguna vez le preguntábamos por qué no se bañaba eludía la respuesta. Isabel era una niña buena, de las que nunca se pelean con otros ni quiere imponer su voluntad, pacífica, sonriente.

Algunas tardes, mientras jugábamos, el moño móvil se asomaba por una esquina de la ventana a observar. No me gustaba Ania pese a que era guapa y todo lo que fuera belleza me atraía sin remedio,  esos pómulos me parecían contenedores de maldad. Mucho antes de que se hiciese de noche y cuando todavía estábamos en la parte más interesante del juego,  Ania salía a la puerta de su jardín salvaje y, desde ahí, medio escondida entre las hierbas altas y amarillas, resecas por el calor de agosto, llamaba a Isabel con unas frases cortas  en polaco. Ella salía corriendo, ni se despedía, y desaparecía en la casa lúgrube. Puertas y ventanas cerradas.

Un día mi madre nos contó que Ania pegaba a Isabel, no por nada en especial, por cualquier cosa podía pegarla: por derramar un poco de leche en la mesa, por atarse mal el cordón de la zapatilla, por olvidarse de algo cuando le mandaba a la compra o por cualquier otro motivo tonto. Ahora ya sabíamos por qué tenía siempre todo tan cerrado, seguro que era para poder pegar a su hija sin que nadie se enterase. Al momento, mi madre se arrepintió de habérnoslo contado y nos dijo que no estaba segura, que era algo que habia oído pero que probablemente sería un bulo inventando por alguien del pueblo, simplemente porque eran extranjeras y distintas.

Mentira o verdad, a la mañana siguiente nos plantamos delante de la casa dispuestas a a hacer justicia a nuestra rústica manera. Mi hermana se puso a tirar piedras a las ventanas, rebotaban en las persianas bajadas y caían al jardín. Copiona  como era, hice lo mismo aunque tampoco tenía muy claro qué iba a solucionar ese ataque. Estuvimos un buen rato tirando piedras hasta que nos cansamos y lo dejamos. Solo se movía el sofá columpio de fuera con un chirrido muy leve. Esa tarde Isabel no vino a jugar, a la siguiente sí. Aunque hacía mucho calor llevaba un pañuelo atado al cuello, generalmente iba muy abrigada, con ropa inapropiada para un mes de agosto español. Por la ventana de arriba nos observaba otra vez el odioso moño ascendente.

Todas las mañanas, antes de ir a la piscina, le lanzábamos alguna piedra y salíamos corriendo. Antes de que acabara el mes se marcharon,  no creo que fuera por nuestra cutre intifada, y nunca más las volvimos a ver. La casa estuvo un tiempo vacía, como maldita, o eso me imaginaba yo. Al  verano siguiente la habían transformado en un asilo de ancianos y pasando por delante, ya sin piedras, fue como nos  hicimos amigos de Ezequiel, el viejo simpático.

Nos regalaba chocolate y  caramelos a través de la valla como si fuéramos nosotros los prisioneros y no él. También nos hacía un truco de magia con cartas, siempre el mismo, pero cada vez nos asombraba.  Nunca le pillamos y eso que se lo hacíamos repetir mil veces para captar el engaño. Mis hermanos le pusieron de nombre el Mago Magín.

De vez en cuando, alguna tarde, mientras jugábamos, nos acordábamos de Isabel, de lo abrigada que iba, de los pómulos malignos de Ania. Qué habría sido de ella. Ojalá viviera en una casa de ventanas abiertas y fuera feliz. Enseguida se nos olvidaba. También se nos olvidó Ezequiel y su truco. La infancia está llena de novedades y unas van cayendo encima de otras sepultando lo anterior.  Es ahora, en el rescate, al remover la tierra cuando empiezan a salir de golpe, en desorden.

Nido de abeja

Como solo éramos tres no nos pareció del todo mal que se nos agregase la nueva. Cuatro siempre es mejor que tres aunque había algunas pegas. La nueva llevaba vestidos de nido de abeja y diademas y eso era bastante horrible. Nosotras también habíamos llevado esos vestidos pero hacía mucho que no nos los poníamos, que no nos los pondríamos ni aún amenazadas de muerte, mucho menos diademas. Por no hablar de los pantalones del hermano de la nueva, pantalones de padre, con la camisa metida por dentro y un cinturón también de padre sujetándolos. Nada bueno podía salir de ahí pero hicimos como si no nos hubiéramos dado cuenta. Y luego estaba lo de la voz, la nueva hablaba como si balara, haciendo temblar las sílabas, alargándolas. Pero por ser cuatro en vez de tres lo dejamos pasar y le dijimos que sí, que se viniera, que se podía venir.

Hasta las cinco y media no podíamos ir a buscarla porque dormía la siesta. Eso de por sí ya era una aberración suficiente como para haberla expulsado de inmediato pero llevadas por el ansia de ser más, a las cinco y media nos presentamos en su casa. Nos abrió su madre y al saludarnos comprobamos que también hablaba con balidos. Se mostró muy entusiasmada con nosotras, nos llamó ricas y nos enseñó a dos periquitos que tenia en una jaula a los que también calificó de ricos. Su hija se estaba vistiendo y tendríamos que esperar. Esperamos sentadas en el sofá que estaba cubierto con una tela para protegerlo y la madre se fue a avisarla. Nos pusimos a asustar a los periquitos, los hicimos aletear de palo a palo ya que volar no podían y alguna que otra pluma se quedó pegada a la tela con la que se pretendía proteger al sofá de manchas y otros desastres de la vida.

Al oír pasos nos sentamos muy formales. Qué ricos los periquitos, vosotras también sois muy ricas, ¿queréis merendar? Merendar, otra palabra asquerosa al igual que siesta. ¿Cómo íbamos a querer merendar?, lo que queríamos era fumar en el local abandonado de los soportales y reírnos entre toses y aspavientos. Salimos deprisa, muy deprisa, ya con las ideas claras,  detrás venía la nueva con su vestido azul de nido de abeja y la diadema sujetándole los rizos, feliz de tener amigas, su risa también era un balido, inocente y puro, no sabía que habíamos decidido sacrificarla cual cordero pascual.

Por mucho que quisiéramos ser cuatro en vez de tres había cosas que no se podían consentir, por lo que echamos a correr por el callejón y le dimos esquinazo. Al llegar a los soportales nos encendimos un cigarro y nos lo fumamos entre las tres. Nunca más fuimos a buscarla. Los domingos, desde nuestro escondite en el local abandonado de los soportales, rodeadas de cascotes y gatos, la veíamos pasar camino de misa con su hermano, el de los pantalones de padre. De la que nos habíamos librado.

(Cuaderno de doña Marga. )

Maldiciones fruteras

Nos paseábamos el Jacobín y yo por el mercado dando nuestra clase matinal de nombramientos. Es un juego que le gusta mucho y que consiste en que él señala con un dedo bastante tiránico, esa es la verdad, (se nota que desciende de jefes), yo nombro lo señalado y él repite luego lo nombrado con mucha dedicación. Después da cabezazos de asentimiento, muy feliz de irse haciendo con un vocabulario para entender el mundo.

Pues de esta manera tan didáctica hemos alcanzado nuestro destino: frutas Elvira. Mientras aguardaba mi turno y seguíamos jugando, que las fruterías tienen mucho y muy colorido material para este entretenimiento, he escuchado la siguiente conversación entree Elvira, la frutera, y Marcela, al parecer una de sus clientas habituales.

– ¿Y qué tal estás, Marcela, cómo te va todo?

-Pues mira, Elvira, estoy pasando por una etapa  buena y  además, ¿sabes qué? (y pone la mujer una voz como de ir a desvelar un secreto muy fundamental para el mundo) que me he abierto un blog.

Anda esta, menuda novedad, yo ya voy por el tercero. El de ahora se llama “Diario de una frutera enloquecida”, no te digo más, me refleja a la perfección. ¿Y el tuyo de qué va?

El mío va de citas, es literario, pongo una cita de un autor que me guste y lo acompaño con una foto. Me queda muy culto y no es por presumir.

-Pues vaya morro que tienes, Marcela, guapa,así no tienes que pensar. Yo hay días que me tengo que estrujar la mollera para saber de qué escribir. El mundo de la frutería tampoco da para tanto, el enloquecimiento un poco más porque como estamos todos tan mal pues tiene mucha aceptación entre la gente, se identifican, claro.

-No te creas, que lo de buscar citas también  lleva su tiempo, hay que dar con la frase justa, que refleje lo que tú piensas o lo que crees que a los otros les va a gustar oír, no pienses que es llegar y copiar.

-Bueno, bueno, si tú lo dices, se pone la Elvira ordenando su pirámide de tomates con cara de escepticismo.

Pues yo también tengo un blog, salto de repente y sin saber por qué. A veces me voy de la lengua innecesariamente. Noto las miradas de rabia de la Elvira y la Marcela caer sobre mí.

¿Y como se llama?, me inquieren ellas para entrar luego a cotillear.

El blog de una empleada doméstica , porque eso es lo que soy ahora.

¿Y cuantos seguidores tienes?, investigan ansiosas.

Pues cuarenta y pico.

Buah, suelta la Marcela toda desdeñosa, y la mitad de esos serán spam y la otra mitad te siguen para que les sigas. Te calculo que te leen de verdad cuatro o cinco como máximo y no siempre.

¿Y cada cuánto actualizas?

Pues casi a diario, digo yo inocentemente.

Se empiezan s reír las dos y diagnostica la Elvira: esta abandona antes de que cante el gallo. Está con la clásica fiebre de principiante, padece la típica incontinencia bloguera. Pero no te preocupes, hija, que más dura será la caída. Empezarás a publicar menos y menos y al final perderás el hilo y abandonarás porque ya no tendrás nada más que decir y además no te importará.

-Te cansas, como de todo, sentencia la Marcela tentando las peras.

Y lo olvidas, como a todo, dictamina la Elvira metiéndose una fresa en la boca.

Y se queda muerto flotando en la globosfera junto a otros zombis blogs,recitan a coro las dos.

– Bueno, pues me pones dos calabacines, un puerro, un puñado de judías verdes y tres zanahorias que son para el puré del niño, reclamo yo poniendo fin a tan macabra conversación.

No te cueles que iba yo antes, me dice la Marcela,  aquí y en los blogs. Medio de peras, Elvira, y que no estén verdes.

Pera, pera, pera, repite muy feliz el Jacobín ajeno a la maldad del mundo.