Etiqueta: memoria

¿Quién tiene?

¿Quién tiene el paraguas azul?
Nadie contesta
¿Quién tiene la taza roja?
Un susurro leve, como de hoja moviéndose
¿Quién tiene el perro y el niño?
Aquí, dice una voz a la que le ha costado mucho salir.
Muy bien!, exclama la misma que pregunta.
¿Quién tiene el monedero?
Silencio. El que lo tiene no lo reconoce o se ha dormido o no le da la gana decir que lo tiene.
Es el colegio del don Margarito, lo han apuntado para tenerlo a buen recaudo y que no le de por vagar por las calles y confraternizar con mendigos aunque en un cartel en la puerta dice : clases de memoria. Por decir que no quede. A mí me toca ir a buscarlo a las cuatro y llevarlo de vuelta a casa donde le aguarda su madre.
La profesora del don Margarito no se parece en nada a la del Jacobín, ni es guapa, ni es joven ni le importa un pito el trazo.
Venga, venga, Cecilio, mire que bien, han venido a buscarle. Lleva queriendo irse desde que entró esta mañana, ha estado muy inquieto, me dice en un aparte. Nos vemos mañana, ¿verdad, guapo?, le suelta con el mismo tono de voz con el que se habla a los niños.
¿Quién tiene la mesa?, sigue ella dando palmas para que no se le duerman los tres que quedan despiertos.
Esos tres dejan vagar la mirada por unas fichas con dibujos de objetos que tienen delante pero ninguno ve la mesa, parecen estar perdidos en mundos muy lejanos aunque sus cuerpos se hallen en este.

Por el camino de la Patricia

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O por el de Swan, que así se titula el libro que me he sacado en préstamo de la nutrida biblioteca de mi jefa. Ese libro ha estado en su mesilla más de un mes pero hoy lo he descubierto colocado en la estantería junto a otros hermanos suyos, seis en concreto. Esta revelación, la de saber que es el primero de una especie de saga, me ha dado un poco de miedo pero me he tranquilizado al comprobar que la Patricia no los está leyendo seguidos y sus motivos tendrá. Además, da lo mismo, yo me he propuesto ser la sombra lectora de mi jefa y ahora no voy a recular ante la primera adversidad. Bueno, pues ya tengo el libro de Marcel Proust, que así se llama el autor que tanto tiene que contar, dentro del bolso.

Por el camino al parque (cuántos caminos), mientras esperaba en un semáforo, he leído la primera frase: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. Hasta ahí coincido plenamente con él, yo no soy de trasnochar.

Se lo he enseñado a la Esme para que lo lea ella también y podamos iniciar el club de lectura pero dice que ya se lo ha leído. No me lo creo, la Esme va mucho de farol. Bueno, pues te lo relees que eso es todavía más culto que leer de primeras, le digo para ver por dónde me sale.

No me ha contestado nada pero, curiosamente, al cabo de un rato y después de desaparecer en el interior del quiosco, dotado con zona wi-fi, me suelta: que sepas que ese libro que tan alegre e irresponsablemente te has llevado de la casa de tu jefa, es el primer volumen de los siete que componen En busca del tiempo perdido, una de las grandes creaciones literarias de todos los tiempos. La primera parte del volumen contiene el famoso episodio de la magdalena mojada en té que tiene que ver con la memoria y con… y hasta ahí le ha llegado, su memoria quiero decir. Qué haría el mundo sin la wikipedia.