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Nicanores de Boñar

Un otoño a la abuela Martina le dio por morirse. Se moría todas las tardes por lo menos una vez. Por las mañanas no, tenía  cosas que hacer pero por las tardes, esas tardes del otoño cortas y de poca luz, se moría y nos avisaba por teléfono.

Es el fin, hija, no sé quién eres de las tres, da igual, dile a tu madre que me muero ya, que venga deprisa. El corazón me ha hecho dos latidos muy raros, fuertes, más fuertes de lo normal, como la traca final y luego, plas, se ha parado. Ya no lo noto, estoy muerta.

Mi madre salía corriendo, su corazón también latiendo a tope,  estaba un rato con ella y la resucitaba. No todas las tardes se moría de lo mismo. Algunas era de insuficiencia respiratoria, se ahogaba, otras de un fallo renal, notaba ella que el riñón ya no era el que había sido, o de simple muerte sobrevenida.

Después de unas cuantas muertes y resurrecciones nos empezaron a mandar a nosotros, por parejas, nunca solos, no fuera a ser verdad esa vez y nos impactara demasiado. Yo casi siempre iba con mi hermana pero una tarde me tocó ir con uno de mis hermanos medianos. Era muy peliculero y se llevó un espejo pequeño en el bolsillo del pantalón para ponérselo a Martina en la boca, habia visto en el cine que se hacía eso para saber si alguien había muerto o no. Si se empañaba era que no.

Nada más llegar abrimos con la llave que nos habían dado y fuimos corriendo a hacerle la prueba del espejo. Nos la encontramos tan ricamente sentada en su sillón comiéndose un bollo con forma de flor, las manos manchadas de polvo azucarado.  Tenía una caja encima de la mesa en cuya tapa  ponía “Nicanores de Boñar”, por los huecos que quedaban dentro, ya iba por el tercero.

Me los ha traído una vecina, la he llamado también porque a veces tardáis mucho y no quería irme sola de este mundo, qué atenta es Luci, ¿verdad?,  nos dijo con la boca llena de hojaldre. Están buenísimos, ¿queréis uno? Nos comimos esa cosa pringosa con ella y como vimos que seguía viva  nos marchamos sin haberle podido hacer lo del espejo.

Era una glotona y decía que no sabía por qué engordaba con lo “poco” que comía. Me quedé preocupada por si se moría esa noche de un empacho de Nicanores pero no,   por las noches no se moría y por las mañanas  tampoco, su hora de difuntos era a eso de las seis cuando empezaba a oscurecer y le entraba la angustia con la llegada de las sombras.

Sonaba el teléfono y otra vez Martina dando el parte:  se acabó lo que se daba, majos, venid corriendo, que venga tu madre o Elena o Josetxu, vosotras dos no, sois muy liantas, y los medianos tampoco, me rompen los adornos con la pelota. Qué más le darían ya los adornos, esas familias de perritos y gatitos, la lavandera de porcelana y el cenicero de cerámica de Talavera de la Reina, si estaba muerta.

No se murió ese año ni al otro tampoco. Pudieron ser los Nicanores, la vecina Luci no dejaba de surtirle, a lo mejor tenían algún ingrediente milagroso . Pero también pudieron ser los Nicanores los causantes de su muerte, quién sabe si hubiera durado aún unos cuántos años más de no haber comido tantos.

 

 

Visitas inoportunas

La abuela del pueblo, la que no era Mila la joven, era muy religiosa. Su casa estaba llena de muñecos santitos repartidos por todos los rincones, cada uno especializado en algún cometido. El san Antonio te encontraba lo que perdías, el Ramón nonato ayudaba a nacer a los niños, cuántos niños se habrían perdido por el camino sin el GPS de san Ramón, el san Pancracio te ayudaba con el dinero a cambio de perejil, qué hombre más raro, y así muchos más muñequitos repartidos por los rincones, haciendo de su casa un lugar muy asistido.

En cuanto mis padres desparecían, sobre todo mi padre al que le daba mucha rabia eso de los santos y lo llamaba supercherías de viejas,se sentaba con nosotras, sólo con las pequeñas porque los mayores no le hacían caso, y nos contaba historias de apariciones de Dios y de la Virgen. Especialmente la Virgen tenía gran afición a presentarse sin previo aviso ante niños que habían sido muy buenos y podían disfrutar de ese privilegio, para dejarles algún mensaje, generalmente cifrado. Se ve que Dios tenía más cosas que hacer y mandaba a su madre aunque también él, de vez en cuando, irrumpía de improviso con mucho despliegue de luces.

Como mi abuela pensaba que éramos buenísimas y nos lo decía constantemente, enseguida nos vimos como posibles candidatas a esas apariciones. Tanto Dios como la Virgen o los dos juntos formando un duetto se nos podían presentar en cualquier momento, sobre todo por la noche, y más aún en el mes de mayo que era el que solían elegir por su buena temperatura para bajar a la tierra. Mi hermana estaba deseando que eso ocurriera para hacerse famosa y que le compusieran una canción, pero a mí la sola idea de recibir esa visita celestial me aterraba.

Cuando por la noche se apagaba la luz empezaba el pánico. Veía sombras y bultos y pensaba que eran ellos, que ya habían venido a darnos el mensaje y complicarnos la vida para siempre. Por eso, con los ojos cerrados tan fuerte que me dolían, rezaba a esos mismos dos: no vengáis, por favor, no os aparezcáis nunca. Virgen María, si ya estás ahí, vete.

A veces, si del miedo a las apariciones marianas no me podía dormir, despertaba a mi hermana: he visto un bulto o algo, le decía zarandeándola, se mueve una cosa detrás de la silla. Y ella saltaba como un resorte y se emocionaba mucho: ¿ya están, han venido, la Virgen sola o también con Dios, nos han traído algo? Porque se creía que eran como una especie de Reyes Magos ,pero mejorados, ya que nuestros reyes se equivocaban bastante con los pedidos.

Que ella también lo creyera aumentaba mi terror a las visitas celestiales porque normalmente era bastante desconfiada, de esas a las que no resulta fácil engañar. Por eso, bastantes noches acababa yendo al cuerto de mis padres para que me dejaran dormir con ellos. Una de esas noches, como ya estaban hartos de mis propias apariciones nocturnas, me preguntaron qué me pasaba y confesé cuál era mi miedo. Los dos empezaron a reírse mucho y así estuvieron un buen rato hasta que mi padre se enfadó bruscamente, solía hacer eso de pasar de la risa al enfado por lo que con él nunca eatabas en territorio seguro, y me devolvió a mi cama.

Por el camino me iba explicando con su voz didáctica, tenía una para cada situación, la importancia de tener una mente racional y crítica y no caer en las suspersticiones ni sucumbir a la ignorancia. Pero se debió de dar cuenta por lo fuerte que le apretaba la mano de que esa charla no me tranquilizaba. Encendió la luz del pasillo, me miró con sus ojos de hipnosis mafiosa que, por cierto también me daban miedo, y me dijo: tú no eres tan buena, te pasas el día peleándote con tu hermana, no terminas los deberes y hoy no habéis recogido los juguetes. Duérmete tranquila que no van a venir.

Fue un gran alivio saberme imperfecta y a salvo de inoportunas visitas.

(Cuaderno de DM)

Las penas con pan

Pásame el trigo sarraceno y la quinoa, se me pone la Noe a las siete de la mañana. Todavía si me llega a decir que le pase el café y las galletas igual acierto pero eso otro…

Noe, bonita, ¿tú no puedes desayunar lo que todo el mundo?, le respondo.

Me estoy poniendo alcalinísima, me salta a continuación, ¿no lo notas?, mira qué cara, mira que piernas y mira que toda yo. Tú también deberías pasarte a esta dieta, venga, te preparo un batido detox de espinacas, apio y clorofila que verás qué cuerpo se te pone.

Pues muy malo, Noe, si yo me tomo eso a estas horas, incluso a cualquier  otra hora, lo más probable es que vomite a continuación, así que olvídalo.

Pues tú sabrás lo que haces pero luego no te quejes si se te acidifican los órganos internos, me amenaza con un trozo de tofu pinchado en el tenedor. Y además, dice luego sin venir a cuento, que me pienso ir a la cola del Primark de Gran vía a lucir tipo y me importa un cuerno que estemos amenazadas las de la cola. A mí no me asusta ni Isis ni Osiris.

¿Pero qué dices de colas amenazadas, Noemi?, tú sí que me estás asustando.

Sí, porque el otro día, cuando estábamos en todo el mogollón, pasó uno muy malencarado y soltó mirándonos con odio: “estas gilipollas que hacen cola para comprarse una camiseta de tres euros son de bombazo”, y lo dijo en femenino y eso que también había algún hombre, pocos, también es verdad. O sea, hazte la composición: bomba por un lado, odio a las mujeres por el otro, rabia al consumo capitalista por otro más, manía a las marcas low cost, bueno eso igual no, pero todo cuadra.

Que no, mujer, que ese sería uno de esos estilo el Toni a los que todo pone nervioso.

Pero, ¿qué me estás contando? Mira que si el Toni va a ser un lobo solitario…ándate con ojo.

No me líes, Noe, que es muy temprano y  no mezcles ideas, el Toni es solitario, suficiente.

Pues vale, pero la cola del Primark no es un sitio seguro aunque, ¿sabes lo que te digo? Que voy a volver y con la minifalda súper mega corta, esa que tú llamas falda cinturón. Anda y que se fastidien, a mí nadie me mete el miedo en mi cuerpo alcalino. ¿Tú que opinas?

Que sitios seguros, seguros  no hay ninguno así que lo mismo nos da. Habrá que vivir. Pero yo sí tengo un poco de miedo y pena mucha ¿de verdad no quieres una tostada? No vas a aguantar la jornada de los chinos solo con esas guarrerías.

Bueno, venga, pero solo una. Que las penas con pan son menos, me dice masticando con ansia. Que alcalina no sé, pero canina estaba un rato.

Y lo del pan es bastante verdad.

El cuerpo

K tiene miedo de su cuerpo y por eso lo espía continuamente. Su cuerpo es un traidor en potencia y aunque hasta el momento se ha ido portando relativamente bien, con algún que otro altibajo y algún que otro susto, K no se fía.

Conoce la historia de demasiados cuerpos como para fiarse y nada le hace suponer que el suyo sea distinto o mejor que el resto. Sabe, porque está harto de verlo y de oírlo que, pasado un tiempo determinado y sin motivo aparente, a muchos cuerpos les da por la maldad y, como si se hubieran aburrido de su anterior conducta suave y tranquila, comienzan a comportarse de forma grosera y desagradable causando dolor y angustia en sus dueños. Matándolos, bastantes veces.

Por eso K no deja de espiarlo, de analizarlo, de investigarlo, de seguir cualquier indicio que pueda ponerle sobre la pista de un desliz, de un mal comportamiento, de una desviación moral. Hay tantos órganos y son tan complejas las relaciones entre ellos, son tantos los frentes que atender que K se agota.

Porque además, desde que lo espía, parece que el cuerpo de K se divierte asustándolo, enviándole señales falsas, alarmas que luego no son nada, el ruido de una sirena disparada a destiempo, pero que tienen a K en un estado de ansiedad constante.

El mundo exterior apenas existe para él, salvo que tenga o pueda tener una relación directa con su cuerpo y no es que ese mundo no le interese. Le importa y mucho, es lo único que le importa, circular libre por él como hacía antes de las sospechas, pero ya se encarga su cuerpo de impedirle el acceso, de instalarle murallas y parapetos, de bajarle las persianas.

Por todo eso K odia su amado cuerpo. Querría hacerlo desaparecer, suprimirlo, pero sabe que sin ese traidor,  sin ese infiel que después de un periodo de maltrato más o menos largo, va a terminar abandonádolo, él, K, no existiría.

(Cuaderno de doña Marga)

Urgencias

-Las del mostrador: así llamadas porque te atienden o desatienden detrás del mismo. Su grado de empatía es inversamente proporcional al tiempo que lleven trabajando. Las que nos atendieron/desatendieron ayer al Toni y a mí debían de ser muy veteranas. Nulo contacto visual e intercambio de informaciones entre ellas muy fundamentales: me puse medias para la comunión, le pongo nuez moscada a las croquetas.

-El impaciente: golpea el suelo con los zapatos, tabletea con los dedos en la silla, mueve sin cesar una pierna, tensa las mandíbulas, se levanta muchas veces y va al mostrador, vuelve a su sitio para seguir pateando el suelo, se agarra la cabeza entre las manos, protesta en voz alta del mal funcionamiento de todo. Si no estabas nervioso ahora ya lo estás gracias a él.

-El sufridor silencioso: se encuentra muy mal y tiene dolor, también tiene miedo. Cierra los ojos y no mira a nada ni a nadie.

-El sufridor ruidoso: también tiene dolor y lo manifiesta a gritos, llora, gime y se desespera. Consigue que le pregunten por su mal, que le agarren la mano, que le consuelen, que los que están mal piensen que tampoco están tan mal comparados con él, que el impaciente se levante a protestar otra vez al mostrador reclamando ayuda, esta vez no para él,  que el silencioso abra los ojos con susto, que las del mostrador dejen de hablar medio minuto de medias y croquetas.

-La familia de pic-nic: acuden todos juntos aunque solo a uno le pasa algo, es difícil saber cuál de ellos es el que necesita un médico porque se muestran todos bastante felices y distendidos. Los niños comen doritos e impregnan toda la sala del olor, el padre aprovecha para preguntar la lección a uno de los hijos, la madre llama a una amiga por teléfono y le cuenta que en junio ya no hay colegio por las tardes y a ver qué hacen ahora. Y así van pasando el rato.

-El viejo con demencia: está sentado en una silla de ruedas, a ratos se duerme y a ratos abre el ojo. No sabe dónde está pero considera el medio hostil y hostiles a sus moradores. Masculla palabrotas que hacen reír a los niños de los doritos. Va acompañado de una hija con cara de pena que mira hacia la pared.

-El tiempo: le gusta jugar al juego cruel de hacerse el estancado. No pasa, no fluye, no se mueve. Nunca saldrás de la sala de urgencias. Es mentira, te toma el pelo, cuando ya empezabas a entender el concepto eternidad dicen el nombre que esperas oír.

-La tregua: el Toni, de momento, no se muere o, por lo menos, no de lo que él creía que se iba a morir ayer.

Eros y tánatos

Monologa el afligido Toni desde el sofá: me gustaría ser un perro pero no con impermeable, un perro de los del pueblo, libre, que se pasea por el monte; también me gustaría ser un pájaro o hasta un árbol, esa acacia de tronco renegrido por la contaminación no, otro que esté en un entorno mejor. Humano sintiente, doliente y pensante no quiero ser, no me está gustando porque…¿Se puede saber qué tonterías farfullas, Toni? ¿Y qué haces en el sofá con hielo por algunos sitios y la manta eléctrica por otros? Es que me duelen partes que hay que tratar con frío y otras a las que les conviene más el calor, yo no tengo la culpa del comportamiento de mi cuerpo ni de que me fastidie continuamente. Además, tengo angustia. Pero, angustia, ¿por qué? no me digas que el jefe te la ha vuelto a montar, no irán a echarte…Y me cuesta respirar, el corazón me hace cosas raras como cuando un coche va dando tumbos hasta que se escacharra definitivamente. Creo que me va a dar un infarto porque me duele el hombro.

Vamos a ver, Toni, dime la verdad, ¿has estado otra vez buscando síntomas en google? No me hace falta, los síntomas están por todas partes, como los virus y las bacterias y los accidentes y todo lo que puede hacernos daño que es mucho y variado. De hecho, me pregunto cómo estamos todavía vivos. No me gusta vivir en un mundo tan inseguro, con tantos peligros siempre al acecho y la muerte al final, irremediablemente.

Anda, este, ¿y por eso quieres ser perro, pájaro, árbol?…que sepas que también se mueren. Pero no lo saben, por eso los envidio. Hombre, pero su vida es más aburrida que la nuestra. No pueden, por poner un ejemplo, mantener conversaciones, leer, disfrutar del arte (o tener un blog pienso para no delatarme). Pero como sé que me miente voy hasta el ordenador que amistosamente compartimos y rastreo el historial de búsqueda. El muy panoli no se ha molestado en borrarlo: síntomas de la gripe, ¿es la gripe letal?, ¿qué virus circula este año?, medidas de prevención, número de fallecidos por el virus, picos de la epidemia, complicaciones más frecuentes, efectos secundarios de la vacuna, ¿demasiado tarde para vacunarse? Y luego: cómo saber si eres hipocondriaco (lo eres, eso ya te lo digo yo), tratamiento hipocondría, el sufrimiento del hipocondriaco.

Ya no puedo más y me planto en el sofá donde tiembla envuelto en una manta costrosa sometido a un auto-régimen de contrastes extremos de temperatura. Toni, levántate ahora mismo y nos ponemos a preparar la cena, lo mejor para todo eso que dices que te pasa es la actividad. No puedo, estoy mal, tengo dolores, la actividad es buena para los que están bien pero yo estoy mal y abrázame que tengo miedo. Lo abrazo porque sé que sufre y me da pena. Venga, le consuelo, vamos a hacer unas respiraciones profundas a ver si así te relajas. Yo me relajo mejor de otras maneras, me contesta y con un zarpazo más de oso que de hombre me arranca la parte superior del pijama. ¿Y si soy portadora de algún virus?, le pincho. Pero en estos momentos su pulsión de vida es más fuerte que su pulsión de muerte. Entre eros y tánatos, ha ganado eros, claramente.