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Palabras (1)

Cuando la vida no me gusta, no me basta o me asusta saco las palabras de la bolsa y me tiro al suelo a jugar.

Huyo subida en sus lomos de letras y a veces hasta creo que voy a poder escapar. Pero ella siempre está al final de cada texto, esperando paciente a que yo termine como si fuera una madre sentada en el banco de un parque, mirando distraída los graciosos e infantiles entretenimientos del hijo.

Es tarde, me dice dándome la mano para que me levante, hay que hacer los deberes, bañarse, cenar, dormir. Guarda las palabras aquí, en su bolsa, cada cosa en su lugar, se acabó por hoy.

Así es, no hay mucho más.

(Cuaderno de DM)

Palabras

Esta mañana, cosa rara, el Toni estaba muy locuaz y comunicativo y le ha dado por contarme mientras desayunábamos lo que él llama su momento de suprema felicidad. No ha sido conmigo, eso irlo ya descartando. Los momentos de suprema felicidad del Toni casi siempre son en soledad y cerca de un monte.

Te lo voy a contar, me dice, me ocurrió el sábado pasado, cuando estuvimos en el pueblo y yo salí a andar después de la lluvia. ¿Tú sabes el camino por donde se sube al pico del buitre que hay una hilera de álamos y luego un llano desde donde se ve mucho territorio?

Sí, sé.

Pues sitúate ahí imaginariamente. Empezaba a atardecer y después de tanta lluvia se abrió un claro, todos los pájaros de la zona se congregaron en los árboles y se pusieron a cantar al unísono como para despedir el día, de la tierra brotaban todos los aromas de después de la lluvia, el cielo empezó a teñirse de rojo, me quedé quieto un momento y sentí que formaba parte de todo eso, que ese era mi sitio. ¿Qué opinas?

Opino que eres muy bucólico, Toni, siempre lo has sido y me ha recordado también a esa canción de los pajaritos cantan y las nubes se levantan.

Podría enfadarme contigo por obtusa pero creo que no es tu culpa, es de las palabras, que nunca pueden mostrar la realidad tal como es o como uno la siente, si acaso rozarla, aproximarse, rodearla. Nada más.

La madeja

Otra vez estoy on the road, o lo que viene a ser lo mismo en mi caso, subida a un autobús que atraviesa la meseta castellana. Mi destino es Villa Peligrosa, es casa tan truculenta perteneciente a los antepasados del Husband. Vuelvo a mi vida como sombra, tampoco es que me importe mucho ser una cosa o la otra. He llegado al convencimiento de que estés donde estés y seas quién seas hay algo o alguien dispuesto a molestarte. Son maestros que te pone la vida, dice la Esme con sus típicas frasecitas sacadas del último libro que se ha leído (por encima). Y yo que pensaba que una vez abandonado el instituto ya no me iban a dar más la vara. Ilusa que soy, o que era.

Pero no era de esto de lo que quería hablar, aunque ahora que me detengo a pensarlo, qué más da hablar de un tema o de otro si mis palabras caen por el agujero negro del WordPress, esa “avanzada plataforma semántica de publicación” ( madre mía qué frase tan maja) y se enredan ahí con otras muchas palabras formando una bola informe, como esos ovillos de lana hechos de restos de muchas lanas, cada una de color pero que al final son siempre grises. Quería hablar de pies pero casi mejor lo dejo para otro día porque esta extensión amarilla, sin relieve alguno, tan semejante a un infinito calcinado, me da sueño. Voy a dormir y voy a callar y así no contribuyo a engrosar la madeja que bastante gorda está ya.

He intentado dormir pero no he podido porque el saber que la plataforma donde escribo está orientada a la “estética, los estándares web y la usabilidad” me ha causado una desazón incompatible con el sueño.  ¿Qué hago?, otra vez dando de comer al ovillo. Me  callo, me callo. Adiós.