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El cuarto de la plancha

Planchar es una actividad que induce al pensamiento. No a los pensamientos elevados o profundos, aunque también puede darse el caso si el ente planchante tiene esa habilidad o el día inspirado, sino, más bien, a que la mente divague y enrede. Toda esta mañana la he pasado planchando y rumiando. ¿Sobre qué volvía mi mente una y otra vez? Sobre la tardecita de domingo tan entretenida que pasamos ayer el Toni y yo.

La diversión comenzó así, con una, en apariencia, inocente pregunta: ¿Ya te has enganchado otra vez a la Rosamunde Pilcher?, me dijo mirando con desconfianza el libro en el que trataba de concentrarme. Más o menos, respondí evasiva porque no tenía ganas de hablar y él lo detectó, tiene radar para este tipo de situaciones. Puede pasarse días sin apenas dirigirme la palabra, todo mohíno y reconcetrao, pero como intuya que estoy metida de lleno en algo que se le escapa o le excluye, entonces le entra la vena comunicativa.

Mira que es mala esa mujer y que escribe tonterías, no sé cómo puede gustarte aunque ese libro que tienes no me parece de la Rosamunde. Pero, ¿desde cuándo le preocupa al Toni lo que yo lea o deje de leer? Pues si no es de esa será de crímenes suecos o noruegos ¿a que sí? Ni sí ni no, zanjo yo, bastante harta de tanta inquisición lectora. Bueno, pues dime qué lees. Nada que te interese, tú sigue con tu Walden y déjame que bastante tengo con no dormirme con los problemas de sueño del autor. Y entonces se avanlanza sobre mi y me arrebata de muy malos modos Por el camino de Swan. Se queda un rato leyendo el título, examina con recelo las primeras páginas, y se va directamente a la contraportada.

Pues sí que picas alto, una de las grandes obras literarias del siglo XX, nada menos, no te veo yo a ti leyendo esto, no lo vas a entender. ¿Cómo que no me ves, pues no me estás viendo? Una cosa es que leas y otra que lo puedas asimilar. Tienes cara de estar pasando un mal rato, reconoce que se te está atragantando el tal Proust. Pues no reconozco nada y no te metas con mis afanes lectores que siempre me tienes que fastidiar todas mis iniciativas, yo te apoyo a ti y la prueba es que te he regalado unos prismáticos para que avistes pero tú, sin embargo….Ya va a salir a relucir la batidora, que rencorosa eres, nunca lo vas a olvidar. Claro, porque ese regalo demuestra lo poco que me conoces. Anda que no te conozco, pero si te veo venir a la legua, ahora mismo estás deseando darme con la gran obra literaria en la cabeza y pensando que por qué te habrás juntado conmigo con lo bien que podrías estar con el Tomás. Del Tomás no me acordaba pero, ahora que lo dices, seguro que él no me hubiera regalado una batidora con accesorios, a cual peor. ¿Y qué tienen de malo los accesorios? Lo mismo que la batidora, no son regalos bonitos para una mujer. Ahora eres feminista, eso te viene de esa amiga tan rara del parque, no me gusta esa mujer, es muy resabiada. Habló el que no tiene amigos resabiados. Y así nos pasamos la tarde, peleándonos y odiándonos. Y eso nos pasa, entre otros motivos, por tener que convivir en un espacio tan reducido. Lo confieso: tengo envidia. Y no es de una persona, es de un electrodoméstico. Tengo envidia de la plancha de la Patricia. Ella tiene un cuarto propio.

Así habló el Hipólito

Resulta que además de enseñar a avistar pájaros, el Hipólito (H de aquí en adelante) también asesora y, lo que es mejor, sobre cualquier cosa que le pidas e incluso sobre las que no le pidas. Que te dispones a hacer una tortilla de patata según tu tradicional y atávica receta, pues no es así y ya te dice él cómo (por persona interpuesta), que te duele un pie, para qué vas a ir al médico si ya te diagnostica el H. y te pone el tratamiento, que dudas sobre qué ropa ponerte, pues sale la cabeza parlante del H. de dentro del armario y te indica la vestimenta más adecuada para cada momento y lugar.

Y eso, en lo que toca a los aspectos prácticos de la vida pero es que también te vale para lo más profundo y espiritual. Las angustias vitales, en el caso de que las tengas (no es el mío) te las soluciona él a base de filosofías de curtido taxista y asiduo visitante de los bares. Es como un hombre del Renacimiento, vale para todo. O eso se cree el Toni, a quién tiene abducido porque yo, y aprovecho para confesarlo desde aquí que no me oyen, estoy sintiendo enormes deseos de cometer un hipolicidio.

Por su culpa, el Toni se ha pasado todo el fin de semana tirado en el sofá, con el pijama como segunda piel y leyendo un libro de Henry David Thoreau que le ha prestado el H. Dice ese gran gurú de las barras que hasta que no lo lea no puede ser considerado un ser humano completo y que a qué espera. Y ahí sigue hoy lunes, víspera de Nochebuena, sin moverse, con el Tratado de la desobediencia civil entre sus manos, dando cabezazos de asentimiento y riéndose diabólicamente. Que no piensa hacer otra cosa en todas las vacaciones que leer a Thoreau y que luego tiene que poner en práctica todo lo que este escritor propugna en sus libros que es, según me ha resumido con gran exaltación, salir a los montes y a los bosques y triscar sin rumbo fijo y no hacer caso de nada ni de nadie y desobedecer.

Cuánta soledad se puede llegar a sentir en pareja, me he lamentado yo y, por toda respuesta me contesta que el H. dice que la soledad es muy buena compañera y que el Thoreau, por su parte, opina que no hay compañía más sociable que la propia soledad. Pues que gran consuelo.

Goyafobia

Hoy no te libras, Toni, ya has avistado bastantes pájaros con el Hilario y habrás cogido fuerzas suficientes para venirte conmigo  de compras navideñas. Qué poco tacto tengo a veces, he juntado en la misma frase dos de las palabras más odiadas por el Toni, compras y navideño, pero es que, claro, son tantos los objetos, seres y contextos que le repelen que es difícil hablar sin herirle. ¿Cóooomooo?, estalla falsamente sorprendido, costumbre que tiene cuando no quiere hacer algo de lo que le propongo. ¿Es que ahora te has vuelto experta en torturas?Venga, Toni, que no cuela, no podemos presentarnos en el pueblo en fechas tan señaladas sin regalos.

Que si no puedo dejar ya de soltar tópicos, que debería bastarles con nuestra presencia, que bastante hace ya con aguantar esas cenas soporíferas aderezadas con el canto del tamborilero y el posterior bingo. Pero, hijo, sé positivo por una vez en tu vida, vas a estar en el pueblo, vas a escuchar pájaros, vas a poder subirte al monte de tu alma y a oler esos olores tan primitivos de leña y tierra que te gustan, no me digas que…Eso será si me deja la familia, que presiona y estruja y exprime dejándome seco. Si, bueno, zumo de Toni, ponte los zapatos que nos vamos. Me los pongo pero que sepas que es contra mi voluntad y que si luego la expedición acaba mal no digas que no te lo avisé.

Y con esos ánimos salimos hacia el portal donde nos encontramos con el grupo de chinos que también salía. Buenas tardes, suelta el Toni con un tono de voz que más parecía una ofensa que un saludo. Los chinos, ni caso, atravesaron la puerta y se perdieron por la calle con sus pitillos encendidos  destino a sus numerosos comercios. ¿Qué te dije, están o no están en otra dimensión? Huy qué pesado, todo el camino hablándome de la posibilidad de que existan varios espacios superpuestos o diferentes tiempos que se solapan y qué sé yo. Y a tu madre ¿qué piensas comprarle?, le cuestiono en un intento de hacerle volver a la realidad. Evi, eres única en tu género para trivializar hasta las cuestiones más profundas, yo hablando de metafísica y tú con la monserga de los regalos. Monserga, dice. Qué intratable es mi amado.

Entramos en el metro y para qué quieres más, otra vez: que si que pena la gente con esos rostros en los que se refleja el sufrimiento, la idiotez y el vacío de la existencia y que por qué todos miran sus teléfonos y que si no se dan cuenta de su mortal condición. Intratable y siniestro, añado. Total, que nos bajamos en Goya y madre mía qué bonita han puesto esa calle con sus luces navideñas en forma de paquetes de regalos cada uno de un color. Se lo señalo al Toni para que vea que yo también sé apreciar la belleza y en buen momento: que qué oda más zafia al consumo, que qué manipulación más burda, que le tapan el horizonte esos mamotretos de paquetes, que no le dejan ver el cielo, que dónde están la luna y las estrellas, que por qué hay tanta gente, que le empujan y le aplastan y que puede que hasta le roben la cartera y que no quiere estar aquí, que se está encontrando muy mal, que se marea y tiene ganas de vomitar y que no puede respirar y que se vuelve por donde ha venido pero en taxi.

Toni, le increpo a grito pelao, que somos mileuristas de la clase obrera, no te gastes el dinero de los regalos en ese medio de transporte pero ya se ha introducido en el interior de un taxi con la cara desencajada. Algunos viandantes me miran y se ríen. Siempre me tiene que dejar en ridículo, qué hombre.

Trinos, gorjeos y vulgaridades

Kili-kili-kil, kili-kili-kil, kili-kili-kil, oigo con asombro al entrar en mi hogar después de una larga y pluriempleada jornada laboral como cuidadora, limpiadora, mayordoma y vidente. Y otra vez el kili-kili-kil y otra más. Avanzo temerosa los dos pasos que nos permite nuestro pasillo de la clase obrera y me encuentro de frente con el autor de tan extraños sonidos. Que no,  que no era un pájaro que se había colado en nuestra morada, era ese ser tan peculiar con el que cohabito, el así llamado Toni.

¿Se puede saber a qué juegas?, le indago ligeramente molesta y, por toda respuesta, se lleva un dedo a los labios indicándome que me calle y prosigue con su extraño trinar: tsiii-tsit-tist. Y de nuevo, como afianzando conocimientos: tsii-tsit-tsit. ¿A qué no sabes qué es?, me interroga jubiloso. Eres tú haciendo el indio, eso seguro. No seas ignorante, Evi, es un agateador, esos pajarillos pequeños que trepan por la corteza de los árboles. ¿Y éste?: or-ti-ti-tá, or-ti-ti-tá ¿a qué no sabes cuál es éste? Pues ni lo sé, Toni, ni me interesa lo más mínimo, lo que sí me interesa es saber si has bajado al Día a comprar algo para la cena que tenemos la nevera que da lástima. Al Día, al Día, prorrumpe con indignación, pero qué prosaica eres, tengo tareas mucho más elevadas que desarrollar como es la de identificar a los pájaros por su canto. Mira, mira qué bien está esta página web que me ha indicao el Hipólito para que vaya aprendiendo. Nuup, nuup, nuup: la abubilla, ¿qué te parece? Snirr, snirr, snirr, venga que este lo tienes que conocer que hay muchos en verano, snirr, snirr, snirr ¿no caes?, el vencejo, hija, el vencejo, ¿a que ahora sí? Ahora sí que estoy planeando tu asesinato, Toni.

Pues no sé por qué, qué egoista eres, no quieres mi felicidad, precisamente en el momento en que empiezo a remontar, justo cuando he encontrado mi verdadera pasión y empiezo a vislumbrar el sentido de mi existencia. Hooh-hoooh, pii-pi-cu, pii,pi,cu. ¿quieres que te haga el sonido del pardillo? Ese ya me lo sé de memoria, Toni, lo oigo mucho al cabo del día y me bajo a la compra que no cenamos. Allá tú -le dejé mascullando- si tu opción vital es ser una persona vulgar y sin altura de miras, yo no me voy a meter pero te aviso que luego vienen las depresiones, por no escuchar los deseos más íntimos de cada uno. Kili-kili-kil, kili-kili-kil.