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Pies

El autobús pegó un resoplido como de animal enorme y muy cansado y se paró en una de esas bonitas estaciones de servicio o bares de carretera o áreas de descanso. Nos bajamos todos y entramos en fila a ese lugar donde viven las moscas de todas las formas y tamaños. Las mismas que te encuentras sobrevolando la taza del váter están luego haciendo graciosos arabescos sobre tu café o posando sus patitas sobre la tostada. Nadie repara en ellas porque se da por hecho que están, como está el jamón rancio guardado en una vitrina con candado no vaya a sustraerlo algún ladrón de jamones rancios, que los hay, se han dado casos.
Total, que mientras con una mano sujetaba la taza de café y con otra espantaba a la mosca ( siempre es la misma, estoy segura, a cada uno se le asigna su propia mosca nada más entrar en esos bares) , me puse a mirar los pies de los que iban y venían o los pies de los que estaban sentados. Es una manía que tengo, la de fijarme en los pies de la gente. Normalmente me entretengo haciendo tipologías humanas en base a los pies pero ayer, no sé el motivo, lo que me entró fue pena y compasión por todos ellos. Por pisar el suelo, por soportar el peso del cuerpo y porque en los pies vi contenida toda la fragilidad humana.
Esa porción de canilla que asoma desamparada bajo el calcetín, ese polvillo depositado sobre el zapato, esas suelas desgastadas que delatan la forma de caminar de sus poseedores, esos dedos amontonados, esas durezas….incluso los pies bonitos, jóvenes y cuidados me dieron pena en su efímera belleza.
Luego todos esos pies se desplazaron de nuevo hacia el autobús y hasta los que me habían caído mal durante el trayecto, siempre hay alguien que te cae mal, es inevitable, se me hicieron soportables por el simple de hecho de saberlos condenados a pisar el mundo.

Historia de amor con claves de búsqueda (2)

T. se está enamorando de E., o eso cree él. El aburrimiento es capaz de fabricar muchos espejismos. La soledad también. Sin desmerecer sus encantos, E. lo tiene fácil, carece de competencia, es casi la única mujer a la que  trata T, a excepción de la panadera que no tiene lindos pies y de la cajera del supermercado donde hace la compra, que tampoco. Ve a otras mujeres de las que también podría enamorarse pero su fugacidad no se lo permite. Solo E. permanece, solo con ella comparte tiempo y espacio.

Clas, clas, clas, oye a todas horas. Quién fuera chancleta, piensa y se asusta de su propio pensamiento. Le gustaría contárselo a alguien pero no sabe a quién. A su hermano no, no le entendería, a su mejor amigo tampoco, acaba de separarse y está deprimido, al grupo de colegas con los que sale de cañas menos, se cachondearían. Pues a google, claro. Y se lo cuenta aunque rebajado. “Me gusta la empleada” revela al buscador.No puede ser, está otra vez en ese blog absurdo, parece una maldición o una burla del destino.

Intenta acercamientos, aproximaciones pero ella friega, plancha, cocina, chancletea, lava su ropa algunos días y se va sin darle la menor confianza. A veces sonríe pero es una sonrisa de compromiso, eso se nota, él lo nota.

E., por su parte, se siente acosada. Empieza a estar muy incómoda en esa casa, ese hombre siempre le está mirando los pies. El no le gusta, es muy esmirriado, a ella le van los hombres con fuerza, capaces de descargar camiones o de cavar zanjas, los teletrabajadores no son su tipo. Si al menos le dijera algo interesante o divertido pero tampoco. No sale de lo mismo: ¿ te falta lejía?, hoy empieza mejor por la cocina, ayer llovió y los cristales están sucios. Si no fuera porque necesita el dinero se iría y si no fuera por lo de los turnos y las peleas, no lavaría su ropa en casa de T., le ha visto oliendo sus medias. La verdad es que le tiene manía y así se lo confiesa al máximo receptor de secretos de todos los tiempos: “soy empleada doméstica y tengo manía a mi jefe“.

Pero él no se rinde y busca nuevos sistemas de conquista. Después de mucho pensar decide que el mejor es la palabra. Si le dice algo bonito ella se ablandará pero no se le ocurre nada especial, no sabe qué le gusta a E., ignora cómo hay que hablar con una empleada doméstica. Por eso vuelve a la carga e interroga al sumo respondedor: “qué palabras bonitas puedo decir a la empleada doméstica“.

Bueno, ofuscado teletrabajador, te voy a ayudar por si vuelves a estrellarte aquí. Utilizando tus mismos sistemas, me he puesto a rastrear y esto es lo que he encontrado. Es un poema de Mario Benedetti que se titula Pies hermosos y que empieza así : la mujer que tiene los pies hermosos nunca podrá ser fea. Mansa le sube la belleza por tobillos pantorrillas y muslos…

Puede que T. lo completara, lo escribiera en un papel y lo sujetara con una pinza junto a las medias para que E. lo leyera al recoger la colada o puede que se lo recitara de sopetón nada más abrir la puerta. La reacción de E. no la conozco , ella no ha vuelto por aquí pero lo que sí sé es que a T. le dejó hecho un lío. Su última y desconcertada búsqueda decía: “cómo interpretar a la empleada doméstica”