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Palabras

Esta mañana, cosa rara, el Toni estaba muy locuaz y comunicativo y le ha dado por contarme mientras desayunábamos lo que él llama su momento de suprema felicidad. No ha sido conmigo, eso irlo ya descartando. Los momentos de suprema felicidad del Toni casi siempre son en soledad y cerca de un monte.

Te lo voy a contar, me dice, me ocurrió el sábado pasado, cuando estuvimos en el pueblo y yo salí a andar después de la lluvia. ¿Tú sabes el camino por donde se sube al pico del buitre que hay una hilera de álamos y luego un llano desde donde se ve mucho territorio?

Sí, sé.

Pues sitúate ahí imaginariamente. Empezaba a atardecer y después de tanta lluvia se abrió un claro, todos los pájaros de la zona se congregaron en los árboles y se pusieron a cantar al unísono como para despedir el día, de la tierra brotaban todos los aromas de después de la lluvia, el cielo empezó a teñirse de rojo, me quedé quieto un momento y sentí que formaba parte de todo eso, que ese era mi sitio. ¿Qué opinas?

Opino que eres muy bucólico, Toni, siempre lo has sido y me ha recordado también a esa canción de los pajaritos cantan y las nubes se levantan.

Podría enfadarme contigo por obtusa pero creo que no es tu culpa, es de las palabras, que nunca pueden mostrar la realidad tal como es o como uno la siente, si acaso rozarla, aproximarse, rodearla. Nada más.

No es lo que te pasa

Siento como si flotara, como si mi percepción del mundo no fuera tan precisa y ajustada como suele, tengo la sensación de que me llegan desde fuera demasiados estímulos que no soy capaz de asimilar, todo brilla mucho y molesta a la vista, los sonidos, pese a estar amortiguados por los oídos taponados, me resultan demasiado agresivos y mi cuerpo no tiene la fuerza suficiente para afrontar un día repleto de obligaciones. Porque por aquí han decidido darme el alta. Ha sido la doña Perfect que ha llegado hoy pertrechada de bata blanca y mascarilla, cómo le gustan a esta mujer las situaciones melodramáticas, y después de examinarme de lejos ha decidido que ya estoy perfectamente. Venga, venga, a trabajar que tú lo que tienes es mucho cuento. Y me ha sacado la tabla de la plancha.

Mientras planchaba , sudorosa y mareada, he escuchado la siguiente conversación telefónica: lo que yo digo siempre, que tienen que inventar la tati-robot que ni se pone mala ni te cuenta su vida ni te roba. No, mujer, que yo sepa esta todavía no ha robado pero no le dejes la tentación delante por si acaso. Exacto, tú lo has dicho, el enemigo pagado, las tenemos que tener pero quién pudiera vivir libre de su presencia. Y mañana viene la mía que también es pesadísima aunque en otro estilo, trabaja mucho porque las del este son muy trabajadoras pero se queja….todo el día oyéndola decir que tiene muy mala suerte, me pone de los nervios, guapa. Se creerá que los demás no tenemos problemas, es que quieren ser como nosotras, en el fondo y si las rascas, todas tienen envidia. Es la eterna canción.

Pues vaya con la eterna canción, yo no tengo envidia de nadie y menos de la doña Perfect, lo que tengo es muy mal cuerpo, eso sí tengo, voy a llamar a la Esme para que me anime. Esme, soy Eva, estoy mala, tengo que trabajar y ha venido la madre de mi jefa con toda su crueldad y su depravación, ¿me oyes?

Muy bonito Eva, estás mala para planchar pero no para hablar por teléfono, no te pagamos para que pierdas el tiempo llamando a tus amigas, tú verás si te interesa conservar el trabajo o prefieres que se lo demos a otra, te advierto que hay mucha gente deseando trabajar, cuántas querrían tu puesto.Y ahora te mareas, si cuando yo digo que benditos robots, anda siéntate un rato y luego sigues. Yo me bajo al club social a tomar el aperitivo. Pones la mesa para las dos y media.

Me siento y pienso en una frase que dice siempre la Esme, no son las cosas que te pasan sino cómo tú las interpretas. Pues ahora mismo esa frase me parece una tontería, qué quieres que te diga, Esmeralda.