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Volatilidad

Tengo una tristeza más volátil que los mercados. Tengo una tristeza inestable y maleable, con tantos resquicios, grietas y poros que a nada que se descuida se le cuela la alegría y la transforma.

Y se descuida mucho porque es una tristeza curiosa y está todo el día fisgoneando, llevando así la contraria a su propia cerrazón. Puede ser un pájaro, un árbol, un cielo al atardecer, una cara, unas cuantas palabras, un aroma o una canción y ya ha perdido la dureza, la solidez.

Medio evaporada, desteñida, con los pelos revueltos y los contornos desdibujados vaga por ahí contemplando a la loca que acaba de sustituirla. Con envidia observa sus pasos alegres, su risa despreocupada, sus bailes, su animada charla. Espera un despiste, un bostezo, un pequeño momento de introspección, un instante contemplativo. No le resulta difícil colarse a su vez porque esta alegría mía, qué pena, también es volátil.

A veces creo que son la misma.

(Cuaderno de DM)

Incómoda tristeza

La tristeza es muy incómoda, se está tan mal en ella como en un sofá de muelles rotos. Se te clava en los costados y por mucho que te gires buscando la postura siempre encuentra la manera de punzarte con sus uñas largas de tristeza vieja.

Es asfixiante la tristeza. Como si se divirtiera atascándote por dentro te coloca nudos que no dejan pasar libremente el aire, te cierra el cuerpo con todas sus llaves y candados y te aisla para que sólo la veas a ella, amante posesiva.

Escóndela si la llevas puesta, no es popular ni está bien vista. Si la muestras, aunque sólo asome el borde de su falda negra, recibirás a todas horas consejos anti tristeza. Acumularás tantos que ya no sabrás qué hacer con ellos ni dónde guardarlos. Tal vez debajo de la cama en una caja con ruedas pero los consejos son muy pesados y saldrán por la noche a cumplir su aconsejante misión impidiéndote dormir.

Podrías llevarlos a una tienda de segunda mano pero son difíciles de vender, todo el mundo tiene y tampoco saben ya dónde meterlos. Con la tristeza ni lo intentes, o le das esquinazo en un despiste o te la quedas para siempre, a esa angustiosa sí que no la quiere nadie.

(Cuaderno de DM)

Una simple cortina

Cuando Sofía está triste, los pajaritos de las cortinas de su cuarto bajan las alas, agachan la cabeza, esconden el pico entre la tela, se hacen bola sobre los pliegues y ya no parecen pajaritos. Son manchas feas y descoloridas. Las flores que los acompañan se mustian y deshojan. Sofía pisa con sus pies descalzos algún pétalo caído sobre el suelo y se agarra a la cortina de pájaros alicaídos y flores ajadas para mirar un trocito de calle que se estira fuera, cuesta arriba, desganada ella también. Una tira gris.

Cuando Sofia está contenta, los pajaritos de colores azules, rojizos, morados, amarillos y verdes, baten sus alas con fuerza, con tanta fuerza que logran mover la cortina como si ella misma fuera a volar, alzan los picos hacia el techo que para ellos es un cielo y cantan y trinan y se desplazan. Las flores se esponjan y abren y es tal su realismo de flor que los pequeños insectos que revoloteaban en torno a la luz de la lámpara se desplazan para libar su polen inexistente.

Cuando Sofía está neutra, la cortina es sólo una cortina, una cortina con un estampado de pájaros de colores y flores, una cortina de tela liviana que se abomba con la brisa al abrir la ventana y se queda quieta al cerrarla. Una cortina con un agujerito de quemado en una esquina, el que le hizo su hermano mayor el día que entró a fumar a escondidas. Una simple cortina en un cuarto de niña.

(Cuaderno de doña Marga)