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Escena playera sin luna

En el Karaoke la mujer embutida en un traje de lentejuelas, cual sirena desahuciada, canta “volare oh, oh, oh”. El vestido se aprieta brillante a su barriga y ella agita con garbo la melena reseca, sintiéndose otra.
El supuesto público, sentado en sus mesas, mira al vacío y sorbe de largas pajitas líquidos de colores. Tal vez por esos tubos de plástico ascienda algo parecido a la felicidad y descienda después verde o rosada por sus gargantas.
Llora con desconsuelo un niño.
Alemanes anchos como armarios avanzan por el paseo entre tiendas de chancletas y colchonetas en forma de animales. En los bares se ofrecen tapas, pizzas y bebidas tropicales. Coco loco, dream Caribe. La cuestion es soñar. O sudar.
Cómo sudan los camareros con las parrillas ardientes detrás, san Lorenzos contemporáneos, cómo corren entre las mesas lanzando platos con los que contentar a tanto estómago dilatado.
Los chinos, en silencio, sin apenas dejarse ver, están comprando las grandes cadenas hoteleras. Muchos temen por sus puestos de trabajo.

En un banco dos mujeres negras han montado un tenderete de trencitas, una larga fila de cabezas de niñas aguarda para conseguir su dosis de exotismo.

La mujer del karaoke arremete ahora: “si tú me dices ven, lo dejo todo”. Ni por esas, así que sigue aferrada al micro, lentejueando.
El niño que lloraba se ha quedado dormido con la cabeza torcida.

A las palmeras no se les mueve ni un pelo, Están muy quietas escuchando la voz profunda y misteriosa del mar.
Huele a salitre y también a cloaca.
Dando tumbos entre los pinos cruza la noche sin luna un murciélago.

Bichero

Mientras espera a Jorge sentado en la escalera, levanta una piedra y encuentra una escolopendra. La engancha con un pequeño palo y  la mete veloz en su bote. Es un bote de judías marca Cidacos, la etiqueta se está borrando, la tapa tiene agujeros, se los ha hecho con la punta de un cuchillo.  La escolopendra se queda quieta en el fondo como si estuviera asimilando qué es lo que le ha pasado y luego intenta trepar con sus múltiples patas por las paredes de cristal. Se resbala y vuelve al fondo, donde se agita.

Fue  su abuelo quien le enseñó a distinguir insectos y las tácticas para atraparlos. Entonces vivía allí un petirrojo llamado señor Mirko,  llegaba cada mes de julio y anidaba en la tinaja de barro de la entrada, en septiembre se marchaba, igual que ellos. Cuando aparecía, su abuelo se ponía muy contento y hablaba con él de lo que había hecho durante el invierno. Nada, en realidad. No había hecho casi nada,   pero  al señor Mirko le daba lo mismo que el relato fuera aburrido porque lo que quería era comida y se la daban. Mientras,  hacía como que escuchaba ladeando la cabeza con atención. En la antigua casa del pájaro hay geranios que ha plantado su madre  y él, aunque sabe casi seguro que Mirko no está y que no va a volver,  mira dentro todos los días, un poco por costumbre y otro poco porque tiene una pequeña esperanza.

Y justo ayer mientras estaba encerrado con los deberes que le obligan a hacer cada día y que casi nunca hace,   su amigo Jorge encuentra una mantis.  Ahora todas sus capturas de tres días no valen nada. Ni el escarabajo que parecía una joya brillante ni los chinches con caparazones como escudos de guerreros africanos ni los tres bichos palos ni la libélula azul ni esa misma escolopendra, aunque sea venenosa y su picadura duela tanto que hasta te pueda hacer vomitar  y temblar. Él quería enseñársela a María, una de las niñas de la casa de al lado,  ya le regaló una libélula y ella se rió con su diente partido por la mitad. Jorge dice que tiene risa de tiburón pero a él también le gusta aunque no lo reconozca, es la única que  no grita qué asco ni sale corriendo  cuando se presentan  con los bichos, tampoco ensaya bailes con las otras. Se baña tanto en la piscina que se le ha puesto el pelo verde.

Jorge lleva la mantis en un tarro de plástico donde antes había limón granizado.  Se sienta a su lado en la escalera y la observan para saber si es macho o hembra, él sabe cómo se averigua, hay que contar los segmentos de la tripa, si tiene ocho es macho, si tiene seis es hembra. Las hembras son caníbales. Le tiran dos moscas pero no se las come,  es como si se supiera  observada,  se queda quieta con las patas delanteras juntas, parece que reza, de esa postura le viene el añadido de religiosa. Saltan la valla para pasar al jardín de al lado, donde viven las niñas. Antes de que se acerquen ya están gritando, corren en dirección a la casa donde ellos no pueden entrar y se asoman por una de las ventanas de arriba.  A él le llaman el Bichero pero a Jorge por su nombre. Preguntan por María y  ellas,  con risitas vengativas, les dicen que no  está, que se ha ido a la playa todo el mes.  Por un lado se alegra, así Jorge no puede hacerse el chulo con la mantis, por otro le fastidia mucho, como si le hubieran quitado al verano un trozo muy grande. Cuando se dan media vuelta para marcharse, las tontas les tiran desde arriba un vaso de agua. Ellos lanzan piñas a la ventana hasta que se aburren.

Vuelven a las escaleras de su casa  a observar sus bichos respectivos, ¿qué hacemos ahora?, le pregunta Jorge. Siempre quiere que sea él el que se invente los planes,  el que diga lo que va a venir a continuación y algo está a punto de inventar porque a ninguno le gustan los huecos libres y sin actividad, cuando observa con horror que su madre ha preparado en la mesa de fuera el material para los deberes. El cuaderno, el lápiz,  el sacapuntas y una goma de borrar, todo muy colocado.  Si te pones ahora mismo  y no te distraes los acabarás enseguida y podrás jugar, le dice saliendo con un tomate mojado entre las manos.  Jorge se escabulle por la puerta del patio,  por si acaso. Seguro que encuentra otra mantis mientras él está sentado, encerrado aunque esté al aire libre.

Han debido de pasar por lo menos tres horas y solo ha resuelto un problema, cree que mal, se desespera pero ya ha decidido que no va a hacer nada, siente un torcido placer en desobedecer aunque hacerlo le suponga no poder moverse de ahí en toda la mañana. Mira dentro de la tinaja, Mirko no está, ya lo sabía. Suelta a la escolopendra, la vuelca debajo de la piedra y se la vuelve a colocar encima. Un abejorro muy gordo y muy negro zumba sobre las flores y él se pone a dar saltos hasta que suda, saltos y más saltos. Después se cuelga por los pies de la barandilla. Boca abajo se balancea, le  gustaría ir a la playa con María, en las rocas hay cangrejos, se lo dijo un día.

 

 

 

 

 

 

 

El cumpleaños de Anabel

A mitad de verano, en uno de esos días radiantes de agosto que tienen tanta luz y tanto azul que parecen eternos, como si fuera imposible que el tiempo los atravesara y evolucionara a otoño, Anabel celebraba su cumpleaños.

Ya desde julio hablábamos emocionados del cumpleaños de Anabel, anticipándonos. Porque no era una celebración normal como podían ser las nuestras, con unos cuantos niños, un par de platos con patatas fritas y una tarta en medio para soplar las velas, eso si tenías suerte y te lo celebraban. El mío pasó desapercibido bastantes veces porque muchos años tuvo la mala idea de coincidir con el primer día de colegio.

El caso es que el cumpleaños de Anabel era una fiesta mayúscula y uno de los acontecimientos del verano, casi tanto como la feria o los fuegos artificiales. Todos los niños de los alrededores, a muchos ni los conocíamos, estaban invitados. Se celebraba en el jardín de sus abuelos que era uno de los más bonitos y grandes del pueblo. El abuelo, un señor con aspecto de galán de cine, de piel muy morena que contrastaba con un pelo y unos dientes muy blancos, era muy rico, aunque no sé de dónde le venía esa riqueza. Es inmensamente rico, nos gustaba decir para admirarnos.

En el jardín había muchos escalones y recovecos llenos de rosas, un pozo de piedra ,una piscina, una pista de tenis y un cenador cubierto de hiedra. Justo debajo colocaban una mesa llena de comida, o de manjares, porque aunque lo que hubiera sobre la mesa se pareciera a nuestra tortilla de patata, a nuestras croquetas o a nuestros bocadillos, se trataba sin lugar a dudas de los manjares propios de los inmensamente ricos.

Requisito indispensable era ir disfrazados, lo cual molestaba mucho a mi madre que era poco amiga de que le complicasen la vida más de lo que ya la tenía, pero aún así nos apañaba algún disfraz. Con mis hermanos no había problema, ellos siempre iban de futbolistas del Atleti incluso cuando no había que ir de nada. Y nosotras nos vestíamos de supuestas hadas o princesas, según la imaginación del que nos mirase porque el disfraz siempre era igual: una tela vieja atada a la cintura y uno de los collares de mi madre, o más de uno.

Claro que había niños que llevaban disfraces de verdad, no manufacturados por una madre desganada, pero nos aguantábamos. Para consolarnos nos dejaba sus pinturas. No nos poníamos más carmín, más colorete ni más sombras azuladas porque no nos cabían en la cara. Nuestro ideal de belleza estaba muy lejos del minimalismo.

Era un cumpleaños muy organizado, eso ya no me gustaba tanto, incluso me inquietaba porque todo lo que fuera competir me ponía nerviosa. A mis hermanos sí, ellos disfrutaban y hasta ganaban. Se hacían carreras de sacos, de relevos, el juego de las sillas, el pañuelo y al final una piñata que había que romper pegándole palos con los ojos vendados. Después de tanto esfuerzo ya nos podíamos avalanzar sobre los manjares y correr sin normas por ese jardín de maravillas. Mi madre siempre nos advertía, “por favor no comáis como fieras corrupias que os conozco y va a parecer que pasáis hambre”. No hacíamos caso y nos comportábamos como pirañas voraces.

Para redondear la fiesta contrataban a Fermín, un hombre del pueblo muy estrafalario que vivía de poner en la calle un puesto con cachivaches viejos como tijeras, un colador oxidado, una cajita de música, caramelos de menta pegajosos o una regadera. A veces, milagrosamente, vendía algo. También tenía libros sobados, casi todos novelas del oeste o de amores cursis, y fotos de sus familiares difuntos. Cuando alguien se acercaba a mirar, decía señalando las fotos, “que se jodan todos, ya están muertos”.

Para el cumpleaños de Anabel se vestía con una capa negra, de vampiro totalmente, y se colocaba muy serio detrás de su mesita. En vez de los cachivaches habituales, los padres de Anabel habían puesto golosinas y él hacía el papel de falso pipero. Se las podíamos comprar a cambio de una piedra o de una hoja. Como nos causaba gran emoción tener a nuestra disposición todos los dulces que quiséramos sin pagar, nos pasábamos la fiesta yendo y viniendo a su puesto. Era un vendedor muy siniestro, nunca se reía ni hacía bromas y nos miraba a todos, niños y mayores, embozado tras su capa, como si eso fuera un teatro del absurdo y él el único y lúcido observador.

Jamás conseguí no estar mala al día siguiente mientras que mis hermanos, de naturaleza más fuerte que la mía, salían intactos aunque hubieran comido lo mismo o más. Me lo pasaba vomitando, con dolor de tripa y una especie de resaca alucinada en la que bailaban niños disfrazados, revoloteaban como polillas los ahora repugnantes manjares, el abuelo galán de cine sonreía con sus dientes destellantes de inmensamente rico y Fermín me perseguía para obligarme a beber tazas y tazas de manzanilla letal.

Ya te advertí que no te pasaras comiendo, me recordaba mi vengativa madre, ella sí de verdad con una taza de la asquerosa infusión en la mano.

La niña que se murió

Ni se nos había ocurrido pensar que uno de nosotros pudiera morirse. Se morían las mascotas, bastante; los abuelos, a veces; los padres, raramente. Que se muriera un niño de nuestra edad era algo inconcebible. Si estábamos todo el día corriendo, saltando, riendo, sanos y alegres, ¿cómo nos íbamos a morir? Y menos en verano. El verano no era una estación de muerte, era de sol, de luz, de baños y juegos al aire libre. De luna, de estrellas, de felicidad, de más vida que nunca.

Y fue Victoria y se murió. En sólo un día. Por la mañana le dijo a su madre que le dolía un pie y no fue a la piscina. Ni nos enteramos de que no estaba, éramos muchos y si faltaba uno no se notaba. Tampoco ella era una amiga muy especial, solo una más haciendo bulto, otro nombre y otro cuerpo, como si todos fuéramos extras en la película de un verano feliz hasta que Victoria tomó el papel protagonista y dio un giro brusco al argumento.

Nos impactó mucho su muerte, fue por meningitis, pero tampoco tanto como para impedirnos disfrutar de nuestras actividades aunque una ligera sombra de inquietud sobrevolara en ocasiones sobre ellas, enturbiándolas. A la que no se le olvidaba era a mi madre, tenía miedo pero no de que nos pasara lo mismo, eso solo los primeros días, si no de encontrarse con la madre de Victoria y más aún de ir con nosotras si eso sucedía. Cuando salíamos juntas al pueblo, a comprar o a dar una vuelta, nos advertía: nada de risitas ni de correr ni de hacer el tonto si nos encontramos con ella. Y me soltáis la mano.

Nos la encontramos muchas veces porque esa mujer tenía más hijos y quisiera o no, tenía que seguir con sus obligaciones. Era horrible cruzarse con ella, mi madre nos hacía poner cara de niñas amargadas, de niñas renegadas de vivir. Y ella lo mismo, nos miraba con hartura, fingiendo delante de la otra que tener hijos en realidad era una tortura y una pesadez y que daba más angustia que otra cosa. Todo para que no se sintiera peor de lo que ya se debía de sentir, para no darle envidia, para mitigar un poco su dolor.

Lógicamente esa interpretación de lo desgraciadas que éramos por seguir vivas no había quién se la creyera y era una tontería. La madre de Victoria siempre se comportó de manera natural, nos decía que habíamos crecido mucho, nos preguntaba por el colegio o por los novios más adelante, lo típico. Porque la seguimos viendo muchos años, siempre un poco ida, cariñosa pero autómata, viviendo con un piloto automático encendido que le permitía hacer sus tareas diarias sin implicarse. Siempre un poco ausente, nunca del todo instalada en esta tierra traicionera capaz de llevarse a un hijo en una tarde.

La muerte repentina de Victoria aquel verano nos indicó claramente lo frágiles que éramos y lo fácil que era desaparecer de golpe. Y sin embargo, no nos lo terminábamos de creer, a nosotras no nos iba a pasar. Todavía no. Algunas veces nos metíamos debajo de la cama y jugábamos a las muertas pero tampoco nos duró mucho el tanato juego, era aburrido, el suelo estaba duro y frío y se nos pegaban las pelusas al pelo. Mejor seguir vivas aunque la vida también tuviera sus pegas, como tener que tirarse del trampolín, mi tortura veraniega.

Mientras iba avanzando por ese tablón que se balanceaba y desde el que el agua parecía lejanísima sí que deseé en algún momento ser fiambre. Para no tener que pasar la humillación de volver atrás y bajar las escaleras haciendo retroceder a su vez a todos los niños que hacían cola y que me miraban fastidiados y burlones.

Todos mis hermanos, primos y amigos se tiraban, incluso haciendo piruetas. Yo llegaba hasta el borde, miraba abajo, deseaba morirme, pero no lo debía desear tanto porque no me tiraba, y me daba la media vuelta, cobarde pero viva.

Pepe

En verano el campillo se llenaba de espigas. Al arrancarlas se transformaban en flechas que se clavaban en la ropa y en el pelo. Por la tarde llegaba Pepe subido en una bicicleta roja, derrapaba levantando polvo y se reía. Hubiera querido que me lanzara a mí todas las espigas, a nadie más.

Pero Pepe más que nada era un guerrero y repartía los espigazos entre todos, sin hacer distinciones, con la única intención de ganar. Casi siempre vencía porque era el más rápido corriendo y agachándose, el de la mejor puntería y los más hábiles saltos.

¿Y a mí qué su victoria? Yo me iba quitando a manotazos las espigas clavadas que pinchaban y picaban a la vez y hacía como que me interesaba el juego, corriendo de un lado a otro, fingiendo esquivar ataques, participando a medias.

Mi atención no estaba puesta en la batalla ni mis fuerzas dedicadas a la lucha en equipo, sólo me importaba uno de los soldados, para colmo enemigo: Pepe el de la bici roja, el de las rodillas costrosas, el que una noche en el hueco de la mano llevaba una luciérnaga.

(Cuaderno de DM)

Sueño cuesta abajo

En mi sueño soy esa niña rubia que se tira cuesta abajo en el patinete. El pelo hacia atrás, un vértigo en la tripa, el verano pegado a los brazos.

Soy, en mi sueño, un cuerpo feliz. Subo la cuesta impulsándome con un pie y me vuelvo a tirar por la pendiente. Muchas veces hasta que me aburro, vuelco el patinete sobre la hierba, me quito con ligereza el vestido. No me duelen los hombros, nada me duele. Me zambullo en el agua y nado, salto, grito y río junto a los otros niños soñados.

En mi sueño soy esa niña que por las tardes se sube a la bici y da vueltas y más vueltas alrededor de un castaño como si viajara muy lejos. Viaja lejos de verdad.

Niña de piernas fuertes hechas para correr, saltar y pedalear con los calcetines caídos. La diadema escapándose por la frente. De boca abierta tragándose todo el azul. Cuesta abajo. Así soy soñada por mí.

(Cuaderno de doña Marga)

Dos orillas

El niño pidió una colchoneta inflable y la tuvo. Su padre se subió con él y se bambolearon felices sobre las olas entre el azul del cielo y el azul del mar. De vez en cuando se tiraban al agua para nadar, jugar y refrescarse.
El niño pidió un helado y tuvo un helado, dos bolas enormes sobre un cucurucho de barquillo que se comió de postre con un pie apoyado en la baranda del paseo marítimo mirando las olas. Para mañana había pedido subir a una barquita de motor, su padre había dicho ya veremos y su madre había sonreído observándose complacida los brazos desnudos y bronceados.

En la orilla de enfrente el niño no había pedido nada, ni barquita ni colchoneta ni inmersión acuática pero igual le subieron a toda prisa en una barca, de noche, apretujado entre otros muchos cuerpos aterrorizados. Pidió agua porque tenía sed pero solo le dieron un pequeño sorbo porque quedaba poca. La vomitó al rato.

Cuando pisó tierra tiritando y con las piernas temblorosas, le envolvieron en una manta brillante y lo llevaron en brazos lejos de ese mar amenazador. Sus padres iban detrás, felices de haber llegado vivos, pero no se reían ni miraban nada con complacencia. Nada era suyo en ese lado.

En las dos orillas era verano, el mismo verano de días largos y ardientes, de mar en calma, cielos azules de día, lluvia de estrellas en las noches.

(Cuaderno de doña Marga)

Mantenimiento

La chicharras se encargan de mantener encendido el verano. Cuando ven que desfallece, que no puede más de su propio calor y que está a punto de languidecer, la chicharra jefe manda encender motores, se ponen todas a la faena y le pegan un buen empujón.

Vibran desde su oculto rincón, es el sonido de su instrumental empuja-veranos, sostiene-soles, apaga-brisas, despeja-cielos, mantiene-luces, refuerza-ardores.

De vez en cuando le dan al off para que no se recaliente el delicado aparato, un breve descanso, y vuelta a empezar.

Cuando todos duermen la siesta, ellas están ahí, en su sala de máquinas, dándole duro. Ya descansarán en temporada baja, ahora toca cantar con sus voces rasposas, ya saben ellas que lo importante no es la belleza del canto sino la utilidad del mismo.

(Cuaderno de doña Marga)

Qué remedio

A la doña Marga no le gusta el verano o, mejor dicho, no le gusta su verano de ahora porque muchas veces me ha contado con gran pasión sus pasadas gestas estivales. Pero su verano en estos momentos significa toldos echados, persianas bajadas, calor, penumbra, soledad y el Cortinglés. Esto último es bueno, no malo.

Como tiene uno muy cerca de su casa, todas las tardes a última hora, la chica que la cuida habitualmente, que no soy yo, yo sólo la sustituyo unas horas para que pueda descansar, empuja su silla hasta ese templo de la supervivencia de las ancianas. Se pone toda guapetona, en su estilo estrafalario colorista y allá que van a disfrutar del aire acondicionado.

Mira, me explica la doña Marga, el día que inauguramos la temporada me compro algo. Cualquier cosa, lo primero que pillo de una percha sin reparar en precio ni talla porque no me lo voy a quedar, es como un préstamo. Como lo he comprado al azar y sin probármelo, nunca me queda bien. Ahí está la clave. Al día siguiente tenemos que volver a hacer el cambio y esa es nuestra ocupación tarde tras tarde. Dirás que qué aburrido, bueno, eso depende de la emoción que quieras ponerle, a estas edades hay que tener una motivación para salir de casa, aunque sea tonta, para pasar de un día a otro sin caerse al abismo. No sé qué haría yo en verano sin esos grandes almacenes…se pone así muy soñadora como si estuviera diciendo no sé que haría yo sin el amor de mi vida.

Si lo oye el Toni que siempre dice que es poner un Cortinglés y sembrar sus alrededores de muerte y destrucción…huy, que no puedo decir nada de él, lo que me cuesta no citar sus frases apocalípticas.

La EMT también está muy bien para pasar el verano entretenida: es gratis para los viejos, está refrigerado y vas viendo el paisaje por la ventanilla. Antes, cuando no iba en silla, me subía al Circular y daba la vuelta entera a Madrid, primero para un lado y luego para el otro. Tan ricamente, no te creas que no añoro esos paseítos. ¿Quieres que inauguremos esta tarde la temporada tú y yo?, me propone.

Y eso hemos hecho. La doña Marga se ha comprado un bañador de gatos en la sección infantil y luego hemos subido a merendar a la última planta. Mira qué vistas, me dice extendiendo la mano y mostrándome la ciudad allí abajo, parece nuestra, como si pudiéramos mover los hilos. Ojalá pudiéramos, suelta toda melancólica. Pero enseguida abre la bolsa y se le pasa la pena de no tener poderes para hacer el mundo a su gusto mirando su bañador para niña de tres años y cavilando por qué otro objeto inútil lo sustituirá.

Es monísimo, si tuviera una bisnieta se lo regalaría pero sólo tengo bisnietos y yo no necesito bañador. Tendré que volver mañana a cambiarlo, qué remedio.

Envidia

La niña morena del pelo corto tiene envidia de su prima por su coleta larga y rubia adornada cada día con un pasador diferente. Envidia porque mueve muy bien las piernas largas y flacas saltando a la goma y llega a sextas sin caerse, enredarse ni tropezar. Envidia porque dibuja con destreza, con suma pulcritud y armonía en cuidados cuadernos cuyas hojas nunca están arrugadas ni sudadas ni emborronadas.

Envidia porque no se asusta con los problemas de matemáticas y se queda quieta en la silla, serena y concentrada hasta que los resuelve, sin llorar ni pegar a la mesa ni lanzar con desesperación la goma y el lápiz ni sentir deseos de matar a alguien, a ese que ha redactado el enunciado desde algún lugar recóndito.

Envidia porque dos hermanos mayores la protegen cuando niños hostiles se aproximan con intenciones aviesas. Porque su armario, siempre ordenado, contiene mucha ropa bonita nunca heredada de otro, organizada por colores y hasta una caja tapizada en tela llena de diademas, pasadores y gomas para el pelo.

Por todo eso y tal vez por algo más siente envidia. Y como la morena del pelo corto pasa todas las vacaciones de verano con su prima, son tres largos meses de envidia y sol ardiente y, a medida que su piel se va poniendo más y mas oscura, el deseo de ser como la otra se acrecienta hasta hacerse insoportable, como el picor de la piel reseca por el cloro y el sol.

Finalmente los días se acortan, un viento fresco y húmedo agita las hojas de los árboles que ya empiezan a amarillear y cada una se traslada a su ciudad de origen. Así, a medida que la luz mengua y su piel se descama y recupera su tono original, la envidia se va disolviendo. Sin la imagen ideal de la prima rubia en la litera de arriba, recupera la alegría de ser como es: morena, con un pelo  tan corto que no admite adornos, torpe en matemáticas,  y con unas botas de goma heredadas de una hermana mayor que la ignora con las que pisa feliz los charcos camino del colegio.

(Cuaderno de doña Marga)