Autor: evavill

Me llamo Eva y me he puesto de empleada doméstica porque no me ha quedado más remedio. Tengo un blog donde cuento mis peripecias. Busca Aventuras de una chacha y me encontrarás.

Petricor

El aspecto dramático de la lluvia no le interesaba pero Salvador, el portero, se había empeñado en  contarle con todo detalle aquellas inundaciones de un mayo de hacía dos años.

Aquello fue primordial, dijo él, ¿ve esa puerta?

Margarita miró con desgana hacia la puerta de la entrada mientras pensaba que primordial era una palabra muy rara.

¿La ve, verdad? pequeña no es, pues el agua saltaba por encima  como si  nada, bajaban unos ríos por este camino que, se lo digo de verdad, pasamos miedo. Sería, ¿qué hora sería?,  puede que las seis de la tarde. Pues, oiga, noche cerrada, el cielo negro, negro, negro como…como yo qué sé, como un negro, con todos mis respetos para las personas de esa raza, no se vaya usted a creer que soy racista. Yo  nunca había visto un cielo así salvo de noche. Le dije a mi mujer : Maricarmen, esto se pone feo. Como se lo cuento, feo que se puso,  a las once de la noche tuvimos que salir de ronda, ¿se puede creer que todos los primeros pisos estaban inundados? El agua se había colado por las rejillas de ventilación de las cocinas, estuvimos achicando mi mujer y yo hasta las tantas. Por eso le digo que el agua es buena cuando no es mala.

Es que ya no sabe llover, dijo Margarita deseando que el portero se callara de una vez, había bajado hasta el portal para estirar las piernas por los pasillos,  hasta que no amainara no podría salir. Se había puesto su modelo de verano para los días lluviosos: unas deportivas blancas con refuerzos dorados, una falda vaquera y una chaqueta blanca. Iba monísima, tenía estilo y ya está y aunque también tuviese años los cargaba  con una ligereza y elegancia que ya quisieran muchas más jóvenes. No quería que la humedad le estropeara el pelo, su  melena rubia y lisa, se la apartó con un coqueto movimiento de mano.

Salvador, indiferente a ese gesto y al resto de su bien cuidada persona, seguía narrando la tragedia de las aguas desbordadas, Margarita ya no le estaba escuchando, lo veía porque lo tenia delante pero era como cuando se quita el sonido a una película, movía su boca y también los brazos trazando en el aire los ríos impetuosos y desbordados y dibujándose a él y a su bendita mujer Maricarmen luchando contra todo aquello como dos héroes de las inundaciones. Lo veía fascinada y aburrida al mismo tiempo,  hasta que un señor y una niña en patinete abrieron la puerta y con ellos entró ese olor maravilloso a tierra mojada, a árbol mojado, a verde mojado. Margarita lo aspiró como si lo esnifara.

Petricor, dijo en éxtasis. Sabía que se llamaba así porque le había salido en un crucigrama.  Petricor, repitió mirándose el refuerzo dorado de las zapatillas blancas,  mejor sería que no se le mojaran.

¿Qué dice usted?, Salvador detuvo sus maniobras en seco de lucha contra el agua  y se puso una mano detrás de la oreja, como si estuviera sordo, solo que no lo estaba.

Petricor es el nombre que se le da al olor a lluvia, a tierra mojada, explicó ella. Por lo visto del suelo se liberan unas bacterias que…había otra  palabra para esas bacterias pero de esa no se acordaba, también le salió en otro crucigrama.

Anda qué cosas, dijo él moviendo la cabeza arriba y abajo. Yo solo le digo que se ande con ojo, que estas lluvias cuando se ponen rabiosas no son tontería. Se puso el cielo negro, más que ahora, se lo juro, y era de día, una tarde de esas de mayo. Decir que pasamos miedo es quedarse corto.

Si es que ya no sabe llover, todo está del revés. Primero el calor abrasador y ahora esto. Nada está donde debería estar.

Y que lo diga. Y ojito al calor también. Yo viví el incendio aquel, esas llamas,  madre mía de mi vida, jamás las olvidaré. Lo que lloró Maricarmen, tenga en  cuenta  que ella se ha criado en esos pinares, como quién dice.

Pues ni que fuera una cabra montesa, pensó Margarita. Se estiró la chaqueta blanca para que le quedara a la altura correcta. Qué pena que con lo mona que iba no la viera  nadie y que los pocos que la veían no supieran apreciarlo.

Petricor, dijo otra vez dándose media vuelta y empezando a girar por el pasillo con sus zapatillas blancas  y doradas.

Delante iba el señor y más lejos, impulsándose con fuerza con un pie, la niña.

Carolina, ven, no tan deprisa.

¿Es que una no puede estar un rato con sus propios pensamientos?, dijo la niña parando el patinete con rabia.

Por una ventana abierta se veía la copa de un álamo zarandeado por la lluvia y el viento. En una de sus ramas, acurrucada, hecha bola, había una paloma. Otra vez pensó en la palabra Petricor. Sin saber por qué, le molestó esa palabra como algo incómodo que se clava.

Que te lo has creído, Gilgamesh

A los dioses les dolía la cabeza.  La culpa la tenían sus muñequitos los humanos,  eran demasiados y hacían mucho ruido. Descartado el paracetamol por no ser medicina de su gusto, la solución estaba bastante clara: cargárselos y empezar de nuevo.

Reiniciemos, a ver si esta vez  nos sale mejor. Para ello seleccionaron  a una pareja humana de su preferencia (Ut Napihstin y su señora esposa) y les mandaron derribar su casa,  construir una nave, meterse en ella y llevar también muestras reproducibles de todo ser vivo existente. Como método de destrucción ( tenían un buen surtido)  escogieron un diluvio.

¿ Os recuerda ligeramente esta historia a la de Noe y su famosa arca? Pues no seré yo la que acuse de plagio a la Biblia pero el diluvio universal que aparece en Gilgamesh es mil años anterior.

Ut se lo está contando a Gilgamesh que escucha con gran atención. Cuando termina el relato, igual al de la Biblia salvo que aquí se cambia la paloma del final por un cuervo,  Ut le explica que debido a lo bien que cumplió con la misión encomendada, los dioses le concedieron la inmortalidad pero que eso no le va a pasar a él, que se vaya olvidando,  lo suyo fue una excepción.

Tal debió de ser la cara de desilusión de Gilga  que Ut se compadeció de él y como premio de consolación,  le reveló la existencia de una planta pinchosa y espinosa en el fondo del mar con propiedades rejuvenecedoras.  Inmortal no le iba a hacer pero sí le podía quitar unos cuantos años de encima.

Fue oírlo y  entró Gilga en acción otra vez, qué impulsividad , hijos míos. Se ató unas gruesas piedras a los pies y hasta el fondo de los mares que se hundió, arrancó la planta hiriéndose las manos, cortó los lazos que ataban las piedras a sus pies y ascendió lleno de rasguños y medio ahogado pero más  contento que unas castañuelas.

Además de valiente, Gilga era generoso porque le dijo al barquero, (el mismo que lo condujo por las aguas de la muerte y que ahora le va a llevar de vuelta),  “esta es una planta famosa, gracias a ella el hombre renueva su aliento de vida, la llevaré a Uruk, haré que todos coman de ella, la compartiré con los demás, su nombre será “el viejo se vuelve joven”, comeré de la planta y volveré a los tiempos de mi juventud”

Que te lo has creído, Gilgamesh.

Una serpiente que pasaba por ahí, también es casualidad y mala suerte, la huele, le gusta y se la lleva. Gilgamesh llora un rato de la rabia que le da, se lamenta otro poco y, ya llorado y lamentado,  regresa a Uruk. Después de tanto periplo y tantas aventuras ya sabe que va a morir y que va a envejecer y parece que lo acepta  ¡Qué remedio le queda al hombre!

Intentarlo lo he intentado pero no ha podido ser, se dice a sí mismo entrando en su amurallada ciudad.

La historia podría terminar aquí, con el héroe resignado, lo que pasa es que Gilgamesh tenía un punto liante y no podía dejar de enredar.

Ya que se iba a morir quería saber qué pasa después,  así que en la tablilla número 12, la última,  le da por convocar a los espíritus con una serie de rituales de lo más extraños y logra que se “abra el agujero del mundo de las sombras” y que por él se  cuele su difunto amigo Enkidu. Aunque falta el final, lo que Enkidu le cuenta no es muy alentador.

– Dime, amigo mío, dime la ley del mundo subterráneo que conoces, le pide Gilga.

-No, no te la diré, si te la dijera te vería sentarte para llorar, le previene Enkidu

-Está bien, quiero sentarme para llorar. (Cabezota como él solo)

-Lo que has amado, lo que has acariciado y lo que placía a tu corazón, como un viejo vestido, está ahora roído por los gusanos, está hoy cubierto de polvo, todo está sumido en el polvo”, le desvela Enkidu en plan sincericidio.

Pero al momento se ve que se arrepiente o es el autor de la epopeya (anónimo) el que se arrepiente de terminar con un final tan crudo y  matiza un poco.

¿Te acuerdas de aquel que se murió? (le cita a un vecino suyo)  pues está tendido sobre el lecho y bebe agua fresca, ¿te acuerdas de…? (otro vecino de Uruk), lo abrazan su padre y su madre, a otro más el que lo abraza es su mujer, otro, sin embargo, no haya reposo y otro más se está comiendo las sobras de unos platos y de unas ollas.

Vaya, qué faena, tablilla rota o perdida.

Y de esta manera, con el vecino comedor de sobras,  se interrumpe el poema de Gilgamesh, el héroe que no quería ser mortal.  Si que lo recuerden a uno es una forma de supervivencia, Gilgamesh consiguió de alguna manera vencer a la muerte.

Nada es para siempre, dijo el inmortal

A Gilgamesh no le quitaban sus ideas de la cabeza a la primera argumentación ni a la segunda. Los héroes en general y este en particular son cabezotas. Todo lo que le había dicho Siduri le pareció muy  bien pero él, a la suya, “y ahora dime, ¿cuál es el camino que conduce a Ut-Napishtim?” Ut y lo que sigue era el señor inmortal.

Ya le advierte Siduri que el camino no tiene nada de fácil pues ha de atravesar las aguas de la muerte. Un barquero le puede llevar pero a éste le acompañan “los de piedra” que por el nombre muy simpáticos no le debieron de parecer a Gilgamesh. Por si acaso y sin investigar más… blande el hacha, saca el puñal y como una flecha, cae sobre los de piedra y los quiebra.

El barquero, que se llama Urshanabi, le pregunta qué quién es y qué le pasa ya que, aparte de los modales  un poquito bruscos,  muy buena cara no le vio.  Gilgamesh, que era un poco plasta, de esos que les preguntas, ¿qué tal? y te lo cuentan, aprovechó  para narrarle sus hazañas y sus penurias, también. La más grande de ellas, la  muerte de Enkidu, su amigo, y el miedo que tiene desde ese momento a que le pase lo mismo.

Ya se ve que no era un hombre introvertido, de los que se guardan sus cositas, y de esta manera tan contradictoria pero muy humana expresa su penar, “quiero ir lejos, por la llanura, muy lejos ¡No sé cómo callar, no sé cómo gritar! (me encanta esta frase tan

de no hallarse),  mi dilecto amigo no es  más que fango, ¿no me acostaré, como él, para no volver a levantarme jamás?”

El barquero, que psicólogo no era pero que a lo mejor algo sabía sobre la terapia de exposición,  hace lo que puede ante tamaña ansiedad, lo monta en la barca y navegan durante un mes y  medio por las aguas de la muerte.

Y aquí se interrumpe la tablilla y queda oculto lo que pasó si es que pasó algo. La narración continúa cuando Gilga se encuentra con Ut y, bien porque fuera verdad o  porque quisiera conmoverlo,  le dice esto, “he recorrido todos los países, he atravesado los escarpados montes, he cruzado todos los mares y no he encontrado nada que fuese feliz. Me he condenado a la miseria y mi cuerpo ha sido un saco de dolores” Si de algo no se le puede acusar es de beber en las tazas de Mr. Wonderful.

Ut mucho caso no le hace y le suelta la siguiente parrafada sobre la fugacidad de todo para que se vaya haciendo a la idea y abandone la queja, “¿acaso construimos casas para siempre y para siempre sellamos lo que nos pertenece?, ¿acaso los hermanos comparten para siempre?, ¿acaso para siempre divide el odio?, ¿acaso la crecida del río es para siempre?, ¿acaso el pájaro Kulilu y el pájaro kirippu suben para siempre al cielo mirando al sol? Los que duermen y los que están muertos se asemejan. el noble y el vasallo no son diferentes cuando han cumplido su destino. Los dioses deciden sobre nuestra muerte y nuestra vida pero no revelan el día de nuestra muerte”

A lo que le contesta, Gilga, disimulando el mosqueo, “te admiro, Ut, pero no te veo tan diferente a mí, en nada te veo distinto de mí”

O sea, que no entiende por qué Ut, que tanto habla de fugacidad, tiene la inmortalidad y él no.

Te voy a contar mi secreto,  escucha, majo, escucha, le dice Ut-Napishtin.

Pero  para conocer el secreto de Ut tendréis que esperar a la próxima entrada. No vayáis a mirarlo a la wikipedia estropeando la intriga o Gilgamesh blandirá el hacha. Pues menudo es…

La vida que persigues no alcanzarás

Así de claro se lo dijeron a Gilgamesh, héroe protagonista de la epopeya más antigua que se conoce, pero podría servir casi para cualquiera, para cualquiera que no se quiera morir, como le ocurría él. El hombre no hacía más que penar de un lado para otro en busca de la inmortalidad,  nada menos. Pero mejor empiezo la historia por el principio.  Gilgamesh era el rey de Uruk y se portaba fatal, en especial con las féminas. Mujer que le gustaba, -y le gustaban unas cuantas-, mujer que se beneficiaba sin pedirle permiso ni entender el “no es no”.  Su pueblo estaba harto de tanto abuso, por lo que elevaron una protesta a los dioses para que hicieran algo.

Lo hicieron, a su original manera. Crearon con barro a un hombre llamado Ekidu para que fuera su contrincante.  Ekidu salió peludo y salvaje,  vivía con los animales y comía hierbas. Gilgamesh lo soluciona a su estilo, le envía una prostituta durante siete noches. Una vez conocidos los placeres sexuales, Enkidu se  vuelve humano. Ya civilizado o algo así,  luchan,  pero al poco rato se hacen íntimos, sellan su amistad con un beso y se marchan en busca de aventuras. Quieren ser famosos y alcanzar la gloria y para ello qué  mejor sistema que cargarse a unos cuantos.

Parten hasta un bello paraje llamado Bosque de los Cedros y se detienen un  momento a mirar su belleza. “estaban allí admirando el bosque, contemplaban la montaña de los cedros. En la ladera, el cedro levanta su ramaje, su sombra es benéfica, llena de delicias”, se narra en la tablilla V, porque esta historia se escribió sobre tablas de arcilla, doce, en concreto,  en escritura cuneiforme.

Si escribís en tablillas o en cualquier otro material puede que descubran vuestro relato dentro de dos o mil o tres mil años, como ocurrió con este,  no desesperéis que los lectores terminan por llegar.  Pero volviendo a la historia,  ahí acaba el momento lírico y de comunión con la naturaleza porque la pareja de amigos íntimos iba a lo que iba, a por el guardián del bosque, llamado Humbaba. Le cortan la cabeza y tan contentos que se quedan. Hala.

Esta hazaña, llamémoslo así, entusiasma a la diosa Isthar, vaya usted a saber por qué y le hace a Gilgamesh la siguiente propuesta: “eh, Gilgamesh, sé mi amante”, está escrito cuneiformememte así, con ese desparpajo, no invento. Y luego le hace promesas de riquezas y demás. Pero él no se fía, y le responde con los siguientes piropos, “no eres más que una ruina que no da abrigo, una puerta que no resiste la tormenta,  un palacio que los héroes han saqueado, pringue que ensucia a quién la toca, una sandalia que hace tropezar a quien la calza….”  pues no era borde ni nada el amigo. También le acusa de haber tenido muchos amantes, precisamente él, si te digo yo que si hay algo ancestral es el machismo. En fin, sigamos.

Como os podéis imaginar, la diosa se enfadó un poquito y se subió a los cielos a chivarse a sus padres. Les pide que creen un Toro Celeste para que se enfrente a Gilgamesh y éste sepa lo que es el miedo. No voy a entrar en detalles sobre lo que le hacen Gilga y su amigo al toro porque roza lo gore y la casquería. Después, y como esto es una epopeya, les suceden más peripecias o las provocan ellos, en tantos líos se meten el Gilga y el Enki que los dioses, otra vezlos dioses, planean dejar a Gilgamesh tan solo como estaba antes de conocer a Enkidu. O más solo todavía porque no es lo mismo haber estado solo siempre, con lo cual uno no puede comparar, que tener un amigo y perderlo, eso duele y mucho. Enkidu muere. Momento trágico donde los haya:

“Gilgamesh le pone la mano sobre el pecho: el corazón ya no late: abraza a su amigo como a una novia, ruge de dolor como un León, como una leona a la que se ha quitado su cachorro, vierte lágrimas, rasga sus vestidos y se despoja de sus adornos”

Está muy triste y también tiene miedo pues la muerte de su amigo le hace pensar en la suya propia.  A partir de ese momento lo de la fama y la gloria ya no le interesa, lo que quiere es conseguir la inmortalidad, ha oído hablar de un hombre inmortal y va en su  busca. Por el camino se encuentra, casualmente, con Shiduri, la diosa de la cerveza, sí de la cerveza, que le da este sabio consejo en la tablilla X :

“¡Oh Gilgamesh! ¿Por qué vagas de un lado a otro? No alcanzarás la vida que persigues. Cuando los dioses crearon a los hombres decretaron que estaban destinados a morir y han conservado la inmortalidad entre sus manos. En cuanto a ti, Gilgamesh, llénate la panza, parrandea día y noche; que cada noche sea una fiesta para ti; entrégate al placer día y noche, ponte vestiduras bordadas, lávate la cabeza y báñate, regocíjate contemplando a tu hijito que se agarra a ti, alégrate cuando tu esposa te abrace…”

Pero él sigue empeñado en que no se quiere morir, que no y que no y después de tomarse unas birras con Shiduri, se marcha a buscar a ese señor inmortal.

(Continuará)

“Odio la mentira, odio la impertinencia, odio el engreimiento…”

Y odio a mi tío, podría haber añadido Luciano de Samósata sin faltar a la verdad, cuestión esta que le preocupaba bastante, como luego se verá.

Sus padres le mandaron de bien joven al taller de escultura del citado pariente para que aprendiera el oficio pero aquello…tanta piedra, tanta piedra y tanto tío, tanto tío, no le gustó a su espíritu libre y más bien aéreo.

Imaginad la escena:  pásame el cincel, Luciano, ese no,  hombre, ese no, el dentado, que no te enteras, torpe, y no será porque no te lo haya explicado veces. A  ver, repite conmigo, ¿para qué se utiliza el trépano? Para hacerte un tercer ojo, tal vez pensaría Luciano mirando la obtusa cara de su robusto y sudoroso tito.  Poco duró allí, la escultura no era lo suyo y que le dieran órdenes, tampoco.  Probó de abogado una temporada en Antioquía pero aunque labia no le faltaba, todo lo contrario, tampoco en ese oficio encontró acomodo. Esto sucedía en el siglo II entre Siria, Turquía y Grecia. Ya sé que la ubicación no es muy precisa pero mucho han cambiado las fronteras desde entonces.

Lo que le atraía de verdad al muchacho eran las letras, así que se matriculó en las escuelas de retórica de Jonia donde estudió la literatura griega.  Escribir le gustaba y mucho, pero también andar de acá para allá, así que se hizo conferenciante, una especie de monologuista  de la comedia, culto y de la antigüedad. De este modo se ganaba la vida  y además bastante bien, combinando sus dos pasiones.

Después de una temporada circulando él y haciendo circular sus burlones pensamientos, se instaló en Atenas donde se dedicó a escribir durante unos diez años casi toda su obra,  ya más quieto de cuerpo, que no de mente. Luciano fue un hombre muy crítico con la sociedad de su tiempo y escéptico como era, de todo o casi todo hacía sátira. Lo mismo  criticaba la religión y sus dogmas, que la filosofía y sus escuelas,  que la  corrupción de los ricos y poderosos. Una técnica que le venía muy bien para sus  críticas humorísticas eran los diálogos. En su ” Diálogo de los muertos” aparecen en el infierno  los que en vida fueron ricos corruptos que, ya en el otro barrio,  tienen que sufrir las burlas de todos los pobres y marginados que no han perdido apenas nada con la muerte.

También reparte caña a los dioses, a los falsos filósofos,  a los impostores y a los historiadores a los que tenía una especial manía por su falta de veracidad.  Debido a que no se callaba y decía lo que pensaba tuvo unos cuantos enemigos, situación que a él no le incomodaba demasiado. En su libro “El sueño o vida de Luciano”, una especie de autobiografía de ficción, dijo de sí mismo, ” odio a los impostores, pícaros, embusteros y soberbios y a toda la raza de los malvados, que son innumerables. Pero conozco también a la perfección el arte contrario a éste, el que tiene por móvil el amor. Amo la belleza, la verdad, la sencillez y cuanto merece ser amado. Sin embargo, hacia muy pocos debo poner en práctica tal arte, mientras que debo ejercer con muchos el opuesto. Corro así el riesgo de ir olvidando uno por falta de ejercicio y de ir conociendo demasiado bien el otro” Queda claro, Luciano.

Uno de sus libros más conocidos es “Historia verdadera” o “Relatos Verídicos” que no tiene nada de verdadero, tal como él mismo aclara en la introducción. En aquel tiempo estaban muy de moda los libros de aventuras o historias de viajes, supuestamente veraces, en los que el autor hablaba sobre países a los que nunca había ido. Todos estos libros comenzaban con una aclaración inicial en la que se aseguraba que todo lo allí contado era verdad de la buena.

Copiando ese mismo formato y haciendo burla del mismo, tal como después haría Cervantes con las  novelas de caballería, dice Luciano, “al menos diré una verdad al confesar que miento. Escribo sobre cosas que jamás vi,  traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio pueden existir. Por ello mis lectores no deben prestarles fe alguna”. Y a continuación narra un fantástico y disparatado viaje a la luna.

A no ser que antes hubiera habido otro escritor fantástico y lunático del que nada se sepa, Luciano de Samósata fue el primer literato conocido en escribir sobre un viaje al espacio y por eso se lo considera un precursor de la ciencia ficción.

Y aquí dejo a Luciano por hoy, a orillas del río Eúfrates donde nació, remojándose los pies, que hace calor.

 

 

 

 

Zapatos azules

Cada vez que los zapatos azules salen de casa, el campito se echa a temblar.

Ya vienen, ya llegan los zapatos azules, se gritan con alarma las espigas, ya se oye el arrastrar azul que pronto nos pisará.

Las alcantarillas inician su canción fétida acompañando los pasos azules, huyen las urracas hacia los tejados vecinos,  huyen los verderones, los gorriones y los mirlos. Abandonan las copas de los sauces y de los  chopos, abandonan los matorrales y los matojos.

Ya se acercan los zapatos azules desde el fondo de la calle, desganados y polvorientos, a pisar con desidia el campito, sisean las culebras, revolotean con inquietud mariposas grandes y pequeñas,  blancas, amarillas,  negras, marrones mariposas, sin atreverse a quedar posadas. El jazmín de la valla retiene sus dulces efluvios.

Los zapatos azules bajan por el sendero sembrando el agreste campito de desesperadas semillas, de desesperanzados  brotes. Las hormigas paran su afanosa hilera, las flores salvajes inclinan sus corolas, escondiendo su  belleza, derrumbándose.

Un llanto blando de luna, un llanto pétreo de monte.

Y ya  suben de vuelta los zapatos azules con sus suelas gastadas y sus costuras a punto de reventar. Ya se  van, ya se van, se dicen  las espigas, rozándose, aliviadas. Regresan los pájaros, regresa la voz  risueña del secreto arroyo.

Si hubiéramos sido zapatos rojos…o verdes o blancos,  pero somos azules , de un azul desvaído, de un azul mortecino que no es el del cielo ni el de las flores que crecen en los  bordes.

Tirados en la entrada, tras la puerta de la casa, sollozan abrazados a sus cordones.

Y cuando la vuelvas a mirar acuérdate de Luciano

Me refiero a remirar la luna (por si no leistéis la entrada anterior). Resulta que también está el nombre de Luciano en uno de los cráteres, no Pavarotti, no, Luciano de Samósata,  un escritor del que ya apenas se acuerda nadie y mira que fue original y divertido.

Pero antes de hablar de él  tengo que publicar en este blog de mi propiedad intelectual (hasta que  me la usurpen)  un desmentido. O un desdecido.  Este es:  ya no quiero que ningún cráter de la luna lleve mi nombre. Pero qué vulgaridad es esa, si hasta el último gato tiene cráter asignado. Os digo unos cuantos para que veáis,  por la A: Abbot, Abel (¿el de Caín?), Adams (¿de la familia?), Amundsen (el explorador), los filósofos Anaximandro, Anaxágoras y Anaxímenes,  los tres juntitos como las tres mellizas por aquello de que  no se tengan envidia, Aristóteles, Armstrong (todo hace suponer que el astronauta y no el músico) y Atwood (¿Margaret?, no lo sé). Hay muchos más y solo es la primera letra del abecedario, imaginad lo apretados que están. Quita, quita, cuánto personal.

Y lo que es peor, algunos fueron unos piezas  nada recomendables. Ahí estaban también,  cobijados en los huecos lunares, dos científicos amiguitos de Hitler e impulsores del antisemitismo en la ciencia. Pero, ¿esto qué va a ser?, ¿qué clase de gentuza estáis poniendo en la luna, personas que ponéis  nombres a los cráteres? Cierto es que los han eliminado pero, ¿y si hubiera más nombres feos infiltrados? No quiero ya el cráter Esme, no me postuléis.

De pequeña me gustaba ir a postular, nos daban en el colegio una hucha del Dómund y nos mandaban por parejas a pasar la mañana por la calle.  Había que agitar con mucha furia la hucha de tapa azul en las  narices de los viandantes, para intimidar. Si nos daban algo, les poníamos una pegatina. Algunos ya salían con la pegatina puesta de casa para no soltar la guita, que lo sé yo, la tendrían guardada del año anterior.

Volviendo precisamente a lo anterior, qué bonita profesión por si todavía alguno no sabe qué quiere ser de mayor o le da por hacer eso que algún ocurrente llamó “reinventarse”, qué bello oficio el de ponedor de nombres a cráteres lunares. Si os interesa, tenéis que mandar vuestro currículo a la IAU ( Unión Astronómica Internacional), a la atención de Charles Wood, responsable de los  nombres en la luna. El puesto es de ayudante pero por algo hay que ir empezando, tampoco querrás llegar y quitarle el sitio a Charles.

Ya  no  me da tiempo a hablar de Luciano de Samósata, según mi intención inicial. Es algo frecuente que se desvíen las intenciones iniciales y acabe uno en otro lugar al previsto. Otro día os contaré sobre una novela suya que trata precisamente de un  viaje a la luna ¡Y dale con la luna! Pero es normal, es nuestro único satélite. Si tuviéramos más no la marearíamos tanto, pero solo está ella para todos nuestros ojos.  Pobre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando mires la luna acuérdate de Demónax

Buenos días o tardes o noches, os habla la nueva dueña de este blog, Esmeralda primera de España y quinta de ya me lo pensaré. Hoy no hay cuento propiamente dicho pero sí os hablaré de un chiquillo que nació en Chipre en el siglo II a. de C  (parece mentira que ya  nacieran las personas hace tanto tiempo)  y al que sus padres llamaron Demónax o Demonácte. Estaría de  moda, qué quieres que te diga. La familia era adinerada pero Demónax abandonó las riquezas familiares (digo yo que con algo se quedaría) para dedicarse con total libertad a la filosofía.

“La felicidad se encuentra en la libertad”,  esto no lo digo yo, lo decía él. Y también  esto otro que os dejo aquí escrito para cuando tengáis un día de esos malos,  pero malos de llorar, “solo es libre el que ni teme ni espera ya que todas las cosas humanas no son dignas de miedo ni esperanza pues todas, agradables o molestas, son sin excepción caducas”.

Verdad es, pero que te consuele o te dé rabia ya es cosa tuya y del momento. Si estás feliz te va a hacer menos gracia que si todo lo contrario.

Demónax dijo lo que tenía que decir, pensó lo que le vino en gana,  hizo mucho deporte porque le gustaba estar fuerte y cuando ya de viejo notó que el cuerpo empezaba a fallarle, dejó de comer y adiós muy buenas.

Un cráter de la luna lleva su nombre  (bastante le importará eso a él a estas alturas).  A mí sí me gustaría que le pusieran Esme a un cráter lunar pero mientras esté viva, para poder dar envidia a mis a amistades y enemistades. Muerta ya no lo quiero, no le veo utilidad.

No estoy muy segura de que este filósofo del que os hablo existiera, de él habla Luciano de Samóstana, En su libro  “Vida  de Demonacte”, pero pudiera ser que se lo inventara porque fue un escritor muy imaginativo. Si es que fue un personaje me sentiría muy feliz y hermanada y tendría la esperanza de que alguna de las frases que aquí voy soltando pase a la posteridad en un libro titulado, “Vida de Esme”. La posteridad no es un barrio aunque lo parezca.

Y todo para que en un lejano futuro algún desequilibrado hable de mí en un blog cualquiera sin dominio propio.

Cuando miréis la luna, acordaos de él, existiera o  no. Y ya de paso de mí, que aunque no existo sí que existo y os cuento historias y  pongo citas fusiladas de la wikipedia que es un primor.

Hasta la próxima.

Vera y lo que no se ve

Venga, que me desescalo de nuevo,  o me despeño, más bien, para contaros un segundo  cuento. Esta vez y aunque también tiene que ver con las estrellas, es realista, aquí no aparecen astrónomos fantasiosos que transforman pelos en constelaciones. La protagonista también es una mujer pero  no poseía una  larga cabellera como Berenice ni esperaba en casa a ningún rey guerrero.  La de la historia de hoy, bastante más moderna,   llevaba el pelo corto y era científica.

Cuando esa mujer, de nombre Vera y de apellido Rubin era una niña, alrededor de 1930,  se pasaba la noche contemplando las estrellas desde la ventana de su cuarto en la ciudad de Filadelfia. Su padre, que era un ingeniero dedicado a la construcción  telescopios, en vez de decirle, “niña, ¿te quieres dormir ya, que no son horas?”, le ayudó a montar uno rudimentario para que pudiera observar los astros de cerca y con detalle.  Digo  yo que si  Vera hubiera nacido en una ciudad con contaminación lumínica y su padre hubiera sido podólogo, por poner un ejemplo de profesión alejada del cielo, lo más seguro es que no hubiera descubierto la materia oscura. La curiosidad científica, la pasión y la inteligencia son importantes, pero a veces hace falta algo más.

Pero no le quitemos méritos a Vera que tampoco lo tuvo fácil. Apoyo familiar sí pero social, no. Cuando quiso matricularse en Pricenton para estudiar astronomía le respondieron    que no admitían mujeres, así que se tuvo que ir a estudiar física a otra universidad donde no discriminaban. Allí se graduó con una tesis sobre galaxias. Y precisamente estaba estudiando y observando galaxias, la de Andrómeda, en concreto (si no sabéis donde está, yo tampoco) cuando se percató de  que las estrellas de los bordes de esa galaxia se movían más rápido de lo que era esperable. Esto a mí no me hubiera llevado a ninguna conclusión, en el caso (poco o nada probable) de que me hubiera dado cuenta pero a ella sí.  La cuestión es que según las leyes de la gravedad esas estrellas  debían moverse mucho más despacio, a esa velocidad tenía que haber algo que mantenía unida la galaxia, algo que la sujetaba y que hacía que no se desintegrara. Como ese algo no se veía, Vera y sus colegas científicos, le llamaron materia oscura y se quedaron tan anchos.

En realidad,  de esa materia invisible ya había hablado antes otro científico, llamado  Fritz Zwicky al observar lo mismo, que la velocidad de las estrellas de los bordes era anómala.  El hombre sugirió  que podía haber una materia invisible entre las galaxias pero no consiguió convencer a nadie y su idea permaneció olvidada durante cuarenta años. Es lo que suele pasar cuando tienes una mente muy original y avanzada (como la mía, no es por nada),  en el mejor de los casos, te ignoran y en el peor, te matan. A Fritz, menos mal, solo le pasó lo primero.

Vera Rubin tuvo más suerte, tal vez porque la ciencia ya había avanzado lo suficiente como para asimilar y demostrar la idea. Otros físicos añadieron datos a su propuesta y hasta mandaron un satélite a hacer mediciones por ahí lejos.  Pues sí, era verdad, había una materia que no se veía. Sus partículas no absorben, reflejan ni emiten luz pero se asentó antes que la que sí se ve y ejerce una influencia sobre ella.  Además,  es mucho más numerosa que la visible.

Ahora parece que los científicos (no confundir con los expertos )  han detectado una posible partícula de esta materia oscura con lo que se podría explicar de qué esta hecho el 27% del universo. Tampoco es tanto ese porcentaje pero es que ahora solo conocemos la composición de un 5%. Qué poco, ¿verdad?

Y aquí se acaba este cuento que no es cuento.

Me vuelvo al armario a ver si descubro algo y me hacen una entrada en la wikipedia, mi gran ilusión.

Adiós.

 

Una cabellera y lo que con ella pasó

Un momentito que me estoy desescalando. Saco un brazo: fase uno. Saco el otro: fase dos. Pego un salto fuera del armario: fase tres. Ya estoy, desescaladísima, qué bien. Os habla Esmeralda, el personaje que vive en un armario confinada junto a otros personajes. Ahora que vosotros también habéis estado confinados  comprenderéis mi drama un poco mejor.

Me he desescalado (qué horrorosa palabra, ¿quién se la habrá inventado y por qué todos la repiten incluida yo?) Pues eso, que me desescalado toda para  contaros una historia o leyenda. Trata, resumiendo mucho, de una cabellera de mujer que acabó muy lejos de su lugar de origen.

La dueña de los pelos protagonistas se llamaba Berenice y vivió en Alejandría,  sí, ahí mismo, donde la famosa biblioteca, alrededor del doscientos algo antes de Cristo.  Berenice se casó con un rey,  Ptolomeo III de Egipto. Este señor, nada más tomar posesión del trono decidió montar una guerra. Venga, para ir abriendo boca. Algunos no saben estarse quietos. A Siria que se fue,  pobre país.

Total, que Berenice, como pasaba el tiempo y Mambrú-Ptolomeo no volvía de la guerra, empezó a angustiarse  y al no disponer de teléfono móvil ni de ningún otro artilugio tecnológico, recurrió a los dioses. De smartphones no, pero de dioses había variadísima oferta. Eligió a una diosa, la del amor,  lógico, la mismísima Afrodita. Se personó en su templo y le hizo una especie de soborno. Mira, Afrodita, guapa, si  me traes sano y salvo a mi querido Ptolo, te regalo mi pelo.  Y es que Berenice tenía una cabellera preciosa, muy larga, brillante y abundante, digna de un anuncio de  champú porque yo lo valgo.

Afrodita no contestó nada, (típico de dioses), pero Berenice tomó el silencio administrativo por un sí y se cortó allí mismo su hermosa melena. Mira tú qué cosas que al día siguiente ya estaba de vuelta su belicoso marido. Qué alegría y qué alborozo. Fue Berenice a darle las gracias a Afrodita pero cuando llegó otra vez al templo, la melena ya no estaba, alguien se la había llevado para hacerse extensiones o un cojín, que sé yo.

¡La que se armó! Sospecharon de todos. Hasta del dios de otro templo, un tal Serapis,  ya que podía tratarse de un caso de envidia, mal muy frecuente ya desde la más remota antigüedad.

El caso es que para calmar los ánimos de los reyes, que ya veis cómo se alteraban por una tontería, se apareció por allí un astrónomo  muy reputado y bastante imaginativo, Conon de Samos, que les contó la siguiente trola:  “no sufran mis amadas majestades (qué pelota eras, Conon)  ha sido la propia Afrodita la que se ha llevado la melena, le gustaba tanto que ha pensado que estaría mejor en el cielo convertida en una constelación de estrellas. Mirad , mirad hacia arriba y la veréis al norte de Virgo y al Este de Leo.” Miraron y aunque no vieron gran cosa quisieron  creer tan preciosa transformación de pelo en estrella.

A un señor que trabajaba en la biblioteca de Alejandria, poeta y erudito, de  nombre Calímaco, le gustó tanto este suceso que le escribió un poema. O pudiera ser que  los reyes le pagaran para que lo escribiera.

Me gusta este poema por original, ya que los que hablan son los pelos, es la propia melena la que cuenta su historia en primera persona.

Dice así:  “Estaba yo recién cortada y  mis hermanas me lloraban cuando  de pronto, con un rápido batir de alas, el dulce soplo del Céfiro me lleva a través de las nubes del éter y me deposita en el venerable seno de la divina noche, Cipris.

Y a fin de que yo, la hermosa melena de Berenice, apareciera fija en el cielo brillando para los humanos, Cipris me colocó como  nueva estrella en el antiguo coro de los astros”

Y así acaba este cuento.

Espero que os haya gustado mucho más que lo que escribe la represora de mi voz y que me lo digáis en los comentarios, que para eso están.  Me vuelvo al armario con los otros confinados. Pero volveré, ¡anda que no!

Adiós.