Autor: evavill

Me llamo Eva y me he puesto de empleada doméstica porque no me ha quedado más remedio. Tengo un blog donde cuento mis peripecias. Busca Aventuras de una chacha y me encontrarás.

Un baño de bosque

Ya que tiene que estar tantas horas en esa garita la ha ido poniendo acogedora, decorándola a su gusto, poco a poco. La mesa está cubierta por un mantel de flores que encontró por casa, así no se ve lo vieja que es, y al lado del calendario con imágenes de los parques naturales de Chile, ha colgado un reloj redondo que parece de estación de tren. Utilidad no tiene porque al segundo día se paró en las cuatro y media, pero si lo quita se ve un círculo blanco que delata la suciedad de la pared. Si quiere saber la hora consulta el móvil, aunque ya tiene comprobado que es mejor no mirar demasiado porque entonces el tiempo, como si se supiera vigilado, se atasca.

Le pasa lo mismo que a él cuando se le coloca detrás el jefe para hacerle el seguimiento. También se atasca y se tropieza y no será porque no se conozca el territorio. Tiene inventariado cada desconchón del suelo, cada grieta y cada mancha. Hay muchas, el don Luis no se gasta un euro en mantenimiento, es rata como él solo. Hasta un agujero tiene el suelo y por ese agujero, cuando está en la planta segunda, ve aparecer a primera hora las suelas de los zapatos del don Luis. Es ver esas suelas y algo le pasa en el estómago, le entra un hambre rara, una necesidad de comer algo mezclada con angustia. Vacío doloroso lo llamó la doctora y le dijo que se tenía que hacer una endoscopia. No se la ha hecho.

Como hoy es domingo las suelas de los zapatos no van a aparecer por el agujero. Aun así, no puede evitar mirarlo con recelo, como no puede evitar que las palabras que le dijo ayer le estén dando vueltas por la cabeza como uno de esos moscardones que no hacen más que zumbar y estrellarse contra los cristales. Ahora resulta, después de tanto tiempo, que no le gustan sus decoraciones, como si las acabara de ver.
“Pero hombre, José Ángel, ¿qué me ha puesto ahí?, ese mantel florido y ese reloj… que no está usted en el salón de su casa, por Dios”.
“Tacaño, súbame el sueldo”, pensó él. La de veces que se lo ha pedido, que lleva catorce años cobrando lo mismo, pero él ya tiene la respuesta preparada y como si fuera una máquina, con la misma vocecilla cargante, una y otra vez le suelta, “¿se lo bajé acaso cuando llegó la crisis? No, se lo mantuve. Lo uno por lo otro y quite esos aderezos de una vez, que esto es un parking”
Aderezos, como en las ensaladas, pues no los piensa quitar. Se sienta tras la mesa, clava los codos sobre el mantel florido y enciende la radio. Empieza el programa que le gusta. Una mujer de voz muy dulce dice,”la luminosidad parece brotar del suelo. Viajamos al interior de la fronda. Todos nuestros sentidos están para ser despertados, un nuevo mundo surge a nuestro alrededor”. De fondo se escuchan pájaros, crujir de hojas, frote de ramas. Entrecierra los ojos.

Cuando se jubile, y solo le falta un año, se va a pasar los días dándose baños de bosque, pero verdaderos. Por el momento sigue adentrándose en el de la radio a través de la voz de la locutora. Lo malo es que al viaje se ha apuntado, sin que nadie le invite, el don Luis, lleva traje y corbata y los zapatos de siempre con esas suelas de marcas onduladas para evitar resbalones, “tuve que echar a su hijo porque a su hijo no le gusta trabajar, es muy vago, yo en mi negocio solo quiero gente a la que le guste trabajar, ¿cómo le salió tan vago?”, va diciendo mientras pisa la tierra húmeda con aprensión de hombre urbano acostumbrado solo a la dureza del asfalto.

Eso es mentira, le contesta él, hundiendo con placer las botas sobre las hojas mullidas, no es vago, lo que pasa que no se calla, protesta cuando tiene que protestar, cuando algo es injusto o está mal y eso es lo que usted no ha podido aguantar, que le lleven la contraria”. Se ha ido haciendo de noche y la locutora les avisa porque, si están atentos, tal vez puedan ver y oír a la dama de noche, la misteriosa lechuza blanca.

Al don Luis poco le interesa la lechuza ni que cada vez vayan quedando menos, él solo quiere saber quién ha sido el que ha escrito cabrón en su capó. Cuando se trata de su coche se vuelve obsesivo, con los de los demás, los golpes son tonterías sin importancia.

Abre los ojos, está harto de ese paseo imaginario en el que se ha colado el jefe. Cuatro y media en el reloj redondo de la pared, once y media en el móvil. Todavía las once y media. Un año para jubilarse, para vivir de verdad. Siente el vacío doloroso en el estómago, ¿y si no llegara a tiempo al bosque? Se mete en la boca tres almendras y las mastica mientras contempla en el calendario una foto de un lago. Chungará, así se llama.

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Rocío

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Al amanecer,
sobre la piel de la tierra
zumo de noche.

Manual de instrucciones del doctor He

Qué desentreno tengo. Acabo de salir del armario prisión rompiendo la puerta de una patada y venía toda lanzada a escribir, pero cuando he llegado aquí, no sabía ya ni por dónde empezar. No voy a hablar del posible libro donde se quiere quedar a vivir la familia usurpadora y no porque no me dé rabia. Me da y mucha, a ver por quién entró aquí la editora y por quién se quedó: por Eva, por el Toni, por mí y por todos mis compañeros. Mucho se reía con nuestros decires y sentires pero luego llegaron otros nuevos y ¡anda y que os zurzan viejas glorias! Así es la vida y no hay que escandalizarse. “De fuera vendrá quien de casa nos echará”, pega aquí el título de esta obra que escribió allá por el siglo de Oro un tal Agustín Moreto del que hoy nadie se acuerda. Lo siento Agustín,hermoso (era bastante feo en realidad), aunque poco te importará ya.

Yo a lo mío, me he comprado por internet el “Manual de modificación genética para dummies del doctor He” y ya me he puesto a ello. Es una tarea urgente y necesaria crear humanos, no digo perfectos, que eso suena peligrosamente nazi, pero sí un poco menos defectuosos. Con un poco más de memoria para que no repitan una y otra vez los mismos errores, más que nada eso, ¿dónde andará el gen de recordar? Tengo mucho trabajo así que me encierro otra vez en el armario roto, qué risa cuando esa vea el agujero y tenga que llamar al seguro y explicar…no, no va a poder explicar que ha sido culpa de un personaje que tiene ahí encerrado. Que apoquine o se lo paguen sus mecenas. Mira, ahora que digo mecenas, me acabo de acordar de un tío mío, -que yo también he tenido una familia tan llena de plastas y locos como la que más-, lo llamábamos “el Maicenas” porque siempre sacaba la cartera y hacía ademán de pagar. He dicho ademán, luego se la volvía a guardar pero que bien rapidito.

A ver si me deja concentrarme el Toni en la técnica CRISPR-Cas9, para modificar el ADN de manera rápida y limpia. Es que ahora le ha dado por leer en voz alta, ¿lo oís?, “tan solo unos pocos se habían percatado de ese sordo retumbar del volcán que precede a la erupción, la mayoría de la gente se hallaba desprevenida. Era incapaz de creer que el hombre llegara a mostrar tamaña propensión al mal, un apetito tal de poder, semejante desprecio por los derechos de los débiles o parecido anhelo de sumisión”.
Toni, ¿qué lees, no tendrás por casualidad un embrión para ir empezando mis prácticas?

Nada, ni caso. Mal empezamos. Uy,lo que se está leyendo, si es “El miedo a la libertad”, de Erich Fromm, a buenas horas, ese también me lo leí yo, un libro muy viejo y pasado de moda con todas las hojas rotas. Si te digo yo que por un lado me da rabia pero por otro no quiero vivir en un libro de papel, se rompen a la mínima, amarillean, casi nadie los lee y los pocos que lo hacen, olvidan lo que han leído. Gen de no olvidar lo que has leído, ¿dónde te metes?

Volveré. (Soy la Esme). Adiós.

Una pieza azul

Los que lleváis ya un buen tiempo leyendo este blog sabéis que durante un periodo largo escribí sobre la infancia. Una infancia que sin ser exactamente la mía sí tuvo mucho de personal y de ejercicio de memoria. Las historias iban brotando casi sin esfuerzo, día tras día.  Y a que surgieran con tanta facilidad, aparte de a la necesidad que creo que tenía de ordenar y recrear lo vivido,  me ayudaron en gran parte vuestros comentarios.
Para mí supuso hacer ese viaje al pasado, mitad real y mitad imaginado, en compañía. Fue esa comunicación y el sentir que lo que estaba contando interesaba porque hacía aflorar los recuerdos de otros, lo que más me estimuló para seguir escribiendo y lo que hizo que disfrutara tanto haciéndolo.

Esas historias casi seguro que nunca hubieran salido del blog ni se hubieran agrupado y organizado en forma de libro si no hubiera sido por la iniciativa de Patricia. Todavía es un proyecto en el que también participan otras artistas  con sus ilustraciones en forma de collages.
Pero todo lo que sigue prefiero que os lo cuente ella en el blog de su editorial
https://piezasazuleseditorial.com/2018/11/28/primer-parrafo/.

Colaboréis o no, salga o no el proyecto adelante,  os doy ya las gracias de antemano por haberme comentado tanto y con tanto cariño, así lo he percibido yo, por lo menos.  Pienso que sola,  en silencio y sin nadie al otro lado de la pantalla, no hubiera tenido la misma motivación para escribir y , sobre todo, no me lo habría pasado tan bien que, al final, es de lo que se trata.

 

 

Sibila de las rosas

Yo había querido mucho a la abuela de Isabel, esa señora cantarina que se pasaba el día en su jardín yendo y viniendo entre rosales, cuidándolos. No sólo la había querido, también había deseado ser como ella. Y no me refiero a parecerme, a tener alguna de sus características, lo que quería de verdad, a ratos, no todo el tiempo tampoco, era ser la abuela de Isabel. A mis quince años turbulentos y para descansar de los tormentos de esa edad, deseaba ser Rosario, cuya única preocupación en la vida parecía ser la de deambular canturreando entre rosales. En algunos momentos, en esos momentos angustiosos de la adolescencia, quería tener ochenta años, llevar un cestillo de paja como el suyo para ir dejando caer los tallos, las flores ya muertas o las hojas que podaba, vestirme despreocupada con unas ropas cómodas, sujetarme el pelo en un moño desecho sin que me importara ser guapa o fea, cantar canciones pasadas de moda y hablar con las rosas como una loca sin peligro, mientras subía y bajaba con lentitud los escalones de piedra.

Quería saber todo lo que ella sabía y yo todavía no, eso que le había otorgado esa especie de ligereza o de indiferencia risueña ante la vida. Quería poder decir, entre risas, como decía ella, “lo mío ya no tiene remedio” y por eso mismo, porque ya no había nada que remediar, poder dedicarme a cuidar flores, a mirar el cielo y sus pájaros o a sentarme en un banco del jardín a comer uvas mientras el viento ponía a hablar a las hojas.

Pero lo mío sí tenía remedio y era yo la que tenía que buscarlo. Buscar no se me daba bien, perder sí, constantemente perdía cosas, las llaves, los apuntes, la mochila o la chaqueta. Tal vez de manera inconsciente creía que para llegar a un buen remedio había primero que estropearlo todo, a conciencia. Solo de esa manera era posible que encontrara algo, algo luminoso y especial y no eso que a mí me parecía mediocre y con lo que otros se conformaban.

Isabel, por ejemplo, que seguía el camino sin cuestionarlo igual que lo hacía su letra redonda y ordenada, sin torcerse por las hojas de los cuadernos de clase. Puede que esa rectitud fuera la que me alejara de ella y de las otras dos amigas. Ninguna estaba confusa y yo necesitaba otros confusos que pudieran entenderme. No hacía mucho que en clase, Isabel me había metido en el libro de lengua una especie de carta en la que decía que ella y las otras me estaban esperando, que me echaban de menos y que estaban seguras de que se me iba a pasar pronto lo que fuera que me estuviera pasando. Ahí paré, me guardé la nota en un bolsillo y después, en la calle, la rompí y la tiré. Me dio rabia.

Cuando pasaba por las tardes por delante de su casa y veía la luz de su cuarto encendida y la sombra de su cabeza reclinada sobre la mesa de estudio sentía un poco de añoranza por esa vida cálida de la que acababa de desgajarme sin saber muy bien por qué, pero no quería entrar ni volver a ella. Había cambiado ese jardín donde durante años había sido feliz, sin turbulencias, por un parque en el que se reunía el grupo de los que no hablaban. Todos eran turbulentos, perdían cosas y en su confusión, buscaban algo. Eso creía. A su lado yo era solo una aprendiza en confusiones. Me fascinaban.

Rosario, como si no se hubiera enterado de nada, como si no supiera que Isabel y yo ya no éramos amigas, me llamaba desde el otro lado de la valla de piedra y se asomaba con las manos enguantadas sujetando las tijeras de podar, el cestillo encajado en el antebrazo. Aunque las primeras veces yo me acercaba un poco temerosa pensando que me iba a decir algo, algo parecido a lo que había leído en esa nota, nunca sucedió así. Me trataba igual que siempre y después de hablarme de sus flores, me hacía, con delicadeza, alguna pregunta sentimental. Al principio esa pregunta me resultaba incómoda pero luego empezó a gustarme, la abuela Rosario era como una especie de oráculo del amor, de la amistad, de las relaciones. Ella sabía, sabía mucho de lo que más me interesaba.

Al poco tiempo no hacía falta que me preguntara porque era yo la que estaba deseando que llegara la hora de consultar a la Sibila de las rosas, y eso que ya me iba conociendo su veredicto, casi siempre desfavorable. No utilizaba palabras pero sus tijeras lo indicaban podando alguna hoja, algún tallo amarillento, alguna flor mustia. Luego se alejaba cantando, “flor de té, flor de té” y al llegar al centro del jardín, se daba media vuelta, me miraba y se reía.

De esa manera fue dejando tocados a casi todos los turbulentos que me gustaban y también a algunas turbulentas en las que yo confiaba. No había conseguido que me apartara de ellos pero sí los había dejado al descubierto, había retirado de ellos esa pátina brillante que me deslumbraba y los había vuelto opacos. Seguía yendo al parque, empecinada en integrarme con los que no se integraban, no quería volver atrás ni hacer caso a lo que me pedía la carta. No lo haría, pero la semilla de una nueva deserción, que con tanta habilidad había dejado caer Rosario, empezaba a crecer por dentro.

Burbuja de las diez y media

Con un poco de suerte Sol no está dentro, en el obrador del pan, con un poco de suerte está fuera atendiendo, sirviendo cafés y despachando barras y ensaimadas. Con un poco de suerte la que está dentro es Lucía, la delgada que hace figuras de papel y las cuelga del techo como adorno. Lucía tiene cara de niña, de niña asustada. Con un poco de suerte Sol está libre, sin Almudena, la que manda, pululando por ahí y poniendo orden, dirigiendo.
Con un poco de suerte le atiende Sol y si es así se toma dos cafés para alargar el rato, aunque luego ande toda la mañana dando saltos y con ardor de estómago. Es demasiado fuerte ese café, pero quiere oír cómo ella dice, “con esto te pones las pilas para toda la mañana” y ver cómo, al decirlo,  se le quedan los labios un poco pegados a los brackets y cómo los despega y se aleja con su coleta rubia saltando entre sus omóplatos. Y que después, cuando le vaya a cobrar, le diga “yatá” con ese acento argentino que tiene tan gracioso y musical.

Y sí, ha habido suerte, Sol está y le atiende y le gasta una broma y él se la gasta a ella y en un momento todo lo de alrededor retrocede,  se aleja y  borra.  Por encima de sus cabezas se mecen las lunas azules  y los pájaros rojos de papel confeccionados por  Lucía. Pero ellos no los ven, no pueden verlos, ni  tampoco las tuberías de diferentes grosores y colores dejadas a la vista para darle al local un aspecto moderno, industrial, de Manhattan  madrileño, ni  a todos esos impacientes que se empiezan a aglomerar en la puerta y alrededor de la barra . Un murmullo de protesta  va subiendo, sin necesidad de levadura, de esa masa aglomerada. No entienden por qué esa chica tarda tanto envolver cuatro ensaimadas y se le escurre el papel entre los dedos ni por qué se ha formado a su alrededor y alrededor de ese que la está mirando, una especie de burbuja  invisible dentro de la cual nadie ni nada más cabe.

Pero en realidad claro que lo entienden, algunos sin darse cuenta de que lo están entendiendo,  y les incomoda porque ellos no pueden aislarse así. Para ellos ese espacio íntimo está vedado, se han quedado fuera, en el día abierto y hosco con sus obligaciones repetidas, en la calle con esa gente que se desplaza sin mirar o se detiene a  fumar en las esquinas, las hojas cayendo un año más, los pitidos de los coches, las nubes que se deslizan y ese constante mirar al teléfono buscando lo que fuera no existe y en realidad tampoco dentro.

Y hasta el hombre gordo y desaliñado de la tienda de electricidad, de aspecto siempre  satisfecho, se asoma a por su barra de pan y al ver el panorama, recula como si se hubiera asustado, regresa a su tienda revuelta  de cables y siente una especie de vacío que confunde con hambre, no es muy ducho en descifrar emociones. Y para ahuyentar eso que siente y le molesta,  vuelve a entrar, da dos palmas enérgicas y grita, “vamoooos, ese pan…”  A la llamada aparece Almudena, la jefa. Enseguida se pone a meter prisa y le dice a Sol por lo bajo, “espabila que mira la que tienes montada”. Sin ruido se explota y deshace la burbuja.

Con un poco de suerte mañana a las diez y media…piensa él atravesando la fila malhumorada y saliendo a la calle con un paquete de ensaimadas que no se piensa comer. Por la puerta del fondo, asoma la nariz roja y asustada, como de tímido ratón, de Lucía, a la que tantas veces se le queman las barras por estar soñando con lunas azules, con pájaros rojos.

Revisión ocular

“En lo que respecta a profesionales de la salud yo ya no me sorprendo de nada, Maribel”, le dice la mujer vestida de verde a su amiga y acompañante.
“Me dejas perpleja”, le responde Maribel. Se callan y miran a su alrededor buscando pistas sobre el profesional de la salud que está al otro lado de la puerta. Encima de la mesa, de superficie transparente y patas negras, hay una cesta en forma de pato con caramelos dentro, revistas apiladas, -en la portada de una de ellas un hombre que no saben quién es declara, “disfruto mucho de la fama”-, dos plantas artificiales durmiendo en sendas esquinas, diplomas varios que acreditan que el hombre que las va a atender es de fiar, uno de ellos es de la universidad de Pensilvania. Suena a lejos esa universidad y lejos siempre es mejor que cerca.
De las paredes, además de los diplomas, cuelgan láminas con dibujos de ojos, ojos enteros con sus partes señaladas con flechitas, ojos seccionados, músculos del ojo y una colección de ojos enfermos con su patología correspondiente escrita debajo.

La mujer vestida de verde de la cabeza a los pies observa los ojos patológicos con cara de asco, “qué mal gusto, por favor”, dice estirándose la falda verde sobre las medias verdes y colocándose el bolso verde muy recto sobre las piernas.
Para distraerse de los ojos supurantes y pustulosos, elige una de las revistas que están sobre la mesa. La revista le cuenta a la de verde que lo que ha hecho esta mañana antes de salir, -vestirse por entero del mismo color-, se llama “total look” y es una tendencia arriesgada que ha triunfado en las pasarelas. A ella, como es muy delgada y lineal, la tendencia arriesgada le hace parecer una rama, una rama todavía verde, pero un tanto quebradiza.

“Qué de tonterías desde por la mañana”, Maribel, dice Rama verde pasando a la siguiente información. “Mira ésta, no descarta ser madre, y a nosotras qué nos importa,nosotras sí lo descartamos, y esta otra que dice que en su armario no tiene ningún chándal”.
“Yo tampoco”, contesta Maribel con un tono de voz que expresa desconcierto, ¿será bueno o malo no tener un chándal que ponerse de vez en cuando?

El médico, un hombre grande, de esa edad que se llama mediana y que menos los primeros y últimos años puede referirse a un largo tramo de etapas intermedias, se asoma a la puerta y pronuncia un nombre y un apellido. Rama verde se levanta muy tiesa y entra en la consulta.

Es simpático el doctor de la Fuente que ha estudiado un tiempo lejos, nada menos que en Pensilvania. Ha debido de ser poco tiempo porque conoce muy bien el barrio y parece amsrlo.Mientras le inspecciona los ojos y le hace leer letras que se van empequeñeciendo como a mala idea en un panel y luego le obliga a apoyar la frente y la barbilla en una estructura metálica, le va contando que justo hoy acaban de cerrar el bar donde él se tomó su primera caña a los dieciséis años, el Polifemo. Y que también cierran la tienda de juguetes, Bazar Sueños.

Simpático pero un poco pesado porque cada vez que habla de lugares que ya no existen detiene la exploración del ojo y se queda quieto como si los estuviera buscando en el interior de la consulta o por algún recoveco de su mente que solo él es capaz de percibir. Rama verde no es nostálgica, ha vivido en muchos sitios distintos y no tiene referencias fijas ni demasiados apegos, más bien su referencia es ir pasando de un lado a otro, está acostumbrada a dejar lugares atrás y a no volver nunca a ellos y así es imposible que compruebe las modificaciones que hace el tiempo sobre los entornos. Sólo sabe de primera mano lo que el tiempo modifica en ella misma, eso sí es desagradable. No ver es desagradable y ese picor constante en los ojos y esa sensación de cuerpo extraño.

Se lo está contando al doctor de la Fuente pero él parece que no le da importancia a sus molestos síntomas. Le interesa mucho más el cierre del Polifemo, ¡y dale! que sus molestias oculares. Anota algo en un papel y sigue hablando de que en una calle tan bonita como esa y señala a la calle que se ve desde de la ventana, llena de tráfico y unas copas de árboles esmirriadas, no se conserve el comercio tradicional y todo se haya llenado de esas franquicias que unifican todos los lugares. Luego le cuenta que el fin de semana va al monte a coger setas y castañas. “Hidrátese los ojos”, dice como conclusión.

“¿Qué te ha dicho?”, le pregunta Maribel a la salida. Siempre gusta saber lo que ha dicho un médico. “Pues nada, era un hombre, ¿cómo te diría yo?, amable pero un poco obsesivo, todo el tiempo estaba hablando de desapariciones de tiendas y de cambios en el mobiliario urbano y de ese bar espantoso que parecía un cuchitril y que estaba siempre lleno de borrachos. Por suerte lo han cerrado”.
“Pero del ojo, ¿qué te ha dicho?”
“Que lo tengo seco, si eso ya lo sabía, Maribel. Si solo fuera el ojo…”

“Me dejas perpleja”, dice Maribel recurriendo a su expresión comodín y devolviendo a la mesa la revista. Ahí se queda el anónimo famoso,arrugado y satisfecho, en compañía de las plantas artificiales y los ojos patológicos, del título de la universidad de Pensilvania y de ese humo melancólico que se escapa por las rendijas de la puerta que separa la sala de espera de la consulta.

“No me digas que entre paciente y paciente este hombre se fuma un puro” le señala Maribel a Rama Verde.

Ya te he dicho que en cuestión de profesionales de la salud yo ya no me sorprendo de nada. Y muy poco sorprendidas salen a la calle, esa calle que tanto ama el fumador doctor de la Fuente, a tomarse un café en una franquicia nueva y reluciente.