Autor: evavill

Me llamo Eva y me he puesto de empleada doméstica porque no me ha quedado más remedio. Tengo un blog donde cuento mis peripecias. Busca Aventuras de una chacha y me encontrarás.

Nido caído al suelo

Cantaban un himno en el que se decía la palabra gloria y la palabra honor. Gloria se llamaba su compañera de la cama de al lado. Por honor se podía matar y morir. Honor tenía que ver con los hombres, con las mujeres no.  A su padre lo habían matado hacía poco pero no había sido por nada de honor, había sido por la mala suerte de la guerra. Su padre era muy joven, casi un niño, lo engañaron, se lo dijo su abuela sentada en la silla de la cocina. Casi un niño, qué pena, todos decían eso. Y su madre una niña viuda, qué pena también. Con dos criaturas. Ella era una de las criaturas, llevaba un lazo blanco en el pelo y un collar de cuentas de colores.

Los mandaron internos al colegio de los huérfanos, con las monjas, la falda del uniforme picaba en los muslos. Su hermano le apretaba muy fuerte la mano.
Desde las ventanas se veía primero la ría y después el mar. Por las mañanas, en algunas de las ventanas colgaban sábanas,  eran las de los niños que por la noche se habían meado en la cama. Colgaban sus sábanas para que todos lo vieran y así escarmentaran. Ser meón era cosa muy mala.
Ella no era meona, su hermano tampoco.
Una noche notó una humedad en las sábanas y tuvo miedo de haberse vuelto meona.Se estuvo quieta, quieta hasta la mañana siguiente. Gloria en sueños decía, “noooo, nooo”. Era sonámbula del hablar. Cuando amaneció vio la mancha roja que indicaba que se estaba muriendo.
En el himno también decían “pujante unidad colegial” y cuando lo decían pisaban muy fuerte contra el suelo, pateaban como si marcharan. A veces marchaban dando la vuelta al colegio y cantando, las gaviotas también cantaban sus propios himnos, a gritos,  el mar estaba debajo y arriba el monte muy verde, envuelto en nubes y nieblas.  Marchar era andar sin llegar a ningún sitio, sin querer llegar, marchar era dar vueltas. Vieron un nido tirado en el suelo, caído. Estaba hecho con palos muy finos, trenzados, y relleno de hojas picadas.
Una monja le dio una toalla para que se la pusiera entre las piernas. Se la puso. Se estaba muriendo y no era por nada de honor. Era una enfermedad, la sangre era siempre de enfermedad, de cuerpo herido o roto.
Gloria padecía la misma enfermedad, le dijo que era cosa de mujeres, que no se iban a morir todavía y que ya podían tener hijos. Los coágulos eran trozos de hígado, así se lo explicó Gloria, no pasaba nada por perder un poco, el hígado era grande.
Los llamaban por un número, nunca por su nombre, ella era el 29 y su hermano el 33, la edad de Cristo. A las monjas les gustaba ese número.
Ella tenía miedo de que se le moviera la toalla, de que se le manchara la falda del uniforme, de volverse meona, de tener un hijo, de perder del todo el hígado.

Gloria era el número  42, llamaba a su madre por las noches. El viento quería entrar, entrar, entrar y lloraba pegado a la ventana, buscando refugio. Pero había sido él el que había tirado el nido. También la lluvia quería entrar y llamaba nerviosa y furiosa golpeando los cristales. Por los pasillos un olor a frío con sal y a sopa. Pujante quería decir dar patadas en el suelo, pisar fuerte. De un árbol se había caído un nido. Volaría el que tuviera las alas fuertes.

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Risa áurea

No podía dejar de mirar a la Romana. Los charcos amanecían helados, algunos con hojas atrapadas dentro, pero ella seguía llevando sandalias con tiras que se le enroscaban por las piernas sobre leotardos de colores. Si salía pronto de casa y corría hasta la parada, coincidíamos en el mismo autobús y así iba todo el trayecto mirando su cara que asomaba perfecta bajo el pelo dividido en dos por la raya en medio. Yo la miraba a ella, ella a mí no.

A primera hora teníamos clase de arte. Hacía tanto frío que no nos quitábamos los abrigos. La de arte era una mujer mayor con una melena blanca, decía “mirad, veréis” sin darse cuenta de que en la primera fila se sentaba un ciego, al lado de la Romana. Nos reíamos, el ciego también. Mirad, veréis, dijo  la de arte frotándose las manos para calentarlas y se giró para escribir algo en la pizarra. Llevaba una cazadora negra de cuero con flecos y antes de subir al aula se tomaba de un trago un botellín de cerveza y luego otro sin alterar su aspecto de abuelita encantadora.

Esa mañana escribió un número muy largo con muchos decimales y unos cuantos gritaron, protestando, estábamos en arte, éramos de letras ¿por qué escribía un número? Nos lo presentó como si se tratara de un gran amigo suyo. Era Phi, el número áureo, llamado así en honor al escultor Fidias. Representaba la relación o proporción entre dos segmentos de una recta. Esa proporción se encontraba en algunas figuras geométricas y también en la naturaleza. Aquello que matemáticamente más se aproximara a Phi se percibiría como más bello y perfecto.

La Romana se aproximaba mucho a Phi, se aproximaba tanto que seguramente era el mismo número áureo. Ahora entendía por qué no podía dejar de mirarla. Es un número algebraico irracional, dijo la de arte y otra vez se oyeron gritos de protesta. Había dicho número y algebraico en una misma frase. La Romana escribía en su cuaderno, era estudiosa, se sentaba en la primera fila, la coleta dividía su espalda en dos mitades simétricas. Si la miraba con mucha intensidad se daría la vuelta y también me miraría. Nunca había pasado pero podía pasar. Nunca había nevado pero el aire tenía una misteriosa luminosidad que anunciaba nieve.

Mirad, veréis, dijo otra vez la de arte. Podemos encontrar esta proporción en las nervaduras de las hojas de algunos árboles, en el caparazón de los caracoles, en los pétalos de las flores, en la forma de las galaxias o en las telas de araña.

Y en la Romana, sobre todo en ella, que ahora se inclinaba justo sobre el único que no podía verla, que no podía saber que su compañera era Phi, para explicarle algo al oído.

Si la miraba con mucha fuerza se daría la vuelta y me devolvería la mirada, se daría cuenta, se daría cuenta, quería que se diera cuenta. Pero otros muchos ojos competían con los míos, todos mirábamos a la Romana y todos queríamos que nos mirara pero el número áureo no nos hacía caso a ninguno. Entre clase y clase, el chico ciego tocaba la guitarra y ella, en vez de salir al pasillo como hacíamos los demás, se quedaba sentada a su lado, escuchando.

A través de la ventana vimos caer unos primeros y diminutos copos de nieve ¡Ahí también está!  gritó con entusiasmo derivado de la cerveza la de arte, señalándolos. Mirad, veréis. Y  todos nos reímos mientras ella hablaba de la armónica estructura de los cristales de hielo. También el ciego, también la Romana con su risa áurea, sin mirar a nadie.

No somos nada

Me llamó la Elo serían las tres, tres y media. Digo, vaya horas de llamar que tiene esta, como ella no se echa la siesta porque dice que luego no duerme…y como a ella no le duele nada, a mí sí, a mí me duele todo.A ver, Eloísa, que estaba traspuesta. Que traspuesta del todo me iba a quedar cuando me dijera lo que me tenía que decir. Encima con acertijos, no estoy yo para adivinanzas en estos momentos, ¿quieres decirme ya para que me llamas y qué me tienes que decir? Pero me lo estaba imaginando, fíjate, si es que yo para esas cosas tengo intuiciones. Pensé para mí: otro que se ha muerto. Y sí, otro, pero no el que yo me esperaba. Pero, ¿qué me dices,el Jose Luis? Aunque mientras hacía esa pregunta ya se me estaba pasando la sorpresa.
Ese hombre siempre se iba de todas partes sin avisar, eso mismo hizo en la boda de la hija de Lolita ¿dónde está el José Luis, pero dónde se ha metido, dónde andará? Y el hombre sin despedirse de nadie se había metido en su coche y andaba ya caminito de Logroño y de esas ha hecho a puñaos, lo que le gustaban a las desapariciones. Así que tampoco me extraña tanto.
Y la Elo, me viene fatal ese tanatorio tan lejos, el Norte, no sé ni dónde está. Eso es verdad, a nosotras nos gusta, es un decir, es el de San Isidro, no solo porque nos pilla al lado de casa y podemos ir y venir andando, es que es bonito y la cafetería está muy bien, ¿a qué está muy bien la cafetería del de San Isidro?, ¿te acuerdas? No se acordaba, qué mala memoria, si estuvimos hace bien poco y se comió una tostada con una cantidad de mantequilla que vamos, y luego se queja de que tiene el colesterol disparatao. Dice que le ha dicho el médico: señora, sus arterias son un peligro público. Lo que le gusta presumir de arterias peligrosas y de lo que sea, no te digo.

Así que llamé a mi sobrino nieto Diego, el guapo, para que nos llevara en su coche. Se parece pero clavado, clavadito a ese actor que sale en tantas películas, ese, ahora no sé cómo se llama pero el más guapo de todos. Nos vino a recoger a la misma puerta de casa, me dio hasta tiempo de ir a la peluquería, a la Elo no, es una lenta, y todo el camino,dale que dale, tú has ido a la peluquería y yo mira qué pelos, pero ¿quién se va a fijar en si vas bien o mal peinada?, no seas alpargata, estará esa gente como para fijarse en nosotras. Se fijan, se fijan, la gente se fija en todo esté donde esté, conoceré yo a la gente…
Un poco verdad sí es porque todavía me acuerdo de las malas pintas que llevaba la Menchu en el entierro de Paco, iba en chándal, como para no fijarse. Yo no podía ni hablar del dolor que tenía, pero aun así, entre medias de la pena pensé, esta se nos pone a correr entre las lápidas. Es que por esa época le dio por ponerse en forma, total, para lo que le sirvió. Por eso cuando en la clase de gimnasia empieza la monitora, la chiquita esa, pero sube más la pierna, que puedes, venga, venga, pienso para mis adentros, que la suba tu padre, hermosa.

Nos perdimos, si cuando yo digo que Diego es muy guapo pero más tonto que una col. Y todo por poner el cacharro con esa mujer que habla. Se llama el GPS, dice la Elo. Que se llame como le dé la gana pero nos está llevando mal, ¿no hubiera sido mejor que te miraras un plano antes de salir de casa, Diego? Este no sabe mirar planos, la gente ya no sabe mirar nada, ni lo que tienen a su alrededor. La señora robot dirá que vamos por buen camino y que ya estamos llegando pero mira las cuatro torres dónde las hemos dejado y no hacemos más que dar vueltas a lo tonto lo bailo. Me veo cenando en Zamora.
Pues Zamora está muy bien, la catedral y todo eso. Sí bueno, Elo, pero es que no vamos a Zamora, vamos al Tanatorio norte, que se ha muerto el José Luis y Dios lo tenga en su gloria, pobre, tan joven. Entonces el Diego se empezó a reír, ¿y este de qué se ríe ahora? Será de lo de tan joven, mejor no preguntes.

Llegar, llegamos, qué sitio más feo y más perdido del mundo, todo rodeado de fábricas y de talleres de coches o qué sé yo. Muy feo, no me gustó nada. Por dentro vaya que te vaya, mucha vegetación por las paredes que está ahora de moda pero a mí no me convence porque lo verde tiene que salir del suelo, ese es su sitio y cuando lo ponen a crecer por otro lado es porque no hay más que gris y lo que quieten es que no te des cuenta. Y cristaleras por aquí y por allá. Moderno, sí, la tienda con más surtido de flores que la del de la M-30, ese tampoco me gusta pero por lo menos está más cerca. Y la Elo otra vez, mirándose en las cristaleras, qué pelos llevo, qué malos pelos.

Había gente. Mucha. Loca la tenían que tener ya a la Marga. Se pasa muy mal, no estás para tanta gente, no estás para nadie pero luego si no van también te molesta. A mí me molestó que faltaran algunos que tendrían que haber ido, me dolió,no se me olvida a mí eso, los he hecho un apartamiento. Otros sobraban, esos también me molestaron.

¿Y cómo ha sido, y cómo ha sido?, Pero si estaba bien. Lo que le gusta a la gente darse explicaciones, que se las den, para quedarse tranquilos. Y no, uno está bien hasta que deja de estarlo, hasta que deja de estar. Prepárate para oír tonterías, le dije a la Elo. Lo que no sabía es que la primera la iba a soltar ella. Te acompaño en mi más sentido pésame, le dice la metepatas a la Marga ¿Qué has dicho?, has dicho una cosa muy rara, le has dado el pésame mezclado.

Ay, yo qué sé, me he hecho un lío, a mí estas cosas me ponen muy nerviosa, no me gustan, yo al próximo no vengo a no ser que sea alguien muy cercano,al tuyo, por ejemplo, a ese sí vengo ¿y qué hace el Diego?, no es tan tonto como tú dices, se ha arrimado a la más guapa, no la conozco yo a esa, será amiga de las hijas. Hazle una seña, a ver si nos vamos pronto de aquí que no me he vacunado todavía de la gripe y está esto muy lleno.

Sí, para señas estaba Diego, y a mí ya me estaban doliendo las piernas y la espalda, qué dolor más malo. Al final nos tuvimos que acercar porque de lejos ni nos veía ni nos quería ver. Estaba rodeado de mosconas, es que se parece mucho a ese actor que ahora no me acuerdo del nombre, al más guapo de todos.

No somos nada, no somos nada, iba diciendo la Elo todo el camino de vuelta por no estarse callada, no puede. Pues no seremos nada pero a mí me duele todo, ¿cómo te explicas tú eso?

El vaso marcado

Su casa olía a vapor de eucalipto y también a medicina. A veces olía a comida mezclada con esos otros dos ingredientes. A su familia le gustaba que la casa oliese a comida, en la mía era al contrario. Si por casualidad el olor a guiso se expandía más allá de la cocina, abríamos rápidamente las ventanas para que se esfumara y dejara paso al otro, al de nuestra casa, neutro para nosotros pero no para los demás, todas las casas tenían su propio sello odorífero.

En su casa olía a medicina porque llevaban un tiempo conviviendo con una enfermedad. Algunos vasos estaban marcados con una gruesa raya roja y de ellos no se podía beber, estaban destinados a los enfermos. Dos de sus hermanos y su padre habían estado enfermos pero ya se habían curado. Me daban miedo esos vasos marcados con el color de la sangre y a la vez me atraían, deseaba beber de ellos para faltar a clase. Mi amiga bebía en uno de esos vasos y no iba al colegio desde hacía dos meses. No era posible el contagio solo por hablar con ella o por visitarla pero sí si las salivas se juntaban.

Hacía reposo. Cada tarde íbamos alguna compañera a llevarle los deberes y a explicarle los pormenores del día. Pasaba mucho tiempo tumbada en la cama o recostada en ella, eso era el reposo. Desde su cama podía ver la calle y a la gente que iba y venía. Me parecía envidiable su vida de descanso contemplando la calle, me gustaba ver pasar a los conocidos del barrio sin que se dieran cuenta de que los estaba observando, pero cuando le señalaba a alguno que conocíamos las dos, ella encogía los hombros con indiferencia.

Para que estuviera entretenida le habían regalado un libro de cuentos muy gordo, lo tenía encima de la mesilla, junto al vaso marcado con la raya roja. Una de las historias de ese libro trataba de un niño que no se bañaba porque odiaba frotarse con jabón pero para que no descubrieran su falta de higiene hacía mucha espuma desde fuera de la bañera, sin entrar. Un día una pompa de jabón creció demasiado, lo atrapó y se lo llevó en su interior. Recorrió medio mundo transportado por la burbuja vengativa pero en lugar de disfrutar del viaje y de las vistas, sufría y lloraba porque añoraba su hogar.
En otro libro que yo había leído también había un niño protagonista al que por portarse mal con los animales, un ave migratoria lo enganchaba con el pico y se lo llevaba sobre su lomo, muy lejos. Parecía existir una relación entre el mal comportamiento infantil y los exilios voladores.

A las dos nos fascinaba ese cuento pero por diferentes motivos. A mi amiga le gustaba para desplazarse imaginariamente, miraba con mucho interés las ciudades y paisajes que sobrevolaba el niño atrapado, viajero a la fuerza. A ella el niño le caía mal, decía que era idiota por no saber aprovechar la oportunidad que le estaban dando, no entendía que se trataba de un castigo. A mí me caía bien, comprendía que echara de menos su territorio, que tuviera vértigo y miedo y cuando la pompa jabonosa se pinchaba, justo encima de su casa, me quedaba muy aliviada, como si me estuviera pasando a mí.

Tenía fuertes tentaciones de beber del vaso marcado, de cualquiera de los vasos marcados, pero no me decidía. Cabía la posibilidad de que la enfermedad se desarrollara en mí de manera más dolorosa. Una tarde me decidí a tocar con la punta de los dedos el borde de uno de esos vasos,justo donde me imaginaba que se habían posado los labios. Los apoyé un segundo y los retiré deprisa.

Después estuvimos jugando a las entrevistas, ella era la famosa, viajaba sin parar porque así se lo exigía su profesión, una profesión sin determinar, y se quejaba, para darle credibilidad, de la vida tan ajetreada y nómada que llevaba. Mientras le hacía las preguntas, todas relativas a los sitios que había visitado o pensaba visitar, me dediqué a estudiar mi cuerpo por si la enfermedad se presentaba de repente pero mientras estuve en su cuarto no se presentó. Su madre sí, para avisarme de que me tenía que marchar ya. En el colegio decían que su madre era una mujer muy mística, condición que yo asociaba con la levitación.
La señora mística, caminando normalmente, sin hacer alardes de sus habilidades, me acompañó hasta la puerta y allí me dijo como si fuera una galleta de la suerte hecha mujer: para ser feliz no te busques a ti misma. Lo dijo muy sonriente y de forma natural, como si me hubiera dicho “saluda a tu madre de mi parte”.

Que yo supiera no me buscaba a mí misma porque ya me tenía, así que iba por el buen camino, directa a la felicidad. Por la noche empecé a tiritar, me dieron una aspirina triturada en una cuchara con agua y azúcar. Como al día siguiente seguía teniendo fiebre no fui a clase. Estaba convencida de que me había contagiado por tocar el borde del vaso. Una vida de reposo y relax me esperaba pero ahora ya no estaba tan segura de querer eso.

Desde mi ventana no se veía la calle con gente pasando sino la pared de un patio y cuerdas de tender la ropa. Cerré los ojos, los sonidos cotidianos me llegaban amplificados y molestos. Era extraño que todo siguiera sonando igual pero sin ser yo parte de esos sonidos, sin contribuir a ellos con los míos propios. Temí hallarme en una especie de burbuja como el niño del libro y no poder entrar otra vez a mi sitio habitual, que la burbuja no se pinchara y yo me quedara para siempre frente al patio de tender y escuchando a la fuerza los ruidos diarios, ya ajenos. Solo llevaba una mañana en reposo y ya estaba desesperada por abandonarlo, ¿para qué habría tocado el vaso de la raya? Eso me pasaba por haberme buscado a mí misma, a eso se refería la madre de mi amiga. Nunca sería feliz por haber querido vivir en reposo.

Confesé a mi familia que había tocado el vaso marcado y les avisé para que se fueran preparando porque ahora padecía lo que se llamaba una larga enfermedad y el vaso en el que yo bebiera tendría que estar señalado con algo. Las cosas se habían vuelto muy místicas porque se despegaban del suelo.  Escuché las palabras tonterías, anginas y fiebre. Si te operaban de anginas te daban polos para comer. Quería un polo y que la cama se colocara firme sobre el suelo.

Paisaje

Libélulas grandes como pájaros iban y venían por el sendero, muy atareadas, con las ideas claras, decididas a ser libélulas con toda intensidad.
Pájaros pequeños como libélulas habían anidado en el largo tronco de un árbol muerto.
Asomaban la cabeza, daban tres saltitos y se escondían otra vez, inseguros de su condición.
La hiedra lo invadía todo y subía por los terraplenes, cubriéndolos.
Una mujer paseaba a un bebé, le iba explicando qué era un árbol, qué era el cielo, qué era un pájaro.
Volvía también ella a sus primeras veces, recuperaba la novedad, el asombro del mundo nombrando sus partes.
Escondido por debajo de las rocas circulaba el río, en paralelo al camino largo de tierra y polvo,al camino seco.
Arriba la ciudad.
En la tienda de recuerdos, los orientales hacían fotos a gatitos de peluche acostados sobre una manta, se enternecían y reían. Probaban los abanicos con gran contento.
Dos mujeres con carros de la compra se habían sentado a descansar en los escalones de un monumento muy visitado. Un guía explicaba sus piedras, sus antiguas utilidades.
Las dos mujeres hablaban de comidas y dolores, indiferentes a los turistas, al guía y al monumento. Les servía para sentarse, tenían confianza con él, era su lugar de reposo cotidiano. Vivían las piedras en presente, al revés que los visitantes, en busca del pasado. Asombrados abrían las bocas, miraban hacia arriba, lo fotografiaban. Las gárgolas miraban hacia abajo, las fauces también abiertas, amenazadoras.
Tres águilas planeaban sobre el sendero, sobre la ciudad con todas sus piedras y seres,tranquilas y lentas, mecidas por el viento, por encima, muy por encima de todo aquello.