Autor: evavill

Me llamo Eva y me he puesto de empleada doméstica porque no me ha quedado más remedio. Tengo un blog donde cuento mis peripecias. Busca Aventuras de una chacha y me encontrarás.

Nuevo futuro

En la academia de recuperación Nuevo Futuro, donde aprobarás seguro, según el rótulo de la entrada, había conocido a una que le gustaba bastante. Mucho, en realidad.

Al principio no le había llamado demasiado la atención. Lo normal en estos casos, era una tía, no estaba mal, por lo menos no era un orco como las otras dos que se sentaban al fondo, así que por descarte. En el descanso entre clase y clase salían un rato a la calle y hablaban.  El primer día, como no sabía qué decir y estaban delante del cartel de la academia, él le había dicho que eso de Nuevo Futuro estaba mal puesto porque si era futuro ya era nuevo, si fuera viejo sería pasado, o sea, no futuro, entonces conque le hubieran puesto de nombre academia Futuro, suficiente.

Ella, que se llamaba Viridiana, (eso sí que era un palo), empezó a reírse muchísimo, cosa que le extrañó un poco porque tampoco era tan gracioso lo que había dicho, una observación nada más. En esa primera risa le gustó ya un poco Viridiana, pero no tanto como para seguir pensando en ella después, solo le gustaba cuando la veía y luego se le olvidaba porque tenía otras cuestiones en su cabeza.

Por ejemplo, aguantar los delirios de su madre con quién vivía entre semana y amoldarse al nuevo piso y a la nueva calle, llena de talleres de coches y olorosa a aceite de motor, a gasolina y a llanta. Su madre se había empeñado en que tenía que conocer, a no mucho tardar, al hombre de sus sueños, ya que su padre había resultado no serlo, aunque ella, en su inocencia, eso decía, había pensado que sí. Después,  había ido viendo que no y como todavía era joven y antes de que se le evaporaran definitivamente los encantos (él no veía nada evaporable en su madre) estaba dispuesta a luchar por ese sueño romántico suyo y su hijo no se lo iba a impedir. Porque, ¿ dónde se ha visto que un hijo mande sobre su madre?, ¿vivimos en el mundo al revés? Gilipolleces como esa solía decir.

Estaba loca. Para empezar esa idea de que se iba a oponer a sus deseos no sabía de dónde se la había sacado, si pasaba de ella. Le gustaba crear dramatismos y escenas en las que tuviera que defenderse de la oposición de alguien. Escenas absurdas porque, que él supiera, el hombre ese permanecía en sus sueños, o sea, que no existía todavía y mucho dudaba que fuera a existir alguna vez.

 Nunca se sabe, le había dicho Viridiana, después de reírse mucho con la historia y más aún cuando él le contó que la peluquería a la que iba su madre antes de salir los viernes se llamaba Liso and Rizado y eso era muy desconcertante, nadie podía salir de esa peluquería con las ideas claras.

Pero después de dos meses de acudir cada semana a la academia de recuperación ya pensaba un poco y hasta bastante en Viridiana cuando no la tenía delante y mucho menos en el amor de la vida de su madre, que seguía sin aparecer. Tampoco su madre parecía ya tan empeñada en encontrarlo y se había cambiado de peluquería, ahora iba a otra más pequeña y barata que se llamaba Fini. A la calle se había casi acostumbrado. En el suelo, sobre el asfalto manchado de gasolina, se formaban círculos con los colores del arco iris y él les hacía fotos con el móvil. Lo malo es que fue también por esos días cuando empezó a darse cuenta de que no es que él le pareciera muy gracioso a Viridiana, sino que ella se reía por todo, esa era su forma de relacionarse.

Esa tarde él había dicho, estas zapas me rozan en el talón, me parece que me las he comprado pequeñas, un simple comentario, pero ella también se había reído.

Eso no estaba bien, era un claro defecto, le faltaba criterio, pero ya era demasiado tarde porque ahora le gustaba muchísimo pese a que soltara la risa cuando convenía y también cuando no. Procuraba que no se le notara porque eso lo dejaba en inferioridad , pero mucho se temía que ella ya se había pispado de su sentimiento.

A mí es que el amor y todo eso…acababa de decir mientras se arropaba en su abrigo, un abrigo que de primeras pensó que era de abuela, pero que ahora le parecía de estilosísima y ultra moderna. El amor y tal no me interesa en estos momentos

¿Y quién había hablado de amor? Otra como su madre, que hacía suposiciones. Bastante acertadas esta vez, muy a su pesar.

A mí tampoco, mintió él, para nada me interesa. Del amor paso total. Ahora mismo, me refiero, no te digo que en un futuro…

En un nuevo futuro, dijo Viridiana.

Donde aprobarás seguro, contestó él, seguro de recibir sus carcajadas, como así fue.

Las dos orcos del fondo, que habían cruzado a la panadería de enfrente y salían mascando sendos bollos gigantes, los miraron con desprecio.

Hijas de los ojos verdes

Las cuatro hijas de los señores Carracedo tenían los ojos verdes. La mayor un poco abesugados, la segunda achinados, la tercera almendrados y la cuarta redondos y juntos. Pero a esa cuarta le viraban al gris, escapando así, al menos por momentos, al designio familiar.

Sucedió que un día del mes de febrero, todo él empaquetado en niebla, los señores Carracedo encontraron una nota pegada en la puerta del frigorífico, junto al imán de la góndola, recuerdo de su viaje a Venecia. En esa nota decía, “me voy, que ya soy mallorcita”. Será burra, dijo el padre, ¿has visto qué falta de ortografía? ¡Que se ha ido!, exclamó la madre entre incrédula y espantada, asomándose a la ventana, ¡que se ha ido!, repitió mirando al jardín con sus árboles difuminados. Un gato de la calle se había refugiado en la copa del almendro, que ya empezaba a florecer. Ya volverá, dijo el padre.

Por la tarde salió el sol, pero la hija tercera, verdes ojos almendrados, no volvió. Ni esa tarde ni ninguna otra.

La madre se vistió de negro y dejó de teñirse el pelo, asida a un carro de la compra destartalado recorría calles, mercados y supermercados, ciega a todo. Ella, que siempre había detestado la manipulación de ollas, cazos y pucheros, se convirtió en una cocinera compulsiva. El padre, de natural bromista y dicharachero, se volvió silencioso, inexpresivo. El cuarto de la hija huida se dejó tal cual, cerrado con una llave hecha a medida. Solo la madre entraba a limpiarlo una vez a la semana.

Las hermanas primera y segunda encontraron un trabajo de dependientas en una tienda elegante de ropa de hogar. La tienda estaba situada en su misma calle, haciendo esquina con la avenida grande. “No nos tenemos que desplazar”, le contaban a todo el mundo como si eso fuera una grandísima ventaja. Cuando se casaron tampoco se tuvieron que desplazar porque alquilaron dos pisos, uno encima y otro debajo de la casa familiar. Los hijos que tuvieron, tres cada una, aliviaron el dolor del padre. A una de las niñas le habían puesto de segundo nombre el de la hermana fugada, pero todos la llamaban por el primero, como si ese nombre segundo estuviera también cerrado con llave.

La hermana pequeña se matriculó en matemáticas y pasaba las tardes estudiando en la biblioteca, los ojos, ya definitivamente grises y miopes, solo escapaban al verde en alguna rara ocasión.

Una mañana helada y neblinosa del mes de febrero que parecía la réplica de aquella de la nota mal escrita, la madre murió sin medio aspaviento. Otra vez un gato callejero se había refugiado en la copa del almendro que ya empezaba a florecer.

Por la tarde salió el sol y quien quiso paseó.

Era un bosque

Hemos ido en un autobús, no me he podido sentar con Nidia y me he enfadado, luego se me ha pasado. Nos hemos parado en un sitio donde había un hombre barriendo hojas con una escoba, hacía un montón y lo dejaba limpio, le caían hojas nuevas, se le ensuciaba el trozo, volvía a barrerlas. Cristóbal ha dicho, jaaaaaaaaaa, jaaaaaaaa, señalándolo con un dedo. El autobús ha seguido y el hombre se ha hecho pequeño, un punto y ya. Había un río con piedras y espuma.

El castañar se llama así porque tiene castañas que se caen de los árboles. No se pueden coger. Las setas tampoco. Las castañas tienen pelos por encima. Había muchos de esos pelos tirados por el suelo, Martín los iba apartando con un palo, todo el camino con el palo hasta que se lo ha quitado el profe Rubén porque le ha dado en una pierna, pero eso ha sido al final.

Era oscuro, era un bosque.

Es porque los árboles tapan la luz y porque no había luz, había nubes. Los árboles se pelean por la luz, es una de sus comidas, y por eso se estiran tanto, porque la luz está arriba y quieren ser los primeros en tenerla, también comen por abajo, de dentro del suelo. Lo que encuentran. Pero otros días sí hay luz, nos lo ha dicho la monitora, Olivia. Somos un grupo muy bueno, nos lo ha dicho, pero gritamos. Es lo malo. Para oír a los pájaros y ver a los animales hay que estar callados o no salen.

En la entrada había un cartel con todos los pájaros que viven ahí, pintados, y con todos los animales pintados y sus nombres. No hemos visto ninguno, no han salido. Solo que Abel a cada rato decía, “¡una vaca, un jabalí, un buitre!” y luego se reía. No tiene gracia. Ninguno nos lo hemos creído, solo la primera vez, la de la vaca, luego ya no.

Hemos ido a ver el árbol más viejo de todos, se llama el abuelo, en verdad está muerto y no se puede tocar, se rompe. Era muy grande solo que tenía dos agujeros, le faltaba lo de dentro y lo de arriba. Rubén nos ha hecho una foto delante del abuelo muerto para colgarla en el aula virtual. Un hombre muy viejo con dos bastones se ha acercado a hablarnos, decía que ese árbol y él habían nacido el mismo día y que qué nos parecía. Otro hombre que iba con él ha dicho que el árbol tenía quinientos años o hasta más.

Algunas veces había que subir y otras que bajar, prefiero bajar, cuando tocaba bajar corríamos. Y Olivia: sin correr, sin correr. Las primeras veces, luego ya no. Domi llevaba la gorra puesta del revés, Omar iba el último y se sentaba en todas las piedras. Está gordo.

Las hojas que había por el suelo no sirven, los árboles las tiran, había muchas, mezcladas con los pelos de las castañas. Castañas no hemos visto en el castañar. Unas mujeres que iban juntas nos tenían miedo, ¡que vienen los niños!, ya están aquí otra vez, vamos por el otro lado, ¡los niños, los niños! Olivia nos ha vuelto a decir que éramos buenos pero shhhh, shhhhh, sin gritar, sin gritar.

 A la vuelta sí me he sentado con Nidia en el autobús, solo que se ha quedado dormida, el pelo le olía a frío.

Hemos vuelto a pasar por el río y por delante del señor que barría hojas, seguía haciendo lo mismo, el montón estaba más alto. Ha parado y nos ha dicho adiós con la mano. Dos hojas se le han puesto en la cabeza.

Jaaaaaa, jaaaaaa, ha dicho Cristóbal.

El sofá gris

La tarde prometía ser tranquila, se había comprado una bolsita de polvorones y los guardó en el cajón de su mesa. Para luego, cuando esté más aburrida, pensó tocando el papel fino y rugoso a la vez. Encendió la pantalla que tenía detrás de la silla y trató de colocarse en una buena postura. Muchas tardes, sobre todo al final de la jornada,  le dolía la parte alta de la espalda y eso era, se lo había dicho el fisio, porque se iba derrumbando y no se mantenía erguida. También le había recomendado que se hiciera batidos verdes, pero decidió no hacer caso a esa parte del consejo. Tú eres fisio y no nutricionista, le dijo mentalmente.

Los músculos de su cuello y sus trapecios se tensaron de inmediato cuando vio entrar a aquella pareja, ella en especial caminaba hacia su mesa con una decisión que presagiaba tormenta. Imaginó quién podía ser, la que había llamado por la mañana para quejarse de un envío. Se frotó el cuello tratando de disolver el agarrotamiento y se enderezó en la silla al tiempo que sonreía.

En la pantalla situada tras su mesa, que ella no podía ver, se sucedían interiores de encantadoras casas decoradas con los muebles de la tienda. En todas ellas había mantas sobre los sofás y sobre las camas, descolocadas como si alguien las acabara de usar, pero colocadas al mismo tiempo, en un estético desorden. Todos los colores eran suaves y combinaban a la perfección y, aunque no se veía a nadie, sí había huellas de habitantes. Bonitos zapatos en alguna esquina o junto a una silla, nuevos y limpios, sin trazas de haber pisado suelo alguno. Las tazas humeaban, preparadas para que los invisibles bebieran té o café de inmediato, después de haber dejado la manta descolocada con tanta gracia.

En las imágenes, que se iban moviendo con lentitud, también aparecían rozagantes plantas cuyas hojas se balanceaban. La brisa que las movía procedía sin duda de alguna de las ventanas abiertas. No era una corriente de las que cierra las puertas de golpe ni un aire sofocante de verano, era una brisa liviana que inflaba las inmaculadas cortinas. A través de esas ventanas se insinuaban ramas de árboles o anchas avenidas flanqueadas por bellos edificios, con los viandantes justos.

La mujer, a la que calculó una edad cercana a la suya, se sentó en la silla para los clientes y sin prestar atención a la pantalla, sacó de su bolso una muestra de tela y se la mostró.

 Este es el color que le pedimos, gris claro, ¿lo ve?, ¿no habíamos quedado en eso? El sofá que nos han traído tiene un color completamente distinto, es verde.

Al decir verde arrugó la nariz, como si el verde tuviera olor y no de los agradables.

Y por si fuera poco tampoco es del tamaño acordado, ha quedado empotrado entre dos paredes, es mucho más grande de lo convenido, ya le especificamos las dimensiones de la sala. Nos cuesta movernos, ¿entiende?

Sacó su móvil y le mostró la imagen del mostrenco sofá verde que ahora ocupaba su salón.

¿Qué le parece, es gris? No, ¿verdad?, ¿tiene las medidas que elegimos? Tampoco.

Ya le comenté cuando hablamos por teléfono esta mañana que nos hemos equivocado, mil perdones, el error será subsanado a la mayor brevedad posible. En cuanto pueda, me pongo en contacto con fábrica para resolver el problema.

A la mayor brevedad posible, en cuanto pueda, vaguedades, típica respuesta de comercial.  La mujer se volvió hacia su pareja, sentado en la silla de al lado, buscando su apoyo. El hombre dijo que sí con la cabeza, pero permaneció silencioso.

Precíseme por favor de qué plazos estamos hablando, insistió ella.

Es que no depende de nosotros, se lo aseguro, aquí en la tienda no podemos hacer nada excepto ponerlo en conocimiento del fabricante e intentar acortar los plazos de entrega, pero como ya le dije, antes de un mes no va a poder ser. Volvió a tocarse el cuello con disimulo.

¿Y tenemos que quedarnos un mes con ese sofá horripilante?, ¿es eso lo que me está diciendo? Nos tienen que dar una solución intermedia hasta que llegue el nuestro.

En la pantalla, palabras con breves consejos de decoración atravesaban las idílicas imágenes interiores, “un hogar con plantas es natural, concienciado y eco. Coloca verde en tu casa y anímate a cultivar tus propias legumbres y verduras”.

Veré lo que puedo hacer, dijo la vendedora, pero ya le avanzo, Norma, que no depende de nosotros. Llamar a los clientes por su nombre solía suavizar las asperezas. Solía.

Ah, mira tú por dónde. A la hora de cobrar sí depende de la tienda, pero cuando se trata de arreglar lo que está mal le pasan el muerto al comprador.  Ignacio, que depende de nosotros, ¿cómo lo ves?

De nuevo se giró hacia su pareja que, encogido dentro de su abrigo, leía o fingía que leía los consejos decorativos, “si quieres envolver tu hogar en una atmósfera elegante y relajante, dispón alguna pieza que le dé carácter, sin sobrecargar”.

De aquí no me pienso mover hasta que no me resuelvan el problema, no quiero en mi casa ese armatoste y, como comprenderá, no vamos a estar un mes o más tirados por el suelo. Estoy en mi derecho porque he pagado. Si nos tenemos que quedar aquí toda la tarde, a mí me da igual, nos sentamos en el sofá de muestra que, por cierto, es gris, como el que encargamos, y trabajamos desde aquí. Me he traído el portátil, no hay problema.

Por favor, señora, como ya le he dicho me he puesto en contacto con la fábrica.

Pero Norma ya estaba sentada en el sofá de la tienda. Sal si quieres a comprar algo de merienda, le dijo a su pareja que se había levantado y deambulaba por entre los muebles como si no encontrara las gafas o las llaves. En ese momento estaba tocando con desencanto las hojas de una planta de plástico imitación Costilla de Adán.

Señora, por favor, aquí no se pueden quedar y mucho menos comer. Tenemos hojas de reclamaciones a su disposición, pero yo le aconsejaría que tuviera un poco de paciencia porque se lo vamos a solucionar.  

Ignacio abrió la puerta, pero no salió, solo asomó la cabeza.

Se va a liar un buen atasco, dijo girándose hacia Norma, mejor nos vamos, dentro de un rato será peor.

El ruido del tráfico entró en la tienda. 

Le advierto que mañana vuelvo y pasado si es necesario. De mí no se ríe nadie. De momento voy a hablar de ustedes en las redes sociales.

Cuando se fueron, la vendedora abrió la bolsita de los polvorones y pellizcó uno, se metió un trozo en la boca. Le dolía hasta la mandíbula. Paseó ella también entre los muebles comiéndose el polvorón, unas migas blanquecinas cayeron sobre el brazo del sofá gris, las sacudió con la mano y las pisó con el zapato.

¿Se puede ser moderno y atemporal?, preguntaban a nadie las letras de la pantalla.

Antón, no le des más vueltas

Nada sabe Antón de los rotíferos y eso que son vecinos suyos, como quién dice. Se morirá, a no ser que una casualidad lo arregle, sin ni siquiera imaginar su existencia, sin saber que son, al igual que él, seres con tendencia a la soledad, de vida libre.

Con total ignorancia rotífera ha pasado este hombre sus cuarenta y ocho años de estancia en la tierra, desconociéndolo todo de esos seres mínimos, transparentes y activos. Al paso que va, nunca llegará a ver sus graciosos cuerpos cilíndricos con un pie bifurcado y una cabeza dotada de cilios capaces de moverse como molinillos, creando así fuertes corrientes de agua con las que atraer sus alimentos.

Ni idea tendrá jamás de sus diferencias sexuales. El macho, cuando existe, pues la rotífera se las apaña para reproducirse por sí misma en bastantes ocasiones, es hasta diez veces menor que la hembra.  Pequeño pero habilidoso, puede copular por impregnación hipodérmica. Este sistema tal vez hubiera gustado a Antón de haberlo conocido y podido aplicar, lo que no es el caso.

Ignorante del todo del mástax o aparato masticador que albergan estos animales en su laringe, de su cerebro y retrocerebro, de sus óculos y antenas ha transcurrido su vida con las habituales penas y alegrías, placeres y dolores, ilusiones y desengaños. Lo digo: Antón ha vivido de espaldas a estos seres cosmopolitas y dulceacuícolas, numerosísimos habitantes de la tierra húmeda, los musgos, los líquenes, los hongos y los charcos.

Ni idea tiene de su resiliencia. Son capaces de soportar largos periodos de sequedad en los que se asemejan a granos de arena y más de uno de ellos ha logrado engañar al tiempo tras esperar congelado decenas de miles de años a que llegara su momento de volver a la vida. Y, una vez aquí otra vez, ya que estamos y por qué no,  reproducirse.

Tampoco los rotíferos llegarán nunca a conocer a Antón Ramos Peñuelas, un hombre de tantos que acostumbra a bañarse en el río cuando llega el verano, si bien prefiere con mucho el mar, pero lo tiene lejos y no siempre le es posible desplazarse. Entre ellos ha chapoteado, flotado y nadado a lentas brazadas haciéndose preguntas sin respuesta como ¿qué hago yo en este mundo, ¿qué hacemos todos? Sus ignorados rotíferos lo tienen claro, son parte esencial de la cadena trófica, limpian el agua de detritus y materia orgánica, alimentan a los peces, que a su vez alimentan a las aves acuáticas que a su vez… Y, que se sepa, no se hacen preguntas incómodas.

Antón, no le des más vueltas, puede que le dijeran girando burlonamente sus cilios si es que en algún momento llegaran a conocerse, microscopio mediante.

Roja botita perdida (un poema de Vasko Popa)

Mi tatarabuela Sultana Urosevic

navegaba por el cielo en una tina de madera

y cazaba nubes lluviosas.

Con el lobuno y demás ungüentos

hacía otros muchos milagros

pequeños y grandes.

Después de su muerte

seguía entrometiéndose en los

asuntos de los vivos.

La desenterraron

para enseñarle a comportarse

y enterrarla mejor.

Yacía con las mejillas sonrosadas

en su caja de roble.

Solo en un pie llevaba

una botita roja

con huellas de lodo frescas.

La otra botita perdida

la buscaré hasta el final de mi vida.

La maleta

En cuanto entró al vagón, detectó el elemento disonante: una maleta colocada en un lugar no apto para tal objeto ¿Para qué estarán los guardaequipajes?, ¿de adorno? Ahora su hija y ella no se podían sentar juntas.

Luz, dijo dirigiéndose a su hija y de forma indirecta a la incívica dueña del objeto fuera de lugar, tienes un sitio aquí, te tiene que quitar eso. Y con la barbilla señaló la maleta.

La chica calculó con rapidez el esfuerzo que le supondría llegar hasta ese asiento y, como le pareció excesivo, se sentó en el de enfrente o más bien se derrumbó. Bostezó y cerró los ojos.

Obdulia ocupó disgustada el que quedaba libre al lado de la incívica, le lanzó una mirada de desaprobación para incomodarla, pero la otra tenía la cabeza vuelta hacia la ventanilla.

Como si hubiera algo interesante fuera: un campo reseco, un conejo en una mata, una triste colada colgando del balcón de una casa, un árbol virando a amarillo…lo de siempre, vamos.  Esa no estaba mirando el paisaje, estaba disimulando.

Entrechocó un bastón de madera contra el otro, llevaba dos, para ejercitar ambos brazos al tiempo que caminaba, le gustó el sonido y siguió entrechocándolos, tratando de seguir un ritmo. Notó un ligero movimiento en el cuerpo de la incívica que delataba incomodidad

¡Ja!, de manera que le estaba molestando el ruido de los bastones, a buena parte iba, si ella no quitaba la maleta y la colocaba donde era debido, arriba, en el departamento específico para equipaje, ella iba a seguir tocando el tambor.

Le pareció graciosa su propia ocurrencia de  “ seguir tocando el tambor” y emitió una risita maliciosa. Después tosió, pero eso no fue para molestar, se le secaba la garganta.

¿Qué estación es esta?, le preguntó a Luz. Su hija abrió los ojos, miró con cara de sueño a su alrededor y antes de que se ubicara, la incívica, a la que por cierto ella no se había dirigido, respondió: Tablada.

Ah, claro, Tablada, dijo Obdulia como si siempre lo hubiera sabido y hubiera preguntado por pasar el rato. Miró a la otra al bies tratando de calcular su edad. Olía a perfume, un perfume dulce que empalagaba un poco.

 Le estaba entrando calor, se había abrigado mucho y ahora le sobraba la chaqueta, quitarse la chaqueta en tan exiguo espacio y con los dos bastones en las manos no era tarea fácil. Se desprendió con dificultad de una manga sujetando los bastones entre las piernas, la otra estaba atascada, le dio dos sacudidas, iba a llamar a Luz, pero la mano de la incívica llegó antes, ¿le ayudo?, preguntó muy amable bajándole la manga y soltando la tela que estaba atrapada.

No le quedó más remedio que soltar un desvaído gracias. No era tan maleducada como había pensado, incluso resultaba amable, pero no se iba a ablandar, lo de la maleta no estaba bien, iba ocupando un asiento y los asientos son para las personas no para el equipaje, las cosas se hacen como es debido, ¿o es que las maletas tienen piernas?

Un grupo de chicas adolescentes se subió en tromba, hablaban entre risas, sus voces parecían gorjeos, alegres trinos, voces de primavera. Se acordó de ella misma a esa edad, cuando todo le daba risa y no existían los problemas, o tal vez sí existían, pero eran fáciles de olvidar. Sonrió un poco y parte de su amargura se suavizó. Pero fue solo un momento porque la maleta, impulsada por un giro del tren y como si sí tuviera piernas o más bien patas, acababa de desplazarse y chocó con violencia animal contra su pie izquierdo.

Oiga, por favor, ¿a usted le parece normal que…?

¡Qué bonito!, dijo en ese momento la idiota de Luz señalándole una hiedra roja que trepaba por una valla de piedra.

Sí, precioso, luego se cae y se queda todo pelado. Brotar, caerse, volver a brotar, ¿en qué momento había dejado de interesarle todo aquello? Se frotó un pie contra el otro.

Miró a Luz que de nuevo había cerrado los ojos, llevaba esa camisa de cuadros azules, como de leñador canadiense, que no le favorecía nada. Tampoco ese nuevo corte de pelo a la altura del mentón, parecía una menina. No sabe arreglarse, le falta estilo. En fin, eso no era lo más importante en esta vida, ¿qué era lo más importante? Portarse bien, no hacer mal a nadie, ¿y ya estaba?, ¿te daban después un premio? No te daban nada, ni las gracias. Claro que las cosas no se hacían por eso, se hacían, ¿por qué se hacían?

Perdone, ¿me permite?, la incívica avanzaba ya hacia las puertas con su agresivo trasto rodante, me voy a bajar.

Sí, anda, sí, bájate ya, pensó apartando con miedo las piernas.

Luz ocupó el asiento antes taponado por la maleta, el breve sueño la había despejado

¡Mira, ciervos!, mira ese, mira ese, ¿los has visto?

Los había visto pero la verdad es que no le interesaban, eran animales de cuatro patas, como si viera perros o vacas, algunos tenían una vistosa cornamenta pero ¿y qué? Unas astas, vaya cosa.

Huy, sí, cuántos y qué bonitos, dijo por seguirle la corriente esa vez.

Una escapada

Le molestaba una muela y así se lo hizo saber a sus dos acompañantes.

Tengo una muela por aquí que no sé yo…dijo señalando vagamente un lugar en el interior de su boca.

Camelia y Alvarito el gordo la miraron y siguieron a lo suyo. Lo suyo no era nada del otro mundo, se limitaban a enumerar los lugares a los que habían ido en sus días de descanso, lo que habían visitado, los actos culturales a los que habían asistido, los espectáculos de los que habían gozado. Todo ello quedaba rematado con un “es muy chulo o fue muy chulo” o con un “estará chulísimo” si es que hablaban, no ya de lo que habían hecho, sino de lo que pensaban hacer.

Asun tenía menos tiempo libre, menos inquietudes culturales o turísticas, menos dinero, menos entusiasmo y un leve dolor sospechoso en una muela. Se la tocó con la lengua. Tengo que ir al dentista sí o sí. Esa iba a ser su siguiente y poco apetecible escapada. Escapada era la palabra que utilizaban ellos para denominar todas esas actividades.

Esta vez ni siquiera la miraron porque el tren llevaba un rato parado en una de las estaciones del final y Camelia había aprovechado para hacer una foto de las cuatro torres. Su móvil era el nexo de unión entre ella y Alvarito el gordo, de él sacaban la mayoría de sus conversaciones.

Alvarito el gordo era muy flaco, su apodo era una gracia de los compañeros de trabajo. Asun era gorda de verdad, no obesa, pero sí con el relleno carnal suficiente como para que ese apodo resultara ofensivo si se le aplicaba y no gracioso.

Una vez hecha la foto, los dos se pusieron a contemplarla en la pantalla con las cabezas juntas. La melena de Camelia tenía un color parecido a la luz del atardecer que en ese instante llenaba el cielo, como si en su cabeza pronto se fuera a hacer de noche. Solo que no, era una cabellera en ocaso permanente. Ella llamaba a su pelo, “mi melena Pantene”.

Asun no podía presumir de melena, llevaba el pelo, castaño y más bien tieso, recogido en una corta coleta. Sin saber por qué, se soltó la goma y lo dejó libre sobre sus hombros, pero al momento, arrepentida,  se lo volvió a atar. Al agachar la cabeza para ajustarse la goma, vio los calcetines de camelia, eran rosas, a juego con las zapatillas deportivas y llevaban estampadas unas alegres ovejitas que saltaban sobre nubes.

No se podía decir que Camelia hubiera estado hablando todo el trayecto, no. Si se pudieran contar las palabras al igual que se cuentan los pasos con una de esas pulseras, Camelia no la habría ganado en emitir sonidos articulados. Así que no era eso, habían hablado más o menos por igual. Tampoco se podía decir que Camelia le hubiera ido dando empujones hasta acorralarla en un rincón, eso tampoco era verdad, la realidad es que cada uno había ocupado su asiento. Ella en una esquina, Camelia en el centro y Alvarito el gordo en la otra esquina.

Ni Camelia había acaparado la conversación, al menos en cuanto a número de vocablos, ni había ocupado más espacio del debido, pero la sensación que Asun tenía era la de haber sido aniquilada por las palabras y gestos de la otra, por su impulso vital. Sentía que ha sido empujada a un rincón donde uno dejaba de existir. Pero ese dolor en la muela era una clara señal de que seguía ahí, viva.

Como también era señal de que no había desaparecido del mundo, el deseo que tenía de pisotear a todas esas ovejitas que saltaban dulcemente sobre las extremidades inferiores de Camelia.

Pisotear, dijo en voz alta, sin querer.

¿Cómo?, preguntaron extrañados los otros dos, abandonando por un momento la búsqueda de lugares muy chulos donde hacer sus siguientes escapadas.

Nada, nada, no me salía una palabra que estaba buscando, se rió ella a modo de disculpa.

¡Un mercado medieval!, exclamó Camelia mostrándole a Alvarito el gordo la nueva información de su teléfono.

Son chulísimos, estuve en uno en Vitigudino, había cetrería, vimos el vuelo de las rapaces. Impresionante, de verdad.

Qué chulo, me encantaría, dijo Camelia apartándose con un seductor movimiento de cabeza la melena puesta de sol donde jamás se hacía de noche.

Solo faltaban cinco minutos para que el tren entrara en Chamartín. Asun los aprovechó para espachurrar en su imaginación unas cuantas ovejitas. Viciaba. Le recordaba a esos plásticos con burbujas que se explotan con los dedos.

Se subieron en las escaleras mecánicas, ellos un peldaño por delante, ella detrás como una ignorada dama de honor.

La noche es una mujer (un poema de Adriana López)

Con un huipil negro,

enagua y faja oscura

baja sigilosa de las montañas

arrastrando

su rebozo de neblina.

Al compás de sus pasos

despierta a la luna,

cirios de luciérnagas

iluminan su camino.

Incansables grillos,

búhos y sapos

acompañan a la noche

que guarda entre sus muslos

una orquídea negra

cubierta de musgo.

Una leve brisa

Lo bueno de la consulta de la doctora Durán es que por las mañanas es muy tranquila, hasta te aburres. Ella no viene, pero nosotras sí tenemos que estar, a poner orden en las citas, en los volantes, a llevar lo que es el papeleo administrativo. Ni me gusta ni me deja de gustar pero es un trabajo y quiero hacerlo bien, conservarlo. Por las mañanas he podido dedicar algún rato a la observación, una vez que Fátima me ha ido enseñando los mecanismos. Ella dice protocolos.  

De esa observación he deducido que a la doctora Durán le debe de gustar mucho la naturaleza, las flores y los pájaros y el medio ambiente en general, lo digo porque todo está decorado con esos motivos. Los sofás de la sala de espera, por ejemplo, son de una tela con pájaros estampados, cada uno de una forma y de un color, representando la variedad de la fauna avícola,  no vuelan, están posados, quietecitos ahí, cada uno en su puesto.

En la pared de enfrente cuelga la fotografía de una flor de almendro en blanco y negro. Tres, para ser exacta, es la misma flor pero desde tres puntos de vista, desde arriba, desde el frente y desde abajo, como si hubiera cometido un delito y estuviera fichada.  Por el resto de paredes  hay cuadritos de más flores, estas son pintadas, muy coloridas, parecen dibujadas por un niño. Y sobre una ventana, falsa, porque detrás de la cortina no hay nada, solo el mismo muro,  una hilera de macetas con plantas verdes que de lejos parecen naturales pero si te acercas a tocarlas, lo cual he hecho, ves que no. Además la consulta no tiene luz natural,  es un bajo y da a un patio interior,  ninguna planta verdadera prosperaría.

Hay más detalles de la naturaleza, ramas secas en un jarrón muy estilizado, un centro de mesa en forma de cáliz floral, lámparas que imitan hojas, cualquiera diría que estamos en el bosque animado. Eso era un libro, ¿no? Lo leí pero no me acuerdo.

Lo que no me parece que venga muy a cuento es la pantalla de televisión de la esquina, que siempre está encendida en un programa de música. En los bosques no hay pantallas, de momento, que todo se andará. Además es inútil, si nadie la mira, la gente se enfoca para abajo, para sus teléfonos y ahí se quedan, anclados y bien anclados.

Pero si la otra tarde vino un señor que no sacó su móvil y me resultó sospechoso. Pensé, este tío raro, ¿qué hace? El hombre miraba primero nada y después la pantalla sin apartar la vista ni un milímetro ¡ Acabáramos!,  es que salía una mujer contoneándose mucho, pechos por un lado, nalgas por el otro, vuelta por aquí, vuelta por allá, pero luego hacía gestos amenazantes como si dijera, esto es lo que tengo pero aquí mando yo y te lo daré si quiero y no voy a querer. El hombre no se la perdía de vista, de media vista porque era tuerto, hay cada situación…

Tenemos ratos muy aburridos, como si el tiempo se hubiera quedado detenido, harto de su pasar y pasar, pero otros, para compensar, se nos acumulan los pacientes, se le acumulan a la doctora Durán, nosotras solo los organizamos.  Empiezan a entrar uno detrás del otro y el teléfono se pone a sonar con más gente que quiere cita y hay que tener mucho temple para llevarlo todo a la vez sin ponerse nerviosa.

Yo quiero hacerlo bien, tengo interés en este trabajo así que digo, “gabinete de oftalmología de la doctora Durán, ¿en qué puedo ayudarle?” y si el que está delante del mostrador me mira mal, con cara de “venga, atiéndeme ya que estaba yo antes que el de la llamada”, me lo tomo con calma, sin perder la compostura.

Me gusta darle un poco de entonación a eso del gabinete de oftalmología, un poco de ritmo. Fátima me dice que no pierda el tiempo en esas tonterías con la que está cayendo, le gusta mucho decir eso de “con la que está cayendo”

¿Y qué es lo que está cayendo?, le pregunté yo la otra tarde, más por hacerme la graciosa que porque esperase respuesta.

Pues gente, ¿no ves cómo tenemos la consulta? Voy a avisar a la doctora Durán. Y la oigo que se asoma a la puerta y le dice, “doctora, se lo advierto, tiene la consulta hasta los topes” También son ganas de poner nerviosa a la otra, no se anda con tonterías Fátima, por momentos  parece que ella es la jefa y la doctora Durán una doña nadie a su cargo que solo piensa en flores, ramas y trinos y en salir corriendo  de la consulta en cuanto se lo permitan los muchos pares de ojos.

Fátima sabe mandar, si ve que el atasco sobrepasa la puerta de entrada, me pega un medio empujón y me dice, simpática pero dominante, “esto déjamelo a mí”, con esto se suele referir a los que no se aclaran, son lentos y provocan retenciones.

A ver, prenda, dice Fátima, nombre, dni, volante y tarjeta. En un momento se los liquida, en el buen sentido de la palabra liquidar, pero a mí me parece que no son formas, que por mucho lío que tengamos no hay que perder los papeles ni los buenos modales, ni dejar de contestar con cierta elegancia al teléfono, por muy cansando que resulte repetir siempre lo mismo y que corto no es, porque lo de oftalmológico tiene sus letras.

Gabinete de oftalmología de la doctora Durán, ¿en qué puedo ayudarle?, dije yo con esa entonación un poco musical que primero sube y luego baja.

Con la que está cayendo, oí decir a Fátima pateando enérgica el pasillo con sus zuecos de goma.

Es raro, pero algunas tardes me ha parecido, ya sé que no puede ser porque no hay ventana, pero me ha parecido que la cortina se movía, se inflaba un poco impulsada por algún tipo de brisa.