Autor: evavill

Me llamo Eva y me he puesto de empleada doméstica porque no me ha quedado más remedio. Tengo un blog donde cuento mis peripecias. Busca Aventuras de una chacha y me encontrarás.

La máquina de Salvatore

A las cinco  le despertó la sed y un tremendo dolor de cabeza. Oyó un ruido extraño que provenía de fuera, como el zumbido de una máquina en funcionamiento y  pensó en un aire acondicionado gigante, podía ser el del hotel  de enfrente, una mole blanca sobre la que se bamboleaba una hilera de flacas palmeras. Golpeándose con casi todos los muebles salió a la terraza para comprobar si el origen del ruido estaba ahí y nada más salir al aire fresco de la madrugada, Hans se dio cuenta de su errónea percepción ¡El mar!, ¡era el mar! Se golpeó la frente con la mano,  bebió de un largo trago toda la botella de agua y  miró las estrellas. Los  pájaros estaban a punto de empezar a cantar, había muchos, vivían entre los matorrales que bordeaban el camino hacia la playa, sobre los árboles retorcidos, algunos  volcados en el suelo por la fuerza del viento.

¡Qué idiota soy!, Salvatore, ¿sabes que he confundido el sonido del mar con el de una máquina?, dijo riéndose y entrando de nuevo en el cuarto vacío. Volvió a la cama pero ya no se durmió. En cuanto amaneciera  saldría a pescar. Le gustaba el sol y esa luz que no había en su país, le gustaba la playa vacía a primera hora. Metió en la mochila dos botellas de cerveza, los aparejos de pesca, se remangó los pantalones, se descalzó y salió. No había nadie y las flores moradas del camino  todavía estaban cerradas,  caminó por la orilla casi hasta el final, se sentó sobre la arena y empezó a beber. Ya pescaría luego, se estaba muy bien ahí, se terminó las  dos cervezas y se quedó dormido, acurrucado  de medio lado sobre la arena.

Salvatore, dijo al despertarse, creo que me he quemado justo por la mitad, blanco por aquí, rojo por aquí. Soltó una carcajada. La playa había empezado a llenarse, ya no le gustaba, arrastrando los pies descalzos por la pasarela se marchó hacia el pueblo. Deambuló por las calles estrechas y llenas de gente y se compró unas botas de cuero,  altas, con la punta levantada y suela antideslizante, de vaquero.  Se las metieron en una bolsa de papel roja, crujiente. Compró cervezas y volvió al hotel.

Cuando no soportaba el silencio, ese silencio compuesto de ruidos propios que solo él oía y que lo perseguía a todas horas, encendía su pequeña radio. Música, noticias, tertulias, lo que fuera,  la radio empujaba esos ruidos y los sustituía por otros inofensivos, que no le hacían daño porque no le concernían.

Al parecer, su radio encendida no gustaba mucho a los que estaban comiendo, algunos se giraron para mirarle con desaprobación y también con un poco de miedo, otros se rieron como si esperaran espectáculo. Era un elemento discordante, perturbador. Hans se columpió en la silla, la inclinó sobre las dos patas traseras y desde ahí los observó,  ya sabía que lo despreciaban y se  reían de él,  pero no le importaba, estaba acostumbrado a desentonar. Se puso a mirar sus botas nuevas haciendo crujir adrede la bolsa de papel roja.

Pidió vino y cuando el camarero se lo trajo aprovechó para hablar un rato, le contó que había pescado un pez gato, para indicarle el tamaño se puso de pie y se señaló por encima de la cabeza, también le enseñó las botas y una nueva utilidad que se le acababa de ocurrir, la de pegarle a alguien con ellas en la cabeza, soltó una carcajada tan grande como el supuesto pez gato,  le dijo que había visto matar a gente con una simple tarjeta de crédito lanzada como si fuera un cuchillo, le habló de Salvatore, de que siempre decía cuando él se iba, “qué paz cuando Hans no está”, volvió a reírse pero ya no tan fuerte,  apagó la radio y repentinamente taciturno se concentró en el vino.

Después de beber se tumbó en una de las hamacas de la piscina, contempló un rato sus botas y de nuevo se durmió con una mano enganchada en el asa de la bolsa roja.

Soñó con una máquina que hacía el ruido del mar, que fabricaba olas, espuma, gaviotas y peces de todos los tamaños  y colores. Soñó con una máquina que hacía pájaros y flores moradas que se abrían y cerraban como si pestañearan, con una máquina que hacía vientos y brisas y olores salinos, soñó con Salvatore moviendo la manivela de esa máquina, se reía mientras la accionaba y dejaba salir  la luz dorada, el esplendoroso sol, la risa y como si se fabricara a sí mismo, el cuerpo del propio Salvatore.

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Petronila abre su caja y lee

Paseábamos por el sitio de siempre bajo un cielo de nubes movedizas y así habló Petronila:

¿Te puedes creer que el pasado domingo, en la comida familiar, se me ocurrió abrir mi poemario con la esperanza de hallar comprensión y solo obtuve indiferencia? Cachondeo también, pese a que no me guste reconocerlo.

Un poco exagerado me parece llamar poemario a “Morcilla” y “¡Oh ,mundo!”, mejor estaría que dijeras que recitaste tus dos primeros poemas, dije yo.

Ah, no, no, no me has entendido, para mí un poemario es como una caja de madera, muy bonita, donde voy metiendo mis creaciones, de momento está casi vacía pero ya la iré llenando. Pero espera, que te sigo contando.

Y siguió:

Pues mira, ya  habíamos terminado de comer y estábamos tomando café, me pareció el momento oportuno, así que dije, no os levantéis todavía que os voy a leer algo. Y leí. Hubo primero un silencio bastante violento. Ceferino  movió la cabeza como asintiendo, pero dado que es su respuesta habitual para prácticamente todo lo que le cuento y hasta para lo que no le cuento, no supe si le había gustado o no.

Mis hijas dijeron, “mamá, en plan, qué vergüenza, eres mazo patética, en plan” y se introdujeron en sus mundos virtuales, mi hermana  alegó ineludibles quehaceres un domingo a las cuatro de la tarde y agarrando su bolso y los dos últimos pasteles, salió por patas;  los gatos se pusieron a echarse la siesta en un rayo de sol, mi otro hermano me contó que en su curro hay un poeta de verdad y que es de lo más normal , muy campechano. A todo esto sus tres hijos se taparon la boca con la servilleta para contener las carcajadas. Es desolador lo homínidos que son

Bueno, Petronila, qué más da, tú haz como Marco Aurelio que escribía sus meditaciones para sí mismo y sigue a lo tuyo.

No, si ya…pero es que ahora siento que entre mi familia y yo se ha abierto la fosa de las Marianas,  si les he mostrado mi alma y mi alma no les ha gustado o les ha dejado indiferentes o les ha dado risa ya me contarás qué mal plan.  Si no fuera porque la Misteriosa no me deja moverme, ahora mismo haría como esas nubes, dijo alzando hacia el cielo un rostro de hondo penar que al momento se transformó en sorpresa.

Huy, mira esa nube cómo se parece al carnicero, pero si es igual que Santi, ahora ya no, qué voluble o qué nubible. Pues lo que te decía: me iría  de viaje sin rumbo prefijado, así, donde la vida me quiera llevar. Pero se ve que la vida más que quererme llevar me quiere detener y retener.

Puedes viajar con el pensamiento, puedes ser nube mental, eso no te lo puede quitar ni la Misteriosa ni nadie. Yo lo hago mucho.

Nunca he sido yo muy mental y sí más bien corporal pero todo se me está trastocando, ¡ lilas!, exclamó al toparnos con un pequeño matorral en el que como por milagro habían brotado unas pocas.

Anda, mira, se me acaba de ocurrir otro poema para que ya no estén tan solos esos dos dentro del poemario , te lo recito a ver si te parece bien que lo incluya o no, se titula “Maldita primavera”,  es de los concentrados, allá va:

“Gastroscopia,

implante dental.

Florecen las lilas en el matorral”.

Para que no se sintiera mal le dije que era precioso y que me había encantado, que había sabido aunar lo desagradable  con la belleza y reflejar en tan sólo tres versos como, pese a que  envejecemos y nos deterioramos,  la vida sigue con su continuo rebrotar y siempre habrá, cada primavera, lilas nuevas en los matorrales. Lo cual no deja de ser una maravilla y también, en cierto modo, una  putada.

Pues venga, para la caja. Ya tengo tres, qué bien, esto es como coleccionar cromos pero cromos creados por una misma.  Y otra vez Santi el carnicero por el cielo, ¿te confieso algo? Es mi amor platónico, me encanta cuando trocea la carne con esa especie de cuchillo machete, parece un hombre de las cavernas descuartizando el mamut. Y yo soy la que luego lo pinta en la pared.

Por ahí viene Rosi, le avisé, ¿seguirá buscando al Arte?

Adivina a quién se parece esa nube, Rosi. Le dijo Petronila señalándole al supuesto Santi el cavernícola.

¡A Ceferino!, ¡a Ceferino!, las cejas, la barba, los pantalones de correr , las zapatillas rotas, la csmisa medio por fuera medio por dentro y ese aire de bondad… es él. Ceferino, espera, no te diluyas.

Me parece que voy a meter otro poema en la caja, murmuró Petronila haciendo con la punta del zapato unas rayas sobre la arena del desmochao. Se va a titular…todavía no lo tengo claro. Algo de nubes, de amor, de alucinaciones, del agujero negro.

 

Galleta sobre fondo amarillo

Madame Viviane, como ella hubiera querido que la llamaran,  o la Vivi, como la llamaban en realidad,  no se sabía los nombres de sus alumnos. No es que hubiera tratado de aprendérselos y se le resistieran, es que no los quería saber. Había aprendido y olvidado demasiados, año tras año aprendiendo y olvidando caras con sus nombres asociados, y ya no tenía ganas ni interés. Para llamarlos  señalaba con el dedo y utilizaba el adverbio de lugar “ici”, si el alumno estaba cerca  de ella o ” là”,  si estaba un poco más lejos.

Roberta, que se sentaba pegada a la pared, siempre había sido mademoiselle Lá y Ana,  más cerca del pasillo y por tanto de las idas y venidas por el mismo de la Vivi, mademoiselle Ici.

No era simpática la Vivi, tampoco antipática, sí ausente, una de esas profesoras que se han hecho mayores dentro de un aula, están cansadas y tienen como principal deseo jubilarse para perder de vista a sus alumnos y retirarse del ruido y del jaleo de las clases, de los madrugones, del esfuerzo de un trabajo en el que la energía adolescente resulta avasalladora para un organismo en declive.

Casi todo el año llevaba un impermeable amarillo con un gorrito a juego que se sujetaba con una cinta por debajo de la barbilla. A  mitad de clase sacaba de un envoltorio de papel de aluminio dos galletas maría y se ponía a comerlas muy despacio, royéndolas. Mientras lo hacía,  con una expresión de encontrarse  más en el interior de la galleta que en el del  aula,  iba explicando cuestiones gramaticales  o les hacía leer en voz alta algún texto.

Muchas veces se portaban mal con la Vivi, no en concreto ellas dos, las mademosilles Ici y Là, aunque también, porque hablaban, no le prestaban atención y se reían a la mínima incluso de cosas que no tenían gracia, incluso de nada,  solo por armar jaleo y perder tiempo de clase, pero no tanto como  el sector masculino que la tenía tomada con la mujer del gorrito amarillo. Un día que se asomó al pasillo, era otra de sus costumbres, como si así se acercara un poco más a la salida, a su ansiada jubilación, varios  de los monsieurs ici y lá se levantaron de golpe de sus mesas pisoteando muy fuerte sobre el suelo,  como si tuvieran pezuñas en vez de pies, cerraron la puerta de un empujón  y se quedaron apoyados sujetándola para que  no pudiera volver a entrar.

Desde dentro, por la parte superior y acristalada de la puerta,  veían algo de  su cabeza, esos pelos medio rubios medio blancos, escasos sobre el cráneo. Todos se reían dentro con gran excitación,  también mademoiselle  Ici y Lá.  Viviane estaba fuera, mirando el largo pasillo en sombra, sin hacer ni decir nada, solo esperaba, sabía por experiencia que sin oposición no había diversión. Al cabo de un rato los  chicos  volvieron a sus sitios, ella  entró, abrió su envoltorio de papel de aluminio, mordisqueó una de las galletas y concentrada en su sabor, refugiada allí, prosiguió la clase con un ligero temblor de voz.

Todas esas imágenes se le presentaron de golpe a Ana cuando vio en la acera de enfrente a Roberta. Hacía muchos años que no se veían pero la había reconocido perfectamente. Habían empezado a echar de menos a la Vivi cuando se jubiló al año siguiente de ese incidente  y fue sustituida por el Thierry, un hombre de voz poderosa al que no se podía vacilar porque erupcionaba como un volcán. El Thierry daba mucho miedo y Ana se acordó con vergüenza de una de sus traducciones en voz alta cuando al leer la palabra francesa  “roman”  no la tradujo como novela sino como romano. El Thierry se llevó las manos al corazón como si le hubiera herido la flecha de su ignorancia y luego a la cabeza queriendo contener su propia lava. Pero esa lava era demasiado poderosa y salió mezclada con una larga parrafada  en francés de la que Ana no entendió nada porque toda la clase se reía y ella lo único que podía oír, lo único que oía era el rugido de la erupción volcánica y toda esa risa brotando de las  bocas  desencajadas de sus compañeros que ahora eran solo una y muy grande. Si hubiera tenido una galleta salvadora, como la de la Vivi, se hubiera metido en ella.

Volvió al presente, estaba en la calle, no había risas ni volcanes ni Vivianes ni Thyerris,  había una tienda de zapatos, un hombre pidiendo unas monedas a cambio de un paquete de pañuelos de papel, los autobuses, el tráfico de siempre, las franquicias habituales y la gente transitando, caras, caras, muchas caras. Contenta de reencontrarse después de tanto tiempo con su compañera de pupitre, agitó el brazo.

Cuando estuvieron más cerca comprobó que algo le había pasado a la belleza de  Roberta, seguía estando, pero de otra forma,  más discreta y encogida.  Eran sus rasgos pero levemente descolocados, tampoco mucho pero sí lo suficiente como para que la armonía se hubiera roto. Ana ya no experimentó esa admiración y hasta ese miedo que sentía antes,  cuando la miraba y veía en su cara una perfección que la intimidaba.

Mademosille Lá le resumió su situación: tenía un hijo de ocho años,  trabajaba en el museo arqueológico, su madre había muerto hacía dos años,  ya no leía casi, no tenía tiempo, pero veía series, ¿ella veía series? Hablaron de las series que estaban viendo en ese momento, Roberta le dijo que sentía añoranza de aquellos años tan fáciles y felices, así los calificó,  y  se fueron cada una por su lado.

Ana se alegró de que Roberta no se hubiera interesado por su vida  y agradeció  que existieran las series y que sirvieran de nexo entre dos personas que habían perdido los vínculos. Se acordó de que el libro preferido de Roberta cuando estaban juntas en clase era El Principito y de cuánto le repetía  la  famosa frase  de “lo esencial es invisible a los ojos”. Ana, aunque nunca se lo dijo, odiaba esa frase, si hubiera sido verdad hubieran ligado lo mismo pero a ella ni la miraban cuando salían juntas. Y aunque ahora, al despedirse, también le había dicho que sí, que qué fáciles y felices habían sido aquellos años escolares, tampoco era cierto para ella.

Ni loca hubiera vuelto a ese tiempo, a soportar la lava incandescente del Thierry o  a que la Silvana, la de lengua, le sacara a la pizarra a hacer análisis sintácticos y a ser conocida  durante todo un año como María del Tubo porque escribió tuvo ,del verbo tener, con be. A desear siempre la belleza de su compañera Lá porque por mucho que lo desmintiera el Principito, lo visible y en especial lo visible bello era la puerta de acceso  a lo esencial para ella entonces: el amor, los besos.

Se giró para mirar otra vez a Roberta  que ya se perdía entre la gente y volvió a sentir, pero ya sin daño, como si le estuviera pasando a otro,  la sensación de nervios que tenía siempre en el estómago en aquellos días, la inseguridad, el aburrimiento de las largas horas encerrada en esas clases. Y vio la cara de la Vivi, que ahora le daba mucha pena,   mordiendo su galleta rescate sobre un fondo amarillo.

¡Oh, mundo! (segundo poema de Petronila)

¡Oh, mundo! Estás demasiado lleno.

Demasiado lleno de puestas de sol, de perchas para la ropa, de bocas y manos, de sexos y estrellas.

¡Oh, mundo, mundo!

Estás demasiado lleno de seres que nacen y mueren sin cesar, de huevos y gallinas, de granos de arena, de rocas fedespálticas y de uñas de los pies.

¡Oh, mundo, mundo, mundo!

Estás demasiado lleno de ventanas y de ojos que miran a su través para contemplar una pequeña porción de ti.

Demasiado lleno de cuentas de instagram tratando de capturarte, de capturarse a ellos en ti.

Es insoportable todo lo que te fotografían, mundo, yo la primera.

A veces me gustaría pisarte como a una de esas bolas de los plátanos de sombra, plas, plas,  aplastarte como hacen los niños liberando esporas,

otras guardarte para siempre en mi bolsillo y tocarte con las puntas de los dedos.

Pero no cabes y el para siempre no existe.

¡Oh, mundo, mundo, mundo, mundo!

tan lleno de ti y de todo lo existente, de tanto y tanto que mareas.

Y yo dentro dando vueltas, desgastándome en cada giro,

ínfima.

 

¿Será el Arte o qué será?

Creía yo que lo que buscaba Rosi el pasado atardecer por el desmochao eran materiales para una nueva creación artística, pero no, me equivoqué, lo que andaba buscando en penumbras y con los primeros murciélagos dando tumbos por el cielo era al propio Arte, con mayúsculas.  Al parecer, tras una temporada de llamadas continuas y constantes, tras una temporada que hasta se podría considerar de acoso artístico, sin dejarla  hacer sus trabajos cotidianos, perturbando su sueño y teniéndola completamente absorbida y hasta abducida, el muy desgraciado (son sus propias palabras) ha desaparecido y ni llama ni se presenta de noche ni quiere saber nada de ella.

-Estoy desesperada y puede que me quede corta, siento un vacío, un descoloque, un no saber qué hacer con mi vida misma que, de verdad, esto no se me hace. Vengo cada día y cada noche al desmochao porque aquí fue donde me llamó la primera vez hace ya…¿cuatro años hará?, por ahí, por ahí. Lo recuerdo a la perfección,  estaba paseando al perro que no tengo, es decir, paseándome a mí misma  con cierto sentimiento de culpa porque, ¿quién pasea hoy en día tan tranquilamente y sin pulsera que te cuente los pasos? Es raro, lo sé. Estaba haciendo el raro, lo admito. Buscaba un poco de silencio porque tantas horas en la peluquería escuchando la cháchara de la gente me pone toda loca, me buscaba a mí misma entre los hierbajos estos y entre las basuras y también miraba hacia el suelo porque un día me encontré un billete de veinte euros y qué bien me vino, guapas, es un decir.

El caso es que oí con toda claridad, pero meridiana la claridad,  una voz de fumador que me decía, “Rosi, agarra ese tetrabrik de vino y crea, que tú puedes”. La verdad es que me dio un poco de asco porque estaba bastante pegajoso pero hice caso  y en un momento, casi como por magia, tenía una lámpara.  Me entró un subidón… y desde ese día, un no parar. Podría ponerme a enumerar la cantidad y cantidad de objetos artísticos que han salido de aquí pero no quiero abrumaros ni que os entre complejo. No tengo mérito, el Arte me vino a buscar. Lo que no entiendo es este abandono repentino, es que yo ya no puedo vivir sin él, me aburro muchísimo sin el Arte, se me hacen los días eternos, no les encuentro el sentido ni la gracia.

Y dicho todo esto de carrerilla y casi sin respirar, se sentó en una piedra y se echó a llorar.

Anda, dijo, Petronila, (desde que lee  no hay quién la aguante), como la Elisabeth Smart, solo que en vez de en Gran Central Station, en una piedra de un descampado madrileño.  Se refería mi prima a un famoso libro poético  titulado, “En Gran Central Station me senté y lloré”.

Pero no llores, Rosi, mujer, traté de consolarla,  si el Arte solo ha dejado de venir un par de días, hace nada estabas con el ciervo ese tan, tan, tan original, no te sofoques que volverá. Además, ten en cuenta que si te pones así, posesiva y controladora, vas a provocar el efecto contrario, déjalo libre.

No me da la gana, dijo ella limpiándose los mocos con la manga de la chaqueta, voy a mirar fijamente a ese árbol y a concentrarme mucho y este vuelve. Cuando era una jovencilla es lo que hacía mirando fijamente al teléfono para que llamara el que me gustaba, “llama, llama, llama, le decía mi pensamiento con toda la fuerza que da la concentración en el punto medio de la frente o tercer ojo”.

¿Y te funcionaba?, le preguntó Petronila, porque si es que sí, podría hacer lo mismo o parecido con mis hijas Hildergarda y Cunegunda mirando fihamente las puertas de sus cuartos, “dejad de tocarme las narices, dejad de tocármelas…”

Pero no pudimos saber si le había funcionado o no porque en ese momento vimos acercarse a una figura masculina, alta y desgarbada, vestido con unos extraños calzones que le llegaban por debajo de las rodillas, corría con muy mal estilo y también resoplaba, ¡Ceferino haciendo el runner!

¡Qué raro y qué mal trota!, es tan apuesto en su estilo…dijo por lo bajillo Rosi dejando de mirar el árbol y olvidándose por un instante de la desaparición del Arte. Después suspiró como si se quisiera vaciar por dentro y puso de nuevo la vista en el árbol.

Curioso, pronunció Petronila rascándose la coronilla,  el libro de la Smart trata de un apasionado amor infiel, ¿suspirará Rosi por el Arte o por…? Buah, y a mí qué, ¡que les den morcilla!

Las chiquillas castrenses

El poema de la morcilla que  a algunos  ha gustado y  a otros horrorizado, como le pasa a ese mismo embutido y a cualquier otra cosa en general, lo recitó Petronila, para mí y para las hormigas, mientras estábamos debajo de la mesa. O más que recitarlo, se lo fue inventando en voz alta, sobre la marcha, como si el espíritu de lo que había sobre el plato la hubiera poseído.

En cuanto se aseguró de que sus hijas habían entrado en el interior del portal, nos sentamos de nuevo y lo transcribió, con alguna ligera variación, en una servilleta grasienta. Mientras lo pasaba a sucio, sacando un poco la lengua por uno de los lados de la boca, le pregunté por qué nos habíamos escondido de sus vástagas.

-No lo sé muy bien, me dijo ella, es un acto reflejo, es que son, ¿cómo te diría yo?, muy, muy… muy castrenses, eso es,  y a veces me acojonan, con perdón de la burda expresión a la que tus finos oídos seguro que no están acostumbrados. Mira con disimulo en dirección al balcón de mi casa y dime si ves algo que no estuviera antes.

Miré y vi un tendedero plegable, una bicicleta en un rincón, una escalera, unos tiestos con algunas plantas medio muertas, una mesa, dos sillas como de playa pero sin playa y un cacharro de aire acondicionado, todo ello muy apelotonado…lo normal en un balcón de tamaño mediano.

-No veo nada raro, Petro, solo te digo que no vendría mal que regaras tus plantas de vez en cuando porque desde aquí se oye su verde estertor. Ay, espera, que veo a tus chiquillas, se están asomando y sacuden algo con mucha energía, y ahora lo tienden pero no en el tendedero, pues sí, te han puesto algo nuevo.

-¡Lo sabía, lo sabía!, la bandera otra vez, si es que no puedo con ellas, pero ¿por qué he tenido que parir yo,  precisamente yo, mujer sin fronteras, cosmopolita y ciudadana de la aldea global a  dos fervientes patriotas?  Seguro que han puesto a Ceferino a pasar la aspiradora a la voz de ¡ar!, pues yo no subo que me sientan a pelar patatas.  Y qué armarios tienen, si eso es anti natural, abres las puertas y parece que estás en un museo, no se te cae nada en la cabeza como es lo lógico. Y lo peor, agárrate fuerte a la mesa, se quieren casar con los novios por la santa madre iglesia, dicen que no las hemos educado en valores y que les damos vergüenza.

Algo hemos tenido que hacer muy mal Ceferino y yo, algunas veces no puedo dormir y se lo digo. Ceferino, despierta, ¿qué hemos hecho mal? Pero él solo me contesta, “duerme, duerme, alma de cántaro”, es una expresión arcaica que ha sacado del comentarista del snooker, muy arcaico también él.

Para tranquilizarla un poco, porque veía que se estaba alterando en demasía y eso no le conviene, ya que entonces la misteriosa se vuelve más agresiva y torturadora, nos pusimos a recitar en voz alta y al unísono el poema de la morcilla. A los mirlos del desmochao yo creo que les estaban gustando mucho porque se posaron muy cerca, en el borde de una papelera y al final emitieron una especie de trino que podría considerarse un aplauso aviar. También vinieron tres urracas a graznar, creo que a ellas no les gustó nada. Esaborías.

-¿Ves que bien ahora?, ¿a que ya estás más tranquila?, la poesía tiene efectos analgésicos y tranquilizantes. Te animo a que hagas más.

No creo, me dijo ella arrugando la servilleta, es que ya he dicho todo lo que tenía que decir, mi mensaje al mundo es ese, el de que le den a todo morcilla, no tengo mucho más que añadir. Mira, está atardeciendo, otro día que se nos va con un poco de pena y nada de gloria. Cuando era una mujer activa y trabajaba y después del trabajo me iba de protestas o de cañas, no pensaba en estas cosas de los días que se van, solo los vivía y con toda la intensidad que podía. Me han quitado la intensidad y hala, a volverme tan pesada como tú y darle vueltas al coco.  Bueno, anda,  que te tendrás que ir, te regalo la poesía de la morcilla, con grasa del objeto poemado y todo, es una poesía muy material ¡Ay!, cuando me levanto me duelen todas mis esquinas, mis ángulos y mis acutángulos. Voy a tener que hacer otro escrito poético, solo para ver si es verdad eso que dices de la analgesia.

En el portal nos despedimos, caminé calle arriba. Al dejar atrás el desmochao vi la silueta de Rosi vagando en penumbras con aires de desespero,  supongo que en busca de algún material con el que crear.  Un murciélago sobrevoló el escenario,  la franja de contaminación se depositó cansada sobre el horizonte, salió una estrella, pasó un avión,  me giré para mirar el balcón de mi prima. Petronila estaba asomada quitando la bandera, se enrolló en ella como si fuera un chal y me gritó, “no te equivoques, solo tengo frío” y desapareció.