Autor: evavill

Me llamo Eva y me he puesto de empleada doméstica porque no me ha quedado más remedio. Tengo un blog donde cuento mis peripecias. Busca Aventuras de una chacha y me encontrarás.

Kacharros y más

Nunca había entrado Serafín Espejo en la tienda “Kacharros y más” por parecerle cutre y anticuada, como mucho le había echado una ojeada rápida al pasar por delante. Pero al ver esta tarde pegado en su escaparate un cartel en el que anuncia su cierre, le ha brotado el deseo de entrar y comprar cualquier cosa.  Puede que se esté perdiendo  algo grande en su vida por no tener uno de esos cacharros, (¿o debería decir Kacharros?)  tan poco  útiles pero con cierta belleza decadente o esos jarrones de vidrio de colores donde colocar ramas o flores o nada, solo para mirar cómo juega con ellos la luz al atardecer.

Como es un hombre bastante indeciso, ha pegado la nariz al escaparate y se ha pasado un rato contemplando  cada uno de los objetos que si se da prisa podrían ser suyos, pero perderá para siempre si pasa de largo. Caso de que se decida podría tener una corbata de falsa seda italiana descolorida, papiros de diferentes tamaños, guirnaldas, platillos para el pan, pequeños botes para aromatizar de manzana y piña o barritas de incienso  “sri saibaba” con la cara muy feliz de sai baba impresa en sus cajas de alargado cartón.

Mientras mira tironeándose dubitativo los pelos de la ceja derecha, piensa que no sería raro que al encender una de esas barritas, el espíritu del simpático sai baba, tiene una cara de alegría que no puede con ella,  se extendiera  por toda su casa impregnándola de dicha y buen  rollo. Pero no se decide, otro día, otro día pasaré y ya veremos, se dice dejando atrás “Kacharros y más” y liberando  los pelos de la ceja.

Para comprar lo que quiere, una alfombra de ducha, ha entrado en una tienda de los chinos. Cuando va a pagar,  el dependiente le asegura que el producto que acaba de elegir viene de Francia, ¿no de china?, le pregunta extrañado Serafín. “Todo ese estante es de Francia -dice él con orgullo-  pero los productos chinos ya no son malos,mejora, mejora, poco a poco,  primero la vida de la gente, somos muchos en mi país, luego productos.” El chino se explica muy bien y es muy amable aunque le falta la sin igual alegría de la cara de sai baba. Serafín está tentado de volver a Kacharros y más a por dos cajas de barritas de incienso y unos cuantos papiros, ¿cómo habrá podido vivir hasta ahora sin papiros?

No vuelve, en su lugar entra a comprar pan en una nueva panadería, se llama “Masa madre”, hay panes de muchos tipos, de tantos tipos y formas y colores que tarda un buen rato en elegir, se está formando una incómoda cola detrás de él, oye gruñidos y carraspeos y pisotones y murmullos y algún insulto desabrido,  así que señala con el dedo al azar una barra plana,  y  sale un poco avergonzado de “masa madre”.

En el trayecto de vuelta, que hace dando un rodeo porque le gusta andar y cambiar de ruta, ve muchas otras panaderías llamadas “masa madre”, son todas iguales: bonitas, pequeñas, con muy variados tipos de panes dispuestos en cestillos de paja, con panaderas jóvenes vestidas con idénticos delantales y apoyadas de la misma manera en el mismo lugar de la panadería. En sus delantales llevan impresas las palabras “organic bread”.

Muerde la punta de la barra organic, el bread está bueno pero le ha dolido un diente. Se lo toca con la lengua. La luz del atardecer hace brillar las chimeneas, resbala sobre los tejados y se deja caer por las fachadas.  Si tuviera un jarrón de vidrio de colores de “Kacharros y más” iría corriendo a su casa para ver los efectos luminosos sobre el cristal. Como no lo tiene va despacio, siente una felicidad tonta de cinco minutos, la disfruta todo lo que puede, sabe que le durará  lo mismo que el cielo rojo en apagarse.

El no árbol

Serafín Espejo estaba triste, esa misma mañana los bomberos  habían talado el árbol que se veía desde una de sus ventanas. No es que fuera  un árbol muy bonito. Nadie, al menos que se sepa,  se había parado a fotografiarlo ni se había abrazado a su tronco más bien sucio y envejecido, pero era el suyo, el único contacto con lo natural que tenía desde su piso urbano. Cuando en primavera regalaba, con esfuerzo,  unas flores amarillas y pequeñas, atraía a numerosas mariposas también pequeñas y amarillas, como si quisieran hacer juego. Y  en las sofocantes noches de verano, un grillo escondido en sus recovecos, le traía recuerdos de frescor y campo.

Un día uno de enero de hacía unos cuatro años,  el árbol había amanecido lleno de estorninos, esos pájaros que parecen engominados y despeinados al mismo tiempo. Cantaban como locos desde la copa desnuda  dando la bienvenida al nuevo año. Esa visita inesperada de los estorninos le produjo a Serafín un gran contento. Cierto que desde ese día no volvieron nunca más pero él los esperaba. Ahora, sin árbol,  ya sabía con certeza que no iban a volver. Un poco de su esperanza había sido también talada.

Estaba triste y al asomarse a la ventana veía el árbol,  su sombra, su no estar en este mundo, su hueco, veía su ausencia. Para consolarse llamó a su amigo de infancia, Ignacio Vallejo,  que se había ido a vivir nada menos que a la calle Ventisquero de la Condesa y le propuso que se vieran un rato.  Bajó al metro, era un largo camino pero iba cómodamente sentado. Para entretenerse durante el trayecto se aprendió de memoria la línea 9. Algunas estaciones le resultaban fáciles porque le traían recuerdos. Herrera Oria, por ejemplo, la asociaba con una antigua novia de su etapa de instituto, Maura, la de Herrera Oria.  Otras,  como Concha Espina, no las ligaba con nada y se le atascaban. Aún así, cuando llegó a su destino,  la estación de  Mirasierra, ya  había conseguido recitarla entera sin equivocarse.

Orgulloso de su pericia nemotécnica salió a la calle Ventisquero de la Condesa donde, como era de esperar, soplaba tremebundo ventarrón. Se dejó empujar por sus manos y enseguida estuvo en la puerta de su amigo  Vallejo. En su veloz recorrido observó que el lugar estaba muy bien surtido de árboles, en especial de los de la especie denominada liquidámbar, a los que el otoño había coloreado de rojo, de anaranjado, de violeta, de amarillo ¡Qué suerte tiene Vallejo!, pensó, cuánta bella putrefacción a su alrededor.

Ignacio Vallejo lo estaba esperando  en la puerta con su hijo de la mano, era lo que se llama un padre añoso y tal vez por eso mismo muy entregado. Se palmearon con afecto las espaldas y caminaron en dirección contraria al viento, con esfuerzo. Vallejo tenía que llevar al niño a su clase de chino mandarín por lo que si a Espejo no le importaba podían ir juntos dando un paseo.

Las hojas de colores volaban y caían, algunas hacían espirales, filigranas aéreas antes de estamparse contra el suelo, otras descendían con decisión, entregándose veloces a la muerte. Al hijo de Ignacio le cayeron dos en la cabeza, una tercera en un hombro y una cuarta cerca de un ojo.

-Esos me están tirando hojas, protestó el niño, de nombre Iván, señalando hacia los árboles con disgusto,  como si se chivara.

-No te las tiran a ti es que se caen, en esta época del año los árboles pierden las hojas pero luego les vuelven a salir en primavera, no es nada personal, los árboles son buenos.

El niño no se fiaba un pelo y seguía mirando  con desconfianza y puños apretados a esos seres agresivos vestidos de colores que le lanzaban  de muy mala manera sus ropajes.

-Tiene una manía con los árboles,  un temor, le confesó por lo bajo Vallejo a Espejo, ya te contaré luego.

-Hablando de árboles, dijo Espejo viendo por fin el momento de colocar su particular desgracia, ¿sabes que tenía uno enfrente de mi ventana y que…?

-Añoro el  barrio, le interrumpió Vallejo, ¿sigue abierto el bar de Polipcarpo? Este sitio está muy bien para los niños, tenemos piscina y un tobogán rojo, a Iván le vuelve loco el tobogán rojo, es tranquilo esto y vemos la sierra desde casa,  si no fuera por ese miedo tan irracional que le ha entrado con los árboles… a lo mejor tiene que ver con el que tiene frente a la ventana de su cuarto, se le está colando dentro,  las ramas quiero decir. Es del vecino del bajo pero no lo quiere podar, veo que me voy a tener que meter en un pleito, se lo hemos dicho ya por las buenas tantas veces pero nada, pasa de nosotros. De noche las ramas parecen manos, garras, Iván tiene terrores nocturnos, le damos psico soma, es un jarabe, jarabe psicosoma, psicosoma jarabín,  canturreó Vallejo.

Resulta que el otro día…a Serafín Espejo se le acababan de pasar las ganas de contarle a Vallejo lo de la tala,  en cierto modo sintió que sería como profanar la memoria de su árbol feo, aunque al mismo tiempo sabía que eso no era del todo verdad.  Tal vez era pereza, nunca había sido muy hablador y ya tenía comprobado que las palabras no siempre le llevaban al lugar correcto. Al contrario, a veces las palabras le desviaban y le dejaban en el arcén y con cara de tonto. Por eso se  calló.

Por el camino de vuelta repasó la línea nueve, la dijo bien excepto Concha Espina que se le volvió a atascar. Nada más llegar a su casa  se asomó a la ventana.

Ahí estaba el árbol como un miembro fantasma, doliendo.

“Lo que es la vida”

“No nazcas, no nazcas”, se lo dije al niño esta mañana, me salió así de repente,  pero nada más cruzar de acera ya me había arrepentido, “perdón, perdón, no me hagas caso”. Todo esto fue sin palabras mientras atravesaba una de esas calles de mi barrio que están llenas de talleres de coches. A la puerta de esos talleres se forman charcos oscuros, son restos de aceites o de otros líquidos, arcos iris flotan encima.

Pienso que todo el mundo tiene que notarlo, el que yo vaya a tener un hijo,  estoy muy rara, me siento extraña, un poco mal a ratos. El embarazo no es una enfermedad, te tomas el ácido fólico y vienes a control cada trimestre, vida normal, vida normal, me ha dicho el médico.

Supongo que el niño  no ha entendido nada, cómo va a entender mi pensamiento, eso espero.  A veces no quiero que nazca y otras sí quiero, a veces tengo miedo y otras estoy emocionada. Pero todo el tiempo tengo esa sensación rara y  me parece que todos con los que me cruzo por la calle lo saben, me lo notan, no porque haya engordado, todavía no, es por lo que yo siento por dentro y por el asco que me da todo, hasta la colonia, sobre todo los perfumones, vomito. Y el olor de los talleres de coches, por eso me cambio de acera pero como están por los dos lados, tengo que estar a cada momento cambiándome de acera.

Y el sueño que tengo, podría quedarme dormida hasta de pie, cualquier día me duermo apoyada en el palo de la fregona. Tampoco es fácil dormirse con Mari al lado, se pasa el día cantando.

Mari, que esto es una biblioteca, canta bajo, la gente está estudiando. Estudiar es lo que tendrías que hacer tú en cuanto puedas, dice ella,  me quiere ayudar, creo que le doy pena, odio  dar pena, yo no me doy pena, soy fuerte, siempre lo he sido y no me  voy a quedar limpiando toda la vida como ella, no por nada, pero no, en cuanto pueda voy a estudiar trabajo social, me quiero especializar en ayudar a las madres solteras. En esta biblioteca estoy solo de paso.

A Mari le hubiera gustado ser cantante de teatro y hacer musicales pero no parece de esas amargadas, al contrario, siempre la veo contenta, cantando y bailando, “el que canta su mal espanta”,  más amargadas me parecen otras de las que trabajan aquí, empezando por Ana María, la jefa. Como se ha metido relleno en los labios parece que está siempre  haciendo pucheros. Hay una que habla mucho de su hijo y que nos trae tartas, le llama corderito, espero que no me dé a mí por ahí, todavía no les he dicho a ninguno que estoy embarazada, solo a Mari. Me  trata muy bien, me deja limpiar lo más fácil y cuando ya llevamos un rato coloca los conos amarillos que indican, “cuidado, suelo mojado”, aunque no esté mojado, y me dice, “venga, en un rato no nos molestan, vamos a airearnos que falta nos hace.”

Se está muy bien entre los árboles, tengo ganas de enseñárselos al niño, ¿qué cara tendrá?, y también la luna. Hoy había luna diurna, la he visto mientras venía andando por el paseo del centro, es un camino muy bonito, aquí no me tengo que cambiar de acera.

Esta noche me desperté nerviosa, estaba soñando que ya no podía salir del embarazo y era angustioso, al despertarme me di cuenta de que es verdad, ya no puedo salir de esto, solo me queda ir hacia delante,  así que hacia delante voy.

A veces, cuando Mari se queda callada, cosa rara que Mari no hable o no cante, dice después de ese silencio, “lo que es la vida”. No sé bien lo que quiere decir con eso y al mismo tiempo sí lo sé. No me gusta esa frase. Me parece que a ella tampoco porque enseguida vuelve a cantar.

 

 

 

 

 

Pero qué guarra es la gente

La gente es muy guarra, lo sé por experiencia. Pero guarra, guarra. Puerca. Y  da lo mismo que tengan estudios universitarios que no los tengan que sean mujeres o sean hombres. Dicen que los hombres son peores que las mujeres, no te creas tú, se ve cada porquería en el baño de ellas, más o menos lo mismo que en el de ellos y a veces hasta peor. Y las puertas, ¡cómo me tienen las puertas!, les ha dado la manía de dejar mensajes ahí y no hay día que no tenga que ponerme a borrar pintarrajos.

“Te quiero, mi niña”, borré ayer, ¿no se lo puedes decir a tu niña al oído o por guasap? Y además si la tu niña en ese baño no va a entrar, ¿para qué lo escribes ahí?   La semana pasada me tocó borrar, esa fue en el baño de las mujeres,   “Yo también suspendí la Pau”.  Encima de burra,  cochina, ¿para qué están las redes sociales?, pues escríbelo ahí que no mancha y se te unen los de tu misma condición. Yo es que de verdad no lo puedo comprender ni concebir.

Pero que todo sea eso, como le digo a mi compañera Julia cuando se mosquea. Digo, Julia, tú es que tienes poca experiencia pero luego se te hace el cuerpo y ya no te da asco nada, porque de las asquerosidades mejor no hablar. Me da pena de Julia, tan joven y ya fregando, ya le he dicho, estudia, no seas tonta,  que todavía estás a tiempo de mejorar, algo habrá que puedas hacer que no sea ir todo el día empujando el carrito con las fregonas. Lo malo es que está preñada y eso, quieras que no, te condiciona.

Y no es que estemos mal del todo en esta biblioteca, he estado en sitios mucho peores, pero que mucho peores, en oficinas enormes de esas de  de no te menees y lo mismo, unos guarros todos.  Me gusta más esto y el ambiente es bueno, las chicas de la biblioteca son muy majas nos tratan de igual a igual, parecerá que sí pero eso no siempre pasa.  Una de ellas,  Sarita,  nos trae tartas, hace muchas,  la del otro día  se te quedaba a media garganta que casi nos ahogamos, qué tos,  pero nos la comimos igual, el movimiento  da hambre y aquí no se para.

A ver, alguna vez sí, cuando ya estamos muy hartas nos salimos a la puerta a mirar el paisaje, menudas vistas bonitas tenemos aquí, a ver dónde tienes tú eso en un trabajo. Le digo a Julia, respira hondo y se te oxigena el feto y toda tú. Lo de feto no le gusta, prefiere que diga niño, feto le suena a deforme y  tiene miedo a que le salga mal, ese miedo lo hemos tenido todas las madres, yo la animo, ya verás qué guapo va a ser y qué sano. Que te ayuden los abuelos a criarlo y tú te pones a estudiar algo, es que el padre no sé si está, nunca habla de él y no quiero preguntar. Dice que quiere estudiar un módulo, que empezó uno de Adiestramiento y estética animal pero que lo dejó porque no le gustaba. Natural, la estética animal te tiene que gustar, como no te guste…

Por ahí viene  Guillermo, a mí ese hombre me da un poco de asco, siempre sale del baño subiéndose la bragueta, ¿por qué no se hará sus avíos dentro? Es como si yo saliera recolocándome…ya me entiendes. Como gustar, a mí me hubiera gustado ser vedette, a veces canto pero en bajo porque, eso sí, aquí alto no se puede que molestas a los que estudian. Un día me pilló Guillermo cantando y bailando y dijo “Joséphine Baker en persona”, solo dijo eso. Y yo sin saber quién era, luego la busqué, con la falda de plátanos no me veo, hay que saber lo que sí y lo que no.

En los baños sí que canto y me desato, como están abajo, en la fosa como decimos nosotras, no se nos oye,  de allí vengo.  Hoy había otra pintada, recién hecha estaba,  “la revolución será feminista o no será”, toma del frasco, Carrasco. La iba a borrar pero Julia se ha negado, que ni se me ocurriese, que está en el baño de mujeres y todas somos partidarias.

Mejor sería que estuviera en el de hombres, por si alguno no se ha enterado todavía, que los hay…mira que casi cada día matan a una, ¿pero qué les pasa a algunos que yo no sé lo que les pasa, están locos de la furia o qué es esto? Y muchos después se suicidan, suicídate antes y problema solucionado.

Ni pensar en eso quiero, ahí la hemos dejado, si baja la jefa a hacer sus necesidades y la ve lo mismo nos dice que por qué no la hemos quitado, a mí  Ana María me da un poco de respeto, es muy respetuosa.

¿Y si ha sido ella?, ha dicho Julia, lo que nos hemos reído de imaginárnosla. Ana María haciendo pintadas, es que me meo.

“Tápame, tápame, tápame, que tengo frio”, esa me gusta, “cómo quieres que te tape si yo no soy tu marío”. Pues por eso mismo.

Mira, otra vez,  papeles tirados aquí en mitad de la escalera, ahora me toca agacharme, pero  qué guarra es la gente.

Vuelta tras vuelta tras vuelta, la mariposa blanca

Cuando estudiaba e imaginaba mi futuro como trabajador aparecía en mi mente un lugar parecido a  este, pero enseguida desechaba la idea, los lugares así no existían, no en esta ciudad. Así que, cuando empezaron a construir la biblioteca en medio de esos jardines,  me emocioné, parecía que  alguien, algún ser benéfico, conocía  mis ensoñaciones y se había decidido a cumplirlas. Más me  emocioné aun cuando estuvo terminada y pude visitarla. Se alzaba entre árboles y caminos bordeados de flores y sus enormes cristaleras desde las que se veía el cielo eran magníficas. Olía un poco fuerte a materiales nuevos  y los suelos de arriba crujían al pisarlos pero esas fueron las dos únicas pegas, menores, que encontré. Se me metió en la cabeza que yo tenía que trabajar ahí, que no podía trabajar en ningún otro lugar.

Sí que trabajé en otros lugares antes, en otras bibliotecas, cerradas, sin ventanas por donde escapar con la mirada, en secos callejones de asfalto,  sin luz natural, por eso cuando por fin me dieron la plaza en la del jardín estaba tan feliz que no podía dejar de contárselo a todo el mundo y seguí feliz un tiempo, no sé, a lo mejor durante todo el primer año, tenía ganas de innovar, propuse montar talleres de literatura, animaciones a la lectura, pensaba que mis compañeros compartirían mis planes y  mi entusiasmo.

Lo que no me imaginé, ni siquiera cuando ya empezaban a aparecer los primeros indicios de apatía, es que iba a tener que soportar a  una jefa psicópata, a una compañera víbora y a otra aburrida y que los días se sucederían sin estímulo alguno, uno igual a otro y a otro y otro. Lo que nunca llegué a pensar es que empezaría, poco a poco, a detestar las cristaleras, la luz, los árboles y, sobre todo, sobre todo,  a la mariposa blanca.

Cada vez que miro por los cristales y es inevitable no hacerlo porque de cristal es todo el edificio, veo a ese bicho  que se pasea por encima de las flores rojas del camino principal,  va hacia la derecha, se posa en una, recula, vuelve, se posa en otra, indecisa, da marcha atrás y así siempre y así siempre. Cómo detesto a esa mariposa, porque siempre es la misma,  una mariposa inmortal,  cada vez que levanto la vista de la pantalla y me choco con su vuelo repetitivo me entran ganas de gritar o de dar puñetazos. No sé si compartiremos desesperación, no sé si ella será consciente y querrá, como quiero yo, irse a un parterre de flores distinto, dejar de dar vueltas sobre las mismas una vez y otra y otra.  Ella podría irse si supiera, este jardín está lleno de caminos y rotondas floreadas,  pero yo no, yo  necesito el permiso de Ana María, la psicopáta.

Ya no sé ni la de veces que he  llamado a su despacho para pedirle el cambio de turno tragándome el orgullo y la repugnancia.  Repica  con las uñas sobre la mesa,  las lleva cada una pintadas de un color distinto,  “veremos qué podemos hacer, veremos, lo estudiaremos”, dice frunciendo esa boca inyectada de silicona o de lo que sea que haya inyectado, da igual, sigue pareciendo de la edad que tiene, ¿para qué se harán eso si están igual de horribles y para colmo se nota que han querido dejar de estarlo? Yo también envejezco y lo peor es que ha ocurrido sin que me diera cuenta, a traición. Aquí, menos la mariposa blanca,  todos envejecemos.

Lo que no entiendo es  por qué me habla en plural,  ese “veremos”, ese “estudiaremos”, como si tuviera un grupo de afines escondido dentro de los cajones con los que toma decisiones. Y eso debe de estar haciendo,  estudiándolo en profundidad con sus seres imaginarios porque no me da el traslado. Aquí sigo, muerto en vida con la víbora y la sosa, con el viejo que se duerme y el chiflado que se está leyendo la enciclopedia tomo por tomo, y encima toma apuntes el tío, lo mismo se la está copiando en cuadernos. Y con el de la cresta azul y su miedo me da. A mí sí que me da miedo todo esto, cada mañana sufro un ataque de pánico cuando se abren las puertas y me siento detrás del ordenador.

Esta mañana le he dicho al elemento de la cresta que se apartara, no soporto a la gente que teniendo espacio de sobra viene a colocarse justo a tu lado, a invadirte,  y enseguida ha saltado la víbora con una falsa voz de madre Teresa de Calcuta “quédate aquí si quieres, a nosotras no nos molestas” seguido de un lanzamiento de mirada maligna en mi dirección. Después la he visto reírse con esa cara que pone de saberlo todo cuando ha entrado esa chica tan guapa y me he puesto a hablar con ella. Envidiosa.  La otra solo es una pánfila, con hablar de tartas y de su niño al que llama “pescadito o corderito o ratoncito” ya tiene bastante, no le puedo achacar maldad, porque no la tiene,  solo es que me aburre, es soporífera,  me aburre como la puta mariposa que da vueltas y vueltas y vueltas sobre las flores rojas.

Las once todavía y aquí llegan las de la limpieza a sumarse a la conversación sobre las tartas. Qué olor a lejía, a bayeta fermentada. Voy a salir un momento a la puerta a despejarme. Ahí está, vuelta tras vuelta tras vuelta,  la mariposa blanca.

Turno de mañana

 

No sé qué hora sería cuando ha llegado esa chica, sobre las diez y media, puede.  Estábamos tranquilos,  cada uno mirando nuestro ordenador, Julia y Mari pasando las fregonas por arriba y por abajo, el que se lee la enciclopedia acababa de abrir  el tomo siete, el  viejo habitual durmiéndose con un libro abierto sobre las piernas, un hombre mirando a través de las cristaleras con unos auriculares puestos y los estudiantes  en la planta de arriba, estudiando.

Quiero decir que todavía no había llegado ningún pesado a preguntarnos nada ni ningún colegio ruidoso. Sí estaba el grupo que viene de un centro de rehabilitación para drogadictos. Los traen bastantes mañanas a esta  biblioteca a pasar el rato, nada más entrar se pasean entre los estantes mirando los libros como si se asombraran de que hubiera tantos  en el mundo, creo que más que asombro es una especie de paseíllo de  cortesía porque enseguida se van  a la sección de audiovisual, la que les gusta de verdad. Revuelven con ganas ,  se llevan en préstamo alguna serie o película y  las comentan entre ellos, “peliculón” o  “de putísima madre”, les oímos decir.   No es que se porten mal, vienen muy aleccionados por su monitor y no sé si un poco dopados, se mueven y hablan a cámara lenta, como si flotaran, como peces o astronautas. Salen mucho a la puerta a fumar, todos fuman, y allí hablan de peliculones o miran el trabajo de los jardineros.

Solo hay uno que nunca sale ni se pasea por los estantes de los libros a mirar con asombro el objeto libro ni se va a la sección de audiovisual a decir “peliculón”, ese se queda pegado al mostrador como un pasmarote, luciendo su cresta azul tan pasada de moda como el resto de su vestimenta: cazadora corta de cuero negro con tachuelas en las hombreras, pantalones pitillo, botas vaqueras con remaches metálicos en la punta. Parece una mezcla de extintas tribus urbanas,  un muestrario ambulante de los ropajes de  la movida madrileña. Aunque es mayor y está bastante deteriorado,  tiene cara de niño, de niño perdido en este mundo. Hasta en los márgenes se puede estar marginado. No habla apenas pero de vez en cuando dice, “miedo me da”. Me gustaría saber qué es lo que le da miedo, si algo en concreto o todo en general.

Guillermo le tiene una manía que no le puede ni ver, eso ya indica cómo es el compañero Guillermo.

-¿Te puedes apartar?, aquí delante no puedes estar, no dejas pasar a la gente, le ha dicho con esa brusquedad suya.

El otro ha  mirado a los lados, como pensando, “¿pero de qué gente me habla, si aquí no hay nadie, habrá gente que yo no esté viendo”? Y se ha movido un poco hacia la esquina, cerca  de Miriam y  de mí. No nos encanta su compañía,  pero tampoco nos molesta en especial, no hace nada, solo se apoya y a veces resopla y suelta su “miedo me da”.

En ese momento ha entrado la chica joven de la coleta y se ha colocado en el supuesto lugar prohibido  a mirar su móvil y a mandar mensajes, se reía sola. Miedomeda la miraba de reojo y Guillermo más que de reojo, a ella no le ha dicho  que se tenía que quitar, al contrario, “si te podemos ayudar en algo, nos lo dices, eh”, de un amable que ni en sueños hemos visto tanta amabilidad.

La chica le ha dicho que buscaba un libro de economía de costes o algo así  y Guillermo, “pues qué estudias”, interesadísimo,  y ella que estudiaba ADE, eso que estudian todos ahora, y el tonto de Guillermo se ha puesto a darle consejos como si fuera un padre amantísimo o un amante padrísimo, más bien. Más bien que eso es lo que le gustaría a él. La chica le seguía el rollo mientras él buscaba en el ordenador el libro y eso que si algo  le molesta es que le hagan trabajar, a todos los manda con más malos modos que buenos a que se hagan sus propias búsquedas. Pero a la de la coleta no. Poco le ha durado el entretenimiento porque la chica ha encontrado enseguida el libro, gracias a sus indicaciones, y se ha marchado tan contenta sin dejar de mirar su teléfono.

Miriam ha empezado a contarme la receta de una tarta de manzana que se puede hacer en el microondas,  no me interesan  sus recetas ni las pienso hacer pero, por cortesía, como los ex yonquis cuando se pasean entre los pasillos de  libros, la he escuchado. El viejo que se queda dormido se ha despertado y ha mirado extrañado a su alrededor, creo que no sabía dónde estaba ni quién era, Julia y Mari con tal de aparcar un rato las fregonas se han acercado a escuchar la receta y a hacer sus propias aportaciones.

He visto la cara de desesperación de Guillermo y hasta me ha dado pena, su chaqueta de pana arrugada por la espalda, su pelo canoso, sus bolsas bajo los ojos llenas de aburrimiento vital. Se ha puesto a protestar,  que estaba harto del turno de mañana, que ya le ha solicitado a la jefa el cambio a la tarde,  que el turno de mañana le parece deprimente…Seguro que se cree que el de tarde está hasta los topes de chicas jóvenes con coleta ávidas de conocimientos y consejos.  No le voy a desengañar, he estado años en el turno de tarde y es más o menos  lo mismo pero con más gente, más peticiones de todo tipo y más ruido.

Miedo me da, ha dicho Miedomeda y se ha tocado la cresta azul con la mano, asegurándose de que seguía en su sitio. Allí seguía.

 

Un mensajero para Nélida

De sobra sabía que Nélida no creía en él,  pero algo había que hacer antes de que las cosas fueran a peor, así que la envió un mensajero camuflado y lo puso a correr por el camino arbolado por el que ella transitaba cada mañana camino del trabajo.

Estaba Dios muy preocupado por el sombrío estado de ánimo de Nélida, por su falta de energía, por esa apatía con la que pisaba o más bien se arrastraba por cada uno de los días que él le iba colocando cual alfombra roja.

También estaba un poco cabreado, pues la que antes había sido admiradora incondicional de su obra ahora ni la miraba y no sería porque él no dejaba de diseminar bellezas a su alrededor. Anoche, sin ir más lejos, una hermosura de luna llena en su misma ventana. Y  Nélida, que en otros tiempos se hubiera extasiado con ella, se limitó a bostezar rascándose una pierna por encima de la tela del camisón y solo dijo, “¡qué sueño tengo, estoy machacada y qué mal huele hoy la calle, ¿están friendo qué?”

Y así con todo, ya  nada de lo que había amado lograba causarle  emoción ninguna.

Pero ¿por qué, por qué mis alegres se vuelven tristes?, ¿por qué llegado un momento dejan de admirar mi obra y pasan indiferentes ante ella, consumidos por el tedio?, ¿qué les pasa? Tú, no, Nélida, tú no me puedes hacer esto, te voy a mandar un ángel del señor, o sea, un ángel mío y a ver si te enderezo antes de que sucumbas. Estoy perdiendo seguidores que esto es un no parar.

Tú mismo, ven, asómate y observa, ¿ves por esa vereda arbolada, -qué bonita me quedó y no es por nada-, a esa mujer que no levanta la vista del suelo, a esa que parece a punto de echarse a llorar ? Desciende y trata de animarla un poco, hombre. Pero antes quítate esas alas y esa túnica azul y nada de bucles dorados, vas a ser… atleta negro, por ejemplo.

Al ángel, que estaba deseoso de cambiar de identidad y de salir un rato del cielo le pareció mejor que bien darse un aire a Usain Bolt,  pero antes quiso perfilar algún que otro aspecto para ser más veraz

-¿Pero sigo compitiendo o corro ya solo por afición?

-Lo que más te guste pero que Nélida vuelva a ser feliz, que admire mis amaneceres y mis ocasos, mis árboles y mis estrellas, que se extasíe con el sonido del viento entre las ramas, que se quede hipnotizada mirando el mar. Es lo que hacía antes de forma natural, era muy, muy fan,  pero, poco o poco y sin que me diera ni cuenta, se fue apagando,  se alejó. No pretenderá  que innove a estas alturas de la creación, mi obra ya está hecha y bien preciosa que me quedó, que se conforme con eso y vuelva a decir al menos una vez al día, ¡qué maravilla!, que se ponga en los auriculares el “Viva la vida” de Cold Play, como solía.

-¿Puedo ser agente de la FIFA?, le preguntó el ángel del señor al susodicho señor, me haría ilusión.

-Como poder…y ya estás tardando.

Harta de contemplar el desfile de las hormigas que le recordaban demasiado a ella misma y a sus inútiles afanes,  Nélida levantó un instante la cabeza y vio a un fornido y más que bien plantado hombre que pasaba a su lado trotando y sonriendo a la vez. Sus ojos lacrimosos detuvieron el llanto  para contemplar con arrobo la elegante zancada del corredor, el brillante tono oscuro de su piel, su luminosa dentadura y sus portentosos cuádriceps. Todo él era un prodigio de belleza y armonía además de irradiar una luz que en un instante iluminó el suelo de tierra gris, el cielo gris, los zapatos grises de Nélida y la vereda entera.

Hola, dijo él con sencillez deteniendo su majestuoso trote.

Hola, sonrió Nélida sin tener que forzarse por primera vez en meses  y meses. Además olía bien, a algo dulce, como a ensaimada rellena.

El hombre le dijo que llevaba mucho tiempo viéndola pasar por ese mismo sendero, le explicó con mucho orgullo que era agente de la FIFA y que por ello viajaba muy a menudo, pero que cuando estaba aquí le gustaba correr por ese camino ya que tenía frondosos castaños a cada lado.

Los árboles, por alusiones, soltaron de golpe unas cuantas castañas que cayeron sobre la cabeza pesarosa de Nélida haciéndole el efecto de un electro shock vegetal, por así decir.

“Huy”, dijo ella y después de ese” huy” el apuesto corredor ya no estaba. Se lo habría imaginado.

Qué lindos le parecieron a Nélida los niños que hacían su clase de gimnasia al aire libre, los veía cada día pero nunca les prestaba atención, es más, le molestaba que siempre estuvieran en el mismo sitio.  Una de las niñas, la  rechoncha con coletas,  se negaba a saltar a la cuerda. La profesora le estaba diciendo, “hoy saltas sí o sí”. Saltó y se cayó, cosas que pasan.

La luz del sol se filtraba entre las hojas  formando rayos de luz. Nélida cruzó por ahí, atravesándolos. Se sentía un poco menos cansada, un poco menos triste, un poco menos ansiosa.

Pero  di qué bonito, al menos, hija, refunfuñó desde arriba un poco mosca, el señor Dios.