Autor: evavill

Me llamo Eva y me he puesto de empleada doméstica porque no me ha quedado más remedio. Tengo un blog donde cuento mis peripecias. Busca Aventuras de una chacha y me encontrarás.

Escenas cotidianas sin dioses ni dragones

Te digo que…te digo que…le va diciendo Marcelo  a su mujer que camina unos pasos por delante, tanteando con sumo cuidado el terreno resbaladizo. Los dos van muy bien pertrechados para el tiempo gélido: gorros de lana, guantes, forros polares y camisetas térmicas. Han salido a ver si encuentran algo de fruta, verdura y pan. Marcelo acaba de ver a un camarero en manga corta retirando la nieve con una paleta, es la que usan para la plancha en el bar.  Con ese instrumento lleva un buen rato retirando nieve. Y con mucha paciencia y sin desánimo ha conseguido despejar una pequeña zona circular, lo justo para instalar una mesa y dos sillas. Mientras tanto,  en una de las muchas ramas tronchadas otro camarero ha colgado  un cartel con una flecha dibujada y debajo el claro mensaje: aquí café.

¡Qué te digo!, exclama esta vez Marcelo, ¡qué te digo!

Dos ya se han sentado a desayunar y a mirar el espectáculo de las calles blancas.

No sé qué me dices, Marce, es imposible que te oiga con el ruido de esa máquina y si me doy la vuelta, no me quiero dar la vuelta, el suelo resbala mucho, la gente se rompe las piernas y los brazos, esto es puro hielo, ve con cuidado…solo nos faltaba acabar en las urgencias de traumatología y que allí, en lo que nos colocan la escayola, nos llevemos de premio lo que ya te imaginas,  solo nos faltaba, estate atento, ya llegamos a la frutería.

Nada de nada, estanterías vacías, proclama Marcelo, lo que se dice nada. Siente cierta satisfacción al comprobar el desabastecimiento. Normalmente ir a la compra es un trámite rutinario y aburrido, quieras que no, salir de peligrosa expedición por un paisaje siberiano en pos de la  única mandarina del barrio tiene su punto emocionante, al menos por un día.  En dirección contraria vienen los padres de Hugo, ese niño que estuvo en clase con uno de los suyos.

Son los padres de Hugo, susurra Marcelo al gorro de su mujer.

Como para reconocer a nadie con estas pintas que llevamos todos, si ya con las mascarillas no conozco a la gente, añádele estos avíos como del polo norte y camuflaje total.

Ni gota de pan en el Ahorra Más, ni de molde ni nada, en Día tampoco queda nada,  tampoco hay huevos. Vamos a cruzar la plaza para ver si un poco más allá…

Ni lo intentéis, de ahí venimos nosotros y no vais a poder cruzar, es puro hielo y la nieve llega, no sé cómo decirte, nunca vi nada igual, gran parte de los árboles del parque se han tronchado, no una rama ni dos, no, el propio árbol partido por la mitad. Muertos, cantidad de muertos. Daniela  ha estado a punto de llorar.

Llorar, no, dice ella, no exageres, pero te da una cosa, un malestar…

Suerte para la familia, suerte para hijos, hijas y padres y para toda la familia y feliz año, mucha suerte para todos, dice la mujer que pide en la esquina.

Marcelo se toca los bolsillos pero no lleva nada suelto, ya nunca paga en metálico y ahora no sabe qué hacer, esas situaciones le ponen nervioso. Feliz, año, feliz, año, le contesta con culpa sabiendo que no se trataba de eso. La mujer ya está repitiendo lo mismo al siguiente que pasa.

Todo muy difícil, todo muy mal,  suerte para la familia, para los niños, para el padre, para la madre y feliz año, señor.

En una de las calles estrechas, Abdelkader Slimani, Toñín para los amigos y conocidos, hace alardes de fuerza retirando bloques de nieve, le gusta que sean grandes y los desplaza en brazos, luego los tira en un rincón donde ya se ha formado una montaña, cuando estrella  la tercera mole, Margarita la del segundo, aplaude en bata desde la ventana.

Ole con ole, eres el increíble Hulk, Toñín.

Sí, sí, para aplausos estamos ahora, dice la planchá que sale vestida como si estuviera en Baqueira, bastones de nieve incluidos,  mira cómo está la calle, impracticable,  ¿y la basura, dónde la dejo? Porque yo en mi casa no la voy a tener almacenada, eso por descontado.

No se preocupe, que esta noche la llevamos toda hasta la calle Príncipe que ya está casi despejada, por ahí sí podrá pasar el camión. A la calle Príncipe que va, eres tú el príncipe azul que un día soñeeeé, canta entusiasta Toñín mientras iza otra masa helada y la del segundo repite aplausos.

El circo de siempre multiplicado por cien, se dice a sí misma la Planchá, esto es desolador,  voy a ver si encuentro huevos y no me mato de aquí a la esquina.

Del escaparate de la floristería elegante todavía cuelga una guirnalda navideña, está tejida con ramas verdes y  bolitas rojas. La Planchá le pega  un tirón y se la echa al bolso. Para la próximas fiestas, ya tengo lo de la puerta, mira qué bien, ¿son esos los Urrieta?, ay que sí, el pesado de Marcelo, y sin poderme cambiar de acera, me hago la loca y ya.

Hinca los bastones y avanza poniendo los ojos en un punto imaginario de un imaginario horizonte.

Suerte que Marcelo acaba de ver otra escena que le interesa más, es Remedios que, a falta de bastones de montaña, se ha agenciado el palo de la fregona y con ese instrumento surca la nieve a gran velocidad. Detrás, jadeante y con cara de susto, va su cuidadora en zapatillas torcidas, “no corra tanto, mi señora Reme, que no la alcanzo, está esto friísimo”

Te digo que…te digo que…, dice Marcelo por todo decir.

Al llegar al portal se encuentran con Toñín armado de pico y pala. A su lado fuma el profesor de matemáticas. Fuma y observa, a veces mueve la cabeza como si dijera que sí, que es fantástico el espectáculo y otras como si dijera que no, que esto ha sido un cataclismo y una desgracia. Finalmente lanza la colilla a la nieve donde se apaga con un fssssss.

Los árboles yacen desplomados sobre los coches o atravesados impidiendo el paso. Los opinadores brotan en cada esquina. Algunos son partidarios de ponerse a retirarlos, de tomar la iniciativa, otros consideran que ni hablar, que lo haga el ayuntamiento, los militares, el Gobierno, que bastante tienen ya con lo de cada día como para ponerse a hacer tareas que les sobrepasan. Una cuadrilla de jóvenes ha entrado en acción y ya está levantando cadáveres. Los que fuman porros y escuchan  música en la valla han vuelto, se han sentado sobre la nieve a seguir apaciblemente con sus costumbres.

El vecino que vivió en Minesota dice que esto no es nada, que qué exagerados todos, que no hace tanto frío, frío son los menos cuarenta, ahí ya cierran los colegios porque si sales a la calle se te congela la cara, directamente.

Este es gilipollas, ¿no?, se pregunta Margarita que ya se ha vestido y ha bajado a hacer tertulia con el profesor de matemáticas y con Toñín.

Digo yo que estoy empezando a creer que lo del calentamiento global es mentira, a ver esto entonces de qué calentamiento sale.

El profesor de matemáticas trata de explicarle, sin mucho éxito, que estos fenómenos tan extremos e inusuales se deben precisamente al cambio climático, una corriente que sube, otra corriente que baja.

Bah, dice ella muy poco convencida. Anda, tú, han puesto mascarilla al muñeco de nieve. Eso me recuerda que han ingresado a la madre de Leo, está grave, se va a morir, pero tranquilos, tranquilos, que no ha sido pandemia. Es…no lo sé, pero pandemia no es lo que tiene.

Toñín contempla su plantita, la cubrió con un envase de plástico de pollo asado y algo verde reluce por debajo. Hierbabuena, explica.

Pues nos hacemos un té de esos de tu tierra, dice Margarita agachándose a mirar la hojita enclenque.

La planchá ya vuelve con su guirnalda navideña escondida en el bolso, sin huevos.

Qué putiferio, qué sin Dios,  masculla  mientras empieza a subir escaleras. Desde marzo no ha vuelto a subir en ascensor, ni piensa.

Hijos de nube

Frixo y Hele habían nacido de la unión del rey Atamante, que gobernaba Coronea, y Néfele, la diosa de las nubes y nube ella misma. Estar casado con una nube puede parecer algo precioso y tal vez lo sea pero con el paso del tiempo el rey Atamante se cansó de tan vaporosa señora y buscó algo más carnal a lo que agarrarse. Se divorció de Néfele o más bien la repudió y se casó con una tal Ino.

Los niños se parecían más al padre que a la madre, aunque un poco etéreos y cambiantes, no eran nubes ni estaban hechos para recorrer los cielos mudando de forma y color o deshaciéndose en agua. Se quedaron con el padre y con su nueva esposa.

Ino era una mujer muy celosa y poco amante de los infantes, en especial si esos infantes no eran suyos.  Quería a Atamante para ella sola y los niños le molestaban, planeaba tener hijos propios que heredaran las riquezas del padre. Esos dos chiquillos nubosos eran un incordio, así que urdió un plan para deshacerse de ellos.

Convenció a  algunas mujeres campesinas para que tostaran las semillas de trigo que iban a sembrar. El resultado fue que no germinaron y se produjo una situación de hambruna que fue acompañada de peste y desdicha.

Atamante, en vez de consultar a algún ingeniero agrónomo recurrió, el muy magufo, al Oráculo de Delfos y allí que mandó a un emisario para que le revelaran las causas de la hambruna. Ino, temiendo ser descubierta, sobornó al emisario para que dijera que el hambre y la peste solo acabarían si sacrificaban a los dos hermanos en el altar de Zeus.

Ajenos a todos estos trajines y peligros, Frixo y Hele jugaban cada tarde  en el jardín. Estaban un poco tristes por la ausencia de su madre y miraban mucho al cielo, buscándola. A veces veían pasar a a mujeres nube muy parecidas, pero nunca podían estar seguros de que fuera ella. Cada noche lloraban antes de dormir porque las manos húmedas de Néfele ya no les arropaban. De día, como eran niños, se distraían, reían y a ratos se olvidaban.

Una de esas tardes estaban jugando a tirar piedras al estanque para ver si le acertaban al sapo del nenúfar cuando se les presentó así, sin más preámbulos, un carnero dorado. Parecía pacífico y simpático por lo que, vencida la desconfianza inicial, se pusieron a jugar con él. El sapo respiró aliviado.

Acabaron subidos a su lomo galopando por el jardín. El carnero dio vueltas y vueltas y vueltas con sus rizos dorados reluciendo al sol, pegó unos cuantos brincos y al tercero estaba deslizándose por el cielo con los dos niños a bordo.

Dejaron atrás el jardín y Coronea, dejaron muy abajo los campos estériles y sobrevolaron bosques, ríos y por fin un mar. El viaje estaba siendo muy largo y se cansaban, sobre todo Hele que era más pequeña. La niña se quedó dormida, sus bracitos, que abrazaban la espalda de su hermano, se aflojaron, el cuerpo se inclinó hacia un lado vencido de sueño y cayó al mar donde se ahogó. Ese mar se llama en su honor Helesponte.

Una tremenda tormenta se desencadenó, el agua caía con tal violencia que Frixo pensó que tampoco él sobreviviría al viaje. Era Néfele llorando la muerte de su pequeña. Pero la madre se detuvo a tiempo de perder también a su hijo y Frixo logró llegar a la Cólquide, al palacio del rey Eeetes, donde fue muy bien acogido.

Al carnero lo sacrificaron, (si no sacrificaban a algo o a alguien no se quedaban tranquilos), y colgaron su piel dorada (el vellocino de oro) de un roble y custodiada por un dragón para que no faltara de nada en esta historia tan de la vida misma.

Para compensar al pobre carnero, Zeus lo convirtió, ya despellejado, en la constelación de Aries.

Conclusión de todo esto: no se me ocurre.

¿Será alguna de estas la madre de Frixo y Hele?

Las hermanas de Iris

La niña Iris era dulce y encantadora, siempre tratando de llevar armonía y paz a su hogar, lo cual no era nada fácil.  Crecía bonita pero un poco escasa de peso porque sus hermanas, dos gemelas con muy mal carácter, se comían lo de su plato y lo del de Iris. Su madre, Electra, tenía que estar muy vigilante para que Iris se pudiera alimentar. Y lo mismo que le robaban la comida, le escondían sus juguetes preferidos, le tiraban sus cuentos por la ventana, le emborronaban sus cuadernos escolares a mala idea y le revolvían la ropa, que ella tenía muy ordenada.

Eres una cursi y una moñas, Iris, nos das asco, le decían cuando la veían en un día de sol recogiendo florecillas en el jardín o poniendo arcos de colores para adornar la línea del horizonte.

Esos días de buen tiempo ponían de muy mal humor a las gemelas, ellas preferían el tiempo revuelto, las tormentas en las que los rayos fulminaban árboles y el viento arrancaba tejados a violentos mordiscos. Y si el tejado le caía a alguien en la cabeza más contentas se ponían. Hasta aplaudían y saltaban, oye.

-Hay que ver, le decía Electra, a su marido, Taumante, qué distintas nos han salido, no lo comprendo, llevan nuestros mismos genes y les hemos dado la misma educación pero mientras que Iris es un amor, estas dos chicas, de verdad, está mal que lo diga su madre, pero son unas arpías.

Mujer, no digas eso, alguna virtud tendrán, son más rápidas que el viento y más veloces que los pájaros.

Virtud es esa, no lo niego, pero si la utilizan para hacer el mal, se vuelve defecto. ¡Niñas, a comer!, la musaka está en la mesa.

Estaba, observó el padre acercándose a mirar la fuente sucia y vacía.

¡Otra vez lo han vuelto a hacer! No tienen remedio, no lo tienen, no lo tienen. Pues las voy a castigar.

 No las castigues, mamá, es que vuelan mucho y muy rápido y por eso tienen tanta hambre, intercedió Iris, toda bondad.

La madre tenía razón, remedio no tenían.

Las tres hermanas habían nacido aladas, pero mientras que las alas de Iris eran doradas y finas como las de una mariposa, las de Aelo y Ocípete, que así se llamaban las pérfidas gemelas, eran oscuras y grandes, como de aves carroñeras. Sin embargo, poseían largas y atractivas cabelleras y belleza en sus caras aunque sus cuerpos estaban rematados con una cola de escorpión, a modo de aviso. Con el paso del tiempo se volvieron feas del todo, como si sus rostros no pudieran ocultar por más tiempo la maldad de sus espíritus.

En Tracia vivía un rey llamado Fineo que tenía dotes de adivino, tantas y tan buenas que ya se pasaba un poco, profetizaba con acierto hasta lo que los dioses no querían que los hombres supieran y además lo iba contando. Contentitos los tenía.

Fineo era ciego porque había entregado la vista a cambio de tener una larga vida pero eso no le impedía ver el futuro con toda nitidez. Zeus, en su línea vengativa, dijo, ¿conque sí?, ¿conque me vas a estar tú destripando la trama?

De eso nada, bonito, ahora mismo te mando yo a la pareja de malvadas gemelas para que te hagan la vida imposible por soplón ¡Aelo! (viento tempestuoso), ¡Ocípete! (vuelo rápido), venid aquí ahora mismo que tengo un encarguito para vosotras.

A Fineo lo confinó en una isla (viene de lejos lo de los confinamientos) y le puso delante unos manjares deliciosos que él no veía, pero sí olía y le hacían salivar.  Cada vez que el hombre alargaba la mano para comer algo, las Arpías o Harpias, que también se les puede poner una hache delante para que quede más bonito y helénico,  bajaban volando y se lo zampaban. Habían encontrado su trabajo ideal, comer y fastidiar.

Suerte que tuvo Fineo que pasaron por esa isla los Argonautas, unos marinos aventureros que iban en busca del vellocino de oro ,comandados por Jasón. Su objetivo era llegar al Cólquide (actual Georgia, me acaba de soplar google) pero, como en toda aventura que se precie,  tenían que superar unas cuantas pruebas y obstáculos. Una de estas pruebas era atravesar las Cianeas o rocas coincidentes,  unas peñas móviles puestas en el mar con muy mala idea, vete a saber por quién.

Las rocas flotaban y entrechocaban de forma aleatoria en medio del agua, por lo que era imposible saber cuál era el buen momento para atravesarlas. Si Fineo les decía cómo hacerlo, ellos le ayudarían a ahuyentar a las Arpías.

Fineo les dio una solución muy fácil, que enviaran por delante a una paloma, si quedaba espachurrada no tenían que pasar, si salía ilesa, sí. Como el ave solo perdió las plumas de la cola, se pusieron a remar con mucho ímpetu y consiguieron atravesar las rocas sufriendo solo leves desperfectos en el casco del barco.

Dentro de esa tripulación viajaban dos héroes alados, también muy ventosos ya que eran hijos del dios Bóreas. Comenzó una persecución alocada por los cielos y lograron atrapar a las Arpías, ya iban a matarlas cuando llegó la dulce Iris y les rogó que perdonaran la vida a sus hermanas. Accedieron pero las mandaron a vivir a una húmeda y umbría cueva. Desde allí siguieron haciendo maldades pero ya sin cobrar, por pura afición. Raptaban a la gente y los torturaban de camino al Tártaro, un profundo abismo usado como mazmorra de sufrimientos que se encontraba bajo el inframundo, donde las almas eran juzgadas tras su muerte. Eran crueles y violentas y aunque ya no robaban comida hacían otra cosa peor y muy asquerosa, depositaban sobre ella sus excrementos y difundían enfermedades.

 Virgilio dice de las siniestras gemelas, “no hay monstruo más aciago que ellas ni peste alguna más cruel. Tienen rostros de doncella en cuerpos de ave, nauseabundo es el excremento de su vientre, las manos se les hacen garras y sus caras siempre están pálidas de hambre”.

Las arpías se jubilaron en los capiteles románicos y ahí siguen, recordando al que las mira, por si se le había olvidado, y mira que es difícil, que el mal existe. Como son de piedra y muy viejas ya no hacen daño y quedan bien, bastante decorativas.

No te rías del amor

Apolo pasaba muy buenos ratos con las Musas. Les había dicho que estaba prendado de una de ellas y que pronto, muy pronto, revelaría el nombre de la elegida. Se sucedían los días y los meses pero el nombre seguía sin saberse. Cada una de las musas pensaba en secreto, sin confesárselo a las otras,  que era ella la elegida por el dios de las artes y mientras tanto, Apolo se divertía con todas sin amar en realidad a ninguna.

De pequeño y para defender a su madre, Apolo había matado con su arco y sus flechas a una enorme serpiente pitón y era esta una hazaña que le gustaba mucho mencionar, viniera o no a cuento. Por ejemplo, decía Urania, la musa de la astronomía, “¿sabes Apolo que esta tarde noche hay una conjunción Júpiter Saturno que puede verse hacia el suroeste y que no se va a volver a producir en montones de años?, ¿ la vemos juntos desde mi observatorio?”

Y respondía Apolo, “para conjunción la que hicieron mis flechas sobre la carne de aquella gigantesca pitón, madre mía, qué certeramente le di”.

O le preguntaba Terpsícore, la de la danza, “Apolo, ¿te gusta la última de Tangana, te la bailas conmigo?”

“Precisamente un baile fue lo que hizo aquella serpiente pitón cuando yo le disparé mi flecha, el baile de la muerte, no te digo más”.

En ese plan . Por muy guapo y apuesto que fuera no sé por qué las Musas se dejaban engatusar con lo plasta que era. Una de esas tardes en las que se hallaban ellas cantando y tocando sus instrumentos y él dirigiendo la orquesta y lanzando miraditas de eres tú o puede que tú o puede que tú, pasó por allí Eros, el dios del amor, con su carcaj lleno de flechas.

Apolo detuvo su batuta y le dijo, muy chulo él, “¿qué intentas hacer, niñato, con esas armas?, las flechas déjamelas a mí, yo maté a la pitón, conténtate con encender la antorcha de esos amores tuyos que yo desconozco y no trates de igualarme”.

Eros le respondió, “tu arco lo traspasará todo pero el mío te va a traspasar a ti, listillo”.

Se posó sobre la cima del Parnaso y sacó dos flechas, una era de plomo y  ahuyentaba el amor, otra era de oro y lo  hacía nacer.  Con la primera hirió a una ninfa, Dafne, la hija del dios río Peneo; con la otra atravesó los huesos de Apolo hasta la médula. Después se dio media vuelta y silbando desapareció. Ahí lo tienes, por reírse del amor que es cosa seria.

Apolo, confundido y mareado, miró a las Musas, “¿nos vas a decir ya el nombre de la que te gusta, por eso se te ve tan nervioso y pálido?, ¿ soy acaso, yo?, ¿o yo?, ¿o yo? y así hasta nueve “o yo”

No, no, lo siento chicas, pero no sois ninguna de vosotras, perdonadme, musas , se me hace tarde, son las seis, ¡las seis!, justo a esa misma hora maté hace no tanto a una serpiente pitón. Adiós, adiós. Y salió corriendo ,enloquecido , a buscar a la ninfa de sus amores.

Ella se encontraba haciendo el salvaje en un bosque, eso era lo que le gustaba. Con una cinta se sujetaba los cabellos en desorden, corría tras los animales, se subía a los árboles, se bañaba en los ríos y bebía agua de los arroyos, comía bayas silvestres y trepaba con sus fuertes y ágiles piernas hasta las cimas de los montes para contemplar desde allí los más bellos panoramas. Dormía al raso, tapada por las estrellas, y por la mañana, vuelta a empezar con sus correrías.

Su padre, el dios río Peneo, las pocas veces que conseguía hablar con ella, le decía, “hija, para un poco de hacer el cabra, has rechazado ya a muchos pretendientes, ¿por qué no te casas y me das un nieto?”

Era oír la palabra matrimonio y se ponía verde, igual que  los campos por los que corría y que las copas de los árboles a los que se trepaba.

“Que no, papá, que quiero ser libre, el yugo del hombre no es para mí” y se internaba en las espesuras de las selvas y los bosques disfrutando muy feliz de su soledad.

En esas soledades estaba cuando oyó unos pasos que no le parecieron de animal y se giró a mirar. El causante de las pisadas, Apolo herido de amor, la miró también, contempló sus pelos revueltos y pensó que si así estaba guapa cómo no estaría tras peinarse, vio sus ojos y le parecieron estrellas, vio sus labios y soñó al instante con besarlos. Observó sus dedos, brazos y hombros semidesnudos e imaginó el resto.

Ella echó a correr y con el movimiento, su belleza se acrecentó, lo cuenta Ovidio más o menos así, “desnudaban su cuerpo los vientos, y las brisas a su encuentro hacían vibrar sus ropas y echaban hacia atrás sus cabellos”.

Apolo le pide que deje de correr y para convencerla le dice lo siguiente, “Oh, ninfa, hija de Peneo, detente, te lo ruego, no te persigo como enemigo, ninfa, párate. El corderillo huye así del lobo, el cervatillo del león, las palomas con sus trémulas alas huyen del águila y de cada uno de sus enemigos, yo te persigo a causa de mi amor hacia ti”.

En un principio Apolo es delicado, le dice que no corra tan rápido, pues teme que se haga daño con las zarzas o se caiga de bruces y promete perseguirla un poco más despacio. Pero como ella no le hace caso y no aminora la carrera, le puede el ego,   “que no te persigue cualquiera, que yo no soy un pastor, no soy un hombre inculto que vigila vacas y rebaños, tú no sabes, imprudente, de quién huyes y por eso huyes. Yo revelo el porvenir, soy el dios de la artes, la medicina es invención mía y por eso me llaman el auxiliador. Y además, maté a una pitón”.(Acabáramos)

Dafne, cada vez más horrorizada al ver que el hombre la va a alcanzar pide ayuda a su padre, “padre mío, tú que tienes poder divino, quítame  la apariencia por la que soy amada”.

Nada, que me quedo sin nietos, con la ilusión que me hacía,  se revuelve el padre río. Pero consiente y le concede la transformación.

Las piernas de Dafne se vuelven torpes y pesadas, su fina piel se hace rugosa y se recubre de corteza, sus pies se alargan y hunden en el suelo retorciéndose, sus brazos se hacen ramas, los rasgos de su cara desaparecen y el pelo es sustituido por una frondosa copa. Apolo abraza el árbol, un laurel,  y lo besa.

No serás mi mujer, nunca lo serás, pero sí serás por siempre mi árbol, adornaré mi cabeza con tus hojas y tus ramas coronarán la cabeza de héroes y campeones. Y lo mismo que mi cabeza permanece siempre igual, yo nunca seré calvo, que lo sepas, que tu follaje se quede verde,Dafne, que te quiero verde. Huy, por cierto, ese color me recuerda al de la piel de la serpiente pitón que yo maté de un flechazo. Pesadito era el señor…

Pero mejor no me meto con él, ya que también es el dios de las plagas y de su solución. Apolo, guapo, baja a echarnos una mano.

Una Dafne o laurel de muy buen ver

Es muy digno ser urraca

Ya es casualidad que en Macedonia vivieran también nueve hermanas muy aficionadas a las bellas artes. Eran hijas del rey Píero y de una de las Danaides ( las Danaides eran cincuenta hermanas,  los líos que tenían por las mañanas para pasar al baño no se mencionan en ningún texto, lo cual no entiendo porque aquello sí que debió de ser épico y no la guerra de Troya. Luego, ya de mayores,  mataron a sus maridos por orden de su padre pero esto es otra historia y aquí la dejo aparcada).

Vuelvo con las Piérides. Tal vez porque se lo habían dicho repetidas veces sus progenitores o por otros motivos que solo un psiquiatra podría desentrañar,  se creían dotadas de un gran talento para la música, el canto y la poesía. La  verdad es que eran bastante mediocres, por no decir malas de llorar.

Pero como la falta de talento no tiene por qué ir unida a una baja autoestima, y  seguras como  estaban de su valía, atravesaron la Tesalia y parte de Grecia hasta llegar al monte Helicón. Su objetivo era retar a las Musas y disputarles el puesto de primeras de la clase. Para disimular su intención  se hicieron las simpáticas y cercanas,  no era muy recomendable llegar de nuevas a otro barrio ya avasallando, en plan macarra.

 Las Musas se alegraron de haber encontrado a nueve chicas de su misma edad y con sus mismos gustos y aficiones. Cantaron y bailaron juntas, editaron una revista digital con los textos de unas y de otras y hasta salieron de bailoteo alguna noche. Todo muy bien aunque las Piéridas ya empezaban a hacer cosas un poco sospechosas como sacar defectos a lo que hacían  sus amigas, que si te falta aquí un acento, que si mejor pon punto y coma en vez de coma, que esto que has escrito es bonito pero muy facilón o  que cuando cantes no grites tanto y procura no desafinar.  En fin, que trataban de minarles poco a poco la moral.

Hasta que un día no aguantaron más la pantomima y las retaron. A ver quién canta mejor, venga, y a ver quién cuenta más bellas y conmovedoras historias,  si os ganamos nos quedamos con el Parnaso y las floridas riberas del Hipocrene ( una fuente que nacía en la falda del monte Helicón). Si ganáis vosotras os damos los valles de Macedonia.

No es que las Musas quisieran los valles de Macedonia pero  aceptaron el desafío. Los jueces serían las encantadoras ninfas que vivían en los árboles, ríos y arroyos. Comenzaron las Piérides cantando  unos versos muy largos y aburridos que narraban el  combate de Zeus contra los Gigantes (encima pelotas).  Algunas ninfas se durmieron al instante y otras, incapaces de soportar semejante tostón,  se marcharon un momentito al Mercadona a comprar guacamole para la cena.

Volvieron justo a tiempo de escuchar a la musa Calíope. Para estar más cómoda se había recogido su larga cabellera con unas ramas de hiedra, estaba guapísima y qué maravilla lo que narró y cantó,  los pájaros se callaron para escucharla, el viento se detuvo y la luna despertó de su sueño diurno. La decisión estaba clara y las ninfas sin dudarlo dieron la victoria a las Musas.

Las Piéridas, que más que hijas del rey Píero parecían las de Donald Trump, no se conformaban con la derrota,  se pusieron desagradables y empezaron a hacer gestos chabacanos y a proferir insultos muy variados, (en esto sí eran buenas y creativas) además de escenificar (palabra muy de moda que odio bastante) amenazas truculentas.  

Ya se acercaban dispuestas a pegarles una paliza a sus nueve rivales, iban a ganar o por las buenas o por las malas cuando de sus uñas brotaron púas rígidas y penachos  de plumas negros y blancos de los brazos estirados. Las bocas insultantes se afilaron y endurecieron hasta convertirse en picos. En un momento pasaron de tener los pies en el suelo a estar posadas en los árboles cercanos graznando como las urracas que ya eran y por siempre serían.

Esta transformación la narra Ovidio en sus “Metamorfosis” y de ellas dice que eran “estúpidas hermanas que solo por ser nueve se creyeron iguales a las Musas”. Vaya con Ovidio.

El poeta Nicandro de Colofón (me quiero llamar así), un señor que escribía en el siglo II a de c. poemas sobre venenos, para gustos…,  menciona no sé dónde ni por qué los nombres de estas  mujeres: Colímbade, Linge, Céncride, Cisa, Claori, Acalántide, Nesa, Pipo y Dracóntide.

No es que el comportamiento de estas chicas fuera ejemplar pero hay que reconocer que no es fácil asumir que lo que te gusta hacer y para lo que te creías dotado se te da mal y que nunca, por mucho que lo intentes, estarás entre los mejores. Quién sabe si como urracas se sintieron más felices, sin esa presión por ocupar el primer puesto, solo siendo. A lo mejor sí y la metamorfosis les vino bien.

¿Por qué va a ser más valiosa una musa que una urraca? Todo cumple una función y tiene su lugar y su importancia. Ser urraca es muy digno. Pero por si acaso a ellas les disgustó el cambio y tal vez para consolarlas pusieron su nombre grupal, Piérides, a una especie de mariposas.

Anda que no se está poco bien subida en la bola y sin tener que competir con nadie.

Lo que las Musas tuvieron que aguantar

Venid, hijas mías, que os he traído una cosa, dijo Zeus presentándose de improviso en el Helicón e  interrumpiendo danzas, cánticos, poemas y prosas poéticas. Corrieron ellas gráciles con sus pies violetas al encuentro de su padre. Pensaban que se trataba de otro bonito regalo: una flauta nueva, una batería, unas zapatillas de bailar, un ordenador portátil versátil y ergonómico…

Ale, aquí tenéis, dijo Zeus dejando caer sobre una mesa de un brusco golpetazo unos libros muy feos,  un temario de derecho administrativo y un ejemplar de la Constitución para cada una.  Se van a convocar cincuenta plazas de auxiliar en el ayuntamiento del Olimpo, así que empezad a estudiar. Es un trabajo para toda la vida, con horario fijo de ocho a tres y días de asuntos propios. El arte no da para comer y yo no os puedo seguir manteniendo eternamente, sois nueve y tengo más hijos. Así que ya estáis tardando, a estudiar ahora mismo el Procedimiento Administrativo Común.

Que no, papá, que no, por favor, por favor, por favor no nos hagas esto, suplicaban ellas muy alteradas,  mesándose los cabellos, que no queremos ser funcionarias, que el derecho administrativo es un coñazo, el arte no puede ser solo unas horas al día, debe impregnar la vida entera, el arte no se  puede compartimentar, nos entraría una depresión profunda de la que solo podríamos salir atiborradas de pastillas y además…

Eso, eso, dijo Apolo que siempre andaba enredando por ahí como director del coro, cada uno viene al mundo con una misión, no quiera usted don Zeus hacer de sus hijas lo que no son, unas  funcionarias culonas aficionadas a las rebajas y al intercambio de recetas para la Thermomix. Permita que las chicas canten e inspiren el canto a los demás.

No me hagas apologías, Apolo, que nos conocemos,  pues las financias tú, que para eso eres el de las Bellas Artes. Yo por si acaso os dejo los temarios y que sepáis que no compro más material artístico de ningún tipo.

¿Y ahora qué hacemos?, se preguntaron muy consternadas las Musas, una vez que se marchó el padre. Deja de bailar, Terpsícore, que nos mareas, hay que pensar. Vamos a abrirnos un Linkedin para empezar. Apolo, ¿tú sabes de alguien que nos pueda necesitar?

Algún contacto debía de tener Apolo porque al cabo de unos cuantos días recibieron la primera llamada, un  tal Homero. Contestó Clío, ¿sí, dígame? “cuéntame Musa, la historia del hombre de muchos senderos que después de destruir la sacra ciudad de Troya anduvo peregrinando muchísimo tiempo”. Con lo que Clío le contó, que fue mucho y muy detallado,  el hombre se escribió los 24 cantos de la Odisea, puso fin y la firmó.

Terminado el primer encargo, una segunda llamada. Esta vez el empleador se llamaba Virgilio y lo suyo no era la claridad, “cuéntame, Musa, las causas, ofendido qué numen o dolida por qué la reina de los dioses a sufrir tantas penas empujó a un hombre de tan insigne piedad a hacer frente a tanta fatiga”. ¿perdón?, que me aspen si lo entiendo, dijo Polimnia, bueno, da lo mismo, en un rato le mandamos entre todas una historia y usted verá si le conviene. Le convino, fue la Eneida.

Y así un no parar de llamadas, algunos,  como Dante, escueto y a la desesperada, “¡Oh, Musas, ayudadme!”, le ayudaron y toma Divina Comedia.

Trabajo no les faltaba pero estaba muy mal pagado, los honores se los llevaban otros y con tanto crear para los demás no tenían tiempo de crear ellas. Se frustraban, se entristecían, languidecían.

Fueron a hablar con Zeus, aceptarían el trabajo de ser las inspiradoras de aquellos mortales artistas en periodo de sequía, ellas les transmitirían el éxtasis y la locura necesaria para hacer arte pero nada de soplárselo todo al oído, que ya estaba hartas. Como mucho susurrarían alguna que otra idea y otorgarían el hechizo necesario para entrar en ese mundo que está fuera de la realidad y de la razón. Pero querían tiempo para ellas y un sueldo digno.

Bueno, está bien, accedió Zeus, pero devolvedme los temarios que los voy a poner en wallapop.

Otra vez me he alargado mucho y ya no me da tiempo a contar lo de las vecinas envidiosas, el cantante competitivo y el rey acosador.

¡Ayudadme, oh Musas!

Que otro día me ayudarán, eso dicen, no sé si será verdad.

Nueve hermanas con mucho arte

Zeus no encontraba las llaves, venga a dar vueltas por el Olimpo cada vez más nerviosito. Pero, ¿dónde las habré dejado?, si yo juraría que las guardé donde siempre, en la nube de la entrada, pues no están y sin ellas no puedo salir. Mnemosineeee, ven, por favor, ¿tú te acuerdas dónde he dejado yo las llaves?

En la tercera nube por la derecha, contestó ella con voz de aburrimiento. Este hombre…se cree que soy la Siri , es más pesado que los monos.

Y cuando no eran las llaves era el coche o las gafas o los rayos. Y cuando no era nada de eso, se trataba de  otras cuestiones no tan materiales pero que quería recordar. Mnemosineeee , diosa de la memoria, ven un momento, por favor, ¿cómo se apellidaba ese compañero mío del colegio que llevaba un corrector en los dientes, de nombre era Georgios pero ¿de apellido?…que no me sale y llevo toda la mañana dándole vueltas, qué rabia.

Y Mnemosine: Georgios Kostopoulos,  ibas mucho a su casa a jugar a las chapas en el pasillo, su madre os hacía bocadillos de mortadela con aceitunas.

Ay,¡ por dios!, que me diga,¡ por mí mismo!, lo estoy viendo todo como si estuviera en ese pasillo,  qué recuerdos, quisiera que me trajeras más, deseo atesorarlos,  te invito a cenar y me cuentas todo. Mnemosine aceptó, Zeus era pelma pero tenía algo atrayente, sería la erótica del poder o la erótica sin más. 

La cena y las narraciones,( algunas se las inventaba pero como Zeus no se acordaba se las creía), desembocaron en una noche de amor y pasión. La consecuencia fue que a la mañana siguiente nació una niña a la que llamaron Calíope. La dejaron con una niñera y continuaron con otra noche más de amor desesperado. A la mañana siguiente, niña que te crió, la pusieron Clío. Y así siete noches más y siete nacimientos más: Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Terpsícore, Talía y Urania. Habían nacido las Musas.

 Pues ahora que me acuerdo, le dijo Mnemosine a Zeus poco antes de que anocheciera por décima vez,  me he dejado la ropa tendida y está lloviendo,  a partir de este momento,  si se te olvida algo o quieres que te ayude a rememorar  me pones un guasap y yo te contesto con un mensaje de voz. Eres un encanto, Zeus, padre de mis nueve hijas, pero antes de que sean diez, salgo por patas, nos vemos, si eso, por el Helicón.

Metió a sus recién nacidas en nueve capazos y ayudada por sus nodrizas, se las llevó monte Helicón arriba, gira que te gira por sus  empinados caminos en zigzag, de vez en cuando se paraban a amamantarlas y a descansar y  contemplaban los olivos y el bello paisaje que se extendía debajo. En esas paradas descubrió la madre lo bonitas y bien formadas que habían nacido las nueve y se asombró porque el llanto de las bebés no era irritante como suele sino lo  más parecido a un bello canto.

Crecieron las niñas sanas y hermosas y enseguida desarrollaron cualidades artísticas, cada una la suya particular. Animaban con sus cantos, recitales y bailes todas las fiestas y reuniones de los dioses y al papá Zeus se le caía la baba con ellas. Para cada una tuvo un regalo.

A Calíope, la de la bella voz, elocuente como ella sola y aficionada a la poesía épica,  le dio un estilete o punzón  y una tabla de escritura. A Clío, ya que le gustaba mucho narrar historias del pasado, le entregó un rollo de pergamino; a Erato, que se inclinaba por la poesía lírica y amorosa, una lira. A Euterpe, muy musical ella, una flauta. A Melpómene, la más dramática, un cuchillo   y una máscara trágica.

Poliminia, que era muy mística, rechazó el regalo, entonó un canto sacro y después se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio y discreción. A Terpsícore, la danzarina, una guirnalda de flores para el pelo; a Talía, la más chistosa y bucólica,  una máscara de comedia y un cayado de pastor. Y a Urania, la celestial,  (tranquilos que ya termino con los regalos de las chicas) una esfera para su mano izquierda, una espiga para su derecha y un manto de estrellas para cubrirse.

Vivían muy felices en su monte todo el día cantando, bailando, recitando, dedicadas al arte en cuerpo y alma. Es verdad que a veces se ponían un poco pesadas con tanta actuación y tanto ensayo de coreografías y Nmemosine les tenía que pedir que se callaran un ratito y dejaran de mover los pies, ya que los vecinos de abajo padecían de estrés y ella no se podía concentrar en sus remembranzas. O eso o que se fueran a dar una vuelta por ahí.

En una de esas vueltas bajaron del monte y se encontraron con un pastor con pinta de bruto y un palillo entre los dientes llamado Hesiodo, se le acercaron y le dijeron, con bastante poco tacto, lo que sigue,” pastor  que pasas la vida al aire libre, raza vil, que no eres más que un vientre, nosotras sabemos decir numerosas, verosímiles ficciones; pero también cuando nos place, sabemos ensalzar la verdad.” Para compensar la bordería le entregaron una vara de laurel y le inspiraron una voz divina con la que pudiera decir las cosas pasadas y futuras. Y con esa inspiración empezó el pastor a escribir su famosa Teogonía.

“ Al que ellas honran y le miran al nacer, derraman sobre su lengua una dulce gota de miel y de su boca fluyen dulces palabras. De las Musas y de Apolo descienden los poetas y músicos y artistas que hay sobre la tierra, dichoso es aquel de quién se prendan , dulce brota la voz en la boca”, dice Hesiodo que está muy agradecido de haber sido elegido. Y es que sabe que el don del arte no es cualquier cosa y que gracias a él se consiguen mitigar muchas penas humanas.

 “Pues si alguien, víctima de una desgracia, con el alma desgarrada se consume afligido en el corazón, después de que un aedo servidor de las Musas cante, al punto se olvida de sus penas y no se acuerda de ninguna desgracia, así de rápidamente cambian el ánimo los regalos de las diosas”.

Pero no todo fueron alegrías para las nueve hermanas. Debido a su talento sin igual, sufrieron abusos, envidias, plagios y acosos.

Resulta que…mejor para otro día “Lo que las Musas tuvieron que aguantar”.

Tiriti tran tran tran

En el mismo centro de la Arcadia, lugar que se ha mitificado pero que en realidad era una zona bastante cutre del Peloponeso,  había un lago siniestro a cuyas aguas no llegaba la luz. Lo único que en aquellas aguas se reflejaba era un amasijo de plumas y picos y un devenir de alas en movimiento. Nada se escuchaba allí, salvo graznidos.

El lago se llamaba Estínfalo y estaba habitado por tal cantidad de pájaros que tapaban el azul del cielo. Las aves del Estínfalo, de gran tamaño, tenían picos, alas y garras de bronce y con esas armas mataban. Todo en ellas estaba hecho para la destrucción, sus excrementos venenosos arruinaban los cultivos, y como eran carnívoras , atacaban al ganado y a la población, devorando tanto animales como humanos, sin hacer distingos.

Aquello era insostenible y no se podía aguantar. Para solucionar la situación los del Olimpo anunciaron que iban a crear un comité de expertos y a elaborar un protocolo de actuación. O dos o tres o cuatro, los que hicieran falta, será por protocolos ¡ Qué tranquila y aliviada se quedó la población tras escuchar estas palabras! Lo cierto (lo cierto en esta historia, no lo cierto, cierto) es que se reunieron y tomaron la decisión de encargar la misión de acabar con  las aves al más bruto que conocían, un psicópata  con amplia experiencia en exterminios de todo tipo y un largo historial delicitivo a sus fornidas espaldas.  La citada joyita se llamaba Heracles o Hércules, como más gustéis.

Ya desde sus más tiernos años apuntaba maneras. De bebé había estrangulado en la cuna a dos serpientes y jugaba con ellas cual si fueran sus sonajeros.  Por qué habían llegado esas sierpes a su cuna es otra historia pero no la cuento por no embarullar la ya de por sí embarullada trama.  De niño, junto a un hermano gemelo que tenía,  recibió educación musical de un tal maestro Lino, pobre señor, no sabía dónde se había metido. Como  Heracles era desobediente y no prestaba atención al compás de cuatro tiempos,  Lino le regañaba mucho, así que el chiquillo, siguiendo sus burdos instintos, le atizó con la lira y lo mató.

 En su juventud,  se cargó al León de Citerón, fiera que acosaba a los rebaños locales y se vistió con su piel. Por el camino de vuelta se encontró con los emisarios de un rey, llamado Ergino de Ocórmeno que había derrotado a los tebanos y les hacía pagar anualmente un impuesto muy oneroso. Hércules les cortó las narices y las orejas, se las ató al cuello y les mandó así de guapos para su barrio  con el mensaje de que eso era todo lo que el rey iba a recibir. No se descarta que la mafia se haya inspirado más de una vez en los métodos de Heracles.

Esto de las narices y orejas cortadas le gustó mucho al rey tebano y  más todavía no tener que pagar impuestos a su homólogo abusón,  así que le entregó como premio a a su hija Megara, con la que tuvo varios hijos.

Mal, muy mal hecho, rey tebano. No solo entregas a tu hija, que no es tuya ni de nadie ni suya siquiera, es que encima se la das a un loco peligroso. Heracles no estaba nada bien de la cabeza y tenía unos arrebatos violentos de echarse a temblar.  En uno de ellos mató a toda la familia: a su mujer, a sus hijos y a dos sobrinos que habían ido a merendar chocolate con churros.  Cuando ya se le había pasado la furia,  se arrepintió, se sintió muy avergonzado (a buenas horas) y se fue a vivir a tierras salvajes. Al parecer,  su hermano gemelo le convenció para que fuera a visitar al Oráculo de Delfos y la Sibila délfica le encargó, como penitencia, unos cuantos trabajitos a cual peor.

Así que cuando le comunicaron lo de las aves dijo que no, que ya estaba pluriempleado en once trabajos y que buscaran a otro, con la de gente que está en el paro, a él no le daba la vida para más. Pero los dioses se empeñaron, tú vas y vas porque lo dice el protocolo protocolario, faltaría más.

Y fue. Supo que se estaba acercando al lago por el hedor que empezó a notar y también porque según iba avanzando hallaba  restos de cuerpos en descomposición, huesos, calaveras y otros signos que denotaban que allí se cometía a diario una masacre. En cuanto escuchó el primer graznido lanzó a ciegas una flecha al cielo y abatió a una de las aves. Pero solo a una y eran cientos.

Mira, yo me me vuelvo que no estoy para estos trotes, se dijo Héracles dándose la media vuelta más deprisa que despacio. Pero en esto que se apareció Athenea, la diosa de la guerra, sabiduría, estrategia y otros cuantos negociados más, y le entregó unas castañuelas de bronce. Prueba a hacer música con ellas, dijo en plan misteriosa, y desapareció entre la espesa niebla.

Pues sí que…¿qué hago yo ahora con las castañuelas?, ¡Ay si hubiera prestado más atención en las clases del maestro Lino! Se ve que junto a los palillos le llegó una inspiración divina porque se arrancó por alegrías y dándole a las castañuelas como si fuera la mismita Lucero Tena, empezó a cantar esta de Camarón, “tiriti tran tran tran, tiri tri tran tan tero, que con la luz del cigarro yo vi el molino, se me apagó el cigarro perdí el camino” (cuanto más se acercaba al lago menos se veía). Castañuela va y cante viene, siguió adentrándose, “yo pegué un tiro al aire cayó en la arena, confianza en el hombre nunca la tengas, nunca la tengas prima, nunca la tengas, (sobre todo, prima, si el hombre se asemeja a Heracles).

En esas estaba cuando escuchó un estruendoso movimiento de alas de bronce, si nunca lo has escuchado no puedes saber el nivel de decibelios que tiene pero ya te digo yo, que tampoco lo he escuhado, que sobrepasa con mucho la normativa estipulada, y, tapándose los oidos y alzando los ojos al cielo contempló cómo las estinfálicas aves salían en estampida. Eran pájaros, además de malvados, muy siesos y desaboríos, odiaban el flamenco con todas sus plumas.

El lago se quedó tranquilo, recobró su color, volvieron los patos, las ocas y los cisnes, crecieron flores en sus orillas y la gente se entretenía mucho haciendo fotos al atardecer y colgándolas en sus cuentas de Instagram para envidia del vecino de enfrente.

A Heracles tuvieron que quitarle las castañuelas, no porque quisiera matar con ellas a nadie, no, es que le había cogido gusto al instrumento y era un no parar de dar la brasa.

¿Ave del Estínfalo o cormorán avistado en el Retiro? Lo segundo, lo segundo.

Fin

Ni tan mal, Hefesto

Aquí está de nuevo el dios artesano donde lo dejé, en su taller, trabajando y a punto de recibir la mala nueva. No sé qué estaría haciendo el día de autos, tal vez unas castañuelas de bronce para Heracles, un collar para Harmonía o un hombro para Pélope ( el suyo original se lo habían comido en una cena de dioses, sí, tal cual) cuando se presentó por allí Helios, el dios del sol y le soltó la siguiente bomba:

 -Espabila, bonito, que Afrodita se ha liado con Ares, ¿cómo se te queda el cuerpo? Hasta luego que tengo prisa.

El disgustazo que se llevó fue tremendo, le temblaban las piernas y como tenía una más larga que la que la otra, casi se derrumba, menos mal que lo sujetaron sus ayudantes. De verdad que no se lo esperaba, así de ingenuo era.  Lo primero que se le vino a la cabeza fue el cinturón que él mismo le había hecho a su mujer para que ciñera y resaltara su esbelto talle, ¿tendría la culpa el mágico accesorio? En la Ilíada se dice del tal cinturón, “allí habían sido encerrados todos los encantos, allí estaba la ternura, allí el deseo y allí las palabras seductoras que arrebatan la mente de los más sensatos”.

No creo, el cinturón tal vez ayudó un poco pero no era lo esencial, la bella diosa era como era, no tuvo infancia, nació ya adulta, deseable y deseadora, estaba en su naturaleza tener muchos amantes y para colmo la habían casado a la fuerza. Lógico que se rebelara a su afrodítica manera.

También a su artesana manera ejecutó Hefesto su venganza. Construyó una red invisible e irrompible y la colocó sobre la cama de los amantes, de tal modo  que cayera sobre ellos dejándolos atrapados cuando estuvieran en plena faena. Así sucedió.  El engañado llamó a todos los dioses para que contemplaran la escena y se burlaran de la pareja pero en eso le fallaron las previsiones. Los del Olimpo se pusieron a comentar, entre codazos, cual si estuvieran en el típico bar con palillos por el suelo y callos revenidos tras el mostrador, lo macizorra que estaba Afrodita y la suerte que tenía Ares y la víctima de las burlas fue, una vez más, el dios  tullido.

Como la situación muy cómoda no era para los amantes, Afrodita le rogó que les dejara salir y le hizo unas cuantas promesas de amor y devoción que luego no cumpliría. Una vez liberados echaron a correr y ahí se quedó el cojo, como en el tango: solo, fané y descangallado.

Volvió a su taller pero la rabia le bullía por dentro, por algo su otro nombre es Vulcano. Athenea se presentó, muy inoportuna ella, para hacerle un encarguito y a Hefesto no se le ocurrió mejor manera de aplacar su ira que violarla. Ella estuvo hábil y le rehuyó, el semen de Hefesto solo le llegó al muslo, se lo limpió con repugnancia con un trozo de lana, cayó a la tierra ( diosa Gea) y la fecundó .  De esa mezcla nació Erictonio, mitad niño, mitad serpiente.

Athenea se apiadó de él y se lo quedó para criarlo. Lo metió en un cestito y para poder conciliar se lo entrego a tres hermanas pero les pidió que no levantaran la tapa del cesto, (otra vez con el “no mires ahí” que tan mal resultado da), ellas miraron y al ver el cuerpo de serpiente del niño  se horrorizaron tanto que se despeñaron por la Acrópolis de Athenas.

Qué cosas, de verdad, ¿era necesario en esta historia el despeñamiento de estas tres? Para rellenar huecos, pensaría el que la escribió, no sea que se aburran los lectores por falta de acontecimientos.

¿Y Hefesto?, ¿qué fue de él? Pues hizo lo que mejor podía hacer, concentrarse en su trabajo y dedicarse a la creación, que era lo suyo. Además de objetos materiales también creó seres vivos o casi vivos, al estilo de Geppeto. Hizo a Talos, un gigante de bronce, a las doncellas doradas, dos autómatas de oro con apariencia de mujeres jóvenes que poseían inteligencia, fuerza y el don del habla y a la primera humana, Pandora.

Además, tuvo tiempo de unirse a otras dos mujeres,  Aglaya (la belleza), una de las tres Cárites o Gracias y la ninfa Cabiro. Con ellas dejó una larga descendencia. Así que, después de todo, no fue tan mala su suerte. Ni tan mal, Hefesto.

Si de pequeño no te querían, te tiraron por la ventana y de la caída te quedaste cojo, si en el colegio te marginaban y tu pareja te puso los cuernos, no te cebes con el primero que pase por delante, como hizo Hefesto. Mejor copia la segunda parte, concéntrate en tu don, que alguno tendrás, y piensa que a la mala suerte le pasa como a la buena: no es para siempre.