Autor: evavill

Me llamo Eva y me he puesto de empleada doméstica porque no me ha quedado más remedio. Tengo un blog donde cuento mis peripecias. Busca Aventuras de una chacha y me encontrarás.

Que te contraten los dioses tiene sus riesgos

A última hora del día, desde su sofá, le habla Clímene a su marido Jápeto del panorama tan malo que tienen con los dos hijos en paro.

-Estos no se van de casa hasta los cuarenta, te lo digo yo, y a ver qué hacemos. Pienso que a Prometeo algo le saldrá, porque es muy listo y emprendedor pero Epimeteo, qué chico, de verdad, no es que sea malo pero, ¿cómo te diría?, está un poco empanado. Jápeto, ¡no me lo puedo creer!, ¡otra vez te has dormido!, habla una con el viento.

-Pero si es que todas las noches le das vueltas a lo mismo, no te obsesiones, cualquier día los llaman de…

-Sí, del Olimpo los van a llamar a estos dos, no te digo.

Pues sí, señora, del Olimpo los llamaron. Los dioses habían estado jugando a crear, metiendo las manos en la tierra como si fueran niños en la playa. Que no lo digo yo, que lo dice Platón, “era un tiempo en que existían dioses pero no especies mortales, los dioses las moldearon en las entrañas de la tierra, mezclando tierra, fuego y cuantas materias se combinan”

Se ve que se aburrieron de cuantas materias se combinan y dejaron la faena a medias, así que encargaron el trabajo de revestir de facultades a sus criaturas a dos de los integrantes de su bolsa de empleo, los hermanos Prometeo y Epimeteo que habían mandado su CV, porque el no ya lo tenían. Huy, ¡qué alegría en aquella casa!, por fin se colocaban los chavales y en menuda empresa. Como si hoy día te llaman de Google, poco más o menos.

Epimeteo se pidió empezar por los animales. Se esmeró, se esmeró mucho, a unos les daba fuerza, a otros rapidez, al que ni fuerza ni rapidez le ponía alas o sistemas de camuflaje, repartió pelajes, pezuñas y todo lo necesario para que pudieran sobrevivir en la tierra. Tan bien lo hizo y tan equipados los dejó que cuando llegó Prometeo para hacer lo mismo con los humanos ya no quedaba nada para ellos. Tenía razón su madre, Epimeteo era un poco atontolinao.

“La especie humana se quedó sin equipar, desnuda, descalza, sin abrigo, inerme”, esto también lo narra Platón. Y con esas pintas y tan mal avío tenía que salir de la tierra a la luz en el día señalado por los dioses, que ya estaba cerca.

Prometeo, que tenía buen corazón y actuaba movido por sus sentimientos, se compadeció de esos seres tan desvalidos y se le ocurrió robarle a sus jefes alguna que otra cosilla de interés que pudiera ayudar a los humanos. Por ejemplo, la sabiduría de las artes, y el fuego, esencial para defenderse de los animales. También les concedió la gracia de caminar erguidos y el poder de articular palabras, el don del lenguaje.

Todo esto no le hizo ni pizca de gracia al director general del Olimpo, también conocido como Zeus. El fuego siempre había sido un atributo exclusivo de los dioses y tanta ira le causó que Prometeo se lo hubiera regalado a sus recién creadas figuritas que lanzó la siguiente amenaza, “¡gran azote para ti y para los hombres venideros, a ellos, en lugar del fuego les daré un mal, con el que todos gocen de corazón, abrazando su propia ruina”.

¿Qué mal disfrazado de bien será ese?

Qué casualidad que va a ser también una bella mujer, siempre les daba por lo mismo.

A Prometeo lo encadenó a unas rocas y todos los días le mandaba un águila para que le comiera el hígado. Lo normal cuando te portas mal en el trabajo. Como era inmortal, el hígado se le regeneraba solo y vuelta a empezar la tortura. El final no lo voy a contar ahora pero avanzo que acaba bien.

Mientras tanto, Clímene, llora que te llora en el sofá, ” ay, josmíos, qué poco dura la alegría en la casa del pobre, el uno encadenado y el otro de nuevo en casa jugando todo el santo día al FIFA, si por lo menos uno de los dos se echara una buena novia…”

La novia para el próximo día.

Medusa, Medusita, ¿qué te hicieron?

Estaba buscando una fea entre las protagonistas de los mitos para escribir sobre ella y me topé con Medusa ¡Qué horror!, serpientes en vez de cabellos, unos ojos desorbitados de loca perdida y la boca desencajada, como emitiendo un grito de odio y terror a la vez. Adefesio ya tenía pero no del todo, lo cierto es que Medusa no nació así, la volvieron fea a la fuerza. Es la suya una historia muy injusta y trágica.

Los padres de Medusa eran Fortis, un dios marino y Ceto, una señora con tipo de ballena, de ahí viene cetáceo, y tirando a monstruosa. Sin embargo, Medusita nació bonita. Ya Píndaro habla de ella como la de “las bellas mejillas” y el poeta Ovidio la describe como una hermosa doncella que trabajaba de sacerdotisa en el templo de la diosa Atenea.

Tan hermosa y atractiva era que Poseidón, dios del mar, la vio pasar por la playa moviéndose con gracia femenina, toda ella voluptuosa y sensual y se puso a cantar con nerviosismo la canción garota de Ipanema, “mira que cosa más linda, más plena de gracia es esa muchacha que viene que pasa con su balanceo a la orilla del maaaarrrr. Ay, ¿por que estoy tan solo, ay por qué estoy tan triste?”, etc. Hasta ahí bien pero ya un poco peor cuando tras mirar y cantar se dijo, “este pibón va a ser mío, quiera o no”.

No sé si trató de seducirla invitándole a una mariscada y ella dijo, “no, gracias, soy alérgica a la gamba y al gambón”, desprecio que le enfadó o es que pasó a la acción sin galanteos ni agasajos de por medio.

Sea como sea, la cuestión es que entró en el templo de Atenea, donde ella estaba trabajando, y allí mismo la violó. Palas Atenea, diosa de la guerra, de la sabiduría (ejem), de la justicia(dos ejem como poco), de las ciencias y de no sé cuántos cargos más, se enfureció muchísimo de que hubiera tenido lugar un acto sexual en su casta casa y ante sus virginales narices.

Esta diosa nació de la cabeza de Zeus, ya adulta y vestida de guerrera, (solo por esto me resulta antipática) y era inmune al amor y al deseo, nunca se casó ni tuvo amante alguno (más antipática todavía).

La señora Palas decidió que eso no se podía consentir y había que penarlo pero, en lugar de castigar al violador, castigó a la violada. Poseidón, ya satisfecho, se marchó por donde había venido arrastrando su manto de olas avergonzadas y allí se quedó Medusa, tirada por los suelos y vejada, llorando. Y más que iba a llorar.

Lo primero que hizo Atenea fue quitarle su belleza, le cambió la melena por un racimo de serpientes siseantes y los ojos se los puso tan feos y revenidos que el que los mirase se convertiría en piedra. A pesar de ello los movimientos de Medusa seguían siendo sensuales, lo cual irritó a la odiosa diosa. LLamó al semidiós Perseo y le encargó que le cortara la cabeza. Sin tonterías.

Medusa se había ido a vivir con sus hermanas, Esteno y Euríale, ellas dos sí feas de nacimiento , tal vez los genes de la mamá cetácea tuvieran algo qué ver, también eran inmortales ( aquí los genes del padre). A las tres juntas se las conocía como las Gorgonas y daban mucho miedito. Cuando Perseo llegó estaban durmiendo.

El hombre iba muy bien preparado. Llevaba todo este kit: unas sandalias aladas que le había prestado Hermes, un casco de invisibilidad donado por Hades, una espada que le dio Hefesto y un escudo espejo de Atenea. Así, si Medusa lo miraba se reflejaría en el escudo y él no se convertiría en piedra. No es por nada, pero así cualquiera.

Guiado por la “amable” mano de Atenea decapitó a Medusa que además de dormida estaba embarazada. De su cuello rebanado brotó su hijo, el caballo alado Pegaso que se fue volando y corriendo por los cielos. También salió un gigante, hermano del caballo, Criasor. De verdad, no tratéis de entenderlo.

Perseo agarró la cabeza y emprendió la marcha hasta el templo de Atenea. Por el camino, de la sangre que manaba de la cabeza de Medusa nacían nuevos seres: corales rojos, de las gotas que cayeron en el mar, serpientes venenosas, de las que cayeron en el desierto. El titán Atlas se transformó en montañas al mirar aquellos ojos espantados.

Ya en el templo se la entregó a Atenea quién la colocó en su escudo como talismán protector. Rarita , además de perversa la madame.

Y esta es la penosa historia de la fea Medusa, nacida bella, todo por ser culpable de…

…de nada.

¿Pero qué dice esta loca?

Vamos a suponer que tenéis el don de la profecía, podéis ver lo que va a pasar y, cuando lo que viene no es bueno, advertís a los demás para que cambien el rumbo y no se produzca el desastre. Pese a insistir, nadie os hace caso y además os llaman cenizos, agoreros o locos. Horrible y frustrante situación, ¿verdad? Pues ese fue el trágico destino de Casandra.

Hay dos versiones sobre cómo obtuvo esta mujer la capacidad de adelantarse al futuro. En la primera, la niña, hija de Príamo y Hécuba, reyes de Troya, acababa de nacer.

Sus padres hicieron una fiesta en el templo de Apolo para celebrar su venida al mundo y la de su hermano gemelo, Héleno. Lo más seguro es que se agarraran una cogorza monumental porque volvieron a casa sin los bebés, se les olvidaron. Al día siguiente, regresaron al templo a por los niños como quien vuelve a por el paraguas y se los encontraron con unas serpientes enroscadas alrededor de sus cuerpecillos. Las serpientes les pasaban la lengua por los oídos con la intención de purificarlos, dice la leyenda.

Los padres, horrorizados, se pusieron a gritar y ahuyentaron a las sierpes pero los niños ya tenían el don profético. Un sistema un poco raro y peligroso de conseguirlo, que nadie lo pruebe en su casa. Puede que Rappel lo intentara una tarde tonta y aunque no murió , mira tú el resultado.

En la otra versión, el dios Apolo se encapricha de Casandra, era muy bella, Homero describe sus encantos a la par que los de la diosa Afrodita, (¿habrá alguna heroína o diosa fea?, lo he buscado porque me gustaría escribir sobre ella, pero hasta ahora sin resultados). Apolo le dice que si se acuesta con él obtendrá la gracia de adivinar el futuro y le va dando unas clases para convencerla. Ella aprende muy rápido por la cuenta que le trae y una vez que sabe lo suficiente le da boleto al dios. Apolo, que no sabía encajar las negativas, escupe en su boca y le retira el don de la persuasión. Venían en el mismo paquete: adivinación y persuasión. A partir de ese momento, solo tendrá una parte del regalo, sabrá la verdad y la dirá pero nadie creerá sus palabras. Eso es una maldición y de las malas.

Casandra predijo dos momentos claves en la historia de Troya. Advirtió que Paris , el que raptó a la bella Helena de Esparta, traería la ruina a la ciudad pero nadie, ni su propio padre, la escuchó. Como cuando hacía sus profecías entraba en trance la tomaban por una loca de atar. Más tarde volvió a advertir para que no dejaran pasar al famoso caballo de madera con sorpresa en su interior, tampoco la creyeron y la que se armó es famosa.

Los guerreros aqueos vencedores de esta guerra, típico de guerreros vencedores, quemaron la ciudad de Troya, previo reparto del botín. Dentro de ese botín, esto también es típico, se encuentra el cuerpo de las mujeres. A Casandra la violó un guerrero llamado Ayax, menos mal que luego fue castigado por los dioses y se ahogó en el mar.

Después, como si fuera una cosa, fue entregada como regalo al rey Agamenón que se enamoró de ella. Tuvieron dos hijos, también gemelos. Agamenón quería volver a su patria, Micenas. Aquí Cassandra también se adelanta a su trágico destino, sabe que si van allí, la mujer del rey, Clitemnestra, los matará a los dos. Pero él, “qué exagerada eres, siempre te pones en lo peor, cómo nos va a matar la Clite, si no es tan mala, venga, tómate una tilita que estás muy nerviosa y nos vamos”. El final y dado que Cassandra nunca se equivocaba no hace falta que os lo cuente.

Como suele suceder con los mitos, se puede extrapolar a diversas situaciones. Hay quién lo identifica con el silencio que las sociedades patriarcales han impuesto durante siglos a las mujeres. Ellas hablan, poseen su particular visión del mundo y la exponen pero no son escuchadas y a menudo se desprecian sus dones intuitivos, se las ignora o se las considera locas.

También los científicos, en especial los que alertan sobre el cambio climático y la destrucción de la Tierra a manos humanas, se identifican con el mito de Casandra. Ellos son los modernos Casandros, ignorados por los que tienen el poder para tomar decisiones que impidan la catástrofe.

Vaticino que a este se le van a caer las hojas. Qué bonito está, en algún sitio tenía que ponerlo.

Ariadna también tenía un hilo

En la ciudad de Cnosos, en la isla de Creta, vivía una princesa muy guapa  llamada Ariadna.  No por ser princesa y guapa su vida era fácil ya que había nacido en una familia disfuncional. Sus padres, el rey Minos y la reina  Pasifae, se las traían. La reina, caprichosa y antojadiza, se había enamorado de un toro blanco por lo que se disfrazó de vaca para tener relaciones con él. De esas relaciones nació el Minotauro, mitad hombre, mitad toro. Como no sabían qué hacer con él encerraron al pobre desgraciado en un laberinto.

Por si no tuvieran bastante con los trajines de la señora reina, el hermano mayor de Ariadna, Androgeo, un chico deportista y sanote aficionado a participar en todo tipo de competiciones deportivas y a ganarlas, murió en extrañas circunstancias dejándola sola en la horrible casa familiar.

 Su padre, el rey Minos, no se sabe si por sus problemas conyugales o por  la tristeza que le había causado la muerte de Androgeo, culpó de la misma al rey de Atenas, Egeo, con razón o no es otro cantar. Desde entonces su principal misión en la vida fue fastidiar a los atenienses, atacando la ciudad cada dos por tres.  Si querían que los dejara en paz tenían que enviarle periódicamente siete hombres jóvenes y siete doncellas para alimentar al Minotauro, que comía mucho, supongo que por aburrimiento y desesperación. Dime tú qué harías si fueras un híbrido y estuvieras por siempre solo y encerrado en un laberinto. Pues rugir y comer.

Ya tiene mérito que la bella Ariadne no se volviera loca perdida con esos padres. El caso es que el rey de Atenas tenía un hijo llamado Teseo que, harto de que su pueblo tuviera que pagar el impuesto minotaúrico, se marchó como voluntario en una de esas expediciones al patíbulo de jóvenes y doncellas. Estaba dispuesto a cargarse al voraz monstruo.

Ariadne, al encontrarse con Teseo,  experimentó el fenómeno denominado “amor a primera vista” . El chaval, que se dio cuenta de que la hermosa se había prendado, le prometió que se casaría con ella si le ayudaba a vencer al Minotauro. Ariadna, bajo los efectos del primer amor, que obnubila el entendimiento como la más potente de las drogas,  dijo que sí, que claro, que ahora mismo y que lo que él quisiera.

Tenía ella una bobina de hilo de oro cuya utilidad desconozco, tejería también como las Moiras, pero que le vino muy bien en esos momentos. Además, conocía al ingenioso diseñador del laberinto, llamado Dédalo, que le dio unas pistas. Ariadna le entregó a Teseo la bobina para que el hilo le sirviera de guía dentro del laberinto y ella se quedó fuera, sujetando el inicio del cabo. Teseo logró llegar sin perderse hasta donde estaba el Minotauro y lo mató. Después salió de allí conducido por el hilo y huyeron los dos juntos de Cnosos.

¡Qué feliz era Ariadna!, por fin se alejaba de los pirados de sus padres y podía empezar a vivir una vida nueva en compañía del hombre al que amaba. Ay, ingenuota.

Después de un periplo por los mares griegos llegaron a la más grande de las islas Cícladas, Naxos. Al desembarcar, cansada del viaje,  se quedó dormida un rato a la orilla del mar, siesta que aprovechó Teseo para abandonarla sin darle ni media explicación. Está claro que el amor a primera vista había funcionado solo en una dirección y que él la había utilizado. Tal vez alguien o algo le castigó.

Teseo había quedado con su padre en que si salía victorioso de la empresa, su barco llevaría unas velas blancas, en lugar de las negras con las que salió de Atenas. Puede que con las prisas del abandono se le olvidara cambiarlas. El rey las vio y pensando que su hijo había muerto se arrojó al mar y se ahogó. Por eso se llama Egeo ese mismo mar.

Cuando Ariadna se despertó se llevó un buen disgusto pero mientras, llorosa, asimilaba la traición y el engaño de Teseo se apareció por allí, casualmente, Dionisio, el juerguista y loco dios del vino, también conocido como Eleterio, el libertador, porque le saca a uno de su ser normal mediante el éxtasis y pone fin a las preocupaciones.

Era muy atractivo y la miraba arrobado, enamorado como el loco que era, también él a primera vista. No se sabe si por despecho o por no tener nada mejor a mano o porque la animó con sus vinos y sus descontroles, la cuestión es que se casaron en Naxos  y él, como regalo de bodas, le dio una diadema de oro que luego arrojó al cielo para que se transformara en constelación, la corona boreal. Esto de arrojar objetos al cielo para que se transformaran en constelaciones les gustaba mucho en la Antigüedad.

Tuvieron cuatro hijos: Enopión, Toante, Estáfilo y Pepareto. Eligiendo nombres no se lucieron mucho pero los niños no sufrieron por ello acoso escolar, menos mal, y fueron felices hasta que Ariadne murió.

El vergel de Toñín

Como el ayuntamiento no retiraba el muñón de árbol que había talado ni plantaba otro en su lugar, uno de los vecinos , Abdelkader Slimani, Toñín para amigos y conocidos, se animó a intervenir. Con un destornillador vació uno de los anillos del tronco, el central y de menor diámetro, arrancó una rama de la acacia de al lado y la introdujo en el hueco taponándolo con un poco de tierra que sacó de una maceta de su casa.

No estaba muy seguro de que aquello fuese a prosperar, de jardinería no tenía ni idea, pero sí disponía de un luminoso pensamiento mágico y acababa de ver con toda claridad cómo la rama incrustada viajaba hacia abajo, se transformaba en raíz y se amigaba con las raíces primigenias insuflándoles vida. Eso para empezar. Para continuar, la rama crecía hacia arriba y de alguna manera misteriosa, (por algo el pensamiento era mágico), se transformaba en tronco y de él nacían nuevas ramas. Ya estaba solucionado.

Del portal salió el profesor de matemáticas, bolsa en bandolera y cara de logaritmo neperiano, se llevaba bien con Abdelkader, Toñín para los amigos.

¿Qué haces?, le preguntó.

Para el próximo verano tenemos sombra, te lo juro, dijo Toñín palmeando al aire con gozo de creador.

Al profesor le dio la risa. Cuando se reía ya no parecía un logaritmo. Seguro que sí, dijo alejándose. Antes de torcer en la esquina giró la cabeza para mirar otra vez, incrédulo pero divertido ,el ingenio arbóreo.

Tralará, tralarí, tus ojos son dos estrellaaassss, canturreó Toñín admirando su lo que fuera aquello.

Lo que fuera aquello no le gustó a la Planchá, apodo con el que era conocida, por su estiramiento postural y mental, la del quinto C. ¡Qué porquería es esta, por Dios bendito!, dijo ella. Lo único que nos faltaba, no basta con tener siempre un contenedor lleno de basura en la puerta y ahora esto.

Tus ojos son dos lucerooosss, siguió cantando Toñín. Lo mismo le daba que le daba lo mismo la opinión ajena. Sabía que hiciera lo que hiciese, incluso si no hacía nada, tendría detractores, adversarios y tal vez, porqué no, admiradores y partidarios. O, lo que también podía suceder, sería ignorado. Por eso, qué más daba.

Ha quedado bien, se dijo mirando su rama árbol futuro, un poco torcida pero esto lo enderezo yo ahora mismito.

Y en ello estaba cuando apareció la pareja que había alquilado el sótano interior con derecho a patio individual. Les gustó, ellos también hacían intervenciones imaginativas para mejorar su entorno. En el patio habían colocado una alfombra azul y un sillón blanco, habían colgado una ristra de bombillas para simular estrellas y algunas noches salían a tomar la brisa de los no árboles bajo las coladas que se agitaban como alas de no pájaros.

¡Qué zafarrancho es este!, si parece un puticlú, había clamado por la ventana la Planchá. Si cada uno nos ponemos a hacer lo que queremos dime tú a mí en qué se va a convertir esto. Como nadie le dijo nada, dio un golpe de ventana y se metió en su casa. Nunca estaba conforme.

A la chica del sótano le ocurría al revés, todo le parecía bonito y así se lo dijo a Toñín sonriendo y mostrando sus dientes desparejos. El chico, larguirucho y blanquecino también se interesó por el procedimiento rodeando el injerto y doblándose para estudiarlo. Puede que sí, dictaminó por todo dictaminar.

Toñín repitió su optimista predicción: este verano vamos a tener una sombra buenísima, os lo juro, y volvió a palmear el aire otoñal con alegría.

Si bien con el paso de los días la rama no daba muestras de desarrollo, más bien parecía haberse resecado, Toñín no desistió. Con una tetera la regaba y con unas pequeñas tijeras que había rescatado del mismo contenedor que odiaba la Planchá, hacía sus podas mágicas.

Tal vez algún envidioso arrancó una noche la rama, tal vez algún repartidor que necesitaba descansar un rato y a falta de bancos eligió el tronco cortado como asiento, previa eliminación de aquello, tal vez fue el hombre en chancletas que mantenía larguísimas conversaciones telefónicas durante las madrugadas. Había podido ser cualquiera.

Toñín no se desanimó pero como se conocía el percal, intuyó,( además de pensamiento mágico tenía mucha intuición), que si colocaba una nueva rama se la arrancarían otra vez. Asumió sin problemas que nunca saldría de ahí un nuevo árbol pero sí podría tener algo verde y hermoso, vida brotando de lo muerto.

Tus ojos son dos estrellaaaasss, cantó mientras ampliaba el hueco y lo rellenaba con más tierra. A poco que cayeran cuatro gotas algo aparecería por su propia cuenta. Lo había visto, incluso de las más oscuras alcantarillas nacían plantitas y hasta delicadas flores.Por adornarlo un poco más y que se entendiera la intención del proyecto, colocó alrededor un círculo de piedras

¡ Un jardín zen!, exclamó al pasar la chica del sótano. Eso mismo, contestó él, apuntándose el tanto, de aquí al verano tenemos en esta acera un vergel, te lo juro.

Y un huerto, me reserva los primeros calabacines, dijo la Planchá al pasar ¡Qué zafarranchos, por el amor de Dios, ¡qué putiferios! Quién pudiera vivir en un lugar normal, no te digo de lujo ni de nada, normal

¿Y el árbol?, preguntó el profesor de matemáticas que volvía de sus clases con la ropa muy descolocada, como si le hubieran vapuleado sus alumnos, lo cual podía haber pasado.

Va a ser un jardín, le explicó Toñín extendiendo la mano como si acariciara sus hojas y flores. Para este verano tenemos un vergel, te lo juro. Toñín palmeó el aire y se puso a cantar. Tus ojos son dos lucerooooosssss, cuando la noche se acerca alumbran mi caminar.

Se acercó la noche con la luna a cuestas y la echó a rodar por encima de los tejados.

Testigo de nada

Me llamó mi amiga Lourdes, que no me llama nunca, siempre tengo que llamar yo primero y me dijo, “Susi, te llamo para decirte que te van a citar para que testifiques en mi juicio” y un crujido que se oyó. Esta está comiendo pipas, me supuse yo. Cuando se pone nerviosa le da por las pipas.

No me hizo ninguna gracia la noticia y se lo dije, ¿pero cómo voy a ir de testiga si no vi los hechos? Los viste borrosos por ser corta de vista pero alli estabas y sabes lo que pasó porque yo te lo conté, ¿o es que no me eché en tus brazos recién atropellada, llorando a todo llorar?

Ya, eso sí, pero yo no lo vi, yo no vi presencialmente cómo el de la moto te aplastaba un pie y luego se daba a la fuga, ya sé que es verdad que te pasó lo que te pasó, los hechos son muy verídicos, pero es muy violento tener que declarar y decir que has visto lo que no has visto.

Pero es que te van a citar, te llamará mi abogado para prepararte, no vayas a meter la pata. Clic, clic, clic, las pipas otra vez.

Y venga a insistir, si no tiene más misterio que decir que tú estabas esperándome en la acera de enfrente, yo crucé para ir a tu encuentro, el tipo se saltó el semáforo y lo que ya sabes después. Todo eso es verdad aunque no lo vieras, que sí lo viste, solo que borroso.

Si es que no sé decir que no, tengo que aprender, estoy entrenándome con unos podcast que escucho de mejora personal pero me voy por el cuarto y son cincuenta, todavía no me sale bien. Así que dije sí, pero por dentro…por dentro estaba maldiciendo a Lourditas, que no me llama nunca, siempre soy yo la que tengo que dar el primer paso.

¿Es posible no ir de testigo a un juicio, pueden no ir a declarar los testigos?, busqué en google. Nada, que no, que tenía que ir, era mi obligación como ciudadana, lo que una es, y ponían multas bien gordas si la incumplías y que sé yo que más amenazas. Me entró el canguelo.

La noche antes no pude dormir imaginando variantes de preguntas y respuestas. En algunas quedaba bien y en otras metía tanto la pata que mi amiga Lourditas perdía el juicio, no el de la cabeza, el de la ley y todo por mi culpa. Para asistir a los juzgados me puse la camisa de volantes, me veo yo bien con esa camisa, sexy pero sin exagerar y también elegante pero lo justo.

¿Pero de qué te has vestido?, pareces la Faraona. No contesté por no entrar en el ” y tú más” pero ella iba hecha un desastre y con las raíces del pelo sin teñir. Se ve que me notó la mirada condenatoria, nunca mejor dicho, porque se puso a explicarme que era una estrategia para que se notara lo mal que lo está pasando tras el atropellamiento y lo raspada que anda de pecunio, lo cual es verdad y no está engañando nadie. Yo sí que voy a engañar, pensaba yo retorciéndome un volante. Una mentira bien gorda en toda la cara del juez.

Es una jueza y creo que muy seca, me dijo ella como si otra vez me leyera el pensamiento, cómo me conoce. Encima seca, qué nervios.

Estoy muy nerviosa, vamos entrar en ese bar a que me tome un café. No quería porque ella no sabe que a mí el café me da paz, como a ella las pipas, pero al final entramos, ella se pidió un agua con gas. Lo malo es que al rato nos hacíamos pis las dos y tuvimos que parar en otro bar y para poder usar los aseos, volver a consumir líquidos porque para sólidos no estábamos y así entrar en ese círculo de bebidas y expulsión de las mismas que no tiene fin y por experiencia lo sé.

Llegamos a los juzgados, en la puerta había muy buen ambiente, mucha gente formando corrillos y con papeles en las manos. Me animé bastante , como si me fueran a pagar o formara yo parte de algo importante. Por delante no hacía más que pasar una barrendera del ayuntamiento con el carrito y el escobón. Permiso, por favor, iba diciendo mientras atravesaba los corrillos , molestando para mí que aposta. Y total para barrer cuatro hojas secas. Me cayó bien, ese tipo de cosas me gustaría hacer a mí, molestar porque sí, pero no me atrevo, soy muy mirada, igual cuando me vaya por el podcast 25 ya sí . Llevaba unas florecitas pegadas al carro de barrer, lo que denota sensibilidad. Mirando estos detalles y otros se me pasaron un poco los nervios pero no del todo. Y otra vez la vejiga hiperactiva haciendo de las suyas.

Ese es mi abogado, ven que te lo presento, dijo Lourdes interrumpiendo mis observaciones.

Me lo imaginaba mejor, era feo, despeinado y con muy malas trazas. Sería también una estrategia o sería así de nacimiento. Recordé que me había dicho por teléfono, ” cuando te pregunten si tienes interés en el juicio tienes que contestar que no”, o sea que yo estaba desinteresada de lo que allí pasara. El de la otra parte, qué miedo, eso si que era prestancia, solo el brillo de sus zapatos ya me intimidaba. Ensayé por dentro posibles respuestas como “sí, no, no lo recuerdo, lo ignoro, lo desconozco, sí que sí, no entiendo la pregunta”. El corazón empezó a latirme al descompás, saltándose latidos.

Es el tercer piso, sala 4, nos dijo el abogado de mala presencia y allá que fuimos. Tengo que ir al baño, le dije a Lourditas. Ahora ni de coña ¿has traído el dni? Esto solo me puede pasar a mí, por mucho que buscaba por todos los bolsillos y cremalleras no aparecía. Es que este bolso es como una boca gigante, deglute lo que le eches. Pues como todos, dijo ella ya con voz de mal talante. A lo mejor por eso no llevaba bolso si no una bolsa de tela con muchos ojos pintados cuyo significado no sé cual sería, lo mismo ninguno.

Entraron casi todos y empezaron a llamar testigos, me dio tiempo a encontrar el dni, menos mal. Los nervios me iban tan en aumento que pensé que no podría articular palabra cuando fuera mi turno. Ese tema del desinterés me inquietaba. Por suerte llegó un señor de Zamora, sé que era de ahí porque se lo estaba contando a los gritos a otro, y me distrajo con la narración de sus pormenores, lo que había cenado en un restaurante cerca de Callao y que ni tan mal. Pasaba el tiempo y ahí seguía yo, con el dni sudoroso entre las manos y escuchando los menús del de Zamora. Ya iba por el desayuno.

Empezó a salir gente de la sala. El abogado pintarra me dijo, no te llaman, no ha sido necesario tu testimonio, ya te dije que a lo mejor no te llamaban.

Nos fuimos por dónde habíamos venido previo uso de los baños. A la salida seguían los corrillos pero ya no me sentía parte de eso si no todo lo contrario. Lourdes se fue hacia arriba por unos asuntos que tenía pendientes o eso dijo y yo hacia abajo. El sol me daba en la cara y entrecerré los ojos para disfrutar de su calor. Me puse el podcast número tres ” la presencia y la alegría”.

No me concentraba, seguía dándole vueltas a lo mismo. Primero no quería mentir pero después me sentí un poco desinflada de no haber podido hacerlo, de haber sido testiga de nada. Si es que no sabemos lo que queremos. En general, digo.

Mi barrio pandémico

Mi barrio pandémico está lleno de gente, de ruido, de jaleo a todas horas. Mi barrio pandémico, visto desde fuera y sin profundizar, no se distingue tanto del anterior, cuando el coronavirus no existía o estaba muy lejos, allá por Wuhan y comentábamos, “estos chinos, qué cosas terribles les pasan”

Pero sí hay diferencias: los huecos de algunas tiendas que han tenido que cerrar y ese trozo de tela, de mejor o peor calidad, con mejor o peor estilo, bien o mal puesto, que llevamos casi todos pegado a la cara.

Otra novedad que he notado a mi vuelta es que las terrazas, en un intento por salvar los negocios de hostelería, han ocupado muchas calles, ya no solo las calles anchas, aptas por su espacio para colocarlas. También las estrechas por donde ya era difícil pasar, tanto para coches como para peatones, han sido invadidas por terrazas más o menos logradas. A algunas les ponen una alfombra debajo imitando césped o algún otro material de la naturaleza, unas flores artificiales que caen en cascada sobre las cabezas simulando imposibles paraísos, un biombo para que los coches no pasen literalmente por encima de las cañas y las patatas fritas y a correr.

A correr los que corren y corren muchos, tantos o más como los que ocupan las terrazas, que también son bastantes. La gente se relaciona y grita igual que antes y fuman aunque no esté permitido, la gente en esta ciudad es follonera y lo sigue siendo.

Sí se ve algún gesto de mal humor en los dependientes de las tiendas, que venden poco, que temen por sus empleos y que tienen que aguantar a los que entran solo a mirar, a gastar el gel desinfectante y con un poco de mala suerte a pegarles el virus.

Hay muchas obras y obreros que entran y salen y se dicen cosas entre ellos, a gritos también. Los obreros pasan de la mascarilla, se sientan en los bancos a comerse el bocadillo de media mañana, la mayoría son jóvenes y se ríen despreocupados. Entre algunos adolescentes está mal vista la protección de tela, si la llevan es colgando. Por las noches se sientan en la valla, donde hacen pis todos los perros del barrio, se sientan y ponen su música reguetonera, beben cerveza, fuman, se abrazan. De vez en cuando, no siempre, pasa un coche policial haciendo mucho ruido de sirena y los dispersan con desgana, pero son muy recalcitrantes, tienen querencia por esa valla meada donde la gente también se deshace de lo viejo. Desde hace semanas hay un cesto roto con juguetes de plástico rosa también rotos y una silla de oficina.

La gente mayor va a la farmacia a contarle su vida a los farmacéuticos, no necesariamente sus dolores o problemas físicos, que también, ya no pueden ir al centro de salud, así que aprovechan para charlar un rato de lo que sea y si se forma cola no les da vergüenza. A los jóvenes adolescentes desmascarillados les gusta asustar a los miedosos de la edad de sus padres. Me parece que tengo fiebre, tío, dice uno de ellos al pasar junto a una mujer de mascarilla blanca pico de pato.

Los niños han vuelto al colegio. Ya no entran por la puerta habitual, lo hacen por otra lateral, más grande, pero eso no impide aglomeraciones. La otra mañana oí cómo un padre estresado, que acababa de bajarse del coche en la acera de enfrente, les decía a sus hijos que ya corrían hacia la puerta, “¡que no vayáis donde todo Dios!, ¡os he dicho que no os pongáis donde todo Dios!”. Pero es que se entra por ahí, respondieron los niños un poco desconcertados, deteniendo su carrera.

En mi barrio pandémico y supongo que en muchos otros de esta ciudad y de cualquier ciudad grande, no ir, no estar, no ponerse donde “tododios” es prácticamente un imposible. Los lugares vacíos no existen.

Ya casi no se oye la frase, tan recurrente, de “esto es como una película de ciencia ficción” o “parece mentira que esto esté pasando”. Mal o regular, nos hemos acostumbrado a “esto”. Esas frases han sido sustituídas por un resignado “hay que seguir viviendo” o por un receloso, “a ver qué pasa”.

Una madre le dice a otra, “a partir del 21 tienen clase por las tardes pero no me fío”. Nadie se fía del todo y cuando pasa una ambulancia se mira de reojo, con miedo.

Una niña pequeña, de no más de cuatro años años, con su mascarilla infantil de dibujitos, echa la capota al carro de bebé de su hermano que patalea dentro y le explica desde arriba, “así, para que no te entre el coronavirus.”

Patio con niños en la nueva anormalidad

Las señoras de los hilos

Mirad qué tres señoras tan simpáticas (en apariencia). Ahí las tenéis a ellas con sus costuras y sus charletas pasando el rato tan tranquilas y sin molestar a nadie. Pues fíate y no corras que son las Moiras. Os las presento.

Estas tres costureras son las encargadas de hacer el reparto, no de lo que te has comprado por Amazon, eso ya lo hacen otros, lo que ellas reparten sin empaquetar ni moverse del sitio y sin que nadie se lo haya pedido por internet, es la porción de la existencia que le corresponde a cada cual, la vida, el destino o como se quiera llamar.

La primera se llama Cloto, la que hila. Venga y dale a la rueca, gira que gira. Que dé vueltas es bueno, mientras la rueca se mueve, hay vida. Esto de la rueca sale mucho en los cuentos de hadas. Casi siempre la protagonista se pincha con el huso por andar distraída pensando en amores y cae en tremendos encantamientos de la que solo la pueden salvar los mismos amores con los que estaba soñando. Un lío. Esto a Cloto no le sucede, ella es más espabilada y bastante más pragmática, a pesar de que su herramienta de trabajo esté un poco desfasada.

La segunda Moira, de nombre Láquesis (la que da la suerte) lleva una vara de medir y con ella determina la longitud de la hebra, longitud que equivale a la duración de la vida. También elige los materiales. El hilo puede ser de oro o seda o tal vez utilice unas lanas roñosa que le sobraron de hacerse una bufanda muy fea. En ese caso, mal asunto. Lo más normal es que mezcle materiales, un ratito de hilo de oro ( los buenos momentos o los instantes felices), otra porción de lana vieja (las penurias) y a lo mejor un hilo de calidad intermedia para cuando ni muy bien ni muy mal.

La última se llama Átropos (lo inexorable) y su instrumento son las tijeras. Cuando lo considera y sin previo aviso, corta y se acabó lo que se daba. De ahí seguramente procede la expresión, “qué corte de rollo”. Es un poco chunga Átropos aunque si uno se para a pensar tampoco tanto.

Como lo que están haciendo es un tapiz, para que les quede bonito y colorido y el dibujo tenga un cierto orden y sentido, tienen que cambiar los hilos y entrecruzar a unos con otros, no van a coser siempre con el mismo hilo, larguísimo y reviejo. El resultado sería horroroso y hasta el propio hilo, agotado de tanta puntada, gritaría, “corta de una vez, Átropos, por lo que más quieras”.

Estas tres costureras se presentan al tercer día del nacimiento de los niños, camufladas entre las visitas pesadas, y comienzan con sus jaleos. Desconfiad si aparece alguien con el típico cuadro de punto de cruz en el que está bordado el nombre del bebé junto a dos ositos (nunca he entendido la relación bebé/oso), pues pudiera tratarse de una de estas señoras aficionadas a darle a la aguja.

Las Moiras, que son griegas, tienen unas primas romanas, las Parcas, que se dedican a lo mismo y con las que a veces quedan para intercambiarse patrones. Con las que ya se ven menos, debido a la lejanía, es con las Nornas, las primas rubias del norte de Europa pero mantienen el contacto a través de las redes sociales.

Todas ellas son muy poderosas, ningún dios puede inmiscuirse en sus asuntos ni ver sus telares ni intervenir en sus decisiones.

Las Nornas me gustan en especial porque viven bajo las raíces de un fresno, Yggdrasil, el árbol del centro del cosmos, nada menos. Pero su función, aparte de cuidar del árbol, es la misma que la de las otras señoras de los hilos: tejer el tapiz de los humanos destinos.

Fresno donde no vi ninguna Norna, no debe de ser Yggdrasil.

 

 

 

Callar puede ser una música (un poema de Roberto Juarroz)

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Callar puede ser una música

una  melodía diferente

que se borda con los hilos de ausencia

sobre el revés de un extraño tejido.

La imaginación es la  verdadera historia del mundo.

La luz presiona hacia abajo.

La vida se derrama de pronto por un

hilo suelto.

Callar puede ser una música

o también el  vacío

ya que hablar es taparlo.

O callar puede ser tal vez

la música del  vacío.

Por el sendero

Una mujer se hartó de ver iglesias románicas. Antes del hartazgo las adoraba,  eran su pasión y por eso programó ese viaje pero visitó tantas que se empachó. Ya no quiere saber nada de arcos de medio punto, no las puede ver ni en pintura,  reconoce su belleza, eso sí y las cosas como son. El hecho de que le hayan cansado  no influye en las iglesias. Siguen  en sus posiciones, erguidas sobre sus piedras, mensajeras del pasado, bellísimas y hasta conmovedoras y le parece muy bien pero si piensa en ellas se marea.

El amigo con el que pasea le cuenta que ha estado unos días en el cañón del río Lobos, lugar que merece la pena visitar y recorrer. Ella no lo conoce, podría ser un buen plan para otra vez ¿hay iglesias románicas por ahí cerca?, le pregunta. Él, que no entiende su recelo, le habla de la ermita de San Bartolomé y de las fuerzas telúricas del lugar.

Me da lo mismo,  ya no voy, dice ella espantándose con furia una avispa, tal vez románica.

Un niño le está contando a otro que se quedó atascado en las ramas más altas de…de…de una higuera, apunta su madre que va unos pasos por delante, lleva una camiseta con una maceta pintada, camina con pasos rápidos, enérgicos. El niño atascado se niega a pasear si no es con un amigo,  a ninguno de los dos les divierte caminar, coger moras sí, pero la madre no quiere que paren porque su objetivo es hacer ejercicio y que lo hagan ellos.  Vamos, vamos, les dice, ya cogeremos moras después, a la vuelta.

Me quedé atascado en la parte alta de la higuera, arriba, entre dos…entre dos…entre dos ramas, dice desde delante la madre portavoz.

Y yo lloraba y lloraba y lloraba, cuenta el niño a su amigo intentando compartir su tragedia, ser comprendido y tal vez admirado pues no todo el mundo puede presumir de haberse quedado atascado entre las ramas más altas de una higuera.

El amigo mira para otro lado, hacia los matorrales de zarzas donde ya despuntan moras negras al lado de las rojas. Unas hojas se mueven con vivacidad, dentro hay algo, ese algo asoma un momento, burlón, es un petirrojo. Pica una mora y desaparece.

El amigo del niño atascado señala con el dedo, están a punto de pararse pero la madre, sin necesidad de darse la vuelta, utilizando sus ojos del cuello , dice de nuevo, vamos, vamos, ya llegamos al castañar y ahí, una pequeña subida y veréis qué vistas. Magníficas.

Y lloraba, lloraba y lloraba, retoma el niño su tragedia.

Todo el camino está bordeado de zarzamoras, un hombre con un palo y una bolsa recolecta sus frutos.

Se van a acabar, se lamenta el amigo. Salen otras, salen más, dice la madre de la camiseta con una maceta dibujada. Vamos, vamos, las cuestas mejor deprisa. Queda muy poco para las vistas.

Otro hombre abraza a su perro, es un perro de lanas, se llama Coco ¡ Ay mi Coco, ay mi Coco!, qué le pasa a mi Coco, grita el hombre abrazando al perro, el perro le contesta con ladridos muy emocionados, el hombre se tira al suelo para abrazar mejor a su Coco, sigue gritando cariños y alabanzas y el perro ladra de pura felicidad. Cuando cesan en sus demostraciones afectivas se ponen a pasear, el hombre dice, en apariencia a nadie presente, zorra, zorra,  zorra, me cago en todo, me cago en todo y en todo.

Un  jardinero de larga y rizada melena está cortando las ramas de un roble, hace mucho ruido con la sierra, un ruido que provoca desbandadas. Una mujer se para y le pregunta, ¿hay por ahí detrás otro camino? como el jardinero melenudo no  contesta,  modifica un poco la pregunta y sube el tono de voz, digo que si hay otra vereda. Nada, no hay respuesta. Vuelve a intentarlo, ¿hay otro sendero por ese lado?

Vacas, responde el jardinero masticando algo. Donde hay vacas, hay moscas. Le molesta que los paseantes le tomen por un guía turístico. Acciona de nuevo la máquina sierra y rebana unas  cuantas ramas al roble.

Caen al camino  y ahí se quedan, delante de la mujer.  Ella las toca con la punta del pie derecho como si quisiera comprobar algo, se incrusta unos auriculares y se aleja cantando, muy mal, por el sendero.