Mes: febrero 2015

Averiguación

Han invitado al niño a pasar allí, en la casa que está en el campo, unos días del verano. En esa casa hay muchos otros niños que corren, desde por la mañana corren, montan en bicis dando vueltas a un árbol, siempre al mismo, derrapan y levantan polvo, se tiran por el tobogán, construyen cabañas con cajas de cartón, corren otra vez. El niño empieza a correr nada más llegar, a sudar, a pedalear, a reírse.

También hay gente mayor circulando por las habitaciones, por las escaleras,  por el jardín, poniendo la mesa, quitándola, llamando a los niños. Gente que se sienta y lee, que se levanta y pasea, que se junta y juega a las cartas. Que le pregunta cosas como si le gusta esa comida, si tiene frío o calor, si quiere la luz encendida o apagada.

Debajo de un porche, meciéndose, ha visto a dos abuelas. Una es flaca y otra gorda y por las tardes juegan al parchís.  También ha visto al ser. El niño lo persigue a ratos pero el ser es escurridizo y no siempre está a la vista. Lo busca en el patio de atrás, entre los trastos del jardinero, lo busca debajo de las sábanas tendidas, lo busca en el cuarto donde almacenan la leña.

Los otros niños también lo buscan de vez en cuando,  lo persiguen y, a veces, como pasó esa tarde, lo encuentran. El ser estaba debajo de una mesa, lo arrastraron por las patas, tiene cuatro, para llevarlo hasta el tobogán. El ser se resistía pero tampoco mucho. Lo tiraron varias veces aplaudiendo y gritando Luna, Luna, Luna, pues ese es su nombre, hasta que se aburrieron  de verlo descender y lo dejaron volver a su refugio.

Desde lejos el niño lo observa intentando interpretarlo. El pelo es gris y también marrón,  duro al tacto, los ojos están escondidos tras los pelos de lo que parecen cejas, las cuatro patas son muy cortas, la barriga es gorda, el hocico negro, los dientes son pequeños y afilados. Hace un ruido extraño que puede ser una tos, un gemido, un gruñido, que puede expresar enfado, pena, alegría.

Los tres días que pasa en la casa intenta averiguar. A ratos deja de correr o de pedalear y lo mira por arriba, por abajo, por delante y por detrás. Quieto y en movimiento. Cuando está escondido lo busca para poder seguir analizándolo.

Al cuarto día vienen a buscar al niño y cuando está en la puerta despidiéndose de todos, ve al ser tumbado en una esquina, los ojos cerrados, las cortas patas contra la pared. Bosteza, se estira, se levanta y se acerca a lamerle una mano. Después, ladra. Solo una vez. El niño exclama aliviado:  ya sé lo que es Luna: ¡un perro!

( Cuaderno de doña Marga)

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Abuela gorda y abuela flaca

La abuela gorda y la abuela flaca se mecen debajo del porche. Delante de ellas zumban los abejorros, estallan en colores las hortensias, juegan los niños a dar vueltas con las bicis en torno al castaño enfermo, se esconde la perra Luna debajo de una mesa.
La abuela gorda se mece y se abanica, tiene calor. La abuela flaca se acurruca en su chaqueta huyendo del aire que levanta el abanico de la otra. La abuela gorda se mece y se ríe satisfecha, la flaca encoge la piernas porque no le gusta enseñar sus palos secos.

Falta media hora para la comida. La abuela gorda ha ido ya dos veces a la cocina a olisquear el guiso, a morder una punta de pan, a probar la salsa con la cuchara y ya se está relamiendo. La abuela flaca ha pasado junto a la ventana de la cocina y se ha tapado la nariz con el pañuelo que lleva siempre dentro del bolsillo de la falda.

La abuela gorda termina rápido su ración y pide repetir pero no le dejan, se enfada. La abuela flaca trocea la comida, dibuja formas, organiza diseños en su plato, mastica y mastica y mastica y una bola de comida se le atraganta.

Después de comer vuelven al porche, a las mecedoras. La abuela gorda se queda dormida en la sombra y sueña que es flaca, que tiene frío, que lleva chaqueta. La abuela flaca, que nunca consigue dormir la siesta, pone las piernas al sol, le gusta sentir el calor ardiente de las cuatro de la tarde y contempla con envidia el plácido sueño de la abuela gorda. Los niños han encontrado a la perra Luna y la están tirando por el tobogán.

(Cuaderno de doña Marga)

Niño de la guerra

O la Esme me está haciendo señales de humo a modo de recibimiento matinal rupestre o es su progenitor que hoy está de guardia en el quiosco. Lo segundo, claro, la Esme es más de guasap. Pues ya se me ha acabado mi breve diversión, mejor me doy media vuelta y me encamino diligentemente hacia mi puesto de trabajo. Es lo que iba a hacer pero el padre de la Esme, observando mi quiebro en la lontananza, me ha pegado un grito bastante sobrehumano.

Muchaaaachaaaaaa, ¿no venías, pues ahora por qué te vas? Los viejos también tenemos cosas que contar, vente para acá que te dé unos consejos, que son gratuitos y te vendrán bien para tu caminar por la vida, chica.

Grosera no soy y curiosa sí.

Buenos días por la mañana, chica de pueblo, me suelta el hombre echandome graciosamente el humo de un puro en los ojos.

Como se entere la Esme de que está fumando dentro del quiosco y además puros con lo mal que huelen, me parece que no le va a gustar.

Primer consejo que te endiño: haz siempre lo que te dé la gana, sé un espíritu libre y no obedezcas ni al Tato. ¿Te ha gustado?

Sí bastante, digo con sinceridad, lo que pasa es que no siempre se puede.

Eso dicen todos los que acatan, no acates. Tú, a lo tuyo, haz como que sí pero luego date la media vuelta y que sea no. Y aquí va el segundo: aprovecha tus días que no hay tantos. A poco que te descuides ya estás para el punto limpio y eso si tienes suerte y no te dejan en la cuneta sin reciclar ni leches. Aunque una vez muerto, ¿qué más le da a uno, me reflexiono yo? ¿Te ha quedado claro el segundo consejo que te da este hombre viejo?

Sí, lo del carpe diem

Mírala ella, si sabe latines, ya me había dicho la Esme que eras tirando a leída, eso está bien, pero déjate de teorías y ponlo en práctica que si no…he comido muchos boniatos, la de boniatos que he comido yo….

¿Eso es el tercer consejo, que coma boniatos que son muy sanos?

Quita ahí con la salud, que afición tiene ahora la gente, eso es que te estoy contando lo que he comido en abundancia: boniatos y altramuces. Y para lavarnos, greda. ¿A que no sabes lo que es? La sacábamos arañando con las uñas en unas piedras. Con eso nos aseábamos. Miseria y mucha miseria. Hambre. Soy niño de la guerra. Libertad también porque nadie nos hacía caso,éramos muchos y muy desmandados. Un día nos trajo mi abuelo una pata de caballo, la metimos en un barreño y….

Ya está aquí la Esme ahora que iba a contarte lo mejor, voy a hacerme el buen padre, apago el puro y hago como que le estoy colocando las cajas.

Ya lo tienes todo, Esmeralda, te lo he dejado pintiparao, yo me voy a mis quehaceres.

Tú has fumado aquí dentro otra vez, menudo aroma,  no lo niegues.

Déjale, Esme, que es un niño de la guerra y…

Y encima te habrá estado contando lo de los boniatos, la greda y la pata de caballo, si no se lo cuenta a alguien todos los días, revienta.

Pero el anciano señor ya va en dirección a la puerta  aunque antes de salir se ha dado media vuelta, se ha encendido de nuevo el puro y le ha hecho a la Esme un corte de mangas, ella no lo ha visto porque estaba agachada recogiendo colillas pero yo sí.

Qué majo es, se ve que cumple a rajatabla sus propios consejos.

Rutinas y bajones

Estoy últimamente tan rutinaria que esta mañana no tenía ningunas ganas de trabajar porque de haber estado innovadora las habría tenido. No me parezco a mi jefa que con los puntos recién puestos, los del parto figurado y los tipográficos de verdad,  y ya estaba sentada otra vez delante del ordenador dale que dale. Como diría mi madre: cuando el tonto coge la linde…
Claro que el suyo es un trabajo creativo y el mío no y eso cambia las cosas aunque dice la Noemi que todos podemos ser creativos en nuestros trabajos sean estos los que sean y que hasta a la tarea más  monótona se le puede agregar algo propio y original. No sé, no lo veo, he probado a pasar la mopa desde el fondo del pasillo hasta la puerta, que suelo hacerlo desde la puerta hasta el fondo y no he notado diferencia en la labor.
En ese momento de hastío ha sonado el móvil de mi salvación. Me he sentado en el borde de la bañera y he escuchado al oráculo, por llamar a la Esme de alguna manera creativa también.

Estoy de bajona, me suelta.

Vaya, Esmeralda, y yo que esperaba que me animaras un poco la mañana.

Nunca esperes que otro te venga a sacar de tus propios infiernos, sólo uno mismo puede salvarse y, a veces, ni uno mismo.

Pues sí que estás contentita hoy, maja. Cuéntame tus cuitas que te escucho.

No me pasa nada, que estoy de plena actualidad, simplemente.

Explícate que ya sabes que no me caracterizo por leer entre líneas.

Que soy bipolar, la patología de moda, ahora ya lo sabes. Lo he leído este fin de semana en en el periódico y no me falta ni un síntoma. Lo que más me fastidia es mi falta de originalidad, estaba convencida de que lo mío era único. Bipolar, quédate con el nombre.

Ah, bueno, pero eso no es tan malo, así tienes de todo como en la viña del señor (otra frase materna).

¿Tú te puedes creer que hace dos días me comía el mundo y hoy es el propio mundo el que me roe hasta los huesos? No creo en nada, todo es inútil, mis sueños jamás se cumplirán, Varoufakis y yo nunca nos encontraremos en esta vida, mi novela seguirá inédita por los siglos de los siglos, mis múltiples y visionarios emprendimientos jamás dejarán de ser eso, visiones, alucinaciones de una mujer que nació para ser águila y tiene que conformarse con ser topo.

Qué melodrama, Esme, tampoco es eso, anímate y además que los topos tampoco viven tan mal, en sus toperitas, haciendo sus galerías…

Tranquila, que me animaré hasta el delirio, es lo que tiene la bipolaridad pero hoy no, hoy he tocado fondo, es día de nieblas, cansancio, desolación y del debate del estado de la nación.

Y tras esta rima facilona me ha colgado y ni siquiera bruscamente. Pues qué alegría. Voy a poner la lejía en el estropajo azul en vez de en el verde y en lugar de frotar haciendo círculos voy a hacer rayas horizontales. Rutina, conmigo no vas a poder, te lo dice  la Eva en toda tu aburrida cara.

Las manías de doña Marga

La doña Marga es muy maja y yo la adoro por todo lo que me enseña, por lo animada y original que es, por sus cuadernos, por cómo se viste con esas ropas tan coloristas, por cómo se peina con sus trenzas y horquillas de gatos, por las meriendas a las que me invita aunque ella casi no coma y se pase todo el tiempo mirando cómo zampo yo, creo que a ella le gustaría poder comer así pero su estómago es delicado y pequeño, el mío no. A veces se ríe y me dice que no entro en los cánones de belleza actuales pero que no me importe porque tengo mi personal atractivo. Vaya, que me llama gorda pero con mucha delicadeza, lo cual es de agradecer porque hay otros (no cito a nadie) que me lo llaman directamente.

Pero la doña Marga también tiene sus cosillas, quién no, y una de ellas es que es muy presumida y bastante competitiva. De lo que más le gusta presumir es de años, porque es poderosa en edad, claro está, que a ver quién puede decir que ha llegado a los ciento dos con la mente intacta y un cuerpo bastante saludable. Cierto que casi no puede andar, que está bastante cegata y un poco sorda pero dice ella que esas carencias no son tan malas en realidad porque le van preparando a uno para el despegue final. Cuando nos conocimos presumía mucho  de fortaleza física y longevidad pero conmigo ya no tiene bastante, me lo ha dicho ya tantas veces que el efecto sorpresa, que es de lo que ella disfruta, está agotado. Y por eso se dedica a contárselo a todo el mundo que ve por la calle cuando salimos de paseo, les conozca o no, mejor si no.

Nos paramos en un semáforo para cruzar y ya está ella moviendo la cabeza a un lado y a otro en busca de público. Generalmente la miran porque su atuendo, su silla de ruedas tuneada, toda ella es muy llamativa y atípica y entonces solo tiene que soltar su preguntita, “¿cuántos años crees que tengo? Antes de que el otro se decida a aventurar un número entre ochenta y noventa, nadie se atreve a más, ya esta ella proclamando: ciento dos y soltando la posterior carcajada de triunfo sobre la muerte, que es así como yo la interpreto.

Lo malo es que si no pillamos semáforos en rojo y el camino es más lineal, la doña Marga no se siente feliz del todo y va clavando el bastón en las piernas de los que pasan para que se paren y poderles preguntar la edad que creen que tiene. He intentado que deje el bastón en casa, total no lo utiliza en la calle porque va en su silla trono, pero no quiere. Cosas de centenaria, supongo, que tampoco conozco a tantas.

Y luego está lo del blog, es que se está volviendo muy acaparadora y competitiva. Todos los días me investiga,¿hoy que has escrito en el cacharro ese? Y si le digo que cosas mías, de la Esme, del Toni, del Jacobín o de la Patricia, mis temas habituales, noto que se enfada un poco aunque no lo diga abiertamente. Se calla poniendo el morro torcido y al rato vuelve a la carga, ¿y de mis cuadernos cuando vas a sacar algo? Pues ya saqué ayer y el martes también y hasta el domingo.
Ah, bueno, dice ella tocándose la trenza derecha y quedándose como pensativa. Y luego, ¿y gustó a las personas? No es que me importe, dice haciendo un gesto de indiferencia, pero por saber…vaya que si no le importa, tengo que leerle todos los comentarios y decirle el número de “me gusta” que ha cosechado.  Después me pregunta que cuántos me han puesto a mí y si ella tiene más le sale una sonrisita muy maligna y hasta los gatos de las horquillas lanzan destellos o esa sensación me da a mí.

y no quiere repartir los premios, dice que son nuestros, que nos los han dado a nosotras, más bien a ella sé que piensa, y que nada de ponerlos a circular por otros blogs, que se quedan aquí, con nosotras para siempre. He intentado explicarle el concepto de compartir, como si fuera el Jacobín, y la idea de que los premios se dan para que la gente se conozca y se lea y no para acapararlos. Pues se hace la dormida.

¡Qué cosas,a sus ciento dos años!

Novio claro y novio oscuro

La casa del novio oscuro era, como es lógico, oscura. Las cortinas, de tela pesada, estaban siempre echadas, los muebles eran oscuros y también los objetos que había sobre ellos. El largo pasillo era oscuro y desembocaba en una cocina oscura y grande, con todos los instrumentos precisos pero muy utilizados, deslustrados ya.
Los padres no estaban nunca en la casa pero a veces sí un hermano al que era mejor no ver ni que tampoco nos viera, por lo que cuando se oían sus pasos, corríamos a escondernos en el cuarto del novio oscuro que siempre estaba lleno de libros amontonados. Al otro lado del tabique se oía la tos del hermano o un movimiento de silla. Nos reíamos. La risa del novio oscuro era muy clara. Antes de salir de su casa oscura nos mirábamos en el espejo de la entrada, abrazados, y nuestra imagen era luminosa y feliz.

La madre del novio claro pintaba cuadros en la cocina. Eran cuadros alegres de escenas cotidianas con muchas flores, pájaros, árboles y coloridas casas. Todas las paredes estaban llenas de esos cuadros y por toda la casa había plantas, música, hermanas gritonas que se peleaban y reían a la vez, que entraban y salían de la cocina donde pintaba la madre como si fuera un escenario y ellas las actrices. Aunque mi deseo era estar con el novio claro en su cuarto, antes tenía que participar en esas escenas de conversaciones locas y risas con café y galletas mientras el novio claro miraba oscuramente desde una esquina, sin sentarse a merendar, analizando.
A la salida, junto a la puerta, la madre había colocado un retrato del novio claro cuando era niño. Era un cuadro gris y verde, sin flores ni pájaros ni casas, en el que destacaba la mirada negra y secreta del novio claro.

(Cuaderno de doña Marga)

Depresión post parto

La Patricia ha vuelto al mundo de los vivos, lo que quiere decir que ha terminado su novela o lo que sea que estuviera escribiendo que a lo mejor no se puede encuadrar en ese género literario y es una obra experimental mezcla de géneros distintos. La Esme dice que de ser así, no sería nada original, que eso ya está inventado y superado y que ahora lo que se lleva es lo vintage o vuelta a lo clásico. El novelón de toda la vida con su trama, su nudo y su desenlace, con su bueno y con su malo y con su principio y su final, como la suya sin ir más lejos y sin querer auto citarse, que no es eso.
El ser de luz o Noemi, por su parte, opina que se lleva todo, cualquier cosa, igual que en los roperíos, libertad total para crear. Pero la Noemi de literatura no tiene ni idea, hubo un tiempo en que presumía de virginidad literaria, es decir, de que nunca se había leído un libro y aún así había sobrevivido en este mundo sin grandes contratiempos. Habiendo películas, pa qué, era su inculto argumento. Ahora ya no presume de mente inmaculada en lo que a lecturas se refiere pero es porque se ha dado cuenta de que manifestarse así no es culturalmente correcto. Se calla pero sospecho que se mantiene intacta y sin mancillar. A ella no la ha tocado ningún libro ni ella les ha tocado a ellos, revistas sí se mete para el cuerpo pero eso es otro leer.

A todo esto y después de esta disertación para no llegar a ninguna parte, es la esencia de las disertaciones, o para llegar al mismo sitio en el que empecé, sé que mi jefa ha terminado su obra, llamémosla así, porque ayer cerró la tapa al ordenador, se sacudió el polvo imaginario de las manos y exclamó no sé si con alivio o con pena o con ambos: bueno, pues ya está, terminada por fin.
Tiene que ser eso porque a continuación se levantó y se puso a dar vueltas por la casa como vaca sin cencerro. Se asomaba a una ventana, suspiraba, se sentaba un rato en el sofá a leer un libro, suspiraba otra vez, bebía agua, eliminaba lo bebido, se paseaba otra vez, más suspiros. Lo que son todos los síntomas de una depresión post parto. Y es que la mujer, como es lógico, tiene que echar de menos a sus personajes, no en vano ha pasado con ellos más tiempo que con los que habitamos el mundo real.

Pues resulta que en uno de esos melancólicos paseos por los largos pasillos de su hogar, la he visto llevarse una mano a su plano abdomen con mucho ensimismamiento y me ha dado por pensar que o bien es un gesto metafórico para expresar la vaciedad de su vientre creativo o es que un Jacobín segundo o Jacobina primera va a venir a este mundo.
Y hablando de partos y post partos, a la que también le queda poco para nacer es a mi sobrina Manuela. Mi hermana Lauri no cabe en sí ni de gozo ni de nada más porque está como un trullo. Lo cual me congratula enormemente porque ya estaba harta de que ella siempre fuera la fina y yo la basta y de escuchar decir a mi madre: pero come Lauri, hija; tú no, Eva, deja ya de rebañar. En fin, son pequeñas e inocentes venganzas que la misma vida te pone en el camino a modo de entretenimiento, nada con maldad.