Mes: octubre 2015

Puede ser mi gran día

Como si no tuviera ya bastante con mi esguince, mi dislocación, mi perimenopausia, mis dos hijos ninis, mi gero padre y mi precaria situación económica, toma rato malo esta mañana. Tenía que hacer una compra y he entrado en una tienda de mi barrio. Miro hacia un lado para ubicarme y me veo rodeada de calabacitas decoradas, gorros de bruja, falsas telas de araña , dedos de plástico sanguinolentos y caretas de zombi momia.  Debo aclarar que odio bastante halloween y toda su parafernalia, cosas de la edad. Me vuelvo hacia el lado contrario y ¿qué ven mis ojos con presbicia?: gorros de Papá Noel, colgantes con forma de reno, purpurínicas bolas.

Pero no es posible, ya ni si quiera se guarda un orden en la aparición y proliferación de espantos, te echan encima todo de golpe y apáñate como puedas. Pero el momento terror no ha terminado aquí, me acerco a la caja para pagar mi mercancía y de un altavoz brota la cantarina voz de, ¿quién?, sí, de ese, si prácticamente no hay otro: de Rafael entonando el nunca jamás oído “puede ser mi gran noche”. He deseado la muerte súbita. Luego, al llegar al quiosco, me he conectado al wi fi de mis amores para leer las noticias y me informado de que le han concedido un premio Ondas por su trayectoria. Interminable, añado.

Para calmar la taquicardia he seguido leyendo y entonces he visto este bonito titular, “La Agencia Tributaria revela cuáles son las inversiones en el extranjero de los españoles”. No es por ponerme pejiguera pero creo que ahí también hay que añadir un adjetivo al sustantivo españoles: ricos. Será porque soy de la periferia o de la banlieu, dicho en galo que queda mucho más fino, pero no concozco a nadie que tenga cuentas, acciones y seguros en Suiza, fondos de inversión en Luxemburgo o propiedades inmobiliarias en Francia.

Mira, estoy por comprarme una careta de momia y un gorrito rojo con pompón y  de esa guisa ataviada ponerme los grandes éxitos de Rafael en el spotify, total para cuenta en Suiza no me da, habrá que conformarse con las pequeñas alegrías de la vida.

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Tierras ignotas

Qué pesadita la Noe, no me ha dejado dormir esta noche. Estaba yo en el sofá tan plácidamente (nos vamos turnando la cama y cada noche le toca a una) cuando se me aparece con los pelos todos revueltos, señal de sus idas y venidas entre las sábanas. Me clava dos veces el dedo en el hombro y me dice: Eva, que la ventana no cierra del todo bien, hay una rendija por la que se cuela el viento.

Pues hija, échate otra manta si tienes frío y déjame que estaba a punto de caer en el sueño.

No, si ya, pero digo que si tú crees que por ahí cabrá algún pájaro. Es que tengo miedo de que entre y me atrape con el pico como al don Margarito, ¿por qué no te vienes conmigo a la cama? Sitio tienes de sobra, antes estaba el Toni y es mucho más gordo que yo, o sea que…

Si el pájaro ve a dos seguro que pasa de largo pero si ve solo a una  lo mismo se confunde y quiere agarrarme. Es que he estado pensando y no sé, ¿qué viene primero: la muerte o el pájaro? Porque si es la muerte no hay peligro porque yo estoy viva y bien viva pero si es el pájaro el que va antes entonces sí lo hay.

En buena hora le habré contado las historias de la doña Marga, si es que la pobre tiene una comprensión muy literal de las cosas. Como me sentía un poco culpable de haberle metido el miedo en el cuerpo accedí a compartir lecho. Pero solo por esta noche, le advertí, que eso de estar en la misma cama no te creas que me hace gracia, te mueves mucho y me das patadas.

No, no, que me estoy quieta, te lo juro y te dejo el lado bueno, el de la ventana.

Qué lista, así si pasa el pájaro a la primera que ve es a mí. Pero qué digo, si eso del pájaro es una invención de la doña Marga, al final hasta me lo voy a acabar creyendo.

Total que nos ponemos a dormir, yo por lo menos, y cuando estoy en ese momento tan bueno de ir perdiendo la consciencia, me da un codazo en el costillar.

Eva, que yo ya sé en que me quiero convertir, ¿te lo digo?

Dímelo mañana.

Mejor te lo digo ahora ya que estás aquí: en tía buena. Ya lo soy un poco pero más, en tía buenísima. ¿Te parece bien o me consideras muy superficial?

Me parece muy bien, es un anhelo muy lícito pero ahora vamos a dormir.

Qué culterana hablas, ahora entiendo tus dieces en  linguística, no era que te tuviera enchufe la Paulina. Pero es que, mira, volviendo a mi canelo ese, si eres muy tía buena es más fácil que te descubra un ojeador, de los que te sacan del arroyo y te llevan a desfilar por las pasarelas más importantes del mundo. Quién dice arroyo dice tienda de los chinos,me entiendes, ¿no? Es que ahora mismo siendo solo tía buena a secas encuentro muy difícil que me descubran. No sé, ese es mi sueño, ¿tú no tienes sueños?

Yo lo que tengo es sueño, simplemente.

Bueno, claro, se me pone bostezando, yo también pero me refiero a sueños de querer ser algo que no seas ahora, algo que llevas escondido hasta que alguien te lo saca a relucir, ¿tú no quieres que te descubran? Lo de la linguística, por ejemplo.

Pues vaya preguntita que me hace la petarda a esas horas de la madrugada.

No, creo que no, le respondo,  estoy mejor siendo ignota porque cuando te descubren luego te quieren colonizar, modificar tus costumbres, invadir tus territorios, expoliarte los recursos naturales y aprovecharse de ti. Eso está demostrado históricamente. Así que no, prefiero seguir sin representación en el mapa.

No te fastidia, va la tía buena a secas y se queda dormida de repente, con lo bonito que me había quedado el argumento. Se lo he dicho al oído, por si le cala en el subconsciente: déjate de descubridores, Noe, estamos muy bien en toda nuestra extensión de tierras ignotas.

De hombre a hoja

Bueno, pues ya se ha llevado el pájaro al don Margarito, o a su parte incorpórea porque a la corpórea se lo han llevado los de la funeraria dentro de una funda azul con una cremallera. Una cosa muy fea para ser lo último en lo que te envuelvan pero dice la doña Marga que eso no tiene importancia porque lo que se han llevado es solo el cascarón vacío, la carcasa.

También dice que sabe qué camino ha tomado el pájaro y hacia dónde se dirigía y que todo ha transcurrido según el horario previsto, como en los vuelos que no tienen retrasos. Resulta que es un lugar de la sierra que le gustaba mucho a él, un lugar donde de pequeño cogía moras y de mayor iba a pasear. Que ahí lo habrá dejado descansando sobre la tierra húmeda para que se transforme en  algo de su agrado. Según ella, eso nos va a pasar a todos porque dice que todos tenemos un rincón que amamos y ese es al que iremos para hacer nuestra transformación.

No entiendo nada ni sé de qué transformación habla pero me he puesto a pensar en cuál sería mi rincón preferido y puede que sea el quiosco de la Esme, entre el castaño y el banco, donde me comía el bocadillo cuando el Jacobín todavía no estaba escolarizado. También podría ser el patio de la casa de mis padres siempre que mi madre no se asome a la ventana de la cocina para mandarme algo, eso me estropearía bastante el momento transmutación. Pero igual no tengo un rincón especial, el caso es que me gusta ir en autobús mirando la ciudad por la ventanilla pero tampoco me me parece buena idea que el pájaro me deje caer sobre el 29 porque lo mismo acababa convertida en semáforo o en marquesina y tampoco es plan.

Si os digo la verdad, creo que cuando te mueres no te enteras de nada, ya no eres  y se acabó lo que se daba y eso también tiene sus ventajas. Por ejemplo, nunca más tendrás que eslomarte a trabajar ni te dolerán las muelas. Pero ya está bien de funebrerías, de momento estoy viva y bien viva y me alegro mucho de estarlo. También me alegro de que el pájaro haya venido y de ver a la doña Marga tan en paz.

Hoy se ha vuelto a poner lazos en las trenzas. Si a ella le gusta pensar que el don Margarito está donde las zarzas y los robles, acunado por el viento y bañado por una lluvia muy suave, si quiere creer que de hombre va a pasar a hoja no seré yo quién le quite la idea.

Conversación en un estanque

Antes….empezó a decirle en el estanque el pato viejo al pato joven.

Antes todo esto era campo, tío, como si lo viera, me lo has contado muchas veces.

Bueno sí, eso también pero no era eso lo que quería decirte ahora. Antes, aquí, en este parque, había silencio.

¿Qué?, no te oigo, tío, gritó el pato joven nadando hacia el surtidor del estanque pues tenía previsto darse una ducha matinal.

Que antes, gritó también el pato viejo intentando que las máquinas corta césped,  los tubos aspira hojas y las tijeras eléctricas iguala arbustos no apagaran su voz, que antes en este parque había silencio. La gente venía para escuchar a los pájaros o el murmullo de las hojas de los árboles.

El murmullo de las hojas, dice el notas, qué muermo, ¿no? Y se sacudió la humedad de las plumas con juvenil desdén.

¿Que qué?, preguntó el pato viejo huyendo de las salpicaduras del otro. Entre lo sordo que estaba y el ruido que había, la comunicación era imposible.

Que qué muermo, o sea, coñazo, tío, los ruidos molan. Los domingos ponen a tope esa megafonía para que corran los runners, menuda marcha que meten, resuena por todo el parque, tun, tun, tun, dando caña de la guapa, ahí, ahí.

A mí me estresa, se quejó el pato viejo. Y ahora, además, obras, están asfaltando los caminos de tierra.

Eso es el progreso, tío, no querrás que esto siga siempre igual, la tierra es chunga, polvo en verano y barro en invierno. ¿Y qué era lo que decías que había antes?

Silencio

Y eso, ¿para qué sirve?

Para estar tranquilo, para pensar, para disfrutarlo, simplemente.

¿Chocheas o qué? Se ha demostrado que si no oyes nada te vuelves loco. Bueno, colega, me voy a poner los auriculares, ponte unos tú también, te metes en el teléfono el sonido de las hojas y a los plastas de los pájaros y ya tienes lo que quieres o no te metas nada y te pones el silencio ese.

El pato viejo se colocó unos tapones de silicona, los ruidos le llegaban igual pero algo más armotiguados. Una bandada de grullas sobrevoló el estanque en dirección al sur.

Si fuera más joven me iría con ellas, huiría de aquí, pero ya no estoy para esos vuelos tan largos, pensó melancólico mientras la hoja amarilla de un plátano de sombra le caía silenciosamente en la cabeza.

(Cuaderno de doña Marga)

Ventana abierta

Morir a veces es muy fácil, demasiado. Hay quién se muere sin motivo aparente, de golpe y casi sin enterarse, fulminado. Eso, siempre que no sea demasiado prematuro,  casi que es una suerte. Lo digo porque ahora que, muy a mi pesar, estoy contemplando el proceso del morir del don Margarito me doy cuenta de lo trabajoso, pesado y cansado  que puede llegar a ser marcharse de este mundo.

Es como si al hombre le hubieran dividido en dos, una parte de él quiere irse ya pero otra, muy peleona, quiere quedarse. En este caso ya se sabe quíén va a ganar y puesto que eso ya se sabe no entiendo porque no le pegan un empujoncito para que salte de una vez y la parte indecisa deje de hacer fuerzas innecesarias. ¿No ayudan a nacer a los niños y aceleran el proceso si detectan sufrimiento? Pues esto es lo mismo pero al revés.

La doña Marga también es partidaria del empujón y le ha pedido a la enfermera que le suba la dosis de morfina para acelerar el tránsito, pero la enfermera dice que ella no puede hacer eso sin el consentimiento del médico, que tiene que esperar a que venga, que ella es una mandada. La doña Repolluda, que viene todos los días, dice que será cuando tenga que ser, cuando le llegue el momento y cuando Dios quiera.

La doña Marga dice que Dios, caso de que exista, ni quiere ni deja de querer. Eso me parece a mí tambien porque si tuviera que ir por todas las camas donde se está muriendo gente decidiendo tú ahora sí, tú todavía no, espera que vienen muchos de golpe y no tengo sitio, ya hay vía libre, puedes pasar, pues sería más un controlador aéreo que un dios en toda regla.

El caso es que ya entro al cuarto sin que me dé miedo, ya me he acostumbrado a su respiración  dificultosa que era lo que más me impresionaba pero, por lo demás, no parece que se entere de nada, a lo mejor está soñando y solo espero que sus últimos sueños sean bonitos porque sería horrible que tuviera pesadillas y no lo supiéramos.

La doña Marga dice cosas raras, señala la bolsa transparente donde está metida la medicación que le ponen y que se conecta a su brazo con un tubo largo y dice que le parece que ahí está refugiada el alma a la espera de ser liberada. Yo no le llevo la contraria porque tampoco es  el momento de contradecirla. Además, ella sabe más de la muerte que yo, sabe más de todo que yo aunque también se inventa muchas cosas, las adorna, como si dijéramos.

Ella cree que el don Margarito morirá un amanecer de estos, dice que es una costumbre familiar, marcharse justo cuando empieza el nuevo día, con esa luz que apenas existe todavía y que un pájaro se lo llevará en su pico. Igual por eso tiene siempre entreabierta la ventana de esa habitación, para que el pájaro pueda entrar.

Hoy la enfermera ha querido cerrarla porque decía que se estaba quedando helada pero le hemos dado una manta y la ventana ha seguido abierta. Ahora, de repente, me parece muy importante que nadie cierre la ventana.

El Jacobín cumple tres años

Ayer fue el cumpleaños del Jacobín y para festejar que ya lleva tres años en este mundo, su madre, con ayuda de la Poncho, le preparó una fiesta de no te menees.

Se ve que compiten entre las madres a ver quién hace la fiesta de más impacto, con la mejor decoración infantil, el motivo temático más original, las viandas más suculentas y las animaciones más originales. Digo yo que con juntar a unos cuantos niños y colocar en medio unas patatas, unas palomitas y una tarta con sus velas al final ya es suficiente, pero se ve que no estoy puesta en jolgorios infantiles.

La Patricia, supongo que por fomentar la sociabilidad del muchacho, invitó a toda la clase. Mucho antes de que llegaran los niños ya estaba el Jacobín sentado en mitad de la mesa, muy serio, como se pone él en los momentos críticos de su existencia y mirando en dirección a la puerta. No sé en qué estaría pensando pero a mí esa mirada me tenía un poco mosca.

Me hubiera gustado hablar con él para sonsacarle lo que me parecieron aviesas intenciones, pero no me dejaban parar trayendo y llevando bandejas y colgando globos, banderines, guirnaldas y abalorios diversos por todas partes. También tuve que poner una mesa llena de aperitivos y delicias para las madres que quisieran quedarse. La Poncho, agazapada en la cocina, se comió unos cuantos canapés prematuramente. Yo hubiera hecho lo mismo pero tenía las manos ocupadas.

En cuanto llegó el primer niño descubrí lo que había estado urdiendo elde los tres años: abandonó su posición en la mesa y se tiró al suelo a cuatro patas para hacer el dinosaurio. Y de ese papel no hubo quién lo sacara en toda la fiesta. Niño que entraba, niño al que rugía desafiante. Solo paró algún rato para descansar y para soplar las velas con otro rugido bastante estremecedor.

Pues mira por dónde tuvo éxito, muchos otros niños se tiraron también por los suelos y empezaron a dar zarpazos y a bramar o lo que quieran que hicieran esos bichos extinguidos. Los que no hacían el dinosaurio corrían sudorosos y enloquecidos por el pasillo, tres se hicieron pis encima y hubo muchas risas histéricas y lloros aterrorizados. Lo normal entre infantes.

A todo esto la Poncho aprovechaba el lío para ofrecer sus servicios a las madres. Se ofreció como doula, como pintora de retratos, como instructora de la danza del vientre y como asesora respiratoria. Qué tía y todo eso sin dejar de zamparse las delicattesen.

La Patricia no tenía muy buena cara, una madre experta se había sentado a su lado y le estaba narrando con todo lujo de detalles gore sus dos partos. Pobre, esas cosas no se le cuentan a una gestante avanzada.

Hoy el Jacobín está afónico, la Patricia lleva toda la mañana en la cama con dolor de cabeza y contracciones y yo no hago más que limpiar y recoger los destrozos de la onomástica. La Poncho ha puesto su música hindú y anda por aquí y por allí tan fresca moviendo brazos y caderas y devorando los restos. Las hay que se lo montan pero qué muy bien.

Y sin que tenga nada que ver con todo lo anterior, el don Margarito sigue muriéndose. Lo que le está costando, se ve que no es un hombre de muerte fácil.

Caja de otoño

Hay tanta belleza en algunas tardes de otoño que quisiera guardarla en una caja para poderla mirar de vez en cuando.

Sería una caja pequeña, forrada de papel de color verde, amarillo, rojo y dorado como la misma tarde que contiene. Con la media luna en una esquina y las nubes deshaciéndose suaves sobre la tapa.

Olería a humo dentro de la caja, a tierra mojada, a castañas y dos pequeños murciélagos revoloterarían atolondrados como si fueran a chocar contra el cartón pero no, no chocarían.

Habría colegiales con mochilas y viejos paseando lentamente, chicas de largas melenas y hombres fumando en pipa, franjas de luz sobre los tejados. Un viento húmedo y ligero lo removería todo de vez en cuando entremezclando con arte sus elementos igual que lo entremezcla la misma tarde.

En el medio le pondría un charco reflejando el cielo.

(Cuaderno de doña Marga)