Mes: mayo 2020

Apartamentos Mari Paz

Cuando me divorcié me fui a vivir a un piso cerca de Ventas. Estaba bien el piso, era pequeño pero no feo. Daba a una plaza diminuta donde por las tardes jugaban algunos niños, uno de esos espacios infantiles con cuatro columpios y un suelo mullido, anti chichones. A la vuelta de la esquina había otro parque, también de reducidas dimensiones, con una fuente en medio y un surtido de árboles alrededor, como si fuera un muestrario de una porción de naturaleza. En el centro de la rotonda vivía un olivo. Me entristecía ese olivo.

La vida se me había vuelto más pequeña y no más amplia, como yo había imaginado que ocurriría, pensaba que era una fase transitoria,  que estaba pasando por un camino estrecho que después desembocaría en… no sabía dónde. De alguna manera estaba naciendo. Eso quería creer.

Porque si pensaba que me iba a quedar siempre ahí, haciendo traducciones para esa editorial médica, en ese piso pequeño,  sola como el olivo de la rotonda… borraba esa idea, procuraba hacerlo,  pero debajo del no pensar vivía la tristeza, todo se había cubierto de una tristeza leve pero persistente, pegajosa. Y también estaba enfadada aunque de eso  no me daba cuenta.

Era el mes de abril y llovía muchos días pero no todas las horas del día, llovía a ratos. Una  tarde estaba en casa traduciendo un texto sobre la validez de los criterios de Framingham  y luchando contra la pesadez de mis ojos que a cada párrafo sobre sístoles y ventrículos querían cerrarse,  cuando se puso a llover con mucha fuerza. Me levanté a mirar, a lo mejor así me despejaba. Abrí la ventana y contemplé la lluvia mojando el suelo del recinto infantil que enseguida se volvió brillante. Pensé en la expresión “se puso a llover”, ¿quién se ponía a llover, la propia lluvia se ponía a llover o era la tarde la que se ponía a llover o era el cielo, eran las nubes, quién era?

Olía bien, del pequeño parque llegaban retazos de efluvios verdes, no muchos, había que hacer el esfuerzo de capturarlos,  también como en una muestra tacaña de olores naturales. La lluvia que se había puesto a llover estaba empezando a caer con violencia.  Me gustaba esa fuerza,  esa rabia, la necesitaba, miré hacia arriba, desde donde me parecía que nacía,  como un modo de agradecer  que se hubiera coordinado con mis sentimientos, que no eran nada  tranquilos por mucho que quisiera engañarme.

Entonces y por primera vez me fijé en cartel del edificio de enfrente, no es que antes no lo hubiera visto, lo había visto y hasta lo había leído pero no me había detenido en él, lo había visto sin verlo. Decía: Apartamentos Mari Paz. Apartamentos.   Desde ese instante lo odié, no sólo por el nombre, el mismo que la profesora de arte del colegio, la que  me decía contemplando desde detrás mis dibujos, “vaya churro, bórralo todo y empieza otra vez”, también por la estúpida repetición de la palabra “apartamentos”. Y por el diseño del cartel en sí, en cutres letras rojas.

Vaya churro de cartel, Mari Paz, seas quién seas, dije yo con más rabia que otra cosa.

Desde ese día procuré no mirarlo pero las letras rojas estaban diseñadas para atraer y además, tengo que reconocer, me había obsesionado con ellas.  Si por la noche me asomaba a mirar la luna me parecía que era ella la que anunciaba  los apartamentos Mari Paz, apartamentos. Y lo mismo sucedía si miraba las nubes, apartamentos Mari paz se desplazaba sobre sus barrigas en forma de publicidad lenta y vaporosa. Y  serían imaginaciones mías, no digo que no,  pero cuando llovía percibía cierto color rojo en las gotas que caían, como si el cartel hubiera desteñido y apartamentos Mari Paz. Apartamentos también se hubiera puesto a llover.

Paseaba bordeando el parque, nunca entraba, miraba los árboles desde fuera y a la gente que paseaba a sus perros o corría o se sentaba en los bancos. En la acera de enfrente había tiendas,  una tintorería con un escaparate muy raro decorado, lleno de pequeños gnomos de colores y muñequitos fantásticos del bosque, setas, plantitas.  Demencial. Un  herbolario llamado “el rincón del bienestar” que apestaba a incienso, una frutería y una escuela de pintura llamada “El Atelier”. El nombre era de lo más tópico  pero sentí curiosidad y  me acerqué a mirar.

¿Y si me apuntaba a unas clases?  Borro todo este churro y vuelvo a empezar, pensé sin saber muy bien a qué me estaba refiriendo.

 

Cristal de Murano

Frida odiaba las visitas y ahora esa niña del piso de abajo estaba a punto de llegar.

Te mando a la niña con un flan que acabo de hacer, así, de paso,  te hace un rato de compañía, le había dicho la madre por teléfono. Si necesitas algo más, me llamas.

¿Y para qué quiero yo un flan? A mí no me gusta el flan, refunfuñó Frida en cuanto colgó el teléfono.  Y encima la niña esa, ¿de qué iban a hablar? No se le daba bien la conversación y de niños no tenía ni idea, ¿qué podría interesarle a una niña de unos diez años? La había visto alguna vez, abajo, en el jardín, con dos amigas más, se reían como tontas, una vez las vio intentando acariciar a los gatos sarnosos de los soportales, que las rehuían,  y otra se las encontró en el supermercado, espachurrando bollos  y también riéndose como bobas.

Y aquí tenía ya a la boba, en la puerta, con la flanera.

-Pasa, guapa, gracias por venir, siéntate un poco, lo tengo todo un poco revuelto pero con este esguince que me he hecho en el tobillo tengo que guardar reposo y no he podido ordenar.

La niña miró la sala con asombro, le pareció ordenada y limpia,  era igual que su casa pero mucho más grande, el doble de grande.

Frida adivinó lo que estaba pensando.

-Tiré dos tabiques para poder poner el piano y que quedara más espacio, con una habitación tengo más que suficiente, solo estoy yo, dueña y señora, como suele decirse.

El piano, dijo la niña con voz de admiración. Y luego no dijo nada más, seguía con la flanera entre las manos, observando.

-El piano, sí, el pianito.  Lo odio ¿lo sabías?

La niña puso cara de susto y luego de risa.

-Ahora me dedico a las clases pero también he dado conciertos, muchos, por todo el mundo.  Yo no quería estudiar música pero mi madre dijo: tú, Frida, vas a ser pianista y me colgó el piano de la espalda. Mi cruz.

Frida se levantó para llevar el flan a la cocina, cojeaba. Después fue a su cuarto y sacó la caja de los collares. Que elija unos cuantos y se vaya, no sé de qué hablar con ella y cuando no sé de qué hablar acabo contando más de la cuenta, ¿para qué le habré dicho que odio el piano?

-Mira cuántos collares tengo aquí,  te dejo que te lleves los que quieras. Venga, sin miedo, sin miedo.

La niña, sin atreverse a más, eligió uno corto y rojo.

-Es de cristal de Murano, le explicó Frida.

-Sabrá esta qué es el cristal de Murano.

No lo sabía, era verdad, pero se le quedó grabado y por el camino, mientras tocaba las piezas cuadradas, se lo iba repitiendo, “es de cristal de Murano, de Murano, de Murano”. Se lo probó en el ascensor, no le gustaba cómo le quedaba puesto, era de vieja, pero sí tenerlo en la mano, su color rojo, su tacto.

Abajo le estaban esperando sus dos amigas, llevaban un plato y leche para atraer a los gatos.  Les dijo, chuleándose un poco,  que venía de casa de Frida, la pianista.

-¿Ha tocado algo?

-Claro, todo el tiempo, es lo único que hace, toca y toca y no para de tocar  porque le encanta la música, es su vida. Si algún día no tocara, solo con un solo día que dejara de hacerlo, se moriría, se moriría de golpe, eso me ha dicho.

Las palabras (un poema de Eugenio de Andrade)

Son como un cristal,

las palabras.

Algunas, un puñal,

un incendio.

Otras,

solo rocío.

 

Secretas vienen, llenas de memoria.

Inseguras navegan:

barcos o besos,

las aguas se estremecen.

 

Desamparadas, inocentes,

leves.

Tejidas son de luz

y son la noche.

E incluso pálidas

verdes paraísos aún recuerdan.

¿Quién las escucha? ¿Quién

las recoge, así,

crueles, desechas

entre sus conchas puras?

No somos hierbas

Estos días de fiesta ni siquiera estaba  el obrero de los guantes y sus tejemanejes con la furgoneta. Ni siquiera los cepos lámpara ni las cintas ni la bolsa naranja rodando de acá para allá.  Solo la monja de gris paseando. Se había cambiado un poco los modelos, el sábado llevaba una chaqueta de color vino y el domingo una blusa azul y la chaqueta gris anudada a la cintura porque hacía bastante calor.  Sus pasos ya no tenían tanto ímpetu, había abandonado la pista de atletismo y se desplazaba por el centro del patio, con menos concentración y sin tantos alardes de capacidades físicas. Más desganada,  cumpliendo una obligación, sin alegría, sin el estímulo de otra presencia, de otra mirada. Y además esa desgana se fue intensificando de un día para  otro. El sábado se quedó parada en mitad del patio observando la puerta  y el domingo, ya definitivamente harta, se sentó un rato a mitad de trayecto. Me entró mucha melancolía cuando se sentó y apoyó la barbilla en la mano, pero tampoco sé explicar por qué, creo que el encierro acentúa las emociones y al mismo tiempo las atonta. Te vuelve más sensible en algunos aspectos y más zoquete en otros.

Se sentó, sí, qué decepción, es el resultado de no tener público. En realidad ese público estaba solo en su imaginación  porque, aunque reales y carnales , -ahí estaban los obreros coincidiendo con ella en espacio físico y temporal-,  no le prestaban  ninguna atención y por lo tanto, no existían como tal público.  Y sin embargo, cabía la posibilidad de que llegaran a ser ese público soñado por ella en algún momento y eso le servía de estímulo.

Es como escribir en internet, puede que nadie te haga caso pero existe la posibilidad de que sí te lo hagan y por eso procuras hacerlo bien, te esmeras, como nos decían en el colegio.  Pero si estás escribiendo en un archivo del ordenador o en un cuaderno, es posible que te quedes mirando la puerta o que te levantes un rato, que en este caso sería el equivalente al sentarse de la monja.  Y que si no te sale fácil, abandones o no lo pulas tanto y lo dejes con algún que otro fallo que ya corregirás cuando sea o nunca.  Total, no lo va a leer nadie. A no ser que uno piense en un público futuro con el que establecer comunicación y escriba pensando en esos ojos que algún día recorrerán las letras.  Pero también puede ser que no se  piense en nadie ni en nada,  que el hecho de escribir  obedezca a una necesidad íntima, tal como hacen las hierbas. Cumplen con su tarea sin esperar nada a cambio.

Ellas  sí han seguido bailando al margen de su público.  Crecieron en silencio, proliferaron. Uno de estos días de atrás,  el viento muy fuerte las movía hasta hacerlas ondular como si fueran un mar vegetal. Era una belleza contemplar esas ondulaciones.  No lo hacen de forma voluntaria, ni siquiera son conscientes de que lo hacen, está en su ser ofrecer ese espectáculo, como lo estará en breves días volverse amarillas, secarse, irse apagando, bailar haciendo un ruido áspero y regresar a la tierra de la que nacieron sin más tonterías. Las hierbas son unas inconscientes y no se esmeran, no lo necesitan.  Pero no somos hierbas.

Miraré menos el patio ya que se puede salir a determinadas horas pero todavía lo seguiré mirando durante un tiempo porque la calle con tanta gente a la vez no me gusta.  Me sucede  como a un hámster que tuvimos en casa, de nombre Canelón. Como nos daba pena que estuviera enjaulado, empezamos a dejar que saliera un rato cada tarde  por el pasillo. Los primeros días y después de mucho pensárselo,  solo daba vueltas alrededor de su jaula, no se fiaba del mundo exterior ni de esa libertad repentina, después se fue aventurando un poco más pero enseguida regresaba con mucha prisa a tocar barrote.  Hasta que se acostumbró  y en cuanto abríamos la puerta salía disparado y procuraba escaparse. El territorio más exótico y lejano que llegó a explorar fue la parte de abajo del friegaplatos. No sé si le gustó.