Mes: noviembre 2015

Compras

Me he comprado un abrigo muy bonito. Voy muy contenta con mi abrigo nuevo, meto las manos en los bolsillos, las saco,  abrocho todos los botones, luego desabrocho el de arriba y el de abajo y pruebo a llevarlo así o abierto del todo mostrando la camisa de debajo.

Creo que mi vida es distinta desde que tengo ese abrigo, el viaje en metro ha sido mejor, como si fuera a pasar algo aunque no haya pasado nada, se ha subido el hombre que toca siempre “volver con la frente marchita” y la ha tocado. Le he dado una moneda porque me ha parecido que sonaba mejor que otros días. Creo que es el abrigo el que me hace percibir de forma distinta. Un hombre guapo me ha mirado con insistencia. He pensado que estaba a punto de iniciar un romance como en las películas, esas en las que la chica choca con el chico, ella se enfada porque a nadie le gusta chocar y que todo el contenido del bolso se derrame por el suelo pero, luego, después de varios encontronazos descubre que es el hombre de su vida.

¿Qué digo?, si ni siquiera hemos chocado, me he bajado en Alonso Martínez y ahí se ha quedado el guapo. Creo que he visto demasiadas películas estúpidas, si ni siquiera me gustan esas películas y siempre me río de ellas porque acaban justo cuando todo empieza, como si lo único bueno fuera ese inicio, el estreno, como el abrigo. Es eso, el abrigo nuevo, tiene efectos raros sobre mí.

Sí, porque fuera, en la calle, me he sentido como cuando tenía veinte años y el mundo siempre era nuevo y todo estaba a punto de pasar, el aire me ha parecido distinto y el cielo y los edificios y las caras de la gente. Yo me he sentido otra como si, además de un abrigo, estuviera estrenando la vida entera.

Después he llegado a la oficina, lo que más me gusta del trabajo es el trayecto hacia él, he colgado el abrigo en la percha, al lado del de Martínez Romillo que huele a tabaco negro y toda la sensación de novedad, alegría y esperanza ha desaparecido. Me he sentado en mi mesa, desde donde veo los cuadros de mi abrigo nuevo pero no por eso laa mañana ha pasado más rápida. Al contrario, ha estado especialmente densa, como si le costara atravesar las costuras del día. No he querido comer con los otros compañeros, comen en ese bar de menús donde luego la ropa te huele a guisote. No le podía hacer eso a mi abrigo nuevo ni a mí misma.

Me he tomado un bocadillo sentada en un banco de la calle, envuelta en mi abrigo. Otra vez esa sensación de novedad, de aventura, de emociones inesperadas. Hasta que toda la troupe oficinesca ha pasado por delante y me han llamado ermitaña.  Martínez Romillo me ha guiñado un ojo, qué asco, creo que le gusto. Julia me ha dicho, qué abrigo tan mono, ¿dónde te lo has comprado?, estaba buscando uno parecido.

No se lo he dicho porque no quiero que nadie más lo tenga.  Y precisamente al volver a casa, qué rabia me ha dado, he visto a otra mujer con el mismo abrigo, no llevaba precisamente cara de felicidad y el abrigo tenía bolas en los costados. Me da que el efecto va a durar poco, tal vez porque es un abrigo barato, tal vez porque más personas en esta ciudad llevan el mismo abrigo y eso le resta potencia, tal vez porque el abrigo no tiene nada que ver.

Pero por el camino, en un escaparate,  he visto un bolso de correa larga. Ahora quiero ese bolso, estoy convencida de que con él cruzado por encima del abrigo las calles me mostrarán otra vez ese aspecto de novedad y en cada esquina podrá suceder algo y yo seré siempre joven y la vida interesante, me iré de esa oficina y nunca más tendré que aguantar las miradas libidinosas de Martínez Romillo, chocaré con el guapo del metro y lo odiaré, pero sólo al principio porque luego, luego… Luego nada, ya lo sé, todavía no me he comprado el bolso.

Sala de espera

La pared está pintada de un verde tan desvaído que parece gris, con una franja en medio que también parece gris porque lo es. No es una pared que anime a la salud y al buen humor pero la miramos. También la puerta donde hay un nombre escrito y un número, como si por clavar los ojos se fuese a abrir antes. Pero la puerta, de momento, no se abre.

Seguimos mirando a la pared verde gris y a la puerta y también nos miramos entre nosotros más por aburrimiento que por verdadero interés y tambien por desconfianza, alguien puede querer colarse y eso sí que no.

La mujer que se ha volcado encima todo el joyero mira de reojo a la que huele a ambientador de cine antiguo, la que huele a ambientador de cine antiguo observa al hombre de la cara de pena con una escayola en la pierna y el de la cara de pena escayolado mira a las dos que vienen juntas. Una le acaba de decir a la otra: desde que cumplí cincuenta me he vuelto más lenta, antes hacía todo en un pis pás. Ahora todos miramos a a que se ha vuelto lenta.

Puede que no sea competencia si se abre la puerta como tampoco el de la pierna escayolada, pero no hay que fiarse. La del joyero volcado encima no se fía, por eso se tensa en el asiento, se inclina un poco hacia delante, como si fuera a saltar  sobre una presa y se aferra al papel donde está escrita su hora de cita.

¿Han llamado ya?, pregunta con inquietud la que huele a cine. ¿Usted que hora tenía?, le contesta con otra pregunta la del joyero. No hay respuesta, no se da información al enemigo. El de la pena sigue mirando a la pared, está tan verde gris como ella. La puerta, pese a los ruidos de sillas arrastrándonse que anuncian una apertura inminente, permanece cerrada. La lenta narra una receta a su acompañante: le pongo ajito picado todo por encima, así, y hace el gesto de espolvorear muy despacio, es verdad que es lenta. Y pesada.

Yo no sé qué le estará contando, dice la del joyero volcado, lleva dentro ni se sabe, hay gente que no se da cuenta de lo que se tiene que dar. La del olor a cine asiente ceñuda pero no secunda el conato de rebelión porque de nuevo se oyen ruidos dentro, tal vez la puerta se abra y la aliada se convierta en enemiga.  Tensión en la sillas.

La puerta se abre, el hombre abusón se marcha, el médico se asoma y lee aburrido una ristra de nombres. El de de cara de pena entra arrastrando la escayola, triunfador sobre el resto. Nos quedamos de nuevo frente a  la pared verde que parece gris con su franja gris que es gris. Mirándonos de vez en cuando con recelo aunque menos que antes porque ya sabemos el turno de cada uno, deseosos de entrar para hablar de nosotros mismos,  de nuestros queridos cuerpos, sin los que no somos nada ni nadie, esos que se vuelven lentos, esos que, a veces, traicioneros, sin importarles nada todos nuestros desvelos para con ellos, van y se paran.

 

Habitación con vistas

Tengo la  suerte de tener una habitación con vistas, así, cuando me despierto, voy corriendo hasta la ventana, la abro, me asomo y compruebo que el mundo sigue como lo dejamos ayer.

Intactas las dos bayetas que la del tercero sujeta con sendas pinzas: una rosa y otra amarilla. Intacta la cortina de flores del segundo, ninguna flor se ha movido ni se ha ajado durante la noche. Ahí están los tubos de las calderas expulsando su humillo blanco y la colada de Asun, con esa bata de leopardo al lado de los pantalones diminutos de sus niños.

El desconchón no se ha movido, tal vez esté un poco más grande que ayer pero si es así no lo noto. Ni la botella de amoniaco en la ventana del baño del segundo ni el del segundo en pijama mojando con parsimonia galletas en el café. Ni los geranios colocados en macetas verdes en la ventana de Nuria ni la taza del váter del piso deshabitado transparentándose a través del cristal. Ni el charco que siempre hay al fondo, en el suelo, aunque lleve un mes sin llover, estriado por las cuerdas de tender que se reflejan en él.

Ni la tos de la niña del bajo ni los gritos de Eugenita, la pirada, llamando idiota a su marido, el idiota, ni esa radio irancunda siempre encendida ni la guitarra eléctrica de ese chaval atascándose a mitad de un tema, siempre del mismo y en la misma mitad, ni las risas del piso de los estudiantes que nunca estudian ni el maullido del gato que parece el llanto de un niño ni el llanto del niño que parece el maullido del gato ni los tres ladridos del perro metódico, silencio,  otros tres ladridos, silencio, otros tres más.

Todo está ahí, como cada mañana, tal vez con alguna ligera variación de ritmo o intensidades, con algún pequeño desplazamiento apenas perceptible. Y el cielo por encima cubriéndonos a todos. Ya puedo irme tranquila a desayunar. La suerte de tener una habitación con vistas.

( Cuaderno de doña Marga)

Energía oscura

Esta mañana he subido al autobús en dirección al quiosco donde malgasto mis días y los sustento a la vez (paradojas del laburo), he visto una plaza libre al lado de una señora y hacia ella he ido sin dudar. Todo normal hasta que, una vez sentada, he podido comprobar que mi compañera de autobús era una mujer fuertemente dominada por la energía oscura. Dicho de otro modo: se expandía como el Universo.

Como es lógico he hecho un trayecto muy incómodo porque su fuerza expansiva me empujaba peligrosamente hacia el pasillo y comprimía todo el lateral de mi cuerpo serrano. Al principio he luchado de manera sibilina empujando con mi antebrazo el suyo y tratando de recuperar el espacio que me pertenecía o que yo creía que me debía de pertenecer porque ella parecía creer lo contrario. Imposible, la energía oscura de esa mujer era muy superior a la mía así que me he dado por vencida y me he resginado a hacer mi recorrido habitual encajonada y acosada por la mujer altamente expansiva. Además, desprendía mucho calor o energía térmica.

Dirás que cuento tonterías que no te interesan nada y que mis problemas en el transporte público son de lo más banal. Espera, hombre o mujer, que todavía no he llegado al desenlace y esto sólo era un preámbulo. Aunque incómoda y cabreada he elaborado una nueva teoría digna de un blog tan serio y de tanto rigor científico como este. Paso a exponerla sin atisbo de rubor : creo que el problema del ser humano es que está dominado por esa energía oscura, es ella la que le impulsa a expandirse, a querer para sí más espacio y territorio y todos los recursos contenidos en él, a imponer su materia sobre la materia de otros. Y quién dice materia (lo digo yo, Esmeralda), dice ideas, comportamientos, religiones, maneras de vivir la vida o de entenderla.

De ahí vienen todos nuestros conflictos, peleas, guerras, de nuestras ansias expansivas y por ahí vendrá también nuestra ruina. Porque cuanto más  nos expadimos más nos alejamos de los otros y solos estamos abocados al fracaso (me gusta esa frase). En cierto modo no es culpa nuestra, como hijos del Universo que somos copiamos el modelo paterno. Porque este tío que nos contiene no para de estirarse y estirarse. ¿Sabrá por qué y hacia dónde?

Yo ,no, pero la señora del asiento de al lado sí parecía tener claros sus objetivos. Qué viaje me ha dado la muy expansionista. Así le de un Big Rip.

Mejor el verano

La profesora les ha mandado hacer un trabajo sobre el otoño, siempre está mandando y mandando. A Ágata el otoño le importa un pito, ella lo único que quiere es merendar viendo los dibujos y jugar después con Nicolai, el gato.

No quiere pegar hojas en un papel, hojas sucias y secas del suelo, y ponerles debajo el nombre del árbol al que pertenecen porque no lo sabe y su madre no se lo dice porque no tiene tiempo o porque tampoco lo sabe.

Después de pegar las hojas y poner debajo, simplemente, “hojas de árbol”, viene otro problema: tiene que escribir un texto en el que explique por qué le gusta el otoño. Ágata se sienta, chupa el lápiz, mordisquea la goma que tiene en la punta y le arranca un trozo, lo escupe, lo pisa con el pie, mira por la ventana, ve una mariposa amarilla y a Nicolai chupándose una pata. El otoño no le gusta especialmente, prefiere el verano porque se baña en el mar y no tiene que pegar nada que lo represente en un folio ni dar explicaciones por escrito.

Ágata se está enfadando porque no se le ocurre nada y porque de las tres hojas arrugadas y secas que ha pegado, dos ya se han despegado y ahora están en el suelo junto al trozo de goma chupada y pisada. Pisa también las hojas, rabiosa, y crujen. Ese crujido si le está gustando, pisa un rato más hasta que las hojas son polvillo, se quedan silenciosas y se acaba la diversión. Pero ahora ya sabe qué contar.

Escribe en el folio apretando mucho el lápiz, tanto que el papel casi se rompe: el otoño me gusta porque cruje. Mejor el verano, añade luego porque le parece que le ha quedado un poco corto y a la profesora le gusta más largo.

Ya está, se puede levantar, pasa toda la tarde jugando, confiada y feliz.  No entiende por qué, al día siguiente, la profesora le pone una M de mal, grande y roja, como una ofensa, tapándole la única hoja que había conseguido pegar. La arranca y la pisa.

Cruje, cruje, cruje bajo sus zapatos sucios de polvo y barro que le hacen daño en la punta. Hasta que, pulverizada, se calla, como las otras.

( Cuaderno de doña Marga)

Columpio

En el parque, columpiándose en la rama de un arce, está un jilguero. Es pequeño, de cabeza  roja y franjas amarillas en las alas. Se columpia y canta, se columpia y pica de las bolas que cuelgan del árbol. Se columpia y su balanceo hace caer unas cuantas hojas.

Arriba el cielo está contaminado pero él no lo sabe, solo es cielo con un gajo de luna diurna, espacio libre de vuelo. Tampoco sabe lo bello que es ni lo bien que canta. No se hace selfies en la rama del árbol y mira que está guapo. No fotografía el suelo alfombrado de rojo como diciendo, “yo estuve aquí, el otoño es mío”.

Pero claro que el otoño es suyo y él, pequeño, bonito, atípico en una esquina del parque tomado por los gorriones, donde un borracho duerme la mona, se calientan al sol del mediodía unos cuantos viejos y tres chicos escapados de clase fuman porros, también es puro, simple y perfecto otoño.

(Cuaderno de doña Marga)

El llanto de Morganina

Hasta el momento la Morganina era uno de esos bebés tranquilos y pacíficos con los que todos los padres sueñan. Se pasaba el día durmiendo y hasta había que despertarla para alimentarla. Comía apaciblemente y se volvía a sus dormires angelicales. Se ve que la muchacha estaba cogiendo fuerzas para lo que iba a venir después, recargándose como las baterías.

Ahora, plena de energía sin estrenar, berrea a cada momento. Para mí que está cabreada con el mundo al que le han traído y  eso es por culpa de la Salus que va por toda la casa acarreando uns radio que vomita malas noticias. Y cuando apaga la radio, enciende la tele y, a veces, tiene puestos ambos aparatos al tiempo.

Luego, como no consigue que la niña deje de llorar, se pone toda nerviosa a cambiarle los pañales por si estuviera escocida y de ahí el llanto y a untarle cremas protectoras. Le he sugerido que tal vez la Morganina se haya dado cuenta de que su cuarto idílico lleno de osos amorosos, pájaros, mariposas libadoras y flores reventonas por las paredes no es más que un paraíso artificial y que lo que hay fuera merece unos cuantos llantos. No en vano es hija de un hada y no descarto que haya heredado algún poder sobrenatural.

Que no diga estupideces, que qué eso del hada, que cómo va a saber una niña de semanas lo que sucede en el mundo y que lo que tiene son los cólicos del lactante. Qué poco imaginativa es. Y luego se pone a mirar las noticias con la niña en brazos dándole golpetazos en la espalda mientras exclama, qué horror, madre mía qué masacre, qué desastre, qué miedo, esto es terrible, miserables, locos, esto es la guerra, la guerra, la guerra.

Cómo no va a llorar la criatura, pensará que mal momento han escogido para hacerla aterrizar aquí.  Déjamela un rato que le voy a cantar la nana del caballo grande de Camarón o los Zapatitos coloraos y verás cómo se duerme, le pido a la Salus. De eso nada, me contesta toda tajante, que no quiero que se acostumbre a dormir en brazos, la voy a meter ahora mismo en la cuna, en cuanto expulse los gases. Nada, que no me deja tranquilizarla con un buen acunamiento para que sepa que aunque el momento no es idonéo,  el mundo también es un lugar precioso al que merece la pena haber venido. Y que le esperan muchas maravillas por descubrir y vivir.

Pues yo algo le tengo que cantar, estoy segura de que va a dejar de llorar y se va a reconciliar con la vida, no le veo nada malo a dormirse en brazos, peor es acostumbrase a ese mareo de movil con esos animalitos de fieltro dándole vueltas por encima de la cabeza al ritmo de una muisquita de lo más  tontorrona y cansinera. Y a la radio de fondo con todos esos vocingleros relatando desgracias. Y luego dice que es experta en neo natos. Pues si que…