Era un bosque

Hemos ido en un autobús, no me he podido sentar con Nidia y me he enfadado, luego se me ha pasado. Nos hemos parado en un sitio donde había un hombre barriendo hojas con una escoba, hacía un montón y lo dejaba limpio, le caían hojas nuevas, se le ensuciaba el trozo, volvía a barrerlas. Cristóbal ha dicho, jaaaaaaaaaa, jaaaaaaaa, señalándolo con un dedo. El autobús ha seguido y el hombre se ha hecho pequeño, un punto y ya. Había un río con piedras y espuma.

El castañar se llama así porque tiene castañas que se caen de los árboles. No se pueden coger. Las setas tampoco. Las castañas tienen pelos por encima. Había muchos de esos pelos tirados por el suelo, Martín los iba apartando con un palo, todo el camino con el palo hasta que se lo ha quitado el profe Rubén porque le ha dado en una pierna, pero eso ha sido al final.

Era oscuro, era un bosque.

Es porque los árboles tapan la luz y porque no había luz, había nubes. Los árboles se pelean por la luz, es una de sus comidas, y por eso se estiran tanto, porque la luz está arriba y quieren ser los primeros en tenerla, también comen por abajo, de dentro del suelo. Lo que encuentran. Pero otros días sí hay luz, nos lo ha dicho la monitora, Olivia. Somos un grupo muy bueno, nos lo ha dicho, pero gritamos. Es lo malo. Para oír a los pájaros y ver a los animales hay que estar callados o no salen.

En la entrada había un cartel con todos los pájaros que viven ahí, pintados, y con todos los animales pintados y sus nombres. No hemos visto ninguno, no han salido. Solo que Abel a cada rato decía, “¡una vaca, un jabalí, un buitre!” y luego se reía. No tiene gracia. Ninguno nos lo hemos creído, solo la primera vez, la de la vaca, luego ya no.

Hemos ido a ver el árbol más viejo de todos, se llama el abuelo, en verdad está muerto y no se puede tocar, se rompe. Era muy grande solo que tenía dos agujeros, le faltaba lo de dentro y lo de arriba. Rubén nos ha hecho una foto delante del abuelo muerto para colgarla en el aula virtual. Un hombre muy viejo con dos bastones se ha acercado a hablarnos, decía que ese árbol y él habían nacido el mismo día y que qué nos parecía. Otro hombre que iba con él ha dicho que el árbol tenía quinientos años o hasta más.

Algunas veces había que subir y otras que bajar, prefiero bajar, cuando tocaba bajar corríamos. Y Olivia: sin correr, sin correr. Las primeras veces, luego ya no. Domi llevaba la gorra puesta del revés, Omar iba el último y se sentaba en todas las piedras. Está gordo.

Las hojas que había por el suelo no sirven, los árboles las tiran, había muchas, mezcladas con los pelos de las castañas. Castañas no hemos visto en el castañar. Unas mujeres que iban juntas nos tenían miedo, ¡que vienen los niños!, ya están aquí otra vez, vamos por el otro lado, ¡los niños, los niños! Olivia nos ha vuelto a decir que éramos buenos pero shhhh, shhhhh, sin gritar, sin gritar.

 A la vuelta sí me he sentado con Nidia en el autobús, solo que se ha quedado dormida, el pelo le olía a frío.

Hemos vuelto a pasar por el río y por delante del señor que barría hojas, seguía haciendo lo mismo, el montón estaba más alto. Ha parado y nos ha dicho adiós con la mano. Dos hojas se le han puesto en la cabeza.

Jaaaaaa, jaaaaaa, ha dicho Cristóbal.

El sofá gris

La tarde prometía ser tranquila, se había comprado una bolsita de polvorones y los guardó en el cajón de su mesa. Para luego, cuando esté más aburrida, pensó tocando el papel fino y rugoso a la vez. Encendió la pantalla que tenía detrás de la silla y trató de colocarse en una buena postura. Muchas tardes, sobre todo al final de la jornada,  le dolía la parte alta de la espalda y eso era, se lo había dicho el fisio, porque se iba derrumbando y no se mantenía erguida. También le había recomendado que se hiciera batidos verdes, pero decidió no hacer caso a esa parte del consejo. Tú eres fisio y no nutricionista, le dijo mentalmente.

Los músculos de su cuello y sus trapecios se tensaron de inmediato cuando vio entrar a aquella pareja, ella en especial caminaba hacia su mesa con una decisión que presagiaba tormenta. Imaginó quién podía ser, la que había llamado por la mañana para quejarse de un envío. Se frotó el cuello tratando de disolver el agarrotamiento y se enderezó en la silla al tiempo que sonreía.

En la pantalla situada tras su mesa, que ella no podía ver, se sucedían interiores de encantadoras casas decoradas con los muebles de la tienda. En todas ellas había mantas sobre los sofás y sobre las camas, descolocadas como si alguien las acabara de usar, pero colocadas al mismo tiempo, en un estético desorden. Todos los colores eran suaves y combinaban a la perfección y, aunque no se veía a nadie, sí había huellas de habitantes. Bonitos zapatos en alguna esquina o junto a una silla, nuevos y limpios, sin trazas de haber pisado suelo alguno. Las tazas humeaban, preparadas para que los invisibles bebieran té o café de inmediato, después de haber dejado la manta descolocada con tanta gracia.

En las imágenes, que se iban moviendo con lentitud, también aparecían rozagantes plantas cuyas hojas se balanceaban. La brisa que las movía procedía sin duda de alguna de las ventanas abiertas. No era una corriente de las que cierra las puertas de golpe ni un aire sofocante de verano, era una brisa liviana que inflaba las inmaculadas cortinas. A través de esas ventanas se insinuaban ramas de árboles o anchas avenidas flanqueadas por bellos edificios, con los viandantes justos.

La mujer, a la que calculó una edad cercana a la suya, se sentó en la silla para los clientes y sin prestar atención a la pantalla, sacó de su bolso una muestra de tela y se la mostró.

 Este es el color que le pedimos, gris claro, ¿lo ve?, ¿no habíamos quedado en eso? El sofá que nos han traído tiene un color completamente distinto, es verde.

Al decir verde arrugó la nariz, como si el verde tuviera olor y no de los agradables.

Y por si fuera poco tampoco es del tamaño acordado, ha quedado empotrado entre dos paredes, es mucho más grande de lo convenido, ya le especificamos las dimensiones de la sala. Nos cuesta movernos, ¿entiende?

Sacó su móvil y le mostró la imagen del mostrenco sofá verde que ahora ocupaba su salón.

¿Qué le parece, es gris? No, ¿verdad?, ¿tiene las medidas que elegimos? Tampoco.

Ya le comenté cuando hablamos por teléfono esta mañana que nos hemos equivocado, mil perdones, el error será subsanado a la mayor brevedad posible. En cuanto pueda, me pongo en contacto con fábrica para resolver el problema.

A la mayor brevedad posible, en cuanto pueda, vaguedades, típica respuesta de comercial.  La mujer se volvió hacia su pareja, sentado en la silla de al lado, buscando su apoyo. El hombre dijo que sí con la cabeza, pero permaneció silencioso.

Precíseme por favor de qué plazos estamos hablando, insistió ella.

Es que no depende de nosotros, se lo aseguro, aquí en la tienda no podemos hacer nada excepto ponerlo en conocimiento del fabricante e intentar acortar los plazos de entrega, pero como ya le dije, antes de un mes no va a poder ser. Volvió a tocarse el cuello con disimulo.

¿Y tenemos que quedarnos un mes con ese sofá horripilante?, ¿es eso lo que me está diciendo? Nos tienen que dar una solución intermedia hasta que llegue el nuestro.

En la pantalla, palabras con breves consejos de decoración atravesaban las idílicas imágenes interiores, “un hogar con plantas es natural, concienciado y eco. Coloca verde en tu casa y anímate a cultivar tus propias legumbres y verduras”.

Veré lo que puedo hacer, dijo la vendedora, pero ya le avanzo, Norma, que no depende de nosotros. Llamar a los clientes por su nombre solía suavizar las asperezas. Solía.

Ah, mira tú por dónde. A la hora de cobrar sí depende de la tienda, pero cuando se trata de arreglar lo que está mal le pasan el muerto al comprador.  Ignacio, que depende de nosotros, ¿cómo lo ves?

De nuevo se giró hacia su pareja que, encogido dentro de su abrigo, leía o fingía que leía los consejos decorativos, “si quieres envolver tu hogar en una atmósfera elegante y relajante, dispón alguna pieza que le dé carácter, sin sobrecargar”.

De aquí no me pienso mover hasta que no me resuelvan el problema, no quiero en mi casa ese armatoste y, como comprenderá, no vamos a estar un mes o más tirados por el suelo. Estoy en mi derecho porque he pagado. Si nos tenemos que quedar aquí toda la tarde, a mí me da igual, nos sentamos en el sofá de muestra que, por cierto, es gris, como el que encargamos, y trabajamos desde aquí. Me he traído el portátil, no hay problema.

Por favor, señora, como ya le he dicho me he puesto en contacto con la fábrica.

Pero Norma ya estaba sentada en el sofá de la tienda. Sal si quieres a comprar algo de merienda, le dijo a su pareja que se había levantado y deambulaba por entre los muebles como si no encontrara las gafas o las llaves. En ese momento estaba tocando con desencanto las hojas de una planta de plástico imitación Costilla de Adán.

Señora, por favor, aquí no se pueden quedar y mucho menos comer. Tenemos hojas de reclamaciones a su disposición, pero yo le aconsejaría que tuviera un poco de paciencia porque se lo vamos a solucionar.  

Ignacio abrió la puerta, pero no salió, solo asomó la cabeza.

Se va a liar un buen atasco, dijo girándose hacia Norma, mejor nos vamos, dentro de un rato será peor.

El ruido del tráfico entró en la tienda. 

Le advierto que mañana vuelvo y pasado si es necesario. De mí no se ríe nadie. De momento voy a hablar de ustedes en las redes sociales.

Cuando se fueron, la vendedora abrió la bolsita de los polvorones y pellizcó uno, se metió un trozo en la boca. Le dolía hasta la mandíbula. Paseó ella también entre los muebles comiéndose el polvorón, unas migas blanquecinas cayeron sobre el brazo del sofá gris, las sacudió con la mano y las pisó con el zapato.

¿Se puede ser moderno y atemporal?, preguntaban a nadie las letras de la pantalla.

Antón, no le des más vueltas

Nada sabe Antón de los rotíferos y eso que son vecinos suyos, como quién dice. Se morirá, a no ser que una casualidad lo arregle, sin ni siquiera imaginar su existencia, sin saber que son, al igual que él, seres con tendencia a la soledad, de vida libre.

Con total ignorancia rotífera ha pasado este hombre sus cuarenta y ocho años de estancia en la tierra, desconociéndolo todo de esos seres mínimos, transparentes y activos. Al paso que va, nunca llegará a ver sus graciosos cuerpos cilíndricos con un pie bifurcado y una cabeza dotada de cilios capaces de moverse como molinillos, creando así fuertes corrientes de agua con las que atraer sus alimentos.

Ni idea tendrá jamás de sus diferencias sexuales. El macho, cuando existe, pues la rotífera se las apaña para reproducirse por sí misma en bastantes ocasiones, es hasta diez veces menor que la hembra.  Pequeño pero habilidoso, puede copular por impregnación hipodérmica. Este sistema tal vez hubiera gustado a Antón de haberlo conocido y podido aplicar, lo que no es el caso.

Ignorante del todo del mástax o aparato masticador que albergan estos animales en su laringe, de su cerebro y retrocerebro, de sus óculos y antenas ha transcurrido su vida con las habituales penas y alegrías, placeres y dolores, ilusiones y desengaños. Lo digo: Antón ha vivido de espaldas a estos seres cosmopolitas y dulceacuícolas, numerosísimos habitantes de la tierra húmeda, los musgos, los líquenes, los hongos y los charcos.

Ni idea tiene de su resiliencia. Son capaces de soportar largos periodos de sequedad en los que se asemejan a granos de arena y más de uno de ellos ha logrado engañar al tiempo tras esperar congelado decenas de miles de años a que llegara su momento de volver a la vida. Y, una vez aquí otra vez, ya que estamos y por qué no,  reproducirse.

Tampoco los rotíferos llegarán nunca a conocer a Antón Ramos Peñuelas, un hombre de tantos que acostumbra a bañarse en el río cuando llega el verano, si bien prefiere con mucho el mar, pero lo tiene lejos y no siempre le es posible desplazarse. Entre ellos ha chapoteado, flotado y nadado a lentas brazadas haciéndose preguntas sin respuesta como ¿qué hago yo en este mundo, ¿qué hacemos todos? Sus ignorados rotíferos lo tienen claro, son parte esencial de la cadena trófica, limpian el agua de detritus y materia orgánica, alimentan a los peces, que a su vez alimentan a las aves acuáticas que a su vez… Y, que se sepa, no se hacen preguntas incómodas.

Antón, no le des más vueltas, puede que le dijeran girando burlonamente sus cilios si es que en algún momento llegaran a conocerse, microscopio mediante.

Roja botita perdida (un poema de Vasko Popa)

Mi tatarabuela Sultana Urosevic

navegaba por el cielo en una tina de madera

y cazaba nubes lluviosas.

Con el lobuno y demás ungüentos

hacía otros muchos milagros

pequeños y grandes.

Después de su muerte

seguía entrometiéndose en los

asuntos de los vivos.

La desenterraron

para enseñarle a comportarse

y enterrarla mejor.

Yacía con las mejillas sonrosadas

en su caja de roble.

Solo en un pie llevaba

una botita roja

con huellas de lodo frescas.

La otra botita perdida

la buscaré hasta el final de mi vida.

La maleta

En cuanto entró al vagón, detectó el elemento disonante: una maleta colocada en un lugar no apto para tal objeto ¿Para qué estarán los guardaequipajes?, ¿de adorno? Ahora su hija y ella no se podían sentar juntas.

Luz, dijo dirigiéndose a su hija y de forma indirecta a la incívica dueña del objeto fuera de lugar, tienes un sitio aquí, te tiene que quitar eso. Y con la barbilla señaló la maleta.

La chica calculó con rapidez el esfuerzo que le supondría llegar hasta ese asiento y, como le pareció excesivo, se sentó en el de enfrente o más bien se derrumbó. Bostezó y cerró los ojos.

Obdulia ocupó disgustada el que quedaba libre al lado de la incívica, le lanzó una mirada de desaprobación para incomodarla, pero la otra tenía la cabeza vuelta hacia la ventanilla.

Como si hubiera algo interesante fuera: un campo reseco, un conejo en una mata, una triste colada colgando del balcón de una casa, un árbol virando a amarillo…lo de siempre, vamos.  Esa no estaba mirando el paisaje, estaba disimulando.

Entrechocó un bastón de madera contra el otro, llevaba dos, para ejercitar ambos brazos al tiempo que caminaba, le gustó el sonido y siguió entrechocándolos, tratando de seguir un ritmo. Notó un ligero movimiento en el cuerpo de la incívica que delataba incomodidad

¡Ja!, de manera que le estaba molestando el ruido de los bastones, a buena parte iba, si ella no quitaba la maleta y la colocaba donde era debido, arriba, en el departamento específico para equipaje, ella iba a seguir tocando el tambor.

Le pareció graciosa su propia ocurrencia de  “ seguir tocando el tambor” y emitió una risita maliciosa. Después tosió, pero eso no fue para molestar, se le secaba la garganta.

¿Qué estación es esta?, le preguntó a Luz. Su hija abrió los ojos, miró con cara de sueño a su alrededor y antes de que se ubicara, la incívica, a la que por cierto ella no se había dirigido, respondió: Tablada.

Ah, claro, Tablada, dijo Obdulia como si siempre lo hubiera sabido y hubiera preguntado por pasar el rato. Miró a la otra al bies tratando de calcular su edad. Olía a perfume, un perfume dulce que empalagaba un poco.

 Le estaba entrando calor, se había abrigado mucho y ahora le sobraba la chaqueta, quitarse la chaqueta en tan exiguo espacio y con los dos bastones en las manos no era tarea fácil. Se desprendió con dificultad de una manga sujetando los bastones entre las piernas, la otra estaba atascada, le dio dos sacudidas, iba a llamar a Luz, pero la mano de la incívica llegó antes, ¿le ayudo?, preguntó muy amable bajándole la manga y soltando la tela que estaba atrapada.

No le quedó más remedio que soltar un desvaído gracias. No era tan maleducada como había pensado, incluso resultaba amable, pero no se iba a ablandar, lo de la maleta no estaba bien, iba ocupando un asiento y los asientos son para las personas no para el equipaje, las cosas se hacen como es debido, ¿o es que las maletas tienen piernas?

Un grupo de chicas adolescentes se subió en tromba, hablaban entre risas, sus voces parecían gorjeos, alegres trinos, voces de primavera. Se acordó de ella misma a esa edad, cuando todo le daba risa y no existían los problemas, o tal vez sí existían, pero eran fáciles de olvidar. Sonrió un poco y parte de su amargura se suavizó. Pero fue solo un momento porque la maleta, impulsada por un giro del tren y como si sí tuviera piernas o más bien patas, acababa de desplazarse y chocó con violencia animal contra su pie izquierdo.

Oiga, por favor, ¿a usted le parece normal que…?

¡Qué bonito!, dijo en ese momento la idiota de Luz señalándole una hiedra roja que trepaba por una valla de piedra.

Sí, precioso, luego se cae y se queda todo pelado. Brotar, caerse, volver a brotar, ¿en qué momento había dejado de interesarle todo aquello? Se frotó un pie contra el otro.

Miró a Luz que de nuevo había cerrado los ojos, llevaba esa camisa de cuadros azules, como de leñador canadiense, que no le favorecía nada. Tampoco ese nuevo corte de pelo a la altura del mentón, parecía una menina. No sabe arreglarse, le falta estilo. En fin, eso no era lo más importante en esta vida, ¿qué era lo más importante? Portarse bien, no hacer mal a nadie, ¿y ya estaba?, ¿te daban después un premio? No te daban nada, ni las gracias. Claro que las cosas no se hacían por eso, se hacían, ¿por qué se hacían?

Perdone, ¿me permite?, la incívica avanzaba ya hacia las puertas con su agresivo trasto rodante, me voy a bajar.

Sí, anda, sí, bájate ya, pensó apartando con miedo las piernas.

Luz ocupó el asiento antes taponado por la maleta, el breve sueño la había despejado

¡Mira, ciervos!, mira ese, mira ese, ¿los has visto?

Los había visto pero la verdad es que no le interesaban, eran animales de cuatro patas, como si viera perros o vacas, algunos tenían una vistosa cornamenta pero ¿y qué? Unas astas, vaya cosa.

Huy, sí, cuántos y qué bonitos, dijo por seguirle la corriente esa vez.

Una escapada

Le molestaba una muela y así se lo hizo saber a sus dos acompañantes.

Tengo una muela por aquí que no sé yo…dijo señalando vagamente un lugar en el interior de su boca.

Camelia y Alvarito el gordo la miraron y siguieron a lo suyo. Lo suyo no era nada del otro mundo, se limitaban a enumerar los lugares a los que habían ido en sus días de descanso, lo que habían visitado, los actos culturales a los que habían asistido, los espectáculos de los que habían gozado. Todo ello quedaba rematado con un “es muy chulo o fue muy chulo” o con un “estará chulísimo” si es que hablaban, no ya de lo que habían hecho, sino de lo que pensaban hacer.

Asun tenía menos tiempo libre, menos inquietudes culturales o turísticas, menos dinero, menos entusiasmo y un leve dolor sospechoso en una muela. Se la tocó con la lengua. Tengo que ir al dentista sí o sí. Esa iba a ser su siguiente y poco apetecible escapada. Escapada era la palabra que utilizaban ellos para denominar todas esas actividades.

Esta vez ni siquiera la miraron porque el tren llevaba un rato parado en una de las estaciones del final y Camelia había aprovechado para hacer una foto de las cuatro torres. Su móvil era el nexo de unión entre ella y Alvarito el gordo, de él sacaban la mayoría de sus conversaciones.

Alvarito el gordo era muy flaco, su apodo era una gracia de los compañeros de trabajo. Asun era gorda de verdad, no obesa, pero sí con el relleno carnal suficiente como para que ese apodo resultara ofensivo si se le aplicaba y no gracioso.

Una vez hecha la foto, los dos se pusieron a contemplarla en la pantalla con las cabezas juntas. La melena de Camelia tenía un color parecido a la luz del atardecer que en ese instante llenaba el cielo, como si en su cabeza pronto se fuera a hacer de noche. Solo que no, era una cabellera en ocaso permanente. Ella llamaba a su pelo, “mi melena Pantene”.

Asun no podía presumir de melena, llevaba el pelo, castaño y más bien tieso, recogido en una corta coleta. Sin saber por qué, se soltó la goma y lo dejó libre sobre sus hombros, pero al momento, arrepentida,  se lo volvió a atar. Al agachar la cabeza para ajustarse la goma, vio los calcetines de camelia, eran rosas, a juego con las zapatillas deportivas y llevaban estampadas unas alegres ovejitas que saltaban sobre nubes.

No se podía decir que Camelia hubiera estado hablando todo el trayecto, no. Si se pudieran contar las palabras al igual que se cuentan los pasos con una de esas pulseras, Camelia no la habría ganado en emitir sonidos articulados. Así que no era eso, habían hablado más o menos por igual. Tampoco se podía decir que Camelia le hubiera ido dando empujones hasta acorralarla en un rincón, eso tampoco era verdad, la realidad es que cada uno había ocupado su asiento. Ella en una esquina, Camelia en el centro y Alvarito el gordo en la otra esquina.

Ni Camelia había acaparado la conversación, al menos en cuanto a número de vocablos, ni había ocupado más espacio del debido, pero la sensación que Asun tenía era la de haber sido aniquilada por las palabras y gestos de la otra, por su impulso vital. Sentía que ha sido empujada a un rincón donde uno dejaba de existir. Pero ese dolor en la muela era una clara señal de que seguía ahí, viva.

Como también era señal de que no había desaparecido del mundo, el deseo que tenía de pisotear a todas esas ovejitas que saltaban dulcemente sobre las extremidades inferiores de Camelia.

Pisotear, dijo en voz alta, sin querer.

¿Cómo?, preguntaron extrañados los otros dos, abandonando por un momento la búsqueda de lugares muy chulos donde hacer sus siguientes escapadas.

Nada, nada, no me salía una palabra que estaba buscando, se rió ella a modo de disculpa.

¡Un mercado medieval!, exclamó Camelia mostrándole a Alvarito el gordo la nueva información de su teléfono.

Son chulísimos, estuve en uno en Vitigudino, había cetrería, vimos el vuelo de las rapaces. Impresionante, de verdad.

Qué chulo, me encantaría, dijo Camelia apartándose con un seductor movimiento de cabeza la melena puesta de sol donde jamás se hacía de noche.

Solo faltaban cinco minutos para que el tren entrara en Chamartín. Asun los aprovechó para espachurrar en su imaginación unas cuantas ovejitas. Viciaba. Le recordaba a esos plásticos con burbujas que se explotan con los dedos.

Se subieron en las escaleras mecánicas, ellos un peldaño por delante, ella detrás como una ignorada dama de honor.

La noche es una mujer (un poema de Adriana López)

Con un huipil negro,

enagua y faja oscura

baja sigilosa de las montañas

arrastrando

su rebozo de neblina.

Al compás de sus pasos

despierta a la luna,

cirios de luciérnagas

iluminan su camino.

Incansables grillos,

búhos y sapos

acompañan a la noche

que guarda entre sus muslos

una orquídea negra

cubierta de musgo.

Una leve brisa

Lo bueno de la consulta de la doctora Durán es que por las mañanas es muy tranquila, hasta te aburres. Ella no viene, pero nosotras sí tenemos que estar, a poner orden en las citas, en los volantes, a llevar lo que es el papeleo administrativo. Ni me gusta ni me deja de gustar pero es un trabajo y quiero hacerlo bien, conservarlo. Por las mañanas he podido dedicar algún rato a la observación, una vez que Fátima me ha ido enseñando los mecanismos. Ella dice protocolos.  

De esa observación he deducido que a la doctora Durán le debe de gustar mucho la naturaleza, las flores y los pájaros y el medio ambiente en general, lo digo porque todo está decorado con esos motivos. Los sofás de la sala de espera, por ejemplo, son de una tela con pájaros estampados, cada uno de una forma y de un color, representando la variedad de la fauna avícola,  no vuelan, están posados, quietecitos ahí, cada uno en su puesto.

En la pared de enfrente cuelga la fotografía de una flor de almendro en blanco y negro. Tres, para ser exacta, es la misma flor pero desde tres puntos de vista, desde arriba, desde el frente y desde abajo, como si hubiera cometido un delito y estuviera fichada.  Por el resto de paredes  hay cuadritos de más flores, estas son pintadas, muy coloridas, parecen dibujadas por un niño. Y sobre una ventana, falsa, porque detrás de la cortina no hay nada, solo el mismo muro,  una hilera de macetas con plantas verdes que de lejos parecen naturales pero si te acercas a tocarlas, lo cual he hecho, ves que no. Además la consulta no tiene luz natural,  es un bajo y da a un patio interior,  ninguna planta verdadera prosperaría.

Hay más detalles de la naturaleza, ramas secas en un jarrón muy estilizado, un centro de mesa en forma de cáliz floral, lámparas que imitan hojas, cualquiera diría que estamos en el bosque animado. Eso era un libro, ¿no? Lo leí pero no me acuerdo.

Lo que no me parece que venga muy a cuento es la pantalla de televisión de la esquina, que siempre está encendida en un programa de música. En los bosques no hay pantallas, de momento, que todo se andará. Además es inútil, si nadie la mira, la gente se enfoca para abajo, para sus teléfonos y ahí se quedan, anclados y bien anclados.

Pero si la otra tarde vino un señor que no sacó su móvil y me resultó sospechoso. Pensé, este tío raro, ¿qué hace? El hombre miraba primero nada y después la pantalla sin apartar la vista ni un milímetro ¡ Acabáramos!,  es que salía una mujer contoneándose mucho, pechos por un lado, nalgas por el otro, vuelta por aquí, vuelta por allá, pero luego hacía gestos amenazantes como si dijera, esto es lo que tengo pero aquí mando yo y te lo daré si quiero y no voy a querer. El hombre no se la perdía de vista, de media vista porque era tuerto, hay cada situación…

Tenemos ratos muy aburridos, como si el tiempo se hubiera quedado detenido, harto de su pasar y pasar, pero otros, para compensar, se nos acumulan los pacientes, se le acumulan a la doctora Durán, nosotras solo los organizamos.  Empiezan a entrar uno detrás del otro y el teléfono se pone a sonar con más gente que quiere cita y hay que tener mucho temple para llevarlo todo a la vez sin ponerse nerviosa.

Yo quiero hacerlo bien, tengo interés en este trabajo así que digo, “gabinete de oftalmología de la doctora Durán, ¿en qué puedo ayudarle?” y si el que está delante del mostrador me mira mal, con cara de “venga, atiéndeme ya que estaba yo antes que el de la llamada”, me lo tomo con calma, sin perder la compostura.

Me gusta darle un poco de entonación a eso del gabinete de oftalmología, un poco de ritmo. Fátima me dice que no pierda el tiempo en esas tonterías con la que está cayendo, le gusta mucho decir eso de “con la que está cayendo”

¿Y qué es lo que está cayendo?, le pregunté yo la otra tarde, más por hacerme la graciosa que porque esperase respuesta.

Pues gente, ¿no ves cómo tenemos la consulta? Voy a avisar a la doctora Durán. Y la oigo que se asoma a la puerta y le dice, “doctora, se lo advierto, tiene la consulta hasta los topes” También son ganas de poner nerviosa a la otra, no se anda con tonterías Fátima, por momentos  parece que ella es la jefa y la doctora Durán una doña nadie a su cargo que solo piensa en flores, ramas y trinos y en salir corriendo  de la consulta en cuanto se lo permitan los muchos pares de ojos.

Fátima sabe mandar, si ve que el atasco sobrepasa la puerta de entrada, me pega un medio empujón y me dice, simpática pero dominante, “esto déjamelo a mí”, con esto se suele referir a los que no se aclaran, son lentos y provocan retenciones.

A ver, prenda, dice Fátima, nombre, dni, volante y tarjeta. En un momento se los liquida, en el buen sentido de la palabra liquidar, pero a mí me parece que no son formas, que por mucho lío que tengamos no hay que perder los papeles ni los buenos modales, ni dejar de contestar con cierta elegancia al teléfono, por muy cansando que resulte repetir siempre lo mismo y que corto no es, porque lo de oftalmológico tiene sus letras.

Gabinete de oftalmología de la doctora Durán, ¿en qué puedo ayudarle?, dije yo con esa entonación un poco musical que primero sube y luego baja.

Con la que está cayendo, oí decir a Fátima pateando enérgica el pasillo con sus zuecos de goma.

Es raro, pero algunas tardes me ha parecido, ya sé que no puede ser porque no hay ventana, pero me ha parecido que la cortina se movía, se inflaba un poco impulsada por algún tipo de brisa.

La oferta

Fue a la cocina a mirar el reloj. Le gustaba mirar ese  porque tenía los números grandes. Era un reloj hecho expresamente para estar colgado en una cocina, en cada hora había un alimento o un utensilio relacionado con el comer o el cocinar. A las doce había una tetera, a la una unos espárragos, a las cuatro un tenedor, a las ocho una cazuela, a las siete una manzana y así. Además la esfera era un plato. Ese reloj estaba predestinado.

Todavía no eran las cinco, faltaban diez minutos. Isaías dudó si tomarse ya el café o esperar para después de la llamada. Eligió esperar para que no se le acumularan los momentos buenos, primero uno y luego otro con su correspondiente disfrute. Alberto era muy puntual, ya lo venía comprobando y si había dicho le llamo mañana a las cinco, estaba seguro que a las cinco clavadas iba a llamar. El chico tenía su agenda y la cumplía a rajatabla.

Se lo imaginaba rubio, delgadito, con un cinturón sujetándole los pantalones y una camisa de manga corta con algún tipo de estampado, se lo imaginaba inquieto, se imaginaba que tenía una abuela más bien robusta y que comía con ella algunos días y se imaginaba que tenía novio. Al novio ya no se lo podía imaginar, tampoco el lugar desde donde le llamaba y eso que había hecho esfuerzos pero no le salía ningún lugar físico donde ubicarlo, así que el chico flotaba en el espacio. Estaba claro que desde donde le llamaba  habría muchas mesas pegadas y teléfonos y cada cual llevaría puestos auriculares,  pero eso no se lo había imaginado, es que lo había visto en un reportaje de la televisión.

Sonó el teléfono ¡Digame!, dijo exclamativamente, ya sabía quién era pero había que mantener el disimulo.

Buenas tardes, Isaías, soy Alberto, ¿ya ha reflexionado sobre la oferta que le hemos hecho?

Reflexionar he reflexionado, Alberto, majo, pero es que yo de estas cosas no entiendo mucho y como mañana o pasado va a venir mi hijo he pensado que mejor se lo voy a consultar antes a él, ¿te parece?

Por supuesto, cuatro ojos ven más que dos, consúltelo y yo le vuelvo a llamar, ¿cuándo le viene bien que le llame?, ¿mañana o pasado?

Pero que si quieres explicarme otra vez la oferta, a ver si me aclaro, tampoco estaría mal.

Yo de usted no la dejaría pasar porque es una oferta muy buena, le regalamos un teléfono y la tarifa se le queda igual que estaba, lo único a lo que tiene que comprometerse es a la permanencia.

Sí, sí, yo permanezco, por eso no te preocupes tú, permanecer, permanezco.

No le va a suponer más gastos, lo comido por lo servido, dijo el chico.

Esas frases le gustaban mucho a Isaías, seguro que se las había oído a esa abuela con la que comía y luego las repetía para fomentar la cercanía con los clientes mayores, como él.

Le dio un poco de pena estarle mareando tanto porque desde el primer día ya sabía que  no iba a aceptar la oferta, no necesitaba otro teléfono y no estaba él para líos con ninguna compañía de esas pero es que le gustaba que le llamara cada tarde, puntualmente y el chico también le gustaba, era muy simpático y alegre y ¿quién no quiere oír una voz alegre?

Mejor llámame mañana que ya lo tendré decidido.

Eso le iba a decir, dijo el alegre, que se dé prisa porque la oferta expira en unos días.

Bueno, bueno, pues hasta mañana a las cinco.

Ahora se iba a tomar el café, tranquilamente. Luego, ya vería lo que hacía para ir pasando sobre la tarde. Mañana le diría que no a Alberto, no habría más llamadas, eso era lo malo.

Alguien había puesto música por el patio de la cocina, una canción que decía, “menos mal que tú llegaste,  menos mal que no era tarde. que conseguiste darle la vuelta a este desastre”. Bah, dijo dando un manotazo al aire, apartando nada.

Quedan avisados

«Queridos amigos, esta película destila emociones por sus cuatro costados. Solo tengo una palabra para definirla: joya.» Se rascó pensativo una ceja y antes de subir la crítica a internet bajo el seudónimo de Olmo, la repasó una vez más y se sintió satisfecho. Era buena, mejor que buena, era como la misma película que reseñaba: una joya. Pequeña, cierto, pero reluciente.

¿Puedes hacer  caso a la niña un rato? gritó ella desde el otro cuarto.

Samuel no contestó, le molestaba que le hablase a través del tabique.  Se asomó a la ventana, en la acera de enfrente había un taller de coches y al lado un solar en el que habían colocado un cartelón enorme, “Vicopal, familiarízate”, se leía. Vicopal debía de ser una constructora. De momento, el solar estaba lleno de margaritas y otras flores silvestres. En el cartel aparecía una familia compuesta por un hombre y una mujer, ambos jóvenes y guapos, con un niño y una niña de la mano.  Paseaban plenos de felicidad por un campo de verdad.

Samuel se volvió a sentar para releer la reseña, le gustaba que quedara perfecta y aunque antes ya le había parecido que no había nada que corregir quería darle el último vistazo y añadirle su coletilla habitual. «No les dejará levantarse de la silla, quedan avisados»

Que si puedes hacer un poco de caso a la niña, te he dicho.

Esta vez ella no le estaba hablando a través del tabique, asomaba su cara por la puerta, la niña venía detrás, dando saltos.

¿Te peino, papá? Llevaba en la mano un peine de plástico de color rojo, el que usaba para sus muñecas.

Ahora no, cariño, papá está terminando una cosita pero después jugamos al escondite.

No, después, no, jugáis ahora, tengo una conferencia, ¿puedes levantarte de la silla?

A Samuel esa frase le sobresaltó, ¿es que acaso ella leía sus críticas cinematográficas y se trataba de una ironía? Mucho lo dudaba, el archivo tenía una clave y él siempre firmaba como Olmo, habría sido una coincidencia.

La niña le pasó el peine por el pelo y luego, sin querer,  se lo metió en un ojo.

¿Te has hecho daño?, te curo ahora con una tirita.

Samuel se temió que quisiera ir a por su maletín de médico de juguete y aplicarle todos los remedios.

No, mejor salimos a dar un paseo, ¿quieres?

Fueron caminando hasta el pequeño parque del barrio. Mientras su hija iba cosechando piropos y simpáticos saludos a los que respondía sonriente y moviendo su pequeña mano como una mini diva, él iba pensando en la siguiente película que pensaba reseñar.

“Es una radiografía de sentimientos encontrados, presenta una visión descarnada de la vida en pareja”, parecía, por cómo a veces le caían del cielo, que alguien le dictaba esas frases pero no, se le ocurrían a él solo.Ya sabía que si no las apuntaba en el momento, volarían. La anotó en las notas del móvil aprovechando que se acababan de parar en un semáforo.

En el parque se encontró con el padre de otro niño con el que a veces hablaba o más bien era el otro el que hablaba. Era simpático y parecía un buen tío, pero Samuel sabía que no tenían nada en común, así que nunca le había contado que hacía críticas de cine, en realidad no se lo había dicho a casi nadie, era su pasión secreta. Y las pocas veces que lo había contado se había arrepentido, como si se estuviera traicionando y estropeando esa parte de su vida que tanto le gustaba.

Mientras los niños jugaban, el otro padre comenzó a hablarle de una casa que se estaba construyendo en el campo. He puesto en ella muchos sueños, dijo. Va a tener chimenea, futbolín y un barra de bar. Muchos sueños tengo en esa casa, mucha ilusión, repitió. Los columpios subían y bajaban, unos gorriones picoteaban unos restos de patatas fritas.

“Ante tan buen hacer cinematográfico, el espectador termina por sucumbir. No exagero si digo que esta puede ser la propuesta visual más hermosa de la historia del séptimo arte”, tenía que apuntarlo como fuera.

Perdona, le dijo al de la casa llena de  sueños, tengo que contestar a un mensaje.

Nos tienen fichados, ¿eh?, todo el día conectados queramos o no. Cuando esté en la casa del campo voy a esconder el móvil y demás dispositivos electrónicos debajo de la piedra más grande que encuentre.

Samuel hizo un gesto de asentimiento con la cabeza aunque él no deseaba prescindir de la tecnología, al contrario, y se  apartó un poco para escribir la frase en sus notas. Estaba deseando llegar a casa para sentarse frente al ordenador y ponerse a redactar la nueva reseña.

¡Ya estamos aquí!, se anunció al entrar. Ella salió del cuarto y le hizo un gesto brusco pidiéndole silencio,  llevaba puestos los pantalones del pijama y por arriba una camisa azul de vestir, se había pintado los ojos.

Estoy en una conferencia, dijo en voz baja, estresada.

¿Jugamos a las tiendas, papi?

Vale, dijo él.

Ese juego era soporífero, la niña se sentaba en una silla de su cuarto y él tenía que entrar y simular que compraba algo, hacían pagos imaginarios y ella le daba artículos también imaginarios. Por algún motivo extraño, era una tendera  seria, taciturna y muy poco amable, como si en el juego sacara la parte contraria de su personalidad que en la realidad era alegre y expansiva.

 Entró y salió varias veces interpretando a distintos compradores pero su mente no estaba ahí, la voz del crítico se había embalado y acababa de soltarle, “es capaz de combinar el drama y la comedia a velocidad vertiginosa, rodada con brío y soltura resulta una maravilla de principio a fin. Uno de los grandes regalos que los dioses nos han hecho a los mortales”

¿Plátanos o mandarinas?, le dio a escoger la antipática niña frutera

Fingió que hacía la compra, que salía de la tienda y abrió el portátil. Se sentó a escribir, “lograr todo esto no es tan fácil, no se crean, se quedarán pegados al sofá, quedan avisados”.

Uno baña a la niña y otro hace la cena, dijo ella, irrumpiendo con su extraño conjunto de teletrabajo. Samu, reacciona, ¿puedes aterrizar y despegarte del sofá? Estoy agotada.

Vicopal, familiarízate, le vino tontamente a la cabeza.