Zapatos azules

Cada vez que los zapatos azules salen de casa, el campito se echa a temblar.

Ya vienen, ya llegan los zapatos azules, se gritan con alarma las espigas, ya se oye el arrastrar azul que pronto nos pisará.

Las alcantarillas inician su canción fétida acompañando los pasos azules, huyen las urracas hacia los tejados vecinos,  huyen los verderones, los gorriones y los mirlos. Abandonan las copas de los sauces y de los  chopos, abandonan los matorrales y los matojos.

Ya se acercan los zapatos azules desde el fondo de la calle, desganados y polvorientos, a pisar con desidia el campito, sisean las culebras, revolotean con inquietud mariposas grandes y pequeñas,  blancas, amarillas,  negras, marrones mariposas, sin atreverse a quedar posadas. El jazmín de la valla retiene sus dulces efluvios.

Los zapatos azules bajan por el sendero sembrando el agreste campito de desesperadas semillas, de desesperanzados  brotes. Las hormigas paran su afanosa hilera, las flores salvajes inclinan sus corolas, escondiendo su  belleza, derrumbándose.

Un llanto blando de luna, un llanto pétreo de monte.

Y ya  suben de vuelta los zapatos azules con sus suelas gastadas y sus costuras a punto de reventar. Ya se  van, ya se van, se dicen  las espigas, rozándose, aliviadas. Regresan los pájaros, regresa la voz  risueña del secreto arroyo.

Si hubiéramos sido zapatos rojos…o verdes o blancos,  pero somos azules , de un azul desvaído, de un azul mortecino que no es el del cielo ni el de las flores que crecen en los  bordes.

Tirados en la entrada, tras la puerta de la casa, sollozan abrazados a sus cordones.

Y cuando la vuelvas a mirar acuérdate de Luciano

Me refiero a remirar la luna (por si no leistéis la entrada anterior). Resulta que también está el nombre de Luciano en uno de los cráteres, no Pavarotti, no, Luciano de Samósata,  un escritor del que ya apenas se acuerda nadie y mira que fue original y divertido.

Pero antes de hablar de él  tengo que publicar en este blog de mi propiedad intelectual (hasta que  me la usurpen)  un desmentido. O un desdecido.  Este es:  ya no quiero que ningún cráter de la luna lleve mi nombre. Pero qué vulgaridad es esa, si hasta el último gato tiene cráter asignado. Os digo unos cuantos para que veáis,  por la A: Abbot, Abel (¿el de Caín?), Adams (¿de la familia?), Amundsen (el explorador), los filósofos Anaximandro, Anaxágoras y Anaxímenes,  los tres juntitos como las tres mellizas por aquello de que  no se tengan envidia, Aristóteles, Armstrong (todo hace suponer que el astronauta y no el músico) y Atwood (¿Margaret?, no lo sé). Hay muchos más y solo es la primera letra del abecedario, imaginad lo apretados que están. Quita, quita, cuánto personal.

Y lo que es peor, algunos fueron unos piezas  nada recomendables. Ahí estaban también,  cobijados en los huecos lunares, dos científicos amiguitos de Hitler e impulsores del antisemitismo en la ciencia. Pero, ¿esto qué va a ser?, ¿qué clase de gentuza estáis poniendo en la luna, personas que ponéis  nombres a los cráteres? Cierto es que los han eliminado pero, ¿y si hubiera más nombres feos infiltrados? No quiero ya el cráter Esme, no me postuléis.

De pequeña me gustaba ir a postular, nos daban en el colegio una hucha del Dómund y nos mandaban por parejas a pasar la mañana por la calle.  Había que agitar con mucha furia la hucha de tapa azul en las  narices de los viandantes, para intimidar. Si nos daban algo, les poníamos una pegatina. Algunos ya salían con la pegatina puesta de casa para no soltar la guita, que lo sé yo, la tendrían guardada del año anterior.

Volviendo precisamente a lo anterior, qué bonita profesión por si todavía alguno no sabe qué quiere ser de mayor o le da por hacer eso que algún ocurrente llamó “reinventarse”, qué bello oficio el de ponedor de nombres a cráteres lunares. Si os interesa, tenéis que mandar vuestro currículo a la IAU ( Unión Astronómica Internacional), a la atención de Charles Wood, responsable de los  nombres en la luna. El puesto es de ayudante pero por algo hay que ir empezando, tampoco querrás llegar y quitarle el sitio a Charles.

Ya  no  me da tiempo a hablar de Luciano de Samósata, según mi intención inicial. Es algo frecuente que se desvíen las intenciones iniciales y acabe uno en otro lugar al previsto. Otro día os contaré sobre una novela suya que trata precisamente de un  viaje a la luna ¡Y dale con la luna! Pero es normal, es nuestro único satélite. Si tuviéramos más no la marearíamos tanto, pero solo está ella para todos nuestros ojos.  Pobre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando mires la luna acuérdate de Demónax

Buenos días o tardes o noches, os habla la nueva dueña de este blog, Esmeralda primera de España y quinta de ya me lo pensaré. Hoy no hay cuento propiamente dicho pero sí os hablaré de un chiquillo que nació en Chipre en el siglo II a. de C  (parece mentira que ya  nacieran las personas hace tanto tiempo)  y al que sus padres llamaron Demónax o Demonácte. Estaría de  moda, qué quieres que te diga. La familia era adinerada pero Demónax abandonó las riquezas familiares (digo yo que con algo se quedaría) para dedicarse con total libertad a la filosofía.

“La felicidad se encuentra en la libertad”,  esto no lo digo yo, lo decía él. Y también  esto otro que os dejo aquí escrito para cuando tengáis un día de esos malos,  pero malos de llorar, “solo es libre el que ni teme ni espera ya que todas las cosas humanas no son dignas de miedo ni esperanza pues todas, agradables o molestas, son sin excepción caducas”.

Verdad es, pero que te consuele o te dé rabia ya es cosa tuya y del momento. Si estás feliz te va a hacer menos gracia que si todo lo contrario.

Demónax dijo lo que tenía que decir, pensó lo que le vino en gana,  hizo mucho deporte porque le gustaba estar fuerte y cuando ya de viejo notó que el cuerpo empezaba a fallarle, dejó de comer y adiós muy buenas.

Un cráter de la luna lleva su nombre  (bastante le importará eso a él a estas alturas).  A mí sí me gustaría que le pusieran Esme a un cráter lunar pero mientras esté viva, para poder dar envidia a mis a amistades y enemistades. Muerta ya no lo quiero, no le veo utilidad.

No estoy muy segura de que este filósofo del que os hablo existiera, de él habla Luciano de Samóstana, En su libro  “Vida  de Demonacte”, pero pudiera ser que se lo inventara porque fue un escritor muy imaginativo. Si es que fue un personaje me sentiría muy feliz y hermanada y tendría la esperanza de que alguna de las frases que aquí voy soltando pase a la posteridad en un libro titulado, “Vida de Esme”. La posteridad no es un barrio aunque lo parezca.

Y todo para que en un lejano futuro algún desequilibrado hable de mí en un blog cualquiera sin dominio propio.

Cuando miréis la luna, acordaos de él, existiera o  no. Y ya de paso de mí, que aunque no existo sí que existo y os cuento historias y  pongo citas fusiladas de la wikipedia que es un primor.

Hasta la próxima.

Vera y lo que no se ve

Venga, que me desescalo de nuevo,  o me despeño, más bien, para contaros un segundo  cuento. Esta vez y aunque también tiene que ver con las estrellas, es realista, aquí no aparecen astrónomos fantasiosos que transforman pelos en constelaciones. La protagonista también es una mujer pero  no poseía una  larga cabellera como Berenice ni esperaba en casa a ningún rey guerrero.  La de la historia de hoy, bastante más moderna,   llevaba el pelo corto y era científica.

Cuando esa mujer, de nombre Vera y de apellido Rubin era una niña, alrededor de 1930,  se pasaba la noche contemplando las estrellas desde la ventana de su cuarto en la ciudad de Filadelfia. Su padre, que era un ingeniero dedicado a la construcción  telescopios, en vez de decirle, “niña, ¿te quieres dormir ya, que no son horas?”, le ayudó a montar uno rudimentario para que pudiera observar los astros de cerca y con detalle.  Digo  yo que si  Vera hubiera nacido en una ciudad con contaminación lumínica y su padre hubiera sido podólogo, por poner un ejemplo de profesión alejada del cielo, lo más seguro es que no hubiera descubierto la materia oscura. La curiosidad científica, la pasión y la inteligencia son importantes, pero a veces hace falta algo más.

Pero no le quitemos méritos a Vera que tampoco lo tuvo fácil. Apoyo familiar sí pero social, no. Cuando quiso matricularse en Pricenton para estudiar astronomía le respondieron    que no admitían mujeres, así que se tuvo que ir a estudiar física a otra universidad donde no discriminaban. Allí se graduó con una tesis sobre galaxias. Y precisamente estaba estudiando y observando galaxias, la de Andrómeda, en concreto (si no sabéis donde está, yo tampoco) cuando se percató de  que las estrellas de los bordes de esa galaxia se movían más rápido de lo que era esperable. Esto a mí no me hubiera llevado a ninguna conclusión, en el caso (poco o nada probable) de que me hubiera dado cuenta pero a ella sí.  La cuestión es que según las leyes de la gravedad esas estrellas  debían moverse mucho más despacio, a esa velocidad tenía que haber algo que mantenía unida la galaxia, algo que la sujetaba y que hacía que no se desintegrara. Como ese algo no se veía, Vera y sus colegas científicos, le llamaron materia oscura y se quedaron tan anchos.

En realidad,  de esa materia invisible ya había hablado antes otro científico, llamado  Fritz Zwicky al observar lo mismo, que la velocidad de las estrellas de los bordes era anómala.  El hombre sugirió  que podía haber una materia invisible entre las galaxias pero no consiguió convencer a nadie y su idea permaneció olvidada durante cuarenta años. Es lo que suele pasar cuando tienes una mente muy original y avanzada (como la mía, no es por nada),  en el mejor de los casos, te ignoran y en el peor, te matan. A Fritz, menos mal, solo le pasó lo primero.

Vera Rubin tuvo más suerte, tal vez porque la ciencia ya había avanzado lo suficiente como para asimilar y demostrar la idea. Otros físicos añadieron datos a su propuesta y hasta mandaron un satélite a hacer mediciones por ahí lejos.  Pues sí, era verdad, había una materia que no se veía. Sus partículas no absorben, reflejan ni emiten luz pero se asentó antes que la que sí se ve y ejerce una influencia sobre ella.  Además,  es mucho más numerosa que la visible.

Ahora parece que los científicos (no confundir con los expertos )  han detectado una posible partícula de esta materia oscura con lo que se podría explicar de qué esta hecho el 27% del universo. Tampoco es tanto ese porcentaje pero es que ahora solo conocemos la composición de un 5%. Qué poco, ¿verdad?

Y aquí se acaba este cuento que no es cuento.

Me vuelvo al armario a ver si descubro algo y me hacen una entrada en la wikipedia, mi gran ilusión.

Adiós.

 

Una cabellera y lo que con ella pasó

Un momentito que me estoy desescalando. Saco un brazo: fase uno. Saco el otro: fase dos. Pego un salto fuera del armario: fase tres. Ya estoy, desescaladísima, qué bien. Os habla Esmeralda, el personaje que vive en un armario confinada junto a otros personajes. Ahora que vosotros también habéis estado confinados  comprenderéis mi drama un poco mejor.

Me he desescalado (qué horrorosa palabra, ¿quién se la habrá inventado y por qué todos la repiten incluida yo?) Pues eso, que me desescalado toda para  contaros una historia o leyenda. Trata, resumiendo mucho, de una cabellera de mujer que acabó muy lejos de su lugar de origen.

La dueña de los pelos protagonistas se llamaba Berenice y vivió en Alejandría,  sí, ahí mismo, donde la famosa biblioteca, alrededor del doscientos algo antes de Cristo.  Berenice se casó con un rey,  Ptolomeo III de Egipto. Este señor, nada más tomar posesión del trono decidió montar una guerra. Venga, para ir abriendo boca. Algunos no saben estarse quietos. A Siria que se fue,  pobre país.

Total, que Berenice, como pasaba el tiempo y Mambrú-Ptolomeo no volvía de la guerra, empezó a angustiarse  y al no disponer de teléfono móvil ni de ningún otro artilugio tecnológico, recurrió a los dioses. De smartphones no, pero de dioses había variadísima oferta. Eligió a una diosa, la del amor,  lógico, la mismísima Afrodita. Se personó en su templo y le hizo una especie de soborno. Mira, Afrodita, guapa, si  me traes sano y salvo a mi querido Ptolo, te regalo mi pelo.  Y es que Berenice tenía una cabellera preciosa, muy larga, brillante y abundante, digna de un anuncio de  champú porque yo lo valgo.

Afrodita no contestó nada, (típico de dioses), pero Berenice tomó el silencio administrativo por un sí y se cortó allí mismo su hermosa melena. Mira tú qué cosas que al día siguiente ya estaba de vuelta su belicoso marido. Qué alegría y qué alborozo. Fue Berenice a darle las gracias a Afrodita pero cuando llegó otra vez al templo, la melena ya no estaba, alguien se la había llevado para hacerse extensiones o un cojín, que sé yo.

¡La que se armó! Sospecharon de todos. Hasta del dios de otro templo, un tal Serapis,  ya que podía tratarse de un caso de envidia, mal muy frecuente ya desde la más remota antigüedad.

El caso es que para calmar los ánimos de los reyes, que ya veis cómo se alteraban por una tontería, se apareció por allí un astrónomo  muy reputado y bastante imaginativo, Conon de Samos, que les contó la siguiente trola:  “no sufran mis amadas majestades (qué pelota eras, Conon)  ha sido la propia Afrodita la que se ha llevado la melena, le gustaba tanto que ha pensado que estaría mejor en el cielo convertida en una constelación de estrellas. Mirad , mirad hacia arriba y la veréis al norte de Virgo y al Este de Leo.” Miraron y aunque no vieron gran cosa quisieron  creer tan preciosa transformación de pelo en estrella.

A un señor que trabajaba en la biblioteca de Alejandria, poeta y erudito, de  nombre Calímaco, le gustó tanto este suceso que le escribió un poema. O pudiera ser que  los reyes le pagaran para que lo escribiera.

Me gusta este poema por original, ya que los que hablan son los pelos, es la propia melena la que cuenta su historia en primera persona.

Dice así:  “Estaba yo recién cortada y  mis hermanas me lloraban cuando  de pronto, con un rápido batir de alas, el dulce soplo del Céfiro me lleva a través de las nubes del éter y me deposita en el venerable seno de la divina noche, Cipris.

Y a fin de que yo, la hermosa melena de Berenice, apareciera fija en el cielo brillando para los humanos, Cipris me colocó como  nueva estrella en el antiguo coro de los astros”

Y así acaba este cuento.

Espero que os haya gustado mucho más que lo que escribe la represora de mi voz y que me lo digáis en los comentarios, que para eso están.  Me vuelvo al armario con los otros confinados. Pero volveré, ¡anda que no!

Adiós.

 

 

 

Melancolía (de Platero y yo)

“Esta tarde he ido con los niños a visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Piña, al pie del pino redondo y paternal. En torno, abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos. Cantaban los pájaros allí arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul y su trono, florido, menudo y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.

Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar.

Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos  me llenaban de preguntas ansiosas.  -¡Platero,  amigo! -le dije yo a la tierra-si,  como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás quizá olvidado? Platero, dime, ¿te acuerdas de mí?

Y, cual contestando a mi pregunta una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente ,  igual que un alma, de lirio en lirio…”

Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, era uno de los libros preferidos de Antonio Pavón Leal, compañero de estos mundos virtuales, hombre de una gran inteligencia y sensibilidad y autor del blog El bosque silencioso

Te echaremos de menos, Antonio.

Larry

Como no le dejaban tener un perro, Marcelo decidió ser perro él mismo. Ya llevaba varios días recorriendo el jardín a cuatro patas y ladrando como respuesta cuando se dirigían a él. También pasaba bastantes ratos debajo del castaño, tumbado de medio lado como había visto hacer al perro del vecino. Y cuando algo le llamaba la atención, también como hacía el perro del vecino,  levantaba la cabeza con sobresalto, la mantenía quieta y concentrada un momento y salía disparado,  olisqueando el suelo, en busca de lo que fuera.

No era tan sencillo ser perro a todas horas, se daba algunos descansos, sobre todo cuando no lo miraban,   pero mantenía firme  su decisión. Era divertido convertirse a  ratos en otro ser, en el ser que más quería, dejando aparcado a Marcelo,  y también lo era comprobar que, a medida que pasaban los días y no cejaba, los nervios de su madre se iban alterando.

Esa mañana de julio hacía mucho viento, un viento caliente que se colaba  por las rendijas de las ventanas y las hacía gemir, que removía las copas de los árboles y les arrancaba prematuramente hojas todavía verdes.   Estaban solos en el jardín, él y su hermana Claudia. Yeseña entraba y salía de la casa, vigilando.  A Yeseña no le ponía nerviosa que Marcelo ladrara en vez de hablar, se reía y decía, “es chistosa esta criatura”.  También le hacía reír que  Claudia jugara a operar a sus  muñecas. En ese instante se disponía a hacerle con un palo una cirugía abdominal de urgencia  a una de sus muchas Barbies.

Antes de que pudiera empezar la delicada y peligrosa  operación, algo se  cayó del árbol delante de las narices de Marcelo. O de su hocico.  Era un pájaro pequeño, negro, con reflejos azules en las alas. Si hubiera sido un perro de verdad se lo hubiera comido sin más dilación.  El pajarito temblaba. Marcelo dejó de ser perro y  llamó a gritos a Yeseña.  Su hermana tiró el palo bisturí y corrió hacia él. Yeseña también vino  pero sin correr, rara vez se agitaba.  Los tres miraron en silencio al pequeño pájaro que  no dejaba de temblar.

¿Qué nombre le vamos a poner?, preguntó Claudia  ¿Larry?, sí, Larry.

Se agachó para cogerlo entre sus manos porque, una vez nombrado,  lo consideraba suyo,  pero Yeseña se lo impidió.

No lo toque, mija, si lo toca, morirá. Cuando se caen del nido hay que dejarlos donde están, ya vendrá la madre a por él.

Claudia obedeció  y Marcelo, como no sabía qué otra cosa mejor podía hacer, volvió a su postura canina y se puso a ladrar. También aulló un poco, a la desesperada.  Larry seguía temblando pero consiguió dar unos torpes saltos y se acomodó en un rincón al sol. Tuvieron que entrar a comer y cuando salieron de nuevo, compitiendo en escupir lo más lejos posible huesos de cereza,  ya no estaba.

-¿Qué les dije? Ya vino la madre y se lo llevó al nido, allí estará bien, dijo Yeseña.

Pero al día siguiente otra vez vieron a Larry en el suelo, estaba en la esquina contraria y le faltaba un ojo.

-¡Chuta!, fueron las hormigas, exclamó Yeseña  sin darse cuenta del terror que ese dato acababa de provocarles. Claudia se sobrepuso y  fue a por una caja de zapatos donde acostar al pájaro tuerto y darle los primeros auxilios.  En un momento tan dramático como ese, Marcelo no sabía si ser niño o ser perro, si era niño tendría que ocuparse de hacer algo con Larry, pero si era perro bastaba con olerlo, decidir que no era manjar para él y alejarse como si no le interesara. Eligió perro.

Claudia se pasó toda la mañana acarreando  la caja con Larry dentro, cuidándolo, tratando de alimentarlo con pan mojado en leche. Ya era suyo y también su responsabilidad.  Yeseña se quedó  dormida en el sofá columpio y Marcelo, de vez en cuando,  en venganza, recuperaba su posición erguida y mataba a pisotones todas las hormigas que veía.

A  las seis oyeron llegar el coche de su madre.

Hola, hola, ya estoy aquí,  dijo como de costumbre.

Marcelo contestó de lejos con varios ladridos que fueron subiendo en intensidad para demostrar lo mucho que se alegraba de verla. Claudia, que no había llorado en todo el día, inició un aparatoso duelo  moviendo ante los ojos de la madre  la caja lecho del dolor donde agonizaba Larry. Yeseña se levantó rápidamente del columpio, se frotó los ojos  y agarró el escobón de las hojas.

Estoy dejando todo muy limpiesito, dijo tranquila,  sonriente.

A las siete de la tarde, Larry murió. Marcelo sabía que tendría que ir a un entierro y participar en un elaborado funeral. En lo que llevaban de verano ya había ido a dos: el de un escarabajo y el de un caracol, a Claudia le gustaba mucho organizar honras fúnebres y las de Larry prometían ser mucho más intensas que las de los otros dos. Cuando llegara la hora, se volvería perro.

Por la noche, siendo ya niño en su cama, pensó en la corta y dramática vida de Larry y sintió miedo y pena, estaban mezclados de tal manera que no se podía distinguir a la una de la otra.

Pétalos (un poema de Shinkichi Takahashi)

20200307_101717Como los pétalos

de una flor ,

incontables,

el tiempo,

marchito, disipado.

La suma de las vidas

de los hombres

se hundió en silencio en el olvido,

alimento para el pez de cola roja.

Bajo la luz lunar,

en la corriente del río,

fluían, flotaban pétalos.

Entre las rocas,

esparcidos,

en lo oscuro.

Pero continuaba el tiempo floreciendo.

(Del libro, “En la quietud del mundo”)

¿A quién me recordará?

-Cotilla, que ya estás cotilleando, me dijo Leandro.

Me sienta mal que me diga eso, porque no es cotilleo es información. A mí no me interesa la vida de los demás, salvo que me molesten. Y bastante guerra nos han dado ya los sucesivos inquilinos del piso de arriba, demasiada ya. Por eso, en cuanto oigo las ruedas de una maleta o pasos o muebles que se mueven me pongo en alerta, me alerto toda yo.

No estaba cotilleando, listo, que te pasas de listo, solo estaba intentando averiguar quién ha venido esta vez al piso de arriba para…

-Para nada, me cortó él con toda su sequedad. Sea quien sea te vas a tener que aguantar, tú no decides a quién se lo alquilan. Ellos lo alquilan y ya está.

Ellos, eso sí que me inquieta, no sé quién son ellos, ellos son una agencia, qué más le da a la agencia ellos  las personas que viven debajo y si se vuelven locas con los ruidos o no se vuelven, como si se nos cae el techo en la cabeza. Con tal de que les paguen y hacer su negocio…eso sí que me inquieta a mí. Ya casi no quedamos vecinos de los de verdad. Solo Sagrario, la del primero, y ha perdido el juicio la pobrecita mía, pero si se pone abrigo en verano, con eso lo digo todo.  Los demás vienen y van, vienen y van como las olas del mar.

Qué mala suerte hemos tenido, le dije a Leandro.

¿Mala suerte, mala suerte? Si tú llamas mala suerte a tener una casa en el centro sin hipoteca… Tú es que no sabes lo que es la mala suerte.

No es lo que me dice sino el tono. Comprendo que está de mal humor porque tiene la edad que tiene y se ha tenido que venir a vivir con su madre, o sea, conmigo. No hacer nada en todo el día salvo la compra tiene que desesperar pero, ¿yo qué culpa tengo? Yo no tengo la culpa y no soy cotilla, solo miraba para saber quién había venido al piso de arriba.  Me puse a hacer que recogía mi ropa porque oí sus cuerdas. Era una mujer de edad…no lo sé calcular, no muy joven, tampoco vieja, como Leandro o puede que menos.

Le dije hola, ¿qué tal? No me contestó a la primera, se metió corriendo para dentro y solo vi como un trozo de pelo rojizo, color de ardilla. Eso me pareció, una ardilla, una ardillita asustada, de esas que salen huyendo a toda mecha en cuanto pretendes acercarte. Después se ve que se arrepintió y volvió a salir, dijo hola ella también y se volvió a esconder. Su cara me recuerda a la de alguien, como si la hubiera visto antes, en alguna película o serie a lo mejor, yo veo muchas, me distraen. A veces son los mismos actores de otra serie anterior que se han pasado a la nueva, eso sí que me vuelve loca, pero ¿este dónde salía también? Hasta que no lo adivino no me puedo concentrar, pero cuando lo adivino, qué alivio me entra. Por la calle también veo bastante a los de las series, que no son, ya lo sé, pero los veo porque es mucho el tiempo que paso a su lado y saltan de su vida a la mía.

Es una mujer, le dije a Leandro. No sé sí vendrá sola o acompañada, si solo es una y no da fiestas y tiene un horario normal podemos respirar en paz.

-¿Ves cómo eres una cotilla?, me dijo él sin levantar la vista del ordenador.Todo el día está ahí dentro, busca trabajo ahí dentro, busca novia ahí dentro, todo lo busca ahí dentro.

-Una cotilla integral.

-Parecía una ardillita, tiene el pelo rojo, no rojo, marrón rojizo, como las ardillas. Se asustó, es tímida.

-Como para no asustarse contigo haciendo de vieja al visillo. Y qué manía tienes de ver a todo el mundo forma de animal, ¿a mí qué animal me ves?, a ver, dímelo.

De asno, hijo, de asno, le tendría que haber dicho. Pero claro, una se calla por no pelear, para que haya paz. Está de mal talante, el Leandrito. Lo comprendo pero yo no tengo la culpa, yo también tengo mis problemas.

No ha hecho ruido hasta ahora la ardillita, menos mal. Es que cuando no me dejan dormir por las noches se me pone muy mal cuerpo, después ya no soy persona en todo el día, no sé qué soy. Si hasta veo doble el cartel de “Apartamentos  Mari Paz”, como si hubiera bebido, pero es de puro sueño.

Hoy me la encontrado saliendo del portal, llevaba como una especie de maletín en la mano. Me recuerda muchísimo  a alguien, de la serie que estoy viendo ahora no es, tengo que hacer memoria.  Ya no puedo dejar de pensarlo.  Se ha metido ahí, en ese sitio donde va la gente a pintar. A mí me parece una actriz o algo así, ¿a quién, a quién se parecerá?

Apartamentos Mari Paz

Cuando me divorcié me fui a vivir a un piso cerca de Ventas. Estaba bien el piso, era pequeño pero no feo. Daba a una plaza diminuta donde por las tardes jugaban algunos niños, uno de esos espacios infantiles con cuatro columpios y un suelo mullido, anti chichones. A la vuelta de la esquina había otro parque, también de reducidas dimensiones, con una fuente en medio y un surtido de árboles alrededor, como si fuera un muestrario de una porción de naturaleza. En el centro de la rotonda vivía un olivo. Me entristecía ese olivo.

La vida se me había vuelto más pequeña y no más amplia, como yo había imaginado que ocurriría, pensaba que era una fase transitoria,  que estaba pasando por un camino estrecho que después desembocaría en… no sabía dónde. De alguna manera estaba naciendo. Eso quería creer.

Porque si pensaba que me iba a quedar siempre ahí, haciendo traducciones para esa editorial médica, en ese piso pequeño,  sola como el olivo de la rotonda… borraba esa idea, procuraba hacerlo,  pero debajo del no pensar vivía la tristeza, todo se había cubierto de una tristeza leve pero persistente, pegajosa. Y también estaba enfadada aunque de eso  no me daba cuenta.

Era el mes de abril y llovía muchos días pero no todas las horas del día, llovía a ratos. Una  tarde estaba en casa traduciendo un texto sobre la validez de los criterios de Framingham  y luchando contra la pesadez de mis ojos que a cada párrafo sobre sístoles y ventrículos querían cerrarse,  cuando se puso a llover con mucha fuerza. Me levanté a mirar, a lo mejor así me despejaba. Abrí la ventana y contemplé la lluvia mojando el suelo del recinto infantil que enseguida se volvió brillante. Pensé en la expresión “se puso a llover”, ¿quién se ponía a llover, la propia lluvia se ponía a llover o era la tarde la que se ponía a llover o era el cielo, eran las nubes, quién era?

Olía bien, del pequeño parque llegaban retazos de efluvios verdes, no muchos, había que hacer el esfuerzo de capturarlos,  también como en una muestra tacaña de olores naturales. La lluvia que se había puesto a llover estaba empezando a caer con violencia.  Me gustaba esa fuerza,  esa rabia, la necesitaba, miré hacia arriba, desde donde me parecía que nacía,  como un modo de agradecer  que se hubiera coordinado con mis sentimientos, que no eran nada  tranquilos por mucho que quisiera engañarme.

Entonces y por primera vez me fijé en cartel del edificio de enfrente, no es que antes no lo hubiera visto, lo había visto y hasta lo había leído pero no me había detenido en él, lo había visto sin verlo. Decía: Apartamentos Mari Paz. Apartamentos.   Desde ese instante lo odié, no sólo por el nombre, el mismo que la profesora de arte del colegio, la que  me decía contemplando desde detrás mis dibujos, “vaya churro, bórralo todo y empieza otra vez”, también por la estúpida repetición de la palabra “apartamentos”. Y por el diseño del cartel en sí, en cutres letras rojas.

Vaya churro de cartel, Mari Paz, seas quién seas, dije yo con más rabia que otra cosa.

Desde ese día procuré no mirarlo pero las letras rojas estaban diseñadas para atraer y además, tengo que reconocer, me había obsesionado con ellas.  Si por la noche me asomaba a mirar la luna me parecía que era ella la que anunciaba  los apartamentos Mari Paz, apartamentos. Y lo mismo sucedía si miraba las nubes, apartamentos Mari paz se desplazaba sobre sus barrigas en forma de publicidad lenta y vaporosa. Y  serían imaginaciones mías, no digo que no,  pero cuando llovía percibía cierto color rojo en las gotas que caían, como si el cartel hubiera desteñido y apartamentos Mari Paz. Apartamentos también se hubiera puesto a llover.

Paseaba bordeando el parque, nunca entraba, miraba los árboles desde fuera y a la gente que paseaba a sus perros o corría o se sentaba en los bancos. En la acera de enfrente había tiendas,  una tintorería con un escaparate muy raro decorado, lleno de pequeños gnomos de colores y muñequitos fantásticos del bosque, setas, plantitas.  Demencial. Un  herbolario llamado “el rincón del bienestar” que apestaba a incienso, una frutería y una escuela de pintura llamada “El Atelier”. El nombre era de lo más tópico  pero sentí curiosidad y  me acerqué a mirar.

¿Y si me apuntaba a unas clases?  Borro todo este churro y vuelvo a empezar, pensé sin saber muy bien a qué me estaba refiriendo.