Escena playera con media luna

El hombre cruza el paseo, entra en la playa,  se sienta en una hamaca y se quita la pierna derecha. La coloca tumbada en la hamaca de al lado. Resopla aliviado, liberado de la prótesis. La pierna también resopla, liberada del hombre, necesita descansar tanto como él. El hombre mira un instante al mar, a las nubes rosadas del atardecer  y después gira la cabeza en dirección al paseo. Está buscando a la mujer que, como él,  llega cada tarde a última hora. A la mujer  con un uniforme negro de camarera y un niño de la mano.

Acaba de verlos salir del hotel Mar y Pinos, cruzan el paseo, entran en la playa,  pasan por delante de las hamacas, ella mira la pierna de reojo, el niño lo hace sin disimulo y además la señala, divertido. Siguen caminando hasta la orilla, la mujer se sienta sobre una roca, se descalza, mete los pies en el agua, suspira y se sujeta la cabeza con las manos. También suspiran sus zapatos, muy bien colocados en paralelo, tras la roca.  El niño se ha metido en el mar y con un rastrillo de plástico verde peina el agua una y otra vez, incansable.

El hombre ha puesto la pierna de pie, clavada sobre la arena. Sabe por otras veces que cuando se vayan y vuelvan a pasar por delante, al niño le dará risa y que con esa risa arrastrará una sonrisa de la madre. Dos amigas caminadoras la sortean sin inmutarse y saludan al hombre con la cabeza. Una le va diciendo a la otra, “por la noche le doy sopa y filete de pollo y se lo come muy bien”

Pero esta tarde la mujer vestida con un uniforme negro y el niño del rastrillo verde han cambiado el rumbo, se marchan por otro lado, por la esquina derecha de la playa, pasan por debajo de la luna, cortada por la mitad y desaparecen por un callejón.

El hombre tumba otra vez la pierna, se tumba él y con los brazos por detrás de la cabeza vuelve a mirar el mar.

 

 

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Escena playera sin luna

En el Karaoke la mujer embutida en un traje de lentejuelas, cual sirena desahuciada, canta “volare oh, oh, oh”. El vestido se aprieta brillante a su barriga y ella agita con garbo la melena reseca, sintiéndose otra.
El supuesto público, sentado en sus mesas, mira al vacío y sorbe de largas pajitas líquidos de colores. Tal vez por esos tubos de plástico ascienda algo parecido a la felicidad y descienda después verde o rosada por sus gargantas.
Llora con desconsuelo un niño.
Alemanes anchos como armarios avanzan por el paseo entre tiendas de chancletas y colchonetas en forma de animales. En los bares se ofrecen tapas, pizzas y bebidas tropicales. Coco loco, dream Caribe. La cuestion es soñar. O sudar.
Cómo sudan los camareros con las parrillas ardientes detrás, san Lorenzos contemporáneos, cómo corren entre las mesas lanzando platos con los que contentar a tanto estómago dilatado.
Los chinos, en silencio, sin apenas dejarse ver, están comprando las grandes cadenas hoteleras. Muchos temen por sus puestos de trabajo.

En un banco dos mujeres negras han montado un tenderete de trencitas, una larga fila de cabezas de niñas aguarda para conseguir su dosis de exotismo.

La mujer del karaoke arremete ahora: “si tú me dices ven, lo dejo todo”. Ni por esas, así que sigue aferrada al micro, lentejueando.
El niño que lloraba se ha quedado dormido con la cabeza torcida.

A las palmeras no se les mueve ni un pelo, Están muy quietas escuchando la voz profunda y misteriosa del mar.
Huele a salitre y también a cloaca.
Dando tumbos entre los pinos cruza la noche sin luna un murciélago.

Cuesta abajo con el Penurias

Vamos cuesta abajo, con el sol de espaldas. El barrio no está vacío, nunca lo está del todo pero sí bastante despoblado, con calvas. Muchos se han ido ya de vacaciones y los que quedamos, aunque no lo queramos reconocer, nos sentimos nostálgicos y un poco marginales. Al Penurias le sienta mal la falta de tantos habituales, mira hacia los lados y a veces hacia atrás, buscando. No es hombre de un solo interlocutor. Entre búsqueda y búsqueda inquieta, habla, se seca su gran frente con un pañuelo de papel, resopla, suspira, habla otra vez. Me cuenta que fueron sus hijos los que le pusieron el nombre de Wifi al perro, que lo compró por ellos, porque insistían mucho, pero que ahora se quedan en casa disfrutando del Wifi auténtico y es él el que tiene que sacar al canino.

“Los hijos son unos egoístas, el de la descendencia es un egoísmo proverbial”, dice. Le iba a contestar que nosotros también hemos sido hijos, que algunos todavía lo somos, y por lo tanto egoístas proverbiales, pero me da pereza hablar. Hace calor, estoy cansada, así que solo digo “no obstante”…y lo dejo ahí, flotando como si fuera una burbuja que estalla sin ruido.

Hemos dejado atrás el parque feo y acabamos de pasar por delante de “Tienda esotérica, simplemente magia”. Dentro, la maga gorda está atendiendo a alguien detrás de una mesa, ha colocado dos velas encendidas y una humeante barrita de incienso. El Penurias suelta una de sus típicas risas desinfladas al contemplar la escena, está claro que no cree en las mancias.

Los gorriones vuelan sorteando coches, los driblan con pericia como pájaros urbanos que son, me admira esa habilidad, irán detrás de alguna mariposa, de alguna polilla, de alguna mosca. Definitivamente, los gorriones son un tanto maciosos.

Ya estamos a la altura de la frutería “Calzados la Perla”, el frutero pakistaní posa alicaído junto a sus paraguayas reblandecidas y sus plátanos negros, es la imagen misma de la desesperanza.
¿Cómo va, hombre, cómo va?, saluda por fin el Penurias.
Verano malo, dice él señalando su fruta echada a perder. Quiere Dios, añade luego con un encogimiento de hombros.
Se arruina, se arruina, otro más, pronostica el Penurias y vulelve a secarse la frente como si la ruina también fuera suya. Cruzamos la frontera sur del barrio. Otra rotonda, también con fuente, sirve de línea divisoria, después de ella cambia el nombre del territorio y el número del distrito pero todo es lo mismo o muy parecido.

“Limpieza y teñidos de cueros y pieles”, leo, y debajo de ese rótulo, otra frutería. “Colchones Antonio”, esta vez el cartel y la tienda sí coinciden y además Antonio se ha esforzado, ha sido creativo, la barra lateral de la primera A es un colchón inclinado, deslizándose hacia algún lugar, tal vez hacia el sueño prometido a los insomnes que compren un colchón Antonio.

Por el cielo vuelan dando gritos los vencejos, amos de todo el cielo, pasan autobuses cargados de viejos que miran la calle con ojos de asustado asombro y en un callejón, cuatros niños juegan en fila un partido de fútbol. Dos hacen de porteros y los otros dos representan cada uno a los once jugadores de los equipos rivales. Es un partido más soñado que real, con mucho desdoblamiento de personalidad, parafernalia de gritos de celebración, abrazos emocionados y saltos de regocijo, es un partido centrado en el gol, sin apenas desarrollo intermedio. Lu los mira de reojo, va muy orgulloso conduciendo a Wifi,  sé que no le gusta el fútbol y no quiere que los otros niños conozcan esa debilidad suya.

Cuando entramos en parque reconozco que Anselmo el Penurias tenía razón, no es que sea el jardín colgante de Babilonia, pero es mejor que el de más arriba, tiene hasta una ladera con césped, un ciruelo cuyas hojas lanzan rojos destellos, varias acacias florecidas de copas redondeadas y unas jardineras donde han sembrado lavanda. En el centro hay un arenero y los niños, en bañador, se tiran por el tobogán y caen dando gritos tan alegres como si estuvieran saltando olas.

Me siento en un banco mientras Lu y el Penurias se van hacia la zona perruna, allí, un círculo de amos de perros observa encantado el juego de sus mascotas, sus carreras, sus olisqueos. Parecen felices porque sus perros lo son, como si algo de esa felicidad sencilla y básica de los animales se les pegara también a ellos solo porque son suyos y los están mirando.

Una amiga acaba de mandarme un guasap, es una foto. Está de espaldas, sentada en un banco frente al mar, “ temperatura maravillosa”, ha escrito debajo para transmitirme la escena al completo.

¿Y qué escribo yo ahora?

No escribo nada pero tengo la sensación de que las dos rayas azules sin respuesta posterior pueden delatar algo parecido a la envidia.

Veo que hay un pájaro patas arriba, muerto en una esquina, dos mariposas vuelan en pareja, formando círculos, y casi en cada uno de los tallos de lavanda liba un abejorro. La muerte, el amor, la vida, todo junto en tan pequeño cuadrilátero ¡Pero si es un parque simbólico! La temperatura, no obstante,  no es maravillosa.

 

Para odisea la de Penélope

Y para verano el mío, encerrada en un armario y leyendo la Odisea. Soy Esme, el personaje perdido y hallado en un templo. Calla, no , que eso es de la Biblia. Yo he sido hallada y perdida en un blog. La Biblia lo mismo la leo luego, cuando termine la Odisea, ya que me martirizo que sea por todo lo alto. Pero a lo que iba,  después de llegar hasta el canto XIII  del citado  clásico, esto es lo que pienso: la verdadera heroína de esta historia es Penélope.

No es que yo le quiera quitar méritos a Ulises. Lo pasó mal: veinte años dando vueltas por los mares con la idea fija de volver a Ítaca, enfrentándose a tremendas borrascas y mortíferos vientos, (en sus propias y literales palabras), a monstruos sanguinarios, a emboscadas de todo tipo, a la muerte de muchos de sus compañeros, al descenso al infierno. No voy a negar que fuera un héroe. Lo era. Y un poco creído también, “soy Ulises Laertiada, famoso entre todas las gentes por mis muchos ardides; mi gloria ha subido hasta el cielo”, dice él, presentándose con muy poca modestia.

Fatigas y dolores no le faltaron pero tampoco juergas y amoríos. Y mientras tanto, Penélope, encefalograma plano. Se queda sola manteniendo la casa, con lo que eso cansa y lo poco agradecido que es, cria al niño,  Telémaco, y aguanta al  suegro, Laertes.  Que no digo yo que no fuera bueno ese señor pero alguna que otra manía seguro que tenía. Por si fuera poco se le llena el palacio de gorrones que se comen y se beben todo lo que pillan y que también se quieren comer a Penélope. Ella, para ir haciendo tiempo, les dice que elegirá a uno de ellos cuando termine lo que está  tejiendo. Aquí Penélope me despista un poco porque lo que teje de día y desteje de noche es el sudario del padre de Ulises, el susodicho suegro.

Me imagino la escena: ¿qué es eso tan bonito que coses, hija?, le preguntaría él. Y ella: tu sudario, hay que tenerlo todo previsto que ya falta poco. Telita con la nuera. Pero hay que comprender su situación, estaba hasta el aqueo moño y no era para menos. Pasa un año, pasan dos, pasan tres y pasan diez. Al niño ya no se le cae la baba, lo tiene casi criado,  pero  ahora se le empieza a caer al suegro. No se acaba nunca.

Pasan once, pasan doce, trece, muchos años pasan y siempre lo mismo, siempre lo mismo. Los hombres gorrones comen y beben invadiendo su morada,  la reclaman y la acosan, ella teje y desteje, aguanta a unos y a otros y, por toda diversión, sale a dar una vuelta a la caída de la tardecita en compañía de su criada de confianza.  No tendría tremendas borrascas ni vientos mortíferos, como su Ulises de su corazón,  pero sí un tremendo y mortífero aburrimiento y bastantes ganas de sacar la recortada y cargárselos a todos, es un decir.

Para colmo, el niño ha dejado de ser niño y se ha puesto borde. Una de esas tardes interminables en las que ella está arriba, en su cuarto encerrada, y abajo tiene a toda la tropa  dale que te pego al vino, escucha cómo el aedo, una especie de poeta cantor o de juglar,  empieza a  contar  el regreso de los aqueos a sus casas tras la guerra de Troya.  Penélope se pone muy triste pensando en Ulises, así que se asoma y le pide por favor que cante otra cosa porque eso le causa dolor.

Entonces Telémaco, el muy niñato,  le dice a su madre, ” vete a tu habitación y cuida de tu trabajo, del telar y de la rueca y ordena a las esclavas que se ocupen del suyo. La palabra es cosa de hombres, (como Soberano, la bebida aquella),  de todos los hombres y sobre todo de mí, de quién es ahora el poder en este Palacio”.

Para que te fíes de los Telémacos, tan monos que son de pequeños y luego se suben a la chepa de las Penélopes de turno pero que de muy mala manera. Qué tristeza. Y el marido viviendo sus aventuras,  eso sí, lamentándose después,  ” la divina entre diosas Calipso retúvome un tiempo en sus cóncavas grutas y también la pérfida Circe me tuvo cautivo en sus salas y pretendió que me casara con ella, pero no hay nada que se muestre tan amable a mis ojos como mi Tierra”.  Le liaban, le liaban, le envolvían entre unas y otras,  si lo que quería él era volver con la suya. Y volvió, eso es verdad,  pero  después de veinte años.

Lo que sí tengo que reconocer es que con la Odisea de Penélope no se hubiera podido escribir un libro de aventuras, si acaso una novela intimista con mucho monólogo interior y bastante tormento y hastío vital, dudo que llegara a las quinientas páginas, lo cual casi que es de agradecer.  Por la mitad de esas quinientas voy,  no sé si llegaré al final, si sobrevivo al verano en el armario y a la Odisea os lo haré saber. Si no vuelvo a hablar, me podéis dar por muerta.

Tremendas borrascas, mortíferos vientos…(es por ponerle emoción).  Adiós.