El reino encantado

Se me asemeja muchas mañanas la casa de la Patricia a un reino encantado.Cuanto más me aburro más semejanzas le encuentro con uno de esos reinos. Lo veo  todo tan bonito, tan largo el pasillo, tan amplias y bien amuebladas las estancias y tan altos los techados que a cada momento estoy esperando encontrarme a algún duende agazapado en un recodo. Por ahora no lo he visto,  no son los duendes seres muy encontradizos, pero estoy casi segura de que alguno se habrá mudado del bosque a este barrio,  a poco listo que sea. Están los bosques muy húmedos y llenos de alimañas. Al Toni le gustan pero es que el Toni es muy de hábitats agrestes.

Observo de reojo a la Patricia con su cabellera rubia, no pelo como el mío y el vuestro, cayendo en cascada sobre las teclas y sus largas manos pulsándolas con elegancia sin par y veo talmente a un hada de nuestros días de ahora mismo. No sé lo que escribe porque en cuanto me aproximo minimiza recelosa, pero estoy segura de que por sus letras se pasean  unicornios, gigantes, ninfas, sirenas y demás tropa fantástica.

Como las hadas son seres tan sumamente despistados y están a sus varitas, a sus estrellas y a sus creatividades  no se ha dado cuenta de que su hijo el Jacobín ha caído preso de un encantamiento y anda enamorado de una princesa que vive enfrente, la  Jimena del sexto exterior izquierda. Tan es así que el niño, hechizado perdido, se ha asomado peligrosamente a la ventana para llamar a su amada.

Cuando esta se ha aparecido en  la suya, la larga trenza colgando muros abajo, el niño le ha gritado esto: Jimenaaaa, tú eres, tú eres….se lo ha pensado un poco y luego ha dicho muy nervioso:¡ una pinza! Es lo que tenía más cerca de su área de visión, hay que entenderlo. La princesa Jimena, que parece ser comprensiva, se ha reído y el chiquillo, envalentonado por la risa, ha seguido durante un buen rato asociándola con los más diversos objetos “tú eres, tú eres… una pared, una ventana, un pantalón” y ya, perfeccionando la técnica, “¡ una nube, una flor!”. Después se ha metido  corriendo en casa dando saltos y alaridos.

Su hada madre, ignorante de estos sucedidos ha abandonado por un breve instante su recinto de las maravillas para transmutarse con mucha magia en mujer hosca y tiránica y mandarnos pitando al colegio.  Por el camino, he intentado explicarle  al Jacobín que  princesa Jimena no le conviene mucho porque ya tiene veinte años  y que más bien debería colocar su arrebato pasional en  la princesa Casilda, la del tercero derecha, de cinco años recién cumplidos.

Hay amores imposibles, Jacobín, solo nos traen sufrimientos, yo me enamoré de un ogro gruñón que lo único que quiere es volverse al bosque de donde procede, es mejor que te centres y te olvides y…

Me ha rugido con fiereza. Está hechizadísimo el pobre.

El Universo proveerá (o eso dicen)

Resulta que esta mañana limpiando, es un decir, la estantería de la auto-ayuda de la Patricia, -tiene un estante dedicado a ese sector camuflado entre la literatura de verdad- ha caído en mis zarpas un libro azul que no me he podido resistir a abrir. Es que en el título  anunciaba que dentro estaba el secreto de la vida en tan solo cuatro pasos. Ya sé que los títulos son al libro lo que el anzuelo a los peces, pero mira que si por una vez se ajusta a la verdad y voy y no me entero…

En sus páginas, dibujo de mandala por aquí y por allí, cosa de adornar un poco el mensaje, decía con una letras muy grandes que el primer paso es descubrir nuestro don y que el segundo es lanzarlo  al Universo como el que manda un globo sonda y que ya se verá. Lo que se verá es que el Universo te va a devolver todo lo bueno que tú le has dado y no se hable más. Anda, pues qué bien, me he saltado  el tercero y el cuarto porque seguramente mareaban el mismo concepto para rellenar páginas,  he movido un poco el polvo de un lado para otro para que no se aburra siempre en el mismo sitio y me he marchado a toda prisa a contárselo a la Esme.

Esme, maja, estamos yendo por mal camino y por eso se nos tuercen tanto los planes. Lo primero de todo es que busquemos nuestro don.

No me hables de ningún dron. Qué mal me caen los drones, ¿a ti no?, me suelta ella.

Es que todavía no he tenido el gusto de conocer a ninguno, así que no lo sé, pero he dicho don, no dron.

Y con mal me quedo corta, los aborrezco, sigue ella muy obsesiva-compulsiva.Ya existe el primer dron taxi y en el momento en que existe un primer algo de lo que sea, los siguientes van detrás.Esto va a ser como con los teléfonos móviles, cosa más rara y extravagante eran y ahora, mira, todo quisqui los porta. Pues ya verás los cielos como se nos van a poner de taxi drones , ni mirar las nubes va a poder una, peor que la plaga de la langosta. Y por si fuera poco, un dron va a vigilar la valla de Melilla, lo que nos faltaba, el dron represor, ¿cómo se te queda el cuerpo?

Que digo, Esme, que tenemos que encontrar nuestro don en la vida y luego regalarlo y que por ser tan generosas el Universo nos recompensará con creces.

¿Tu estás segura de que el amoniaco que tiene tu jefa en casa no es psicotrópico? Porque, hija, estás diciendo una cantidad de cosas raras que pa qué y yo estaba tan tranquila pintando pájaros con una mano , escribiendo una obra de teatro de premio con la otra y pensando a la vez en el peligro dron. Y voy a seguir a lo mío que tengo mucho tajo.

Ya, Esme, pero es que si fuera verdad, estaríamos haciéndolo mal. No tenemos que emprender nada ni esforzarnos ni luchar, solo regalar. A mí es que todo lo que sea sin esfuerzo me atrae bastante.

No sé chica, yo siempre he sido partidaria de lucrarme pero si quieres lo intentamos. Dices que hay que lanzar los dones, pues venga, los lanzo: toma dibujo de pajaritos cantores,  toma dramaturgia,  toma novela, toma diseños con grafeno,  allá que te van todas mis creaciones, Universo, te las regalo sin esperar nada a cambio. Ya está y ahora, ¿cuánto dices que tarda en responder y en mandarnos lo que por ley universal nos corresponde?

Eso no es lo importante, Esme, la cuestión es dar, no recibir.

Me cae mal el Universo, peor casi que los drones.  Ya me estás dando ahora mismo lo que me merezco o me devuelves¡ pero ya! todo lo que te he dado, timador, y a mi amiga lo mismo. Y rapidito, guapo que no tengo toda la mañana, se pone toda farruca mirando al cielo, sin drones, por el momento.

Por ahí vamos mal, a no ser que las amenazas estuvieran en los pasos tres y cuatro, como no me los he leído…

 

 

 

 

 

Un Dios B

Cuando nos cambiamos de barrio también cambiamos de letra de puerta, siempre habíamos vivido en la puerta B y ahora vivíamos en una A, lo cual nos colocaba en una mejor posición alfabética. La B la ocupaban los Boswell, una familia formada por un padre inglés, una madre española  y tres hijos.

La hija tenía una edad intermedia entre la de mi hermana y la mía y enseguida empezamos a salir las tres, para fastidio de mi hermana que intentaba a cada momento darme esquinazo.  En ese nuevo barrio no existía calle para jugar, había simplemente calle, tiendas de todo tipo a cada lado, lo que mi madre llamaba con gran ilusión ” mucho comercio”,  bares, paradas de autobús, dos bocas de metro y un pequeño parque de columpios con cuatro árboles raquíticos. Ya éramos mayores para ir a los columpios así que caminábamos arriba y abajo de la calle larga, hablando a gritos para poder oírnos entre el ruido del tráfico, con Katya Boswell en medio.

En esos paseos por la calle larga y comercial, muchas tardes nos encontrábamos con el señor Boswell cuya habilidad para andar y leer a la vez sin chocar, tropezar ni resultar atropellado me admiraba. También era capaz de vernos sin levantar la vista del libro, tal vez le avisaba la propia lectura de que nos acercábamos, lo cerraba dejando un dedo dentro y nos saludaba a su manera.

Casi todas sus frases empezaban así, “en Ingalatera…” y a continuación decía algo que hacían allí pero no aquí o, al revés, algo que hacíamos aquí y  que allí, en esa Ingalatera suya, era impensable. Por ejemplo, comprar el pan, costumbre que le parecía de lo más extravagante y que le producía muchísima risa. Después de reírse un rato de que la gente saliera a la calle con el único objetivo de comprar el pan, seguía su camino leyendo y andando, leyendo y andando.

 

Con Katya empezamos a introducir temas de conversación que a nosotras nos parecían muy profundos. Nos gustaba ser profundas y un poco atormentadas. Hablábamos mucho de la muerte, tal vez porque se acababa de morir nuestra abuela Mila y habíamos visto cómo la se la llevaban dentro de una funda azul con una cremallera. Esa escena nos había impactado pero al mismo tiempo nos sentíamos importantes por haberla presenciado y poderlo contar.

En una de esas conversaciones profundas y atormentadas, Katya nos dijo que en su casa no creían en Dios ni en que hubiera otra vida después de esta y luego añadió algo que me pareció muy misterioso y me dejó bastante desconcertada, “si acaso en un Dios B”. La de vueltas que le di al dios alternativo de los Boswell. Si no entendía al A y empezaba ya a desconfiar de él, mucho menos iba a comprender  al nuevo  de la letra de la puerta de enfrente.

Intenté hablar con mi hermana del tema pero se encogió de hombros y solo me contestó, “bah, déjame, pesada”, se hacía la chula con Katya pero en el fondo no tenía un interés verdadero en la vida de ultratumba ni en las religiones. No sé por qué pero a falta de más datos, a  ese Dios B siempre me lo imaginé con forma de mosca gorda y zumbona,  revoloteando por la casa de los Bowell mientras el padre lo espantaba con el libro y decía, ” esto no pasa en Ingalatera ”

 

 

Congelaciones y enamoramientos

Atiende a lo que me acaba de pasar, se me pone la Noe esta mañana camino del metro, me he visto en ese escaparate y no me he reconocido, digo, ¿quién ese pibonazo ? y era yo, alucino toda, ¿te ha pasado a ti eso alguna vez? Si es que estoy para que me criopreserven, ¿que no?

Que sí, Noe, estás muy guapa y muy jamelga. Es que cuando acaba una frase con “¿que no? tengo que contestar “que sí”, eso ya está estipulado así desde los tiempos remotos en los que nos conocimos, allá por el preescolar, y mucho cuidado con no seguir la norma no escrita porque se desconcierta.

Lo de la congelación lo vengo pensando desde hace tiempo, me dice propinándome un codazo ancestral de nuestro pueblo, por si acaso me había distraído con el entorno. Y la verdad es que sí que me había distraído, pierdo el hilo con mucha facilidad y los entornos son para mí fuente de dispersión a cada momento. Para que me centrara me ha agarrado del brazo hincándome bien los dedos en modo ancla. Este es el plan, me dice, que me congelen ya mismito porque mejor que ahora nunca voy a estar, como será un tratamiento muy caro he pensado en ofrecerme como conejita de Indias.

A ver, Noe, tu plan falla, para eso tendrías que morirte primero.

¿Pero no se puede una congelar  y los sábados salir a bailar? Claro, no,  será como los filetes de pollo que una vez que los descongelas ya no hay vuelta atrás y o te los comes o los tiras, se me fastidió el invento, joer. Bueno, da igual, paso, y escucha esta, que es buenísima, te-ma-zo, me dice incrustándome un auricular mientras ella se incrusta el otro; “hoy rompemos la carretera, ella camina y tiembla la acera, el que no baile se va pa fuera”Me está entrando una marchuqui…

No estaría mal congelarla a veces, no. Menos mal que se baja en Sol y yo sigo unas cuantas paradas más porque la canción, pese a no ser larga, daba vueltas a lo mismo una y otra vez. Que si sandungera, que si guerrera, que si bandolera y la matadora meneando la caderas, esa era la idea clave.

Con el reguetón danzando a su bola y sin permiso por mi cerebro he llegado a mi sede empresarial, que diría la Esme. Allí he hallado al Jacobín ya preparado para ir al colegio, la mochila de dinosaurio colgada de la espalda y el mismo bicho en la mano, qué monotemático es. En el ascensor hemos coincidido con la vecina de enfrente, una muchacha de unos veinte años con una trenza larga y rubia tal que una princesa de cuento.

El Jacobín, al verla entrar, se ha escondido el dinosaurio en la espalda y ha puesto cara de físico cuántico. La chica le ha preguntado muchas cosas, le ha alborotado el pelo y ha sido de lo más simpática con él, se ve que ya se conocen de otras veces y le hace gracia el chiquillo.

Cuando hemos salido a la calle y cada uno nos hemos ido por nuestro lado, el niño se ha dado la vuelta para mirar a la de la trenza una vez más, antes de que desapareciera por la esquina y ha dicho ensoñador y suspiroso “Jimena”. Acto seguido ha  sacado otra vez el dinosuario y se ha puesto a rugir a los viandantes como un poseso. Para mí que este tiene un enamoramiento típico de los cuatro años. Lo sé porque yo también me enamoré a esa edad de Alfredo el frutero, era rubio y llevaba pendiente.

 

 

Todo muy proceloso

No contenta con escribir novelas totales en las que está contenido el mundo entero, con diseñar inventos visionarios o estrafalarios, según se mire, y con iniciar negocios a cual peor, la Esme ahora también pinta. Por lo menos esta mañana estaba pintando y parecía muy pero que muy enfrascada en su nueva vocación.

Anda, Esme, ¿qué haces pintorrojeando?, dicen que es relajante. Por la cara que me ha puesto levantando la cabeza del, llamémoslo lienzo, creo que le ha molestado mi pregunta. Es muy picajosa, de toda la vida desde que yo la conozco.

Perdona, guapita de cara pero esto que hago no se denomina pintorrojear, el verbo correcto es pintar, mira que avanzada voy, ¿te gusta?

Huy, sí, me encanta ese corazón negro que has dibujado, espero que no tenga que ver con tu percepción del amor o con un estado de ánimo especialmente difunto.

Qué corazón ni que leches, esto es un mirlo, ahora le voy a hacer el pico naranja y verás. Ya está, con pico y todo y en el pico lleva un gusano. Lo he subido encima de la Paulonia Tormentosa, mi árbol preferido. La verdad es que se ha subido él solito, míralo en la realidad ahí enfrente, todavía no me atrevo a pintar sin copiar del natural pero esta misma tarde ya me voy a ir atreviendo. Está hoy el mar muy proceloso, va y me salta para acabarme de desconcertar.

¿Qué mar, Esme?, te recuerdo que aquí no tenemos mar, ¿no será el estanque o la fuente esa? Procelosa sí que está,  podían limpiarla un poco, he dicho por si proceloso era sinónimo de asqueroso y colaba.

Ja, si ya sabía yo que no sabías el significado, no te lo voy a decir para que te fastidies por llamar pintorrojear a mi arte, pero que sepas que todo es proceloso, pero todo, todo. La  vida lo que más y como la vida contiene a lo demás…saca tu propia conclusión de dónde nos han metido sin habernos preguntado.

Hja, Esme, si también eres filósofa, te estoy empezando a visionar como a la Leonarda da Vinci del parque, no hay disciplina con la que no atrevas. Eso sí, las dejas todas a medias.

Claro, lista, porque no tengo mecenas. Dame unos Médicis o un rey de Francia y verás como no me interrumpo tanto, ¿ves?, ya me he desmotivado al pensar que esto también quedará en nada como todo lo que inicio con tanta ilusión,  ¿y qué hace una persona de hoy mismo cuando se desmotiva y desilusiona?, pues eso que estás pensando, de cabeza a internet. Voy a sumergirme y a ver qué me encuentro. Madre míaaa, cómo están de  revueltas y de corruptas las aguas, qué mareo y qué mal olor, mejor me salgo y sigo pintando, en el arte está la salvación, empiezo a verlo claro, ¿quieres que te haga un retrato con la Morganina?, es que el  puñetero mirlo no se está quieto. Venga, arranca esa flor y siéntate ahí mismo con la niña en brazos.

Qué aburrimiento, no nos dejaba movernos y la Morganina todo el tiempo se quería comer la flor igualito que en el bar del Toni. A cambio de  la tortura del posado me ha entregado un dibujo de lo más…de lo más…De lo más.  Dice la Leonarda del Retiro que es una tabla sobre lienzo y que somos una representación contemporánea de la Virgen del clavel. Ahí la he dejado, riéndose sola, dice que la risa también es la salvación. Por encima de su loca cabeza se cernían unos  procelosos nubarrones.  Que ahora sí  sé lo que que quiere decir, o lo deduzco del contexto.

 

 

La playa de Alicia

Alicia, nuestra vecina y amiga que era hija única, tenía una casa en la playa. De la casa de la playa nos hablaba mucho su madre, su  intención era llevarnos unos días a mi hermana y a mí para que su hija no se aburriera pero  quería que apareciera antes nuestro deseo que su invitación ¿Sabéis que desde la cama de mi dormitorio veo el mar?, nos decía.Y extendía el brazo haciendo un movimiento de oleaje para tentarnos. Abras la ventana que abras,  hummmm, un olor a sal inunda las pituitarias. Y por la noche,¡ cómo se duerme!, al nivel del mar parece que la cama te absorba.

A mí eso de que se durmiera bien no me parecía interesante. Tampoco lo del olor salino inundando las pituitarias me emocionaba lo más mínimo, entre otras cosas porque no tenía ni idea de qué eran las pituitarias, sonaba a plantas rojas que crecían en las ventanas, justo las que abría para que se inundaran. Pero de una manera indirecta sí que consiguió despertar muestro deseo de ir a esa casa idílica rodeada de azul y sobre todo a la playa de Alicia, como ella la llamaba. Para confirmar que era tan maravillosa como su madre aseguraba le preguntábamos a nuestra amiga que solo nos contestaba con escuetos: sí, está bien, es muy larga. Solo vamos por la mañana, todos los días me compran helado.

Playa larga, helados a diario, suficiente con eso. Ya queríamos ir más que ninguna otra cosa en el mundo. Cuando nos invitó estábamos convencidas del todo y mi madre más, feliz de perdernos de vista unos días. Sin embargo,  en el coche me entró una inesperada angustia al dejar atrás mi casa, pensé que jamás regresaría  ni volvería a ver a mi familia,  tenía mucha facilidad para situarme mentalmente en dramas terribles, casi siempre relacionados con la orfandad.

Los malos pensamientos me los disipó la madre de Alicia, que viajaba delante con su perro cocker en brazos, con sus demostraciones cantoras. Ya veréis cómo canta Currito, venga, Currito, canta. Y entonces cantaba ella con una voz muy aguda y el perro ladraba excitadísimo dándole la réplica.Así se pasaron buena parte del viaje hasta la playa de Alicia que resultó estar en Castellón y no ser solo suya, como yo me había imaginado.

Tampoco la casa se ajustaba a mi fantasía, ni estaba llena de pituitarias rojas en cada ventana ni el mar entraba por la puerta; era un apartamento pequeño, sin flores y con muchas latas de atún dentro de los armarios. Desde el cuarto de los padres de Alicia sí se veía a lo lejos algo de mar detrás de otros edificios,  pero desde el nuestro lo que se veía era la parte trasera de un supermercado con sus camiones descargando alimentos. Qué pintoresco, ¿verdad?, nos dijo la señora cantora y Currito ladró corroborándolo.

Pese a la ligera decepción, estábamos contentas, la playa tenía mucha arena blanca para jugar, era larguísima  y, más que nada, estaba el mar donde nunca se podía ser infeliz. Pero tenía razón Alicia, sólo nos llevaban por las mañanas. Por las tardes, después de tenernos encerradas en el cuarto de las vistas pintorescas para que durmiéramos la siesta, lo que jamás hicimos, hacíamos supuestas excursiones. En realidad no nos bajábamos del coche, recorríamos pueblo tras pueblo hasta que nos hacíamos pis y parábamos en alguna gasolinera intermedia. La madre de Alicia se reservaba el canto para las distancias largas pero tenía otra costumbre molesta: ir leyendo en voz alta todos los carteles que veía.

Pescadería Vicente, Horno de Pan Ballester, Modas Jumar, Casa Mata, Peluquería María Luisa y así hasta que entrábamos en la carretera donde no había carteles y no le quedaba más remedio que dejar de leer. El padre, un señor enorme con los ojos verdes y unas cejas muy pobladas, no decía nada, solo conducía y sonreía, parecía muy feliz y relajado. A mí en esas excursiones por los pueblos de Castellón me brotaba de nuevo la angustia del principio. Quería volver a mi casa, añoraba todo, hasta lo que no me gustaba, pero no me atrevía a decirlo para no parecer una boba. Se suponía que nos lo estábamos pasando bien y nos compraban una bola de helado cada día después de cenar ensalada de atún o bocadillo de atún o tortilla con atún.

Por las noches, la cama que me había tocado y que no debía de estar al nivel del mar como las demás,  no me absorbía, más bien parecía que yo le caía mal y quería expulsarme,  en mi mente insomne seguía  viendo la larga cinta gris de la carretera. Ahí me di cuenta de que era una  pésima viajera,  que me adaptaba muy mal a las novedades y a los cambios de escenario y que aborrecía  el atún en lata pero también que al acercarme al mar se me olvidaban los males.

Porque cada mañana  me poseía una felicidad casi tan grande y enloquecida como la de Currito, que  se tiraba en marcha por la ventanilla del coche en cuanto lo veía asomar y tras correr ladrando y llorando por la arena, se lanzaba sobre él como un amante desesperado.

 

De la ciencia a la conciencia

Madre mía el Toni, qué malos humores desprende por las mañanas, solo le falta expulsar fuego por la boca cual dragón de los suburbios. Digo, hijo, Toni, alegra el careto que parece que en vez de ir a currar vas a hacerte el harakiri.

Lo preferiría, va y me contesta con el entrecejo más fruncido que ojos humanos hayan podido contemplar.

Le gusta mucho exagerar, eso de siempre, por eso no le hago caso, eso de siempre también. Anda, majo, no te hagas tanto la víctima que todos tenemos nuestras esclavitudes diarias. Yo tengo que aguantar a la Patricia y pasar la mopa por unos pasillos que no se terminan nunca y cuidar de dos niños que a veces se ponen muy pesados y lloran y portan virus altamente contagiosos.

Por lo menos a ti no te hacen fusionar y maridar, me dice. Creía yo que el Manolo era inmune a esas tonterías  y que íbamos a seguir siendo un ejemplo típico de cutre bar español donde la gente se acoda en la barra y ante una tapa de torreznos y otra de bravas pasadas de fecha, arregla el mundo y el fútbol. Un bar donde se habla de Trump, de lo ladrones que son todos los políticos, de los malos arbitrajes. Con eso ya tenía más que suficiente para odiar al ser humano pero no, todo puede empeorar y así ha sido, ha empeorado.

Pues a ver, a mí no me parece mal que os modernicéis un poco, si tú mismo estabas criticando lo de antes. El Manolo quiere innovar  el negocio porque ha visto que con eso va a ganar clientela, es sagaz.

Es humillante, me siento ridículo, se me pone sacando parte de su vena trágica, solo parte, menos mal.Tengo que ir por las mesas con una ensaladilla rusa a la que previamente hemos rociado de wasabi y explicar que está elaborada con productos de la huerta almeriense- mentira, lo compra en ¡Ay madre, la fruta!- fusionada con esencias orientales. A la tortilla de patata la recubre de pétalos de flores por encima, me temo que proceden de los geranios que tiene en casa,  gastrobotánica, lo llama y quiere que probemos a ver si nos sale eso de la luminiscencia con el pulpo a la gallega. Ayer nos tuvo toda la mañana ensayando guarrerías en la cocina. Lo que te digo, preferible abrirse en canal y se acabaron las gilipolleces.

Anda,Toni, pues yo eso de los experimentos lo encuentro divertido, mientras estás en la cocina haciendo mejunjes fusionados y maridados no aguantas al personal que es lo que a ti más te sulfura.

Sí, ya, que te crees tú eso, como tardábamos mucho en servir las mesas teníamos un motín al otro lado que ríete del que inició la Revolución Francesa, no sabes cómo se pone la gente cuando tiene hambre y el camarero no llega, he visto mi cabeza peligrar. El Manolo salió a calmar los ánimos diciendo que se esperasen un poco que estábamos pasando de la ciencia a la conciencia, que invocaba al postmaterialismo y que estábamos cociendo a fuego lento las emociones. La parrafada se la ha copiado tal cual a uno de esos chefs filósofos con muchas estrellas. Por un momento pensé que nos iban a matar, pero no, se quedaron como anestesiados asimilando las palabras. Habla en un lenguaje que nadie entienda y tiempo que ganas para salir por patas.

Raro suena pero lo mismo tiene razón, venga, Toni, tú no te desesperes que en cuanto la cocina experimental del Manolo se haga famosa, dale tiempo al tiempo, ganarás tanto dinero que por fin te podrás liberar del yugo del trabajo y te podrás ir al pueblo y pasarte el día triscando por los  montes como el troglodita que eres y leyendo poesía pesimista en grado sumo.

Platos en los que nada es lo que parece, me siento indigno, se ha ido diciendo, y perder la dignidad  es lo peor que le puede pasar a un hombre. Polvo de gamba y corteza de acacia madrileña,  hay que joderse,  ha dicho también, eso ya no sé por qué.