El callejón

Que la pelota se colara siempre en casa de Merche y no en cualquiera de las otras casas no tenía mucha explicación. No, porque ellos tres iban avanzando por el callejón dando patadas a la bola y pasaban por delante de todas  hasta llegar al final. En ese final estaba la que hacía de cierre, era la más grande y  tenía una verja muy alta y cuatro  cipreses que parecían soldados guardianes además de una cámara de vigilancia que movía su ojo de cíclope de  un lado a otro.  Ahí daban la vuelta y continuaban   hasta el otro extremo. Y en ninguna se les colaba la pelota, salvo en la de Merche.

Cruzaban por delante de la de Lautaro, el escultor, con su jardín asilvestrado,  lleno de gatos, por la de las tres mujeres (hija, madre y abuela) con su acicalado porche lleno de bunganvillas , por la de Isidro, el hombre que tenía un huerto  en la parte trasera y por la de ellos dos, donde veían la cabeza de su padre agachada sobre un libro. Como si fuera un muñeco con radar detector de hijos,  les advertía cada vez “no salgáis de la calle”. Después venía la de Merche y por último la  de Silvio, su amigo, esa siempre estaba vacía.   Era  la última o más bien la primera y ya no podían seguir avanzando porque empezaba otra calle más grande,  con coches circulando. Esa calle se llamaba  “Mira el pez”. Al fondo. abajo,  estaba la playa, el mar y los peces que había que mirar.

Pero ya no querían ir por las tardes a la playa a pescar cangrejos a las rocas,  no querían desde  que habían conocido a Silvio. Como él no iba, ellos tampoco. Antes de conocerlo no sabían que un chico se pudiera llamar así, tenían una prima Silvia pero Silvio… se hubieran reído del nombre cuando se presentó de no haber sido él un poco mayor, de no haber tenido ese pelo  largo que le tapaba uno de los ojos  o de no haber chutado con tanta fuerza una pelota que además era suya. Dijo: me llamo Silvio, movió la cabeza para apartarse el mechón que le tapaba el ojo izquierdo y  chutó como si rubricara, firmó con una trazo aéreo y la pelota cayó dentro de la casa de Merche. Entonces  gritó, “Mercheeeee, la pilota”. También se hubieran reído de que no supiera decir pelota, en el caso de que no se hubieran dado las anteriores circunstancias y en el caso de que les hubiera dado tiempo, lo que no ocurrió.

Al instante, como si se tratara de magia, la pelota apareció por encima de la verja y rebotó sobre sus pies.  A Merche no la vieron, ni esa vez ni nunca pero cada vez que  la pelota caía en su casa y cayó muchas veces, ella,  invisible desde el otro lado, se la devolvía. Jamás  protestó  ni les dijo, “dejad ya de colar la pelotita o id a jugar más lejos o tened cuidado que me estoy cansando,  ya no os la devuelvo más”. Eso nunca pasó.

Merche como mucho decía, “vaaaaa” y la pelota volvía dócil a los pies de los tres.  O no decía nada y la pelota también volvía y además con gran rapidez.  Tal vez Merche viviera solo para devolverles la pelota y  se divertía esperando escondida del otro lado de la valla porque no tenía otra ocupación esas tardes del verano. Igual que ellos tampoco tenían otra ocupación que la correr pasándose la pelota  de un extremo al otro del callejón  hasta llegar a la calle Mira el pez donde se paraban y  asomaban un poco  la cabeza, por si acaso.

 

 

En confianza

María Luisa ya se iba sintiendo cómoda con todas esas damas aristócratas  de la sala que custodiaba. En un principio le impusieron un poco, debido a su prestancia y, como ella decía, a su abolengo.

Pero a fuerza de verlas todos los días y durante tantas horas,  la distancia se había ido acortando. Es verdad que siempre estaban en la misma pose lo cual no ayudaba mucho a establecer una relación fluida y de tú a tú,  pero al mismo tiempo resultaba tranquilizador. Con ellas sabía a qué atenerse, no había sorpresas,  lo que no siempre pasa con los que se pueden mover y cambian de postura, lugar, sentimientos y opiniones a poco que te despistes.

Os veo más que a mi familia, guapas, les decía con el pensamiento cuando estaba sola. Más que a mi propia familia.

Su propia familia era más bien escueta, tenía una hermana melliza y un hijo. Su melliza, María Jesús, se había ido a vivir a una ciudad con mar, “por amor”, según ella misma se encargaba de recalcar a la mínima ocasión. La melliza le mandaba vía guasap y vía otras redes sociales muchas fotos del citado mar con ella incrustada y con su amor incrustado a su lado,  subtituladas más o menos así, “aquí, con las olas” o “aquí,  feliz y rodeada de azul”.

Algunas veces María Luisa deseaba que una de esas olas le pegara a su melliza un buen empujón y se la llevara, con el amorzote incluido, bien dentro del  azul. A ver si desde los fondos abisales era capaz de  mandar otra foto de “aquí, en la gloria”.

Claro está que al momento se arrepentía de sus malos pensamientos, “qué haría yo sin mi melliza, qué haría yo sin  Mariaje”. Y  se respondía ella sola: más o menos lo mismo que ahora, trabajar en la sala de un museo ocho horas al día, solo que con un gran vacío interior, con un agujero doloroso. Otro más.

En cuanto al hijo, de nombre Josué, no era malo, lo que se dice malo de preocupar pero bueno,lo que se dice  bueno de contentar, tampoco. Era poco comunicativo y las frases que más salían de sus labios eran “¿ta la cena ya, ma?” o “taluego, ma” o “la paga, ma”.

Una de las damas de los retratos tenía también un hijo, bastante feo y escuchimizao, parecía de la misma edad que su Josué ¿Qué tal se te porta?, estuvo a punto de preguntarle una mañana  y al momento se asustó por si se estuviera volviendo loca. No sería raro, pasaba todo el día sola, encerrada en esa sala sin ventanas, en penumbra y con las mujeres pintadas rodeándola, mujeres de otro siglo y de otra clase social.

Aunque sola en realidad no estaba, venían muchos visitantes a contemplar a las damas pintadas y eso la mantenía en tensión, en mucha tensión. Su misión, le habían dicho en la entrevista de trabajo, será custodiar las obras de arte y vigilar para que no se produzcan incidentes lamentables. Le había gustado mucho aquello de la misión y más todavía  acompañada de la palabra custodiar pero lo de los incidentes le daba más miedo que otra cosa. Estaba decidida a que no se produjera ni uno solo y para eso mantenía una extrema vigilancia.

Ni una dejaba pasar. Había momentos  tranquilos en los que los visitantes se desplazaban como bancos de peces y fluían por su espacio en silencio y sin desmandarse pero otros no eran bancos de peces organizados y rítmicos sino un desmadre de seres diversos  e impredecibles, dotados de pezuñas más que de pies, a los que no podía quitar el ojo de encima.

Esa mañana, una mañana brumosa y helada del mes de febrero, ya había tenido que llamar varias veces la atención.

Una mujer había apuntado con un bolígrafo a la dama de las flores y el vestido rojo,  como si quisiera corregir algún detalle de la pintura, otro visitante había acercado  su cabeza  hasta casi pegarla al delicado perfil de su amiga la pálida del traje verde y otro más había estado a punto de rozar con sus basto abrigo la delicada tela de tul de la dama del jardín.  Por no mencionar a los que hablaban a gritos y se reían como bestias sin tener en cuenta que estaban ante mujeres obras de arte.

Ella, sintiéndose poderosa con su uniforme azul, reeprendía y contenía, ejerciendo muy bien su misión de custodia y no dejó de controlar a los díscolos hasta que no los perdió de vista en la sala contigua. Tenía ensayado un giro de botas muy marcial con el que ponía fin a la reprimenda y se alejaba hasta una esquina para seguir vigilando en la sombra.

Cuando al fin hubo un momento de paz, a eso de las dos, y se quedó sola, se sintió cansadísima y con necesidad de soltar la tensión acumulada.

A ver, guapas, les dijo en voz alta  por primera vez sintiéndose muy a gusto y en total confianza, esto de custodiaros me tiene molida y vaya dolor de piernas. Muy finas y muy de abolengo y mucho presumir  pero estáis  muertas. Ya sé yo que también pasariáis vuestras penurias, no todo habrá sido tan idílico como se ve en estos cuadros. A mí no se me engaña tan fácil, es como lo de las fotos de mi hermana, claro que ella nunca será obra de arte y vosotras sí. Me gusta mucho tu jardín,  pero tú, ese bicho que llevas enrollado al cuello…no me va el maltrato animal, salvo al cerdo sintiéndolo mucho, es que me pierde el jamón, no lo puedo remediar.

Dos visitantes silenciosos habían entrado en la sala, más que a los cuadros contemplaban primero con asombro y después con risas contenidas el monólogo de  María Luisa.

Cuidado con tocar  y no me sobrepasen la línea de seguridad, dijo ella estirándose el uniforme y recobrando la compostura. No quiero lamentables incidentes. Carraspeó,  se sacó del bolsillo un caramelo Wherter,s Original, a los que era adicta,  y se lo metió en la boca para consolarse.

 

 

 

Siete, cuatro, ninguno…

Silencio, silencio, se dijo a sí misma Eleonora, mucho silencio. Salió de puntillas procurando no rozar  ningún objeto, cerró la puerta con el mayor cuidado posible, giró muy despacio la llave y antes de salir del todo miró el castaño sin hojas donde se posaban los gorriones y los contó: siete. Contarlos era un ritual. Solían ser siete aunque algunas veces variaba el número. En ese momento del día eran siete.

Silencio, silencio, les dijo a sus zapatos que se empeñaban en hacerse notar, ¿o eran las piedras del camino las que querían llamar la atención?, shhhhhh, a callar, a callar, les ordenó haciendo más ruido que las propias piedras. No mucho  pero al parecer sí lo suficiente para que la mujer que vivía en la casa de al lado, su vecina Consuelo,  saliera a la ventana. Así asomada y a esa distancia parecía una muñequita de reloj, solo le faltaba dar tres vueltas al ritmo de alguna música. No las dio y música no había,  lo que sí hubo fue un grito rompiendo la mañana clara y helada: Eleonoraaaaa, juenos días, guapa, ¿ya te vaaaas?

Le gustaba hacer preguntas tontas del estilo de “¿ya te vas?” cuando veía que se estaba yendo o “¿ya de vuelta?” Cuando comprobaba desde su ventana que  volvía.  Tenía algún problema de dicción con la letra be, pero no siempre, la cambiaba por jota pero tampoco siempre, solo en algunas palabras.

Yo tengo que salir luego a cambiar unas cosas, quiero comprarme una crema juena, pero de las juenas de verdad. Acuérdate de cómo se me puso la cara con esa otra, llena de granos, ¿a que te acuerdas?

Sí que se acordaba, sí, hubiera preferido no almacenar semejante imagen desagradable en su memoria pero la cara llena de granos de Consuelo estaba a buen recaudo en algún cajón de su cerebro, como si importara. Si se pudiera hacer limpieza de esos cajones…

No te entretengo que ya te vas, si viviera Piloto sería su hora de salir, la nuestra, y te podríamos acompañar un trecho hasta el autobús,  pero ya no vive, ¿te acuerdas de Piloto, a qué sí?

También se acordaba de la cara babosa de ese perro pero con menor nitidez que de la de Consuelo con aquella erupción.

Era de una inteligencia que ni te quiero contar (sí que quería), dijo Consuelo asomándose un poco más a la ventana y pareciendo todavía más la muñequita de un reloj con forma de casa. Mira, es que lo estoy viendo cuando se comió las chuletas de Jose Ángel, visto y no visto el animal y ponía esa cara así, como de “pero si yo no he sido, si soy jueno”. Consuelo puso cara de perro triste, había que reconocer que lo clavaba.

Y la coneja, madre mía la coneja, ¿te acuerdas de Peludita? No era tan inteligente como Piloto, eso no, pero también tenía lo suyo y para ser de su raza era bastante sociable, es que los conejos no se relacionan tanto como los perros, entiéndeme, son otra cosa. Con el perro se llevaba bien, siempre que no quisiera jugar con ella, a ella no le gustaban los juegos, era cosa seria, como una profesora o algo así, como una estudiosa, como tú que también me pareces profesora o estudiosa,  entonces, mira, hacía así con las patas, zas, zas, empujándolo.

Consuelo hizo con sus propias manos el gesto de empujar con las patas, Eleonora no sabía cómo lo conseguía  pero se transmutó en una coneja, le maravillaba la capacidad de metamorfosis de su vecina, tanto que se le estaba olvidando que quería irse, que no quería estar ahí plantada aguantando el rollo de las mascotas muertas.  Se les coge mucho cariño a los animales, es verdad, dijo por decir algo, ella nunca había convivido con animales ni ganas. Me  tengo que ir, dijo avanzando el pie derecho y girando el cuerpo, que tengas buen día, Consuelo.

Ya te digo, cariño del jueno, pero si hasta la tortuga que tuvimos, jajajaja, qué risa, se llamaba como tú, Eleonora, se lo pusieron los niños, no te vayas a creer que yo…, tú tortuga no pareces,  es que coincidió que te mudaste y que les regalaron la tortuga, ¿nunca te lo había dicho, verdad? De Eleonora no te puedes acordar porque se murió enseguida, le dije yo a Jose Ángel, mira que si se muere ahora también la nueva que ha venido, qué cargo de conciencia. Y  me dijo él por todo decir,  qué tonterías, hija, qué tonterías. No te has muerto, bien viva que estás, te veo cuando sales para el gimnasio, pim pam, pim pam, digo, ya va para el gimnasio a todo trote.  No te puedes acordar de la tortuga, era monísima, con una carita como de sueño que le asomaba por el caparazón, tener que ir siempre con eso encima no tiene que ser cómodo pero supongo que se acostumbrarán y como no han conocido otra cosa…Nos pasa a los humanos pues a ellas también.

Consuelo, que ya había abandonado la ventana para desplazarse hasta la puerta, ejecutó allí mismo unos movimientos lentos, como de tortuga perezosa agobiada por el peso de su casa y de la vida toda.

Pero qué magnífica imitadora de la fauna era esa mujer, se admiró de nuevo Eleonora. Había que cortar de alguna manera, imitaba muy bien pero aquello se estaba haciendo interminable, con algunas personas la educación era peligrosa, se colaban a su través como por un agujero y una vez de tu lado te acogotaban.

Adiós, me voy ya, dijo muy seca y emprendió la marcha hacia la verja de salida sin mirar atrás. La voz de Consuelo se mezclaba con el sonido de sus pisadas sobre el sendero de piedras.

Los animales te dan mucho cariño, algunos más que otros claro, Eleonora era muy de ir a lo suyo pero a su manera también era cariñosa. Voy a recoger un poco la casa y salgo yo también. Está casa se ha quedado muy solitaria, sin los chicos, sin las mascotas, sin Jose Ángel, daba mucho trabajo y no le gustaba que le hablara pero estaba, que ya es algo. Una presencia. Mira, cuatro  gorriones en el árbol, qué salados son.

Casi sin darse cuenta, Eleonora se giró a mirar, contó, había siete, no cuatro. Son siete, acabo de contarlos.

Cuatro, siete, seis, los que sean, qué graciosos son, yo creo que están durmiendo, parecen bolas de plumas.

Consuelo se infló, imitándolos. Deshizo la imitación porque se acababa de acordar de otra cosa, ¿sabes lo que también tuvimos? Si es que esta casa ha sido…aquí ha vivido de todo, ¡una mantis religiosa!, la trajo mi hijo el del medio, el que te rompió de una pedrada el faro del coche, ¿te acuerdas de eso, a qué sí? No sabemos por qué lo hizo, no lo sé, no lo sé, nos decía, me entraron ganas,  lo sentimos mucho pero ya se arregló,  qué cosas los chicos, ¿verdad?, tú, como no tienes… mejor para ti, así te puedes ir por las tardes al gimnasio, que te veo yo salir. Y no te dan problemas ni te dejan sola de repente porque como sola tú ya estás… porque quieres, entiéndeme,  que no es lo mismo que no querer.  La mantis estaba dentro de un terrario y allí pasaba los días, muy tranquila, era juena.

Consuelo dobló los brazos y a Eleonora le pareció que se alargaba, que la cara se le triangulaba y  los ojos se le volvían grandes, esquinados y  globulosos.

Ahora sí que me voy, dijo horrorizada y echó a correr. Tres gorriones volaron hacia el árbol de enfrente.

¿Qué te dije?, son cuatro. Los acabo de contar. Y ahora… ahora ninguno.

Siete, cuatro, ninguno…

 

(Dedicado a Olga/Rubal , que me sugirió el tema.)

Los árboles (Herman Hesse)

Los árboles han sido siempre para mí los predicadores más eficaces. Los respeto cuando viven entre pueblos y familias, entre bosques y florestas. Y todavía los respeto más cuando están aislados. Son los solitarios. No como ermitaños, que se han aislado a causa de alguna debilidad, sino como hombres grandes en su soledad.

En sus copas susurra el mundo, sus raíces descansan en lo infinito; pero no se pierden en él, sino que persiguen con toda la fuerza de la existencia una sola cosa : cumplir su propia ley, que reside en ellos, desarrollar su propia forma, representarse a sí mismos.

Los árboles son santuarios. Quién sabe hablar con ellos, quien sabe escucharles, aprende la verdad. No predican doctrinas ni recetas, predican, indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida.

(Del libro “El caminante”)

 

 

Efímera

Este fin de semana he estado en una librería llamada “Efímera”, era tan efímera  que solo duraba un día. Su objetivo era ofrecer un espacio para que las editoriales independientes y pequeñas expusieran sus libros, dieran a conocer su trabajo y vendieran.  Entre esas editoriales estaba Piezas Azules. Pero no he venido a esta entrada a hablar de nada personal ni vendible,  como seguro que estáis empezando a temer, sino de lo efímero. Los editores son efímeros, son efímeros los autores, los libros que entre ambos producen son también efímeros, por mucho que los que escribimos queramos, de algún modo, permanecer un poco más a través de nuestras palabras, ser un poco menos efímeros.

Todos con los que me he cruzado esta mañana por la calle pisando hojas ya descoloridas y , efímeras de color y forma, son efímeros y con los que no me he cruzado también lo son. Y efímero es el suelo que pisamos y nuestro planeta girante es efímero, lo cual no es ninguna novedad y de primicia ya ni hablamos.  Esto no pretende ser pesimista, lo efímero tiene su encanto, que todo se nos escape de las manos y que hasta las mismas manos se nos escapen,  permite que mientras tengamos algo posado en nuestras palmas lo podamos admirar y tratar con cariño, si es que lo posado nos agrada. Y también es un consuelo para cuando lo que se nos posa es pesado, molesto de transportar, aburrido o doloroso.

Ser efímero es ligero y liviano,  me agrada  ser efímera y que todo lo demás también lo sea. Estás un rato, haces lo que puedes, a ser posible algo bueno y bonito,  con los efímeros materiales que te han sido asignados y te vas para dejar sitio a nuevos efímeros.

Más o menos como los asistentes a la librería Efímera, algunos iban con sus niños, les daban la merienda y se iban, otros pasaban a curiosear, se sentaban en el rincón destinado a que los editores hablasen de sus productos, y tosían de forma compulsiva y hasta convulsiva con efímeras toses que por momentos parecían eternas.

Los editores se miraban unos a otros, se relacionaban o no y hasta se compraban libros entre ellos o no.  Los lectores investigaban el territorio libresco, miraban las portadas, abrían páginas, leían algún párrafo o tan solo una línea, a veces con una línea basta para saber si te va a gustar  el contenido completo. Con suerte descubrían historias que les atraían, historias destinadas a retener un poco los instantes efímeros de la vida, que son todos,  a sujetarlos con las chinchetas de las letras sobre el papel. Algunos compraban, otros solo se daban un paseo entre el ruido, que era mucho, y las mesas y los libros, que también eran muchos, (¡cuántos libros efímeros existen!, puede que demasiados),  se llevaban gratis  marca páginas, (eso también lo hice yo) o lucían modelos estrafalarios (esto no). Me gustó una efímera visitante que se paseaba muy digna con un vestido verde brillante, largo hasta los pies y un bolso en forma de regadera. Ya que estoy aquí de paso que no pase desapercibida, hay que dejar huella  como sea, pienso yo que se diría mientras se tuneaba para la ocasión.

En el metro de camino a casa descubrí que no me quedaban viajes en el abono transporte, qué efímero es, y tuve que cargarlo en una máquina. Algo debí de hacer mal,  -me cuesta entender a los seres con botones-,  porque se puso a hablar sola con esas voces tan impertinentes de las máquinas, que no entran en razones porque no saben, no están programadas para la flexibilidad. “Su título no es válido”, decía ella sin parar y no sé si en venganza o porque se había bloqueado, más bien la había bloqueado yo de tanto pulsar sus teclas,  no me devolvía la tarjeta ni el dinero. Vino a socorrerme un efímero empleado bastante paciente pero cuando me fui,  la máquina todavía  seguía hablando sola,  sobre la duración de la paciencia del empleado prefiero no pensar.

Alguien, después de una de esas comidas y bebidas que se celebran  para celebrar que pronto habrá más comidas y bebidas,  había vomitado en el suelo del vagón. Flotaba  un asqueroso, pero por suerte efímero olor ácido.

De tanto repetir efímera se me ha borrado su significado, ahora me parece el nombre de una mujer flaca, con la nariz ganchuda y una falda gris. María Efímera la antipática. Eso en su versión negativa, que también la tiene y  para contradecir todo lo que acabo de decir.

En su versión positiva me la imagino como un hada juguetona y transparente, muy inquieta, que se aburre de todo enseguida y por eso va destruyendo y creando al mismo tiempo, por experimentar y armar líos.

 

Gorriones

20191212_173844.jpg“Los gorriones son los niños del aire, la chiquillería de los arrabales, plazas y plazuelas del espacio.” (Miguel Hernández)

Un pájaro humilde y cotidiano que está desapareciendo 😦

Y no, no es culpa de los gatos de la entrada anterior.

Los gatos frustrados

Los gatos con vocación de pájaro se subieron al árbol y desde allí hicieron varios intentos de alzar el vuelo.  Al primero, cayeron de patas al suelo. Orgullosos como eran, miraron a su alrededor por si alguien había visto su fracaso y para disimular,  se estiraron con elegancia, como si caer hubiera sido su pretensión primera y su pretensión segunda hacer unos estiramientos.  Uno de ellos se encaramó de nuevo dispuesto a volverlo a intentar,  el otro se demoró rodeando el tronco, operación que aprovechó para  rascarse el lomo, pero después, siguiendo a su compañero,  subió al árbol.

Tenían una gran habilidad para estar sobre las ramas y puede que fuera eso lo que les había hecho creer que volar sería tan sencillo como estar posados. Sus cuerpos se acoplaban a las curvas del árbol de un modo tan natural que parecían frutos, frutos  grandes y bigotudos.

El día estaba gris, un gris brumoso amigo de los sueños, con él se arroparon y envueltos en su aliento húmedo, durmieron. Soñaron que volaban, era tan fácil en sueños, ni siquiera les hacía falta tener esas plumas ni esas alas ni esos cuerpos de huesos ligeros,  con los suyos de gato podían volar, bastaba un suave impulso, la sola idea del impulso,  que en realidad era el simple deseo de volar, y ya estaban ingrávidos surcando los tejados rojos, verdes y azules, atravesando nubes, sintiendo el abrazo del cielo.

Una especie  de  temblor  los despertó, abrieron muy despacio las rendijas de los párpados. Un grupo de  corredores acababa de pasar por debajo del árbol, los gatos no tenían vocación de corredores, ninguna, los miraron con desdén queriendo regresar marcha atrás al sueño, hundirse en él de nuevo. No pudieron, la puerta se había cerrado. Eran dos gatos sobre la copa de un cinamomo sin hojas, con sus bolas amarillas colgando. Dos gatos un poco ceporros, a decir verdad, soñolientos.  Se miraron el uno al otro y luego miraron el horizonte por donde despacio se fugaban las nubes con vocación de nubes, plenamente realizadas.

Por segunda vez saltaron con la intención no de bajar sino de subir, pero bajaron, hasta el suelo bajaron,  la sola intención no era suficiente. Repitieron la rutina anterior de estiramientos variados y  para consolarse  comieron de un pienso que les habían puesto en una esquina, dentro de un recipiente de plástico. Volvieron al árbol saciados de cuerpo pero insatisfechos de espíritu y desde allí miraron el mundo que no les dejaba ser lo que querían, frustrados. Tal vez si se comían un pájaro o más de uno, adquirirían la habilidad que les faltaba. Tensos y al  acecho, esperaron.

No mucho. El  día estaba muy gris y húmedo, ese gris venía cargado de sueño,  de flojera, de oníricas promesas,  sus músculos en tensión se fueron soltando, la puerta cedió, se deslizaron entre nieblas por un largo pasillo hasta llegar al otro lado, al lado donde sí se les concedían sus deseos. Los gatos frustrados  volaron la ciudad entera hasta dejarla atrás y llegar  planeando a los largos campos. Pájaros verdaderos entraban y salían del árbol vigilando con un ojo el sueño de los gatos.