Vaya tres simpaticonas

Vengativas y sin piedad, así eran las  tres hermanas Erinnias. Su misión: perseguir a los culpables de crímenes, atormentarlos, volverlos locos y no concederles ni un momento de paz. Tanto las temían los antiguos griegos que no se atrevían a llamarlas por su nombre verdadero, no fuese que se ofendieran y se desatara su cólera, y lo sustituyeron por otro de significado contrario. Por eso también se las  conoce como las Euménides o Benévolas y en plan ya más pelota, venerables diosas. Todo por evitar su ira y su rabia.  En la mitología romana, por lo visto más valientes,  no se andan con tanto remilgo y las denominan las Furias o  las Terribles.

Si el nacimiento de uno influye sobre cómo será después, no es de extrañar que estas tres fueran tan cariñosas, comprensivas y  simpáticas.  Crono, harto de la maldad de su padre Urano que, solo por fastidiar,  no dejaba salir a los hijos del vientre de su mujer, Gea, le cortó los genitales y los lanzó por ahí, lo más lejos posible. Algunas gotas de sangre cayeron sobre Gea, y de esa mezcla de sangre y tierra nació este trío.  Se las considera divinidades del inframundo por oposición a las deidades celestes.

Recuerdan un  poco a las Harpías, también son tres, no tienen buena cara y  cuando se aparecen no es para entretener ni alegrar a nadie,  pero hay entre ellas una diferencia sustancial. Las Harpías hacían maldades porque sí, por sádico disfrute, las Erinnias no, ellas solo incordiaban si había un motivo que castigar. Ejercían un cierto tipo de justicia primitiva, más parecida a la venganza, ya que no atendía a razones ni a la razón.

Son Alecto, la implacable, encargada de castigar los delitos morales, Megera, perseguidora de los infieles y traidores y Titífone , que vengaba los asesinatos o delitos de sangre.

Para no perder las buenas costumbres llevaban serpientes enroscadas en los cabellos, (ya se sabe que cuando querían poner a alguien feo o terrorífico este truco siempre funcionaba), portaban látigos y antorchas encendidas, apagadas no hubiera tenido sentido, y de sus ojos manaba sangre en lugar de lágrimas. A veces también se las representa con  alas de pajarraco o de murciélago pegadas a  cuerpos de perro y ya tienes a las tres beldades dadivosas, alabadas sean por siempre jamás.

Vivían en el Érebo, la oscuridad, la negrura o sombra que llenaba todos los agujeros del mundo. (Ya intuían la materia oscura los griegos,  ¡qué genios!)  Solo se personaban en la tierra para castigar a los criminales. Como de criminales nuestro mundo siempre ha estado bien surtido me parece a mí que estas tres no estaban mucho en el Érebo, pobrecillas, cuánta trabajera,  todo el día apatrullando la tierra cual míticas Torrentes.

Eran justas pero no se conmovían ante nadie ni intentaban comprender los motivos de las malas acciones, desconocían el perdón, como en las películas del oeste, el que la hacía, la pagaba. Ningún rezo, ruego,  sacrificio o petición desesperada  las inmutaba ni les hacía variar de idea, de los atenuantes no querían ni oír hablar. Atormentaban a los que habían hecho el mal persiguiéndoles incansables con sus voces gritonas y estropajosas, recordándoles una y otra vez, de noche y de día, su crimen, hasta hacerlos enloquecer. Como sacrificio se les ofrecían lo que para ellas eran manjares: ovejas negras  y libaciones de nephalia, miel con agua. 

En el ciclo de la Orestiada de Esquilo aparecen en la última tragedia, las Euménides, en la que se describe el acoso que de estas tres  recibe Orestes  por haber matado a su madre, Clitemnestra. Dicho así parece que Orestes se lo merecía pero hay que tener en cuenta que estaba vengando a su padre,  Agamenón, que a su vez había sido asesinado por su mujer y el amante de ésta. Un lío de cuidado.

En este caso intervienen los dioses, se celebra un juicio y se falla a favor de Orestes, pero no era lo habitual, las Simpáticas no perdonaban a nadie, incluso seguían persiguiendo y atormentando a los que consideraban culpables más allá de sus vidas, ni muertos se las quitaban de encima.

Pueden ser estas tres un símbolo del sentimiento de culpa que tortura al que ha cometido un acto atroz sea o no castigado por la justicia. Lo que ocurre es que no todos los criminales poseen ese sentimiento, algunos tienen cerebros de verdad benévolos que se encargan de borrar de su memoria el mal cometido permitiéndoles vivir en paz o de hacerles creer que estuvo bien lo que mal estuvo.

En estos casos no sería mala idea que las tres hermanas negras despeinadas, como las llama en una de sus composiciones Garcilaso de la Vega, se acercaran a esas cabezas despreocupadas y bien pegadas a sus oídos aullaran con sus terribles voces. No digo yo que eternamente, no quiero ser  Erinnia,  pero sí, al menos,  por un buen rato durante unos cuantos días o meses o hasta años.

Casas de sueños

Cuando en la antigua Grecia alguien enfermaba  podía acudir, en vez de a un centro de salud,  a un Asclepeion o templo de curación.  El tratamiento básico, muy agradable,  consistía en soñar. El enfermo entraba en un cuarto que consideraban sagrado y practicaba lo que ellos llamaban la “incubatio” que no era otra cosa que dormir con el objetivo de producir sueños. Al despertar, relataba su sueño a alguno de los sacerdotes del templo, conocidos como latromantis, una especie de chamanes capaces de interpretar el significado de las narraciones oníricas, traducir sus símbolos y dar con la solución a los males del soñador.

 Algunos se curaban, muestra de ello es la cantidad de relieves votivos que se han encontrado en las diversas casas de sueños, en estos relieves aparece tallada en piedra la parte del cuerpo curado, -una pierna, un ojo, un brazo-, y se agradece a  Asclepio, el dios de la medicina al que estaban consagrados estos templos, el servicio prestado. Los que no se curaban tampoco se molestaban demasiado, lo atribuían a los designios divinos o consideraban, al igual que ahora, que la medicina no es una ciencia perfecta y seguían su camino arrastrando la pierna pocha o lo que fuera que tuvieran defectuoso.

Algo de trampa o ,digamos mejor de astucia, había en este asunto de la curación durmiente y es que a los enfermos muy graves o con riesgo de morir no les dejaban pasar a los templos. Ya sabían ellos que en determinados casos sanar era imposible y eso hubiera desprestigiado el buen hacer del dios Asclepio y los métodos de sus esotéricos sacerdotes, precursores de Freud y Jung.

A este dios  se lo representa con un bastón en el que lleva enrollada una serpiente. Los griegos gustaban mucho de enrollar sierpes a lo que fuera, tanto para simbolizar lo bueno, como es este caso, como para lo malo, como ya se ha visto en otros aderezos serpentinos cuyo fin era aterrorizar o repugnar.

Dentro de los cuartos del templo destinados a la incubatio, estos reptiles recorrían sinuosos el suelo mientras el durmiente hilaba sus sueños. Cómo es que lograban dormirse con esa compañía es algo que no me explico.

Asceplio era hijo de Apolo y de Coronis (nombre que no  trae muy buenas asociaciones pero no creo que tenga nada que ver),  fue educado por un centauro llamado Quirón quien le enseñó a reconocer y emplear plantas medicinales. No es lo mismo haber tenido como profesor de ciencias naturales a un señor llamado Abelardo, pongo por caso, por muy simpático y buen docente que sea, que al centauro  Quirón. Pero que ni punto de comparación. Tanto aprendió Asceplio de Quirón que, con el tiempo,  no solo curaba a los enfermos sino que también resucitaba a los muertos,  pero esto fue antes de morirse él mismo, luego ya perdió esa capacidad.

Así, más o menos, sucedió: a Zeus (qué cargante me resulta el jefe) no le estaba gustando tanta resurrección, le trastocaba su organización y estaba dejando el  inframundo más despoblado que El Matarraña (pueblo de Teruel). Mientras, en el sector de los vivos, encontrar vivienda empezaba a ser un problema y había que caminar dando codazos, entre otras muchas y variadas molestias derivadas de la aglomeración.  Además, si seguía perdiendo personal, Hades, el dios de los muertos se iba a enfadar por falta de competencias y Zeus no quería líos con su hermano de los barrios bajos.  Así que cortó por lo sano, sacó uno de sus rayos y se lo lanzó a Asceplion que murió. Electrocutado, supongo.

 Una vez muerto no se supo resucitar a sí mismo ni a nadie más, el que se moría ya era para siempre y sin remedio, como siempre había sido. Vuelta al orden, al equibrio entre la vida y la muerte y  se acabó el desmadre. Otra cosa es que se pudiera retardar el momento, en eso sí seguía siendo eficaz el señor de la serpiente enrollada en un bastón.

Para ayudarle contaba con su familia. Su mujer, Epíone, calmaba el dolor, su hija Higea se dedicaba a la prevención,  descargando así de trabajo a su padre, su otra hija, Panacea, repartía tratamientos a cual mejor, otro de  sus hijos, Telesforo, se encargaba de supervisar la convalecencia y los otros dos, Macaon y Podalirio eran expertos cirujanos.

Me resultan bastante curiosos los sacerdotes intérpretes de sueños de los Ascepliones, o lo que de ellos se cuenta. Algunos, como Hermótimo, Abaris o Aristeas, podían abandonar su cuerpo mientras dormían, lo dejaban tan ricamente acostado en la cama y se iban a dar vueltas por otros lugares no terrenales hasta que se cansaban de vagabundear y regresaban a sus fundas. De Abaris se dice que volaba por el mundo subido en una flecha, que curaba enfermedades mediante cánticos y que libró al mundo de una plaga. Ya podría resucitar y darse una vuelta por aquí a lomos de su flecha mágica.

Mejor jamón que acelgas

Los humanos siempre nos estamos haciendo preguntas, algunas transcendentales como ¿para qué he nacido o qué sentido tiene esta vida mía?, otras más mundanas como ¿elijo ciencias o letras, Netflix o HBO? Y otras de lo más cotidianas ¿qué me pongo? Puede que para resolver algunas de nuestras dudas o indecisiones recurramos a google o algún otro buscador, que los hay aunque parezca mentira,  y dejemos caer un ¿qué pasa si…?   “Si no pago una multa, si una universidad se incendia, si te mueres”, son las primeras consultas que me han salido con esa introducción.  Si  la pregunta comienza con  ¿qué hago..? las dudas más consultadas son, ¿qué hago con mi vida, qué hago  si me aburro, qué hago para cenar, qué hago si estoy embarazada o qué hago si he estado en contacto con un positivo en covid. (que a esta alturas no lo sepan todavía…)

Como no hemos cambiado tanto por muchos siglos que hayan pasado, más o menos lo mismo les pasaba a los antiguos griegos. Ellos también dudaban, querían orientación antes de decidir para no equivocarse y anhelaban  saber más de lo que sabían de esta vida y su sentido en ella.   Internet y buscadores  no tenían, pero sí adivinos  a montones y unos cuantos oráculos.

Los adivinos utilizaban métodos muy variados para sacar sus conclusiones, algunos eran tan poéticos como escuchar el sonido que hacía el viento agitando las ramas de los árboles o detenerse a mirar el vuelo de los pájaros y luego estaban los  gore, también muy utilizados,  que consistían en degollar a un animal y observar sus vísceras, en especial el hígado les daba muchas pistas sobre los designios de los dioses.

Oráculos también había muchos, el más famoso y potente era el de Delfos, consagrado al dios Apolo y considerado el centro del mundo o su ombligo. El mito cuenta que Zeus puso a volar dos águilas desde los dos puntos opuestos del Universo y que allí donde se juntaran, ese era el centro. Resultó ser Delfos, mira por dónde. A Delfos acudían  particulares de todo rango social, siempre que pudieran pagar sus tasas ya que la adivinación no era gratuita, pero  también pedían consejo e inspiración ciudades enteras, sobre todo para decidir sobre cuestiones políticas o de organización.

La encargada de ponerse en contacto con la divinidad era la sibilia o pitia, ayudada por unos sacerdotes que traducían como buenamente podían las respuestas.  La pitia estaba sentada sobre una banqueta de tres patas, (qué incómoda estaría), unos humos ascendentes comenzaban a envolverla, entraba en trance y hablaba. En el siglo XX unos arqueólogos descubrieron que el Oráculo de Delfos estaba situado sobre unas fallas y por debajo  encontraron etileno, un psicoactivo que altera las percepciones y el ánimo. De ahí, tal vez, el trance de la sibilia que más que iluminación mística era un colocón en toda regla. O a lo mejor todo era una puesta en escena de lo más lograda.

Las respuestas del oráculo eran ambiguas, el que las recibía se las ajustaba como mejor le parecía, esto a veces beneficiaba al consultante y otras le perjudicaba. Un ejemplo es lo que le ocurrió a  Creso, el último rey de Lidia. Cuenta Herodoto y también Ciceron en “sobre la adivinación” que este rey consultó al oráculo para saber cuál era el momento más adecuado para invadir el territorio persa. El oráculo le respondió, más o menos esto, ”Creso, si cruzas el río Halys, (hace frontera entre Lidia y Persia) destruirás un gran imperio” El rey, de alta autoestima,  interpretó el vaticinio a su favor, suponiendo que se refería a los persas pero el imperio que se destruyó fue el suyo y Lidia pasó a poder de los persas.

Se puede sospechar que este lugar no era más que un negocio muy fructífero manejado por unos cuantos que sabían aprovecharse de  esta necesidad tan humana de reducir al mínimo la incertidumbre, a ser posible consultando a otros para no tener que pensar ni decidir. Y sí, seguramente tuvo algo o mucho de negocio. Lo que hay que admitir es que tampoco engañaban del todo a los consultantes pues en el frontón del templo estaba escrita la máxima “conócete a ti mismo” que luego desarrollarían tantos filósofos griegos y se instaba al consultante a que antes de entrar a marear a la pitia con sus preguntas investigase en su interior donde de verdad encontraría las respuestas.

Imaginad que ponéis en google, ¿qué pongo de cena? y te contesta, “primero conócete a ti mismo y averiguarás que mejor jamón que acelgas, so pesao”.

Y todo por salir a dar un paseo

Un hombre normal y corriente se estaba dando un paseo por el bosque, en los alrededores del monte Cilene. Iba observando el paisaje y pensando en sus cosas, algunas veces la contemplación del panorama le borraba sus propios pensamientos y otras era su mente la que le apartaba del entorno. Esta vez algo externo llamó su atención, dos serpientes se estaban apareando en mitad del camino. El caminante, de nombre Tiresias, las separó con su bastón. Al darles el golpe para romper la unión mató a la hembra y en ese mismo instante dejó de ser un hombre para transformarse en mujer.

No sé si este cambio repentino de sexo le agradó mucho o poco o le resultó indiferente, tampoco sé cómo se lo explicaría a su familia al regresar a casa ni cómo reaccionaron ellos, de todo esto no habla el mito. Lo que sí dice es que  pasó siete años siendo mujer, cambió algunas de sus costumbres pero mantuvo la de pasear  por el bosque del monte Cilene. Al cabo de esos siete años, en  uno de esos paseos, volvió a encontrarse con dos serpientes en plena cópula y repitió la gracia de separarlas. Sucedió lo mismo que la vez anterior pero a la inversa, se transformó en hombre.

Mientras tanto, en el Olimpo, los dioses se aburrían con tanto tiempo por delante y por detrás, así que discutían mucho y polemizaban por todo. Zeus le estaba diciendo a Hera, ¿quién crees tú que siente mayor placer sexual, el hombre o la mujer? Yo digo que la mujer. Pues no Zeus, es el hombre. Que te digo yo que no, que sois vosotras. Te equivocas, chato, sois los hombres. Eres una cabezota, Hera. Y tú siempre quieres ganar todas las discusiones, no te digo…mira, por ahí abajo pasa Tiresias que vuelve de su paseo, vamos a preguntarle a él, ya que ha sido hombre y mujer.

Tiresias dijo sin dudar que era la mujer la que sentía mayor placer sexual, como diez veces más, añadió. La respuesta no le gustó nada a Hera, ya se sabe que los dioses tenían muy mal carácter, sintió que había desvelado un secreto que ella, por el motivo que fuera, prefería tener guardado. Por eso, vengativa la señora, castigó a Tiresias con la ceguera. Zeus, para contradecir a Hera una vez más o por compensar al pobre hombre, le dio a cambio el don de la videncia y le otorgó una vida mucho más larga que la del resto de los mortales.

Otra vez Tiresias a dar la sorpresita en casa, “hola, familia, esta vez no veo, me he quedado ciego, pero al mismo tiempo veo lo que está oculto, soy vidente, ¿cómo se os queda el cuerpo?”

Pero, ¿eres hombre o muje?, le preguntaron sus hijas.

Lo que a mí me vaya dando la gana sobre la marcha, les contesto Tiresias tanteando la puerta para no darse un golpazo.

Le había cogido el gusto a no quedarse siempre anclado en la misma identidad de género y se cambió de sexo por voluntad propia unas cuantas veces más.

Ejerciendo sus dotes de adivino aparece en muchas de las epopeyas y tragedias griegas. Una de las más impactantes es Edipo Rey, donde tuvo que jugar un papelón nada agradable.

La ciudad de Tebas estaba siendo arrasada por la peste y, como era la costumbre, para saber las causas no mandaron a un grupo de científicos a investigar los posibles orígenes allí donde se produjo el primer caso, sino que fueron a preguntar al oráculo de Delfos, el google para todo de la antigüedad.

 Oráculo, oraculito, ¿quién es el responsable de esta plaga tan horrible?

El oráculo dijo: esto se debe a un problema moral que tenéis sin resolver, el asesino del rey Layo no ha sido detenido ni condenado

¿Y quién es el asesino, oráculo, oraculito?

Yo ya no digo más que bastante he dicho ya, contestó, muy cuco, el oráculo. Preguntad a un adivino que para esto están.

Y aquí entró en acción Tiresias. Edipo, rey de Tebas, lo llamó  a su palacio para que le desvelara el nombre del culpable. Al principio, el adivino se escaqueó como pudo pues sabía que la verdad era demasiado fuerte para ser revelada, pero ante la insistencia de Edipo, habló.

Eres tú, Edipo, el asesino del rey Layo y además tengo que decirte que igual que mataste a tu padre sin saber lo que hacías,  te has casado con tu madre.

Ante semejante noticia Edipo se enfurece, llama ciego a Tiresias, niega lo que está oyendo y lo expulsa del palacio aunque, ya a solas, medita, comprende toda la verdad y se arranca los ojos con los broches del vestido de su mujer y madre. Tremendísimo culebrón.

Aun así, Sófocles, su autor, se atreve a escribir, “ayudar a los demás con lo que uno sabe es el más dulce de los trabajos”. No es por contradecir a Sófocles, cierto que es necesario conocer la verdad o dársela a conocer a otros, pero el proceso no siempre es dulce y sí más bien amargo.

En una de las obras de Luciano de Samosata, “Menipo o la nigromancia” le preguntan a Tiresias, ¿cuál es la mejor manera de vivir? Y él responde que hacerlo como un individuo corriente. Muy corriente no fue la vida de este hombre mujer, el ciego que todo lo veía.

Aquí sí hay dragón

En la anterior historia mitológica dejé a un dragón custodiando el pellejo del carnero volador o, lo que es lo mismo, custodiando el vellocino de oro. Este dragón había sido elegido para esa misión porque no se podía dormir por las noches, padecía de insomnio crónico, así que dijeron, (alguien lo diría) quién mejor que este para vigilar el vellocino y que no nos lo roben. No era cuestión poner a un vigilante sin problemas de sueño, con lo aburrido que tiene que ser mirar  la piel de un carnero, estaba claro que se iba a quedar dormido.

Pese a esta precaución, sí les robaron el vellocino a los de la Cólquide, pero eso no es lo importante, lo que me atrae de esta historia es por qué no se dormía el dragón, esta es mi sospecha: estaba muy acomplejado y no se aceptaba a sí mismo. Qué malo es eso. Solo hay que conocer por encima a su padre para darse cuenta de lo pequeñito y poco valioso que tenía que sentirse el dragón, pese a tener un larguísimo cuello lleno de anillos y la capacidad enviar su horrísono silbido a muy largas distancias.

Tifón se llamaba su padre y no era un señor cualquiera. Se trataba de un espeluznante y descomunal monstruo alado, era tan alto que se le iban clavando las estrellas en la cabeza y tenía que apartárselas a manotazos. En cada uno de sus dedos tenía una cabeza de dragón y serpientes enroscadas en los muslos. Solo con mirar provocaba incendios tal era el poderío de su mirada de fuego y al mover las alas un poco, lo justo para desentumecerlas, desencadenaba huracanes y terremotos.

Otra característica muy llamativa de Tifón es que era un acaparador de cabezas, en vez de tener una y apañarse con ella como hacemos todos, tenía cien, hala, menudo gasto en paracetamol, gorros, peluquerías y dentistas.

Para acabarlo de arreglar tenían forma de serpientes, con lenguas negras y ojos de fuego. Cada una de esas cabezas poseía su propia voz, con lo que estar a su lado era como cuando vas (o ibas, mejor dicho) , a uno de esos bares muy llenos y con mal aislamiento acústico y acabas loco del vocerío. Pues lo mismo, pero a lo bestia. Además, algunas cabezas hablaban pero otras rugían, ladraban, siseaban, en fin, que cuando le daba por ponerse comunicativo era un tormento.

Tifón se quería vengar de los dioses por haber eliminado a sus hermanos los titanes así que un día se acercó a Zeus y le arrancó los tendones. Así, por lo bravo, qué hombre más impetuoso.

Aunque Zeus los recuperó después , los dioses le tenían mucho miedo, tanto que huyeron a Egipto y para ocultarse de él se transformaron en animales. Dionisio en ciervo, Artemisa en gato, Apolo en cuervo, Afrodita en pez y así hasta completar una bonita fauna.

Cuando por las noches llegaba a casa y se derrumbaba en el sofá con sus cien agotadas testas, el dragón de la Cólquide en pijama lo contemplaba con admirada angustia y mordiéndose las uñas. Pensaba la criatura y ,con razón, que jamás igualaría el porte ni las proezas de su progenitor.

Hay figuras paternas demasiado fabulosas, en exceso apabullantes. Pobre dragón insomne. Y encima le robaron el vellocino durmiéndolo con una pócima ¡Lo que pudo llorar cuando se despertó!

Escenas cotidianas sin dioses ni dragones

Te digo que…te digo que…le va diciendo Marcelo  a su mujer que camina unos pasos por delante, tanteando con sumo cuidado el terreno resbaladizo. Los dos van muy bien pertrechados para el tiempo gélido: gorros de lana, guantes, forros polares y camisetas térmicas. Han salido a ver si encuentran algo de fruta, verdura y pan. Marcelo acaba de ver a un camarero en manga corta retirando la nieve con una paleta, es la que usan para la plancha en el bar.  Con ese instrumento lleva un buen rato retirando nieve. Y con mucha paciencia y sin desánimo ha conseguido despejar una pequeña zona circular, lo justo para instalar una mesa y dos sillas. Mientras tanto,  en una de las muchas ramas tronchadas otro camarero ha colgado  un cartel con una flecha dibujada y debajo el claro mensaje: aquí café.

¡Qué te digo!, exclama esta vez Marcelo, ¡qué te digo!

Dos ya se han sentado a desayunar y a mirar el espectáculo de las calles blancas.

No sé qué me dices, Marce, es imposible que te oiga con el ruido de esa máquina y si me doy la vuelta, no me quiero dar la vuelta, el suelo resbala mucho, la gente se rompe las piernas y los brazos, esto es puro hielo, ve con cuidado…solo nos faltaba acabar en las urgencias de traumatología y que allí, en lo que nos colocan la escayola, nos llevemos de premio lo que ya te imaginas,  solo nos faltaba, estate atento, ya llegamos a la frutería.

Nada de nada, estanterías vacías, proclama Marcelo, lo que se dice nada. Siente cierta satisfacción al comprobar el desabastecimiento. Normalmente ir a la compra es un trámite rutinario y aburrido, quieras que no, salir de peligrosa expedición por un paisaje siberiano en pos de la  única mandarina del barrio tiene su punto emocionante, al menos por un día.  En dirección contraria vienen los padres de Hugo, ese niño que estuvo en clase con uno de los suyos.

Son los padres de Hugo, susurra Marcelo al gorro de su mujer.

Como para reconocer a nadie con estas pintas que llevamos todos, si ya con las mascarillas no conozco a la gente, añádele estos avíos como del polo norte y camuflaje total.

Ni gota de pan en el Ahorra Más, ni de molde ni nada, en Día tampoco queda nada,  tampoco hay huevos. Vamos a cruzar la plaza para ver si un poco más allá…

Ni lo intentéis, de ahí venimos nosotros y no vais a poder cruzar, es puro hielo y la nieve llega, no sé cómo decirte, nunca vi nada igual, gran parte de los árboles del parque se han tronchado, no una rama ni dos, no, el propio árbol partido por la mitad. Muertos, cantidad de muertos. Daniela  ha estado a punto de llorar.

Llorar, no, dice ella, no exageres, pero te da una cosa, un malestar…

Suerte para la familia, suerte para hijos, hijas y padres y para toda la familia y feliz año, mucha suerte para todos, dice la mujer que pide en la esquina.

Marcelo se toca los bolsillos pero no lleva nada suelto, ya nunca paga en metálico y ahora no sabe qué hacer, esas situaciones le ponen nervioso. Feliz, año, feliz, año, le contesta con culpa sabiendo que no se trataba de eso. La mujer ya está repitiendo lo mismo al siguiente que pasa.

Todo muy difícil, todo muy mal,  suerte para la familia, para los niños, para el padre, para la madre y feliz año, señor.

En una de las calles estrechas, Abdelkader Slimani, Toñín para los amigos y conocidos, hace alardes de fuerza retirando bloques de nieve, le gusta que sean grandes y los desplaza en brazos, luego los tira en un rincón donde ya se ha formado una montaña, cuando estrella  la tercera mole, Margarita la del segundo, aplaude en bata desde la ventana.

Ole con ole, eres el increíble Hulk, Toñín.

Sí, sí, para aplausos estamos ahora, dice la planchá que sale vestida como si estuviera en Baqueira, bastones de nieve incluidos,  mira cómo está la calle, impracticable,  ¿y la basura, dónde la dejo? Porque yo en mi casa no la voy a tener almacenada, eso por descontado.

No se preocupe, que esta noche la llevamos toda hasta la calle Príncipe que ya está casi despejada, por ahí sí podrá pasar el camión. A la calle Príncipe que va, eres tú el príncipe azul que un día soñeeeé, canta entusiasta Toñín mientras iza otra masa helada y la del segundo repite aplausos.

El circo de siempre multiplicado por cien, se dice a sí misma la Planchá, esto es desolador,  voy a ver si encuentro huevos y no me mato de aquí a la esquina.

Del escaparate de la floristería elegante todavía cuelga una guirnalda navideña, está tejida con ramas verdes y  bolitas rojas. La Planchá le pega  un tirón y se la echa al bolso. Para la próximas fiestas, ya tengo lo de la puerta, mira qué bien, ¿son esos los Urrieta?, ay que sí, el pesado de Marcelo, y sin poderme cambiar de acera, me hago la loca y ya.

Hinca los bastones y avanza poniendo los ojos en un punto imaginario de un imaginario horizonte.

Suerte que Marcelo acaba de ver otra escena que le interesa más, es Remedios que, a falta de bastones de montaña, se ha agenciado el palo de la fregona y con ese instrumento surca la nieve a gran velocidad. Detrás, jadeante y con cara de susto, va su cuidadora en zapatillas torcidas, “no corra tanto, mi señora Reme, que no la alcanzo, está esto friísimo”

Te digo que…te digo que…, dice Marcelo por todo decir.

Al llegar al portal se encuentran con Toñín armado de pico y pala. A su lado fuma el profesor de matemáticas. Fuma y observa, a veces mueve la cabeza como si dijera que sí, que es fantástico el espectáculo y otras como si dijera que no, que esto ha sido un cataclismo y una desgracia. Finalmente lanza la colilla a la nieve donde se apaga con un fssssss.

Los árboles yacen desplomados sobre los coches o atravesados impidiendo el paso. Los opinadores brotan en cada esquina. Algunos son partidarios de ponerse a retirarlos, de tomar la iniciativa, otros consideran que ni hablar, que lo haga el ayuntamiento, los militares, el Gobierno, que bastante tienen ya con lo de cada día como para ponerse a hacer tareas que les sobrepasan. Una cuadrilla de jóvenes ha entrado en acción y ya está levantando cadáveres. Los que fuman porros y escuchan  música en la valla han vuelto, se han sentado sobre la nieve a seguir apaciblemente con sus costumbres.

El vecino que vivió en Minesota dice que esto no es nada, que qué exagerados todos, que no hace tanto frío, frío son los menos cuarenta, ahí ya cierran los colegios porque si sales a la calle se te congela la cara, directamente.

Este es gilipollas, ¿no?, se pregunta Margarita que ya se ha vestido y ha bajado a hacer tertulia con el profesor de matemáticas y con Toñín.

Digo yo que estoy empezando a creer que lo del calentamiento global es mentira, a ver esto entonces de qué calentamiento sale.

El profesor de matemáticas trata de explicarle, sin mucho éxito, que estos fenómenos tan extremos e inusuales se deben precisamente al cambio climático, una corriente que sube, otra corriente que baja.

Bah, dice ella muy poco convencida. Anda, tú, han puesto mascarilla al muñeco de nieve. Eso me recuerda que han ingresado a la madre de Leo, está grave, se va a morir, pero tranquilos, tranquilos, que no ha sido pandemia. Es…no lo sé, pero pandemia no es lo que tiene.

Toñín contempla su plantita, la cubrió con un envase de plástico de pollo asado y algo verde reluce por debajo. Hierbabuena, explica.

Pues nos hacemos un té de esos de tu tierra, dice Margarita agachándose a mirar la hojita enclenque.

La planchá ya vuelve con su guirnalda navideña escondida en el bolso, sin huevos.

Qué putiferio, qué sin Dios,  masculla  mientras empieza a subir escaleras. Desde marzo no ha vuelto a subir en ascensor, ni piensa.

Hijos de nube

Frixo y Hele habían nacido de la unión del rey Atamante, que gobernaba Coronea, y Néfele, la diosa de las nubes y nube ella misma. Estar casado con una nube puede parecer algo precioso y tal vez lo sea pero con el paso del tiempo el rey Atamante se cansó de tan vaporosa señora y buscó algo más carnal a lo que agarrarse. Se divorció de Néfele o más bien la repudió y se casó con una tal Ino.

Los niños se parecían más al padre que a la madre, aunque un poco etéreos y cambiantes, no eran nubes ni estaban hechos para recorrer los cielos mudando de forma y color o deshaciéndose en agua. Se quedaron con el padre y con su nueva esposa.

Ino era una mujer muy celosa y poco amante de los infantes, en especial si esos infantes no eran suyos.  Quería a Atamante para ella sola y los niños le molestaban, planeaba tener hijos propios que heredaran las riquezas del padre. Esos dos chiquillos nubosos eran un incordio, así que urdió un plan para deshacerse de ellos.

Convenció a  algunas mujeres campesinas para que tostaran las semillas de trigo que iban a sembrar. El resultado fue que no germinaron y se produjo una situación de hambruna que fue acompañada de peste y desdicha.

Atamante, en vez de consultar a algún ingeniero agrónomo recurrió, el muy magufo, al Oráculo de Delfos y allí que mandó a un emisario para que le revelaran las causas de la hambruna. Ino, temiendo ser descubierta, sobornó al emisario para que dijera que el hambre y la peste solo acabarían si sacrificaban a los dos hermanos en el altar de Zeus.

Ajenos a todos estos trajines y peligros, Frixo y Hele jugaban cada tarde  en el jardín. Estaban un poco tristes por la ausencia de su madre y miraban mucho al cielo, buscándola. A veces veían pasar a a mujeres nube muy parecidas, pero nunca podían estar seguros de que fuera ella. Cada noche lloraban antes de dormir porque las manos húmedas de Néfele ya no les arropaban. De día, como eran niños, se distraían, reían y a ratos se olvidaban.

Una de esas tardes estaban jugando a tirar piedras al estanque para ver si le acertaban al sapo del nenúfar cuando se les presentó así, sin más preámbulos, un carnero dorado. Parecía pacífico y simpático por lo que, vencida la desconfianza inicial, se pusieron a jugar con él. El sapo respiró aliviado.

Acabaron subidos a su lomo galopando por el jardín. El carnero dio vueltas y vueltas y vueltas con sus rizos dorados reluciendo al sol, pegó unos cuantos brincos y al tercero estaba deslizándose por el cielo con los dos niños a bordo.

Dejaron atrás el jardín y Coronea, dejaron muy abajo los campos estériles y sobrevolaron bosques, ríos y por fin un mar. El viaje estaba siendo muy largo y se cansaban, sobre todo Hele que era más pequeña. La niña se quedó dormida, sus bracitos, que abrazaban la espalda de su hermano, se aflojaron, el cuerpo se inclinó hacia un lado vencido de sueño y cayó al mar donde se ahogó. Ese mar se llama en su honor Helesponte.

Una tremenda tormenta se desencadenó, el agua caía con tal violencia que Frixo pensó que tampoco él sobreviviría al viaje. Era Néfele llorando la muerte de su pequeña. Pero la madre se detuvo a tiempo de perder también a su hijo y Frixo logró llegar a la Cólquide, al palacio del rey Eeetes, donde fue muy bien acogido.

Al carnero lo sacrificaron, (si no sacrificaban a algo o a alguien no se quedaban tranquilos), y colgaron su piel dorada (el vellocino de oro) de un roble y custodiada por un dragón para que no faltara de nada en esta historia tan de la vida misma.

Para compensar al pobre carnero, Zeus lo convirtió, ya despellejado, en la constelación de Aries.

Conclusión de todo esto: no se me ocurre.

¿Será alguna de estas la madre de Frixo y Hele?

Las hermanas de Iris

La niña Iris era dulce y encantadora, siempre tratando de llevar armonía y paz a su hogar, lo cual no era nada fácil.  Crecía bonita pero un poco escasa de peso porque sus hermanas, dos gemelas con muy mal carácter, se comían lo de su plato y lo del de Iris. Su madre, Electra, tenía que estar muy vigilante para que Iris se pudiera alimentar. Y lo mismo que le robaban la comida, le escondían sus juguetes preferidos, le tiraban sus cuentos por la ventana, le emborronaban sus cuadernos escolares a mala idea y le revolvían la ropa, que ella tenía muy ordenada.

Eres una cursi y una moñas, Iris, nos das asco, le decían cuando la veían en un día de sol recogiendo florecillas en el jardín o poniendo arcos de colores para adornar la línea del horizonte.

Esos días de buen tiempo ponían de muy mal humor a las gemelas, ellas preferían el tiempo revuelto, las tormentas en las que los rayos fulminaban árboles y el viento arrancaba tejados a violentos mordiscos. Y si el tejado le caía a alguien en la cabeza más contentas se ponían. Hasta aplaudían y saltaban, oye.

-Hay que ver, le decía Electra, a su marido, Taumante, qué distintas nos han salido, no lo comprendo, llevan nuestros mismos genes y les hemos dado la misma educación pero mientras que Iris es un amor, estas dos chicas, de verdad, está mal que lo diga su madre, pero son unas arpías.

Mujer, no digas eso, alguna virtud tendrán, son más rápidas que el viento y más veloces que los pájaros.

Virtud es esa, no lo niego, pero si la utilizan para hacer el mal, se vuelve defecto. ¡Niñas, a comer!, la musaka está en la mesa.

Estaba, observó el padre acercándose a mirar la fuente sucia y vacía.

¡Otra vez lo han vuelto a hacer! No tienen remedio, no lo tienen, no lo tienen. Pues las voy a castigar.

 No las castigues, mamá, es que vuelan mucho y muy rápido y por eso tienen tanta hambre, intercedió Iris, toda bondad.

La madre tenía razón, remedio no tenían.

Las tres hermanas habían nacido aladas, pero mientras que las alas de Iris eran doradas y finas como las de una mariposa, las de Aelo y Ocípete, que así se llamaban las pérfidas gemelas, eran oscuras y grandes, como de aves carroñeras. Sin embargo, poseían largas y atractivas cabelleras y belleza en sus caras aunque sus cuerpos estaban rematados con una cola de escorpión, a modo de aviso. Con el paso del tiempo se volvieron feas del todo, como si sus rostros no pudieran ocultar por más tiempo la maldad de sus espíritus.

En Tracia vivía un rey llamado Fineo que tenía dotes de adivino, tantas y tan buenas que ya se pasaba un poco, profetizaba con acierto hasta lo que los dioses no querían que los hombres supieran y además lo iba contando. Contentitos los tenía.

Fineo era ciego porque había entregado la vista a cambio de tener una larga vida pero eso no le impedía ver el futuro con toda nitidez. Zeus, en su línea vengativa, dijo, ¿conque sí?, ¿conque me vas a estar tú destripando la trama?

De eso nada, bonito, ahora mismo te mando yo a la pareja de malvadas gemelas para que te hagan la vida imposible por soplón ¡Aelo! (viento tempestuoso), ¡Ocípete! (vuelo rápido), venid aquí ahora mismo que tengo un encarguito para vosotras.

A Fineo lo confinó en una isla (viene de lejos lo de los confinamientos) y le puso delante unos manjares deliciosos que él no veía, pero sí olía y le hacían salivar.  Cada vez que el hombre alargaba la mano para comer algo, las Arpías o Harpias, que también se les puede poner una hache delante para que quede más bonito y helénico,  bajaban volando y se lo zampaban. Habían encontrado su trabajo ideal, comer y fastidiar.

Suerte que tuvo Fineo que pasaron por esa isla los Argonautas, unos marinos aventureros que iban en busca del vellocino de oro ,comandados por Jasón. Su objetivo era llegar al Cólquide (actual Georgia, me acaba de soplar google) pero, como en toda aventura que se precie,  tenían que superar unas cuantas pruebas y obstáculos. Una de estas pruebas era atravesar las Cianeas o rocas coincidentes,  unas peñas móviles puestas en el mar con muy mala idea, vete a saber por quién.

Las rocas flotaban y entrechocaban de forma aleatoria en medio del agua, por lo que era imposible saber cuál era el buen momento para atravesarlas. Si Fineo les decía cómo hacerlo, ellos le ayudarían a ahuyentar a las Arpías.

Fineo les dio una solución muy fácil, que enviaran por delante a una paloma, si quedaba espachurrada no tenían que pasar, si salía ilesa, sí. Como el ave solo perdió las plumas de la cola, se pusieron a remar con mucho ímpetu y consiguieron atravesar las rocas sufriendo solo leves desperfectos en el casco del barco.

Dentro de esa tripulación viajaban dos héroes alados, también muy ventosos ya que eran hijos del dios Bóreas. Comenzó una persecución alocada por los cielos y lograron atrapar a las Arpías, ya iban a matarlas cuando llegó la dulce Iris y les rogó que perdonaran la vida a sus hermanas. Accedieron pero las mandaron a vivir a una húmeda y umbría cueva. Desde allí siguieron haciendo maldades pero ya sin cobrar, por pura afición. Raptaban a la gente y los torturaban de camino al Tártaro, un profundo abismo usado como mazmorra de sufrimientos que se encontraba bajo el inframundo, donde las almas eran juzgadas tras su muerte. Eran crueles y violentas y aunque ya no robaban comida hacían otra cosa peor y muy asquerosa, depositaban sobre ella sus excrementos y difundían enfermedades.

 Virgilio dice de las siniestras gemelas, “no hay monstruo más aciago que ellas ni peste alguna más cruel. Tienen rostros de doncella en cuerpos de ave, nauseabundo es el excremento de su vientre, las manos se les hacen garras y sus caras siempre están pálidas de hambre”.

Las arpías se jubilaron en los capiteles románicos y ahí siguen, recordando al que las mira, por si se le había olvidado, y mira que es difícil, que el mal existe. Como son de piedra y muy viejas ya no hacen daño y quedan bien, bastante decorativas.

No te rías del amor

Apolo pasaba muy buenos ratos con las Musas. Les había dicho que estaba prendado de una de ellas y que pronto, muy pronto, revelaría el nombre de la elegida. Se sucedían los días y los meses pero el nombre seguía sin saberse. Cada una de las musas pensaba en secreto, sin confesárselo a las otras,  que era ella la elegida por el dios de las artes y mientras tanto, Apolo se divertía con todas sin amar en realidad a ninguna.

De pequeño y para defender a su madre, Apolo había matado con su arco y sus flechas a una enorme serpiente pitón y era esta una hazaña que le gustaba mucho mencionar, viniera o no a cuento. Por ejemplo, decía Urania, la musa de la astronomía, “¿sabes Apolo que esta tarde noche hay una conjunción Júpiter Saturno que puede verse hacia el suroeste y que no se va a volver a producir en montones de años?, ¿ la vemos juntos desde mi observatorio?”

Y respondía Apolo, “para conjunción la que hicieron mis flechas sobre la carne de aquella gigantesca pitón, madre mía, qué certeramente le di”.

O le preguntaba Terpsícore, la de la danza, “Apolo, ¿te gusta la última de Tangana, te la bailas conmigo?”

“Precisamente un baile fue lo que hizo aquella serpiente pitón cuando yo le disparé mi flecha, el baile de la muerte, no te digo más”.

En ese plan . Por muy guapo y apuesto que fuera no sé por qué las Musas se dejaban engatusar con lo plasta que era. Una de esas tardes en las que se hallaban ellas cantando y tocando sus instrumentos y él dirigiendo la orquesta y lanzando miraditas de eres tú o puede que tú o puede que tú, pasó por allí Eros, el dios del amor, con su carcaj lleno de flechas.

Apolo detuvo su batuta y le dijo, muy chulo él, “¿qué intentas hacer, niñato, con esas armas?, las flechas déjamelas a mí, yo maté a la pitón, conténtate con encender la antorcha de esos amores tuyos que yo desconozco y no trates de igualarme”.

Eros le respondió, “tu arco lo traspasará todo pero el mío te va a traspasar a ti, listillo”.

Se posó sobre la cima del Parnaso y sacó dos flechas, una era de plomo y  ahuyentaba el amor, otra era de oro y lo  hacía nacer.  Con la primera hirió a una ninfa, Dafne, la hija del dios río Peneo; con la otra atravesó los huesos de Apolo hasta la médula. Después se dio media vuelta y silbando desapareció. Ahí lo tienes, por reírse del amor que es cosa seria.

Apolo, confundido y mareado, miró a las Musas, “¿nos vas a decir ya el nombre de la que te gusta, por eso se te ve tan nervioso y pálido?, ¿ soy acaso, yo?, ¿o yo?, ¿o yo? y así hasta nueve “o yo”

No, no, lo siento chicas, pero no sois ninguna de vosotras, perdonadme, musas , se me hace tarde, son las seis, ¡las seis!, justo a esa misma hora maté hace no tanto a una serpiente pitón. Adiós, adiós. Y salió corriendo ,enloquecido , a buscar a la ninfa de sus amores.

Ella se encontraba haciendo el salvaje en un bosque, eso era lo que le gustaba. Con una cinta se sujetaba los cabellos en desorden, corría tras los animales, se subía a los árboles, se bañaba en los ríos y bebía agua de los arroyos, comía bayas silvestres y trepaba con sus fuertes y ágiles piernas hasta las cimas de los montes para contemplar desde allí los más bellos panoramas. Dormía al raso, tapada por las estrellas, y por la mañana, vuelta a empezar con sus correrías.

Su padre, el dios río Peneo, las pocas veces que conseguía hablar con ella, le decía, “hija, para un poco de hacer el cabra, has rechazado ya a muchos pretendientes, ¿por qué no te casas y me das un nieto?”

Era oír la palabra matrimonio y se ponía verde, igual que  los campos por los que corría y que las copas de los árboles a los que se trepaba.

“Que no, papá, que quiero ser libre, el yugo del hombre no es para mí” y se internaba en las espesuras de las selvas y los bosques disfrutando muy feliz de su soledad.

En esas soledades estaba cuando oyó unos pasos que no le parecieron de animal y se giró a mirar. El causante de las pisadas, Apolo herido de amor, la miró también, contempló sus pelos revueltos y pensó que si así estaba guapa cómo no estaría tras peinarse, vio sus ojos y le parecieron estrellas, vio sus labios y soñó al instante con besarlos. Observó sus dedos, brazos y hombros semidesnudos e imaginó el resto.

Ella echó a correr y con el movimiento, su belleza se acrecentó, lo cuenta Ovidio más o menos así, “desnudaban su cuerpo los vientos, y las brisas a su encuentro hacían vibrar sus ropas y echaban hacia atrás sus cabellos”.

Apolo le pide que deje de correr y para convencerla le dice lo siguiente, “Oh, ninfa, hija de Peneo, detente, te lo ruego, no te persigo como enemigo, ninfa, párate. El corderillo huye así del lobo, el cervatillo del león, las palomas con sus trémulas alas huyen del águila y de cada uno de sus enemigos, yo te persigo a causa de mi amor hacia ti”.

En un principio Apolo es delicado, le dice que no corra tan rápido, pues teme que se haga daño con las zarzas o se caiga de bruces y promete perseguirla un poco más despacio. Pero como ella no le hace caso y no aminora la carrera, le puede el ego,   “que no te persigue cualquiera, que yo no soy un pastor, no soy un hombre inculto que vigila vacas y rebaños, tú no sabes, imprudente, de quién huyes y por eso huyes. Yo revelo el porvenir, soy el dios de la artes, la medicina es invención mía y por eso me llaman el auxiliador. Y además, maté a una pitón”.(Acabáramos)

Dafne, cada vez más horrorizada al ver que el hombre la va a alcanzar pide ayuda a su padre, “padre mío, tú que tienes poder divino, quítame  la apariencia por la que soy amada”.

Nada, que me quedo sin nietos, con la ilusión que me hacía,  se revuelve el padre río. Pero consiente y le concede la transformación.

Las piernas de Dafne se vuelven torpes y pesadas, su fina piel se hace rugosa y se recubre de corteza, sus pies se alargan y hunden en el suelo retorciéndose, sus brazos se hacen ramas, los rasgos de su cara desaparecen y el pelo es sustituido por una frondosa copa. Apolo abraza el árbol, un laurel,  y lo besa.

No serás mi mujer, nunca lo serás, pero sí serás por siempre mi árbol, adornaré mi cabeza con tus hojas y tus ramas coronarán la cabeza de héroes y campeones. Y lo mismo que mi cabeza permanece siempre igual, yo nunca seré calvo, que lo sepas, que tu follaje se quede verde,Dafne, que te quiero verde. Huy, por cierto, ese color me recuerda al de la piel de la serpiente pitón que yo maté de un flechazo. Pesadito era el señor…

Pero mejor no me meto con él, ya que también es el dios de las plagas y de su solución. Apolo, guapo, baja a echarnos una mano.

Una Dafne o laurel de muy buen ver