La silla del doctor Merche

Escondido detrás de uno de los álamos, Mercedario esperaba a que apareciera el usurpador, el incívico, el corrupto piscinil. Un pájaro de los llamados trepadores picó la corteza con su agudo pico, tic, tic, tic.

-Chsssssss, calla tú, ahora no, le dijo. El pájaro se asustó y se trasladó al álamo de enfrente, el que habían podado y lucía ramas como gruesos muñones. Una mariposa blanca cuyas alas parecían de tela revoloteó alocada por delante de las narices de Mercedario como si las hubiera confundido con una roja flor.

Se la estaba espantando cuando una mujer con un vestido verde y una melena larga, lisa y dorada se acercó a la hilera de sillas, agarró con decisión la de rayas azules, la suya precisamente, y arrastrándola por el césped sin ningún miramiento la llevó hasta el lugar que consideró mejor, junto a la piscina, entre sol y sombra. La desplegó y se dejó caer sobre ella con un suspiro de satisfacción. Buscó con una  sola mano dentro de un cesto de paja, sacó unos auriculares, se los puso, cerró los ojos, se descalzó de sus sandalias utilizando los propios pies y de nuevo soltó ese suspiro satisfecho.

¿Será posible,  será posible, será posible? Repitiendo “¿será posible?” casi al mismo ritmo que el pájaro su tic tic tic en el árbol de enfrente, Mercedario dejó su escondite y fue tras la ladrona de sillas. Llevaba su atuendo de pasear: amplias bermudas, una camisa de cuadros azules casi tan larga como las propias bermudas y unos zapatos naúticos con calcetines marrones, resbaladizos.

Se colocó delante de ella con los brazos en jarras y  carraspeó para llamar su atención.

-Ejem, ejem, ejem, si no le importa, está usted en mi silla, ¿es que no ha visto el nombre escrito en el respaldo? Doctor Merche, bien claro está puesto con rotulador rojo de tinta resistente al agua, ¿no se llamará usted por casualidad doctor Merche y será  médico cardiólogo?, dijo soltando a la vez los brazos y lo que a él le pareció tremenda ironía.

La mujer tenía los ojos cerrados, los labios ligeramente entreabiertos y respiraba con suavidad, parecía muy relajada y feliz recibiendo los rayos del sol sobre su piel y escuchando música.

Mercedario estaba contrariado, si quería que le prestara atención iba a tener que tocarle en un hombro, adelantó un dedo temeroso cuando recibió en la espalda un palmetazo amistoso. Era su amigo Aguirre, el ingeniero de montes. Les gustaba añadir su profesión al nombre.

No sabes tú nada, Merche, no sabes tú  nada, ¿contemplando a la odalisca?

Mercedario no quiso sacarle de su error, le pareció ridículo tener que explicarle que en realidad quería recuperar su silla, que alguien y ahora ya sabía quién era ese alguien, se la usurpaba cada tarde y luego él no la encontraba por las mañanas y tenía que perder el tiempo buscándola y cuando la encontraba estaba tirada de cualquier manera, mojada y en alguna ocasión hasta embarrada.

La mujer abrió los ojos, eran tan verdes como su vestido, se estiró, se sacó el vestido con un movimiento ágil de brazos y miró al doctor Merche y al ingeniero Aguirre con una cara extraña, tal vez de repulsión o ni siquiera eso. Se levantó con desenvoltura de la silla y se zambulló en la piscina.

Me voy a pasear, le dijo el doctor Merche a su amigo  Aguirre, el ingeniero y sin más explicaciones comenzó a subir la cuesta con las manos entrelazadas en la espalda. Mientras paseaba por esos campos amarillos, poblados de cardos, con alguna que otra encina solitaria recortándose contra el cielo, pensó en la odalisca, no en ella en concreto sino en una odalisca genérica.

Le gustaría tener una, pequeña, una odalisca de juguete con vestido verde para llevar en el bolsillo de la bata de trabajo, cerca del corazón. O para guardarla en la mesilla de noche junto a la cajita con la férula de contención y juguetear con ella antes de quedarse dormido.

La brisa de la tarde le movía la tela de las amplias bermudas produciendo un sonido de alas, de alas mal colocadas, fuera de sitio, de inútiles pero ruidosas alas.

“Don Melitón tenía tres gatos y los hacía bailar en un plato y por la noche les daba turrón, que vivan los gatos de don Melitón”, canturreó. Desde por la mañana se le había pegado esa canción. El sol se metió por detrás de la montaña dejando un rastro naranja.

¿Será posible, será posible, será posible?, se dijo el doctor Merche pensando a la vez en el incivismo, en la belleza, en don Melitón el de los tres gatos y  en la fugacidad de la vida toda.

 

 

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Trébol de cuatro hojas

Me he acordado de que buscábamos un trébol de cuatro hojas y tan tranquilas nos podíamos pasar media tarde mirando entre las hierbas sin saber nada de probabilidades ni de las mutaciones genéticas esas. Yo siempre pensaba que lo iba a encontrar,  por eso no me importaba estar mucho rato escarbando sin hacer nada más, no me cansaba. Nila, que o no tenía tanta esperanza o le faltaba paciencia o interés, me hacía trampas,  partía una de las tres  hojas por la mitad gritando, ¡lo tengo! se reía, mordía el tallo absorbiendo su savia y lo tiraba.

Al final y cuando digo final quiero decir, cuando crecimos, nos cansamos de esa tontería. No lo íbamos a encontrar porque prácticamente no existía. Ya estaba claro. Y además, que dejó de importarnos.
Entonces, cuando eran las fiestas nos gustaba ir a la feria, el tren de la bruja era nuestra atracción preferida para pasar miedo y gritar. Un día vimos a la bruja fuera del pasadizo de cartón piedra por donde circulaba el tren, se quitó la peluca gris y la careta de plástico blando y resultó ser un hombre con la cara torcida y una cicatriz en el entrecejo. Daba bastante más miedo que su disfraz, abrió un envoltorio, sacó un bocadillo y empezó a comérselo con cara de aburrimiento, con el vestido puesto, un vestido gris y gastado, de vieja de pueblo y unos vaqueros con zapatillas asomando por debajo. Qué vida la de ese hombre, si lo piensas.

Vivo tan cerca de la estación que  los cristales de mi casa vibran, también trabajo cerca de otra estación, dentro, en realidad, enfrente de la máquina de los billetes, en una cafetería subterránea. Está muy bien, tiene su propio horno de pan. Entra mucha gente, la mayoría son de paso y no los volvemos a ver pero otros vienen de forma habitual, como esa mujer, la que parece joven, algo se habrá puesto, no lo sé, está muy en forma, va muy bien vestida, con sus modelitos a cual mejor, es delgada y se cuida mucho el pelo con mascarillas y todo eso. Cuando me dijo que tenía la misma edad que mi madre no me lo podía creer, mi madre es que no se cuida, dice que le da lo mismo, que total para qué y aunque no le diera lo mismo, no tiene tiempo ni dinero para hacerse tratamientos. Pero mi madre tiene a mi padre, llevan juntos desde los dieciocho años y todavía, cuando salen, van cogidos de la mano. No es que salgan mucho pero es que con la edad es como lo de buscar el trébol, que ya no te interesa. Y que te amuermas, también eso.
Nosotras vamos a todas las fiestas. Ahora en verano cada semana son en un pueblo así que…algunas están mejor y otras peor, las últimas no me gustaron, nada más que había coches abiertos en un descampado con la música dale que te pego, ni autobuses para volver ni taxis, hasta las nueve nos tuvimos que quedar,  me dolía la cabeza. Me he comprado por diez euros un vestido rojo en el HyM, a lo mejor me compro otro, no sé.

Los coches de choque, eso también nos gustaba, ahora ni los pisamos, son para los críos. Te hace gracia ver cómo se chocan entre los que se gustan, igual que hacíamos.

Es verdad que cuando veo a una pareja de esas de viejos como mis padres o más viejos todavía que van de la mano me entra una cosa…las otras se ríen, me llaman moñas. Nila dice que lo puedo conseguir si es que es lo que quiero, pero que lo que no sabe es para qué lo quiero, con lo bien que se está sola, haces lo que te da la gana y no tienes que dar explicaciones a nadie.
Pero si es lo que quieres, ponte a buscarlo, dice.
Sí, mira, a gatas por la hierba como el trébol de cuatro hojas, qué lista. Nunca lo encontré pero no se me hacía pesado buscarlo por la esperanza. No sabía lo de la mutación genética ni sabía lo del uno entre 10.000, era una niña. Ahora sé más, ya te digo.

A muerte hemos ido está noche, en la discoteca móvil sin parar hasta que se ha acabado la música. De vuelta, donde para el bus, había un camión de feriante con un cartel pegado que decía, “el tren de la bruja, al lado de la iglesia”, por eso me he acordado de todas esas cosas, medio dormida me he acordado.

Se lo iba a recordar a Nila pero llevaba tal cara de muerta viviente que digo, ¿para qué? y a las otras las hemos conocido después, ellas no buscaban tréboles por las hierbas, que yo sepa, tampoco se lo he preguntado, es una pregunta rara y bastante rara me dicen ya que soy porque me gustan las parejas de viejos que van de la mano, porque sea esa mi aspiración y no todo el tiempo el puro vicio. A ratos sí pero no para siempre, aunque si el planeta peta por los plásticos y los humos, qué más da. Me compro el otro vestido, en negro.

Lo que pienso es que si hubiera muchos tréboles de cuatro hojas, si fuera tan fácil encontrarlos como los de tres a nadie se le hubiera ocurrido inventarse que dan suerte. Tardes enteras me pasaba yo buscándolos con toda mi emoción, de eso acabo de acordarme ahora, aquí esperando, mirando las hierbas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Balada de los grillos borrachos (cuarto poema de Petronila)

Los grillos rallan la noche,
rallan la noche,
rallan la noche hasta deshacerla,
con sus pequeños dientes serrados
van mordiendo minuciosamente las estrellas
van royendo lo oscuro,
rallan la noche
hasta que su piel húmeda cae en gotas sobre el pasto,
piel muerta de noche por los grillos devorada
¡No es cierto!
Los grillos acunan la noche,
acunan la noche,
arrullan la noche
y ella se tiende con su camisón de seda,
los grillos aman  la noche
y le cantan a todo lo que en ella vive:
a las mariposas negras,

a las lechuzas,

a las luciérnagas,

a los sapos,

a los insomnes,

a los murciélagos,

a los búhos,

a los cáctus epifitos,

a la luna

y a la flor del Baobab.

Los grillos están borrachos,
han bebido mucha noche,
tragos y tragos oscuros,
cargados, muy puros.

Han bebido tanta noche
que deliran,

se creen la noche misma,
y que es ella la que canta.

Las Cristinas

Las Cristinas dormían en la habitación del final, allí donde el pasillo hacía un giro y formaba un recodo. Cuando a última hora de la tarde oían la  puerta, gritaban al  unísono, holaaaaa, ¿quién ha llegado?, ¿quién viene a ver a estas viejas?  Y alguno de los numerosos chicos de la casa, que volvían  de sus clases o de sus callejeos, entraban un momento a saludarlas.

Las Cristinas se regían por el horario solar así que, en cuanto se hacía de noche, se metían en la cama. No se dormían porque era pronto, en invierno estaban acostadas a las seis y media de la tarde, y  en un par de horas se iban a levantar para cenar,  pero se habían puesto los  camisones de tira bordada  con las batas a juego y  escuchaban la radio. Charlaban entre ellas sobre lo que estaban oyendo, formando así un programa paralelo, como si fueran las tertulianas del fondo del pasillo.

Cuando alguno de los nietos o de los  sobrinos nietos se pasaban por el  cuarto del fondo  a hacerles la visita de cortesía, se emocionaban mucho.

¡Qué bonita es la juventud!, ¿verdad?, le decía la Cristina verdadera a la otra, la  que se llamaba Angelita.

Preciosa, de verdad que sí, ninguno tiene nada feo,   contestaba Angelita. Lo que pasa es que no se dan cuenta , no le dan importancia a ser joven y no paran  de sacarse pegas.

Y se creen que serán jóvenes  por siempre y desperdician sus dones, se creen que eso de ser viejos solo les pasa…¡a las Cristinas!

¡La risa que les daba esa falsa creencia!,  se reían tanto que temblaba la radio que tenían colocada en la mesilla y perdían la conexión.

Otra vez hemos perdido la onda- decía una de ellas- sintoniza, sintoniza, que ahora viene el concurso.

Las Cristinas tenían un coche pequeño con el que se desplazaban por las casas de otras Cristinas, de timba en timba. Sabían conducir pero no aparcar, así que cuando llegaban a su destino, se asomaban por la ventanilla y pedían a gritos, ¿quién aparca el coche a estas viejas? Casi siempre encontraban a alguien que les hacía el favor, de lo que deducían que el mundo no era tan malo y que la gente, en general, tenía ganas de ayudar. Solo una vez se quedaron dando vueltas por las calles de un barrio bastante alejado y poco poblado y por mucho que gritaron,  nadie, porque no había nadie, las ayudó.

Qué mala gente, volvía protestando la Cristina mayor, la que daba el nombre a las dos. Nos hemos quedado sin partida hoy por culpa del egoísmo y el incivismo de esta gente.

Pero, Cristina, si eso era un páramo, se le ocurrió decir a la Cristina segunda.

Eres tonta, Angelita, estarían escondidos, con tal de no ayudar…

Las Cristinas tenían cada una un joyero, el de la Cristina verdadera era una caja musical, al abrirla, una bailarina sujeta por una sola pierna daba vueltas y vueltas mientras sonaba el inicio de  un vals. Tenía además dos pisos entelados en raso rojo.

La caja joyero de la Cristina segunda  era un poco más modesta, al abrirla, silencio, y dentro nada de telas brillantes,  unos simples compartimentos cuadrados  y unos cojincillos con hendiduras para insertar los anillos. Angelita tenía un poco de envidia del joyero musical. Algunas tardes, cuando se aburrían de su tertulia paralela y mientras esperaban que algún sobrino nieto se acercara a visitarlas,  sacaban los joyeros y comparaban su contenido.

No digo que la tuya no sea más bonita, pero en la mía cabe más. Y Angelita la movía haciendo ruido.

No es tanto lo que quepa como la calidad de lo que cabe, le contestaba la Cristina mayor, muy digna.

La puerta, la puerta,   avisaba cualquiera de las dos ,-ya estaban empezando a aburrirse  de su competición de cajas-  he oído la puerta. Y guardaban deprisa sus tesoros  porque de momento  no entraba en sus planes hacer  el reparto de la herencia.

¿Quién ha llegado, quién viene, quién viene a saludar a estas dos  viejas?

El ahogamiento

Cuando llegábamos a la playa cada mañana, ya estaban los habituales en sus sitios y si no estaban todavía porque habíamos madrugado más que ellos, aparecían al rato y se instalaban. Durante los  cinco años que estuvimos yendo a esa  playa,  siempre eran los mismos. Eso nos gustaba, nos daba sensación de seguridad.

Todos nos conocíamos sin conocernos, superficialmente, de algunos sabíamos los nombres o la procedencia, de otros nada, excepto sus costumbres. Las dos que se sentaban a nuestra izquierda eran hermanas, se parecían mucho, y los cuatro niños eran sus hijos. Tres eran  hijos de la que considerábamos la hermana mayor y la niña restante, la más pequeña del grupo, era hija de la otra hermana.

Esas dos hermanas y sus hijos eran los más guapos de toda la playa, en nuestros paseos de punta a punta, nunca habíamos encontrado a nadie que los superase en estilo y belleza, al menos no como grupo y menos todavía como grupo estable, habitual.  Las hermanas guapas  llevaban unos sombreros de paja muy grandes, vestidos blancos sueltos y muy variados bikinis, siempre bonitos y especiales.

A nuestra izquierda ocupaba el territorio otra familia compuesta por un padre, una madre, un abuelo muy en forma y tres chicos a punto de entrar en la adolescencia. Nadaban mucho y muy bien, padres e hijos  llevaban bañadores sobrios de color azul marino y gorros y gafas de natación como si hubieran venido nadando desde Zaragoza, ciudad de la que procedían.

El abuelo jugaba a las palas con los nietos, sin cesar jugaba a las palas, le daba con fuerza y estilo  y no se cansaba nunca. Los padres cruzaban a nado hasta una pequeña isla que había enfrente y a la vuelta se sentaban debajo de su sombrilla y se comían cada uno en silencio una manzana verde, ácida.

Apenas hablaban entre ellos, como mucho para decirse, pásame el agua, ¿has visto la crema? o ¿qué hora es? pero se intercambiaban a diario una breve información  relativa al clima que consistía en comparar los grados de Zaragoza con los de la playa. Los días que  habían mejorado con el cambio, y eso significaba para ellos que en su ciudad hiciera más calor, lo que solía suceder,  se ponían muy contentos. Pero si se daba el caso de que fuera un día de bochorno absoluto y altas temperaturas y en Zaragoza  tormentas que habían refrescado el ambiente, se quedaban callados como meditando su mala suerte y mordían la manzana verde  con un poco de rabia.

Delante, y  por mucho que avanzáramos en posiciones situándonos casi en el agua,  siempre estaban delante, no sé cómo lo conseguían,  estaba la familia  de los dos bebés cagones. Era una familia de padres gordos, una abuela más gorda todavía, y dos bebés rollizos. Iban muy bien pertrechados de neveras con comida, una piscina hinchable para los niños, juguetes para poner dentro de esa piscina,  flotadores enormes en forma de animales marinos, dos sombrillas acaparadoras de sombra y muchos bolsones que les servían para expandir y delimitar territorio y para pasarse la mañana rebuscando en ellos y sacando cosas y luego volviéndolas a guardar.

Para que los bebés estuvieran más cómodos les quitaban un rato los pañales, rato que aprovechaban debidamente para hacerse caca, lo cual lamentaban mucho los padres gordos por el trabajo que les suponía, pero que gustaba mucho a la abuela gorda, que desde su silla aplaudía con gran felicidad como si las deposiciones fueran las obras de dos artistas precoces.

Bajo el sonido de los aplausos, los padres recogían los excrementos, armaban mucho jaleo limpiando a los bebés y decidían si les volvían a poner los pañales o se arriesgaban a otra nueva obra de arte precoz con todo el trabajo  que ello implicaba. Casi siempre se arriesgaban.

Mientras tanto, las hermanas guapas seguían su propia rutina. La menor se sentaba o más bien se dejaba caer lánguida en una hamaca mirando al mar desde debajo de su gran sombrero y de ahí no se movía. La mayor hablaba mucho por teléfono con los pies metidos dentro del agua, hablaba por teléfono y vigilaba a los niños, su larga y abundante melena rizada me tenía fascinada, no podía dejar de mirarla y no era la única. Ella sabía que su larga melena rizada causaba admiración y la movía de un lado hacia el otro o se la recogía para después soltarla o se la colocaba cayendo solo hacia un lado, por un hombro, mientras el otro quedaba descubierto. Algunas veces se quejaba por teléfono a su interlocutor, tenía varios, de esas mañanas de playa con tantos niños a su cargo, le decía que prefería la oficina pero yo no  podía imaginármela dentro de una oficina ni casi en ningún otro lugar,  la guapa de la playa solo podía estar en la playa, con la melena al viento y los bikinis bonitos.

Una de esas mañanas, todo estaba como siempre, la hermana mayor guapa hablaba por teléfono metida en el agua pero de espaldas al mar, de tal modo que parecía que se dirigía a  nosotros, los de las toallas.  Era como una actriz de teatro, el mar era su escenario y en la playa tenía el patio de butacas. La hermana menor guapa escondía sus pensamientos debajo de su sombrero y miraba al mar, no a su hermana, su función no le interesaba, miraba a través de ella o más allá de ella.

Los padres  de Zaragoza ya habían nadado ida y vuelta hasta la isla y acababan de  empezar a morder la manzana, el abuelo jugaba a palas con uno de los nietos y los bebés gordos acababan de hacer caca delante de nuestras toallas. Lo habitual.

Los padres gordos se pusieron a recoger los excrementos de los niños y a armar mucho lío en la operación cuando vimos correr a los socorristas y adentrarse en el mar por donde  unos brazos de hombre subían y bajaban.

Los hijos de las hermanas guapas dejaron de hacer sus construcciones de arena, el abuelo tiró las palas, los niños cagones se quedaron a medio limpiar y las manzanas de los de Zaragoza a medio morder.

La  hermana guapa  menor se levantó con cansancio, despacio, como si el ahogado le hubiera fastidiado su entrega absoluta a la contemplación del mar, su intercambio de secretos, esos que llevaba guardado debajo de su sombrero de paja y se acercó a la zona de arena, donde trataban de reanimar al hombre.

La mayor guapa seguía hablando por teléfono pero con más excitación, le contaba a uno de sus interlocutores y de paso al resto de los espectadores de la playa, lo que estaba sucediendo, “es increíble, esto que crees que solo pasa en los informativos (como si lo que pasara en los informativos no fuera extraído de la vida real) y acaba de ocurrir aquí, sí, un hombre, no sé decirte la edad, mediana edad, tampoco muy viejo, joven ya no, se estaba ahogando, lo acaban de sacar,  no sé, le habrá dado un calambre dentro del agua o se habrá mareado o un infarto, qué sé yo, lo están tratando de reanimar, ya llega una ambulancia, han sido rápidos, lo van a poner en una camilla. Me niego,  me niego, me niego  totalmente a que mis hijos vean esto.”

Venid aquí ahora mismo,  les gritó  moviendo su maravillosa melena larga y ondulada, me niego a que veáis lo que no tenéis edad de ver.  Vero, Caro, Pablo, aquí de inmediato.

La prima Sofía se ha quedado mirando, protestaron los niños.  La hermana guapa mayor lanzó una mirada furiosa  a la hermana guapa menor que no trataba de alejar a su hija del hombre ahogado, la dejaba que presenciara la escena desde bien cerca,  sacando su tripa infantil  y retorciéndose unos hilos con bolitas que le colgaban de los lados del bañador.

Que haga lo que quiera, pero si esta noche tiene pesadillas a mí que no me despierte. Mi hermana es alucinante, le dijo al del teléfono o a todos nosotros, sus espectadores, volviendo a su puesto en el escenario de agua, es alucinante,  pasa de todo. Me niego, me niego, me niego. No aclaró a qué se negaba esta vez.

Se llevaron al hombre ahogado  en una ambulancia justo en el momento en el que por encima del mar pasaba un globo aerostático con publicidad de un hotel cercano.  El abuelo maño  fue el primero en inciar el movimiento, retomó con brío  sus palas y con el primer golpe  los padres gordos limpiaron a los bebés  y sacaron una bolsa muy grande de patatas fritas, la madre y el padre zaragozanos mordieron sus manzanas a medio comer, la hermana menor guapa regresó a su silla, se bajó el ala del sombrero y miró al mar.

La mayor guapa volvió  a contarle la historia a otro interlocutor desde el principio pero ya más resumida, con menos detalles, “no, no sabemos si está vivo o muerto”. Dicho esto, se recogió la melena en una especie de moño y luego se la soltó en cascada.

Se oyeron unos aplausos,  otra vez la abuela gorda, “olé mis niños”, dijo.

Sinforosa, sólida y líquida

Desde que se había ido a vivir al campo,  a Sinforosa de la Fuente ya no le gustaba tanto, incluso podía decirse que ya no le gustaba nada,  pero ese inesperado desagrado era algo que ni a sí misma se quería confesar. Con todo lo que había protestado y despotricado de la gran urbe, con la de veces que había manifestado su anhelo de vivir fuera de ella y ahora…ahora cuando abría la ventana por las mañanas y veía todas esas hierbas amarillas meciéndose como tontas de un lado al otro y los pajaritos cantando como tontos sobre las copas de los árboles y ese silencio inquietante compuesto de pequeños sonidos como el rumor de las hojas y que sólo era roto por el ladrido de algún perro tonto o por el  cencerro de una vaca más tonta todavía, a Sinforosa le entraba una especie de angustia, una especie de ansiedad, una especie de tristeza campestre de lo más tonta también.

De eso nada, Sinfo, conversaba con ella misma, con esa parte de ella misma que parecía ser otra, pero si aquí estás en la gloria, mira todo este horizonte, ¿acaso tenías horizonte en la gran urbe? No, no tenías, tenías la casa de enfrente, un muro que se te estampaba en los ojos, ¡zas, toma muro!,  tenías un recorte de cielo y no precisamente el más bonito, como si no hubiera cielo para todos y te hubieran dado un trocito minúsculo y sobado y tenías claustrofobia, mucha, ¿o es que ya no  recuerdas que te sentías como un topillo en su madriguera y querías ser águila por lo menos?  Espabila y disfruta de todo esto.

No, sí, claro, si es verdad, respondía la otra Sinforosa y para disimular y convencerse, abría la ventana, abría los brazos, echaba la cabeza hacia atrás y pronunciaba, ¡ahhhhhhh, qué maravillaaaa!, con muchas haches que no suenan pero algo hacen y muchas aes que sí que suenan y son abiertas como las ventanas y los brazos.  Después hacía una foto del campo de hierbas tontas que se pasaban la vida meciéndose como locas atadas a una silla y luego otra de ella misma en la ventana con los brazos extendidos, abarcando su nuevo territorio y también medio loca de aburrimiento,  y se las mandaba a sus amigos los de la gran urbe con un pequeño texto debajo que decía “aquí, sufriendo”. Y no era irónico porque Sinforosa por mucho que se dijera que no, estaba sufriendo.

Sus amigos le contestaban con pulgares hacia arriba y florecillas que simbolizaban lo contentos que también estaban  de que Sinforosa hubiera hallado la felicidad  y ya no tuviera la necesidad de decir cada cinco minutos  frases como “no puedo más con esta vida, me estoy marchitando” o “esto es demencial, ¿es que no os dais cuenta?” o “como no me marche pronto de aquí me voy a pegar un tiro”. Muy alegres estaban sus buenos amigos de ver a Sinforosa tan feliz y cuando les invitaba a su casa de la pradera, iban por no desairarla aunque no les gustaba nada el campo y menos todavía la   paella malísima que la propia Sinforosa se afanaba en cocinar en un rincón de su jardincillo silvestre.

Pero si parece que hasta aquí la paella sabe mejor, como más natural, tiene un retrogusto especial, campero, agreste, decía Sinforosa repartiendo paletadas del emplasto ¡Y tan agreste!, pensaban sus amigos los de la gran urbe, espantándose las moscas y masticando una y otra vez esos trozos de pollo correosos y ese arroz pastoso. Pobrecilla, qué malas artes culinarias tiene, pero se la ve tan feliz…por fin ha conseguido lo que deseaba.  A la vuelta, mientras conducían por esas carreteras perdidas, entre pastos, eras abandonadas donde anidaban las cigüeñas y fresnos desmochados, iban comentando la suerte que tenían de sentirse amparados por las familiares franquicias, las luces siempre encendidas,  los museos, los  conciertos, los  gentíos, los bares y baretos,  los repartidores de todo tipo,  los comercios de los chinos  y todos los múltiples y variados  entretenimientos de la gran urbe.

Por desgracia para ella, lo mismo pensaba Sinforosa de la Fuente  cuando les decía adiós desde su puerta de madera pintada de verde y empezaba a sentirse muy sola, más sola cada vez que una nueva estrella brotaba en el cielo como una minúscula flor de luz y todo él se iba llenando de esos mundos bellos pero lejanísimos, muchos ya inexistentes, lo cual incrementaba su sensación de soledad. Más aún cuando los grillos empezaban a cantar un tema que decía, “Sinforosa, no te gusta el campo, no te gusta el campo, no te gusta el campo, no te gusta, no te gusta”.

Sí que me  gusta,  es bellísimo, solo que también lo odio, les contestaba ella. En realidad puede que  no me guste nada, se desesperaba tumbada en su cama observando la aparición  del rayo de luna que entraba sigiloso y se posaba sobre su frente.

Pues me vuelvo a la gran urbe, decidió una noche,   todo es reversible menos la muerte y de bien nacidos es ser agradecidos, arrieros somos y en el camino nos encontraremos ( cuando empezaba con las frases hechas ya no podía parar). Mañana mismo pongo esta casa en venta y …y ahí se detuvo porque sabía que hiciera lo que hiciese, a una de sus Sinforosas le gustaría pero la otra lo odiaría con la misma intensidad.

Como no se podía dormir porque desde que se había ido a vivir al campo le faltaba el  estruendo del camión de la basura que era lo que la hacía caer en el sueño de un violento empujón, encendió su teléfono y se puso a mirar las noticias que un algoritmo había decidido que le iban a interesar. Leyó, “¿cómo saber si tengo trastorno límite de la personalidad?”, pasó de largo, leyó también, “las cinco melenas que desearás tener este verano”, tampoco estaba interesada, “cuatro detenidos por esconder marihuana entre los cultivos de tomates”, ahí estuvo a punto de entrar, pero el dedo la condujo a esta, “descubren un nuevo  estado de la materia que  es sólido y líquido a la vez”.

Sinforosa leyó con avidez la información cientifica,  se había descubierto un nuevo estado de la materia física en la que los átomos podían existir como sólidos y líquidos a la vez, no era una etapa de transición entre uno y otro estado sino un estado nuevo en el que una parte de los átomos formaban una estructura sólida y otra parte una estructura líquida y así convivían.

Pero si esa soy yo, se dijo con entusiasmo, no estoy loca ni nada parecido,  “no te gusta el campo, no te gusta el campo, no te gusta el campo”, seguían cantando los pesados de los grillos que cuando les daba por un tema les pasaba como a Sinfo con las frases hechas, no sabían salir.

-No me gusta y sí me gusta, plastas,  les respondió Sinforosa contemplando el cielo estrellado, una manta entera para ella sola. Con ella se tapó hasta la barbilla,  un poco satisfecha y un poco insatisfecha  y al instante se quedó dormida.

Tuvo sueños sólidos y a la vez líquidos.

La mariposa migratoria

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Esta mariposa posada en el suelo se llama Vanessa  Cardui, nombre que  suena muy elegante y distinguido pero cuya traducción,  Vanessa de los Cardos, ya es un poco menos fino. El apellido le viene porque de entre todos los alimentos posibles, son los cardos lo que más le gusta comer. Cosas suyas.

Es una mariposa muy viajera o más que viajera, migratoria. Es capaz de hacerse anualmente 12.000 kilómetros y atraviesa dos veces, una de ida  y otra de vuelta , el desierto del Sáhara.

La altura de su vuelo y la distancia que recorre es igual o mayor a la que hacen muchas aves, ha salido un poco pájaro esta lepidóptera.

Con tanto trajín,  no me extraña que acabe tirada por los suelos y con un ala desgastada. Por lo menos a ella no le ponen muros ni vallas ni la detienen por buscar mejores condiciones de vida. Para hacer su ruta solo tiene que salvar los obstáculos naturales y protegerse de unos cuántos depredadores, lo que ya es bastante.

(La información  sobre Vanessa de los Cardos, a quién he tenido el placer de encontrarme esta mañana, la he sacado de internet)