Lo que nadie puede hacer por ti

Los arreglos que está haciendo en la azotea tienen muy ocupado a Toñín, tanto que apenas se le ve por el portal, Sonia lo echa de menos. Algunos de los habituales se han ido de vacaciones, como Emilia, que salió disparada el otro día con un broche en forma de pez enganchado a la blusa, como proclamando “a la playa me voy” y aquí os quedáis en el asfalto cocido. C,est la vie, se dice a sí misma Sonia como consuelo y para espantar esa desazón que le provoca el verano, el suyo, no el verano en general.

Un borracho se ha quitado la camisa y la está utilizando de capote para torear a los que pasan, cuando ve algo distinto a una persona, como una moto, se emociona mucho y acentúa sus lances. Los dos perros de Sonia también le han provocado entusiasmo y sale corriendo hacia ellos tratando de dibujar una Verónica. Sonia avanza a su ritmo sin inmutarse, borrachos toreros a ella. Que sepas, le dice, que estos perros fueron maltratados, a este le quemaban con cigarrillos, si quieres te enseño las quemaduras. Sonia se para y comienza a contarle las desgracias de los chuchos, tema en el que es especialista. Con tanto verismo narra y tan desconcertado ha dejado al otro que consigue que el hombre se vista y, afligido, se marche dando tumbos en otra dirección.

Si espera un poco más, Toñín aparecerá porque ya casi es la hora de recoger las basuras, a la tercera vuelta a la manzana, ahí lo tiene, despeinado y con los bigotes alicaídos, mustios de calor y polvo.

Tú no puedes hacer todo, tienes que pedir ayuda, búscate a alguien que suba contigo a hacer los arreglos esos y así acabas antes, ¿no ves que te va a doler la espalda o te va a dar una insolación? Y si te lesionas o te pones malo luego no vas a poder hacer ni eso ni nada y verás…

Es que hay cosas que otro no puede hacer por ti, contesta Toñín recostándose en la pared que, a última hora del día, arde. Una vecina con una cara muy blanca e inexpresiva, como de sábana, se les une. A Sonia no le gusta mucho porque no habla y porque tiene la sensación, siempre la tiene cuando la ve, de que acaba de resucitar. La vecina cara de sábana se llama Esther y va en zapatillas de estar por casa.

Qué tontería es esa de que solo tú puedes hacer las cosas, alguien más podrá, dice Sonia mirando solo a Toñín.

Que no, que hay cosas que solo tú puedes hacer. Pis, por ejemplo, eso no lo puede hacer otro por ti.

Anda este, qué cosas dice, tiene cada caída…

Ahora sí ha mirado Sonia a cara de sábana, pero nada, ni una respuesta, solo la frente blanca se arruga levemente.

Morirse, sigue diciendo Toñín, eso tampoco lo puede hacer otro por ti.

Te doy la razón, eso sí que no…ojalá, ¿verdad? Muérete tú por mí, que yo no tengo ganas.

Esther sacude su sábana en oleadas de risa.

La Planchá irrumpe con ruido de maletas atravesando la tertulia del ocaso.

Me voy. A Roma. Nos vemos a la vuelta. Cuando tire la moneda en la Fontana de Trevi a lo mejor me acuerdo de vosotros, ¿algún deseo?

Pero antes de que tengan tiempo de manifestar nada, ya se ha subido al coche de alquiler que la estaba esperando abajo.

Hoy ya no porque se nos ha hecho tarde pero mañana o pasado mañana vamos a subir a la azotea a ver la puesta de sol. Os lo juro, la iglesia blanca vista desde arriba parece el Vaticano. El mismito Vaticano.

Las moscas revolotean muy contentas alrededor de los tres, como si estuvieran de acuerdo y quisieran apuntarse al plan.

Ver la puesta de sol, eso tampoco lo puede hacer nadie por ti, mete Toñín en la cuenta de actividades no delegables.

Ni el sol ni la luna, añade Sonia mirando para arriba.

Huy, así partida se parece a la media pastilla de orfidal que me tomo para dormir. Un poco más grande, claro está.

Humana

Con las pestañas postizas que se ha puesto ya desde por la mañana, Sonia parece una muñeca antigua y rara. Paseando a sus perros prestados por aquí y por allá engancha una conversación con otra y para qué negarlo, los ánimos están revueltos. Ayer se incendió un cuadro de luces, hace dos días se cayó un trozo de cornisa de la casa que hace esquina y hoy hay avería en el alcantarillado y han cortado el agua. El portero del 30 ha dicho con sorna que no vendría mal asperjar la zona con agua bendita. «Paciencia, piojos, que la noche es larga», le ha contestado la señora venezolana adicta al agua de coco del Mercadona.

Alrededor del quiosco de prensa se ha montado una tertulia espontánea. Un señor opina que ha venido demasiada gente a la cumbre de la OTAN, “demasiados mandatarios de esos en demasiados aviones y todo el séquito que llevan, que no es poco, luego dirán que están muy preocupados por el cambio climático, menuda juerga que tienen montada”

“¿Y eso qué tiene que ver?, ¿no ve usted que dan dinero con todo lo que comen y beben?, publicitan la ciudad y llenan los hoteles”, le rebate una señora.

El quiosquero, que hace dos meses llevaba la patilla derecha de las gafas pegada con cinta adhesiva blanca, hoy estrena cinta también en la patilla izquierda. Se está tomando el café matutino en su taza de la abeja Maya, ignora a los tertulianos espontáneos y al mundo entero que se le ponga delante. El viento de la mañana mueve las ristras colgantes de boletos de la suerte abanicando con suavidad su barba blanca de profeta indiferente.

Sonia tuerce por otra calle, hoy no está interesada en los políticos, ni nacionales ni internacionales, tiene sus propias opiniones, pero no le apetece manifestarlas, todo lo que es expresado puede da lugar a malentendidos, claro que a veces le vencen las ganas de hablar y manifiesta lo que sea, hasta lo que no está muy segura de pensar, solo por el placer de articular palabras y echarlas a volar.

A lo lejos ve venir la Planchá con su vestido largo de verano, bien pintada, bien peinada y ahora que se acerca más, detecta que muy bien perfumada. Normalmente la Planchá no le da cancha, pero, cosa rara, acaba de echar el freno a sus tacones y le está dirigiendo la palabra.

¿Se puede creer lo que me acaba de pasar con la pobre de la esquina de arriba?, ¿sabe de quién le hablo? Esa que tiene un pañuelo en la cabeza y le faltan tres dientes. Yo siempre le doy algo y me intereso por su salud, son acciones que me salen de forma natural, por la educación que he tenido y por mis creencias religiosas. Le pongo su moneda en el vaso, le pregunto por su pierna, y va la tipa y me pide que le compre un billete de avión para irse a Rumanía en agosto. Que dice que el autobús es un trayecto muy largo y la pierna no le aguanta. Yo es que no doy crédito, eres humana, pero ellos piensan que eres idiota y quieren pegarte el timo.

Sonia abre y cierra los ojos pestañeando artificialmente, no sabe qué decir, esa mujer tan elegantona le da complejo de inferioridad.

En la tienda Humana tienen cosas que no están mal, si rebuscas, claro, se le ocurre de repente por asociación.

La Planchá da un respingo hacia el portal, arrepentida de relacionarse con quién no está a su nivel, no aprende, no aprende.  En la puerta lee el siguiente aviso, “Estoy en el tejado. Toñín”.

Como el violinista, murmura poniéndose la mascarilla antes de entrar al ascensor, ahora llamamos tejado al bar de enfrente y pensar que le he dado propina… No se puede ser buena persona, no se puede.

Un nuevo mapa

El profesor de matemáticas está tan emocionado con el nuevo mapa de la Vía Láctea que no puede dejar de pensar en él. Lo que no entiende es porque no les pasa lo mismo a los demás, hasta el momento, todos sus intentos de llevar la conversación hacia ese terreno han sido abortados.

Se le han quedado grabadas las palabras de un astrónomo finlandés que ha dicho que antes de que la sonda Gaia explorara nuestro barrio en el Universo era como si estuviéramos dentro de un bosque y solo viéramos árboles, pero ahora estamos en el cielo y podemos contemplar todo a vista de pájaro.

 ¡Pero que estamos en el cielo!, ha tenido ganas de gritar a sus vecinos, a ver si así espabilan y se despegan un poco de las calles cotidianas, pero no se ha atrevido. Anselmo es de naturaleza discreta y un poco tímida. Por la mañana, durante la clase, ha tratado de explicárselo a sus alumnos, de despertar en ellos el asombro.  Escuchad, ha dicho en lugar de ponerse a explicar los polinomios, en las estrellas se producen terremotos, son pequeños movimientos en su superficie que cambian su forma, un poco como os está pasando a vosotros, en plena adolescencia. En el Universo nada es estático y tampoco es un lugar tranquilo, hay violencia en el Universo, sabed que la Gran Nube de Magallanes, una galaxia pequeña cercana a la nuestra, está devorando a la Pequeña Nube de Magallanes, se asemeja a lo que ocurre aquí en la Tierra cuando el fuerte abusa del débil.

Cree que le han escuchado, que le estaban escuchando con cierto interés hasta que uno, rompiendo el encanto, ha preguntado: profe, ¿esto entra pal examen?

Por la tarde, cuando ha salido de casa para hacer unas compras, no ha podido resistir la tentación de comentar algo al respecto con Toñín y otros secuaces. ¿Os habéis enterado de lo de la Vía Láctea? Y sacando el móvil les ha leído una parte de la noticia, más que nada para situarles.

“La Tierra y el resto del sistema solar viajan a 720.000 kilómetros por hora alrededor del centro de la Vía Láctea, donde hay un agujero negro supermasivo, Sagitario A. Pero incluso a esta velocidad tardarían 230 millones de años en dar una vuelta completa. A su vez, la Vía Láctea es una pequeña isla de estrellas que viaja por la inmensidad de un universo donde hay otros 100.000 millones de galaxias separadas por distancias siderales”.

Huy, hijo, qué cosas nos cuentas, ha dicho Sonia, que para celebrar por todo lo alto la entrada del verano se ha puesto una túnica amarilla, yo ya me he perdido, soy incapaz de entender esas cifras que nos das, me da como mareos, claro que soy propensa a los mareos ya de por mí, tampoco te digo que tenga que ver con lo que estás contando. Son las cervicales, ¿sabes? Ayer pasé un diíta…

Pa sideral, ha rematado Juanín el fontanero, la obra que tenemos montada en la calle, qué de polvo y qué de ruido y por si fuera poco nos plantan un rodaje, no hay cristo que aparque aquí, una hora me he tirado dando vueltas, te desesperas, oye, y ya vas todo el día de malas.

Los demás han cabeceado, comprensivos.

El profesor ha vuelto a la carga, esta vez con menos ímpetu pues la esperanza de ser escuchado se le ha ido desvaneciendo, ¿no os parece increíble que la lente de esa sonda espacial haya observado estrellas naciendo en una galaxia joven que fue devorada por la Vía Láctea hace 100.000 millones de años?

¡Josús!, ha exclamado Sonia deseando que terminara ese tema de conversación donde no puede meter baza.

 “Unos que nacen otros morirán, unos que ríen otros llorarán, la vida sigue igual”, se ha puesto a cantar Toñín. En la raíz de su árbol dos veces muerto ha brotado una diminuta flor.

Pues sí, eso es verdad, se ha reído el profesor, hasta luego que me cierran, y ha avanzado por la calle en obras, el bolso de falso cuero en bandolera golpeándole la flaca pierna, la cabeza a reventar de estrellas.

Esto no es na

En la calle todos hablan del calor y el calor también habla, pegándose a los cuerpos, invadiéndolos, sofocándolos. Ese es su lenguaje, pero en estos días se ha vuelto muy agresivo, como esas personas que quieren imponer sus ideas y opiniones y gritan y avasallan. El calor de estos días va sobrado de ego.

Sonia ha salido muy temprano con los perros y solo con dar tres vueltas a la manzana ya ha vuelto sudorosa y agobiada, así que se ha dicho que ya no salía más, pero a media mañana, aburrida del enclaustramiento y previendo un día largo, ha repetido expedición, esta vez sin canes, al infierno de la calle.

En la marquesina del autobús se ha encontrado con Emilia que hacía una foto con su teléfono al termómetro, “¿qué te parece? marca 40 y son las 11 de la mañana. Récord histórico, ¿sí o no?” Sonia ha pensado que viven en un mundo plagado de récords y de días históricos, pero no lo ha dicho por falta de tiempo, el termómetro ha saltado en menos de cinco minutos a los 41.

Hazle otra foto, acaba de superar su propia marca, ni el Rafa Nadal, hija mía.

Se lo voy a mandar a mi hermano que vive en Asturias y no se lo cree, dice que nos lo inventamos y que somos muy exagerados.

 Su broche, que hoy era el pétalo de una flor amarilla, refulgía, destellaba y seguramente también quemaba.

Sonia ha subido en el primer autobús que ha pasado, Emilia se ha quedado abajo, registrando los récords históricos bajo la marquesina. El aire acondicionado de la EMT es fantástico, es lo mejor que hay para refrescarse, ni playa ni nada, se va de lujo, va pensando.

Una mujer le ha preguntado si todavía sigue la Feria del Libro y cuando Sonia le ha respondido que no, que se acabó el domingo, la otra se ha puesto a mirar para otro lado sin hacer caso de su respuesta.  Al rato, esa misma mujer se ha quejado del calor, le ha contado que ayer casi se desmaya y que pasó una tarde muy mala. Ella, comprensiva, le ha dicho que era lógico, que las temperaturas son demasiado altas y eso que todavía ni es verano oficialmente y lo que te rondaré morena.

Bien porque la mujer fuera rubia o por otros motivos inexplicables, tampoco ha mirado a Sonia cuando ésta le estaba respondiendo, ha dirigido su atención a la ventanilla y luego al vacío haciéndole muy groseramente luz de gas.

Serán las redes sociales, ha pensado Sonia, la gente ya no sabe comunicarse, sueltan lo suyo y luego pasan de la respuesta. No le ha importado mucho, estaba sintiendo una oleada de felicidad en el interior de ese autobús tan fresco por donde entraban sin esfuerzo todas las imágenes de la calle, así que se ha ido hasta la última parada y después ha vuelto.

A su regreso, Toñín y el de la farmacia, un chico que tarda mucho en despachar porque los medicamentos se esconden de él, departían amistosamente en una esquina. Son muy amigos, Toñín le llama “el doctor” y él a Toñín, “mi general”. Toñín, con sus clásicas palmadas al aire, le ha anunciado con alborozo que “el doctor” va a ser padre. Una niña, ha contado él tras su mascarilla de color morado, vendrá en octubre y se va a llamar Desiré, que quiere decir, “la deseada”. Otro niño para el barrio, ha palmeado Toñín con alborozo, y luego dirán que se acaba el mundo, no se acaba nada, esto no se acaba, os lo juro.

41 grados a las 11, ha anunciado Sonia por aportar algo a la primicia.

Esto no es na, ha dicho Toñín estirando sus felices bigotes. Agua fresca, poco movimiento y solucionao, que nadie nos meta miedo.

Claro, ha dicho la Planchá abriendo una sombrilla japonesa y pisando la calle con la punta de su sandalia, como usted es de esas tierras de por ahí abajo, pues está en su salsa, en su hábitat natural, no me diga más.

Toñín, sin hacer caso, ha espantado con un trapo a las moscas que flotan en el portal, pero ellas, cual si fueran moscas boomerang, han vuelto al instante a levitar entre el frescor de los buzones.

Nada ni nadie tiene remedio, ha murmurado la Planchá observando con desconfianza un cielo muy turbio en cuya parte más alta los vencejos vuelan obsesivos, le parece que al acecho.

Mal de amores

 Sonia se ha ofrecido a pasear a los perros de otro y así tiene la excusa perfecta para estar todo el día en la calle. Es verdad que la calle puede ser incómoda. Hace frío, hace calor, hace viento, hay obras, hay muchas obras, todo está lleno de zanjas y máquinas y ruidos, también hay muchos coches y, como viene observando, cada vez son de mayor tamaño. Cuando salen de los garajes la asustan con esos volúmenes desmesurados, esas envergaduras descomunales. Y lo curioso es que, dentro, solo suele viajar uno. O una. En los semáforos miran sus cacharritos que les indican por donde tienen que ir. Y pitan porque se atascan, lo normal, con esos mamotretos. Esos son los inconvenientes. Y las ventajas, que todo está ahí, lo bueno y lo malo, en todo su color y diversidad, y no en su casa donde solo está ella y ese olor a humedad. Así que sale con los perros y mientras los pasea y mira la vida que pasa, habla con unos y con otros siempre que puede. O lo intenta.

No siempre es posible pegar la hebra, muchos tienen prisa y la esquivan o le dicen hasta luego, en vez de hola y eso quiere decir, no me paro y no se te ocurra pararte a ti. Ella camina despacio, agarrada a la correa de sus dos perros prestados, añorando a su perrita Luci, tan cariñosa. La añora y no se le pasa, tanto dentro como fuera de casa, todo se la recuerda. Al principio lo contaba y la gente era comprensiva porque Luci acababa de morir y le decían eso de “cuánto se quiere a las mascotas”, pero llegó un momento en que la miraban raro, porque la comprensión es limitada y dura lo que dura y si ella siguiera diciendo que todavía está triste y que aun echa de menos a Luci la tomarían por loca y le mandarían que tomara antidepresivos porque eso no es normal. Normal o anormal la extraña y se siente sola muchas veces.

Por suerte, durante sus paseos también se encuentra con personas que están dispuestas a pararse y charlar un rato, como Emilia, la de los broches. Ya le ha visto un avión de papel, una nube y una serpiente con su lengua bífida y todo. Hoy lleva la nube.

¿De dónde sacas tú esto, Emilia?, le pregunta.

Los hace mi hija que es artista.

¡Tomá!, ha exclamado Sonia sin saber qué más decir. El arte le impone mucho. Admira a los artistas, pero también los teme un poco, no sabe por qué. No le parece que Emilia sea de la rama del arte.

Mira qué brazos más blandos se me han puesto, le está diciendo la del broche de nube.  Por eso no me gusta el verano, porque hay que ir enseñando las carnes y por mucho que te quieras recatar cuando llegan los treinta y cinco y los cuarenta, no años sino grados, te lo quitas todo y enseñas lo que más te gustaría llevar tapado.

He estado pensando, ha dicho luego apoyándose en uno de los contenedores de basura, que hacerse viejo es ir poniéndose blando, como las frutas, ¿sabes? Primero estás en el árbol y eres una flor más bonita que un san Luis, después te haces fruto y ahí también muy bien, estás apetitosa y todos te quieren comer, llegan los pájaros y te picotean, eso ya no me gusta tanto porque te hacen agujeros y por ellos se cuela la pudrición, malo si te cogen para venderte y comerte y malo también si te caes al suelo hasta que te haces papilla, puré de lo que sea y ahí te quedas, disolviéndote, tierra eras y en tierra te convertirás.

Sonia a esas cosas no sabe qué contestar, así que suelta, “nos ha jodío mayo” y luego se arrepiente de ser tan poco fina, pero dicho está y no lo puede borrar.

En eso están cuando se cruzan con la chiquita flaca que vive en el sótano derecha, se ha puesto un vestido de rayas rojas con el dibujo de un faro estampado en su centro y unas zapatillas rojas de correr.  Los ojos están del mismo color que las rayas del vestido y que las zapatillas. Como le han preguntado, ha dicho que es alérgica y que era tal la picazón que se los acaba de refrotar con mucha violencia, aunque ya sabe que no debería hacer eso porque se le irritan más.

Pero a Sonia no la engaña, esa se ha pegado una panzada a llorar, que no es que llorar sea malo, al contrario, llorar te deja más suave que la piel de un bebé, llorar te relaja, está comprobado por la ciencia del lloramiento. Pero si lloras, aunque sea bueno, es porque algo te pasa, que bueno no es. Seguro, seguro, que es por el chico que vivía con ella, tiene mal de amores la criatura. El mal de amores es bonito, aunque eso no se le pueda decir a uno que lo sufre, es bonito cuando eres joven. Después ya no se llama mal de amores, se llama desamor o soledad y eso sí que no tiene gracia.

Anda ya, le dice Sonia, anda ya que con lo guapa que vas no tardarás mucho en encontrar a otro que te quiera y tú a él. Si el mundo está lleno de hombres, será por hombres, que les zurzan a todos los hombres, sal con tus amigas y diviértete que la vida es breve y después, mírame a mí, te duele la espalda, se te cae el pelo, se te muere la perrita y yo qué sé qué más.

Que te ablandas, suelta Emilia moviéndose con una mano la carne del brazo de la otra.

Pero si yo solo he dicho que tengo alergia, dice la esmirriadita con cara de susto, abriendo mucho los ojos rojos.

Calle arriba se aleja  más veloz que una libélula con su vestido marinero.

El muñón

Merodea Toñín en torno a lo que fue su creación de árbol, su proyecto de vergel en mitad del asfalto. Ya no está, nada queda. Los brotes que comenzaron a salir de la primigenia acacia talada y que él había cuidado y hecho prosperar ya llegaban  casi hasta el segundo piso. Para que no se desparramaran hacia los lados los había cubierto con una lona guiándolos hacia el cielo. Es verdad que no era del todo un árbol, el tronco era ficticio, pero era algo verde y vivo, algo verde y resucitado de entre los vegetales muertos.

 O de entre los asesinados, piensa él, porque a esa acacia de ancho tronco se la había cargado sin motivo justificado el Ayuntamiento. Alegó que estaba enferma y podía provocar una desgracia si le daba por aliviar su cansancio tumbándose de forma repentina. Alegó eso o más bien no alegó nada. Un día llegaron los operarios con sus grúas y sus máquinas de talar y la acacia desapareció dejando en su lugar un muñón anillado.

Toñín se encargó de revivirla, jugando con ella. Todos la conocían ya como su árbol. Pero ayer, cuando volvió del dentista con la gasa dentro del hueco de la ex muela, la resucitada ya no estaba. De nuevo los malignos del Ayuntamiento, esta vez alegaban que tal instalación, así denominaron a su renacido árbol, provocaba peligro de caídas pues se encontraba demasiado cerca del paso de cebra y de una valla de obras.

 Cuánta tristeza. El poder es el poder, el poder tiene el poder, dice Toñín, mirando con nostalgia en la galería de su móvil imágenes de su querida amiga, alegría y entretenimiento de sus tardes. Pero también os digo, ha asegurado burlón dirigiéndose a Sonia, la que tuvo una perrita tuerta que ya murió, y a Paula, una vecina que lleva un broche en forma de avión de papel en la solapa de la chaqueta, también os digo que ahora es cuando se está cayendo la gente, ya he visto dos caídas y tres o cuatro tropezones.

Ay, ay, ayyyy, se suelta por cante jondo Toñín desahogando así su malestar. Ya que  han colocado una valla para acotar la zona de obras, ha colgado ahí la alfombra de entrada al portal, para que se airee. «Ay qué dolor, hiciste la maleta, ¡ay!  Y sin decirme adiós tú amor me abandonó y solo me dejó, ay qué dolor , ay que dolor», canturrea por los Chunguitos sacudiendo la felpa marrón. Una nube polvorienta se une al polvo de las obras, deseosa de amistar con alguien.

El profesor de matemáticas recién brotado del portal, se lleva las manos a la boca y retrocede dos pasos con pasmo y susto, ¡el árbol!, ¿qué ha pasado?

El que tiene el poder tiene el poder, repite Toñín. Y con una mano corta el aire espeso, oloroso a pises caninos.

Así es, así es, cabecea el otro, resignado. Hacen y deshacen y todo les da igual, el bienestar ciudadano no es algo que les importe. Y ¿usted cómo está, Sonia?, le pregunta muy cortés a la mujer.

Comme ci, comme ca, responde ella, atusándose coqueta sus cuatro pelos muy lacados.

Y todos se quedan mirando el muñón de acacia.

 A su lado hay un charco con colillas y una rama solitaria flota encima.

El cielo de la Planchá

El cielo está lleno de vencejos y eso a la Planchá no le gusta un pelo. Le parecen hordas adolescentes de botellón, de macro botellón, se corrige a sí misma. Adolescentes vestidos de negro que gritan, arman ruido, se lo beben todo y ensucian. Volar, vuelan bien, admite, pero cualquiera diría que estamos en esa película de Hitchcock en la que los pájaros atacan a Tippi Hedren, tan guapa ella, tratando de huir con su traje verde. Luego resultó que el que la atacó fue el propio Hitchcock, hay qué ver.

La Planchá ha retrocedido un poco, pero no por los pájaros sino porque acaba de ver arriba y abajo de la acera a Toñín agitando su manojo de llaves cual demente sonajero. Ese hombre le ataca los nervios, no tiene ganas de saludarlo ni de que se enrolle con algún cuento de los suyos, es muy coplero. Por huir de Toñín reculando hacia el portal, se acaba de topar con la chica joven que vive en el sótano, esa que antes tenía pareja y les daba por sacar al patio una sombrilla y unas sillas de playa, la gente no es más impresentable porque no se esfuerza. Ya no juegan a que están viendo el mar, entre otras cosas porque ya no están juntos, el sótano lo habita ella sola, en fin, es joven, otro con quién hacer el idiota encontrará.

Qué tal guapa, qué tal, saluda la Planchá, que otra cosa no , pero educada sí. De guapa no tiene mucho, es más bien esmirriadita y cuando se ríe enseña unos dientes muy necesitados de ortodoncia.

Son bonitos los vencejos, dice ella con voz dulce al ver que la Planchá está mirando al cielo.

Bonitos no diría yo, amenazantes más bien. Como este edificio, cualquier día se nos viene abajo como la casa esa que explotó. Es increíble como en un momento te puedes quedar sin nada, y dando gracias si no te quedas sin tu propia compañía. Que te mueres, vaya, sin comerlo ni beberlo.

Ya tiene al Toñín en la chepa, qué hombre insoportable, todo el día en la calle, salgas a la hora que salgas, te lo encuentras. A él y a tres más como él que no tienen nada que hacer en todo el día.

Toñín ha oído lo del edificio y suelta su perorata.

 Antes se cae Madrid entero que esta casa. Esta casa, se lo juro, es lo más duro del mundo, ¿no ve que tiene vigas de hierro? Cada cinco minutos tiene una viga de hierro.

Acaba de confundir el tiempo con el espacio, pero eso no lo detiene.

Este edificio, si hay un desastre de esos que se acaba el mundo y solo quedan las cucarachas, ¿sabe lo que le digo?, este edificio se queda.

No me diga que es usted ahora arquitecto en funciones, dice la Planchá atusándose sin necesidad la melena, muy lisa, sin un solo pelo fuera de su sitio.

Conozco esta finca como si fuera mía, son muchos años.

Pues suya no es y yo me voy, he quedado con una amiga y llego tarde.

Tengo las llaves de la azotea, anuncia Toñín agitando el manojo como si quisiera tentarla. Las tengo porque me han encargado una chapuza, pero el que quiera subir luego a ver la puesta de sol, el que quiera contemplar las vistas…se lo juro, la iglesia blanca de atrás, desde arriba parece el Vaticano.

La del sótano vuelve a reírse y dice que ella se apunta.

Ya hay que estar desesperada para querer ir a semejante expedición y con ese guía, piensa la Planchá. El sol está desquiciado y los pájaros y el mundo entero desquiciado.

Si tú me dices ven, ay, pero si tú me dices ven, lo dejo tooodooo, oye canturrear a Toñín peinando de nuevo la calle.

Ya le podía decir alguien ven y así nos lo quitamos de encima, pero no caerá esa breva. Esos pájaros, ¡qué putiferio de cielo!

Lluvia de estrellas

Me voy a pilates, hasta luego.

Su mujer se había pintado los ojos con sombra azul y llevaba una mochila pequeña colgada por delante.

Hasta luego, que te diviertas.

Ella se giró y le contestó que no se trataba de divertirse, que iba a pilates porque lo necesitaba, se señaló la espalda.

Claro, mujer, bien que haces, ve y te estiras, yo me voy ahora donde el Sandu.

¿Otra vez? Pues si que te ha dado fuerte, ni que te pagara.

A Ernesto le molestaba ese mercantilismo, no todo tenía que hacerse por dinero, un trabajo no era menos importante porque no se cobrara. En realidad sí lo era, si no te pagaban no era trabajo, era otra cosa que no sabía cómo llamar.

No es un pasatiempo, es un servicio que yo hago de forma voluntaria, se decía a sí mismo para convencerse mientras esperaba al autobús. Las primeras lilas habían brotado detrás de una verja, pasó una pareja y se paró a arrancarlas, lo hacían con determinación, como si lo tuvieran planeado desde el día anterior.

No se arrancan las flores, no se roban las flores, dijo una señora.

La pareja la ignoró y siguió arrancando lilas con ansia, más deprisa, el autobús llegó antes de que terminaran y Ernesto los perdió de vista. Ahora habían colocado esas pantallas, en un lado aparecía en azul el recorrido, la parada en la que estabas y a la que ibas a llegar, en el otro daban informaciones o mensajes de entretenimiento.

No le gustaba la pantalla esa, imantaba sus ojos, la miraba sin querer, era molesto, tampoco le resultaba agradable que le fueran introduciendo en su cerebro cosas que no quería saber.

“El jabón de Marsella es respetuoso con el medioambiente, puro y natural”, la imagen de una pastilla de jabón.

 «Jan el Jalili es uno de los bazares más interesantes de todo el oriente medio, se encuentra en la ciudad del Cairo». En la foto se veía una puerta en forma de arco ojival y a los lados un lío de cacharros que él no querría ni regalados.

“El mundo está lleno de pequeñas alegrías, el arte consiste en saber distinguirlas, Li Tai-Po». Eso lo había dicho ese hombre que no sabía quién era. Ya ves tú…

«La epicondilitis es una lesión del codo consistente en»…

Una conversación en voz muy alta le distrajo de la lesión, era una chica muy enfadada hablando por su móvil, ¿”tú te crees que me meto a ver al Rubi y me había bloqueado las historias?, me entraron los mil demonios, me enrabieté, me puse toda loca, ya le he dicho al Chicho que eso a mí no me lo hace, que eso a mí…”

La chica se bajó con su ira a cuestas por algo que él no entendía, le empezaba a pasar bastante lo de no entender.

El lado izquierdo de la pantalla le indicó que la siguiente parada era la suya, aunque no le hacía falta mirarlo porque se sabía el recorrido de memoria, ese había sido su antiguo barrio y desde que se mudaron tenía querencia, volvía y volvía y no solo porque le hubiera salido ese trabajo. O lo que fuera.

El barrio era feo, había que reconocerlo, y siempre había obras que más que arreglar parecía que destrozaban con ensañamiento lo ya viejo, como si odiaran el territorio. Subió por una calle estrecha evitándolas y después hizo su recorrido por las fruterías antes de llegar a la de Sandu. Ahí estaba, fuera, fumando.

Apunta, apunta, le dijo Ernesto a su amigo y también patrón o algo así.

Tú dime los números que a mí no me hace falta apuntar, se me queda todo aquí.

Sandu se señaló la cabeza, que tenía bastante voluminosa, acorde con su corpachón. La cara era casi tan roja como la de sus tomates.

A Ernesto que no quisiera apuntar le pareció poco profesional, pero no se lo iba a decir.  Me he pasado por lo de los pakistaníes, por la tienda del rancio, por la de los hermanos moteros, y por el Carrefour, aquí tienes el listado de precios. A lo que te voy, puedes subir  el kiwi amarillo, está a siete y hasta a ocho y de menor calibre que estos.

Mañana lo subo, eso te lo digo ya, hoy no porque tengo los precios puestos, pero mañana está subido.

Ernesto arrancó la primera hoja de su cuadernito de espiral y se la dio al otro, ya se imaginaba que la iba a tirar, pero a él le gustaba hacer las cosas bien. Desde que había empezado a colaborar con Sandu como asesor comercial y espía corporativo, las mañanas se le pasaban volando, no como antes, cuando no sabía que hacer y daba vueltas por la calle resignado ya a la inactividad total.

 Era un desastre el Sandu, no tenía sentido del negocio, menos mal que se dejaba aconsejar, que aceptaba sus ideas.

Estas judías, hombre, poca vista tienes, le dijo Ernesto acercando su nariz bulbosa a la bandeja de judías verdes, ¿por qué tienes las más feas en un lado y las bonitas en el otro? Júntalas todas y deja una capa de las bonitas encima, al que compre se las das mezcladas, ¿crees que lo van a notar?

Sandu comenzó a colocarlas, riéndose, se reía siempre. Qué mala suerte, la Georgeta acababa de aparecer, con ella no tenía entendimiento, ni siquiera le saludó. Habrá que comprar leche, habrá que recoger un poco antes a la niña, habrá que esto o lo otro. Habrá quería decir “haz esto o haz lo otro, Sandu”. Con la Georgeta no tenía confianza, las pocas veces que estaba en la tienda, Ernesto pasaba de largo con un leve saludo de mentón hacia arriba. Esa mujer de pelo tan negro, con esos pómulos tan marcados le imponía mucho respeto. Y no le gustaba su manera de hablar, como si cortase las palabras con la lengua. Era por el acento, poco amistoso a su parecer.

La Georgeta acababa de estropearle la mañana. Se despidió de Sandu y se dio media vuelta. Ya no tenía ocupación, podía volver andando, pero le dolía una rodilla, se la frotó mientras esperaba el autobús.

“La lluvia de estrellas de las Eta Acuáridas comenzó el 19 de abril y seguirá hasta el 28 de mayo, es una buena oportunidad para observar los meteoros”, le avisó la pantalla. En la imagen aparecía un hombre de espaldas pertrechado de telescopio, contemplaba unos cielos grandiosos, como él en su vida había tenido la ocasión de presenciar. Y pocas esperanzas tenía de poder ver eso alguna vez.

“La lactancia materna posee numerosos beneficios tanto para el bebé como para la madre y se recomienda…”, largaba incansable la pantalla. Miró por la ventanilla, harto.

Una mujer le decía a su acompañante, “¿por qué no crees en Dios, en Dios hay que creer porque siempre ha existido, si no quieres no creas en los curas, pero en Dios…”

Antes de bajarse se le coló en los ojos una cita de Nietzsche, “Si lo intentas, a menudo estarás solo y a veces asustado”, y la cara del filósofo con enormes bigotazos.

No sabía qué había querido decir, lo pensó mientras caminaba hacia casa, puede que no lo hubiera dicho así, en esa frase faltaba algo, se imaginó al encargado de rellenar la pantalla de contenidos, ¿quién sería? ese sí que era un trabajo idiota, pero si te pagaban…A él no le pagaba el Sandu pero gustosamente le asesoraba.

Su mujer ya había vuelto de pilates, la sombra azul de los ojos se le había extendido por media cara.

Poco has trabajado tú hoy, le dijo.

En mayo se puede ver una lluvia de estrellas, fue a decir, pero, pensándolo mejor, se calló.

Leticia

La primera vez que mencionó a su hija lo hizo de forma espontánea, sin darse cuenta de lo que estaba diciendo. La clienta acababa de salir del probador con un vestido largo y se miraba dubitativa en el espejo. Por delante, avanzando un poco una pierna, por detrás, girando el cuello, de perfil, caminaba, se estaba quieta, se tironeaba de las mangas.

Me gusta, tiene un bonito color, pero este corte… no estoy convencida, dijo recolocándose el escote.

Mi hija tiene uno igual y se lo pone muchísimo. Eso fue lo que se le escapó porque ya veía que el vestido volvía a la percha y aquella mujer abandonaba la tienda.

La mujer, tras sostener el vestido en sus manos un momento, sopesándolo, lo compró. Esther no creía que hubiera sido por el dato filial que había aportado, pero empezó a utilizarlo en cuanto atisbaba duda y, a medida que lo usaba, lo iba adornando, lo enriquecía con nuevas aportaciones. Su hija era alta y muy guapa, iba todas las ferias de moda importantes, su hija viajaba mucho, tenía una facilidad pasmosa para los idiomas, su hija poseía una gran simpatía, una elegancia natural.

No utilizaba todas las características a la vez porque hubiera resultado abusivo, las iba dejando caer con unas o con otras y así completaba un retrato que, en realidad, ya no era tanto una táctica de venta como un regalo que ella misma se ofrecía. Una hija maravillosa y diseñada a su medida.

El relato se fue agrandando con el tiempo, en ocasiones por pura necesidad pues tanto mencionaba a la fantástica hija que algunas clientas habituales le preguntaban por ella de forma general

¿Y dónde anda ahora Leticia?, le preguntó concretando por vez primera Natalia, una mujer gorda que siempre buscaba amplitud de telas donde refugiar y esconder sus carnes.

En Milán, dijo ella cogida por sorpresa. Pero no está por trabajo, es que su pareja es de allí.

¿Está casada?, indagó la otra, con afán de cotilleo.

No, no. Leticia nunca ha querido atarse a nadie, aunque esta vez me parece que está muy enamorada. No sé, procuro no meterme en los temas del corazón, es algo suyo, procuro no inmiscuirme en ningún tema, en realidad. Es su vida.

Claro, y bien que haces, de todas formas, nunca te hacen caso. Lo malo es que las mujeres, si quieren tener hijos, que no sé si será el caso de Leticia, tienen un reloj biológico que, ya sabes, marca las horas.

Pues mira, ha decidido no ser madre, está muy volcada en su profesión, ya te he dicho que no quiere ataduras. Lo importante es que ella es feliz, no conozco a nadie tan feliz.

La juventud, eso hace mucho, lo hace todo, dijo la otra que ya estaba empezando a odiar secretamente a la alta, delgada, políglota, libre, guapa, enamorada y feliz Leticia. Cuando eres joven todo es perfecto, luego el tiempo va pasando y nos desinfla a todos.

A ti no te ha desinflado, más bien al contrario, pensó Esther, que había detectado la malicia en las palabras de la otra. No entendía por qué le había sentado tan mal el sutil ataque si su hija ni siquiera existía. Al pararse a pensarlo se dio cuenta de que muchas de esas mujeres ponían cara de disgusto, cara que trataban de disimular pintando encima un gesto amable, cuando mencionaba a su hija.

A partir de ese día se permitió introducir alguna desgracia menor en la vida de Leticia, no ya para vender sino para resarcirla de ese odio porque le dolía tanto o más que si fuera dirigido hacia ella. Al igual que con las virtudes, se fue animando y, sin querer, la llevó al desastre. Primero le hizo un inofensivo esguince de tobillo que la mantuvo varada durante un mes, pero después le provocó un malestar de origen desconocido que la tenía muy ocupada de médico en médico. Las clientas empezaron a interesarse mucho por la pobre Leticia y ella recibía con agradecimiento sus preguntas y consejos, sintiéndose arropada y querida.

Finalmente lo resolvió con un diagnóstico de fibromialgia por el que tuvo que pedir la baja. Leticia ya no trabajaba, era incapaz de soportar los vuelos, los largos horarios, la intensidad de la vida social. Estaba en casa y leía porque siempre había sido muy buena lectora, también cocinaba, cuando la enfermedad no la dejaba agotada del todo. No, ya no estaba con el milanés, aquella historia había terminado.

Llegado a ese punto ya no podía utilizarla como señuelo para vender sus ropas porque Leticia se pasaba el día en pijama,  así que mencionaba a otras mujeres que acababan de pasar por ahí, sin decir nombres ni aportar datos excepto el de su singular estilo, mujeres que se habían llevado justo lo que la clienta del momento estuviera probándose.

Lo decía con tono aburrido y poco convincente porque estaba triste. Por su hija, por su destino truncado, por ella misma. Pero qué tontería, si era suya. La haría remontar, poco a poco la devolvería a su anterior y maravillosa vida. Pero entonces volvería el odio, eso ya lo sabía. Todas esas afables mujeres retomarían su anterior hostilidad. Tú no te preocupes, Leticia, le dijo a su hija enferma que, en su imaginación, miraba pálida y despeinada por la ventana. Tranquila que volverás a ser la que eras y mejor todavía, y si esas te detestan, a ti qué más te da, que se fastidien. Colocó los vestidos que una indecisa acababa de toquetear y se sentó tras el mostrador desde donde se veía un trozo de calle.

La gente pasaba como estelas fugaces, acarreando sus vidas, por el rectángulo de la puerta.

Está nieve

Allá en su país, una madrugada, no conseguía dormir y se levantó a beber un vaso de agua. Al acercarse al grifo que estaba junto a una ventana vio un resplandor que no era el de un relámpago ni tampoco las luces de algún coche al pasar, no eran cohetes de fiesta ni nada humano identificable. Daniela pensó que se trataba de una visita de habitantes de otro planeta, abrió la ventana y le pareció que algo se estaba marchando después de haber estado. Zarandeó a su hermana Sara pero a esa, ¡ay, a esa!, a la Sarita no había manera de despertarla. Sarita, Sarita, vi un ovni, le dijo, aquí, ahora mismo estuvo, recién se marchó. Sara se tapó con la manta y protestó, ya déjame dormir, mañana madrugo.

Eso fue hace mucho, ¿cuántos años serán?, reflexionó Daniela en voz alta llevándose la taza a la boca. El café se había enfriado y no le gustó. Puede que hubieran pasado diez años o más, pero lo que quería decir es que ayer lo volví a ver, también fue de madrugada, la misma luz, el mismo resplandor que no era de este mundo y esa sensación de que acababa de estar y también de marcharse.  No quise despertarlas ni a Paula ni a usted porque una ya sabe que a los otros no les gusta que los despierten con cuentos en mitad de la noche, solo que no era un cuento, yo sé que no, no importa que no me crean. Me comí una empanadilla fría, de las tres que trajo Paula, y ya no me pude volver a dormir, por eso hoy estoy tan cansada, pero no me importa, prefiero haberlo visto, fue lo mismo que aquella primera vez.

Dora estiró los labios sin dejar salir la risa. Esta Daniela siempre andaba con historias raras. Se estaba acordando del perro que tenía en su pueblo y no quería dejar de acordarse de él por las historias de Daniela, no quería que sus relatos taparan a su perro, lo extrañaba, pedía que le mandaran fotos del Nuno y se las mandaban, pero esas fotos no aliviaban su añoranza, al contrario, se la avivaban. Y aunque lo sabía, no podía dejar de pedirlas. Entró en la galería del teléfono y lo contempló en diferentes poses y situaciones, era él, pero faltaba todo de él, no lo sabía explicar.

Mire al Nuno, acá está bañándose en el pilón, a la que ve agua, se mete, no lo puede remediar.

Porque será perro de aguas, cazador de aguas, son así esa raza de perros. Daniela ponía voz de sabihonda, como si supiera de todos los temas.

Bebió otro trago de café ya frío del todo, le molestaba que le interrumpieran con tonterías de perros sus relatos de fenómenos paranormales, ¿qué iba a ser más interesante, un simple perro, de los que había por cualquier lado que uno mirase, o ese resplandor venido de otros mundos? La respuesta estaba clara pero esa Dora no la quería ver, era una simple.  Ahora andaba mirando una revista que había dejado Paula por ahí tirada y le leía en voz alta lo que le llamaba la atención.

“El amor entre máquinas pronto será posible”, leyó y empezó a reírse.

¿Te imaginas que se enamora la lavadora de una de nosotras o el secador de la tostadora?

Daniela fue a la cocina, quería volver al lugar de los hechos y de paso alejarse de las lecturas de Dora. Siempre estaba leyendo en voz alta, no leía seguido, solo a trozos lo que se encontraba, libros o revistas de Paula. Se cansaba y volvía al teléfono, a picotear de foto en foto.

Voy a ver si se secó la ropa, anunció desde allí. Abrió un poco la ventana, pero no para ocuparse de la colada sino para mirar el sitio exacto donde por la noche había visto lo que había visto. De día solo parecía lo que era, un patio normal, con sus prendas tendidas, cables surcando las paredes, rejillas de ventilación. Ni siquiera el aire vibraba de una manera especial, las huellas se habían borrado. Por detrás del edificio de enfrente se veía el pico de la montaña, blanco.

Dora, ¿has visto? Está nieve.

¿Qué? No te oigo, mira lo que dice aquí, en este libro, “el éxito te aleja de las cosas que conoces mientras que el fracaso te condena a ellas”, ¿tú crees? A mí no me parece que eso sea verdad, ¿y mi perro Nuno? Lo lejos que está, yo no tengo éxito y me alejé de él. En los libros ponen frases para que quede bonito nada más.

Daniela volvió al cuarto, tres plantas a las que nadie regaba agonizaban en la ventana.

Está nieve en la montaña, ¿quieres verla?

Dora estiró los labios para contener otra vez la risa. Esta Dani no sabía ni hablar. Estuvo a punto de corregirla, pero mejor se callaba, fue con ella a mirar el pico blanco, se veía lindísimo, el Nuno se lo hubiera pasado muy bien en la nieve rodando cuesta abajo.

Estaban ahí, dijo Daniela tocando una camiseta para comprobar si se había secado, por ahí detrás, más allá de las cuerdas, esa luz tenía un algo extraño, ahora no parece, pero así fue. Me desperté con sobresalto, raro en mí que duermo sin sentir.

El fracaso era no poder estar al lado de lo que quería, como su perro, y tener que convivir con la Daniela y sus visiones, lo que decía en ese libro no era verdad, pero Paula había subrayado la frase. Vio en un plato las dos empanadillas que quedaban y mordió una, estaba buena, se la comió mirando el pico de la montaña blanco, luminoso.

Está nieve, volvió a decir Daniela y acordándose de algo que solo ella sabía o ni siquiera ella, suspiró.