Testigo de nada

Me llamó mi amiga Lourdes, que no me llama nunca, siempre tengo que llamar yo primero y me dijo, “Susi, te llamo para decirte que te van a citar para que testifiques en mi juicio” y un crujido que se oyó. Esta está comiendo pipas, me supuse yo. Cuando se pone nerviosa le da por las pipas.

No me hizo ninguna gracia la noticia y se lo dije, ¿pero cómo voy a ir de testiga si no vi los hechos? Los viste borrosos por ser corta de vista pero alli estabas y sabes lo que pasó porque yo te lo conté, ¿o es que no me eché en tus brazos recién atropellada, llorando a todo llorar?

Ya, eso sí, pero yo no lo vi, yo no vi presencialmente cómo el de la moto te aplastaba un pie y luego se daba a la fuga, ya sé que es verdad que te pasó lo que te pasó, los hechos son muy verídicos, pero es muy violento tener que declarar y decir que has visto lo que no has visto.

Pero es que te van a citar, te llamará mi abogado para prepararte, no vayas a meter la pata. Clic, clic, clic, las pipas otra vez.

Y venga a insistir, si no tiene más misterio que decir que tú estabas esperándome en la acera de enfrente, yo crucé para ir a tu encuentro, el tipo se saltó el semáforo y lo que ya sabes después. Todo eso es verdad aunque no lo vieras, que sí lo viste, solo que borroso.

Si es que no sé decir que no, tengo que aprender, estoy entrenándome con unos podcast que escucho de mejora personal pero me voy por el cuarto y son cincuenta, todavía no me sale bien. Así que dije sí, pero por dentro…por dentro estaba maldiciendo a Lourditas, que no me llama nunca, siempre soy yo la que tengo que dar el primer paso.

¿Es posible no ir de testigo a un juicio, pueden no ir a declarar los testigos?, busqué en google. Nada, que no, que tenía que ir, era mi obligación como ciudadana, lo que una es, y ponían multas bien gordas si la incumplías y que sé yo que más amenazas. Me entró el canguelo.

La noche antes no pude dormir imaginando variantes de preguntas y respuestas. En algunas quedaba bien y en otras metía tanto la pata que mi amiga Lourditas perdía el juicio, no el de la cabeza, el de la ley y todo por mi culpa. Para asistir a los juzgados me puse la camisa de volantes, me veo yo bien con esa camisa, sexy pero sin exagerar y también elegante pero lo justo.

¿Pero de qué te has vestido?, pareces la Faraona. No contesté por no entrar en el ” y tú más” pero ella iba hecha un desastre y con las raíces del pelo sin teñir. Se ve que me notó la mirada condenatoria, nunca mejor dicho, porque se puso a explicarme que era una estrategia para que se notara lo mal que lo está pasando tras el atropellamiento y lo raspada que anda de pecunio, lo cual es verdad y no está engañando nadie. Yo sí que voy a engañar, pensaba yo retorciéndome un volante. Una mentira bien gorda en toda la cara del juez.

Es una jueza y creo que muy seca, me dijo ella como si otra vez me leyera el pensamiento, cómo me conoce. Encima seca, qué nervios.

Estoy muy nerviosa, vamos entrar en ese bar a que me tome un café. No quería porque ella no sabe que a mí el café me da paz, como a ella las pipas, pero al final entramos, ella se pidió un agua con gas. Lo malo es que al rato nos hacíamos pis las dos y tuvimos que parar en otro bar y para poder usar los aseos, volver a consumir líquidos porque para sólidos no estábamos y así entrar en ese círculo de bebidas y expulsión de las mismas que no tiene fin y por experiencia lo sé.

Llegamos a los juzgados, en la puerta había muy buen ambiente, mucha gente formando corrillos y con papeles en las manos. Me animé bastante , como si me fueran a pagar o formara yo parte de algo importante. Por delante no hacía más que pasar una barrendera del ayuntamiento con el carrito y el escobón. Permiso, por favor, iba diciendo mientras atravesaba los corrillos , molestando para mí que aposta. Y total para barrer cuatro hojas secas. Me cayó bien, ese tipo de cosas me gustaría hacer a mí, molestar porque sí, pero no me atrevo, soy muy mirada, igual cuando me vaya por el podcast 25 ya sí . Llevaba unas florecitas pegadas al carro de barrer, lo que denota sensibilidad. Mirando estos detalles y otros se me pasaron un poco los nervios pero no del todo. Y otra vez la vejiga hiperactiva haciendo de las suyas.

Ese es mi abogado, ven que te lo presento, dijo Lourdes interrumpiendo mis observaciones.

Me lo imaginaba mejor, era feo, despeinado y con muy malas trazas. Sería también una estrategia o sería así de nacimiento. Recordé que me había dicho por teléfono, ” cuando te pregunten si tienes interés en el juicio tienes que contestar que no”, o sea que yo estaba desinteresada de lo que allí pasara. El de la otra parte, qué miedo, eso si que era prestancia, solo el brillo de sus zapatos ya me intimidaba. Ensayé por dentro posibles respuestas como “sí, no, no lo recuerdo, lo ignoro, lo desconozco, sí que sí, no entiendo la pregunta”. El corazón empezó a latirme al descompás, saltándose latidos.

Es el tercer piso, sala 4, nos dijo el abogado de mala presencia y allá que fuimos. Tengo que ir al baño, le dije a Lourditas. Ahora ni de coña ¿has traído el dni? Esto solo me puede pasar a mí, por mucho que buscaba por todos los bolsillos y cremalleras no aparecía. Es que este bolso es como una boca gigante, deglute lo que le eches. Pues como todos, dijo ella ya con voz de mal talante. A lo mejor por eso no llevaba bolso si no una bolsa de tela con muchos ojos pintados cuyo significado no sé cual sería, lo mismo ninguno.

Entraron casi todos y empezaron a llamar testigos, me dio tiempo a encontrar el dni, menos mal. Los nervios me iban tan en aumento que pensé que no podría articular palabra cuando fuera mi turno. Ese tema del desinterés me inquietaba. Por suerte llegó un señor de Zamora, sé que era de ahí porque se lo estaba contando a los gritos a otro, y me distrajo con la narración de sus pormenores, lo que había cenado en un restaurante cerca de Callao y que ni tan mal. Pasaba el tiempo y ahí seguía yo, con el dni sudoroso entre las manos y escuchando los menús del de Zamora. Ya iba por el desayuno.

Empezó a salir gente de la sala. El abogado pintarra me dijo, no te llaman, no ha sido necesario tu testimonio, ya te dije que a lo mejor no te llamaban.

Nos fuimos por dónde habíamos venido previo uso de los baños. A la salida seguían los corrillos pero ya no me sentía parte de eso si no todo lo contrario. Lourdes se fue hacia arriba por unos asuntos que tenía pendientes o eso dijo y yo hacia abajo. El sol me daba en la cara y entrecerré los ojos para disfrutar de su calor. Me puse el podcast número tres ” la presencia y la alegría”.

No me concentraba, seguía dándole vueltas a lo mismo. Primero no quería mentir pero después me sentí un poco desinflada de no haber podido hacerlo, de haber sido testiga de nada. Si es que no sabemos lo que queremos. En general, digo.

Mi barrio pandémico

Mi barrio pandémico está lleno de gente, de ruido, de jaleo a todas horas. Mi barrio pandémico, visto desde fuera y sin profundizar, no se distingue tanto del anterior, cuando el coronavirus no existía o estaba muy lejos, allá por Wuhan y comentábamos, “estos chinos, qué cosas terribles les pasan”

Pero sí hay diferencias: los huecos de algunas tiendas que han tenido que cerrar y ese trozo de tela, de mejor o peor calidad, con mejor o peor estilo, bien o mal puesto, que llevamos casi todos pegado a la cara.

Otra novedad que he notado a mi vuelta es que las terrazas, en un intento por salvar los negocios de hostelería, han ocupado muchas calles, ya no solo las calles anchas, aptas por su espacio para colocarlas. También las estrechas por donde ya era difícil pasar, tanto para coches como para peatones, han sido invadidas por terrazas más o menos logradas. A algunas les ponen una alfombra debajo imitando césped o algún otro material de la naturaleza, unas flores artificiales que caen en cascada sobre las cabezas simulando imposibles paraísos, un biombo para que los coches no pasen literalmente por encima de las cañas y las patatas fritas y a correr.

A correr los que corren y corren muchos, tantos o más como los que ocupan las terrazas, que también son bastantes. La gente se relaciona y grita igual que antes y fuman aunque no esté permitido, la gente en esta ciudad es follonera y lo sigue siendo.

Sí se ve algún gesto de mal humor en los dependientes de las tiendas, que venden poco, que temen por sus empleos y que tienen que aguantar a los que entran solo a mirar, a gastar el gel desinfectante y con un poco de mala suerte a pegarles el virus.

Hay muchas obras y obreros que entran y salen y se dicen cosas entre ellos, a gritos también. Los obreros pasan de la mascarilla, se sientan en los bancos a comerse el bocadillo de media mañana, la mayoría son jóvenes y se ríen despreocupados. Entre algunos adolescentes está mal vista la protección de tela, si la llevan es colgando. Por las noches se sientan en la valla, donde hacen pis todos los perros del barrio, se sientan y ponen su música reguetonera, beben cerveza, fuman, se abrazan. De vez en cuando, no siempre, pasa un coche policial haciendo mucho ruido de sirena y los dispersan con desgana, pero son muy recalcitrantes, tienen querencia por esa valla meada donde la gente también se deshace de lo viejo. Desde hace semanas hay un cesto roto con juguetes de plástico rosa también rotos y una silla de oficina.

La gente mayor va a la farmacia a contarle su vida a los farmacéuticos, no necesariamente sus dolores o problemas físicos, que también, ya no pueden ir al centro de salud, así que aprovechan para charlar un rato de lo que sea y si se forma cola no les da vergüenza. A los jóvenes adolescentes desmascarillados les gusta asustar a los miedosos de la edad de sus padres. Me parece que tengo fiebre, tío, dice uno de ellos al pasar junto a una mujer de mascarilla blanca pico de pato.

Los niños han vuelto al colegio. Ya no entran por la puerta habitual, lo hacen por otra lateral, más grande, pero eso no impide aglomeraciones. La otra mañana oí cómo un padre estresado, que acababa de bajarse del coche en la acera de enfrente, les decía a sus hijos que ya corrían hacia la puerta, “¡que no vayáis donde todo Dios!, ¡os he dicho que no os pongáis donde todo Dios!”. Pero es que se entra por ahí, respondieron los niños un poco desconcertados, deteniendo su carrera.

En mi barrio pandémico y supongo que en muchos otros de esta ciudad y de cualquier ciudad grande, no ir, no estar, no ponerse donde “tododios” es prácticamente un imposible. Los lugares vacíos no existen.

Ya casi no se oye la frase, tan recurrente, de “esto es como una película de ciencia ficción” o “parece mentira que esto esté pasando”. Mal o regular, nos hemos acostumbrado a “esto”. Esas frases han sido sustituídas por un resignado “hay que seguir viviendo” o por un receloso, “a ver qué pasa”.

Una madre le dice a otra, “a partir del 21 tienen clase por las tardes pero no me fío”. Nadie se fía del todo y cuando pasa una ambulancia se mira de reojo, con miedo.

Una niña pequeña, de no más de cuatro años años, con su mascarilla infantil de dibujitos, echa la capota al carro de bebé de su hermano que patalea dentro y le explica desde arriba, “así, para que no te entre el coronavirus.”

Patio con niños en la nueva anormalidad

Las señoras de los hilos

Mirad qué tres señoras tan simpáticas (en apariencia). Ahí las tenéis a ellas con sus costuras y sus charletas pasando el rato tan tranquilas y sin molestar a nadie. Pues fíate y no corras que son las Moiras. Os las presento.

Estas tres costureras son las encargadas de hacer el reparto, no de lo que te has comprado por Amazon, eso ya lo hacen otros, lo que ellas reparten sin empaquetar ni moverse del sitio y sin que nadie se lo haya pedido por internet, es la porción de la existencia que le corresponde a cada cual, la vida, el destino o como se quiera llamar.

La primera se llama Cloto, la que hila. Venga y dale a la rueca, gira que gira. Que dé vueltas es bueno, mientras la rueca se mueve, hay vida. Esto de la rueca sale mucho en los cuentos de hadas. Casi siempre la protagonista se pincha con el huso por andar distraída pensando en amores y cae en tremendos encantamientos de la que solo la pueden salvar los mismos amores con los que estaba soñando. Un lío. Esto a Cloto no le sucede, ella es más espabilada y bastante más pragmática, a pesar de que su herramienta de trabajo esté un poco desfasada.

La segunda Moira, de nombre Láquesis (la que da la suerte) lleva una vara de medir y con ella determina la longitud de la hebra, longitud que equivale a la duración de la vida. También elige los materiales. El hilo puede ser de oro o seda o tal vez utilice unas lanas roñosa que le sobraron de hacerse una bufanda muy fea. En ese caso, mal asunto. Lo más normal es que mezcle materiales, un ratito de hilo de oro ( los buenos momentos o los instantes felices), otra porción de lana vieja (las penurias) y a lo mejor un hilo de calidad intermedia para cuando ni muy bien ni muy mal.

La última se llama Átropos (lo inexorable) y su instrumento son las tijeras. Cuando lo considera y sin previo aviso, corta y se acabó lo que se daba. De ahí seguramente procede la expresión, “qué corte de rollo”. Es un poco chunga Átropos aunque si uno se para a pensar tampoco tanto.

Como lo que están haciendo es un tapiz, para que les quede bonito y colorido y el dibujo tenga un cierto orden y sentido, tienen que cambiar los hilos y entrecruzar a unos con otros, no van a coser siempre con el mismo hilo, larguísimo y reviejo. El resultado sería horroroso y hasta el propio hilo, agotado de tanta puntada, gritaría, “corta de una vez, Átropos, por lo que más quieras”.

Estas tres costureras se presentan al tercer día del nacimiento de los niños, camufladas entre las visitas pesadas, y comienzan con sus jaleos. Desconfiad si aparece alguien con el típico cuadro de punto de cruz en el que está bordado el nombre del bebé junto a dos ositos (nunca he entendido la relación bebé/oso), pues pudiera tratarse de una de estas señoras aficionadas a darle a la aguja.

Las Moiras, que son griegas, tienen unas primas romanas, las Parcas, que se dedican a lo mismo y con las que a veces quedan para intercambiarse patrones. Con las que ya se ven menos, debido a la lejanía, es con las Nornas, las primas rubias del norte de Europa pero mantienen el contacto a través de las redes sociales.

Todas ellas son muy poderosas, ningún dios puede inmiscuirse en sus asuntos ni ver sus telares ni intervenir en sus decisiones.

Las Nornas me gustan en especial porque viven bajo las raíces de un fresno, Yggdrasil, el árbol del centro del cosmos, nada menos. Pero su función, aparte de cuidar del árbol, es la misma que la de las otras señoras de los hilos: tejer el tapiz de los humanos destinos.

Fresno donde no vi ninguna Norna, no debe de ser Yggdrasil.

 

 

 

Callar puede ser una música (un poema de Roberto Juarroz)

20200802_221249

 

Callar puede ser una música

una  melodía diferente

que se borda con los hilos de ausencia

sobre el revés de un extraño tejido.

La imaginación es la  verdadera historia del mundo.

La luz presiona hacia abajo.

La vida se derrama de pronto por un

hilo suelto.

Callar puede ser una música

o también el  vacío

ya que hablar es taparlo.

O callar puede ser tal vez

la música del  vacío.

Por el sendero

Una mujer se hartó de ver iglesias románicas. Antes del hartazgo las adoraba,  eran su pasión y por eso programó ese viaje pero visitó tantas que se empachó. Ya no quiere saber nada de arcos de medio punto, no las puede ver ni en pintura,  reconoce su belleza, eso sí y las cosas como son. El hecho de que le hayan cansado  no influye en las iglesias. Siguen  en sus posiciones, erguidas sobre sus piedras, mensajeras del pasado, bellísimas y hasta conmovedoras y le parece muy bien pero si piensa en ellas se marea.

El amigo con el que pasea le cuenta que ha estado unos días en el cañón del río Lobos, lugar que merece la pena visitar y recorrer. Ella no lo conoce, podría ser un buen plan para otra vez ¿hay iglesias románicas por ahí cerca?, le pregunta. Él, que no entiende su recelo, le habla de la ermita de San Bartolomé y de las fuerzas telúricas del lugar.

Me da lo mismo,  ya no voy, dice ella espantándose con furia una avispa, tal vez románica.

Un niño le está contando a otro que se quedó atascado en las ramas más altas de…de…de una higuera, apunta su madre que va unos pasos por delante, lleva una camiseta con una maceta pintada, camina con pasos rápidos, enérgicos. El niño atascado se niega a pasear si no es con un amigo,  a ninguno de los dos les divierte caminar, coger moras sí, pero la madre no quiere que paren porque su objetivo es hacer ejercicio y que lo hagan ellos.  Vamos, vamos, les dice, ya cogeremos moras después, a la vuelta.

Me quedé atascado en la parte alta de la higuera, arriba, entre dos…entre dos…entre dos ramas, dice desde delante la madre portavoz.

Y yo lloraba y lloraba y lloraba, cuenta el niño a su amigo intentando compartir su tragedia, ser comprendido y tal vez admirado pues no todo el mundo puede presumir de haberse quedado atascado entre las ramas más altas de una higuera.

El amigo mira para otro lado, hacia los matorrales de zarzas donde ya despuntan moras negras al lado de las rojas. Unas hojas se mueven con vivacidad, dentro hay algo, ese algo asoma un momento, burlón, es un petirrojo. Pica una mora y desaparece.

El amigo del niño atascado señala con el dedo, están a punto de pararse pero la madre, sin necesidad de darse la vuelta, utilizando sus ojos del cuello , dice de nuevo, vamos, vamos, ya llegamos al castañar y ahí, una pequeña subida y veréis qué vistas. Magníficas.

Y lloraba, lloraba y lloraba, retoma el niño su tragedia.

Todo el camino está bordeado de zarzamoras, un hombre con un palo y una bolsa recolecta sus frutos.

Se van a acabar, se lamenta el amigo. Salen otras, salen más, dice la madre de la camiseta con una maceta dibujada. Vamos, vamos, las cuestas mejor deprisa. Queda muy poco para las vistas.

Otro hombre abraza a su perro, es un perro de lanas, se llama Coco ¡ Ay mi Coco, ay mi Coco!, qué le pasa a mi Coco, grita el hombre abrazando al perro, el perro le contesta con ladridos muy emocionados, el hombre se tira al suelo para abrazar mejor a su Coco, sigue gritando cariños y alabanzas y el perro ladra de pura felicidad. Cuando cesan en sus demostraciones afectivas se ponen a pasear, el hombre dice, en apariencia a nadie presente, zorra, zorra,  zorra, me cago en todo, me cago en todo y en todo.

Un  jardinero de larga y rizada melena está cortando las ramas de un roble, hace mucho ruido con la sierra, un ruido que provoca desbandadas. Una mujer se para y le pregunta, ¿hay por ahí detrás otro camino? como el jardinero melenudo no  contesta,  modifica un poco la pregunta y sube el tono de voz, digo que si hay otra vereda. Nada, no hay respuesta. Vuelve a intentarlo, ¿hay otro sendero por ese lado?

Vacas, responde el jardinero masticando algo. Donde hay vacas, hay moscas. Le molesta que los paseantes le tomen por un guía turístico. Acciona de nuevo la máquina sierra y rebana unas  cuantas ramas al roble.

Caen al camino  y ahí se quedan, delante de la mujer.  Ella las toca con la punta del pie derecho como si quisiera comprobar algo, se incrusta unos auriculares y se aleja cantando, muy mal, por el sendero.

Petricor

El aspecto dramático de la lluvia no le interesaba pero Salvador, el portero, se había empeñado en  contarle con todo detalle aquellas inundaciones de un mayo de hacía dos años.

Aquello fue primordial, dijo él, ¿ve esa puerta?

Margarita miró con desgana hacia la puerta de la entrada mientras pensaba que primordial era una palabra muy rara.

¿La ve, verdad? pequeña no es, pues el agua saltaba por encima  como si  nada, bajaban unos ríos por este camino que, se lo digo de verdad, pasamos miedo. Sería, ¿qué hora sería?,  puede que las seis de la tarde. Pues, oiga, noche cerrada, el cielo negro, negro, negro como…como yo qué sé, como un negro, con todos mis respetos para las personas de esa raza, no se vaya usted a creer que soy racista. Yo  nunca había visto un cielo así salvo de noche. Le dije a mi mujer : Maricarmen, esto se pone feo. Como se lo cuento, feo que se puso,  a las once de la noche tuvimos que salir de ronda, ¿se puede creer que todos los primeros pisos estaban inundados? El agua se había colado por las rejillas de ventilación de las cocinas, estuvimos achicando mi mujer y yo hasta las tantas. Por eso le digo que el agua es buena cuando no es mala.

Es que ya no sabe llover, dijo Margarita deseando que el portero se callara de una vez, había bajado hasta el portal para estirar las piernas por los pasillos,  hasta que no amainara no podría salir. Se había puesto su modelo de verano para los días lluviosos: unas deportivas blancas con refuerzos dorados, una falda vaquera y una chaqueta blanca. Iba monísima, tenía estilo y ya está y aunque también tuviese años los cargaba  con una ligereza y elegancia que ya quisieran muchas más jóvenes. No quería que la humedad le estropeara el pelo, su  melena rubia y lisa, se la apartó con un coqueto movimiento de mano.

Salvador, indiferente a ese gesto y al resto de su bien cuidada persona, seguía narrando la tragedia de las aguas desbordadas, Margarita ya no le estaba escuchando, lo veía porque lo tenia delante pero era como cuando se quita el sonido a una película, movía su boca y también los brazos trazando en el aire los ríos impetuosos y desbordados y dibujándose a él y a su bendita mujer Maricarmen luchando contra todo aquello como dos héroes de las inundaciones. Lo veía fascinada y aburrida al mismo tiempo,  hasta que un señor y una niña en patinete abrieron la puerta y con ellos entró ese olor maravilloso a tierra mojada, a árbol mojado, a verde mojado. Margarita lo aspiró como si lo esnifara.

Petricor, dijo en éxtasis. Sabía que se llamaba así porque le había salido en un crucigrama.  Petricor, repitió mirándose el refuerzo dorado de las zapatillas blancas,  mejor sería que no se le mojaran.

¿Qué dice usted?, Salvador detuvo sus maniobras en seco de lucha contra el agua  y se puso una mano detrás de la oreja, como si estuviera sordo, solo que no lo estaba.

Petricor es el nombre que se le da al olor a lluvia, a tierra mojada, explicó ella. Por lo visto del suelo se liberan unas bacterias que…había otra  palabra para esas bacterias pero de esa no se acordaba, también le salió en otro crucigrama.

Anda qué cosas, dijo él moviendo la cabeza arriba y abajo. Yo solo le digo que se ande con ojo, que estas lluvias cuando se ponen rabiosas no son tontería. Se puso el cielo negro, más que ahora, se lo juro, y era de día, una tarde de esas de mayo. Decir que pasamos miedo es quedarse corto.

Si es que ya no sabe llover, todo está del revés. Primero el calor abrasador y ahora esto. Nada está donde debería estar.

Y que lo diga. Y ojito al calor también. Yo viví el incendio aquel, esas llamas,  madre mía de mi vida, jamás las olvidaré. Lo que lloró Maricarmen, tenga en  cuenta  que ella se ha criado en esos pinares, como quién dice.

Pues ni que fuera una cabra montesa, pensó Margarita. Se estiró la chaqueta blanca para que le quedara a la altura correcta. Qué pena que con lo mona que iba no la viera  nadie y que los pocos que la veían no supieran apreciarlo.

Petricor, dijo otra vez dándose media vuelta y empezando a girar por el pasillo con sus zapatillas blancas  y doradas.

Delante iba el señor y más lejos, impulsándose con fuerza con un pie, la niña.

Carolina, ven, no tan deprisa.

¿Es que una no puede estar un rato con sus propios pensamientos?, dijo la niña parando el patinete con rabia.

Por una ventana abierta se veía la copa de un álamo zarandeado por la lluvia y el viento. En una de sus ramas, acurrucada, hecha bola, había una paloma. Otra vez pensó en la palabra Petricor. Sin saber por qué, le molestó esa palabra como algo incómodo que se clava.

Que te lo has creído, Gilgamesh

A los dioses les dolía la cabeza.  La culpa la tenían sus muñequitos los humanos,  eran demasiados y hacían mucho ruido. Descartado el paracetamol por no ser medicina de su gusto, la solución estaba bastante clara: cargárselos y empezar de nuevo.

Reiniciemos, a ver si esta vez  nos sale mejor. Para ello seleccionaron  a una pareja humana de su preferencia (Ut Napihstin y su señora esposa) y les mandaron derribar su casa,  construir una nave, meterse en ella y llevar también muestras reproducibles de todo ser vivo existente. Como método de destrucción ( tenían un buen surtido)  escogieron un diluvio.

¿ Os recuerda ligeramente esta historia a la de Noe y su famosa arca? Pues no seré yo la que acuse de plagio a la Biblia pero el diluvio universal que aparece en Gilgamesh es mil años anterior.

Ut se lo está contando a Gilgamesh que escucha con gran atención. Cuando termina el relato, igual al de la Biblia salvo que aquí se cambia la paloma del final por un cuervo,  Ut le explica que debido a lo bien que cumplió con la misión encomendada, los dioses le concedieron la inmortalidad pero que eso no le va a pasar a él, que se vaya olvidando,  lo suyo fue una excepción.

Tal debió de ser la cara de desilusión de Gilga  que Ut se compadeció de él y como premio de consolación,  le reveló la existencia de una planta pinchosa y espinosa en el fondo del mar con propiedades rejuvenecedoras.  Inmortal no le iba a hacer pero sí le podía quitar unos cuantos años de encima.

Fue oírlo y  entró Gilga en acción otra vez, qué impulsividad , hijos míos. Se ató unas gruesas piedras a los pies y hasta el fondo de los mares que se hundió, arrancó la planta hiriéndose las manos, cortó los lazos que ataban las piedras a sus pies y ascendió lleno de rasguños y medio ahogado pero más  contento que unas castañuelas.

Además de valiente, Gilga era generoso porque le dijo al barquero, (el mismo que lo condujo por las aguas de la muerte y que ahora le va a llevar de vuelta),  “esta es una planta famosa, gracias a ella el hombre renueva su aliento de vida, la llevaré a Uruk, haré que todos coman de ella, la compartiré con los demás, su nombre será “el viejo se vuelve joven”, comeré de la planta y volveré a los tiempos de mi juventud”

Que te lo has creído, Gilgamesh.

Una serpiente que pasaba por ahí, también es casualidad y mala suerte, la huele, le gusta y se la lleva. Gilgamesh llora un rato de la rabia que le da, se lamenta otro poco y, ya llorado y lamentado,  regresa a Uruk. Después de tanto periplo y tantas aventuras ya sabe que va a morir y que va a envejecer y parece que lo acepta  ¡Qué remedio le queda al hombre!

Intentarlo lo he intentado pero no ha podido ser, se dice a sí mismo entrando en su amurallada ciudad.

La historia podría terminar aquí, con el héroe resignado, lo que pasa es que Gilgamesh tenía un punto liante y no podía dejar de enredar.

Ya que se iba a morir quería saber qué pasa después,  así que en la tablilla número 12, la última,  le da por convocar a los espíritus con una serie de rituales de lo más extraños y logra que se “abra el agujero del mundo de las sombras” y que por él se  cuele su difunto amigo Enkidu. Aunque falta el final, lo que Enkidu le cuenta no es muy alentador.

– Dime, amigo mío, dime la ley del mundo subterráneo que conoces, le pide Gilga.

-No, no te la diré, si te la dijera te vería sentarte para llorar, le previene Enkidu

-Está bien, quiero sentarme para llorar. (Cabezota como él solo)

-Lo que has amado, lo que has acariciado y lo que placía a tu corazón, como un viejo vestido, está ahora roído por los gusanos, está hoy cubierto de polvo, todo está sumido en el polvo”, le desvela Enkidu en plan sincericidio.

Pero al momento se ve que se arrepiente o es el autor de la epopeya (anónimo) el que se arrepiente de terminar con un final tan crudo y  matiza un poco.

¿Te acuerdas de aquel que se murió? (le cita a un vecino suyo)  pues está tendido sobre el lecho y bebe agua fresca, ¿te acuerdas de…? (otro vecino de Uruk), lo abrazan su padre y su madre, a otro más el que lo abraza es su mujer, otro, sin embargo, no haya reposo y otro más se está comiendo las sobras de unos platos y de unas ollas.

Vaya, qué faena, tablilla rota o perdida.

Y de esta manera, con el vecino comedor de sobras,  se interrumpe el poema de Gilgamesh, el héroe que no quería ser mortal.  Si que lo recuerden a uno es una forma de supervivencia, Gilgamesh consiguió de alguna manera vencer a la muerte.

Nada es para siempre, dijo el inmortal

A Gilgamesh no le quitaban sus ideas de la cabeza a la primera argumentación ni a la segunda. Los héroes en general y este en particular son cabezotas. Todo lo que le había dicho Siduri le pareció muy  bien pero él, a la suya, “y ahora dime, ¿cuál es el camino que conduce a Ut-Napishtim?” Ut y lo que sigue era el señor inmortal.

Ya le advierte Siduri que el camino no tiene nada de fácil pues ha de atravesar las aguas de la muerte. Un barquero le puede llevar pero a éste le acompañan “los de piedra” que por el nombre muy simpáticos no le debieron de parecer a Gilgamesh. Por si acaso y sin investigar más… blande el hacha, saca el puñal y como una flecha, cae sobre los de piedra y los quiebra.

El barquero, que se llama Urshanabi, le pregunta qué quién es y qué le pasa ya que, aparte de los modales  un poquito bruscos,  muy buena cara no le vio.  Gilgamesh, que era un poco plasta, de esos que les preguntas, ¿qué tal? y te lo cuentan, aprovechó  para narrarle sus hazañas y sus penurias, también. La más grande de ellas, la  muerte de Enkidu, su amigo, y el miedo que tiene desde ese momento a que le pase lo mismo.

Ya se ve que no era un hombre introvertido, de los que se guardan sus cositas, y de esta manera tan contradictoria pero muy humana expresa su penar, “quiero ir lejos, por la llanura, muy lejos ¡No sé cómo callar, no sé cómo gritar! (me encanta esta frase tan

de no hallarse),  mi dilecto amigo no es  más que fango, ¿no me acostaré, como él, para no volver a levantarme jamás?”

El barquero, que psicólogo no era pero que a lo mejor algo sabía sobre la terapia de exposición,  hace lo que puede ante tamaña ansiedad, lo monta en la barca y navegan durante un mes y  medio por las aguas de la muerte.

Y aquí se interrumpe la tablilla y queda oculto lo que pasó si es que pasó algo. La narración continúa cuando Gilga se encuentra con Ut y, bien porque fuera verdad o  porque quisiera conmoverlo,  le dice esto, “he recorrido todos los países, he atravesado los escarpados montes, he cruzado todos los mares y no he encontrado nada que fuese feliz. Me he condenado a la miseria y mi cuerpo ha sido un saco de dolores” Si de algo no se le puede acusar es de beber en las tazas de Mr. Wonderful.

Ut mucho caso no le hace y le suelta la siguiente parrafada sobre la fugacidad de todo para que se vaya haciendo a la idea y abandone la queja, “¿acaso construimos casas para siempre y para siempre sellamos lo que nos pertenece?, ¿acaso los hermanos comparten para siempre?, ¿acaso para siempre divide el odio?, ¿acaso la crecida del río es para siempre?, ¿acaso el pájaro Kulilu y el pájaro kirippu suben para siempre al cielo mirando al sol? Los que duermen y los que están muertos se asemejan. el noble y el vasallo no son diferentes cuando han cumplido su destino. Los dioses deciden sobre nuestra muerte y nuestra vida pero no revelan el día de nuestra muerte”

A lo que le contesta, Gilga, disimulando el mosqueo, “te admiro, Ut, pero no te veo tan diferente a mí, en nada te veo distinto de mí”

O sea, que no entiende por qué Ut, que tanto habla de fugacidad, tiene la inmortalidad y él no.

Te voy a contar mi secreto,  escucha, majo, escucha, le dice Ut-Napishtin.

Pero  para conocer el secreto de Ut tendréis que esperar a la próxima entrada. No vayáis a mirarlo a la wikipedia estropeando la intriga o Gilgamesh blandirá el hacha. Pues menudo es…

La vida que persigues no alcanzarás

Así de claro se lo dijeron a Gilgamesh, héroe protagonista de la epopeya más antigua que se conoce, pero podría servir casi para cualquiera, para cualquiera que no se quiera morir, como le ocurría él. El hombre no hacía más que penar de un lado para otro en busca de la inmortalidad,  nada menos. Pero mejor empiezo la historia por el principio.  Gilgamesh era el rey de Uruk y se portaba fatal, en especial con las féminas. Mujer que le gustaba, -y le gustaban unas cuantas-, mujer que se beneficiaba sin pedirle permiso ni entender el “no es no”.  Su pueblo estaba harto de tanto abuso, por lo que elevaron una protesta a los dioses para que hicieran algo.

Lo hicieron, a su original manera. Crearon con barro a un hombre llamado Ekidu para que fuera su contrincante.  Ekidu salió peludo y salvaje,  vivía con los animales y comía hierbas. Gilgamesh lo soluciona a su estilo, le envía una prostituta durante siete noches. Una vez conocidos los placeres sexuales, Enkidu se  vuelve humano. Ya civilizado o algo así,  luchan,  pero al poco rato se hacen íntimos, sellan su amistad con un beso y se marchan en busca de aventuras. Quieren ser famosos y alcanzar la gloria y para ello qué  mejor sistema que cargarse a unos cuantos.

Parten hasta un bello paraje llamado Bosque de los Cedros y se detienen un  momento a mirar su belleza. “estaban allí admirando el bosque, contemplaban la montaña de los cedros. En la ladera, el cedro levanta su ramaje, su sombra es benéfica, llena de delicias”, se narra en la tablilla V, porque esta historia se escribió sobre tablas de arcilla, doce, en concreto,  en escritura cuneiforme.

Si escribís en tablillas o en cualquier otro material puede que descubran vuestro relato dentro de dos o mil o tres mil años, como ocurrió con este,  no desesperéis que los lectores terminan por llegar.  Pero volviendo a la historia,  ahí acaba el momento lírico y de comunión con la naturaleza porque la pareja de amigos íntimos iba a lo que iba, a por el guardián del bosque, llamado Humbaba. Le cortan la cabeza y tan contentos que se quedan. Hala.

Esta hazaña, llamémoslo así, entusiasma a la diosa Isthar, vaya usted a saber por qué y le hace a Gilgamesh la siguiente propuesta: “eh, Gilgamesh, sé mi amante”, está escrito cuneiformememte así, con ese desparpajo, no invento. Y luego le hace promesas de riquezas y demás. Pero él no se fía, y le responde con los siguientes piropos, “no eres más que una ruina que no da abrigo, una puerta que no resiste la tormenta,  un palacio que los héroes han saqueado, pringue que ensucia a quién la toca, una sandalia que hace tropezar a quien la calza….”  pues no era borde ni nada el amigo. También le acusa de haber tenido muchos amantes, precisamente él, si te digo yo que si hay algo ancestral es el machismo. En fin, sigamos.

Como os podéis imaginar, la diosa se enfadó un poquito y se subió a los cielos a chivarse a sus padres. Les pide que creen un Toro Celeste para que se enfrente a Gilgamesh y éste sepa lo que es el miedo. No voy a entrar en detalles sobre lo que le hacen Gilga y su amigo al toro porque roza lo gore y la casquería. Después, y como esto es una epopeya, les suceden más peripecias o las provocan ellos, en tantos líos se meten el Gilga y el Enki que los dioses, otra vezlos dioses, planean dejar a Gilgamesh tan solo como estaba antes de conocer a Enkidu. O más solo todavía porque no es lo mismo haber estado solo siempre, con lo cual uno no puede comparar, que tener un amigo y perderlo, eso duele y mucho. Enkidu muere. Momento trágico donde los haya:

“Gilgamesh le pone la mano sobre el pecho: el corazón ya no late: abraza a su amigo como a una novia, ruge de dolor como un León, como una leona a la que se ha quitado su cachorro, vierte lágrimas, rasga sus vestidos y se despoja de sus adornos”

Está muy triste y también tiene miedo pues la muerte de su amigo le hace pensar en la suya propia.  A partir de ese momento lo de la fama y la gloria ya no le interesa, lo que quiere es conseguir la inmortalidad, ha oído hablar de un hombre inmortal y va en su  busca. Por el camino se encuentra, casualmente, con Shiduri, la diosa de la cerveza, sí de la cerveza, que le da este sabio consejo en la tablilla X :

“¡Oh Gilgamesh! ¿Por qué vagas de un lado a otro? No alcanzarás la vida que persigues. Cuando los dioses crearon a los hombres decretaron que estaban destinados a morir y han conservado la inmortalidad entre sus manos. En cuanto a ti, Gilgamesh, llénate la panza, parrandea día y noche; que cada noche sea una fiesta para ti; entrégate al placer día y noche, ponte vestiduras bordadas, lávate la cabeza y báñate, regocíjate contemplando a tu hijito que se agarra a ti, alégrate cuando tu esposa te abrace…”

Pero él sigue empeñado en que no se quiere morir, que no y que no y después de tomarse unas birras con Shiduri, se marcha a buscar a ese señor inmortal.

(Continuará)

“Odio la mentira, odio la impertinencia, odio el engreimiento…”

Y odio a mi tío, podría haber añadido Luciano de Samósata sin faltar a la verdad, cuestión esta que le preocupaba bastante, como luego se verá.

Sus padres le mandaron de bien joven al taller de escultura del citado pariente para que aprendiera el oficio pero aquello…tanta piedra, tanta piedra y tanto tío, tanto tío, no le gustó a su espíritu libre y más bien aéreo.

Imaginad la escena:  pásame el cincel, Luciano, ese no,  hombre, ese no, el dentado, que no te enteras, torpe, y no será porque no te lo haya explicado veces. A  ver, repite conmigo, ¿para qué se utiliza el trépano? Para hacerte un tercer ojo, tal vez pensaría Luciano mirando la obtusa cara de su robusto y sudoroso tito.  Poco duró allí, la escultura no era lo suyo y que le dieran órdenes, tampoco.  Probó de abogado una temporada en Antioquía pero aunque labia no le faltaba, todo lo contrario, tampoco en ese oficio encontró acomodo. Esto sucedía en el siglo II entre Siria, Turquía y Grecia. Ya sé que la ubicación no es muy precisa pero mucho han cambiado las fronteras desde entonces.

Lo que le atraía de verdad al muchacho eran las letras, así que se matriculó en las escuelas de retórica de Jonia donde estudió la literatura griega.  Escribir le gustaba y mucho, pero también andar de acá para allá, así que se hizo conferenciante, una especie de monologuista  de la comedia, culto y de la antigüedad. De este modo se ganaba la vida  y además bastante bien, combinando sus dos pasiones.

Después de una temporada circulando él y haciendo circular sus burlones pensamientos, se instaló en Atenas donde se dedicó a escribir durante unos diez años casi toda su obra,  ya más quieto de cuerpo, que no de mente. Luciano fue un hombre muy crítico con la sociedad de su tiempo y escéptico como era, de todo o casi todo hacía sátira. Lo mismo  criticaba la religión y sus dogmas, que la filosofía y sus escuelas,  que la  corrupción de los ricos y poderosos. Una técnica que le venía muy bien para sus  críticas humorísticas eran los diálogos. En su ” Diálogo de los muertos” aparecen en el infierno  los que en vida fueron ricos corruptos que, ya en el otro barrio,  tienen que sufrir las burlas de todos los pobres y marginados que no han perdido apenas nada con la muerte.

También reparte caña a los dioses, a los falsos filósofos,  a los impostores y a los historiadores a los que tenía una especial manía por su falta de veracidad.  Debido a que no se callaba y decía lo que pensaba tuvo unos cuantos enemigos, situación que a él no le incomodaba demasiado. En su libro “El sueño o vida de Luciano”, una especie de autobiografía de ficción, dijo de sí mismo, ” odio a los impostores, pícaros, embusteros y soberbios y a toda la raza de los malvados, que son innumerables. Pero conozco también a la perfección el arte contrario a éste, el que tiene por móvil el amor. Amo la belleza, la verdad, la sencillez y cuanto merece ser amado. Sin embargo, hacia muy pocos debo poner en práctica tal arte, mientras que debo ejercer con muchos el opuesto. Corro así el riesgo de ir olvidando uno por falta de ejercicio y de ir conociendo demasiado bien el otro” Queda claro, Luciano.

Uno de sus libros más conocidos es “Historia verdadera” o “Relatos Verídicos” que no tiene nada de verdadero, tal como él mismo aclara en la introducción. En aquel tiempo estaban muy de moda los libros de aventuras o historias de viajes, supuestamente veraces, en los que el autor hablaba sobre países a los que nunca había ido. Todos estos libros comenzaban con una aclaración inicial en la que se aseguraba que todo lo allí contado era verdad de la buena.

Copiando ese mismo formato y haciendo burla del mismo, tal como después haría Cervantes con las  novelas de caballería, dice Luciano, “al menos diré una verdad al confesar que miento. Escribo sobre cosas que jamás vi,  traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio pueden existir. Por ello mis lectores no deben prestarles fe alguna”. Y a continuación narra un fantástico y disparatado viaje a la luna.

A no ser que antes hubiera habido otro escritor fantástico y lunático del que nada se sepa, Luciano de Samósata fue el primer literato conocido en escribir sobre un viaje al espacio y por eso se lo considera un precursor de la ciencia ficción.

Y aquí dejo a Luciano por hoy, a orillas del río Eúfrates donde nació, remojándose los pies, que hace calor.