El allí y el después

Resulta que he estado unos días de vacaciones o, mejor dicho, he acompañado en las suyas a la Patricia, para eso me lleva a esos hoteles lujosos que gusta de frecuentar y no porque sea su amiga. Sé que está deseando perderme de vista pero hasta que no le crezcan los infantes me necesita. Se siente, maja. He vuelto más cansada de lo que me fui pero puede decirse que la “Operación Mayordoma” ha sido un éxito, el Jacobín no ha logrado asesinar a su hermana y mira que lo ha intentado veces y con las más variadas técnicas y herramientas.

Mientras yo perseguía al hermanicida doloso, su madre leía tranquilamente tumbada en una hamaca. De vez en cuando cerraba el libro y se ensoñaba mirando al cielo, a los pájaros o al mar,¿en qué o quién estaría pensando? Para disimular y no quedar del todo mal nos saludaba de lejos con la mano, cual reina distante pero dadivosa con sus súbditos. Después, suspiraba y se enfrascaba de nuevo en su lectura, abstraída del mundo por completo.

Tan concentrada estaba en ese libro que cuando he visto que lo ha terminado y empezaba otro nuevo, me lo he echado al bolso y me lo he traído a Madrid para leerlo yo también. Trata de un asunto que se llama “el aquí y el ahora” y desde donde se puede estar pero que muy bien siempre que hagas lo que te dice el autor. Es muy fácil, básicamente es el ajo y agua de siempre, pero en fino. Te lo explica por puntos, para que no te líes ni te canses ni te vayas a los libros del aquí y el ahora de la competencia, que se ve que abundan.

Los puntos vienen acompañados de unas fotografías en las que aparecen seres muy felices, se les nota en que tienen los brazos levantados y saltan, si los tienen en posición normal puede que sean felices pero no tanto. Otro síntoma claro de felicidad es que se hayan colocado sendas flores en sus sendos ojos, el motivo se me escapa pero debe de ser bueno para algo. También corren por campos de trigo con vestidos blancos al viento, muy descontrolados ellos, o se pasean por playas sin sombrillas en las que siempre se está poniendo el sol y pueden ensimismarse con el ocaso base de bien. Y todo eso por estar presentes y no ausentes.

Total, que se lo he llevado esta misma mañana a la Esme para que ella también levante los brazos y salte y sepa que ningún empredimiento de los suyos le va a dar la felicidad que ya tiene en su aquí y en su ahora y así se relaje y deje de buscar y buscar y buscar lo que ya es suyo por derecho propio, mira tú por dónde. Lo ha estado ojeando un rato pero como no se ha molestado en ponerse las gafas me supongo que era más por cortesía que por interés verdadero.

Pues qué bien, me ha dicho a modo de comentario de texto resumido. Sigue tú si quieres los diez puntos de este descerebrado que yo, con los poderes que mi mente me confiere – gracias, mente- me voy a trasladar al allí y al después y que le den a la felicidad de las pequeñas cosas, a veces son tan pequeñas que, hija, ni se ven. Me he pintado un paraíso en mi imaginación completamente insuperable por ningún aquí ni ningún ahora. Vente si quieres, que te hago sitio.

Oye, pues no se estaba nada mal en el lugar ese de la Esme, todo, todito lo que quería me lo iba ella colocando por delante. Me ha puesto dos bebés monísimos, niño y niña, que no lloran nunca y que se crían sin sentir, sin una mala noche ni una visita a urgencias y que aunque crecen siguen siendo bebés siempre, un Toni cariñoso, dispuesto a salir de fiestas y de viajes, familiar y amante de los seres humanos, un piso grande con jardín que se limpia y se cuida solo y donde jamás se estropea la lavadora y un trabajo de reponedora en un supermercado, que es lo que era yo antes que chacha. Eso ya no me ha gustado tanto pero dice ella que me lo cambia por otra cosa, que en su allí y su después todo es posible.

Mientras te vas pensando el oficio y beneficio que quieres que te ponga o si quieres no te pongo ninguno y vives del blog porque los otros blogueros no solo te leen hasta quedarse ciegos si no que también te ingresan dinero en tu cuenta, vuelve un momento al aquí pero ya y a toda leche antes de que Jacobín se cargue a su hermana. Creo que esos brazos que rodean con supuesto amor su cuello albergan una intención mortuoria.

Qué niño, no me deja descansar, pues aprovecho, ya que estoy aquí, para comerme el bocadillo de jamón del ahora, que los que tiene la Esme en su paraíso del allí son de ibérico pata negra de bellota pero el hambre no te la quitan, la verdad sea dicha.

Pepita y Lola

Pepita acaba de entrar en el baño para ducharse y ya oye voces y ruido en el piso de arriba, son los obreros y todavía no son ni las ocho. Solo con pensar, “los obreros” se angustia, otro día de golpes, taladros y ese chirrido de maquinaria que le recuerda al instrumental del dentista pero a lo bestia. Ella madruga más que Lola y Lola se lo recuerda cada día, “no sé dónde vas con tanta prisa, hija, tienes unos horarios muy raros”. Ese comentario le fastidia y mucho, para Lola todo lo que no se hace a su manera es raro.

Pues más rara eres tú, le dice Pepita con un poco de rabia al espejo, allí está su cara pero no la ve porque se está imaginando la de Lola, su hermana. Empiezan los martillazos y con qué fuerza, si parece que se le va a caer el techo encima. Tú sí que tienes manías, le vuelve a decir a la Lola imaginaria, todas las noches te tienes que tomar de postre cuatro almendras y si no te las tomas dices que te falta algo, si eso no es de maniática que baje Dios y lo vea.

Pero el que baja no es Dios, el que baja de golpe o más bien cae, precedido de unos cuantos cascotes, es uno de esos obreros de arriba. Es un hombre rubio y joven todo manchado de yeso, se ha ido a caer sobre la tapa del váter, ahí lo tiene sentado y sucio, mirándola. Pronuncia una palabra en un idioma desconocido, una palabra que suena como un chasquido o como un estornudo. Pepita se lleva una mano a la boca, dice ¡ ay, señor ! y sale corriendo hasta el cuarto de Lola. Increíble, con el calor que hace y duerme tapada con la colcha,  qué mujer más anormal. Despierta, despierta, la zarandea, tenemos un hombre sentado en la taza del váter. De los de arriba. Se ha caído por el hueco. Y el techo roto.

Lola abre los ojos, los tiene claros, Pepita oscuros.
Porque tú tengas la absurda manía de madrugar no por eso nos la tienes que imponer a los demás. Los demás solo es ella, Lola, porque allí no hay nadie y al obrero del baño no se puede referir, todavía no ha asimilado la información. Pepita se la repite: que se ha roto el techo del baño y por el agujero se ha caído un obrero, está sentado en el váter, corre, levántate y ayúdame. Vamos a preguntarle si se ha hecho daño, del susto no me he atrevido, qué disgusto el techo del baño, estas casas son de papel.

Lo que me temía que iba a pasar por fin ha pasado, piensa Lola, mi hermana se ha vuelto loca, la idea de juntarnos cuando nos quedamos viudas no fue buena, ahora me va a tocar cargar con su demencia y yo ya no estoy para eso, soy mayor, soy muy mayor, tengo ochenta y…no me acuerdo. Se pone una bata larga de seda que tiene colgada detrás de la puerta, es muy elegante, alta, con porte de reina. Pepita es bajita y se viste con lo primero que encuentra, faldas con zapatillas de deporte porque le resultan cómodas y camisetas raras y grandes. Hoy lleva una con un gorila estampado que da bastante miedo. A ella no, a ella le parece graciosa.

Qué bonita está la higuera, dice Lola parándose a mirar por la ventana. Desde la ventana se ve una higuera que pertenece a otra casa pero ellas la consideran suya y le hacen un seguimiento intensivo y diario. Digo yo que no es el momento de ponerse a mirar la higuera, lo tuyo no es normal, háztelo mirar, le dice Pepita a Lola. Desde que oyó en una tertulia de la radio, todo el día oye tertulias, la expresión “háztelo mirar”, la dice en cuanto puede. Y ahora puede, es el momento exacto para decirla. También le gusta “hoja de ruta” pero viene menos al caso.

Yo miro lo que me da la gana, faltaría más.

Pero no cuando tenemos un hombre en el baño y se nos ha caído el techo, no quiero ni pensar qué hubiera pasado si se llega a caer justo encima del lavabo ,donde yo estaba.

Hubiera pasado que estarías muerta y angelitos al cielo,  pero no ha pasado, lo que te gusta una catástrofe y más si eres tú la protagonista. Y tu marido era igual, otro protagonista, todavía me acuerdo de aquella fiesta en la que se subió a la mesa a cantar, qué vergüenza nos hizo pasar. En cuanto podía le daba al pimple que era la gloria bendita y luego, ale, a hacer el ridículo.

Pepita está notando una opresión en el pecho y ese mareo, le pasa cuando se enfada, se le descoloca el cuerpo y el mundo. Su hermana es idiota, lo ha sido siempre, si llega a saber que se iban a llevar tan mal, se queda en su casa. Muchos viejos viven solos y no les pasa nada, aparte de que cada día se desgastan un poco más hasta que se mueren, pero de eso no se va a librar aunque al menos no se morirá sola, se morirá peleándose con Lola.

Mira, dice abriendo con furia la puerta del baño, aquí lo tienes, a ver qué hacemos. Pero el obrero ya no está, el techo roto, sí y unos cuantos cascotes desperdigados por el suelo.

Te voy a decir lo que voy a hacer yo, dice Lola ajustándose el cinturón de la bata, voy a ir a la cocina y me voy a tomar un café, sin mi café no soy persona.

Y con el café tampoco eres persona, piensa Pepita, ni con cien cafés que te tomes te vuelves tú persona. Hay que llamar al seguro, eso sí lo dice en voz alta, o son ellos, los de arriba, los que tienen que llamar al suyo pero si no los conocemos de nada, hay que preguntarle al portero. Voy a bajar .

Los ojos claros de Lola se deslizan gélidos por el atuendo casual de su hermana, ¿no pensarás bajar con esa camiseta espantosa del gorila, verdad?

Sí, qué más da, si es un momento solo para buscar al portero. No podemos estar con la casa como si nos hubiera caído una bomba.

¿Te acuerdas de las bombas, Pepita?, pregunta Lola bebiendo el café y personificándose. A lo mejor no te acuerdas porque eras muy pequeña pero yo sí, sonaba la alarma y nos íbamos todos corriendo al refugio, un día no nos dio tiempo y la vimos caer justo delante, enfrente cayó. Estábamos todos, papá, mamá, el abuelo, Alberto y tú, que no te acuerdas.

Sí que me acuerdo, me lo pasé bien en la guerra, nadie nos vigilaba y hacíamos lo que nos daba la gana, unos soldados me dieron vermú. Voy a bajar a buscar al portero.

Ten cuidado no sea que te encuentres a algún soldado que te emborrache o al hombre que estaba en nuestro baño esta mañana, tienes visiones, qué triste es perder la cabeza. Mientras tú bajas yo voy a comprobar una cosa, me ha parecido antes que había un higo nuevo en una de las ramas.

Pues no sé que tiene de malo esta camiseta, le dice Pepita a su cara en el ascensor. Cara que no ve porque otra vez se le ha superpuesto la de Lola. Tú marido sí que era borracho y bastante putero y tú una marimandona y una creída, siempre me toca a mí todo y tú de reinona. Háztelo mirar, Lola, qué manía te tengo, pero ni se te ocurra morirte tú primero, esa no es nuestra hoja de ruta. Ahí sí cuadra.

 

 

Abandono

Mi cielo está triste,
los vencejos se han ido con otro.
Qué soledad,
qué silencio,
cuánto vacío,
qué ausencia de alas.
En línea recta se lo vuela la vieja urraca
por fin a sus anchas.
Posada en la antena contempla su desolación
y pronuncia dos veces la frase fatídica,
esa que ningún amante abandonado quiere oír:
te dije que no te fiaras, ¿o no te lo dije?

Deseos

Maitena enseguida te daba confianza, te agarraba del brazo, te llevaba a su casa, te contaba sus anhelos, deseos y temores más profundos y también los superficiales. A mí tanta soltura me desbordaba un poco porque yo era reservada aunque sin ser consciente de que lo era. Me lo diagnosticó ella el primer día que me invitó a su casa, “eres cerrada”, me dijo en el ascensor. Y yo viviendo tan tranquila sin saberlo. Dejé de estar tranquila, cerrada me parecía algo malo y mientras me iba enseñando su casa, cuarto por cuarto e incluso abría algunos cajones para que viera lo que guardaban dentro, me puse a pensar en ese nuevo y desagradable descubrimiento que ella me acababa de hacer.

Me presentó a su madre, una señora rubia y seria a la que no se parecía en nada y a una hermana que sí se parecía mucho a la madre, las dos nos miraron con poca simpatía y algo de desconfianza como si fueran una madre y una hermana postizas. Desaparecimos en su cuarto a fabricar poemas con el diccionario y a leerlos en voz alta para comprobar si tenían la música. La mayoría no nos quedaban musicales y los rompíamos.

Eso estábamos haciendo cuando entró un niño pequeño, moreno,con el flequillo muy liso, calcado al de ella, y los labios pintados de rojo. Fue directo hasta la cama, se subió encima y dando saltos me preguntó, ¿quieres ser una chica brutal? A Maitena le dio una de sus risas ígneas y descontroladas. Quiere decir frutal, me aclaró cuando se le pasó el ataque. Había por entonces un anuncio de labiales en el que se hacía esa pregunta a las potenciales consumidoras porque los carmines tenían sabores a frutas.
Yo sí soy una chica brutal, de fresa, dijo el niño sin parar de dar saltos sobre la cama, chica brutal, chica brutal, chica brutal y el flequillo se alzaba como una cortinilla y luego descendía con cada salto. Estaba todo sudoroso y la pintura de los labios se le estaba empezando a mover de su sitio.

Tras esa declaración sobre lo que era o lo que quería ser, cansado de dar saltos, fue hasta la estantería, sacó un libro de tapas duras de cuentos de los hermanos Grimm, se sentó encima de mis rodillas y me pidió que se lo leyera. Era muy abierto, igual que su hermana. Empecé a leerle la historia del Enano Saltarín, el título me pareció muy apropiado para él, pero ese no le interesaba, ninguno le interesaba demasiado, lo que quería era pasar las páginas para buscar dibujos de princesas y pedírselas. Yo soy esta ¿vale?, me la pido y señalaba a una y luego a otra y a otra. En el momento de la petición me sujetaba la cara entre las manos y me la dirigía hacia sus ojos para que no pudiera escapar de su mirada como si mirándome y yo a él fijara mejor su deseo. Tenía unos ojos redondos, brillantes y oscuros que me recordaban a los de un muñeco de peluche.

Quiere ser chica, dijo Maitena sin dejar de componer febrilmente sus poemas sonoros y sin sentido, pero mis padres no le dejan. Mierda y mierda,no me sale nada, todo es anodino. Odio a mis padres, son muy atrasados y a mi hermana también. La mencionada hermana atrasada y odiada entró en ese momento y no le gustó lo que vio.

Me voy a chivarrrrrr, gritó arrastrando mucho la erre, le has vuelto a dejar las pinturas a Carlitos, y de un tirón de brazo se llevó a la chica brutal que se acababa de pedir ser la princesa del guisante.

No me pienso casar nunca en la vida, tampoco quiero tener hijos, espero no flashearme, era su sinónimo de enamorarse. Quiero viajar, viajar por todo el mundo,
¿y tú qué quieres? Ni idea, no era como ella y como Carlitos,  no sabía qué pedirme, no tenía deseos definidos aunque flashearme me llamaba bastante la atención. Estuve a punto de decírselo pero me callé. Me di cuenta de que eso era ser cerrada y quise decírselo para dejar de serlo pero entonces ella abrió la ventana para tirar los poemas rotos. Estaba furiosa.

Los trocitos volaron un rato antes de irse para el fondo y desperdigarse. En el cuarto entró un inesperado olor a lluvia. Se oyó un trueno y empezaron a caer unas gotas gordas y pesadas que enseguida se volvieron rápidas, ligeras y estruendosas. Nos quedamos escuchando, ellas sí que tenían música, mucho mejor que nuestras birrias de poemas prefabricados.

Cuando me fui, Carlitos estaba cenando en la cocina. Le habían puesto un pijama con barquitos veleros estampados, la parte de arriba remetida por dentro del pantalón, lo habían peinado hacia atrás con colonia, los labios ya no tenían carmín de fresa. Se estaba comiendo una tortilla francesa, muy serio. Le dije adiós pero coincidió con otro trueno. Se tapó los oídos con las manos y lloró.

Maitena y la inquietud

Estaba sentada en una de las mesas del fondo esperando a que comenzara la  clase cuando se me acercó una chica con flequillo recto y liso y los pómulos muy marcados. En vez de presentarse normalmente como yo esperaba y deseaba, era mi primera semana en ese colegio y todavía no conocía a nadie,  me hizo la siguiente extraña pregunta, “¿tú tienes inquietudes?” Inquietudes me sonaba a picores o a una sensación incómoda que te hacía moverte de un lado para otro, pero intuí que no se refería a eso y que debía contestar afirmativamente si quería dejar de estar sola. Hacer algún amigo y rápido era en ese momento mi mayor y casi única inquietud.

Es todo tan anodino…dijo ella a continuación señalando las paredes pintadas de verde y la calle que se veía por la ventana. Tintinearon sus pulseras,  llevaba muchas en las dos muñecas. Anodino era algo poco interesante, eso sí lo sabía, y como luego descubriría, una de sus palabras preferidas. El caso es que yo no hubiera definido ese entorno como anodino ni tampoco mi situación de ese momento, pero no le iba a explicar que para mí no, que para mí era todo nuevo y que estaba tan nerviosa que todas las mañanas me dolía el estómago y no podía desayunar porque acababa de mudarme de barrio y de colegio.

¿Escribes?, me volvió a interrogar. Era verdad que había empezado a rellenar un cuaderno con anotaciones tan interesantes como la comida del día, si llovía o hacía sol o la descripción muy realista de la casa a la que nos habíamos trasladado pero lo había dejado del sopor que a mí misma me producía.  Un cuaderno de lo más anodino, para qué engañarme. Pero a ella sí la quería engañar, así que le dije que sí, que escribía relatos fantásticos. Y de ciencia ficción, añadí ya metida en la harina de la mentira.

Sabía que tenías inquietudes, dijo ella, lo sabía, lo sabía,  lo he sabido en cuanto te he visto entrar en clase y te has quedado sola en la esquina de atrás. Esa posición se debía más bien a que desde ahí controlaba el panorama y a la vez pasaba desapercibida, pero decidí quedarme con el papel de inquieta interesante.

Yo escribo poesía, me dijo estirándose el ya muy estirado flequillo. Y me dio, con mucho tintineo de pulseras, una hoja que sacó de su carpeta. La carpeta estaba forrada con la página de un cómic y en cada una de las viñetas, dentro de esas nubes o bocadillos, aparecía la palabra “mierda” en diferentes tamaños y tipografías.

La poesía era muy rara y no entendí absolutamente nada. Muchas de las palabras no las había oído nunca pero hasta las que conocía me parecieron extrañas tal como estaban colocadas. En el primer verso decía, “ígneas son las fuentes  de los descarriados anapestos” ¿qué se podía decir a eso? Para remate, era muy larga y ella me miraba con unos ojos rasgados y escrutadores mientras yo la leía.

De repente se echó a reír con una risa muy loca que le brotaba como si tuviera una ígnea fuente dentro de la garganta y me confesó tan campante que no quería decir nada pero que eso daba igual porque lo importante era cómo sonaba, como una música.

Por suerte para mí, que no sabía qué decir, apareció una cabeza masculina entre nuestros hombros, se asomó como si formaran una ventana y una voz acelerada propuso, “¿os venís a la salida a hacer pintadas? Pero mi nueva amiga le pegó un empujón con la mano en la frente, expulsándolo,  y dijo, “déjanos en paz, pesado”.

Es anodino, me aclaró acto seguido para que supiera el motivo de su rechazo. Buah, todos lo son. Me llamo Maitena ¿y tú?, ¿quieres bálsamo de tigre? Y me ofreció un ungüento rojo que olía a mentol, ella se lo frotó en las sienes y yo, pues hice lo mismo.

Si algún día quieres llorar te lo pones cerca de los ojos y las lágrimas te salen solas. Maravillosa información, más bien hubiera necesitado un bálsamo para todo lo contrario, pero nunca se sabía. Entró la profesora en la clase, una mujer enérgica y hasta marcial. Cerró de golpe las ventanas y nos mandó abrir el libro de lengua por la página tres.

Maitena de perfil parecía una reina egipcia, qué poco anodina era y yo qué cosa rara sentía por dentro, qué nervios, qué ganas de moverme, pudiera tratarse de la inquietud, ella estaba en lo cierto, yo también tenía de eso.

Chas

A cada momento se produce un chasquido, el de una mosca electrocutada en la parrilla atrapamoscas. Los fruteros  no se lo toman como algo personal, ellos tienen sus vidas y las moscas las suyas. No están en la misma dimensión aunque lo estén. Comparten mortalidad, eso es cierto, puede que ellos también vayan a morir tan repentina y accidentalmente como todas esas moscas, pero no lo piensan.

O sí lo piensan a veces, en algunas noches de insomnio o cuando tienen que recoger el resultado de alguna prueba y cómo late entonces el corazón aterrado por la posibilidad de dejar de hacerlo  o cuando enferma o muere alguien cercano. En esos momentos lo piensan por encima, una leve capa de pensamiento mortal que la propia vida con su empuje disuelve.

La vida se impone, la vida lo ocupa todo y ellos están en el centro de la vida aunque quién diría que esa tienda estrecha con los estantes de las frutas y verduras a los lados, la ristra de ajos colgada de una pared junto a la báscula de pesar, el toldo verde con la palmera pintada es el centro de nada. Pero lo es, es su centro, les han plantado ahí  y no es tan fácil desenraizarse y buscar otro terreno donde arraigar.

Eso les amarga, lo sepan de forma consciente o no. Eso y la jefa, Rosy, la frutera de la bata de cuadros rosas y coleta estirada y malgeniuda que les mangonea a todos y les grita desde primera hora de la mañana y les llama idiotas y dice “ahí no van los puerros, esos tomates separados, que no son de la misma clase, os lo he dicho mil veces, ¿habéis metido ya los melocotones para el pedido? si ya sabía yo que no, es que no falla, tengo que estar en todo, sois más pasmaos…

Si hubiera parrillas electrocuta jefas desagradables se comprarían una y la instalarían al lado de la de las moscas, cerca de las hierbas aromáticas que cuelgan  secas boca abajo, para que Rosy también se quedara más tiesa que el romero y que el tomillo, pero no existe de eso.

Así que con las cabezas gachas y las caras enrojecidas hacen lo que les dice y mueven cajas y llevan pedidos y atienden clientes todo el día, desde por la mañana hasta por la tarde, bien tarde. Y eso es el centro de la vida, la vida entera está concentrada ahí, en “Rosy, frutas y verduras. Especialidades tropicales”. Como lo está en las obras de la calle que parecen no tener fin y que les tienen machacados los tímpanos y los nervios. Todo eso es vida y al otro lado está la muerte en la que no piensan nunca o casi.

Como tampoco lo pensaba la última mosca que hace un momento chascó, ella solo huía del sol ardiente de la calle y atraída por los olores frutales y el frescor entró en la tienda, se posó un momento sobre la palmera pintada en el toldo lo mismito que si estuviera en el Caribe, se frotó las patas encima de un mango, relamiéndose, se elevó hacia la luz y adiós muy buenas.

O sí lo pensó, un momento antes de electrocutarse tuvo tiempo de sentir que ya, que se acabó, de repasar toda su vida de mosca y de comprender el misterio último o el penúltimo, por lo menos. Quién sabe lo que piensa una mosca, lo que comprende, o si no piensa nada ni menos comprende y es puro instinto mosquil, si solo obedece a un deseo de vida impreso en sus células de mosca, si solo cumple con la misión de ser mosca y de dejar en el mundo una continuación de sí misma para que perdure la raza de las moscas.

Eso es lo más probable como lo más probable es que los fruteros amargados sigan descargando cajas del camión donde dice “Frutas Rosy” al lado de otra palmera verde pintada en su chapa, es obsesión lo que tiene Rosy con las palmeras y lo tropical, y las arrastren por el suelo de la tienda estrecha y alargada sin pensar en la muerte ni en la vida ni en apenas nada.

Como mucho en el dolor de espalda y en la forma de atenuarlo,  en el fin de semana, que llegue ya, que llegue, o en las vacaciones, ya queda menos, ánimo, venga. En un piso un poco mejor, con un dormitorio más y terraza, en una moto nueva o en desnudar a la del vestido negro corto que acaba de pasar por delante y que les acaba de dar la primera alegría genuina y pura de la mañana y con la que tal vez podrían jugar a prolongar la raza de fruteros amargados pero sin prolongarla de verdad, para eso saben más que las moscas.

Y entonces todo tendría un cierto sentido o no lo tendría pero serviría de alivio al sinsentido general. Chas.

La Estrella

En la calle principal del pueblo estaba situada “La Estrella”, mejor conocida como la tienda del tío Cacharros. Allí nunca podías tener la seguridad de que ibas a encontrar lo que buscabas, más bien al contrario: casi con total seguridad no tenía lo que hubieras ido a comprar. En eso residía la gracia del negocio, en que el tío Cacharros te sustituyera un deseo por otro o que te hiciera olvidar tu necesidad creándote una nueva con gran habilidad.

Tenía de todo y de nada a la vez, lo cual es muy meritorio y difícil de conseguir. Su tienda era una especie de precursora de los todo a cien por su revoltijo de productos surtidos, pero sin acierto. A veces nos mandaban a comprar algo ahí aunque con poca esperanza de que a la vuelta trajéramos lo indicado. Vete a la tienda del Cacharros y pregunta si por casualidad -el “si por casualidad” era esencial en la frase- tiene un cazo pequeño.

¿Un cazo dices?, vaya por Dios, se lo acaban de llevar ahora mismo, pero que ahora mismo, decía el Cacharros poniendo mucha cara de fastidio y contrariedad pero, ¿no querrás pilas para la radio, un rastrillo para retirar hojas del jardín, un estuche con lapiceros o una cuchara de madera para darle vueltas al guiso?

Y a continuación y con mucha parsimonia iba sacando de unas cajas de cartón metidas en la pared, como si fueran nichos, sus productos alternativos. Los colocaba en el mostrador de madera, un mostrador que se levantaba por un lado como una tapa para acceder al lado interno de la tienda, y los iba adornando de cualidades. Si notaba que con sus cualidades no te había convencido utilizaba la táctica de meterte el miedo en el cuerpo. A lo mejor no lo necesitabas hoy pero podrías necesitarlo y mucho, al día siguiente o a la próxima semana.

¿Y si se iba la luz, como pasaba siempre cuando había una tormenta y no tenías linterna? ,¿y si tenías la linterna pero no las pilas para que funcionara? Ya te había liado y salías de allí con la linterna envuelta en un papel marrón y otro paquete, el de las de las pilas, también envuelto con mucho cuidado y laboriosidad y tan bien pegado con adhesivo que luego se sufría mucho para poderlo abrir. También fue un precursor chapucero del abre fácil que jamás lo es.

En verano, como tenía más clientela, contrataba un ayudante, era un hombre contrahecho, con una joroba en mitad de la espalda y la cara estirada en una especie de sonrisa perenne. Nunca pude averiguar si se reía de verdad pero creo que no. También en verano, y como ya no le cabían tantos productos en la tienda, el tío Cacharros colocaba una cuerda de lado a lado y de ella colgaba las novedades propias de la estación: flotadores, pelotas de goma, gafas de bucear con tubo y unos bañadores muy feos. Para alcanzar todo esto tenían un palo metálico acabado en una pinza. Por desgracia para el ayudante, esa misión le correspondía a él porque al Cacharros lo que le gustaba y lo que hacía bien era estar detrás del mostrador, convenciendo al comprador de que su necesidad no era la que él pensaba si no otra.

Algunos niños del pueblo cuando veían desde la plaza donde jugaban que el ayudante iba renqueando con el palo pincho a descolgar algo, se acercaban corriendo a la puerta y le cantaban “el demonio como era travieso el rabo lo tenía tieso…” Él a veces les amenazaba con el mismo palo-pincho pero otras, la mayoría, los ignoraba y se sentaba en una banqueta, la utilizaban en la tienda y estaba vieja pero también se vendía porque tenía el precio puesto. Allí sentado miraba al suelo y se frotaba la espalda con su sonrisa rara en la cara.

El tío Cacharros tenía una hija de nombre Estrellita. Yo creía que la tienda se llamaba así por la hija pero resultó ser al revés, era la hija la que se llamaba como la tienda. A Estrellita le gustaba mucho darnos envidia y se hacía la dueña del territorio cuando íbamos a comprar. Para demostrarnos que todo era suyo, entraba y salia de un lado a otro del mostrador levantando la tapa de madera, operación que me parecía fascinante, hacía botar una pelota delante de nuestras narices o sacaba cosas interesantes de las cajas nichos y jugaba o se adornaba con ellas mirándonos de reojo.

Me hubiera gustado muchísimo ser Estrellita y tener todos esos cacharros y una tapa para entrar y salir a mi disposición. Años después ella se quedó con el negocio y para darle un aire moderno le puso un fax desde el que poder mandar mensajes. Casi nunca funcionaba y entonces Estrellita decía en voz alta y mirando fijamente al cacharro, “es el fax del otro lado, va lentísimo y fatal”.