Cien por cien natural

Había quedado con Lina en una plaza que está a medio camino de su casa y de la mía. Yo llego desde el oeste y ella desde el este. Solemos vernos una vez al año. Podríamos quedar con más frecuencia, pero nos resulta difícil ajustar el día y la hora o puede que sea que tampoco queramos estar juntas más de lo que lo hacemos. Cuando nos volvemos a encontrar después de un año sin habernos visto, a veces ha sido mayor el intervalo, es como si ese tiempo entremedias no hubiera existido, por eso que tardemos en reunirnos no tiene tanta importancia.

Yo soy con Lina como soy con Lina y con nadie más, eso no tiene nada de particular, todos lo hacemos, no es que Lina sea especial, es que hay una parte de mí que solo puede ser así cuando está con ella, es mi yo de estar con Lina, que se ajusta a lo que ella piensa de mí y a cómo se comporta conmigo y viceversa.

 Lina, por ejemplo, cree que yo tengo mucho sentido del humor y corea casi cada una de mis frases con unas carcajadas muy ruidosas y expansivas. Esto a mí me sorprende y aunque siempre responda así, sigo sorprendiéndome en un principio, porque no estoy tratando de ser ocurrente y ni siquiera creo que lo que digo tenga gracia alguna. Luego ya sí, una vez que me doy cuenta de lo divertida que le resulto empiezo a esmerarme y trato de mejorar el repertorio, lo cual, aunque satisfactorio,  me resulta muy cansado.

Lina a mí también me parece graciosa, lo es, tiene mucho desparpajo y ninguna vergüenza y suelta unas verdades por su boca totalmente incorrectas. Lo malo es que te hace esperar porque tiene un sentido del tiempo un poco más dilatado que el mío, así que mientras la espero y me voy poniendo un tanto nerviosa pensando, ¿vendrá o no vendrá? Y consulto el móvil por si me ha puesto un guasap avisándome de que se atrasa o, peor, de que no viene, me dedico a observar el panorama.

Un día no apareció. Esperé bastante tiempo en esa misma plaza, observé mucho el panorama, pero de aquel día solo recuerdo que había muchos gorriones picoteando restos de patatas fritas por encima de las mesas de las terrazas, eso es lo único que puedo contar del  panorama de aquel momento. Le puse un guasap, “¿te ha pasado algo?”, me contestó cuando ya me había ido. Le habían llamado para una entrevista de trabajo, llevaba mucho tiempo en paro, que la perdonase, pero se le había olvidado o no había podido avisarme o ambas situaciones a la par. Le guardé un ligero rencor durante unos días, una semana más o menos, y luego se me olvidó y cuando volvió a llamarme para repetir la cita en la plaza habitual, fui de nuevo y esa vez sí estaba y todo transcurrió como siempre transcurre. Ella riéndose mucho de todo lo que yo decía y yo asombrándome, solo al principio, y luego cogiendo carrerilla humorística. Creo que no le parezco tan graciosa a nadie más. Pero lo  que de verdad pienso no es que lo sea sino que ella es muy alegre y de risa fácil y que se quiere reír, le pone voluntad a la risa.

Había quedado con ella en nuestro encuentro anual, llegué a la hora convenida y me puse a observar el panorama mientras la esperaba. De este sí me acuerdo porque fue hace muy pocos días. Al lado de la tienda de camisones feos vi un sitio nuevo de comida llamado Aziz Istambul, en la puerta aparece dibujado el que se supone que es Aziz, le han pintado una nariz típicamente turca, o lo que el dibujante ha considerado que debe ser una nariz turca, se lo ve corriendo detrás de un pollo, que se supone que es el que luego te vas a comer si entras ahí. También hay unas letras muy grandes que señalan, “cien por cien natural”. Creo que se refiere al pollo, que no es de plástico. De Aziz Istambul sale olor a metro, a túnel suburbano, pero es lo contrario, es el olor a metro el que entra en Aziz Istambul y luego, como no le debe de agradar mucho el local, se vuelve por donde ha venido arrojándose sobre los viandantes.  Pero la sensación que da es que el olor proviene de dentro, que es el propio del lugar.  No creo que Aziz exista, si existe me gustaría ver si se parece al que corre detrás del pollo.

En estas cuestiones tan interesantes estaba pensando mientras a la vez observaba cómo el chino que regenta el bar Antonio miraba su teléfono bajo una pata de jamón y cómo los vendedores de pisos, chicos jóvenes y trajeados, en su tienda de venta de pisos, se dedicaban a dar vueltas en sus sillas con ruedas hasta quedar mareados. Dentro de la colchonería, un único empleado bostezaba una y otra vez, conducta bastante normal si se trabaja en una tienda de colchones, y en una peluquería de hombres con las paredes pintadas de negro, estaban cortando el pelo a un señor que parecía que iba morir en ese mismo instante. El peluquero se estaba esmerando mucho para que entrara guapo donde quiera que se entre tras la vida o para que pudieran contemplarlo sus parientes, si es que los tenía, mientras le durase la guapura. Los neones de un local de apuestas me estaban cegando con su parpadeo verde chillón, así que me giré hacia el lado contrario y por eso no vi llegar a Lina que me tocó el hombro y gritó mi nombre con esa simpatía suya y esa animación que le pone a todo.

Le conté lo que había estado observando mientras la esperaba, el panorama le conté y ella se rio muchísimo, aunque en realidad lo que yo había querido transmitirle era lo sórdido que me parecía todo, pero no lo iba a confesar. Mira mis zapatos, ¿te gustan?, ¿a que son monísimos?, dijo después ella. Te tienes que comprar unos así, vente un día para mí zona y te acompaño a la tienda, vamos juntas. Las dos sabíamos que yo no iría nunca, que volveríamos a quedar al cabo de un año o un poco más, puede que hasta dos años después, y que siempre sería en esa misma plaza.

 Tal vez para entonces  Aziz Istambul haya ya cerrado su negocio cien por cien natural y deje de perseguir pobres pollos con su nariz supuestamente turca, tal vez,  pero lo esencial permanecerá.

Lo esencial es que Lina y yo seguiremos siendo amigas, distantes pero cercanas, a pesar de que una vez no viniera y ahora yo asocie los gorriones a que me den plantón. Cien por cien natural, pero no tanto. Hay pensamientos y sentires que no le contaría nunca porque sé qué ahí no podría colocar detrás su risa. Eso lo estropearía todo.

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Habló Cara Sábana

Entre los vientos de ayer y las lluvias de hoy, al hibisco le ha entrado un ataque de otoño súbito. Primero se ha puesto amarillo, como aquejado de una grave ictericia, y después ha ido soltando de golpe casi todas sus hojas. Solo unas cuantas flores han sobrevivido en su copa. La Esmirriadita ha apoyado la mano en su delgado tronco queriendo consolarlo y consolarse a la vez de sus propias melancolías y, al hacerlo, ha notado que se movía como un diente a punto de caer.

Se mueve, ha dicho, se mueve demasiado.

Toñín también ha querido probar y de tres meneos vigorosos ha terminado con las pocas hojas que le quedaban. No está bien plantado, no ha prendido, ha sido su diagnóstico.

Pero tú no te apures, mujer, que esto lo arreglo yo, le voy a poner más tierra por aquí, y ha pegado tres pisotones para indicar por donde, y luego otro palo al lado atado con una goma, de esas de hacer gimnasia, ¿sabes cuáles?, de esas. También lo voy a rodear con una cerca pequeña para que no se meen los perros. Todo eso le voy a poner. Para que luego digan que Toñín hace poco.

Al oír la palabra perro, la señora Cara de Sábana, que normalmente no se pronuncia sea cual sea el tema de conversación, ha hablado y con mucha claridad, ¿estamos tontos con los perros o qué? Mi padre era pastor, siempre ha tenido perros alrededor, animales listos y buenos, pero nunca entraban en la casa, no como a estos que les ponen hasta tiendas. Que el otro día uno me lamió una pierna, ¿pero tú eres idiota?, eso se lo dije al amo.

Vaya porquería de árbol que nos han puesto, si ya está pa los arrastres y acaba de llegar, había en mi pueblo ¡unos robles!, ¡unas encinas!, ¡unos olmos!, unos fresnos! que eran la gloria bendita. Ahora ya no sé cómo estará porque no he vuelto, pero me gusta repensarlo.

Cuando la Esmirriadita se ha marchado, le ha dicho a Toñín que ella la vio llorar, estaba aquí abajo discutiendo o algo así con el novio ese que tenía, luego el chico se fue, ella lloraba como una descosida, tan mayor y llorando, luego el chico volvió y no sé lo que pasaría porque una tiene sus cosas que hacer, pero, entiéndame, que esos lloros en una muchacha que ya podría tener hijos…son cosas raras que se ven ahora, antes la gente era más recia, más recatada de sus sentimientos, no los iba aventando por ahí.

El que quiera llorar que llore y el que quiera reír que ría y el que quiera las dos cosas pues primero una y luego la otra. Mire para arriba, ¿no llora el cielo hoy? Y bien buenas que son sus lágrimas.

 Cara Sábana, después de tanto palabrear sin estar acostumbrada,  arrepentida y hasta asustada, se ha quedado muda, la cara blanca, lisa y quieta como cama recién hecha.

El hibisco

La primera en verlo fue la Esmirriadita, era temprano, aun de noche, y la luna, un poco abollada, descendía lenta sobre los tejados. Iba la chica arrebujada en su chaqueta, con los ojos entrecerrados de sueño y los pasos desanimados, trastabilló con una baldosa levantada y el impulso del tropiezo la volcó contra su tronco. Ahí estaba el nuevo vecino, pequeño y grácil, un poco esmirriadito también, pero con tres flores rosadas y una más despuntando, plantado en el alcorque de la fenecida acacia.

La Esmirriadita se llevó las manos a la boca para que no se le escapara la sorpresa. Es un árbol, ¡un árbol!, dijo para sí emocionada, ¡y tiene flores!, es un árbol con flores. Un árbol con flores, se fue canturreando hacia el metro, ¿cómo se llamará? Cuando se asomara a la ventana de su sótano no vería su copa pero sí su tronco y a lo mejor hasta alguna rama despistada a la que le diera por nacer un poco más abajo. Caminó más ligera y despejada, soñando con que ese árbol hubiera sido plantado para ella, como un símbolo de algo bueno por venir.

Un poco más tarde, Toñín, apoyado en la escoba, está haciendo las presentaciones a todo el que pasa por delante.  Tenemos árbol y la cosa ha sido así, baja la voz para darle emoción al relato, y narra: uno que vive tres casas más allá, uno que iba a ese gimnasio de ahí y que antes trabajaba en el ayuntamiento, así, moreno y cuadrado, ese pasó por aquí delante ayer por la mañana y como yo conozco a todo el barrio y hablo con todo el mundo, le dije, mira, hombre, que tenemos este hueco sin plantar desde hace años, nos quitaron el que había, luego yo puse otro, me lo volvieron a quitar, mira tú que tienes contactos, a ver si puedes hacer algo y hoy… ahí lo tenéis. ¿Qué? Hay que tener amigos hasta en el infierno.

Es un tipo de hibisco, me parece a mí, dice Anselmo, el profesor, rodeándolo mientras los observa, sí, sí, seguro, hibisco es y la flor se llama rosa de Siria.

¿Y por qué de Siria?, pregunta Sonia desconfiada. No le gusta que le den lecciones.

Digo yo que si ha nacido aquí será una rosa madrileña.

Bueno sí, ha nacido aquí, pero es de origen Sirio, eso quiere decir. O chino, el árbol es chino.

¿En qué quedamos? ¿Chino o Sirio?, ¿No nos habrá puesto tu amigo el concejal un árbol del todo a cien? Yo también he tenido amigos importantes, ¿sabéis quién? Ava Gardner, sí, la misma, cuando trabajaba en esa casa de alta costura que, en fin, nombres no doy, ahí se hacía ella alguno de sus vestidos. Y me decía, venga Sonia, vamos a tomar café. Y yo, Ava, es que no puedo ahora, no me deja el jefe. Era tan guapa que hasta las mujeres se enamoraban de ella, yo no, ¿eh?, no os vayáis a pensar.

El árbol no está mal, un poco flacucho pero lo mismo va engrosando, si se le cae alguna flor, no la tires, me la guardas que la pongo en un jarrón, lo que no consigas tú…y que luego el presumido ese vaya contra ti…mejor no digo lo que pienso, mejor no lo digo.

Todos barren para dentro, responde Toñín, pero yo, barro para fuera, mirad. Y da tres virtuosos escobazos en la acera empujando en dirección contraria a la casa.  Una nube de polvo se desplaza envuelta en su risa. Para fuera, vamos todo lo malo para fuera.

Hibisco, así se llama, insiste el profesor. La repetición es la madre de toda enseñanza.

Sisco, el sisco, tenemos un sisco, repite Toñín no muy convencido de haber acertado a la primera. Habrá que cuidarlo para que nos dure. A este lo cuido yo. Yo lo he traído y aquí se va a quedar, va a llenar esto de flores, ya lo veréis, vamos a tener la entrada más bonita de toda la calle.

“Yo soy la rosa de Sharon, el lirio de los valles”, recita el profesor. Es del cantar de los cantares, aclara para nadie.

Los inactivos, dictamina la Planchá pasando de largo. Así va el país, no trabaja nadie. Hoy ya tienen el día hecho mirando el árbol como tontos y mañana será otra cosa, el que quiere perder el tiempo, lo pierde. Me ponen de los nervios, como la peluquera, que nunca me entiende cuando le explico cómo quiero el corte.

La línea imaginaria

Que la NASA se dedique a misiones de defensa planetaria contra potenciales colisiones de meteoritos no convence a Anselmo, el profesor de matemáticas. En su teléfono ha leído que es la primera vez en la historia de la humanidad que se intenta cambiar la trayectoria d un cuerpo celeste para proteger a la tierra de asteroides como el que hace 66 millones de años provocó la extinción de los dinosaurios. Proteger a la Tierra de lo que viene de fuera, será posible… pero si el verdadero peligro lo tenemos dentro, va mascullando escaleras abajo.

Escucha esto, le lee a Toñín, seguro de que le va a interesar:

“Nos estamos embarcando en una nueva era para la humanidad, una era en la que tendremos la capacidad de protegernos a nosotros mismos de algo tan peligroso como el impacto de un asteroide. Eso es algo increíble. Nunca antes hemos tenido esa capacidad”, esto lo dice Lori Glaze, la directora de la División de Ciencias Planetarias de la NASA, ¿no crees que deberían de dejar de gastarse el dinero en desviar pedruscos? Ese no es el verdadero peligro para la humanidad, el verdadero peligro para la humanidad es ella misma, su modo de vida, ¿sí o no?

Los bigotes escurridos y lacios de Toñín indican a las claras que no pasa por su mejor momento, ni siquiera ha modificado su postura, parece cavilar algo con mucha concentración y hasta obsesión, algo que poco tiene que ver con meteoritos pero sí con sus personales cataclismos.

 Para buscar la mirada de su amigo, que hoy le evade, Anselmo se ha inclinado hacia abajo y el bolígrafo que suele llevar en el bolsillo de la camisa se le ha caído al suelo, ha rebotado dos veces contra el asfalto y se ha quedado ahí, encima de una de las rayas verdes que delimitan las plazas de aparcamiento. Acaban de asfaltar y huele mucho a alquitrán. Se tapa la nariz con dos dedos y vuelve a preguntar con voz gangosa, ¿no  crees que deberían desviarnos a nosotros, a nuestra trayectoria, y no a la piedra?

En un lado los buenos y en este otro, los malos, dice Toñín, que no está para NASAS. Le han llegado noticias de que el señor Pintiparado va difundiendo rumores sobre él, rumores que no solo atentan a su honor, lo cual ya le duele, sino que ponen en peligro su puesto de trabajo. Apoyado en la fachada de la casa , ahí donde la pintura se ha descascarillado y muestra sus entrañas blancas,  ha dedicado buena parte de la  mañana a tratar de desmentir esos rumores interceptando a los que salen y entran del portal,  pero no todos le escuchan y otros, sospecha, no le creen.

 ¿Sabes lo que te digo?, dice alzando la cabeza, que voy a arreglar yo esta pared rota y gratis, si ya lo he hecho muchas veces, yo miro por la comunidad, no me importa trabajar, es lo que siempre he hecho, recojo los paquetes de todo el mundo, tengo la casa llena de paquetes y duermo en un rinconcito, taponado por paquetes y paquetes que no son míos y al día siguiente los reparto, ¿cobro yo por eso?
Claro que no, y no me importa, te lo juro, no me importa, pero luego que no vengan a decirme que no cumplo, que cobro de más. Es la maldad, me ha cogido manía y quiere que me vaya, me quiere echar porque no le caigo bien pero yo les voy a preguntar a todos, ¿se va Toñín o no se va?

Anselmo ve perdidas todas sus esperanzas de criticar a la NASA y de hacer ver a Toñín y a cualquier otro que pase por delante cuál es nuestro principal y acuciante problema. Para colmo acaban de hacer su aparición Sonia y Emilia, con esas dos es imposible hablar de nada serio, ya va a agacharse a por el boli con la intención de marcharse cuando Sonia detiene su movimiento de un brusco manotazo en su pecho.

Tú, a ver, tú que eres profesor de matemáticas y más listo que los ratones coloraos, ¿con quién estás? Porque como me digas que estás con el psicólogo, te mato. Tú tienes que estar con Toñín, nosotras somos del bando de Toñín a muerte, ¡a muerte!, ¿sabes lo que hizo por mi amiga Alicia que en paz descanse? Cuando se le rompió la puerta, se quedó a su lado esperando al cerrajero hasta las cuatro de la madrugada, los dos sentados en la mesa camilla mano a mano. Solo por acompañarla y que no se quedara sola con una puerta abierta. Eso quién lo hace, ¿tú lo haces? Venga hombre ya, qué asco de tío ese que ha venido a fastidiar con sus zapatos de ante de borlas. Y los calcetines a juego, me he fijado, será cursi…

Hay gente muy mala en este mundo, apunta Emilia frotándose la herida del rayo. Estoy preocupada, me noto muy irritable, hay momentos que, os lo digo de verdad, me parece que vaya a explotar. Ayer leí en un libro, cuando me aburro leo, si no me aburro, no, pues leí que existen los rayos latentes, se quedan dentro del árbol y lo van quemando por dentro. Parece que no ha pasado nada y de repente eso se incendia de golpe y provoca la mundial. Mira que si yo tengo un rayo latente y dentro de dos días, fushhhhh, fashhhhhh, estallido, combustión y adiós Emilia. Si ves un montón de cenizas en el tercero D no las barras, Toñín, que puedo ser yo. Me metes en una caja de cartón de esas del Amazon, en la esquina del contenedor tienes todas las que quieras, y se las das a mi hija y que haga un broche o lo que quiera.

¿Con las cenizas un broche, pero eso se puede?, no me parece a mí un material consistente, recela Sonia.

El arte lo puede todo porque no juega con lo real, ¿me entiendes? Y si no, pues que las tire, no sé dónde elegir que me tiren, si es que ya no quedan sitios para estar tranquila sin que te pisoteen los turistas o te meen los perros, está la cosa muy achuchá.

Los buenos en un lado y los malos en el otro, insiste Toñín marcando una línea imaginaria con el canto de la mano.

Nosotras estamos con los buenos y este también. Sonia le pega otro manotazo al profesor, esta vez en el brazo.

Vente pacá, no nos vayan a confundir.

Los cuatro se quedan quietos viendo los coches pasar, unas nubes sucias y traposas cubren sus cabezas.

Antes había gorriones, ahora no se ve ninguno, dice melancólico el profesor.

Están detrás, en el árbol del colegio, por aquí ya no se pasan, como para venir a esta calle con la de ruido que hay, no son poco listos los pajarines. Mira, le voy a decir a mi hija que haga un broche de gorrión.

Sonia se ríe por lo bajo y mientras nadie las mira, las Perejilas, obedeciendo al oscuro mandato de la vida, crecen y crecen.

Un enemigo ha brotado

Como psicólogo que soy a mí no se me escapa nada, advierte el señor Pintiparado a un grupo de vecinos. A mí es raro que me engañen porque yo las cazo al vuelo, veo venir a la gente, es que la veo. El grupo de oyentes se ha puesto tenso, casi todos tienen algo que les avergüenza bien oculto en sus cajones secretos, algo que temen que pueda ser descubierto por los demás. Para disimular han sonreído complacientes.

 Os lo digo para que os vayáis haciendo a la idea, en este edificio he detectado muchas irregularidades y voy a sacarlas a la luz, sé que puedo provocar enfrentamientos y que habrá personas que no se lo tomen bien, lo sé y lo asumo, estoy decidido a destapar las verdades y eso va a doler.  Una de las verdades es que ese Toñín… no es lo que parece.

De Toñín no hables mal, ni me lo toques, tú serás todo lo psicólogo que quieras y sabrás mucho, pero ¿quién me lleva las bolsas cuando vuelvo cargada?, ¿quién me hacía la compra cuando estuve mala?, que bien mala que estuve, a puntito de caerme rodando por el escalón que te lleva a ese sitio que ya sabéis. Pues él, en lugar de huir como hicieron casi todos los demás, me subía la compra y me hacía compañía Y siempre tan alegre, cantando, riendo, ese hombre es lo mejor de la casa, qué digo de la casa, de la calle y del barrio entero.

Para reafirmar sus palabras Sonia se ha llevado una mano al corazón mientras con la otra sujeta las correas de los dos perros maltratados que pasea.

Majísimo, añade Emilia, a la que no partió un rayo, liante pero majísimo, limpia poco y mal pero majísimo, todas lo queremos porque nos canta canciones y nos llama princesas.

El encataviejas, lo que yo te diga, ha murmurado para sus adentros el Pintiparao.

Aquí estamos confundiendo sentimientos con realidades, ha matizado después izándose a sí mismo como si tirase de una cuerda interior, yo no he dicho que no sea afable ni que no albergue bondad en su corazón. Lo que he dicho es que ejecuta sus tareas con dudosa legalidad y declarada chapuza.

Qué bien habla este hombre, ¿verdad?, le ha dicho por lo bajo Emilia a Sonia y es así como elegantón y muy bien compuesto.

Bah, ha contestado Sonia, yo sé a dónde quiere ir a parar y no me gusta, así que me voy que los perros tienen que pasear y yo también.

Amparado en la deserción de Sonia el grupo se ha ido dispersando con lentitud. El psicólogo adivino se ha quedado solo bajo los largos hilos de araña que se mecen por el cielo. Alguien tendrá que poner el cascabel al gato, alguien tendrá que colgarle el cascabel porque aquí las cosas no se están haciendo en tiempo y forma. Y eso no, no, no se puede consentir.

Por las escaleras baja cantando Toñín, viene del tercero donde ha estado arreglando una luz, “y si el niño está malito, dale chocolate, chocolatito para el niño que cura todos los maleees. Ay que el niño está malitoooo».

Al llegar a la calle contempla a sus perejilas con orgullo, han crecido tanto que ya no son colegialas, sino universitarias. Reflexivo, se apoya en la tapa naranja del contenedor de basura, no es psicólogo pero de sobra sabe que además de perejil le ha brotado un enemigo.

¿Y las libélulas?

A la Esmirriadita la calle le parece triste desde que ha vuelto de sus vacaciones. Las chinas que pintan las uñas asomadas a la puerta de su negocio, el señor laringectomizado con un apósito enorme en su garganta que saluda con un gesto de cabeza porque hablar no puede, las chicas de la panadería que dicen, “todo bien, no nos podemos quejar” y ese mismo “no nos podemos quejar» parece un lamento, las aceras otra vez abiertas como en herida permanente, los árboles mustios, agotados de calor,  la suciedad, el ruido del tráfico y todos esos transeúntes con pinganillos blancos incrustados en las orejas, ausentes y apresurados cyborgs.

Pero como la calle es la de siempre o no demasiado distinta a la que otras veces ha pisado, deduce que es su propia tristeza la que se filtra en ella y la mancha. Se siente como un caracol que va dejando una baba pegajosa de apatía y languidez sobre las aceras.

Pero al parecer no se le nota. Se encuentra a Sonia, lo cual no es difícil, le dice que está guapísima, que ese vestido azul  es precioso y qué que tal ha pasado el verano. Y ella agradece que no perciba su interior porque si no se detecta no será tan grave su malestar, solo una melancolía pasajera. Se mira el vestido azul como si nunca se lo hubiera visto, como si fuera el vestido de otra y se le hace extraño ese estampado de gatos con gafas sobre la tela ¿por qué lo lleva, por qué lo eligió?

No es verdad que sea bonito ni que ella esté guapa, acaba de verse en el espejo de una tienda y tiene muy mala cara, está pálida, los ojos ribeteados de ojeras y el pelo sucio porque le dio pereza lavárselo ayer y se prometió, “mañana”, que es lo que se promete últimamente. Y como mañana siempre está ahí, al otro lado del día que sea, basta con pronunciar esa palabra y sentarse a descansar del cansancio de no haber hecho lo que tenía que haber hecho. Porque lo no hecho le cansa tanto o más que lo ejecutado.

Todos esos trámites…le dice a Sonia refiriéndose a lo que ha dejado apartado para el siempre pospuesto mañana.

Sonia la mira sin entender y repite, ¡que estás guapísima! y se lo grita como si estuviera sorda, y yo no digo mentiras, ¿y qué tal el verano, te lo has pasado bien?

No he visto libélulas, en todo el verano no he visto ninguna libélula, ¿se habrán extinguido ya? Me da pena, son tan bonitas… sobre todo las azules ¿o las azules no son libelulas?

No sé, hija, yo de bichos entiendo poco, aquí hemos tenido moscas y mosquitos por si te sirve de consuelo y cucarachas también he visto desfilando por la noche que eso parecía el Madrid fashion week o como se llame eso de la moda que hacen.

La Esmirriadita se ha reído enseñando sus dientes asimétricos.

Las libélulas han emigrado hacia el norte porque necesitan agua, se han visto escuadrones de libélulas mudándose hacia hábitats más amables. Las libélulas pertenecen al orden de los odonatos y son muy beneficiosas porque se comen a las moscas y mosquitos.

¡Toma ahí lo que sabe el profesor!, ha exclamado Sonia con admiración, no tanto por el discurso de Anselmo, que no le interesa demasiado, sino por la capacidad que tiene de aparecerse como un fantasma. O como un mago.

Así que se han ido, son más listas que nosotros. Yo también tengo que irme pero aquí al lado, las gestiones, los trámites…

Y con velocidad libelular la Esmirriadita ha cruzado la calle. Al llegar a su mitad el vestido azul ha cambiado bruscamente de dirección y con el mismo empuje volátil ha enfilado en sentido contrario, hasta donde vive la mujer que se ha hecho una casa con cuatro maletas viejas y un trapo por encima. Ahí se ha parado un momento el vestido azul, los gatos con gafas consternados.

Ella sí que es una libélula, tan delgadita, si parece que se va romper, pero mírala qué deprisa va arriba y abajo, ¿para qué? Qui lo sa, le dice Sonia a nadie porque el profesor de mates ya se ha volatilizado.

Las Perejilas

¿Sabes lo que me ha pasado este verano?

Sonia reprime un bostezo, ya se está imaginando que Emilia va a empezar con una narración pormenorizada de algún viaje o, peor todavía,  de diversos traslados pautados de quincena en quincena. De quince de julio a quince de agosto estuve en las rías Baixas, después nos fuimos unos diítas bla,bla,bla, y lo visto, lo dormido, lo bañado, lo comido y lo bebido. No solo se ha pasado todo el verano en Madrid soportando el calor del infierno, sino que ahora, los recién llegados le cuentan dónde han estado y, lo que es peor, le enseñan las galerías de sus móviles. La de la farmacia, que es muy maja, hay que admitirlo y por eso se lo ha perdonado,  le acaba de mostrar toda una ristra de imágenes de su viaje a Egipto y hasta le ha puesto un video de su hijo dando de comer a un cocodrilo como si fuera un pato del parque.

 Lo de las pirámides no es para todo el mundo, entiéndeme, en algunas tienes que pasar por unos pasadizos muy estrechos, a oscuras y de rodillas hasta llegar a la momia. Y todo eso con la diarrea del viajero.

 ¡Ángela, María, Manuela!, ha exclamado Sonia para dar por terminada la conversación. No le atraen las momias y esos parajes tienen que estar de polvo…

Pero no, Emilia no le quiere contar ningún viaje ni traslado, es otra cosa más llamativa. Agárrate, que va:  que me ha caído un rayo, estoy aquí de milagro.

Sonia se ríe creyendo que es broma, pero Emilia se acaba de arremangar el vestido y le enseña una marca en la pierna.

Aquí incidió, explica muy propia ella.

Resulta que yo adoro, pero adoro con toda mi alma las tormentas, no hay nada que me pueda dar más felicidad, sobre todo cuando alivian uno de esos días de bochorno soporífero como los que hemos tenido, pues resulta que estaba disfrutando de una ellas con toda su parafernalia y puesta en escena de relámpagos, truenos, aguas en tromba y olores a tierra mojada que aquello era una bendición del cielo.

En mi terraza estaba, no te digo más,  abriendo así los brazos como diciendo “ven a mí, ven”. No es que yo quisiera que viniera nadie y mucho menos un rayo, pero está visto que hay que tener cuidado con los mensajes no verbales que enviamos. Supongo que él, el rayo, me quiero referir,  lo interpretó mal y no me preguntes cómo, pero se coló por la rendija de la barandilla, noté un latigazo en la pierna, una fuerza violenta me empujó hacia atrás y aterricé, menos mal, en el sofá. Como un amante arrebatado, lo mismo. Y con un poco de mala idea, también tengo que decirte.

Lo que no te pase a ti…

Pues así es, me pasan cosas, pero las resisto. Mira el broche, me lo ha hecho mi hija en conmemoración,  mi hija la artista, representa el rayo.

Bonito es, añade Sonia acercando las pestañas postizas a la cosa roja que zigzaguea sobre el vestido de Emilia. Bonito a la par que original.

Los artistas son originales o no son, zanja Emilia.  Va a venir mañana a comer conmigo, si quieres te la presento, verás qué simpática es, no se da importancia ni nada.

Encantada estaré, miente Sonia. Tanta originalidad le resulta avasalladora.

Por no quedarse atrás y porque ya está harta de que todos le coloquen sus historias sin poder dar réplica alguna rescata un sucedido del pasado y  le cuenta que conoció a la reina.

A la Sofía, acababa de llegar del exilio, tenía una cara de pasmada…vino a la tienda de ropa donde yo trabajaba entonces, era una tienda de alta costura, no te digo la marca, no sea que… no la conocí de entrada y como la vi en la puerta toda alelada, le planté, ¿qué quieres?, así, sin más, porque la mujer no reaccionaba. Y al rato otra vez, ¿que qué quieres? Cómo se puso el séquito, pero ¿sabes qué te digo? Que a mí las realezas ni fu ni fa, no me impresionan, si todos somos iguales, ¿o es que no somos todos iguales?

 Somos parecidos, iguales, iguales, tampoco.

¡Anda!, se asombra Emilia llevándose la mano al broche en forma de rayo, pero si han quitado el trozo de árbol que quedaba, pobre Toñín, estará disgustado, aunque, también te digo, que eso era una guarrería, daba pena verlo, es como si dejas un cadáver en mitad de la acera y que se busque la vida, o la muerte, mejor dicho,  y se descomponga por su cuenta y riesgo. No son maneras.

Toñín está muy bien,  ahora ha plantado perejil en la tierra que ha quedado en el cuadrado y ya está saliendo, mira esas hojitas tan chiquititas, se me parecen a niñas diminutas, a colegialas en miniatura.

Emilia se agacha para contemplar el nacimiento de las colegialas.

Le voy a decir a mi hija que haga un broche, dice cuando se levanta.

¿Un broche del perejil? No lo veo yo eso muy artístico.

No, claro, del perejil no, de las niñas juntas, jugando, niñas verdes, las Perejilas.

Cosas más raras dice esta mujer, piensa Sonia y se sube de un estirón la cintura del pantalón, que tiende a resbalar. Claro que yo también estoy fina, llamar niñas a esas hojas…debe de ser la soledad que me trastorna porque yo artista no soy ni original tampoco. Soy normalita, muy normalita pero no encuentro acomodo, que no encajo ni con unos ni con otros. Me he quedado desencajada, qué le vamos a hacer

Adiós, Emilia, me voy a dar otra vuelta a ver a quién más me encuentro.

Antes de empezar a andar, echa un vistazo a las Perejilas, ¡Qué monas son!, como no he tenido hijas…

Lo que nadie puede hacer por ti

Los arreglos que está haciendo en la azotea tienen muy ocupado a Toñín, tanto que apenas se le ve por el portal, Sonia lo echa de menos. Algunos de los habituales se han ido de vacaciones, como Emilia, que salió disparada el otro día con un broche en forma de pez enganchado a la blusa, como proclamando “a la playa me voy” y aquí os quedáis en el asfalto cocido. C,est la vie, se dice a sí misma Sonia como consuelo y para espantar esa desazón que le provoca el verano, el suyo, no el verano en general.

Un borracho se ha quitado la camisa y la está utilizando de capote para torear a los que pasan, cuando ve algo distinto a una persona, como una moto, se emociona mucho y acentúa sus lances. Los dos perros de Sonia también le han provocado entusiasmo y sale corriendo hacia ellos tratando de dibujar una Verónica. Sonia avanza a su ritmo sin inmutarse, borrachos toreros a ella. Que sepas, le dice, que estos perros fueron maltratados, a este le quemaban con cigarrillos, si quieres te enseño las quemaduras. Sonia se para y comienza a contarle las desgracias de los chuchos, tema en el que es especialista. Con tanto verismo narra y tan desconcertado ha dejado al otro que consigue que el hombre se vista y, afligido, se marche dando tumbos en otra dirección.

Si espera un poco más, Toñín aparecerá porque ya casi es la hora de recoger las basuras, a la tercera vuelta a la manzana, ahí lo tiene, despeinado y con los bigotes alicaídos, mustios de calor y polvo.

Tú no puedes hacer todo, tienes que pedir ayuda, búscate a alguien que suba contigo a hacer los arreglos esos y así acabas antes, ¿no ves que te va a doler la espalda o te va a dar una insolación? Y si te lesionas o te pones malo luego no vas a poder hacer ni eso ni nada y verás…

Es que hay cosas que otro no puede hacer por ti, contesta Toñín recostándose en la pared que, a última hora del día, arde. Una vecina con una cara muy blanca e inexpresiva, como de sábana, se les une. A Sonia no le gusta mucho porque no habla y porque tiene la sensación, siempre la tiene cuando la ve, de que acaba de resucitar. La vecina cara de sábana se llama Esther y va en zapatillas de estar por casa.

Qué tontería es esa de que solo tú puedes hacer las cosas, alguien más podrá, dice Sonia mirando solo a Toñín.

Que no, que hay cosas que solo tú puedes hacer. Pis, por ejemplo, eso no lo puede hacer otro por ti.

Anda este, qué cosas dice, tiene cada caída…

Ahora sí ha mirado Sonia a cara de sábana, pero nada, ni una respuesta, solo la frente blanca se arruga levemente.

Morirse, sigue diciendo Toñín, eso tampoco lo puede hacer otro por ti.

Te doy la razón, eso sí que no…ojalá, ¿verdad? Muérete tú por mí, que yo no tengo ganas.

Esther sacude su sábana en oleadas de risa.

La Planchá irrumpe con ruido de maletas atravesando la tertulia del ocaso.

Me voy. A Roma. Nos vemos a la vuelta. Cuando tire la moneda en la Fontana de Trevi a lo mejor me acuerdo de vosotros, ¿algún deseo?

Pero antes de que tengan tiempo de manifestar nada, ya se ha subido al coche de alquiler que la estaba esperando abajo.

Hoy ya no porque se nos ha hecho tarde pero mañana o pasado mañana vamos a subir a la azotea a ver la puesta de sol. Os lo juro, la iglesia blanca vista desde arriba parece el Vaticano. El mismito Vaticano.

Las moscas revolotean muy contentas alrededor de los tres, como si estuvieran de acuerdo y quisieran apuntarse al plan.

Ver la puesta de sol, eso tampoco lo puede hacer nadie por ti, mete Toñín en la cuenta de actividades no delegables.

Ni el sol ni la luna, añade Sonia mirando para arriba.

Huy, así partida se parece a la media pastilla de orfidal que me tomo para dormir. Un poco más grande, claro está.

Humana

Con las pestañas postizas que se ha puesto ya desde por la mañana, Sonia parece una muñeca antigua y rara. Paseando a sus perros prestados por aquí y por allá engancha una conversación con otra y para qué negarlo, los ánimos están revueltos. Ayer se incendió un cuadro de luces, hace dos días se cayó un trozo de cornisa de la casa que hace esquina y hoy hay avería en el alcantarillado y han cortado el agua. El portero del 30 ha dicho con sorna que no vendría mal asperjar la zona con agua bendita. «Paciencia, piojos, que la noche es larga», le ha contestado la señora venezolana adicta al agua de coco del Mercadona.

Alrededor del quiosco de prensa se ha montado una tertulia espontánea. Un señor opina que ha venido demasiada gente a la cumbre de la OTAN, “demasiados mandatarios de esos en demasiados aviones y todo el séquito que llevan, que no es poco, luego dirán que están muy preocupados por el cambio climático, menuda juerga que tienen montada”

“¿Y eso qué tiene que ver?, ¿no ve usted que dan dinero con todo lo que comen y beben?, publicitan la ciudad y llenan los hoteles”, le rebate una señora.

El quiosquero, que hace dos meses llevaba la patilla derecha de las gafas pegada con cinta adhesiva blanca, hoy estrena cinta también en la patilla izquierda. Se está tomando el café matutino en su taza de la abeja Maya, ignora a los tertulianos espontáneos y al mundo entero que se le ponga delante. El viento de la mañana mueve las ristras colgantes de boletos de la suerte abanicando con suavidad su barba blanca de profeta indiferente.

Sonia tuerce por otra calle, hoy no está interesada en los políticos, ni nacionales ni internacionales, tiene sus propias opiniones, pero no le apetece manifestarlas, todo lo que es expresado puede da lugar a malentendidos, claro que a veces le vencen las ganas de hablar y manifiesta lo que sea, hasta lo que no está muy segura de pensar, solo por el placer de articular palabras y echarlas a volar.

A lo lejos ve venir la Planchá con su vestido largo de verano, bien pintada, bien peinada y ahora que se acerca más, detecta que muy bien perfumada. Normalmente la Planchá no le da cancha, pero, cosa rara, acaba de echar el freno a sus tacones y le está dirigiendo la palabra.

¿Se puede creer lo que me acaba de pasar con la pobre de la esquina de arriba?, ¿sabe de quién le hablo? Esa que tiene un pañuelo en la cabeza y le faltan tres dientes. Yo siempre le doy algo y me intereso por su salud, son acciones que me salen de forma natural, por la educación que he tenido y por mis creencias religiosas. Le pongo su moneda en el vaso, le pregunto por su pierna, y va la tipa y me pide que le compre un billete de avión para irse a Rumanía en agosto. Que dice que el autobús es un trayecto muy largo y la pierna no le aguanta. Yo es que no doy crédito, eres humana, pero ellos piensan que eres idiota y quieren pegarte el timo.

Sonia abre y cierra los ojos pestañeando artificialmente, no sabe qué decir, esa mujer tan elegantona le da complejo de inferioridad.

En la tienda Humana tienen cosas que no están mal, si rebuscas, claro, se le ocurre de repente por asociación.

La Planchá da un respingo hacia el portal, arrepentida de relacionarse con quién no está a su nivel, no aprende, no aprende.  En la puerta lee el siguiente aviso, “Estoy en el tejado. Toñín”.

Como el violinista, murmura poniéndose la mascarilla antes de entrar al ascensor, ahora llamamos tejado al bar de enfrente y pensar que le he dado propina… No se puede ser buena persona, no se puede.

Un nuevo mapa

El profesor de matemáticas está tan emocionado con el nuevo mapa de la Vía Láctea que no puede dejar de pensar en él. Lo que no entiende es porque no les pasa lo mismo a los demás, hasta el momento, todos sus intentos de llevar la conversación hacia ese terreno han sido abortados.

Se le han quedado grabadas las palabras de un astrónomo finlandés que ha dicho que antes de que la sonda Gaia explorara nuestro barrio en el Universo era como si estuviéramos dentro de un bosque y solo viéramos árboles, pero ahora estamos en el cielo y podemos contemplar todo a vista de pájaro.

 ¡Pero que estamos en el cielo!, ha tenido ganas de gritar a sus vecinos, a ver si así espabilan y se despegan un poco de las calles cotidianas, pero no se ha atrevido. Anselmo es de naturaleza discreta y un poco tímida. Por la mañana, durante la clase, ha tratado de explicárselo a sus alumnos, de despertar en ellos el asombro.  Escuchad, ha dicho en lugar de ponerse a explicar los polinomios, en las estrellas se producen terremotos, son pequeños movimientos en su superficie que cambian su forma, un poco como os está pasando a vosotros, en plena adolescencia. En el Universo nada es estático y tampoco es un lugar tranquilo, hay violencia en el Universo, sabed que la Gran Nube de Magallanes, una galaxia pequeña cercana a la nuestra, está devorando a la Pequeña Nube de Magallanes, se asemeja a lo que ocurre aquí en la Tierra cuando el fuerte abusa del débil.

Cree que le han escuchado, que le estaban escuchando con cierto interés hasta que uno, rompiendo el encanto, ha preguntado: profe, ¿esto entra pal examen?

Por la tarde, cuando ha salido de casa para hacer unas compras, no ha podido resistir la tentación de comentar algo al respecto con Toñín y otros secuaces. ¿Os habéis enterado de lo de la Vía Láctea? Y sacando el móvil les ha leído una parte de la noticia, más que nada para situarles.

“La Tierra y el resto del sistema solar viajan a 720.000 kilómetros por hora alrededor del centro de la Vía Láctea, donde hay un agujero negro supermasivo, Sagitario A. Pero incluso a esta velocidad tardarían 230 millones de años en dar una vuelta completa. A su vez, la Vía Láctea es una pequeña isla de estrellas que viaja por la inmensidad de un universo donde hay otros 100.000 millones de galaxias separadas por distancias siderales”.

Huy, hijo, qué cosas nos cuentas, ha dicho Sonia, que para celebrar por todo lo alto la entrada del verano se ha puesto una túnica amarilla, yo ya me he perdido, soy incapaz de entender esas cifras que nos das, me da como mareos, claro que soy propensa a los mareos ya de por mí, tampoco te digo que tenga que ver con lo que estás contando. Son las cervicales, ¿sabes? Ayer pasé un diíta…

Pa sideral, ha rematado Juanín el fontanero, la obra que tenemos montada en la calle, qué de polvo y qué de ruido y por si fuera poco nos plantan un rodaje, no hay cristo que aparque aquí, una hora me he tirado dando vueltas, te desesperas, oye, y ya vas todo el día de malas.

Los demás han cabeceado, comprensivos.

El profesor ha vuelto a la carga, esta vez con menos ímpetu pues la esperanza de ser escuchado se le ha ido desvaneciendo, ¿no os parece increíble que la lente de esa sonda espacial haya observado estrellas naciendo en una galaxia joven que fue devorada por la Vía Láctea hace 100.000 millones de años?

¡Josús!, ha exclamado Sonia deseando que terminara ese tema de conversación donde no puede meter baza.

 “Unos que nacen otros morirán, unos que ríen otros llorarán, la vida sigue igual”, se ha puesto a cantar Toñín. En la raíz de su árbol dos veces muerto ha brotado una diminuta flor.

Pues sí, eso es verdad, se ha reído el profesor, hasta luego que me cierran, y ha avanzado por la calle en obras, el bolso de falso cuero en bandolera golpeándole la flaca pierna, la cabeza a reventar de estrellas.