Turno de mañana

 

No sé qué hora sería cuando ha llegado esa chica, sobre las diez y media, puede.  Estábamos tranquilos,  cada uno mirando nuestro ordenador, Julia y Mari pasando las fregonas por arriba y por abajo, el que se lee la enciclopedia acababa de abrir  el tomo siete, el  viejo habitual durmiéndose con un libro abierto sobre las piernas, un hombre mirando a través de las cristaleras con unos auriculares puestos y los estudiantes  en la planta de arriba, estudiando.

Quiero decir que todavía no había llegado ningún pesado a preguntarnos nada ni ningún colegio ruidoso. Sí estaba el grupo que viene de un centro de rehabilitación para drogadictos. Los traen bastantes mañanas a esta  biblioteca a pasar el rato, nada más entrar se pasean entre los estantes mirando los libros como si se asombraran de que hubiera tantos  en el mundo, creo que más que asombro es una especie de paseíllo de  cortesía porque enseguida se van  a la sección de audiovisual, la que les gusta de verdad. Revuelven con ganas ,  se llevan en préstamo alguna serie o película y  las comentan entre ellos, “peliculón” o  “de putísima madre”, les oímos decir.   No es que se porten mal, vienen muy aleccionados por su monitor y no sé si un poco dopados, se mueven y hablan a cámara lenta, como si flotaran, como peces o astronautas. Salen mucho a la puerta a fumar, todos fuman, y allí hablan de peliculones o miran el trabajo de los jardineros.

Solo hay uno que nunca sale ni se pasea por los estantes de los libros a mirar con asombro el objeto libro ni se va a la sección de audiovisual a decir “peliculón”, ese se queda pegado al mostrador como un pasmarote, luciendo su cresta azul tan pasada de moda como el resto de su vestimenta: cazadora corta de cuero negro con tachuelas en las hombreras, pantalones pitillo, botas vaqueras con remaches metálicos en la punta. Parece una mezcla de extintas tribus urbanas,  un muestrario ambulante de los ropajes de  la movida madrileña. Aunque es mayor y está bastante deteriorado,  tiene cara de niño, de niño perdido en este mundo. Hasta en los márgenes se puede estar marginado. No habla apenas pero de vez en cuando dice, “miedo me da”. Me gustaría saber qué es lo que le da miedo, si algo en concreto o todo en general.

Guillermo le tiene una manía que no le puede ni ver, eso ya indica cómo es el compañero Guillermo.

-¿Te puedes apartar?, aquí delante no puedes estar, no dejas pasar a la gente, le ha dicho con esa brusquedad suya.

El otro ha  mirado a los lados, como pensando, “¿pero de qué gente me habla, si aquí no hay nadie, habrá gente que yo no esté viendo”? Y se ha movido un poco hacia la esquina, cerca  de Miriam y  de mí. No nos encanta su compañía,  pero tampoco nos molesta en especial, no hace nada, solo se apoya y a veces resopla y suelta su “miedo me da”.

En ese momento ha entrado la chica joven de la coleta y se ha colocado en el supuesto lugar prohibido  a mirar su móvil y a mandar mensajes, se reía sola. Miedomeda la miraba de reojo y Guillermo más que de reojo, a ella no le ha dicho  que se tenía que quitar, al contrario, “si te podemos ayudar en algo, nos lo dices, eh”, de un amable que ni en sueños hemos visto tanta amabilidad.

La chica le ha dicho que buscaba un libro de economía de costes o algo así  y Guillermo, “pues qué estudias”, interesadísimo,  y ella que estudiaba ADE, eso que estudian todos ahora, y el tonto de Guillermo se ha puesto a darle consejos como si fuera un padre amantísimo o un amante padrísimo, más bien. Más bien que eso es lo que le gustaría a él. La chica le seguía el rollo mientras él buscaba en el ordenador el libro y eso que si algo  le molesta es que le hagan trabajar, a todos los manda con más malos modos que buenos a que se hagan sus propias búsquedas. Pero a la de la coleta no. Poco le ha durado el entretenimiento porque la chica ha encontrado enseguida el libro, gracias a sus indicaciones, y se ha marchado tan contenta sin dejar de mirar su teléfono.

Miriam ha empezado a contarme la receta de una tarta de manzana que se puede hacer en el microondas,  no me interesan  sus recetas ni las pienso hacer pero, por cortesía, como los ex yonquis cuando se pasean entre los pasillos de  libros, la he escuchado. El viejo que se queda dormido se ha despertado y ha mirado extrañado a su alrededor, creo que no sabía dónde estaba ni quién era, Julia y Mari con tal de aparcar un rato las fregonas se han acercado a escuchar la receta y a hacer sus propias aportaciones.

He visto la cara de desesperación de Guillermo y hasta me ha dado pena, su chaqueta de pana arrugada por la espalda, su pelo canoso, sus bolsas bajo los ojos llenas de aburrimiento vital. Se ha puesto a protestar,  que estaba harto del turno de mañana, que ya le ha solicitado a la jefa el cambio a la tarde,  que el turno de mañana le parece deprimente…Seguro que se cree que el de tarde está hasta los topes de chicas jóvenes con coleta ávidas de conocimientos y consejos.  No le voy a desengañar, he estado años en el turno de tarde y es más o menos  lo mismo pero con más gente, más peticiones de todo tipo y más ruido.

Miedo me da, ha dicho Miedomeda y se ha tocado la cresta azul con la mano, asegurándose de que seguía en su sitio. Allí seguía.

 

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Un mensajero para Nélida

De sobra sabía que Nélida no creía en él,  pero algo había que hacer antes de que las cosas fueran a peor, así que la envió un mensajero camuflado y lo puso a correr por el camino arbolado por el que ella transitaba cada mañana camino del trabajo.

Estaba Dios muy preocupado por el sombrío estado de ánimo de Nélida, por su falta de energía, por esa apatía con la que pisaba o más bien se arrastraba por cada uno de los días que él le iba colocando cual alfombra roja.

También estaba un poco cabreado, pues la que antes había sido admiradora incondicional de su obra ahora ni la miraba y no sería porque él no dejaba de diseminar bellezas a su alrededor. Anoche, sin ir más lejos, una hermosura de luna llena en su misma ventana. Y  Nélida, que en otros tiempos se hubiera extasiado con ella, se limitó a bostezar rascándose una pierna por encima de la tela del camisón y solo dijo, “¡qué sueño tengo, estoy machacada y qué mal huele hoy la calle, ¿están friendo qué?”

Y así con todo, ya  nada de lo que había amado lograba causarle  emoción ninguna.

Pero ¿por qué, por qué mis alegres se vuelven tristes?, ¿por qué llegado un momento dejan de admirar mi obra y pasan indiferentes ante ella, consumidos por el tedio?, ¿qué les pasa? Tú, no, Nélida, tú no me puedes hacer esto, te voy a mandar un ángel del señor, o sea, un ángel mío y a ver si te enderezo antes de que sucumbas. Estoy perdiendo seguidores que esto es un no parar.

Tú mismo, ven, asómate y observa, ¿ves por esa vereda arbolada, -qué bonita me quedó y no es por nada-, a esa mujer que no levanta la vista del suelo, a esa que parece a punto de echarse a llorar ? Desciende y trata de animarla un poco, hombre. Pero antes quítate esas alas y esa túnica azul y nada de bucles dorados, vas a ser… atleta negro, por ejemplo.

Al ángel, que estaba deseoso de cambiar de identidad y de salir un rato del cielo le pareció mejor que bien darse un aire a Usain Bolt,  pero antes quiso perfilar algún que otro aspecto para ser más veraz

-¿Pero sigo compitiendo o corro ya solo por afición?

-Lo que más te guste pero que Nélida vuelva a ser feliz, que admire mis amaneceres y mis ocasos, mis árboles y mis estrellas, que se extasíe con el sonido del viento entre las ramas, que se quede hipnotizada mirando el mar. Es lo que hacía antes de forma natural, era muy, muy fan,  pero, poco o poco y sin que me diera ni cuenta, se fue apagando,  se alejó. No pretenderá  que innove a estas alturas de la creación, mi obra ya está hecha y bien preciosa que me quedó, que se conforme con eso y vuelva a decir al menos una vez al día, ¡qué maravilla!, que se ponga en los auriculares el “Viva la vida” de Cold Play, como solía.

-¿Puedo ser agente de la FIFA?, le preguntó el ángel del señor al susodicho señor, me haría ilusión.

-Como poder…y ya estás tardando.

Harta de contemplar el desfile de las hormigas que le recordaban demasiado a ella misma y a sus inútiles afanes,  Nélida levantó un instante la cabeza y vio a un fornido y más que bien plantado hombre que pasaba a su lado trotando y sonriendo a la vez. Sus ojos lacrimosos detuvieron el llanto  para contemplar con arrobo la elegante zancada del corredor, el brillante tono oscuro de su piel, su luminosa dentadura y sus portentosos cuádriceps. Todo él era un prodigio de belleza y armonía además de irradiar una luz que en un instante iluminó el suelo de tierra gris, el cielo gris, los zapatos grises de Nélida y la vereda entera.

Hola, dijo él con sencillez deteniendo su majestuoso trote.

Hola, sonrió Nélida sin tener que forzarse por primera vez en meses  y meses. Además olía bien, a algo dulce, como a ensaimada rellena.

El hombre le dijo que llevaba mucho tiempo viéndola pasar por ese mismo sendero, le explicó con mucho orgullo que era agente de la FIFA y que por ello viajaba muy a menudo, pero que cuando estaba aquí le gustaba correr por ese camino ya que tenía frondosos castaños a cada lado.

Los árboles, por alusiones, soltaron de golpe unas cuantas castañas que cayeron sobre la cabeza pesarosa de Nélida haciéndole el efecto de un electro shock vegetal, por así decir.

“Huy”, dijo ella y después de ese” huy” el apuesto corredor ya no estaba. Se lo habría imaginado.

Qué lindos le parecieron a Nélida los niños que hacían su clase de gimnasia al aire libre, los veía cada día pero nunca les prestaba atención, es más, le molestaba que siempre estuvieran en el mismo sitio.  Una de las niñas, la  rechoncha con coletas,  se negaba a saltar a la cuerda. La profesora le estaba diciendo, “hoy saltas sí o sí”. Saltó y se cayó, cosas que pasan.

La luz del sol se filtraba entre las hojas  formando rayos de luz. Nélida cruzó por ahí, atravesándolos. Se sentía un poco menos cansada, un poco menos triste, un poco menos ansiosa.

Pero  di qué bonito, al menos, hija, refunfuñó desde arriba un poco mosca, el señor Dios.

Poema de otoño pequeño y redondo

 

Este era un poema vacío
pequeño y redondo.
Como todo poema vacío
contenía infinitas  versiones de sí.

Le llovió encima
y se volvió un poema de agua,

pequeño y redondo.

Por la  noche entró una estrella

temblaba dentro.

Por la mañana lo atravesó una rama,

un mirlo se acercó a mirar

y el poema se iluminó de pico  naranja.

Perdió la rama , se quedó solo.

Esperó en acuático silencio

y al rato, con un alegre plas…

¡cuatro castañas!

Ahora es un poema de otoño

pequeño y redondo

una hormiga diminuta ,que lo considera enorme,

se lo está leyendo.

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Las tres niñas poetas

El padre había tenido tres hijas blancas y redondas como tres lunas. Tres niñas poetas.

Desde muy pequeñas las niñas se ensimismaban con las gotas de rocío, con el temblor de las hojas en las ramas de los árboles, con el desplazamiento de las nubes por el cielo, con los vuelos de los pájaros, pero también con las puertas rotas, con los muros desconchados, con los terrenos abandonados donde, entre rejas, proliferaban cardos, hierbajos, gatos y ailantos.

Eran raras sus tres niñas blancas, antes de saber leer ya  inventaban en voz alta sus propios libros de poemas mezclando palabras recién aprendidas.

Aunque el padre no las entendía, sonreía mirándolas. Le hacían gracia  pero le inquietaban. La madre, también blanca como una gran luna, las contemplaba admirada, se le parecían tanto que hubieran podido nacer por partición, sin la intervención del padre. Y aunque ella nunca había escrito poesía sí la había sentido en su interior como una especie de afán, de deseo no manifestado que se revelaba ahora en las tres niñas, traspasado en el silencio de los meses de gestación.

A medida que las niñas blancas fueron creciendo aumentó su belleza y su lirismo, en sus juegos siempre estaba presente la poesía, en su vida diaria. Escribían poemas en los bordes de los libros, en las cajas de galletas, por las paredes de su cuarto, en las suelas de sus zapatos colegiales, en el espejo empañado del cuarto de baño.

Cuando el padre llegaba a última hora de la tarde a casa, con la cabeza llena de los agobios propios de un hombre de negocios, las encontraba por el salón bailando y cantando, recitando, leyendo en voz alta poemas propios y también  de otros. Y en el centro siempre estaba la madre, admirada, feliz, plena con sus tres niñas poetas tan iguales a ella, sus tres niñas de plata.

Le invitaban  a quedarse, a participar de sus lecturas y recitales pero él no entendía de poesía y no le gustaba,  no sabía qué querían decir aquellas palabras misteriosas organizadas en  versos, le incomodaba tanto sentimiento desparramado, todo ese vuelco de almas. Deseaba que se  callaran y aunque las amaba también  las odiaba un poco.  Cuando las odiaba no las veía como tres lunas sino como tres quesos de bola parloteadores y estrafalarios.

Habían construido un mundo al que él no tenía acceso, un mundo en el que se sentía incómodo y perdido. Esas no eran sus hijas, eran las hijas de ella, de la madre lunar. Se sentía muy solo y no sabía qué hacer con esa soledad tan grande que le perseguía y le ahogaba en cuanto entraba en su casa.

Se organizó un cuarto donde poder ver en paz, sin la intromisión de la poesía,  todo tipo de deportes  y allí pasaba sus ratos de ocio, acantonado, sin tener con quién gritar ¡gol, gol, goooool!

De vez en cuando, del resto de la casa, por donde pululaban incesantes y en todas direcciones las tres niñas como aceleradas libélulas, le llegaban palabras o  ráfagas de frases que le irritaban, impropios vocablos en bocas infantiles,  “labios de ángel, carne de sueño, todo es resplandor, secretos de los Dioses, gritos en medio de la sangre, reino de lo gris, niñas erráticas nimbadas de niebla, inminencia de alas”

Aquello era horrible y hasta obsceno ¡Silencio!, ¿ os podéis callar un rato?, pedía  asomando medio cuerpo por la puerta de aquel cuarto donde todo era comprensible y normal, sencillo,  sujeto a normas y resultados. Las lunas le concedían unos instantes de ese demandado silencio pero a él le parecía que estaba cargado de hielo y desaprobación.

Una tarde en la que se jugaba la final de la copa de Europa, decidió marcharse  pero antes quiso dejar una nota aclaratoria, fue a la cocina y en la libreta donde se anotaba la lista de la compra escribió, ”Me voy,  os mandaré dinero cada mes” lo colocó apoyado sobre el cesto del pan y salió sin hacer ruido.

Por detrás de esa nota, las niñas escribieron un poema conjunto en el que aparecía muchas veces la palabra abandono y en el que todo lloraba: puertas, ventanas, paredes, sillas, sartenes, estrellas, cortinas, muñecas y nada más porque no cabía en papel tan pequeño.

La contratada

La chica era joven y era guapa, iba bien vestida, olía a limpio, a  colonia, o  a mandarinas,  sonreía. Antes de que la señora Boni pudiera reaccionar,  se acercó a su cara, le dio dos besos rápidos, se presentó como Sandra y le dijo, “me manda la asociación, he venido para acompañarla al médico”.

La señora Boni desconfió, esperaba otro tipo de persona, alguien de más edad, con peor aspecto,  volvió a mirar a la chica sin invitarla todavía a entrar. Una chica tan así, pensó, una chica tan así no puede querer acompañar al médico a una vieja como yo, a no ser que…se le ocurrieron dos  posibilidades. Que fuera una delincuente  y estuviera obligada como parte de la pena ayudar a  viejas sin recursos  o que perteneciera a alguna especie de secta religiosa.

-¿Vas tú mucho a misa y a los rezos?, le preguntó  sin dejarla pasar todavía.

-No, la verdad es que no, contestó ella

Pues delincuente entonces, pero no tenía cara de maldad, más bien al contrario. Lo que será es tonta, concluyó su pensamiento dándole la solución. Que pase.

Pasa, guapa, pasa y toma asiento. Sentía  el deseo de hacerse la elegante ante esa chica tan así.

-Pasa y te acomodas donde más te guste.

Lamentó que sus supuestas palabras elegantes no combinaran  bien con su  piso estrecho y oscuro donde todo se amontonaba, no por falta de orden sino de espacio.

Como la chica no parecía encontrar ningún lugar que le gustara para sentarse, la señora Boni le señaló un sillón junto a la ventana,  la tela estaba  desgastada por la zona de la cabeza y de los brazos y brillaba de una forma oscura.  La chica se sentó de medio lado como si quisiera estar sentada y de pie al mismo tiempo.

Me voy a poner los zapatos y ahora mismo nos vamos, el médico está aquí al lado, es una médica, es que tengo el corazón que late cuando le da la gana y cuando no le da la gana dice, aquí me paro, tú verás lo que haces, Bonifacia. Como si una pudiera hacer algo sin su consentimiento…

La chica sonrió también de medio lado.

Tonta, lo que había pensado, le faltaba agudeza, ¿qué persona lista de esa edad se ofrecería a pasar la tarde en un centro de salud con una vieja? Si fuera una chica normal, espabilada,  estaría con las amigas o besándose con algún novio.

Así que Sandra, ¿estudias tú?

La chica le dijo que sí, que estudiaba biotecnología.

Muy bonitos estudios, con eso te colocas,  le contestó Boni sin tener ni idea de qué podría ser, sería algo de los teléfonos,  difícil parecía por el nombre, pero si era tonta no podía estudiar algo difícil. Y qué más le daba a ella, tonta o lista,  el caso es que tenía una acompañante y muy bien que le venía.

Entraron en el ascensor,   alguien lo había llamado a la vez que ellas y en el tercero  se detuvo.  La señora Boni se inquietó,  no le apetecía encontrarse con ningún vecino. Pero ya no tenía remedio, la puerta se abrió, eran las hermanas Colinares. Con los años se les había puesto el torso de dos fornidos estibadores portuarios,  lo que no les impedía vestirse con unos vestidos cortos y  floreados por donde asomaban unas piernas muy finas y fibrosas. Con ellas se coló un fuerte olor a cenicero.

Bonifacia se dio cuenta de que Sandra arrugaba la nariz.

-Qué muchacha más represiosa, ¿es su nieta?, dijo con su voz carrasposa de fumadora la mayor de las Colinares

-No, no es mi nieta, mi nieta se ha ido a vivir a  Amsterdam.

-Ojú, qué a trasmano pilla eso, dijo la hermana menor.

-Es una ciudad de ensueño, -otra vez le apetecía hacerse la elegante y presumir un poco-  llena de tulipanes de todos los colores habidos y por haber, llena de canales que te la recorren de cabo a rabo,  llena de  bicicletas que es una maravilla lo bien que le dan a los pedales esas personas.  Y se puede visitar la  casa de Ana Frank, la pobre niña esa que escribió un diario y que luego se la llevaron al campo de exterminio donde…

-No me digas tú a mí que la gente quiere ver eso,  qué desgraciá esa chiquilla,  no nos cuente penas, que no estamos pa penas, cuéntenos alegrías, señora Boni.  Nosotras nos vamos al teatro a ver una de reír, ¿y entonces quién es la muchacha?

-Se llama Sandra y me la he contratado para mí, para que me acompañe a donde yo le diga. Hoy vamos al médico por eso de mi corazón y la señora Boni se llevó una mano al pecho por si las otras ignoraban donde se ubicaba el citado órgano,  pero mañana, mañana…a merendar chocolate con churros que nos vamos a ir, ¿verdad, hermosona?

La chica volvió a sonreír un poco cohibida.

Por lo menos no la había desmentido, es lo bueno que tienen las pasmadas, se las maneja.

Las hermanas Colinares se fueron hacia la derecha moviendo los torsos robustos  hacia los lados, inestables sobre esas piernas tan finas.  Ellas dos siguieron en línea recta, en un silencio solo roto por las indicaciones de Boni que iba diciendo, “ahora por aquí,  al lado de la tienda de ropa, ya llegamos, tendremos que esperar, siempre toca esperar, a mí me da igual porque no tengo nada mejor que hacer pero tú a lo mejor tienes prisa, si estas estudiando eso tan así que me has dicho…”

La chica le dijo que no, que no tenía prisa, que había venido para acompañarla y que ya sabía que siempre toca esperar en las consultas.  Paciencia, dijo elevando los hombros y sonriendo.

Esta no es triguito limpio, se amoscó Bonifacia.  Había algo en ella que no le encajaba,  demasiada suavidad, demasiada dulzura, demasiada simpatía…no le terminaba de convencer, acompañarla a ella y sin cobrar nada…a quién se le cuente. Pero no se lo iba a contar a nadie, eso sí que no.

Le dio un pellizco en el antebrazo, “si nos encontramos con alguien más y nos preguntan, tú eres mi contratada, que yo te pago por lo que haces, quiero decir. Ahora bien, no te confundas, en la realidad no  te voy a pagar,  es que no puedo, ya me gustaría pero  no me llega”.

La tonta se echó a reír.

-Lo que usted diga, no se preocupe por no poderme pagar, soy una voluntaria.

Por amor al arte, a quién se le diga…pero no se lo iba a decir a nadie.  Le apretaban los zapatos, todos le apretaban en cuanto daba dos pasos, qué ganas de quitárselos, se le ponía mal humor.

Se sentaron en las sillas de plástico verdes  del centro de salud, frente a un cartel en el que ponía, “instrucciones para los pacientes con insuficiencia respiratoria”. Las estaba leyendo cuando le llegó un olor a mandarinas, venía del pelo de la chica, lo llevaba tan limpio y brillante como las princesas de los cuentos de hadas.

Pelo tejido con  hilos de oro, pensó recordando vagamente alguna historia que nunca le habían contado. Dentro de los zapatos le latían los pies, como si un corazón duplicado se hubiera trasladado hasta allí dentro por cambiar un poco de lugar.

Patatas

He ido a la compra y he comprado patatas.

No es un microrrelato con mensaje oculto, es que de verdad he ido a la compra y he comprado patatas.

Pero no son patatas vulgares, no saben  a gamba ni a chuletón ni a goma de borrar. Son patatas fuera de lo común, extraordinarias, patatas por fuera y por dentro, patatas en su totalidad, entes patatales completos, patatas íntegras, la honestidad hecha patata. Son… (es que no me atrevo ni a escribirlo de la impresión que me da)…

¡Patatas!

20190909_182804.jpgCon razón se llaman ” Sensación”.

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Mientras esperaba para pagar mis patatas especiales con sabor a patata, la señora que iba delante le estaba diciendo esto al cajero, “no tengas hijos, no vale de nada, al final todos se van a morir, todos nos vamos a morir. Cada vez más gente piensa como yo”

Sí, claro, señora Alegralunes, y por si fuera poco hay que ir a la compra y alimentar los cuerpos perecederos. Un desastre.

Menos mal que tengo mis patatas especiales “Sensación” para consolarme de tanto sinsabor, nunca mejor dicho.

 

 

Paula Herminia

Al mirar por primera vez a la niña confirmó aquello que ya había intuido en las ecografías de alta resolución. Las mismas cejas borrosas, la misma boca pequeña y plegada en un mohín, los mismos puños cerrados delatando su poco generoso espíritu. Desechó la idea, qué tontería, era el agotamiento, las emociones tan intensas. Todos los bebés compartían esos puños cerrados y hacían gestos extraños con la boca, parecían peces que se estuvieran acostumbrando a un medio no líquido.

La enfermera simpática le acercó a la niña para que la pusiera al pecho y su hija, su primera hija, comenzó a mamar con fruición, lo cual era un motivo de alegría, no siempre se daba bien la lactancia en un inicio, no siempre se acoplaban el bebé y la madre de forma tan fácil y natural, era de suma importancia que ese primer vínculo se estableciera de manera que…

De manera que la tía Herminia estaba mamando de ella y con qué ganas. La idea recién desechada volvió con fuerza y allí se quedó. Había parido a la tía Herminia, sus mismas cejas despobladas, su mismo mohín antipático, sus mismas ansias con la comida. Menuda forma de chupar, deja algo para los demás, estuvo a punto de decirle.

-Es normal que te duela, le dijo la enfermera simpática creyendo que su expresión de malestar se debía a alguna molestia física.

-Eso no es nada, espera a tener una mastitis como la que tuve yo y sabrás lo que es dolor, dijo la enfermera antipática, que siempre aparecía por detrás como si fuera el ángel del mal.

-Normal, normal, normal, repitió su marido mirando embobado a su propia tía recién nacida.

¿Se había dado cuenta de lo ocurrido o eran alucinaciones suyas, le estaría afectando al cerebro la subida o bajada de alguna de esas hormonas puerperales?

Los familiares y amigos que iban llegando de visita se acercaban a la diminuta cuna,  emitían  suspiros y exclamaciones y  decían , “oh, qué preciosidad” juntando las manos como si orasen, la felicitaban a ella, felicitaban al padre, se felicitaban unos a otros por el advenimiento de ese nuevo ser y hasta se atrevían con los parecidos, pero ninguno mencionaba el nombre que ella no se podía sacar de la cabeza, el nombre que desde allí dentro refulgía intermitente como un anuncio luminoso. Impertinente.

Cuando por fin se quedaron solos no lo pudo resistir más.

-Lo sabes, ¿verdad?, le dijo a él.

-Sí, lo sé, lo sé, lo he sabido en cuanto la he visto en el paritorio. Hemos tenido a Herminia, pero no es la misma, esta es la nuestra,  es nuestra Herminia indefensa,  la tendremos que querer.

Querer, repitió ella sintiendo un  rasponazo de esa erre final, querer a Herminia la que siempre les había caído mal,  era  antipática, venenosa, tacaña y se comía todas las croquetas. Su único regalo de bodas fue un salero, ni siquiera un salero y un pimentero, no, el salero solo, desolado,  y bien que se puso morada a comer, para no variar.

Ya, dijo él, pasando las páginas de una de esas revistas repletas de consejos sobre embarazos, partos y crianzas que parecen muy sencillos de aplicar y donde todo es rosa, azul y encantador. Ya, repitió, volviendo a pasar las páginas por si entre ellas estuviera su caso y tuviera fácil remedio.

No digas eso de “nuestra Herminia”, por favor, no lo digas, me da grima, se llama Paula y le tienes que cambiar el pañal,  dijo ella dándose media vuelta en la cama y poniéndose hacia la pared. Quería ocultar las lágrimas.

-¿Quieres una tisana antes de dormir?, le preguntó asomando su cara amable la enfermera simpática.

-Mejor dale un buen somnífero o nos va a estar llamando toda la noche, es de las dengues, yo sí que tuve una depresión post-parto, tres meses sin parar de llorar, oyó decir a  la antipática.

Paula Herminia, ya cambiada, había vuelto a su cuna.

-¿A quién se parece?, preguntó la enfermera simpática acercándose a mirarla.

-A mi tía,  es mi tía, dijo él cerrando la revista. En la portada sonreía un bebé de ojos azules. “¿Cómo será de mayor?, herencia genética y educación”, se leía en uno de los titulares.