Lluvia de estrellas

Me voy a pilates, hasta luego.

Su mujer se había pintado los ojos con sombra azul y llevaba una mochila pequeña colgada por delante.

Hasta luego, que te diviertas.

Ella se giró y le contestó que no se trataba de divertirse, que iba a pilates porque lo necesitaba, se señaló la espalda.

Claro, mujer, bien que haces, ve y te estiras, yo me voy ahora donde el Sandu.

¿Otra vez? Pues si que te ha dado fuerte, ni que te pagara.

A Ernesto le molestaba ese mercantilismo, no todo tenía que hacerse por dinero, un trabajo no era menos importante porque no se cobrara. En realidad sí lo era, si no te pagaban no era trabajo, era otra cosa que no sabía cómo llamar.

No es un pasatiempo, es un servicio que yo hago de forma voluntaria, se decía a sí mismo para convencerse mientras esperaba al autobús. Las primeras lilas habían brotado detrás de una verja, pasó una pareja y se paró a arrancarlas, lo hacían con determinación, como si lo tuvieran planeado desde el día anterior.

No se arrancan las flores, no se roban las flores, dijo una señora.

La pareja la ignoró y siguió arrancando lilas con ansia, más deprisa, el autobús llegó antes de que terminaran y Ernesto los perdió de vista. Ahora habían colocado esas pantallas, en un lado aparecía en azul el recorrido, la parada en la que estabas y a la que ibas a llegar, en el otro daban informaciones o mensajes de entretenimiento.

No le gustaba la pantalla esa, imantaba sus ojos, la miraba sin querer, era molesto, tampoco le resultaba agradable que le fueran introduciendo en su cerebro cosas que no quería saber.

“El jabón de Marsella es respetuoso con el medioambiente, puro y natural”, la imagen de una pastilla de jabón.

 «Jan el Jalili es uno de los bazares más interesantes de todo el oriente medio, se encuentra en la ciudad del Cairo». En la foto se veía una puerta en forma de arco ojival y a los lados un lío de cacharros que él no querría ni regalados.

“El mundo está lleno de pequeñas alegrías, el arte consiste en saber distinguirlas, Li Tai-Po». Eso lo había dicho ese hombre que no sabía quién era. Ya ves tú…

«La epicondilitis es una lesión del codo consistente en»…

Una conversación en voz muy alta le distrajo de la lesión, era una chica muy enfadada hablando por su móvil, ¿”tú te crees que me meto a ver al Rubi y me había bloqueado las historias?, me entraron los mil demonios, me enrabieté, me puse toda loca, ya le he dicho al Chicho que eso a mí no me lo hace, que eso a mí…”

La chica se bajó con su ira a cuestas por algo que él no entendía, le empezaba a pasar bastante lo de no entender.

El lado izquierdo de la pantalla le indicó que la siguiente parada era la suya, aunque no le hacía falta mirarlo porque se sabía el recorrido de memoria, ese había sido su antiguo barrio y desde que se mudaron tenía querencia, volvía y volvía y no solo porque le hubiera salido ese trabajo. O lo que fuera.

El barrio era feo, había que reconocerlo, y siempre había obras que más que arreglar parecía que destrozaban con ensañamiento lo ya viejo, como si odiaran el territorio. Subió por una calle estrecha evitándolas y después hizo su recorrido por las fruterías antes de llegar a la de Sandu. Ahí estaba, fuera, fumando.

Apunta, apunta, le dijo Ernesto a su amigo y también patrón o algo así.

Tú dime los números que a mí no me hace falta apuntar, se me queda todo aquí.

Sandu se señaló la cabeza, que tenía bastante voluminosa, acorde con su corpachón. La cara era casi tan roja como la de sus tomates.

A Ernesto que no quisiera apuntar le pareció poco profesional, pero no se lo iba a decir.  Me he pasado por lo de los pakistaníes, por la tienda del rancio, por la de los hermanos moteros, y por el Carrefour, aquí tienes el listado de precios. A lo que te voy, puedes subir  el kiwi amarillo, está a siete y hasta a ocho y de menor calibre que estos.

Mañana lo subo, eso te lo digo ya, hoy no porque tengo los precios puestos, pero mañana está subido.

Ernesto arrancó la primera hoja de su cuadernito de espiral y se la dio al otro, ya se imaginaba que la iba a tirar, pero a él le gustaba hacer las cosas bien. Desde que había empezado a colaborar con Sandu como asesor comercial y espía corporativo, las mañanas se le pasaban volando, no como antes, cuando no sabía que hacer y daba vueltas por la calle resignado ya a la inactividad total.

 Era un desastre el Sandu, no tenía sentido del negocio, menos mal que se dejaba aconsejar, que aceptaba sus ideas.

Estas judías, hombre, poca vista tienes, le dijo Ernesto acercando su nariz bulbosa a la bandeja de judías verdes, ¿por qué tienes las más feas en un lado y las bonitas en el otro? Júntalas todas y deja una capa de las bonitas encima, al que compre se las das mezcladas, ¿crees que lo van a notar?

Sandu comenzó a colocarlas, riéndose, se reía siempre. Qué mala suerte, la Georgeta acababa de aparecer, con ella no tenía entendimiento, ni siquiera le saludó. Habrá que comprar leche, habrá que recoger un poco antes a la niña, habrá que esto o lo otro. Habrá quería decir “haz esto o haz lo otro, Sandu”. Con la Georgeta no tenía confianza, las pocas veces que estaba en la tienda, Ernesto pasaba de largo con un leve saludo de mentón hacia arriba. Esa mujer de pelo tan negro, con esos pómulos tan marcados le imponía mucho respeto. Y no le gustaba su manera de hablar, como si cortase las palabras con la lengua. Era por el acento, poco amistoso a su parecer.

La Georgeta acababa de estropearle la mañana. Se despidió de Sandu y se dio media vuelta. Ya no tenía ocupación, podía volver andando, pero le dolía una rodilla, se la frotó mientras esperaba el autobús.

“La lluvia de estrellas de las Eta Acuáridas comenzó el 19 de abril y seguirá hasta el 28 de mayo, es una buena oportunidad para observar los meteoros”, le avisó la pantalla. En la imagen aparecía un hombre de espaldas pertrechado de telescopio, contemplaba unos cielos grandiosos, como él en su vida había tenido la ocasión de presenciar. Y pocas esperanzas tenía de poder ver eso alguna vez.

“La lactancia materna posee numerosos beneficios tanto para el bebé como para la madre y se recomienda…”, largaba incansable la pantalla. Miró por la ventanilla, harto.

Una mujer le decía a su acompañante, “¿por qué no crees en Dios, en Dios hay que creer porque siempre ha existido, si no quieres no creas en los curas, pero en Dios…”

Antes de bajarse se le coló en los ojos una cita de Nietzsche, “Si lo intentas, a menudo estarás solo y a veces asustado”, y la cara del filósofo con enormes bigotazos.

No sabía qué había querido decir, lo pensó mientras caminaba hacia casa, puede que no lo hubiera dicho así, en esa frase faltaba algo, se imaginó al encargado de rellenar la pantalla de contenidos, ¿quién sería? ese sí que era un trabajo idiota, pero si te pagaban…A él no le pagaba el Sandu pero gustosamente le asesoraba.

Su mujer ya había vuelto de pilates, la sombra azul de los ojos se le había extendido por media cara.

Poco has trabajado tú hoy, le dijo.

En mayo se puede ver una lluvia de estrellas, fue a decir, pero, pensándolo mejor, se calló.

Leticia

La primera vez que mencionó a su hija lo hizo de forma espontánea, sin darse cuenta de lo que estaba diciendo. La clienta acababa de salir del probador con un vestido largo y se miraba dubitativa en el espejo. Por delante, avanzando un poco una pierna, por detrás, girando el cuello, de perfil, caminaba, se estaba quieta, se tironeaba de las mangas.

Me gusta, tiene un bonito color, pero este corte… no estoy convencida, dijo recolocándose el escote.

Mi hija tiene uno igual y se lo pone muchísimo. Eso fue lo que se le escapó porque ya veía que el vestido volvía a la percha y aquella mujer abandonaba la tienda.

La mujer, tras sostener el vestido en sus manos un momento, sopesándolo, lo compró. Esther no creía que hubiera sido por el dato filial que había aportado, pero empezó a utilizarlo en cuanto atisbaba duda y, a medida que lo usaba, lo iba adornando, lo enriquecía con nuevas aportaciones. Su hija era alta y muy guapa, iba todas las ferias de moda importantes, su hija viajaba mucho, tenía una facilidad pasmosa para los idiomas, su hija poseía una gran simpatía, una elegancia natural.

No utilizaba todas las características a la vez porque hubiera resultado abusivo, las iba dejando caer con unas o con otras y así completaba un retrato que, en realidad, ya no era tanto una táctica de venta como un regalo que ella misma se ofrecía. Una hija maravillosa y diseñada a su medida.

El relato se fue agrandando con el tiempo, en ocasiones por pura necesidad pues tanto mencionaba a la fantástica hija que algunas clientas habituales le preguntaban por ella de forma general

¿Y dónde anda ahora Leticia?, le preguntó concretando por vez primera Natalia, una mujer gorda que siempre buscaba amplitud de telas donde refugiar y esconder sus carnes.

En Milán, dijo ella cogida por sorpresa. Pero no está por trabajo, es que su pareja es de allí.

¿Está casada?, indagó la otra, con afán de cotilleo.

No, no. Leticia nunca ha querido atarse a nadie, aunque esta vez me parece que está muy enamorada. No sé, procuro no meterme en los temas del corazón, es algo suyo, procuro no inmiscuirme en ningún tema, en realidad. Es su vida.

Claro, y bien que haces, de todas formas, nunca te hacen caso. Lo malo es que las mujeres, si quieren tener hijos, que no sé si será el caso de Leticia, tienen un reloj biológico que, ya sabes, marca las horas.

Pues mira, ha decidido no ser madre, está muy volcada en su profesión, ya te he dicho que no quiere ataduras. Lo importante es que ella es feliz, no conozco a nadie tan feliz.

La juventud, eso hace mucho, lo hace todo, dijo la otra que ya estaba empezando a odiar secretamente a la alta, delgada, políglota, libre, guapa, enamorada y feliz Leticia. Cuando eres joven todo es perfecto, luego el tiempo va pasando y nos desinfla a todos.

A ti no te ha desinflado, más bien al contrario, pensó Esther, que había detectado la malicia en las palabras de la otra. No entendía por qué le había sentado tan mal el sutil ataque si su hija ni siquiera existía. Al pararse a pensarlo se dio cuenta de que muchas de esas mujeres ponían cara de disgusto, cara que trataban de disimular pintando encima un gesto amable, cuando mencionaba a su hija.

A partir de ese día se permitió introducir alguna desgracia menor en la vida de Leticia, no ya para vender sino para resarcirla de ese odio porque le dolía tanto o más que si fuera dirigido hacia ella. Al igual que con las virtudes, se fue animando y, sin querer, la llevó al desastre. Primero le hizo un inofensivo esguince de tobillo que la mantuvo varada durante un mes, pero después le provocó un malestar de origen desconocido que la tenía muy ocupada de médico en médico. Las clientas empezaron a interesarse mucho por la pobre Leticia y ella recibía con agradecimiento sus preguntas y consejos, sintiéndose arropada y querida.

Finalmente lo resolvió con un diagnóstico de fibromialgia por el que tuvo que pedir la baja. Leticia ya no trabajaba, era incapaz de soportar los vuelos, los largos horarios, la intensidad de la vida social. Estaba en casa y leía porque siempre había sido muy buena lectora, también cocinaba, cuando la enfermedad no la dejaba agotada del todo. No, ya no estaba con el milanés, aquella historia había terminado.

Llegado a ese punto ya no podía utilizarla como señuelo para vender sus ropas porque Leticia se pasaba el día en pijama,  así que mencionaba a otras mujeres que acababan de pasar por ahí, sin decir nombres ni aportar datos excepto el de su singular estilo, mujeres que se habían llevado justo lo que la clienta del momento estuviera probándose.

Lo decía con tono aburrido y poco convincente porque estaba triste. Por su hija, por su destino truncado, por ella misma. Pero qué tontería, si era suya. La haría remontar, poco a poco la devolvería a su anterior y maravillosa vida. Pero entonces volvería el odio, eso ya lo sabía. Todas esas afables mujeres retomarían su anterior hostilidad. Tú no te preocupes, Leticia, le dijo a su hija enferma que, en su imaginación, miraba pálida y despeinada por la ventana. Tranquila que volverás a ser la que eras y mejor todavía, y si esas te detestan, a ti qué más te da, que se fastidien. Colocó los vestidos que una indecisa acababa de toquetear y se sentó tras el mostrador desde donde se veía un trozo de calle.

La gente pasaba como estelas fugaces, acarreando sus vidas, por el rectángulo de la puerta.

Está nieve

Allá en su país, una madrugada, no conseguía dormir y se levantó a beber un vaso de agua. Al acercarse al grifo que estaba junto a una ventana vio un resplandor que no era el de un relámpago ni tampoco las luces de algún coche al pasar, no eran cohetes de fiesta ni nada humano identificable. Daniela pensó que se trataba de una visita de habitantes de otro planeta, abrió la ventana y le pareció que algo se estaba marchando después de haber estado. Zarandeó a su hermana Sara pero a esa, ¡ay, a esa!, a la Sarita no había manera de despertarla. Sarita, Sarita, vi un ovni, le dijo, aquí, ahora mismo estuvo, recién se marchó. Sara se tapó con la manta y protestó, ya déjame dormir, mañana madrugo.

Eso fue hace mucho, ¿cuántos años serán?, reflexionó Daniela en voz alta llevándose la taza a la boca. El café se había enfriado y no le gustó. Puede que hubieran pasado diez años o más, pero lo que quería decir es que ayer lo volví a ver, también fue de madrugada, la misma luz, el mismo resplandor que no era de este mundo y esa sensación de que acababa de estar y también de marcharse.  No quise despertarlas ni a Paula ni a usted porque una ya sabe que a los otros no les gusta que los despierten con cuentos en mitad de la noche, solo que no era un cuento, yo sé que no, no importa que no me crean. Me comí una empanadilla fría, de las tres que trajo Paula, y ya no me pude volver a dormir, por eso hoy estoy tan cansada, pero no me importa, prefiero haberlo visto, fue lo mismo que aquella primera vez.

Dora estiró los labios sin dejar salir la risa. Esta Daniela siempre andaba con historias raras. Se estaba acordando del perro que tenía en su pueblo y no quería dejar de acordarse de él por las historias de Daniela, no quería que sus relatos taparan a su perro, lo extrañaba, pedía que le mandaran fotos del Nuno y se las mandaban, pero esas fotos no aliviaban su añoranza, al contrario, se la avivaban. Y aunque lo sabía, no podía dejar de pedirlas. Entró en la galería del teléfono y lo contempló en diferentes poses y situaciones, era él, pero faltaba todo de él, no lo sabía explicar.

Mire al Nuno, acá está bañándose en el pilón, a la que ve agua, se mete, no lo puede remediar.

Porque será perro de aguas, cazador de aguas, son así esa raza de perros. Daniela ponía voz de sabihonda, como si supiera de todos los temas.

Bebió otro trago de café ya frío del todo, le molestaba que le interrumpieran con tonterías de perros sus relatos de fenómenos paranormales, ¿qué iba a ser más interesante, un simple perro, de los que había por cualquier lado que uno mirase, o ese resplandor venido de otros mundos? La respuesta estaba clara pero esa Dora no la quería ver, era una simple.  Ahora andaba mirando una revista que había dejado Paula por ahí tirada y le leía en voz alta lo que le llamaba la atención.

“El amor entre máquinas pronto será posible”, leyó y empezó a reírse.

¿Te imaginas que se enamora la lavadora de una de nosotras o el secador de la tostadora?

Daniela fue a la cocina, quería volver al lugar de los hechos y de paso alejarse de las lecturas de Dora. Siempre estaba leyendo en voz alta, no leía seguido, solo a trozos lo que se encontraba, libros o revistas de Paula. Se cansaba y volvía al teléfono, a picotear de foto en foto.

Voy a ver si se secó la ropa, anunció desde allí. Abrió un poco la ventana, pero no para ocuparse de la colada sino para mirar el sitio exacto donde por la noche había visto lo que había visto. De día solo parecía lo que era, un patio normal, con sus prendas tendidas, cables surcando las paredes, rejillas de ventilación. Ni siquiera el aire vibraba de una manera especial, las huellas se habían borrado. Por detrás del edificio de enfrente se veía el pico de la montaña, blanco.

Dora, ¿has visto? Está nieve.

¿Qué? No te oigo, mira lo que dice aquí, en este libro, “el éxito te aleja de las cosas que conoces mientras que el fracaso te condena a ellas”, ¿tú crees? A mí no me parece que eso sea verdad, ¿y mi perro Nuno? Lo lejos que está, yo no tengo éxito y me alejé de él. En los libros ponen frases para que quede bonito nada más.

Daniela volvió al cuarto, tres plantas a las que nadie regaba agonizaban en la ventana.

Está nieve en la montaña, ¿quieres verla?

Dora estiró los labios para contener otra vez la risa. Esta Dani no sabía ni hablar. Estuvo a punto de corregirla, pero mejor se callaba, fue con ella a mirar el pico blanco, se veía lindísimo, el Nuno se lo hubiera pasado muy bien en la nieve rodando cuesta abajo.

Estaban ahí, dijo Daniela tocando una camiseta para comprobar si se había secado, por ahí detrás, más allá de las cuerdas, esa luz tenía un algo extraño, ahora no parece, pero así fue. Me desperté con sobresalto, raro en mí que duermo sin sentir.

El fracaso era no poder estar al lado de lo que quería, como su perro, y tener que convivir con la Daniela y sus visiones, lo que decía en ese libro no era verdad, pero Paula había subrayado la frase. Vio en un plato las dos empanadillas que quedaban y mordió una, estaba buena, se la comió mirando el pico de la montaña blanco, luminoso.

Está nieve, volvió a decir Daniela y acordándose de algo que solo ella sabía o ni siquiera ella, suspiró.

Videoclub siglo XXII

Al salir de la calle Constancia recorrí otras calles que no recuerdo porque dejé de prestarles atención, pero sí me fijé en un negocio marchito y ajado, con un cartel del color del humo en el que se leía, “Videoclub siglo XXII”. Por supuesto estaba cerrado, abandonado en mitad de una esquina cualquiera, y por el aspecto roñoso de su puerta debía de llevar en desuso mucho tiempo. Me hizo gracia la poca visión comercial del que fuera su dueño y también su optimismo. Con llamarlo siglo XXI hubiera sido suficiente, pero no, a por todas, siglo XXII, con grandeza el error. Está claro que poco o nada sabía del señor Negroponte, el que pronosticó en uno de sus libros que el mundo compuesto por átomos sería sustituido rápidamente por otro formado por bits.

En mi barrio, como en todos, también hubo un videoclub, lo llevaba una pareja con su bebé, el bebé también participaba en el negocio o más bien lo soportaba. Se pasaba los días en un pequeño cuarto, detrás de una puerta que se abría entre los estantes de películas, metido dentro de un corralito. A veces daba saltos agarrado a la barra, otras, cansado de ejercitar las piernas, chupaba los juguetes que le habían puesto dentro, lanzaba alguno para observar su trayectoria y comprobar que se caía. Como premio a su investigación sobre la fuerza de la gravedad le daban una galleta que mordisqueaba durante un rato, respondía con sonrisas a las gracias que le hacían los que entraban y salían. Era un bebé cabezón y paliducho, grandote y torpón. Resignado a que su mundo fuera ese o porque creía que era ese, puesto que no había conocido otro,  casi nunca lloraba.

Se parecía bastante a la madre que también era grande y lenta, con una melena rizada o más que rizada, disparada en todas las direcciones, como si su pelo expresara un asombro asustado ante el mundo. El padre era pequeño y vivaz, inquieto, con una actividad más bien inútil, la que colocaba despaciosamente las películas en sus carátulas, las entregaba y cobraba era ella, él se ocupaba de las relaciones públicas y de pelearse soterradamente con la madre.

  Después de un año, el bebé y la madre desaparecieron, aunque no el corralito que se quedó detrás de la puerta, vacío. Al padre se lo veía muy contento, más locuaz y vivaracho que de costumbre. Una mujer voluptuosa, de ceñida ropa y labios pintados de rojo entró como ayudanta, organizaba las películas con mucho meneo de trasero y se encargaba de cobrar. Con esa no se peleaba, al contrario, la miraba enamorado porque lo estaba, se había separado de la mujer de pelos espantados y la voluptuosa era su nueva pareja. Esa fue la etapa dorada del videoclub y del señor que vestía camisas de manga corta. Como ya tenía la suficiente clientela no necesitaba hacerse el simpático ni hablar tanto como antes, ya no recomendaba películas, se limitaba a decir ante cualquier elección, “te va a encantar, peliculón”. Parecía una máquina expendedora. La que pronto iba a poner en la entrada de la tienda para reducir horarios y costes.

En bastantes ocasiones el supuesto peliculón se paraba a la mitad y aparecía una niebla ruidosa y zumbona, pero al ir a reclamar manifestaba tal extrañeza ante lo que le decían y negaba el fenómeno con tal seguridad que hacía dudar a cualquiera de la niebla, la culpa era siempre del equipo de reproducción del cliente.  La voluptuosa miraba para otro lado, sin querer saber nada de los manifiestos timos, con cara de esfinge. La esfinge sexi resultó ser una arpía porque tras robarle, desapareció para siempre.

La decadencia se instaló con comodidad en el negocio y la apatía en el señor de las camisas de manga corta, adelgazó mucho y la cara se le puso grisácea. Empezaban los malos tiempos, la piratería primero y después las plataformas de películas y series. Para sustituir a la traidora contrató a una señora diminuta que parecía una mariquita, llevaba vestiditos de lunares y diademas en el pelo, su cara era maliciosa y sus manos tan pequeñas que parecían de muñeca.  En torno a la silenciosa y aviesa mariquita se congregaban a pasar las tardes tres personajes que parecían escapados de alguna de las películas de los estantes.

 Uno de ellos vestía prendas de camuflaje, otro, más bien rollizo, llevaba un brazo vendado, no durante una temporada sino siempre, puede que debajo de la venda no hubiera nada, y el tercero era muy alto y lucía una pajarita y una elegancia pasada de moda y muy poco acorde con el lugar. Como si estuvieran expulsados de ese mundo tan cambiante de fuera, de ese mundo en el que los átomos empezaban a desvanecerse, se habían refugiado allí, en el video club a punto de sucumbir, donde se dedicaban a hablar de temas estrafalarios y de futuras catástrofes mundiales.

Mientras, Mariquita Maligna se limaba las uñitas como si conociera, además del futuro, todos los enigmas de la vida, todos y cada uno de sus misterios pero, en venganza por las reducidas dimensiones que le habían tocado en la rifa de esta tierra, no le diera la gana desvelarlos.

No me acuerdo qué nombre tenía el videoclub, en su lugar hay ahora una tienda de extensión de pestañas que se llama «Lashes & go», en inglés, como las panaderías que ahora se llaman bakery, te cobran más pero el pan sigue siendo el mismo, atómico, por el momento.

Calle Constancia

Pasé de casualidad por la calle Constancia donde vive gente muy inconstante, puede que por llevar la contraria. Para que nadie diga de ellos, «mira qué constantes, claro, así cualquiera, viviendo en la calle Constancia…» No, los que viven en la calle Constancia no quieren seguir su prefijado destino, claro que no. Rebeldes, un día decidieron dejarlo todo a medias.

Por eso se ven tantas plantas mustias en sus balcones o ni mustias, muertas sin más. Los inconstantes planearon adornar con coloridas macetas sus balcones, ventanas y terrazas. Empezaron bien, con ganas, con sus regaderitas de plástico compradas en la tienda chinesca, plantas y flores brotaban alegrando las fachadas. Hasta que se dieron cuenta de que aquello podía convertirse en un hábito y denotar un comportamiento constante típico de moradores de la calle Constancia y se dijeron, alto ahí, dónde vas con la regaderita, se acabó lo que se daba, las plantas ya me han hastiado, no riego más, ahí te quedas, geranio, voy a dedicarme a otros menesteres, ahora mismo dejo lo vegetal y cuelgo la bandera de la mía patria. Que se sepa que en la calle Constancia viven personas amantes de su terruño, qué digo de su terruño, de su patria entera y de la bandera que la representa.

Mírala qué preciosa cómo ondea los días de viento junto a los geranios secos, muertos, que se deshojan. Fuera la botánica, en esta casa ahora somos patriotas.

Ay, claro, pero son también habitantes de la calle Constancia, inconstantes, y hay que reconocer que el patriotismo es más pesado de llevar que las regaderas y aburrido por demás, una vez que cuelgas el estandarte se acabó la diversión. Van pasando los días y la bandera te empieza a dar igual. Llueve, pues que llueva y se moje y si la tela va perdiendo el color y está tan desvaída que cuesta saber a qué país representa, si se deshilacha y se le hace un agujero en un lado por donde el patriotismo se escapa, si esa bandera es ya la de ningún lugar, a ti, vecino de la calle Constancia, te importa un pimiento porque ya estás pensando en otro tema.

Por ejemplo, en poner un negocio en alguno de los bajos que se alquilan en la calle, deprisa, antes de que se dejen de alquilar porque el dueño haya perdido el interés. Todo es así en la calle C., nada dura, todo muta, la impermanencia es su ley. Ya, sí, como en la vida, pero a lo bestia. No hay un solo fiel en la calle Constancia, o sí, sí que los hay, pero porque ya fueron infieles y se cansaron de serlo. Nadie termina los crucigramas ni logra engancharse al wordle  y la comida suele estar un poco cruda, a medio hacer.

Esta calle, que existe, está en cuesta y muy bonita no es. Si se va de bajada se adivina al fondo, donde termina, un verdor que promete bellezas, brisas, pájaros y aromas florales. Miente. Al final hay una carretera que lleva al aeropuerto, estruendo de tráfico y ese espanto llamado nudos de circunvalación.

La calle Constancia tiene espejismos que se disuelven tan rápido como aparecen, inconstantes ellos también. O es el que la atraviesa el que, al inhalar algo que su aire lleva de forma constante, los produce.

Yoga espontáneo

Las tardes que su hermano tiene entrenamiento de fútbol, a ella le toca esperar. Aburrida, se tira al suelo del patio, no importa que esté duro, sucio o mojado. Una vez tumbada, abre las piernas y también los brazos como si fuera a hacer el ángel de la nieve, lo cual no es posible porque nieve no hay y su figura no deja huella en el pavimento de hormigón gris.

A falta de ángel, se entrega de lleno al yoga espontáneo. Mira al cielo con suma concentración y cuando ya ha tomado conciencia de que el cielo está arriba y la tapa, y ella está sobre el suelo, que la sostiene, cuando ya ha percibido que es niña y cielo y suelo, empieza sus ejercicios.

Levanta las piernas, hace con ellas círculos, las abre y cierra, cruza la derecha sobre la izquierda y la izquierda sobre la derecha, se gira para un lado y luego para el otro, simétrica sin pretenderlo. Otra vez entra en contacto con el suelo, con el cielo y consigo misma en todo ello.

Observa las ramitas nuevas del árbol que se mecen alegres, los gorriones que cruzan velocísimos de un lado a otro y pegan picotazos a los brotes, haciéndolos caer. Se sienta, cruza las piernas y junta las manos. Medita entre bostezos.

Ha empezado a llover, descienden las gotas suaves y lentas, se tumba, abre la boca y saca la lengua, las deja pasar pues ella y la lluvia son la misma cosa en ese instante. Lluvia inquieta. Torsión para un lado, torsión para el otro.

El equipo del hermano se desplaza pateando el suelo, invaden los pies su esterilla imaginaria, ella retrocede, arrastrando el culo. Cruzada de piernas aplaude un gol con los cantos de sus zapatillas. Se incorpora sin apoyar las manos, se dobla hacia delante y luego hacia atrás, saluda al sol y a la luna y con mucha felicidad a su amiga Estela, a la que acaba de ver del revés entre el hueco de sus piernas.

Corren las dos juntas de un lado al otro del patio, sorteando balones voladores verdes y rojos, esquivando palomas picoteadoras de meriendas. Corren gritando, moviendo las cabezas, sacudiendo pensamientos hasta disolverlos.

Ciconia, ciconia

Sonia ha bajado a comprar yogures antes de que se acaben, que lo han dicho en la tele. Lleva puesto su abrigo de peluche imitando la piel de algún animal selvático indeterminado o de varios animales mezclados. En el portal se ha encontrado con un poco de jaleo, vecinos hablando a la vez, aglomerados. Ha pensado que se trataba de alguna junta y por eso se ha escabullido por un costado. Aunque ya no es morosa, lo fue durante un tiempo y no quiere que se lo recuerden, la gente tiene mala idea. No todos, el chico del supermercado se porta con ella divinamente, hace poco le sopló en un ojo porque se le había metido una mota de algo, también es simpática la cajera y la de la farmacia.

Con la de la farmacia tiene mucho trato, ya le avisó que iba a poner en la puerta una caja de cartón con el rótulo “medicamentos para Ucrania”, así que ha traído unos antibióticos que le sobraron de cuando la muela.  Si pudiera dar más, lo haría encantada, pero no puede, ya vive con muchas penalidades. En casa, eso no lo sabe nadie, pero sí ella y también sus huesos, no se quita el abrigo de peluche hasta el mes de mayo. Es un bajo y hace frío, también tiene humedades que le dibujan retratos en las paredes.

Para no ver esos cuadros tan feos sale mucho a la calle, antes con la perrita tuerta, pero desde que se ha muerto sale sola y da vueltas por aquí y por allá. No es lo mismo. Ahora parece una que no tiene dónde ir y no la señora que pasea al perro. A la vuelta, el portal está despejado, solo queda Toñín asomado a la calle. Le explica que no ha habido junta ninguna, es que estaban viendo a una cigüeña que se había posado en el tejado del edificio de enfrente.

¿Aquí cigüeñas?, pero si eso es de los pueblos, ¿aquí, al lado del Corte Inglés?

Pues sí, ¿no ve que están pasando cosas muy raras?, el virus, la guerra, el volcán, la lluvia negra… Los animales se trastornan también.

Es verdad, pero todo no pasa en el mismo sitio, ha contestado ella levantando la cabeza hacia donde le indicaba. Nunca sabe si Toñín habla en serio o en broma. Esta vez es en serio porque la ha visto sobre una de las chimeneas. Ha desplegado las alas un par de veces, agitándolas como si fuera a alzar el vuelo y luego se ha quedado ahí, quieta, contemplando el panorama de la calle mojada, el tráfico atascado, la gente bajo los paraguas.

¿Sabe lo que creo? que esta iba para otro sitio y le ha caído tal chaparrón encima que se ha parado aquí a secarse.

Pues mucho no se va a secar porque todavía está lloviendo.

Pero va a parar, cuando el humo de las chimeneas va hacia el norte, es que va a parar.

Sí, claro, ha dicho Sonia sin creer en la teoría de la dirección de los humos. Y también ha estado a punto de decir, «vamos Luci», como si todavía llevara a la perrita sujeta de la correa. Le venía muy bien cuando quería cortar una conversación decir, “vamos Luci” o “que sí, Luci, que ya nos vamos”.

Me voy para casa, ha soltado sin más, me gusta cenar a mi hora, con las noticias.

¡Con las noticias!, no haga eso, se le va a atragantar el yogur, le ha advertido Toñín. Mírala ahí a la cigüeña, primera vez que veo algo así por aquí, en pleno centro.

Esto no es el centro, el centro es está más para ese lado, más para el centro, yo cuando quiero ir al centro me subo al autobús, esto es un lateral, ha dicho Sonia echándole una última visual a la cigüeña.

Ciconia, ciconia, ha pronunciado el profesor de matemáticas asomando su cara delgada y macilenta desde detrás de los buzones.

Este hombre, ¿vivirá en un buzón? Siempre lo veo salir de ahí.

Esta cigüeña nos va a traer buena suerte. Niños no, pero buena suerte sí, en el pico nos la trae. Y palmeando al aire Toñín se ha reído de su propia gracia, los bigotes rezumando voluntarioso optimismo.

Sí, claro, si usted lo dice…

Poco convencida de tales augurios baja Sonia las escaleras, los dos yogures de coco en la mano.

Ciconia, ciconia oye que repite el profesor. Las cigüeñas crotorean, añade después.

Tú sí que cotorreas, Ciconio, dice ella arrebujándose en su peluche polvoriento.

La vida mágica de Marianne

¿Por qué habrá vidas tan desgraciadas y otras tan afortunadas? No lo sé. Algunos lo atribuirán a la suerte, al azar, al tan nombrado karma, a la disposición personal o a una mezcla de todos estos factores juntos. Luego hay muchas vidas normalitas, sin demasiados relieves, ni muy trágicas ni de tirar fuegos artificiales al final. Entre estas últimas no se encuentra la de Marianne North: viajera, pintora, científica, aventurera, suertuda y feliz. Lo de feliz no es una opinión mía, lo dijo ella y no en un libro sino en dos. Tenía tantos recuerdos venturosos escritos en sus diarios que no tuvo bastante con un primer tomo de “Recuerdos de una vida feliz”. Su hermana, que se encargó de la publicación, necesitó editar un segundo volumen.

No creo que mintiera como una instagramer cualquiera, fue feliz porque encontró algo en lo que ocuparse con pasión, tuvo los medios económicos para poder hacerlo, salud suficiente y valentía de sobra. Al principio andaba un poco despistada torturando a los vecinos con sus cánticos, -empezó a estudiar para ser cantante-, pero no era lo suyo y desistió. O la obligaron a desistir y qué bien hicieron.

 Me la imagino un poco desconsolada, en su cuarto, poniéndose a pintarrajear en un papel por hacer algo, mientras pensaba, ¿y ahora a qué me dedico yo? Le salió una flor como sin querer y eso ya fue el no parar. No dejó de pintar flores, plantas y árboles ni de viajar. El mundo entero o casi se recorrió con sus pinceles retratando con todo detalle la flora de los lugares que visitaba y ,de paso, algo de fauna. Le gustaba situar a las plantas en su contexto, por eso en sus dibujos a menudo aparecen pájaros o mariposas, por ser seres muy vinculados a los árboles y flores, pero también otros animales que pasaran por allí y los ríos, cielos, nubes, montañas, rocas o llanuras que rodeaban a su modelo vegetal.

En el tiempo en el que Marianne habitó la tierra este trabajo o afición no era solo artístico. Como la fotografía apenas acababa de comenzar,- el primer dagerrotipo es de 1839 y ella había nacido en 1830-, sus pinturas tenían también una importancia botánica y científica. Otra originalidad es que pintaba al óleo, técnica muy poco utilizada por las mujeres pintoras, acuarelistas en su mayoría, y que sus plantas no aparecían aisladas con un fondo blanco, como en gran parte de las láminas botánicas. Al contrario, están llenas de colorido porque no las separaba de su entorno real. “El óleo es un vicio, como la bebida, casi imposible de abandonar una vez que se apodera de ti”, cuenta en sus diarios. De ella se apoderó totalmente.

En el primer capítulo de su libro de recuerdos escribe que durante mucho tiempo había soñado con ir a pintar a países tropicales para plasmar su peculiar vegetación tan exuberante y abundante. En cuanto pudo, vendió la casa familiar en Hastings, huyó del matrimonio, no tenía esta institución en muy buen concepto, y se marchó a Norteamérica en 1871. De allí se fue a Jamaica y estaba tan emocionada con tanta y tan nueva vegetación que no sabía ni por dónde empezar a pintar, después viajó a Brasil, allí vivió en una cabaña situada en la jungla.

Aclaro que había nacido en una familia rica y con muchas y buenas influencias. Su padre, que había sido parlamentario, conocía a embajadores, virreyes y gobernantes, era la época en la que los británicos tenían colonias por medio mundo, y estos contactos le facilitaban los desplazamientos y la alojaban si era preciso. Ella utilizaba esta ventaja para saltar a lo que de verdad le interesaba que no era precisamente la vida social de una clase privilegiada, “soy un pájaro muy salvaje y me gusta la libertad”, dijo.

Esta vida idílica (siempre que te gusten los viajes y no seas alérgico) no estaba exenta de penurias y malos momentos. Tuvo enfermedades, la atacaron los insectos, soportó climas adversos a los que no estaba acostumbrada y comió poco y mal, pero es que buscando flores, árboles y plantas y pintándolas, se le olvidaba todo lo demás. Fue su hermana Catherine, la que publicó sus diarios en forma de libros, la que dijo que Marianne llevaba una vida que parecía mágica.

Pasó una temporada en Tenerife, allí pintó los dragos, en California recreó a las secuoyas gigantes, en Japón retrató sus bellísimos crisantemos y los cerezos en flor, en Chile pintó el pehuén o araucaria, en Brasil la flor de la pasión, en India los rododendros y no sigo por no cansar con la enumeración. Hasta descubrió nuevas especies como una planta carnívora gigante en una jungla de Borneo que lleva su nombre, la «nepentes northiana». Darwin, que había sido amigo de su padre y luego lo fue suyo, está claro que tenía muy buenos contactos, la animó a viajar también a Australia para completar su catálogo.

 “Resulta descorazonador pensar que el hombre, el civilizador, echará a perder en pocos años los tesoros que los salvajes y los animales no han dañado durante años”, adivinó con acierto. Muchas de las especies que descubrió ya no existen. Si llega a prever la que iba a armar «el civilizador» lo mismo se deja devorar por la planta carnívora. A lo mejor sí que lo sabía y por eso pintaba y pintaba, para dejar constancia de las bellezas del mundo.

Todavía quedan, menos mal.

El poeta rebelde

Tarás, que me traigas las zapatillas, esas no, las de cuadros. Tarás, que tengo frío, aviva el fuego, Tarás que me apetece un té, prepara el samovar. Y Tarás, obediente por fuera, -qué remedio si había nacido siervo-, pero rebelde por dentro, iba y venía y, en los momentos de inactividad, se dedicaba a observar los cuadros de las paredes desde una esquina.  

Un nueve de marzo, igual que hoy, pero de 1814, nació en Mórintsi, un pueblo de Ucrania, el niño Tarás. Sus padres, los Shevchenko, eran siervos, condición que él heredó. Ambos murieron pronto, la madre cuando él tenía nueve años y el padre tres años después. Se quedó solo a las órdenes del amo, el señor Vasily Engerlhardt

 “Mis obligaciones consistían en guardar silencio y permanecer inmóvil en un rincón de la antesala hasta que resonaba la voz imperativa de mi amo pidiéndome un vaso de agua o una pipa que se hallaba frente a sus narices”, cuenta en su autobiografía.

Puede que durante esos momentos de inmovilidad y silencio se dedicara a estudiar con atención los cuadros que colgaban de las paredes de la casa. Y pronto, a escondidas, muchas veces en su vida tuvo que ocultarse para hacer lo que le gustaba, empezó él también a pintar.

Vasily lo descubrió y como comprendió que el chico valía, se trasladó con él a Vilna y después a San Petesburgo para que pudiera aprender y desarrollar su talento. No sé si albergaba alguna intención de lucrarse a través del arte de su siervo o es que era un buen hombre interesado en el progreso de los demás. Vamos a pensar bien y lo dejamos en la segunda opción, aunque no sé yo…

Empezó a aprender en el estudio de un par de pintores hasta que uno de ellos le presentó a Karl Briulov, un pintor ruso de moda entonces, al que le gustó el trabajo de Tarás y quiso que fuera su alumno en su estudio en la Academia de Arte. Había un impedimento, los siervos no tenían permitido ingresar.

 Entre varios de sus amigos, (por lo que deduzco de la lectura de su vida era muy sociable) pintaron el retrato del poeta ruso Vasili Zhukovski que luego subastaron, así se ganaron 2500 rublos con los que compraron la libertad de Svechenko. Tenía veinticuatro años, ya era un hombre libre, al menos en el papel, y pudo entrar en la Academia. Además de pintar también escribía, había escrito bastante poesía durante sus años de servidumbre, aunque su primera colección de poemas la publicó en 1840. Se titulaba Kozbar.

 El Kozbar era un contador de leyendas, un juglar o trovador que acompañaba sus narraciones orales y canciones con un instrumento parecido al laúd llamado kozba, muchos de ellos eran ciegos. Tal vez por ser una tradición típica de Ucrania, los soviéticos, deseosos de borrar cualquier seña de identidad de sus vecinos, los prohibieron en la década de 1930. No sólo eso, muchos de estos trovadores fueron detenidos, algunos ejecutados y otros enviados a los campos de trabajo del Gulag.

Estos primeros poemas de Svechenko están escritos en ucraniano, algo muy raro y original en esa época, pues ni siquiera era considerada una lengua, solo la utilizaban los siervos. En ellos  habla del sufrimiento de su pueblo, del de los campesinos, de sus pésimas condiciones de vida.  Además de poemas escribió otras obras, algunas en prosa. Como pintor había ganado varias medallas y aprovechando ese prestigio pidió permiso a la Academia de Artes para viajar por Ucrania y pintar sus paisajes y monumentos. Durante este viaje también escribió varios poemas satíricos y muy críticos que no le publicaron.  La colección se llamó Tres años y contenía poemas como «Sueño», una sátira sobre el régimen despótico de Nicolás I, «La Gran Mazmorra» o «Cáucaso».

En 1841 apareció su poema Los Haidamaki, eran campesinos que se habían levantado contra los señores feudales polacos. Como se ve, la opresión no venía solo de un lado, lo que indica que no tiene tanto que ver con una determinada nacionalidad sino con la tendencia, no sé si humana o inhumana, de que el fuerte aplaste al débil. En él narraba la miseria del pueblo, su falta de derechos, de libertad. Sus penosas vidas y cómo se resignaban a ellas, indignaban y entristecían al poeta. Lo que pretendía era retratar la crueldad del sistema de servidumbre, abrir los ojos a aquellos esclavos y que se opusieran, rebelándose, a aquel sistema injusto.

Se fue a vivir a Kiev donde se unió a un grupo de jóvenes científicos, entre ellos el historiador ruso Mikola Kostomáriv. Con ellos y otros más formaron la Hermandad de los santos Cirilo y Metodio, una sociedad clandestina que tenía la intención de convertir los países eslavos en una federación de repúblicas independientes. Su idea era librarse de la esclavitud que el imperio ruso les imponía. Svechenko y otros miembros de la hermandad fueron detenidos, se prohibió la sociedad y  a él le mandaron de vuelta a San Petesburgo, pero cuando la policía encontró su poema “El sueño” en el que criticaba y se burlaba del gobierno zarista, lo mandaron al exilio cerca de los Urales y le prohibieron pintar y escribir.

Detuvieron a varios socios de la hermandad, a Svechnko le tocó en abril, volvió a San Petesburgo pero esta vez a la cárcel. Aunque lo interrogaron no denunció a sus compañeros ni renegó de sus ideas y continuó escribiendo poesía, se supone que en la clandestinidad. “El huerto de los cerezos al lado de casa” o “Me da igual si he de vivir”, son dos ejemplos. He buscado el primero, me gustaba el título, pero no lo he encontrado traducido al español.

Lo liberaron, pero al poco tiempo fue arrestado de nuevo por participar en movimientos revolucionarios. Como castigo lo reclutaron en el ejército y lo enviaron exiliado  esta vez más lejos, al oeste de Kazajstán y otra vez le prohibieron pintar y escribir, orden que no obedeció, como de costumbre. Hizo nuevos amigos en la tierra kazaja que le ayudaron a que pudiera seguir pintando y escribiendo. En la provincia de Mangystau existe hoy un museo dedicado al poeta. La mayor parte de su producción de esta época fueron obras en prosa, novelas, casi siempre sobre el tema de la rebeldía contra la servidumbre. Pasó diez años en este exilio y a su vuelta se dedicó a su arte, ya sin tenerse que esconder, pero la salud le fallaba y murió el 10 de marzo de 1861, tenía 47 años.

Toda la información la he sacado de distintas páginas de internet y también este poema titulado «Brama el poderoso Dnipro»

Brama el Dnipro y levanta

olas que rozan el cielo

doblando los altos sauces.

Aúlla con furia el viento.

La luna, de vez en cuando,

entre nubarrones negros

se asoma y desaparece

como un barco en el Mar Negro.

No cantó el último gallo;

la aldea sigue durmiendo

sólo los mochuelos chillan,

cruje sin cesar el fresno.

Brama el Dnipro y levanta

olas que rozan el cielo.

Doblando los altos sauces

aúlla con furia el viento.

El dios abominable

Si hay un dios en el Olimpo detestado por todos este es Ares, el de la guerra. Hasta a su propio padre Zeus le resultaba desagradable. Así cuenta Homero en la Ilíada lo que le dijo al volver Ares quejándose de sus heridas tras la guerra de Troya “no te lamentes sentado a mi vera, pues me eres más odioso que ningún otro de los dioses. Siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas. Si siendo tan perverso, hubieses nacido de algún otro dios, tiempo ha que estarías en un abismo más profundo que el de los hijos de Urano”.

Pero es su hijo y aunque para librarse de culpa le larga la responsabilidad a su mujer -“tienes el espíritu soberbio y que nunca cede de tu madre Hera, a quién apenas puedo dominar con mis palabras, creo que cuanto ha ocurrido lo debes a sus consejos»- , se ablanda finalmente porque algo suyo es y lo cura y perdona.  

Mal hecho, Zeus, mal hecho.

Ares representa la brutalidad, la violencia y los horrores de las batallas. Por su personalidad sanguinaria y cruel era detestado por el resto de los dioses. No hay más que hacer un repaso de los epítetos con los que se define a esta joya. Brotoloigos (destructor de hombres), androfontes (asesino de hombres), teikhesipletes, (asaltante de murallas) Y Hesíodo,en su teogonía, lo llama el “perforador de escudos, el saqueador de ciudades”.

Solo durante trece meses fue posible librarse de la maldad de Ares, cuando dos gemelos gigantes, Efialtes y Oto asaltaron el Olimpo, metieron al dios en un caldero de bronce y allí lo dejaron encerrado por un año lunar. Hasta que llegó el dios Hermes y vete tú a saber por qué si se le suponía inteligente, lo liberó.

Ares, que era apuesto, musculoso y fornido, tuvo muchas amantes, pero su preferida fue Afrodita, con quién tuvo muchos hijos. Algunos, como Eros o Armonía, salieron a la madre, pero otros llevaban claramente los genes paternos y junto a él guerreaban. Así, en las batallas le acompañan siempre los gemelos Deimos (ira o pena), Fobos (pánico) y otra de sus hijas, Eris (conflicto).

En la versión de Homero de la guerra de Troya, Ares apoya a los troyanos. Se le describe como el asesino de hombres, el masoquista de la guerra y la maldición de la humanidad.  A pesar de todo esto, es débil cuando es él quién resulta atacado. Atenea, que era su hermana gemela y también encargada de la guerra, pero de su parte más estratégica y diplomática, y que iba en el bando de los griegos, le propina un lanzazo (aquí muy sutil no estuvo, en ocasiones no queda otra) y el grito de Ares herido fue tal que se describe como el proferido por diez mil hombres. Después subió al Olimpo a llorar a su papá.

Sobre su nacimiento existen varias leyendas, una de ellas dice que Cloris, la diosa griega de los jardines, entregó a Hera la flor más bonita de su jardín, esta se la puso en el regazo y de ahí nació Ares, ¿cómo es posible que tal espanto naciera de la más bella de las flores? No me gusta esta leyenda ni tampoco debió de agradar mucho a los griegos, así que le adjudicaron un origen tracio, como diciendo, “este engendro no es de los nuestros”. Tracia era considerada por ellos como un país atrasado, poco civilizado, muy belicoso.

Orfeo, en el himno a Ares lo describe así:

“Inquebrantable, de ánimo bronco, vigoroso, poderosa deidad que disfrutas con las armas, indomable, aniquilador de mortales, demoledor de murallas, soberano Ares que te mueves en medio del estrépito de la guerra, siempre manchado de sangre, disfrutas de la matanza, metido en el fragor del combate, terrible, deseas el tosco entrechocar de espadas y lanzas”

Y le pide que deje de destruir y dañar, que se entregue a los placeres de la vida como el amor y el vino, que se dedique a cultivar la tierra y no a aniquilarla, “contén la pelea rabiosa y deja ir la fatiga que causa dolor al alma, cede al deseo de Afrodita y a los alegres cortejos de Dionisio, cambia la fuerza de las armas por los trabajos de Démeter, ansía la paz que alimenta a los jóvenes y proporciona la dicha”.

Pobre cantor, ni caso le hizo, y eso que con su música amansaba a las fieras.

Pero a no a todas, por desgracia.

 Y tristemente así seguimos.