Lloro por ti, Atalanta

Cuando nació  Atalanta su padre se enfadó porque era una niña, en vez del niño que él había soñado, así que la abandonó en el monte Partenio y se volvió para su casa a hacer un nuevo pedido, a ver si esta vez le salía más a su gusto.

Una osa que vivía en aquel lugar agreste se la encontró y tras sopesar las dos opciones, “o me la como o me la quedo”, le pudo más el instinto maternal que el depredador y la amamantó y cuidó durante una buena temporada. Pasado un tiempo, cuando la niña ya había crecido,  se aparecieron por allí unos cazadores a los que debió de cautivar con sus habilidades y la adoptaron.

Entre las enseñanzas de una y otros, Atalanta se había convertido en una mujer fuerte, intrépida y tirando a salvaje, adoraba correr descalza por el monte, sentir el viento en la cara, trepar a los árboles y proporcionarse sus propios alimentos. De hacer cola en las cajas del Mercadona no quería ni oír hablar.  No tenía intención alguna de abandonar el bosque en el que vivía ni mucho menos de casarse, por eso se consagró a Artemisa, la diosa de la cacería y los montes y así ya tenía excusa para seguir libre y  a su aire.

Aquellos parajes no estaban exentos de peligros para una mujer bella y solitaria. Dos centauros trataron de violarla pero ella los mató con sus flechas y luego se tumbó a descansar sobre unas rocas mientras miraba la luna y se reafirmaba en su convicción de que esa era la vida que quería, a pesar de sus riesgos.

Mientras tanto, en la ciudad de Calidón campaba a sus anchas un jabalí enorme y feroz,  lo había soltado allí la misma diosa Artemisa, enfadada porque no le habían hecho una ofrenda.  El animal se dedicaba a destrozar  las cosechas  y arrancar todas las vides de raíz y daban tanto miedo sus colmillos elefantiásicos que la gente se refugió dentro de las murallas, los campos quedaron abandonados y pronto llegó el hambre.  El rey envió mensajeros para buscar a los mejores cazadores de Grecia, ofreciendo como premio los colmillos y la piel del jabalí.

A mí el premio no me parece nada atractivo pero a ellos sí se lo debió de parecer porque se apuntaron unos cuantos, entre ellos Meleagro (el propio hijo del rey), algunos de los argonautas (los que iban en busca del vellocino de oro, eran muy aventureros y si no tenían algún lío, se lo inventaban) y la indomable Atalanta. El machismo salió de nuevo a relucir y muchos de ellos, todos hombres, se negaron a participar junto a  una mujer. Meleagro, que se había enamorado de Atalanta, los convenció  para que la dejaran intervenir y empezó la cacería.

La primera en herir al jabalí con una flecha fue Atalanta, lo remató Meleagro pero le ofreció el premio a ella porque consideraba que el mérito había sido suyo. Otra vez se ofendieron los señores porque una fémina se llevaba el trofeo y le arrebataron la piel del jabalí a Meleagro. Este se enfadó, (aquí cuando se enfadaban lo hacían a lo grande),  y los mató. Resulta que a Meleagro las moiras le habían predicho que moriría cuando se extinguiera un tizón ardiendo. Su madre, previsora, había guardado el tizón en una caja, pero ahora, Altea, hermana de los hombres que él había matado, se enfadó también, sacó el tizón de la caja y lo arrojó al fuego. En cuanto se consumió, Meleagro la palmó. Cosillas que pasan.

Todo este lío fenomenal hizo muy famosa a Atalanta, muchos hombres la deseaban y querían casarse con ella pero sobre su vida también pendía una profecía desagradable relacionada con el matrimonio. El oráculo había augurado que cuando se casara se convertiría en animal.

Para quitarse a los pretendientes de encima y como se sabía invencible convocó una carrera, “mi novio será el que me gane, pero al que gane yo, me lo cargo”, pese a esta terrorífica condición muchos se animaron. Ella, bastante chulita, les daba ventaja, pero ni por esas, aceleraba un poco, ganaba con facilidad y, ale, los mataba.

Hasta que apareció por allí el joven Hipómenes, que no era más rápido que ella pero sí más astuto y contaba con la ayuda de la diosa Afrodita, que no entendía el rechazo de la chica por el amor y hasta le sentaba mal, “¿pero por qué no le gusta lo mejor de la vida a esta mujer?, se va a enterar”, se dijo. Le regaló a Hipómenes tres manzanas de oro, procedentes de uno de los árboles del jardín de las Hespérides, lleno de manzanos de frutas doradas que otorgaban la inmortalidad. La treta consistía en dejar caer las manzanas durante la carrera para distraer con su brilli brilli a Atalanta.

Lo cierto es que Atalanta ya estaba enamorada de Hipómenes sin ella misma saberlo, era un sentimiento nuevo para ella y no lograba identificar esa ternura que sentía al contemplar al joven y la pena que le estaba entrando porque sabía que ella era más rápida y tendría que matarlo. Tal vez por eso se paró a recoger la primera manzana y también la segunda, aun así iba ganando, pero cuando Hipómenes tiró el tercer fruto dorado a sus pies, Atalanta se detuvo un poco más de la cuenta y por primera vez, perdió.

Se casaron y la unión fue feliz, los dos se amaban. En una ocasión en la que volvían de regreso de un viaje entraron a descansar en el templo de la diosa Cibeles, les entró un irrefrenable deseo y no se contuvieron.  Buena se puso la diosa por lo que ella consideró una falta de respeto intolerable. “Pues ahora os convierto en leones, para que os vayáis enterando”. Los antiguos griegos pensaban que los leones no se apareaban entre ellos sino con leopardos o con panteras, por lo que el castigo era doble. Y no satisfecha con eso, la diosa  no los dejó libres sino que los utilizó como bestias de tiro para su carro y así por toda la eternidad.

Me hubiera gustado otro final mejor para Atalanta, no se merecía este  tan cruel pero el mito es así, termina mal. Lloro por la niña rechazada y abandonada, por la chica libre y valiente que, tras enfrentarse a tantas injusticias sin arredrarse, justo cuando amaba y era amada fue por siempre esclavizada.

Por eso las moras son negras

En la ciudad de Babilonia vivían dos chiquillos a cual más guapo. Él se llamaba Píramo y era el más bello de todos los jóvenes del lugar. Ella, la más rebonica de todo el oriente, se llamaba Tisbe. Ya estamos, ¿es que los feos no aman? Pues sí,  pero hay que reconocer que tienen menos tirón cuando lo que se pretende es narrar una historia romántica.

Se conocían desde pequeños y además eran vecinos íntimos, ya que  sus casas compartían tabique. Habían jugado juntos y crecido a la par y, al tiempo que se desarrollaban sus cuerpos, se desarrolló también el amor. Este sentimiento no gustó nada a los respectivos padres de los chicos, tal vez tanto de un lado como de otro querían algo mejor para sus vástagos, lo cercano y cotidiano, y qué más cercano y cotidiano que tu vecino de tabique,  suele parecernos poca cosa. Así que les prohibieron estar juntos y sanseacabó. Y hasta quererse les prohibieron, venga, como si se pudiera vetar un sentimiento. Resulta que es todo lo contrario, basta que te digan, “no quieras esto” para que lo desees más. “Mientras más se tapa, más bulle el fuego”, dice Ovidio con gran sabiduría.

Como no les dejaban verse, se hablaban a través de la pared  que, casualmente, tenía una grieta que nadie había notado y por la que se enviaban sus palabras de amor. Esto en mi casa no hubiera hecho falta, ya se oye a los vecinos que es una delicia y sin necesidad de grietas. Claro que lo que yo oigo no son palabras de amor, en estos momentos mi vecina íntima despotrica con furor sobre políticos y vacunas.

Dejo a mi indignada vecina y vuelvo con la parejita que estaba empezando a enloquecer de desesperación. Ya no se hablaban solo entre ellos, también se dirigían a la pared, lo normal cuando a uno no le dejan querer al que quiere. “Envidiosa, le decían, ¿cuándo permitirás que nos unamos con todo el cuerpo? O si esto es demasiado, por lo menos te podías abrir para que nos demos besos” Luego se arrepentían un poco, no fuera que la pared se enfadara y tampoco pudieran hablarse  y le daban las gracias, “pero no somos ingratos, que gracias a ti nuestras palabras llegan hasta los oídos amados”.

Y en ese plan estaban, cualquier pareja de amantes  confinados de ahora puede comprender esta situación, seguro que con las paredes no hablan pero lo mismo sí insultan a la pantalla por su frialdad y después le dan las gracias porque sería todavía peor si no la tuvieran.  

Por las noches, Píramo y Tisbe,  se despedían dando un beso a la pared y así hasta el día siguiente. Durante muchas noches y muchos días siguientes: palabras inflamadas, besos a la pared. Cansados de este amor por muro interpuesto decidieron rebelarse y  planearon escapar a la noche siguiente, no solo de sus casas, también de la ciudad.  Quedaron a las afueras,  junto al crematorio del rey Nino, también vaya ideíta, bajo una morus alba o morera blanca , al lado de una fuente.

El día se les hizo eterno, no se iba nunca la luz, no llegaban nunca las tan anheladas sombras nocturnas. Pero por mucho que algo se haga eterno, nada escapa a la ley de la impermanencia.  Cuando por fin la noche extendió sus negruras, Tisbe salió de casa, despacio y sigilosa, el rostro tapado por un velo, atravesó la ciudad y se sentó bajo el árbol convenido.

Como buena enamorada, no tenía miedo. Aunque, claro, cuando vio aparecer a una leona con la boca manchada de sangre que se acercó a beber a la fuente, un poquito de temor y temblor sí que le entró a su cuerpo serrano. Siguiendo el camino que le marcaban los rayos de la luna y otra vez con gran sigilo llegó hasta una oscura cueva donde se escondió. Por el camino habían resbalado por  su espalda los velos que la cubrían y allí se quedaron, tirados por el suelo.

La leona, que vuelve de beber, se encuentra los velos, los olisquea y se entretiene un rato desgarrándolos con sus fauces ensangrentadas.

Y a todo esto, ¿qué hacía Píramo que no venía?, ¿es que no sabía qué ponerse o es que se estaba acicalando tanto para la ocasión que no terminaba nunca?, ¿se había perdido por el camino?, ¿se estaba haciendo el interesante llegando tarde? El relato no lo aclara pero esa tardanza es la que desencadena la tragedia. Si  el hermoso varón hubiera sido puntual nada de lo que pasó después hubiera sucedido.

Cuando el joven por fin llega al lugar convenido,  se encuentra los velos de Tisbe rotos y llenos de sangre y piensa que se ha comido el tigre sus carnes morenas, lo cual debía ser frecuente en la época y lugar. Le da un arrebato muy malo y se hunde en el costado la espada que llevaba a mano, se la saca después ( la espada tenía que quedar libre como se verá) y toda la sangre contenida se desparrama por el árbol, mojando sus frutos blancos que se vuelven púrpuras y después negros.

Supone Tisbe  desde su encierro que la leona ya se habrá ido y sale de la cueva, está deseando encontrarse con Píramo y contarle todos los peligros por los que ha pasado, reconoce el lugar pero duda y se despista al ver el color de los frutos de la morera, que ya no son blancos. Mientras vacila, ve que en el suelo algo tiembla, retrocede empalideciendo y reconoce a su amado vecino.  Se tira del pelo desesperada y a continuación se lanza sobre el tan deseado cuerpo, mezclándose así las lágrimas de ella con la sangre de él.

Lo que viene a continuación, puro drama, se lo dejo a Ovidio que por algo es el autor de historia de amor desesperado, “Píramo, responde, la Tisbe tuya a ti, queridísimo te nombra; escucha y tu rostro yacente levanta.

Al nombre de Tisbe, sus ojos, ya por la muerte pesados, Píramo irguió y vista a ella los volvió a velar.

“Tu propia mano y el amor te ha perdido, desdichado. Hay también en mí, fuerte para solo esto, una mano, hay también amor; dará él para las heridas fuerzas. Seguiré al extinguido y de la muerte tuya tristísima se me dirá causa y compañera. Tú, árbol que con tus ramas el lamentable cuerpo ahora cubres de uno solo, pronto has de cubrir de dos. Las señales mantén de las sangría y siempre ten  a tus crías (las moras)  como testimonio de la sangre de los dos”, dijo, y ajustada la punta bajo lo hondo de su pecho se postró sobre el hierro que todavía de la sangría estaba tibio”

Sus votos conmovieron a los dioses y por eso es negro el color de las moras una vez maduras, y conmovieron a los padres (a buenas horas) que tuvieron el póstumo detalle de enterrarlos juntos.

No me extraña que la Zarzamora llore y llore por los rincones

Oh naturaleza femenina, ¡cuán grandiosa eres!

Que no es lo que lo diga yo mientras escribo traspasada por el espíritu del ocho de marzo, no es eso. Lo dijo, allá por el lejano siglo XII, Hildegarda de Bingen, una monja muy especial, con muchas cualidades y talentos.

La niña Hildegarda nació en un pequeño pueblo del valle del Rin en 1098. Sus padres, que eran nobles, ya habían tenido nueve hijos, así que a ella, por ser la décima, se la entregaron en diezmo a la iglesia. Así se marcaba el destino de la gente en aquella época.  Sobre todo si nacías mujer las elecciones estaban muy limitadas: o eras sierva de un hombre, o eras sierva de Dios o, caso de nacer pobre, eras sierva a secas. La obligación de  ingresar en un monasterio, quisiera la señalada o no, puede parecer muy cruel, y lo era, pero lo cierto es que  ofrecía más posibilidades que la vida de casada, al menos en lo que al desarrollo intelectual se refiere.

A los 14 años, Hildegarda abandonó su hogar para ingresar en el monasterio de san Disidobo, bajo la dirección de una monja llamada Jutta. Se apuntó a los módulos de latín, lecturas sagradas y canto gregoriano, lo que había. Hildegarda, pese a su naturaleza enfermiza,  era una alumna brillante y con gran interés por aprender. Desde los seis años tenía visiones pero por prudencia no contó a nadie esta peculiaridad suya hasta más tarde.

Estas visiones no le hacían perder el conocimiento ni entrar en éxtasis,  las vivía de una forma consciente, se le presentaban imágenes coloridas que iban acompañadas de luz y música y ella las miraba tranquilamente y tomaba sus apuntes.

Hoy la hubieran derivado a psiquiatría o a neurología,  pero en aquel tiempo era algo normal y hasta valorado siempre que se considerase que venían de Dios. En caso contrario, te derivaban a la hoguera.

Lo que después desarrolló en algunos de sus libros tiene parte de su germen en estas visiones místicas muy cercanas al surrealismo. Pero no todo porque también escribió libros científicos basados en la observación racional del mundo.

Tanto Jutta como Hilde se viralizaron,  no hasta el punto de un youtuber de hoy en día, pero casi, por lo que muchos padres llevaban a sus hijas al convento. Cuando murió Jutta, Hildegarda se puso al frente, de jefa. Ya tenía las suficientes discípulas como para independizarse pero antes le faltaba el visto bueno masculino.

Hildegarda sabía bien que sin el refrendo de un hombre sus visiones no valdrían nada, así que  habló con un monje llamado Volmar y le preguntó, quitándose méritos y opacándose,  “soy una mujer ignorante, no sé nada de nada, pero ¿mis visiones son divinas?” El monje dijo que sí como podía haber dicho que no. Después  se lo comunicó al abad de san Dibidobo. Hay que tener en cuenta que la misión de profetizar estaba reservada a los hombres, como cualquier otra misión de importancia, excepto la de traer nuevos seres al mundo, pero, muy astutos ellos, pensaron que con una monja profetisa y visionaria en su monasterio se incrementarían los donativos, así la que dejaron que escribiera lo que veía en sus trances.

Hildegarda contactó con el monje más influyente del momento, Bernado de Clavaral y este intercedió a su favor, le dijo al Papa Eugenio III, que no debían permitir que “tan insigne luz fuera apagada”.

A continuación, Hildegarda tuvo la visión, o dijo que la había tenido, de que debía independizarse de los monjes masculinos y fundar un monasterio por su cuenta, solo de mujeres. Aunque algunos se opusieron en un principio, consiguió lo que quería y fundó la abadía de san Rupert donde se dedicó a redactar sus obras y empezó a componer música. Ya era una mujer libre y se codeaba con todo el power masculino del momento (femenino no había), papas, emperadores y hombres de estado y además se le permitió predicar al clero y al pueblo tanto en iglesias como en abadías.

Escribió doce libros, el primero, Scivias (Conoce los caminos) trata de la creación del mundo y del ser humano, en otros aborda temas de cosmología o antropología- Escribió también varios tratados de medicina como el “Libro sobre las propiedades naturales de las cosas creadas” y empezó a componer una obra musical que consta de setenta piezas, la “Sinfonía de la armonía de revelaciones celestiales” (puede escucharse en Spotify, si lo tuyo es el rock no te gustará) y un auto sacramental cantado. “El alma es sinfónica y el canto que el ser humano entona con el alma es un eco de la armonía celeste”, decía ella.

Sabía de botánica, de medicina y de fisiología humana, habló de la circulación de la sangre, siglos antes de que pudiera demostrarse y realizó una detallada descripción del orgasmo femenino . Sin discutir la mano divina en la creación, -era una monja medieval-,  admitió que los misterios del cosmos podían explicarse a través de la observación y el conocimiento.

En su libro Scivias describe un universo infinito y en  expansión muy similar al de los actuales astrofísicos. En sus tratados de medicina dedica mucho espacio a las propiedades curativas de las plantas. Pysica contiene descripciones de 230 plantas herbáceas y más de 60 árboles y sus aplicaciones médicas.

Por si todo esto fuera poco, se inventó un idioma, la lingua ignota, con un alfabeto propio, que se considera la primera lengua artificial. Escribía poemas y defendía, ecologista sin saberlo, que la alteración del medio natural puede hacernos enfermar.

No fue dócil ni tuvo miedo a expresar sus opiniones aunque éstas la enfrentaran con el  clero, en numerosas ocasiones criticó su corrupción y su poca compasión con los pobres además de defender a Eva y liberarla de la culpa del pecado original. Ella la consideraba una víctima engañada por el demonio quien la envidiaba por su capacidad de procrear.

Durante siglos fue olvidada y solo más tarde se rescató su figura y su valor. No todas las mujeres son gloriosas, como no lo son todos los hombres, pero sí algunas y merece la pena conocerlas y recordarlas.

Uno de los dibujos, derivados de sus visiones, que aparece en el libro Scivias (Imagen sacada de los internetes, al igual que la información sobre Hildegarda)

El hombre que se comió a sí mismo

 Trotaba Eresictón, rey de Tesalia, por los campos cercanos a su palacio con la intención de tener los cuádriceps y gemelos más potentes del condado. Trotaba y trotaba sudoroso y jadeante levantando polvo del camino hasta que sus zancadas le llevaron a un bosque aromático que le regaló sombra y frescor. Se inclinó un poco sobre sus rodillas para recobrar el aliento y al alzar la cabeza vio que entre todos los árboles que allí había y había muchos, por algo era un bosque, destacaba, majestuosa, una encina milenaria.

 Su pensamiento no fue “qué belleza de árbol, admirado me quedo” o sí lo fue, pero la belleza no le interesaba si no era para utilizarla en su beneficio personal. Tampoco se detuvo a reflexionar sobre la naturaleza sagrada de esta encina en particular ni del resto de los árboles en general, no entendía ese concepto. Estirando una pierna y luego la otra dijo en voz alta, sin saber que las ninfas del bosque le estaban escuchando, “este tronco lo talo yo y decoro con su madera mi salón de dar banquetes”.

Cuando quería algo y constantemente quería algo, lo quería de inmediato, pero ya. Llamó a veinte de sus gigantes para que le ayudaran en la tarea de la tala, ya que el tronco de la encina era enorme y, mientras empezaban a herirla con sus hachas, gritó entre carcajadas, “esta tocará con su frondosa copa la tierra y mía será”. Todo lo quería para él, era un ansias, todo para engrandecer su estatus, su comodidad, su bienestar sin importarle las consecuencias ni los daños colaterales.

A medida que la encina se iba inclinando, cada vez más herida, sus ramas, hojas y bellotas empalidecían. Desde el interior del árbol, una voz femenina, dulce pero angustiada, suplicó, “no sigas, soy la que  vive bajo este leño, si el árbol muere yo también moriré”. Se trataba de una Hamadríade, ninfa asociada a un árbol en particular que con él nace y muere, que se alegra cuando en primavera brotan sus hojas y languidece melancólica cuando las pierde al llegar el otoño. Amiga de los pájaros que anidan en sus ramas y le otorgan vuelo, del viento suave que sabe sacar música de sus ramas.

Bastante le importaban al bruto de Eresictón las ninfas de los árboles o sus sentimientos. Encina y Hamadríade, murieron a la vez.

Las otras ninfas del bosque, espantadas, huyeron corriendo a buscar a la diosa Deméter, responsable de los campos y la agricultura y dueña de ese bosque donde había instalado su santuario.  Iban vestidas de negro en señal de duelo y exigían un castigo para el arboricida. Démeter llamó a Limo, también conocida como la personificación del hambre y, en cierto modo su contraria, y le hizo un encarguito.  El Hambre voló guiada por un viento amigo hasta el palacio de Eresictón que dormía y roncaba muy satisfecho con su nueva adquisición. “Con sus gemelos codos lo estrechó y en sus vacías venas esparció ayunos”, describe Ovidio en su Metamorfosis.

A partir de ese momento, Eresictón, que ya de por sí era ansioso, se volvió insaciable. A todas horas tenía hambre, comía lo que un pueblo entero y no se hartaba, lo que una ciudad y tampoco, lo que un continente y la gazuza no se le quitaba. Toda su riqueza la iba dilapidando en comida y después la de su padre quién, compadecido, ayudó al insatisfecho hijo. Tanta era su necesidad de comida que acabó arruinado y comiendo inmundicias de las basuras. Solo le quedaba recurrir a su hija, Mestra.

A cambio de dinero para calmar su deseo se la vendió a un comerciante. Mestra, que era amante de Poseidón, le pidió  ayuda y éste le otorgó el don de la transformación. La chica, una vez que el padre recibía su dinero, se transformaba en otro ser. Fue vaca, ciervo, yegua o pájaro y luego de nuevo Mestra. Un trajín tanta mudanza y total para nada.

Pese a las múltiples compraventas de la niña mutante, Eresictón seguía con hambre. Un día, sin querer, probó uno de sus dedos, le gustó y siguió comiéndose dedo a dedo y miembro a miembro hasta que  se devoró enterito a sí mismo.

Moraleja: deja en paz a los árboles que son sagrados, no destruyas la naturaleza o…lo que ya os podéis imaginar.

Vaya tres simpaticonas

Vengativas y sin piedad, así eran las  tres hermanas Erinnias. Su misión: perseguir a los culpables de crímenes, atormentarlos, volverlos locos y no concederles ni un momento de paz. Tanto las temían los antiguos griegos que no se atrevían a llamarlas por su nombre verdadero, no fuese que se ofendieran y se desatara su cólera, y lo sustituyeron por otro de significado contrario. Por eso también se las  conoce como las Euménides o Benévolas y en plan ya más pelota, venerables diosas. Todo por evitar su ira y su rabia.  En la mitología romana, por lo visto más valientes,  no se andan con tanto remilgo y las denominan las Furias o  las Terribles.

Si el nacimiento de uno influye sobre cómo será después, no es de extrañar que estas tres fueran tan cariñosas, comprensivas y  simpáticas.  Crono, harto de la maldad de su padre Urano que, solo por fastidiar,  no dejaba salir a los hijos del vientre de su mujer, Gea, le cortó los genitales y los lanzó por ahí, lo más lejos posible. Algunas gotas de sangre cayeron sobre Gea, y de esa mezcla de sangre y tierra nació este trío.  Se las considera divinidades del inframundo por oposición a las deidades celestes.

Recuerdan un  poco a las Harpías, también son tres, no tienen buena cara y  cuando se aparecen no es para entretener ni alegrar a nadie,  pero hay entre ellas una diferencia sustancial. Las Harpías hacían maldades porque sí, por sádico disfrute, las Erinnias no, ellas solo incordiaban si había un motivo que castigar. Ejercían un cierto tipo de justicia primitiva, más parecida a la venganza, ya que no atendía a razones ni a la razón.

Son Alecto, la implacable, encargada de castigar los delitos morales, Megera, perseguidora de los infieles y traidores y Titífone , que vengaba los asesinatos o delitos de sangre.

Para no perder las buenas costumbres llevaban serpientes enroscadas en los cabellos, (ya se sabe que cuando querían poner a alguien feo o terrorífico este truco siempre funcionaba), portaban látigos y antorchas encendidas, apagadas no hubiera tenido sentido, y de sus ojos manaba sangre en lugar de lágrimas. A veces también se las representa con  alas de pajarraco o de murciélago pegadas a  cuerpos de perro y ya tienes a las tres beldades dadivosas, alabadas sean por siempre jamás.

Vivían en el Érebo, la oscuridad, la negrura o sombra que llenaba todos los agujeros del mundo. (Ya intuían la materia oscura los griegos,  ¡qué genios!)  Solo se personaban en la tierra para castigar a los criminales. Como de criminales nuestro mundo siempre ha estado bien surtido me parece a mí que estas tres no estaban mucho en el Érebo, pobrecillas, cuánta trabajera,  todo el día apatrullando la tierra cual míticas Torrentes.

Eran justas pero no se conmovían ante nadie ni intentaban comprender los motivos de las malas acciones, desconocían el perdón, como en las películas del oeste, el que la hacía, la pagaba. Ningún rezo, ruego,  sacrificio o petición desesperada  las inmutaba ni les hacía variar de idea, de los atenuantes no querían ni oír hablar. Atormentaban a los que habían hecho el mal persiguiéndoles incansables con sus voces gritonas y estropajosas, recordándoles una y otra vez, de noche y de día, su crimen, hasta hacerlos enloquecer. Como sacrificio se les ofrecían lo que para ellas eran manjares: ovejas negras  y libaciones de nephalia, miel con agua. 

En el ciclo de la Orestiada de Esquilo aparecen en la última tragedia, las Euménides, en la que se describe el acoso que de estas tres  recibe Orestes  por haber matado a su madre, Clitemnestra. Dicho así parece que Orestes se lo merecía pero hay que tener en cuenta que estaba vengando a su padre,  Agamenón, que a su vez había sido asesinado por su mujer y el amante de ésta. Un lío de cuidado.

En este caso intervienen los dioses, se celebra un juicio y se falla a favor de Orestes, pero no era lo habitual, las Simpáticas no perdonaban a nadie, incluso seguían persiguiendo y atormentando a los que consideraban culpables más allá de sus vidas, ni muertos se las quitaban de encima.

Pueden ser estas tres un símbolo del sentimiento de culpa que tortura al que ha cometido un acto atroz sea o no castigado por la justicia. Lo que ocurre es que no todos los criminales poseen ese sentimiento, algunos tienen cerebros de verdad benévolos que se encargan de borrar de su memoria el mal cometido permitiéndoles vivir en paz o de hacerles creer que estuvo bien lo que mal estuvo.

En estos casos no sería mala idea que las tres hermanas negras despeinadas, como las llama en una de sus composiciones Garcilaso de la Vega, se acercaran a esas cabezas despreocupadas y bien pegadas a sus oídos aullaran con sus terribles voces. No digo yo que eternamente, no quiero ser  Erinnia,  pero sí, al menos,  por un buen rato durante unos cuantos días o meses o hasta años.

Casas de sueños

Cuando en la antigua Grecia alguien enfermaba  podía acudir, en vez de a un centro de salud,  a un Asclepeion o templo de curación.  El tratamiento básico, muy agradable,  consistía en soñar. El enfermo entraba en un cuarto que consideraban sagrado y practicaba lo que ellos llamaban la “incubatio” que no era otra cosa que dormir con el objetivo de producir sueños. Al despertar, relataba su sueño a alguno de los sacerdotes del templo, conocidos como latromantis, una especie de chamanes capaces de interpretar el significado de las narraciones oníricas, traducir sus símbolos y dar con la solución a los males del soñador.

 Algunos se curaban, muestra de ello es la cantidad de relieves votivos que se han encontrado en las diversas casas de sueños, en estos relieves aparece tallada en piedra la parte del cuerpo curado, -una pierna, un ojo, un brazo-, y se agradece a  Asclepio, el dios de la medicina al que estaban consagrados estos templos, el servicio prestado. Los que no se curaban tampoco se molestaban demasiado, lo atribuían a los designios divinos o consideraban, al igual que ahora, que la medicina no es una ciencia perfecta y seguían su camino arrastrando la pierna pocha o lo que fuera que tuvieran defectuoso.

Algo de trampa o ,digamos mejor de astucia, había en este asunto de la curación durmiente y es que a los enfermos muy graves o con riesgo de morir no les dejaban pasar a los templos. Ya sabían ellos que en determinados casos sanar era imposible y eso hubiera desprestigiado el buen hacer del dios Asclepio y los métodos de sus esotéricos sacerdotes, precursores de Freud y Jung.

A este dios  se lo representa con un bastón en el que lleva enrollada una serpiente. Los griegos gustaban mucho de enrollar sierpes a lo que fuera, tanto para simbolizar lo bueno, como es este caso, como para lo malo, como ya se ha visto en otros aderezos serpentinos cuyo fin era aterrorizar o repugnar.

Dentro de los cuartos del templo destinados a la incubatio, estos reptiles recorrían sinuosos el suelo mientras el durmiente hilaba sus sueños. Cómo es que lograban dormirse con esa compañía es algo que no me explico.

Asceplio era hijo de Apolo y de Coronis (nombre que no  trae muy buenas asociaciones pero no creo que tenga nada que ver),  fue educado por un centauro llamado Quirón quien le enseñó a reconocer y emplear plantas medicinales. No es lo mismo haber tenido como profesor de ciencias naturales a un señor llamado Abelardo, pongo por caso, por muy simpático y buen docente que sea, que al centauro  Quirón. Pero que ni punto de comparación. Tanto aprendió Asceplio de Quirón que, con el tiempo,  no solo curaba a los enfermos sino que también resucitaba a los muertos,  pero esto fue antes de morirse él mismo, luego ya perdió esa capacidad.

Así, más o menos, sucedió: a Zeus (qué cargante me resulta el jefe) no le estaba gustando tanta resurrección, le trastocaba su organización y estaba dejando el  inframundo más despoblado que El Matarraña (pueblo de Teruel). Mientras, en el sector de los vivos, encontrar vivienda empezaba a ser un problema y había que caminar dando codazos, entre otras muchas y variadas molestias derivadas de la aglomeración.  Además, si seguía perdiendo personal, Hades, el dios de los muertos se iba a enfadar por falta de competencias y Zeus no quería líos con su hermano de los barrios bajos.  Así que cortó por lo sano, sacó uno de sus rayos y se lo lanzó a Asceplion que murió. Electrocutado, supongo.

 Una vez muerto no se supo resucitar a sí mismo ni a nadie más, el que se moría ya era para siempre y sin remedio, como siempre había sido. Vuelta al orden, al equibrio entre la vida y la muerte y  se acabó el desmadre. Otra cosa es que se pudiera retardar el momento, en eso sí seguía siendo eficaz el señor de la serpiente enrollada en un bastón.

Para ayudarle contaba con su familia. Su mujer, Epíone, calmaba el dolor, su hija Higea se dedicaba a la prevención,  descargando así de trabajo a su padre, su otra hija, Panacea, repartía tratamientos a cual mejor, otro de  sus hijos, Telesforo, se encargaba de supervisar la convalecencia y los otros dos, Macaon y Podalirio eran expertos cirujanos.

Me resultan bastante curiosos los sacerdotes intérpretes de sueños de los Ascepliones, o lo que de ellos se cuenta. Algunos, como Hermótimo, Abaris o Aristeas, podían abandonar su cuerpo mientras dormían, lo dejaban tan ricamente acostado en la cama y se iban a dar vueltas por otros lugares no terrenales hasta que se cansaban de vagabundear y regresaban a sus fundas. De Abaris se dice que volaba por el mundo subido en una flecha, que curaba enfermedades mediante cánticos y que libró al mundo de una plaga. Ya podría resucitar y darse una vuelta por aquí a lomos de su flecha mágica.

Mejor jamón que acelgas

Los humanos siempre nos estamos haciendo preguntas, algunas transcendentales como ¿para qué he nacido o qué sentido tiene esta vida mía?, otras más mundanas como ¿elijo ciencias o letras, Netflix o HBO? Y otras de lo más cotidianas ¿qué me pongo? Puede que para resolver algunas de nuestras dudas o indecisiones recurramos a google o algún otro buscador, que los hay aunque parezca mentira,  y dejemos caer un ¿qué pasa si…?   “Si no pago una multa, si una universidad se incendia, si te mueres”, son las primeras consultas que me han salido con esa introducción.  Si  la pregunta comienza con  ¿qué hago..? las dudas más consultadas son, ¿qué hago con mi vida, qué hago  si me aburro, qué hago para cenar, qué hago si estoy embarazada o qué hago si he estado en contacto con un positivo en covid. (que a esta alturas no lo sepan todavía…)

Como no hemos cambiado tanto por muchos siglos que hayan pasado, más o menos lo mismo les pasaba a los antiguos griegos. Ellos también dudaban, querían orientación antes de decidir para no equivocarse y anhelaban  saber más de lo que sabían de esta vida y su sentido en ella.   Internet y buscadores  no tenían, pero sí adivinos  a montones y unos cuantos oráculos.

Los adivinos utilizaban métodos muy variados para sacar sus conclusiones, algunos eran tan poéticos como escuchar el sonido que hacía el viento agitando las ramas de los árboles o detenerse a mirar el vuelo de los pájaros y luego estaban los  gore, también muy utilizados,  que consistían en degollar a un animal y observar sus vísceras, en especial el hígado les daba muchas pistas sobre los designios de los dioses.

Oráculos también había muchos, el más famoso y potente era el de Delfos, consagrado al dios Apolo y considerado el centro del mundo o su ombligo. El mito cuenta que Zeus puso a volar dos águilas desde los dos puntos opuestos del Universo y que allí donde se juntaran, ese era el centro. Resultó ser Delfos, mira por dónde. A Delfos acudían  particulares de todo rango social, siempre que pudieran pagar sus tasas ya que la adivinación no era gratuita, pero  también pedían consejo e inspiración ciudades enteras, sobre todo para decidir sobre cuestiones políticas o de organización.

La encargada de ponerse en contacto con la divinidad era la sibilia o pitia, ayudada por unos sacerdotes que traducían como buenamente podían las respuestas.  La pitia estaba sentada sobre una banqueta de tres patas, (qué incómoda estaría), unos humos ascendentes comenzaban a envolverla, entraba en trance y hablaba. En el siglo XX unos arqueólogos descubrieron que el Oráculo de Delfos estaba situado sobre unas fallas y por debajo  encontraron etileno, un psicoactivo que altera las percepciones y el ánimo. De ahí, tal vez, el trance de la sibilia que más que iluminación mística era un colocón en toda regla. O a lo mejor todo era una puesta en escena de lo más lograda.

Las respuestas del oráculo eran ambiguas, el que las recibía se las ajustaba como mejor le parecía, esto a veces beneficiaba al consultante y otras le perjudicaba. Un ejemplo es lo que le ocurrió a  Creso, el último rey de Lidia. Cuenta Herodoto y también Ciceron en “sobre la adivinación” que este rey consultó al oráculo para saber cuál era el momento más adecuado para invadir el territorio persa. El oráculo le respondió, más o menos esto, ”Creso, si cruzas el río Halys, (hace frontera entre Lidia y Persia) destruirás un gran imperio” El rey, de alta autoestima,  interpretó el vaticinio a su favor, suponiendo que se refería a los persas pero el imperio que se destruyó fue el suyo y Lidia pasó a poder de los persas.

Se puede sospechar que este lugar no era más que un negocio muy fructífero manejado por unos cuantos que sabían aprovecharse de  esta necesidad tan humana de reducir al mínimo la incertidumbre, a ser posible consultando a otros para no tener que pensar ni decidir. Y sí, seguramente tuvo algo o mucho de negocio. Lo que hay que admitir es que tampoco engañaban del todo a los consultantes pues en el frontón del templo estaba escrita la máxima “conócete a ti mismo” que luego desarrollarían tantos filósofos griegos y se instaba al consultante a que antes de entrar a marear a la pitia con sus preguntas investigase en su interior donde de verdad encontraría las respuestas.

Imaginad que ponéis en google, ¿qué pongo de cena? y te contesta, “primero conócete a ti mismo y averiguarás que mejor jamón que acelgas, so pesao”.

Y todo por salir a dar un paseo

Un hombre normal y corriente se estaba dando un paseo por el bosque, en los alrededores del monte Cilene. Iba observando el paisaje y pensando en sus cosas, algunas veces la contemplación del panorama le borraba sus propios pensamientos y otras era su mente la que le apartaba del entorno. Esta vez algo externo llamó su atención, dos serpientes se estaban apareando en mitad del camino. El caminante, de nombre Tiresias, las separó con su bastón. Al darles el golpe para romper la unión mató a la hembra y en ese mismo instante dejó de ser un hombre para transformarse en mujer.

No sé si este cambio repentino de sexo le agradó mucho o poco o le resultó indiferente, tampoco sé cómo se lo explicaría a su familia al regresar a casa ni cómo reaccionaron ellos, de todo esto no habla el mito. Lo que sí dice es que  pasó siete años siendo mujer, cambió algunas de sus costumbres pero mantuvo la de pasear  por el bosque del monte Cilene. Al cabo de esos siete años, en  uno de esos paseos, volvió a encontrarse con dos serpientes en plena cópula y repitió la gracia de separarlas. Sucedió lo mismo que la vez anterior pero a la inversa, se transformó en hombre.

Mientras tanto, en el Olimpo, los dioses se aburrían con tanto tiempo por delante y por detrás, así que discutían mucho y polemizaban por todo. Zeus le estaba diciendo a Hera, ¿quién crees tú que siente mayor placer sexual, el hombre o la mujer? Yo digo que la mujer. Pues no Zeus, es el hombre. Que te digo yo que no, que sois vosotras. Te equivocas, chato, sois los hombres. Eres una cabezota, Hera. Y tú siempre quieres ganar todas las discusiones, no te digo…mira, por ahí abajo pasa Tiresias que vuelve de su paseo, vamos a preguntarle a él, ya que ha sido hombre y mujer.

Tiresias dijo sin dudar que era la mujer la que sentía mayor placer sexual, como diez veces más, añadió. La respuesta no le gustó nada a Hera, ya se sabe que los dioses tenían muy mal carácter, sintió que había desvelado un secreto que ella, por el motivo que fuera, prefería tener guardado. Por eso, vengativa la señora, castigó a Tiresias con la ceguera. Zeus, para contradecir a Hera una vez más o por compensar al pobre hombre, le dio a cambio el don de la videncia y le otorgó una vida mucho más larga que la del resto de los mortales.

Otra vez Tiresias a dar la sorpresita en casa, “hola, familia, esta vez no veo, me he quedado ciego, pero al mismo tiempo veo lo que está oculto, soy vidente, ¿cómo se os queda el cuerpo?”

Pero, ¿eres hombre o muje?, le preguntaron sus hijas.

Lo que a mí me vaya dando la gana sobre la marcha, les contesto Tiresias tanteando la puerta para no darse un golpazo.

Le había cogido el gusto a no quedarse siempre anclado en la misma identidad de género y se cambió de sexo por voluntad propia unas cuantas veces más.

Ejerciendo sus dotes de adivino aparece en muchas de las epopeyas y tragedias griegas. Una de las más impactantes es Edipo Rey, donde tuvo que jugar un papelón nada agradable.

La ciudad de Tebas estaba siendo arrasada por la peste y, como era la costumbre, para saber las causas no mandaron a un grupo de científicos a investigar los posibles orígenes allí donde se produjo el primer caso, sino que fueron a preguntar al oráculo de Delfos, el google para todo de la antigüedad.

 Oráculo, oraculito, ¿quién es el responsable de esta plaga tan horrible?

El oráculo dijo: esto se debe a un problema moral que tenéis sin resolver, el asesino del rey Layo no ha sido detenido ni condenado

¿Y quién es el asesino, oráculo, oraculito?

Yo ya no digo más que bastante he dicho ya, contestó, muy cuco, el oráculo. Preguntad a un adivino que para esto están.

Y aquí entró en acción Tiresias. Edipo, rey de Tebas, lo llamó  a su palacio para que le desvelara el nombre del culpable. Al principio, el adivino se escaqueó como pudo pues sabía que la verdad era demasiado fuerte para ser revelada, pero ante la insistencia de Edipo, habló.

Eres tú, Edipo, el asesino del rey Layo y además tengo que decirte que igual que mataste a tu padre sin saber lo que hacías,  te has casado con tu madre.

Ante semejante noticia Edipo se enfurece, llama ciego a Tiresias, niega lo que está oyendo y lo expulsa del palacio aunque, ya a solas, medita, comprende toda la verdad y se arranca los ojos con los broches del vestido de su mujer y madre. Tremendísimo culebrón.

Aun así, Sófocles, su autor, se atreve a escribir, “ayudar a los demás con lo que uno sabe es el más dulce de los trabajos”. No es por contradecir a Sófocles, cierto que es necesario conocer la verdad o dársela a conocer a otros, pero el proceso no siempre es dulce y sí más bien amargo.

En una de las obras de Luciano de Samosata, “Menipo o la nigromancia” le preguntan a Tiresias, ¿cuál es la mejor manera de vivir? Y él responde que hacerlo como un individuo corriente. Muy corriente no fue la vida de este hombre mujer, el ciego que todo lo veía.

Aquí sí hay dragón

En la anterior historia mitológica dejé a un dragón custodiando el pellejo del carnero volador o, lo que es lo mismo, custodiando el vellocino de oro. Este dragón había sido elegido para esa misión porque no se podía dormir por las noches, padecía de insomnio crónico, así que dijeron, (alguien lo diría) quién mejor que este para vigilar el vellocino y que no nos lo roben. No era cuestión poner a un vigilante sin problemas de sueño, con lo aburrido que tiene que ser mirar  la piel de un carnero, estaba claro que se iba a quedar dormido.

Pese a esta precaución, sí les robaron el vellocino a los de la Cólquide, pero eso no es lo importante, lo que me atrae de esta historia es por qué no se dormía el dragón, esta es mi sospecha: estaba muy acomplejado y no se aceptaba a sí mismo. Qué malo es eso. Solo hay que conocer por encima a su padre para darse cuenta de lo pequeñito y poco valioso que tenía que sentirse el dragón, pese a tener un larguísimo cuello lleno de anillos y la capacidad enviar su horrísono silbido a muy largas distancias.

Tifón se llamaba su padre y no era un señor cualquiera. Se trataba de un espeluznante y descomunal monstruo alado, era tan alto que se le iban clavando las estrellas en la cabeza y tenía que apartárselas a manotazos. En cada uno de sus dedos tenía una cabeza de dragón y serpientes enroscadas en los muslos. Solo con mirar provocaba incendios tal era el poderío de su mirada de fuego y al mover las alas un poco, lo justo para desentumecerlas, desencadenaba huracanes y terremotos.

Otra característica muy llamativa de Tifón es que era un acaparador de cabezas, en vez de tener una y apañarse con ella como hacemos todos, tenía cien, hala, menudo gasto en paracetamol, gorros, peluquerías y dentistas.

Para acabarlo de arreglar tenían forma de serpientes, con lenguas negras y ojos de fuego. Cada una de esas cabezas poseía su propia voz, con lo que estar a su lado era como cuando vas (o ibas, mejor dicho) , a uno de esos bares muy llenos y con mal aislamiento acústico y acabas loco del vocerío. Pues lo mismo, pero a lo bestia. Además, algunas cabezas hablaban pero otras rugían, ladraban, siseaban, en fin, que cuando le daba por ponerse comunicativo era un tormento.

Tifón se quería vengar de los dioses por haber eliminado a sus hermanos los titanes así que un día se acercó a Zeus y le arrancó los tendones. Así, por lo bravo, qué hombre más impetuoso.

Aunque Zeus los recuperó después , los dioses le tenían mucho miedo, tanto que huyeron a Egipto y para ocultarse de él se transformaron en animales. Dionisio en ciervo, Artemisa en gato, Apolo en cuervo, Afrodita en pez y así hasta completar una bonita fauna.

Cuando por las noches llegaba a casa y se derrumbaba en el sofá con sus cien agotadas testas, el dragón de la Cólquide en pijama lo contemplaba con admirada angustia y mordiéndose las uñas. Pensaba la criatura y ,con razón, que jamás igualaría el porte ni las proezas de su progenitor.

Hay figuras paternas demasiado fabulosas, en exceso apabullantes. Pobre dragón insomne. Y encima le robaron el vellocino durmiéndolo con una pócima ¡Lo que pudo llorar cuando se despertó!

Escenas cotidianas sin dioses ni dragones

Te digo que…te digo que…le va diciendo Marcelo  a su mujer que camina unos pasos por delante, tanteando con sumo cuidado el terreno resbaladizo. Los dos van muy bien pertrechados para el tiempo gélido: gorros de lana, guantes, forros polares y camisetas térmicas. Han salido a ver si encuentran algo de fruta, verdura y pan. Marcelo acaba de ver a un camarero en manga corta retirando la nieve con una paleta, es la que usan para la plancha en el bar.  Con ese instrumento lleva un buen rato retirando nieve. Y con mucha paciencia y sin desánimo ha conseguido despejar una pequeña zona circular, lo justo para instalar una mesa y dos sillas. Mientras tanto,  en una de las muchas ramas tronchadas otro camarero ha colgado  un cartel con una flecha dibujada y debajo el claro mensaje: aquí café.

¡Qué te digo!, exclama esta vez Marcelo, ¡qué te digo!

Dos ya se han sentado a desayunar y a mirar el espectáculo de las calles blancas.

No sé qué me dices, Marce, es imposible que te oiga con el ruido de esa máquina y si me doy la vuelta, no me quiero dar la vuelta, el suelo resbala mucho, la gente se rompe las piernas y los brazos, esto es puro hielo, ve con cuidado…solo nos faltaba acabar en las urgencias de traumatología y que allí, en lo que nos colocan la escayola, nos llevemos de premio lo que ya te imaginas,  solo nos faltaba, estate atento, ya llegamos a la frutería.

Nada de nada, estanterías vacías, proclama Marcelo, lo que se dice nada. Siente cierta satisfacción al comprobar el desabastecimiento. Normalmente ir a la compra es un trámite rutinario y aburrido, quieras que no, salir de peligrosa expedición por un paisaje siberiano en pos de la  única mandarina del barrio tiene su punto emocionante, al menos por un día.  En dirección contraria vienen los padres de Hugo, ese niño que estuvo en clase con uno de los suyos.

Son los padres de Hugo, susurra Marcelo al gorro de su mujer.

Como para reconocer a nadie con estas pintas que llevamos todos, si ya con las mascarillas no conozco a la gente, añádele estos avíos como del polo norte y camuflaje total.

Ni gota de pan en el Ahorra Más, ni de molde ni nada, en Día tampoco queda nada,  tampoco hay huevos. Vamos a cruzar la plaza para ver si un poco más allá…

Ni lo intentéis, de ahí venimos nosotros y no vais a poder cruzar, es puro hielo y la nieve llega, no sé cómo decirte, nunca vi nada igual, gran parte de los árboles del parque se han tronchado, no una rama ni dos, no, el propio árbol partido por la mitad. Muertos, cantidad de muertos. Daniela  ha estado a punto de llorar.

Llorar, no, dice ella, no exageres, pero te da una cosa, un malestar…

Suerte para la familia, suerte para hijos, hijas y padres y para toda la familia y feliz año, mucha suerte para todos, dice la mujer que pide en la esquina.

Marcelo se toca los bolsillos pero no lleva nada suelto, ya nunca paga en metálico y ahora no sabe qué hacer, esas situaciones le ponen nervioso. Feliz, año, feliz, año, le contesta con culpa sabiendo que no se trataba de eso. La mujer ya está repitiendo lo mismo al siguiente que pasa.

Todo muy difícil, todo muy mal,  suerte para la familia, para los niños, para el padre, para la madre y feliz año, señor.

En una de las calles estrechas, Abdelkader Slimani, Toñín para los amigos y conocidos, hace alardes de fuerza retirando bloques de nieve, le gusta que sean grandes y los desplaza en brazos, luego los tira en un rincón donde ya se ha formado una montaña, cuando estrella  la tercera mole, Margarita la del segundo, aplaude en bata desde la ventana.

Ole con ole, eres el increíble Hulk, Toñín.

Sí, sí, para aplausos estamos ahora, dice la planchá que sale vestida como si estuviera en Baqueira, bastones de nieve incluidos,  mira cómo está la calle, impracticable,  ¿y la basura, dónde la dejo? Porque yo en mi casa no la voy a tener almacenada, eso por descontado.

No se preocupe, que esta noche la llevamos toda hasta la calle Príncipe que ya está casi despejada, por ahí sí podrá pasar el camión. A la calle Príncipe que va, eres tú el príncipe azul que un día soñeeeé, canta entusiasta Toñín mientras iza otra masa helada y la del segundo repite aplausos.

El circo de siempre multiplicado por cien, se dice a sí misma la Planchá, esto es desolador,  voy a ver si encuentro huevos y no me mato de aquí a la esquina.

Del escaparate de la floristería elegante todavía cuelga una guirnalda navideña, está tejida con ramas verdes y  bolitas rojas. La Planchá le pega  un tirón y se la echa al bolso. Para la próximas fiestas, ya tengo lo de la puerta, mira qué bien, ¿son esos los Urrieta?, ay que sí, el pesado de Marcelo, y sin poderme cambiar de acera, me hago la loca y ya.

Hinca los bastones y avanza poniendo los ojos en un punto imaginario de un imaginario horizonte.

Suerte que Marcelo acaba de ver otra escena que le interesa más, es Remedios que, a falta de bastones de montaña, se ha agenciado el palo de la fregona y con ese instrumento surca la nieve a gran velocidad. Detrás, jadeante y con cara de susto, va su cuidadora en zapatillas torcidas, “no corra tanto, mi señora Reme, que no la alcanzo, está esto friísimo”

Te digo que…te digo que…, dice Marcelo por todo decir.

Al llegar al portal se encuentran con Toñín armado de pico y pala. A su lado fuma el profesor de matemáticas. Fuma y observa, a veces mueve la cabeza como si dijera que sí, que es fantástico el espectáculo y otras como si dijera que no, que esto ha sido un cataclismo y una desgracia. Finalmente lanza la colilla a la nieve donde se apaga con un fssssss.

Los árboles yacen desplomados sobre los coches o atravesados impidiendo el paso. Los opinadores brotan en cada esquina. Algunos son partidarios de ponerse a retirarlos, de tomar la iniciativa, otros consideran que ni hablar, que lo haga el ayuntamiento, los militares, el Gobierno, que bastante tienen ya con lo de cada día como para ponerse a hacer tareas que les sobrepasan. Una cuadrilla de jóvenes ha entrado en acción y ya está levantando cadáveres. Los que fuman porros y escuchan  música en la valla han vuelto, se han sentado sobre la nieve a seguir apaciblemente con sus costumbres.

El vecino que vivió en Minesota dice que esto no es nada, que qué exagerados todos, que no hace tanto frío, frío son los menos cuarenta, ahí ya cierran los colegios porque si sales a la calle se te congela la cara, directamente.

Este es gilipollas, ¿no?, se pregunta Margarita que ya se ha vestido y ha bajado a hacer tertulia con el profesor de matemáticas y con Toñín.

Digo yo que estoy empezando a creer que lo del calentamiento global es mentira, a ver esto entonces de qué calentamiento sale.

El profesor de matemáticas trata de explicarle, sin mucho éxito, que estos fenómenos tan extremos e inusuales se deben precisamente al cambio climático, una corriente que sube, otra corriente que baja.

Bah, dice ella muy poco convencida. Anda, tú, han puesto mascarilla al muñeco de nieve. Eso me recuerda que han ingresado a la madre de Leo, está grave, se va a morir, pero tranquilos, tranquilos, que no ha sido pandemia. Es…no lo sé, pero pandemia no es lo que tiene.

Toñín contempla su plantita, la cubrió con un envase de plástico de pollo asado y algo verde reluce por debajo. Hierbabuena, explica.

Pues nos hacemos un té de esos de tu tierra, dice Margarita agachándose a mirar la hojita enclenque.

La planchá ya vuelve con su guirnalda navideña escondida en el bolso, sin huevos.

Qué putiferio, qué sin Dios,  masculla  mientras empieza a subir escaleras. Desde marzo no ha vuelto a subir en ascensor, ni piensa.