Jazmín con tortilla

Había tardado un poco en darse en cuenta pero ahora ya sabía que cuando ella utilizaba en la frase un diminutivo, corría peligro. Y acababa de utilizarlo, había dicho, ¿y que es ese jueguito al que te has aficionado tanto? ¿Es que no veía que era un sudoku? Claro que lo veía, pero quería que él dijera, “nada, solo es un sudoku” y que al decirlo se sintiera culpable por estar encajando números, o numeritos, en las cuadrículas mientras ella estaba haciendo lo que estuviera haciendo.

No había mirado exactamente qué estaba haciendo, ah, ahora ya lo veía, dar la cena a los niños y lo hacía de una manera muy aparatosa, haciendo mucho ruido, para que quedara claro que lo estaba haciendo. Seguro que luego, cuando se sentara diría, “buffff, estoy muerta, hoy ya no puedo más”.

Pero empezaba a sospechar que esos movimientos exagerados acompañados de ruidos se desplegaban para él, como una puesta en escena, casi podía asegurar que cuando no la veía era de otra manera. Puestos a competir en cansancio, competían mucho en cansancio, él también estaba muerto porque ir a la playa cada tarde acarreando niños y trastos era mucho peor que ir a trabajar. Por lo menos en el curro había aire acondicionado y no ese sol salvaje. Por lo menos te sentabas delante de una pantalla y no oías lloriqueos ni protestas ni vocecitas que reclamaban.

Agüita, agüita, se había pasado las tres horas llorando el pequeño porque quería un zumo o bañarse o agua, o las tres, qué sabía, otro con los diminutivos, como la madre. Y para colmo en compañía de la orca asesina de goma tamaño casi natural que les había regalado el suegro a los niños, claro, como él no la tenía que transportar.

Móntanos otra vez , papi. Cien veces les había montado y otras cien les había desmontado, se había dejado las lumbares haciéndoles circuitos en la arena para que pasearan los camiones, estos también casi de tamaño natural, regalo de la cuñada, o cuñadita,pero, ¿qué le pasaba a esa familia con los tamaños, por qué lo regalaban todo tan grande? Estaba casi seguro de que había algo de mala intención en esa desmesura. Les había puesto la crema como ella le había dicho y aun así, al volver, la bronca, “¿pero no has visto que Miguel tiene los hombros quemados?, te dije que le pusieras la camiseta además de la protección, de verdad, si es que…

Olía a jazmín, en esa casa olía a jazmín y al lado había un huerto. Un señor que se llamaba Abel pasaba cada mañana y lo cultivaba. Desde que habían llegado les regalaba casi cada día un calabacín, el último había sido tan grande que llevaban una semana comiendo preparados variados a base del calabacín grotesco. Como si fuera de la familia, el tal Abel, de la familia de ella. Ahora estaban en la fase del puré y por suerte ya era el final. Purecito, que os comáis el purecito, oyó que les estaba diciendo a los niños con ese tono de voz irritado que avisaba de un potencial estallido.

Por eso, como medida preventiva, dejó el sudoku sobre la mesa y salió a dar una vuelta con la bolsa de basura en la mano, para disimular. Voy a tirar la basura, gritó.

Lo apunto en mi diario, contestó ella. Era una frase sacada de una serie y se la repetía cada vez que él decía algo que no le interesaba, o sea, unas cuantas veces al día. Qué graciosa.

Hacía un calor pegajoso y húmedo y tuvo la sensación de ser el tropezón de una sopa. Por ese camino todavía olía más a jazmines, era un olor bueno pero mareante de tan intenso y se mezclaba con otros olores que salían de las casas: pescado frito, tortilla francesa. El olor de las cenas.

Por detrás de las palmeras se veía una franja de mar completamente inmóvil, no había brisa, solo ese calor que aplastaba y que hacía que todo pareciera enfermo. Se sentó en un banco con la bolsa de basura en la mano y se quedó mirando el trozo azul. Todo en la vida venía mezclado y si había pureza duraba poco: el jazmín con la tortilla, el amor con esa irritación, esas ganas de estar solo, de escapar.

Oyó unos pasos por detrás o, mejor dicho, unos pasitos: Miguel en pijama y zapatillas venía corriendo cuesta abajo. Se sentó a su lado, le apretó la mano con su mano pequeña, sudorosa, muy caliente. Señaló el mar con la otra y dijo: “agüita”.

Realidad disminuida

Mientras avanzaba buscando la sombra por los senderos del parque he visto o avistado, cual si fuera un ave en su jaula, a la Esme en el interior de su quiosco. Se hallaba en pleno estudio y observación del cartel de los helados y digo estudio y observación porque la mujer se había puesto las gafas para consultar los precios, y eso que están bien grandes escritos. Qué ceguera le aqueja, pobre. Como me ha dado lástima me he ofrecido a ayudar.

¿Te ayudo, Esme, te leo los precios? que con tanto quita y pon de gafas mirando ora el paisaje, ora el cartelaje, te vas a marear.

¿Ora?,no te hagas la castellana antigua y ,además, ayuda ¿por qué, si puede saberse? estas gafas no son de vista cansada, como tan groseramente creo que has insinuado, son de realidad aumentada. Veo cosas que tú no ves pegadas a lo real, información añadida,datos supletorios, pero no te las voy a dejar por si me las rompes, ni me lo pidas.

Bueno,bueno, pues no te las pido, si yo con lo real ya tengo bastante. Mira como está el cielo de golondrinas , me encanta verlas volar.

Asco pájaros,tú, en cuanto aparecen llegan los calores. Perdón,arrancan los calores.Es la palabra de moda, ya nada empieza ni comienza, todo arranca, como si tuviera motores. Arranca la Feria del Libro, arranca el verano, arranca la campaña de la renta, arranca la séptima temporada de Juego de tronos, arranca el fin de semana, arranca la Cumbre de la OTAN, arranca la Fórmula 1, eso sí es verdad que arranca, ahí está bien utilizado,arranca la Tercera guerra mundial a poco que nos descuidemos y arranca su puñetera madre, con perdón.

Hija, Esme, la realidad aumentada te vuelve ordinaria, no digas esas cosas que está delante la niña y en plena fase de descubrir vocabulario.

O sea, que arranca a hablar la Morganina, eso está bien, me dice mirando algo que solo ella percibe con sus gafas de ampliación de la realidad.

La verdad es que como se reía mucho enfocando en dirección a un horizonte común y yo ahí no veía nada gracioso, me estaba picando la curiosidad, lo mismo las gafas mágicas le estaban proyectando algo divertido y si no insisto, me lo pierdo, así que he insistido,¿me las dejas un poco, Esme?

Claro que te las dejo, panoli, verás qué bonito todo y qué bien aunque, si te digo la verdad, yo más que realidad aumentada preferiría realidad disminuida porque anda que no es fea la realidad a veces, está hecha unos zorros la realidad, ni verla quiero, me deprime mucho, como para que además te la aumenten y te peguen añadidos por encima, menudo pastiche, pero bueno, dime ¿te gusta el espectáculo?

Pues,no sé, yo sigo viendo las golondrinas pero como deformadas, vuelan con mucha aumentación, eso sí. Anda, toma, te las devuelvo que me estoy mareando,ya me he dado cuenta de que me estás tomando el pelo, maja. La realidad, sin aumentar ni nada, es que estás presbítica perdida. Vamos, que si querías realidad disminuida ya la tienes, no sé de qué te quejas.

Arranca la amiga borde y sincera ya desde por la mañana. Y la de horrores que quedan todavía hoy por arrancar, ya oigo, ya oigo esos motores calentando, se pone ella con cara de martirologio. Si solo fuera la vista lo que se me cansa…

¿Será la exageración otro efecto secundario de la edad?

Oposición interna

Algunas tardes iba a casa de una amiga que se llamaba Natalia para ver si con su ayuda lograba entender las matemáticas. Nos sentábamos en la mesa de la cocina y con mucha paciencia me explicaba lo que tocara, mi ineptitud le hacía gracia y se reía un poco pero sin mala idea, era una especie de asombro al comprobar lo difícil que le puede resultar a otro lo que para uno sale de forma natural, sin apenas esfuerzo.

No conseguía concentrarme en sus explicaciones y mucho menos entenderlas, mi atención se volcaba en otros detalles, en cualquier detalle. Me despistaba con el frutero que estaba colocado a un lado y que tenía forma de hoja, con un calendario en el que aparecía el dibujo de una granja, con la cenefa de los azulejos pero,sobre todo, con un gesto que Natalia hacía cada cierto tiempo con el pelo. Se lo echaba hacia atrás con la mano y su melena se movía por encima del hombro como si fuera un ala. El pelo se separaba y luego se volvía a juntar para caer liso y unido, ala cerrada, perfecta. Ese efecto me fascinaba.

En casa trataba de imitar el movimiento delante el espejo pero no me salía, no se parecía en nada a un ala desplegada, en mí no quedaba bien. Pensaba que si me hubieran puesto de nombre Natalia otros fenómenos favorables se hubieran desencadenado: el pelo me habría crecido liso, se me habrían aclarado los ojos hasta azulear, sería buena en matemáticas sin necesidad de sufrir y tendría dos hermanos mayores que me adorarían, que me agarrarían de las manos y me harían girar y girar hasta que el mundo entero se me desdibujara, como le hacían a ella cuando aparecían de repente.

Pero no me habían puesto Natalia de nombre y todo se había estropeado. Ni siquiera tenía unas botas elegantes, blancas y altas, que se abrochaban por delante con unas tiras. Quería unas iguales y las había pedido pero mi madre decía que eran horribles y nada apropiadas para una niña, que no entendía cómo dejaban a mi amiga ir al colegio calzada así. Qué sabría ella de belleza ni de deseos. Nada. Yo sabía más que ella, en esas botas blancas había belleza. Y los deseos, la belleza y el amor estaban muy relacionados.

Me había enamorado un poco de uno de los hermanos de Natalia, pero no de todo el hermano, solo de los brazos y de la voz. A veces, cuando mi amiga me abría la puerta, estaba tirado en el suelo levantando una silla o haciendo flexiones para muscularse. De la cara no me había enamorado, se parecía demasiado a Joe El Indio del libro de Tom Sawyer, personaje que me aterrorizaba.

Como los brazos no podían llevar incorporada una cara que me diera miedo, les puse la cara del hermano pequeño que era más neutra y no se parecía a nadie, pero se me escapaba y desdibujaba, rebelde a mi fantasía. Se la borré y le dejé una cabeza blanca, sin rasgos, una cabeza genérica, tampoco era tan importante que los brazos no llevaran cara, lo importante era que abrazaran y que fueran acompañados de la voz.

Antes de dormirme y para resarcirme del mal trago pasado con las matemáticas, empecé a soñar cada noche un rato con abrazos fantasmales. En esa película que yo misma me proyectaba llevaba puestas las botas blancas. Cuando los brazos me soltaban me apartaba la melena lisa con la mano haciendo efecto de ala y con los ojos entrecerrados oía una voz que no provenía de ninguna boca y que decía: te quiero.

Ya me había dado cuenta de que si explotaba mucho la fantasía añadiéndole demasiados detalles, como por ejemplo situando la acción en algún lugar concreto, o la prolongaba en exceso, se me estropeaba. Cobraba vida propia y se deformaba o introducía sin mi consentimiento elementos no deseados, como si se burlara de mí: aparecía mi abuela con una bata muy fea que se ponía para estar por casa,llamándome; se me desataban las botas y me caía o nos daban a los dos un balonazo y su cabeza de marca blanca salía volando por los aires ¿Cómo podía burlarse de mí el sueño si era yo la que lo inventaba? Pues podía, la ensoñación no era mía del todo o, aún peor, sí lo era pero había una parte de mí que se me oponía.

Cuando mi partido opositor empezaba a incordiar abría los ojos y contemplaba el cuarto en penumbra para situarme en la realidad y darle esquinazo. Miraba el fondo de la litera de arriba donde dormía mi hermana, la mesa en la que estudiábamos y donde había tratado de repetir con bastante poco éxito las operaciones que me había estado explicando Natalia, el espejo de la esquina donde también con poco éxito, había copiado el movimiento del pelo, la silla con nuestros zapatos del colegio debajo preparados para el día siguiente, unos mocasines de color azul marino.

En esos momentos sabía con seguridad que por muchos días siguientes que pasaran nunca llevaría unas botas altas y blancas atadas por delante con unas cintas. Qué rabia. Cerraba otra vez los ojos invocando a los brazos sin cara para que me dieran un último abrazo enamorado antes de dormir. A veces me lo daban y me dormía feliz, pero otras no.

Que mis deseos no me fueran concedidos en la vida real me fastidiaba pero que tampoco lo fueran dentro de mis propios sueños por culpa de esa oposición interna burlona que me habitaba era todavía peor. De manera intuitiva también empecé a saber que tendría que aprender a convivir con la oposición porque por muchos días siguientes que pasaran ese lado enemigo que era tan mío como el aliado, no iba a dejar nunca de contrariarme ni a dejarme soñar en paz.

Rentas básicas

Apañada estoy.Dice el Toni esta mañana que se queda en casa y que probablemente se siga quedando las siguientes mañanas y tardes de su vida mortal porque la renta básica universal está al caer.

Sí, ya, Toni, claro, pero mientras tanto no estaría mal que te fueras para el bar, no vaya a ser que no caiga a tiempo y no podamos pagar el alquiler ni la luz ni la comida ni, sobre todo y esto si que no quiero ni pensarlo, la conexión a internet.

Paleta, va y me salta. Y atrasada también, ¿no ves que la mayoría de los empleos son inútiles y más que lo van a ser debido a la tecnología? Me quiero dedicar a algo útil y satisfactorio, lo estoy meditando. Y también estoy elaborando unas cuantas teorías sobre temas diversos que ya te contaré. No las entenderás lo más seguro pero intentaré explicártelas de forma sencilla, para que luego digas que no me comunico y que soy taciturno.

Te agradezco mucho que te vuelvas comunicativo pero casi que preferiría que fueras a trabajar aunque a la vuelta no hables, total, ya me había acostumbrado a tus silencios. Es que eso que dices de que nos paguen por vivir no lo veo yo muy realista, majo.

Es una utopía posible, dice repantigándose en el sofá y poniéndose a leer tan a gusto el hombre.

Eso de la utopía que dice me suena que lo estudiamos en el colegio, se pone la Noe, lo que pasa es que no me acuerdo de qué iba, pero nos tuvimos que leer un rollo libro que pa qué, de eso sí me acuerdo. Bufff, ¿otra vez no va a currar? Antonio, tienes un morro que te lo pisas. Yo no le pago a este los gastos, eso que quede claro desde ya y corre, Eva, que llegamos tarde.

Eso, eso, id corriendo a trabajar como las antiguallas proletarias que sois, si lo que sobra precisamente es mano de obra no cualificada, sin embargo, cabezas pensantes como la mía hay pocas. No deis portazo al salir que me desconcentro. Qué asco de país y qué atrasados estamos, puede que emigre a Finlandia en breve, le hemos oído decir antes de ponerse a elaborar esas teorías suyas que no vamos a entender.

Y ahí se ha quedado inaugurando sin estrés el fin de semana, a la espera de nuestras rentas que otra cosa no serán pero básicas…

Costumbre

En la boda de Álvaro y Gabriela, una señora se comió un plátano de la decoración frutal del centro de la sala. Alguien la vio escurrirse por el pasillo con el plátano en la mano y pegarle tres mordiscos en un rincón antes de entrar al baño donde seguramente tiró la cáscara. Normal, teníamos hambre. Pasaron unas bandejas con jamón que interceptaba el hermano del novio en la entrada,él ya debía de saber que luego no había nada más, y otras con canapés que no llegaban nunca hasta el final, donde estábamos nosotros.

Pero no nos movimos porque pensamos que luego nos darían la cena. Para eso, para cenar, estaban puestas las mesas con sus manteles, platos, cubiertos y unas velas floridas en el centro aunque pasaba el tiempo y nadie se sentaba. Solo cuando se sentaron los primeros, unos señores mayores que ya no aguantaban más de pie, los seguimos los demás.

Álvaro andaba muy nervioso de un lado para otro, vimos que hablaba algo con su hermano y entonces el interceptador del jamón nos pidió que no nos sentáramos, que las mesas no estaban para sentarse, ¿pues para qué estaban entonces? Demasiado tarde, ya nos habíamos sentado todos, la del plátano también, masticando todavía.

Supongo que por hacer algo entre plato vacío y plato vacío, la novia empezó a circular por las mesas para besarnos a todos y hacerse una foto con cada grupo. Sin ánimo de ofender,no estaba nada favorecida, parecía un huevo duro con ese moño hacia arriba y tan blanca toda ella, pero los que se sentaron con nosotros , que seguramente eran muy amigos, no hacían más que decir,” ay, qué guapa está Gaby, está guapísima, impresionante”.

Sí, sí, que te lo has creído. Claro, nosotros no dijimos nada. Bueno, Carlos sí dijo, dijo lo mismo que llevaba diciendo todo el viaje en coche,” mira que casarse ahora que nadie se casa y encima tan lejos”. Y noté que eso no les había hecho gracia a los amigos, sobre todo a los que formaban una pareja de esas desiguales, ella muy pequeña y él muy grande, bien porque estuvieran muy a favor del matrimonio o porque nuestro lejos fuera su cerca. Yo que sé, nos caímos mal. Y con la otra pareja de la mesa, que eran todo lo contrario, tan iguales que parecían hermanos, lo mismo, no había conexión y nos mirábamos con desconfianza.

Al cabo de un rato de hablar de tonterías como que qué calor está haciendo y esto va a ser el cambio climático y qué raro está el tiempo y no me extraña con todo lo que le hacemos al planeta Tierra, lo típico, vamos, un camarero dejó caer sobre la mesa, a modo de dádiva, un plato con unas cuñas de queso y unos picos de pan. Voló en un momento y el pan también. Y otra vez a pasar hambre y a buscar temas de conversación.

En la mesa de la del plátano se lo estaban pasando muy bien, o eso parecía por los gritos y las risas ¡Vivan los novios!, gritaron muy oportunos ya que se trataba de una boda y, a continuación, “¡que se besen, que se besen! y ya cogiendo impulso, ¡que se morren, que se morren!”

Mucho han tardado los de Cuenca, son impresentables, dijo la mujer de la pareja desigual. Se hacía la fina pero cuando trajeron el plato con las seis gambas bien que se tiró encima con muy pocos modales.

Y Carlos, otra vez, como si siguiéramos dentro del coche por esas carreteras con girasoles a los lados, los dos solos, “¿pero para qué se casa la gente? Contraer matrimonio, pero si el mismo verbo contraer lo dice, lo mismo se contrae una enfermedad que una costumbre, o las dos a la vez, eso significa contraer”. Y yo, cállate, Carlos que estás metiendo la pata. Y él, pues no me da la gana, digo lo que pienso. Tiene una manía con decir lo que piensa… si lo que se piensa es justo lo que no conviene decir, será tonto. El grande que iba con la fina y que además tenía bastante cara de simio, nos miró con un odio que hasta miedo me estaba dando.

Por salir del terreno pantanoso en el que habíamos caído, volví al clima, “y cada día llueve menos, qué terrible la sequía, nos vamos a acabar matando por el agua”. Por el agua y por las gambas, soltó Carlos mirando a la fina que chupaba una cabeza o más bien la succionaba con fruición. Pero no le oyeron, menos mal, porque justo en ese momento volvieron los de Cuenca a sus gritos tribales o rituales o lo que fuera aquello. Y para remate, uno de ellos se levantó de la mesa y dio una voltereta en el aire mientras los otros le aplaudían.

Pero qué horror, no me lo puedo creer, de verdad que nunca he visto nada igual, dijo la fina depositando la cabeza reseca en una esquina del plato como si le diera asco a posteriori. La pareja de iguales como hermanos se empezó a reír pero por lo bajo, eran muy discretos ellos y no se pronunciaban en ningún sentido. Se oyó un trueno y al rato otro.

Por fin se animaron los novios tacaños a partir la tarta. El de las volteretas dio dos seguidas para celebrar que por fin se iba a llevar algo a la boca. No nos gusta el dulce a ninguno de los dos pero nos la comimos y hasta nos supo buena. Otro trueno y muy fuerte pero de agua, nada. Era una tormenta eléctrica, seca, qué cosa más triste, avara ella también. Como el cielo que estaba todo grisáceo y pesado.

Me hubiera gustado quedarme a bailar un rato, ya que estábamos,es lo más divertido de una boda, pero Carlos se quería ir, siempre se quiere ir de todas partes en cuanto llega, empieza a mover la pierna y a hacerme gestos señalándose el reloj. En el coche, con los girasoles a los lados otra vez, pensé que aunque no estábamos casados también habíamos contraído algo. Una costumbre, la de estar juntos. Se lo dije para picarle pero otra costumbre que ha contraído, esta solo él, es la de pasar de lo que le digo, como si no lo oyera. Puso una música que antes nos gustaba a los dos pero que ahora a mí ya no me gusta. Él se cree que sí.

Sí, acepto

No puede ser lo que acaban de escuchar mis tímpanos auditivos, pero si la Esme le está diciendo “sí, quiero” a la pantalla del ordenador. Ay,madre, que esta se ha vuelto a meter en el chat de los novios y se está casando por lo virtual. Tengo que alertarla de que corre un serio peligro de caer bajo las zarpas de cualquier pervertidor de mayores,que de todo hay en la viña de internet.

Esme, maja, antes de que sea demasiado tarde, no te cases con ninguno sin haberle visto previamente la cara como mínimo, no vaya a ser que te lleves un susto muy malo. Pero si vas a lanzar el ramo de novia, que sea cerca, si lo pillo al vuelo lo mismo el Toni…

Pero, ¿de qué casorios me hablas a estas horas de la mañana y de qué ramos y de qué necedades variadas? He dicho que sí, que acepto la política de cookies porque si no acepto no me deja continuar con la navegación y, claro, es mi hora de navegar de aquí para allá.

Venga: sí, quiero. Y ya van como diez que he querido. Pues ahora que lo pienso me empiezo a preocupar, le he dado mi consentimiento a demasiadas galletas, menos mal que estas no engordan. Soy toda suya.

¿Pero de quién, Esme?

Del Big Data, hija, de quién va a ser. Una vez intenté engañarlo pero era muy cansado estar todo el día visitando páginas sin interés solo para confundir. Así que ya me he dado por perdida, como todos, todos nos hemos dado por perdidos a cambio de que nos deje nuestros juegos y nuestras redes sociales de nuestro amor, sin percatarnos de que para red en la que hemos caído nosotros. Pescados y bien pescados estamos y venga a soltar información para que otros se forren a nuestra costa.

Y muchas ni siquiera te lo preguntan, te dan por casada directamente, “al usar nuestra página web usted acepta el uso de…” y una parrafada muy larga y muy aburrida para que no se la lea ni el Tato, ¿Quién será el Tato, que nunca quiere hacer nada? No sé, bueno ¿y qué me traes en el pico?

¿Qué?

¿Que qué me quieres contar?, te veo con cara de que algún problema o inquietud te ronda. A ver, que te lo adivino, ¿el Toni no quiere tener hijos y tú sí, la Patricia está de mal humor y te ha puesto a limpiar debajo del sofá o te aburres y quieres que yo te saque de tu rutina con algún proyecto relacionado con el grafeno o los extraterrestres?

Sí, quiero

¿Qué quieres?, mira que a mí no me va el poli amor, por el momento. Y además no eres mi tipa ideal.

Que no, Esme, que digo que sí, que acepto tu política de cookies o de lo que sea.

Ah, bueno, en ese caso, vamos allá, primero la carta que es lo más fácil. “Estimados seres allende las galaxias: mi amiga y yo estamos hartas de todo pero de lo que se dice to-do. Venid antes de que empiece la Feria del Libro y se ponga este parque perdido de escritores, firmadores, más lo segundo que lo primero, y chefs.

Venid antes de que lleguen los calores veraniegos, los sudores y los olores.

Venid antes de que..siga aceptando cookies sin control ninguno.

Que vengáis ya, que me aburro, leches.”

Ya está, luego la mandamos por correo sideral y ahora vámonos a contemplar y a oler las rosas que están en todo su esplendor. Duran muy poco, “ayer nacieron, morirán mañana”, que dijo un tal Góngora. Además, es el placer más al alcance de la mano que tenemos y entre sus pétalos no está el ojo ese que acecha, que yo sepa.

En eso tienes razón, así que : sí, acepto. Y la Morganina también.

Madame Charín

Al poco tiempo de quedarse viudo, exactamente dos semanas después, el tío Aurelio ya tenía otra mujer en casa, Rosario, de una edad más cercana a la de sus hijas que a la suya. Lo primero que hizo Rosario al entrar fue cambiar los muebles de sitio para borrar en lo posible el rastro de veinte años de la anterior. Como no había tanto espacio como para hacer reordenaciones coherentes, los muebles quedaron en posiciones absurdas, el sofá delante de la puerta, por lo que para entrar al salón había que rodearlo por un lateral metiendo mucho la tripa o saltar por encima, y la televisión en una esquina con la mesa delante, tapándolo.

Llenó la terraza de jaulas con canarios que estaban todo el día canta que canta, colocó geranios de colores en las ventanas y agrupó todas las fotos de la tía Juana, la primera mujer y para algunos la única verdadera porque con Rosario no se había casado, encima de una mesa auxiliar. Las adornó con un jarrón con flores de plástico y dos velas, una a cada lado, y cada vez que pasaba por delante decía, “que Dios te tenga en su gloria” y añadía más por lo bajo “que yo ya tengo la mía”.

Las otras tías, dos de ellas hermanas de la fallecida, decían que Aurelio había tenido escondida a Rosario en un armario. Era una forma de dar a entender que ya habían sido amantes mientras Juana vivía, pero a mí me gustaba imaginarme a la Chari, como la llamaban no con muy buena intención, abriendo las puertas del armario de una patada y saliendo al fin triunfal con sus pájaros posados por los hombros y en los brazos los tiestos floridos como si fuera la mismísima primavera.

Aurelio quería que su Rosario fuera bien aceptada en la familia y también respetada. Eso de que las otras mujeres, con los hombres no había problemas porque como era joven y guapa se los tenía ganados, la llamaran la Charito, con el la delante, no le gustaba nada. Un día, en una comida familiar, Aurelio se refirió a ella como Madame Rosario, nombre que fue reconvertido al instante con mucho cachondeo en Madame Charín y con él se quedó ya para siempre.

Para adaptarse a su pareja, Madame Charín se volvió vieja de mentira. Se peinaba con un moño en la nuca y se vestía con unas batas sueltas que le hacían parecer gorda aunque no lo estuviera. Cuando el tío Aurelio enfermó dejó el trabajo para dedicarse a cuidarlo. De vez en cuando, para despejarse, salía a su terraza acristalada a hablar con los canarios y a echarse las cartas del tarot. Si la tirada no le salía a su gusto lo achacaba a que era un juego tonto y supersticioso pero si sacaba cartas favorables movía la cabeza hacia los lados diciendo, “quién sabe, quién sabe, a veces esto acierta”.

Cuando pasaba por delante de la mesa con las fotos de Juana ya no decía “Dios te tenga en su gloria que yo ya tengo la mía”, se la quedaba mirando y lo sustituía por, “un poco de paciencia,que enseguida te lo mando”. Y al año, cansada de hacer de enfermera o tal vez obedeciendo los designios de alguna de sus tiradas de cartas, se lo mandó.