Mes: noviembre 2016

Roldán y sus enseñanzas

El primer libro que me mandaron leer en el colegio fue El Cantar de Roldán, un poema épico medieval. No es de extrañar que algunos niños aborrezcan la lectura de por vida después de semejante trago. El caso es que me gustó pese a que es lo más sanguinario que he leído jamás. Había frases que me parecían muy graciosas y que me gustaba leer en voz alta como “¡antes prefiero la muerte que soportar el escarnio!” o “¡estos engendros están hechos para ser destruidos!”, haciendo referencia a los infieles o sarracenos, esos seres malvados.

El tal Roldán y sus amigos de batalla eran unas malas bestias que se pasaban todo el libro, y era largo, resistiendo fieramente. Para ello cortaban cabezas, partían espinazos, derramaban sesos hasta los pies – lo decía así el narrador, de nombre Turoldo, con estas mismas palabras- y hasta arrancaban almas y las tiraban afuera, también tal cual. Además toda la gesta estaba contada con tal verismo y detalle que estremecía, aunque en algunos momentos tuviera que parar para reírme. Es lo que suele pasar cuando se lleva lo dramático al extremo.

Hace poco volví a leerlo por encima porque  recordaba vagamente muchas muertes y derramamientos de sangre. Recordaba bien, eso es justamente lo que más abunda, pero lo que no recordaba era alguna de las frases con las que Turoldo crea ambiente, esta me gustó mucho por el miedo que da “altos son los montes y tenebrosas las quebradas, sombrías las rocas y siniestras las gargantas”.

Todavía no entiendo el motivo de que “La canción de Roldán” fuera el primer libro que nos mandaran leer en el colegio, creo que estaba en el programa. Por suerte, más adelante, mucho más, tuve un profesor de literatura al que le gustaba mucho saltarse los programas.

Tal vez, aunque lo dudo, querían transmitirnos la importancia de que no nos diéramos nunca por vencidos y para ejemplificar la valentía y el espíritu de lucha nos presentaron a temprana edad al loco de Roland. Ese hombre que con  la boca ensangrentada, la sien rota y los sesos saliendo de sus oídos, seguía tocando el olifante dolorosamente, con angustia.

No era para menos la angustia y el dolor,  estaba a punto de palmarla debajo de un pino, no sin antes mantener una intensa charla con su espada a la que, con gran incongruencia, llama santa. Finalmente, y como nos pasará a todos, muere” ¡Dios!” -exclama-, era muy de exclamaciones, él,” ¡Cuántos sinsabores trae mi vida!”  Posiblemente otro mensaje subliminal para que fuéramos conscientes de nuestra mortalidad y de que la vida siempre te obsequia con  algún que otro disgusto. De  paso también  aprendí qué es un olifante, lo cual obviamente no me ha servido de nada.

 

 

Solo la brisa

Por las calles voy, callejeando, sin querer hoy ser de las calles.

Más me gustaría aparcar los zapatos y subir como el humo que sale de las chimeneas en volutas desordenadas

Más ser algo que crece y se deshace sobre el cielo, de forma cambiante.

Por las calles voy, de un lado a otro, pisando aceras entre otros muchos pisadores de aceras.

Me pregunto cuántos serán falsos sólidos como yo, cuántos habrá que fingen  entender lo sólido y hasta quererlo.

Cuántos de los pisadores quisieran también hoy romper sus contornos, traspasar  su frontera de carne y elevarse sin peso, como locas melenas de viento.

Ojalá pudiéramos alzarnos y ser por un rato como esos pájaros que viven en las afueras, en los bordes de la ciudad, que juegan juntos a volar sobre campos yermos, cruzando sus alas.

O ni siquiera pájaros, solo alas.

O ni siquiera alas, solo la brisa  que brota de batir el aire.

(Cuaderno de DM)

 

 

 

 

Entre cosas raras

A Edgar, mi compañero de mesa, el flequillo le caía como una cortina rubia sobre el ojo derecho. Se lo soplaba, subía un momento despejando la frente y  volvía a caer. Soplaba y soplaba mientras hacía dibujitos en los márgenes del cuaderno : árboles altos y frondosos, hiedras trepadoras, camaleones y un dragón incendiando la hoja desde una esquina.

Un día le pasó algo horrible desde nuestro punto de vista, lo peor que le podía pasar a uno: su abuela vino a  buscarle a la salida de clase,  cuando estábamos todos en corro, antes de dispersarnos. Y no sólo eso, se acercó y dijo por detrás, “Edgar” Y al momento, otra vez. Dos veces llamado por su nombre. Pobre Edgar, qué vergüenza, una abuela, venir a buscarle, llamarle, decir su nombre. De algo así era difícil recuperarse.

Pero a él  no pareció importarle mucho,  se sopló el flequillo como hacía siempre, dijo”hasta luego” y se alejó cruzando la plaza con la señora vieja. Luego nos contó  que habían ido al hospital a conocer a su hermano recién nacido. Su padre se había vuelto a casar con una mujer más joven. Al niño, en un arranque de creatividad, le habían llamado Sirius.

Sirius, Sirius, como la estrella más brillante de todo el cielo nocturno. Nos enseñó una foto en un recreo. Era un bebé rubio y gordo, muy blanco, luminoso.  En los márgenes del cuaderno empezó a aparecer el hermano, la luna tenía su cara o estaba dentro de un nido, en la copa de un árbol.  Los dibujos cada vez ocupaban más espacio en el papel, comiéndose los apuntes. Los apuntes cada vez más escuálidos, perdiendo terreno, invadidos por la hiedra.

La tutora, esa mujer a la que llamaban” la Guernica” porque tenía los ojos colocados a distinto nivel y la boca torcida, le dijo en mitad de la clase de arte, “Edgar, vas a suspender todas como no espabiles, pásate por el despacho de la orientadora.”

Entrar en ese despacho no era muy agradable si estabas desorientado. Lo sabía bien porque ya  había estado allí, sentada en la silla  de la supuesta ayuda, mientras ella  se miraba las uñas pintadas de rojo y preguntaba con desgana, ¿qué quieres estudiar?, no lo sabes, ¿verdad? Era de suponer, los resultados de los test indican que tal vez te iría bien algo relacionado con el servicio, de trato humano, ¿enfermería?, ah, no, que estás en letras. No sé, tú verás. Con estas notas, solo un milagro te puede salvar.

Un milagro para mí y otro para Edgar, a él también le dijo lo mismo. Tampoco era tan imposible. Sucedían cosas raras a cada momento. A primera hora, antes de entrar a clase, habíamos visto una paloma ahorcada en el edificio de la iglesia. Eso era una cosa rara. Edgar se pasó toda la mañana soplándose el flequillo  y diciendo qué fuerte, qué fuerte.  Porque lo era y porque le gustaba decir eso como resumen vital.

Nuestra mesa se encaminaba hacia el precipicio. Él hacía dibujitos y yo los miraba con fascinación.  Sirius dormido en las alas de un pájaro, acostado sobre una nube, enganchado a una rama junto al camaleón, coloreado como él. Desde la esquina contraria, el fuego del dragón caía rojo y naranja inflamando los apuntes. La Guernica pasaba diapositivas de arte románico. Nos íbamos a quemar los dos, la desorientadora lo había dicho.

Sí,tenía razón mi compañero, todo era muy intenso: nuestro revoltijo interno, nuestros deseos, nuestra confusión, nuestras emociones. También debió de serlo el milagro. Porque aquí seguimos, entre cosas raras, entre cosas pero que muy raras, viviendo.

Qué fuerte, pero qué fuerte, Edgar, compañero de pupitre, creador de bellísimos mundos de lápiz , hermano mayor de la estrella más brillante.

 

 

 

 

Pasadizo mágico

Tú tenías un  novio idiota que se disfrazaba con una bata blanca y tomaba la tensión en el Retiro. Yo también tenía un novio idiota que tocaba la guitarra en el parque de Berlín, rodeado de adoradoras. Cómo los odiábamos y amábamos a la vez.

Tú me hablabas de fondos marinos y tesoros  porque querías estudiar arqueología y bucear  y en tu casa tuvisteis durante una temporada un mono, ¡un mono!, un día se  colgó de uno de mis pendientes y casi me arranca la oreja. También había, eso siempre, un gato blanco, guapo y estirado, que me bufaba desde una estantería y un hermano al que le dejabas leer los cuentos que entonces empezaba a escribir para que me sacara fallos.Y me los sacaba, acertando.

Me decías: ha dicho Pablo que este último está muy bien pero que se nota que te has cansado por la mitad y lo has acabado deprisa. Era verdad, ¿cómo podía haberse dado cuenta si todavía estaba en el colegio y nosotras ya en el instituto?  O : ha dicho Pablo que repites muchas veces la palabra destino, que la cambies por otra. Y también era verdad, estaba obsesionada con el destino y lo repetía mucho. Me empezó a dar miedo tu hermano,  su risa burlona de implacable crítico literario en chándal del colegio  cuando iba a tu casa a estudiar.

Tu casa encima de la gasolinera, un poco fría siempre. Cuántas tardes y tardes pasamos en tu cuarto, tan pequeño como el mío pero solo para ti, con vistas a patio de ladrillos amarillos, haciendo que estudiábamos pero hablando, en realidad.  De tu novio idiota  y del mío más idiota todavía. Y de nuestro idiota amor del que no nos podíamos librar y eso era lo malo que tenía el amor, una vez que entraba, apresaba voluntades.

Se te echaba encima repentinamente y ya estabas perdida. Porque tú creías que venía de fuera, como un intruso invasor y yo que lo llevábamos dentro,agazapado, como parte nuestra,como el calamar lleva su tinta, dormido a veces, ahora despierto. Un amor desperdiciado,entregado a las personas equivocadas, queríamos librarnos de él pero a la vez no.

Porque embellecía la vida y hacía que el túnel por el que tenía que cruzar para ir a mi casa, ese túnel lleno de pintadas, meados, humedades y un extraño hombre que vendía pollitos pintados de colores dentro de una caja de cartón, no me pareciese tan feo.

Que me pareciera hasta bonito, pese al triste piar de los pollitos coloreados  y al olor a vino de su siniestro vendedor, un pasadizo que había que atravesar deprisa pero con felicidad y mucha emoción, como si fuera mágico,  porque al otro lado me esperaba la llamada de las ocho, cuando el idiota adorado por todas, salía de la clase de guitarra y me llamaba.

Me advertías: no te fíes aunque te diga te amo ¿Te amo era más que te quiero? Te amo siempre era más que te quiero ¿o no? Sobre eso debatíamos mucho mientras Pablo se comía un bocadillo con un quesito untado dentro, apoyado en una esquina de la puerta, riéndose del debate, abriendo el pan para chupar el quesito,  y tú le decías: das asco,  vete de una vez, pesado. Pero no se iba.

 

 

 

Aportación al otoño

Abajo, en el contenedor, entre cascotes, pedruscos y polvo están las cosas de Manolita. Su cenicero en forma de hoja, sus cazos desportillados, el jarrón violeta con las flores secas, la manta escocesa, el cuadro de los patos nadando en fila por un río con bambúes a los lados, el espejo de marco dorado donde  se miraba antes de salir de casa, donde se arreglaba el pelo teñido de un negro muy negro y se daba el último repaso al carmín extendiéndolo por labios y dientes.

Los platos con el filo dorado que usaba en Navidad cuando venían a comer sus sobrinos, esos sobrinos misteriosos de los que siempre hablaba en el ascensor, con su voz  lenta y pastosa, como si acabara de comerse un polvorón, como si se pasara el día comiendo polvorones.  Las perchas de su armario, un abrigo con el cuello de astracán que pudo ser elegante hace dos siglos, novelas amarillentas de intriga y amor, polvo, polvo, mucho polvo, una alfombra que fue roja y ahora es gris, la tetera azul decorada con floripondios chinescos. Y más cosas y cosas acumuladas durante toda una vida. Queridas, deseadas, protegidas cosas que ahora parecen roñosas, feas y ridículas y que los obreros siguen bajando en sacos, mezcladas con los tabiques demolidos y con jirones de papel pintado.

Y casi al instante, rodeando el contenedor,  aparece un  gran grupo de mendigos, muchos van descalzos porque son la mafia de los descalzos, luego llegan los del clan de las muletas, bastones y otras prótesis que sueltan sin contemplaciones para ponerse a escarbar y después otros más, dispersos, autónomos, mendigos por cuenta propia. Los más profesionales  llevan carros de supermercado y dentro meten  con prisa  todo lo que pillan, sin pararse a hacer elecciones, hasta trozos de muros se llevan. Los demás se guardan lo que pueden en bolsas de plástico o en los bolsillos.

A los diez minutos no queda ninguna pertenencia de Manolita, así de rápido se liquida el rastro material de noventa años sobre la tierra. Solo polvo, nubes de  polvo blanco sobrevolando la acera y el cenicero en forma de hoja. A uno de los recicladores se le cayó al suelo,  justo debajo del árbol, junto a otras hojas verdaderas, como una extraña aportación al otoño.

(Cuaderno DM)

Breve, breve

Pues ya he pasado el mal trago de la  visita a la residencia.  No quería ir sola la primera vez y el Toni se dignó ayer a abandonar su sofá de las lamentaciones para acompañarme. Las lamentaciones también se vinieron con nosotros, eso sí. Qué pesado es, todo el camino de ida,  largo porque la residencia está fuera de la zona de confort, fue protestando del mundo, sus seres vivientes, la inminente llegada del black friday, día que le altera vete a saber por qué  y de las luces de Navidad que ya cuelgan de las calles como una amenaza tapa horizontes, según él.

Al llegar a la residencia se calló de golpe,  es muy sensible para ciertos temas. La doña Marga se puso tan contenta al verme que se levantó de la silla y dio dos pasos como si de un milagro se tratara. Menos mal que una cuidadora muy atenta la sujetó del brazo antes de que se diera el batacazo. No la vi mal,  estaba como siempre, se encogió de hombros como diciendo “pues aquí estoy ahora, qué remedio”.

La sacamos un rato al jardín para que viera los árboles y los colores del otoño, ella nos iba marcando el camino con el bastón como si fuera una guía turística porque el jardín es grande y tiene mucha variedad botánica. Todo el tiempo nos acompañaba una señora bastante rara que iba abrazada a una oveja de peluche. Parece ser una amiga inseparable de la doña Marga. Si nos sentábamos, se sentaba, si nos levantábamos, se levantaba, si nos reíamos, se reía y si nos quedábamos callados le cantaba a la oveja cancioncillas populares.

En el jardín tienen un huerto, unas rocas con tortugas y dos gallinas gordísimas,tanto que  nos costó un rato averiguar de qué especie animal se trataba. Su obesidad se debe a que todas las viejas se entretienen en alimentarlas y se ponen muy  contentas cuando picotean. La amiga de doña Marga también estuvo un rato dándoles pan pero después las miró con odio y trató, sin lograrlo, de atizarlas un puntapié.

Tras un rato de conversación  nos quedamos en silencio.  Las hojas iban cayendo a nuestro alrededor  y la doña Marga  imitó con la mano ese vuelo descendente y luego dijo,”breve, breve,muy breve el recorrido, ¿habrán pasado miedo por el camino?” La amiga, que luego he visto que se llama Beatriz, todos llevan la ropa marcada con su nombre como en los colegios, se echó reír. Debió de  creer que era un frase graciosa y no sé, a lo mejor lo era.

Al Toni desde luego no se lo pareció, por lo bajo me empezó a decir que la alegoría de la hojita le había dado mal rollo y que  por mucho que vistieran el sitio de hotel con encanto eso era un lugar horrible  y que menos mal que había pocos hombres, lo que que indica que probablemente la palme a tiempo.  Primero tiene miedo a morirse pero luego se quiere morir pronto, qué hombre más contradictorio.

” Tanto esfuerzo desde que naces  para acabar otra vez con pañales y coloreando payasitos con la baba colgando.  Te espero fuera, me voy a fumar”, se pone largándose muy digno.

El Toni no fuma  y tampoco es que se esfuerce mucho en general, pero bueno, no le iba a llevar la contraria ni a fastidiar la coartada.  De todas formas, a la doña Marga y a su amiga íntima desde hace tres días tampoco es que les importara mucho su estampida, ni se enteraron.

Una miraba apaciblemente las hojas caer, la otra miraba con ternura a su oveja y le cantaba “esta niña tiene sueño, tiene ganas dormir”. De vez en cuando interrumpía la nana y mandaba a la mierda a las gallinas.

 

Dícese llamar

Hallábase la Esme esta mañana mirando fijamente la pantalla de su cacharro cual si de un caso de aguda nomofobia se tratara cuando…cuando….cuando nada, majos. A ver si os vais a creer que a estas alturas de blog le voy a meter misterio a la trama. Es que no sé introducir misterios, lo he intentado pero no me sale, los dejo inconclusos o se me olvidan por los párrafos, tendré que ir a unas clases de cómo sembrar misterios y luego recogerlos.

Pero a lo que os iba, la Esme estaba mirando muy pero que muy fijo su pantalla personal. Como todas las personas humanas en este planeta Tierra, me diréis no faltos de razón. Bueno, sí, como todos pero con cara de loca perdida. Pues como todos otra vez, cierto, pero como es mi amiga la he sacado de su empantallamiento de un simpático manotazo.

Aterriza, Esmeralda, guapa, que te tengo que contar lo de la residencia de doña Marga y lo del Toni acantonado en el sofá.

Lo sé todo, me contesta la muy orácula

¿No ves que de vez en cuando leo lo que escribes? Por encima nada más, no te hagas vanas ilusiones. Lo de doña Marga me da mucha pena pero se veía venir y lo del Toni lo que me da es risa y también se veía venir, ese quiere vivir a tu costa, desde un principio te lo dije. Y ahora voy a seguir mirando las estadísticas planas de mi blog de los fracasos. Ni un comentario, oye, qué páramo, qué desierto, qué blog de los fracasos más fracasado.

Pues digo yo que si un blog de los fracasos, fracasa es que es tiene mucho éxito porque está cumpliendo con su misión y con su esencia. La frase me ha quedado niquelada pero a ella no le ha gustado, no es fácil de contentar.

Y una mierda (sic)

A esto le tengo yo que dar marcha pero ya. Y voy a empezar en este mismo momento inventándome un comentarista. Ten en cuenta que es un blog-consultorio y si nadie consulta nada no tiene razón de ser. Escribo, atenta: “Dícese llamar Vladimir Vladimirovich”.

Vaya nombre que le has puesto tan así, tan eslavo.

Claro, porque se llama así, es el mismísimo Putin, se siente muy fracasado. Él no quería ser un macho alfa, él no quería entrar de bien joven en el KGB, él no quería invadir Ucrania, él quería ser cocinero como su abuelo y llevar una vida tranquila y reposada. Le apuntaron a judo de pequeño cuando la extracolar que le gustaba  era el ballet clásico, fíjate, y llegó a cinturón negro sin tener la menor intención.  Y venga presiones y presiones para que ascendiera en la vida, qué agobiante. Pobre hombre, está fatal, no hay más que ver ese gesto adusto que se gasta, como de reprimido total. Y ahora paso a darle mis consejos sapientísimos, ¿quieres escucharlos?

Me encantaría, Esmeralda, pero tengo que cumplir con mi jornada laboral y ya voy con retraso, pero no te preocupes que a media mañana, hora bocatajamón, te leo.

Es mentira, no la he leído, es que el saber de antemano que se lo está inventando parece que no pero le quita interés. A lo mejor me lo leo luego, ya veremos y  otro día puede que le deje un comentario falso para que se anime, tengo que pensar quién dígome llamar, alguien que impacte, me lo voy pensando.