Mes: mayo 2019

Por el agujero del pantalón

Al  naturalista se le ha posado una mariposa en la manga de la chaqueta. Iolana iolas, dice levantando el brazo con delicadeza, como si la estuviera llamando y ella  le pudiera responder. Pero la mariposa se va con ese vuelo que le es propio, oscilante, inquieto, el vuelo de una indecisa apresurada. La sigue un momento con la mirada sintiendo no poder acompañarla. Se encuentra en un jardín urbano, en el paseo de los castaños de indias,  rodeado por un numeroso grupo de personas. La tarde de primavera es muy calurosa, demasiado calurosa para ese traje oscuro que se ha puesto pero no había dónde elegir, solo tiene uno, ese: el traje.

La misma palabra que lo designa le resulta áspera, incómoda y rasposa. Si la edad de la vestimenta fuera comparable a la de los hombres, se podría decir que ese conjunto de chaqueta y pantalón tiene su misma edad.  En una de las perneras se ha formado un agujero, conducto que a medida que se agrande lo guiará hasta la nada de los trajes.  Por el momento, igual que él, resiste. Le  queda un poco grande, un poco demasiado suelto y cada vez que camina se mueve formando ondulaciones, desparramado, tendiendo a la no forma, la tela lanza brillos de puro desgaste, reverberando como  un espejismo.

Al naturalista le pesa la cartera que lleva en la mano, grande, de cuero marrón, fue útil en otros tiempos, ahora es la compañera vieja del traje y también  la suya cuando, a cambio de alguna prestación económica, tiene que salir de sus parajes. Dentro guarda las notas que ha tomado para la charla,  pero antes de que llegue el momento del discurso, se ha comprometido a pasear a un grupo de interesados en la naturaleza por esos jardines urbanos.

Está mareado, le pasa siempre cuando sale de su entorno campestre, demasiados ruidos, demasiadas caras, demasiadas voces, demasiado de todo. Los zapatos le oprimen los pies, siente una rabia parecida a la que experimentaba cuando de pequeño le obligaban a estrenar calzado.  Respira hondo, respira, respira.

Reyezuelo real, pronuncia señalando la alta copa de un castaño de indias desde donde se acaba de oír un trino. El grupo se alborota, le hacen fotos con las cámaras de sus teléfonos, no al reyezuelo, que está escondido y ya callado, a él, a él que señala y está expuesto.

Avanzan despacio, pesadamente, como si fuera uno de esos sueños en los que se quiere llegar a algún lado pero las piernas no colaboran. En este caso los que no colaboran son los integrantes del grupo, se dispersan, se distraen, comentan entre ellos  cuestiones personales,   le hacen preguntas sobre la historia de esos jardines que no sabe contestar, no conoce su historia, no le interesa y además le dan cierta lástima, es como visitar un piso piloto de la Naturaleza, una muestra domesticada. En el grupo hablan indignados sobre el cambio climático, sobre la destrucción de la naturaleza, sobre el inmenso basurero en el que se ha convertido la Tierra.

El naturalista trata de escuchar entre ese vocerío el ruido amable del agua que brota de una de las fuentes, es poca cosa comparada con los manantiales y ríos que cada día tiene a su disposición, pero es algo y le calma.

Está intentando aproximarse a la fuente cuando se le acercan unas cuantas mujeres, le dicen lo mucho admiran su trabajo, sus escritos en defensa de los bosques, sus reportajes fotográficos. Quieren hacerse una foto con él, lo rodean sin esperar a que diga sí,  una de ellas hace la foto y después se intercambia con otra para poder salir  también.

Es entonces, en el momento del clic cuando nota un picotazo agudo en el ojo, el dolor es tan fuerte que se desploma, el traje se ondula a su alrededor como si fuera un charco. Todos gritan, se desplazan, un revoloteo de mujeres,  de mujeres que ya no lo son, un revoloteo de mariposas.

Ve a la  Mariola Jurtina con sus alas marrones y naranjas, a la Cupido Osiris con su delicado color blanquiazul, moteada de puntitos, a la  Vanessa Atalanta de rojas y negras alas, y luego llegan más, muchas más,  ligeras y coloridas.  Ocupan todo el paseo, tapan a las mujeres de las fotos,  hacen callar al grupo,  por fin puede escuchar el dulce manar de la  fuente.

Con sus delicadas patas desatan los cordones de sus zapatos,  liberan sus pies, entran y salen danzando  por el agujero del pantalón,  agrandándolo más y más hasta que también él puede pasar a su través.

La tela se deshace y todo se deshace, solo queda la luz filtrada por las ramas,  y un aleteo de pájaros que se refleja en sombra sobre el polvo del suelo.

Cuatro plátanos, media sandía

Martina se ha levantado con unos pelos como si se hubiera pasado toda la noche  en alta mar luchando contra una tremenda tormenta. La realidad es que ha pasado la noche durmiendo en su cama y  como no recuerda el sueño, supone que no ha sido especialmente agitado. A las doce y con el pelo todavía descontrolado,  sin dejarse domar por peines ni ungüentos, ha salido con Pedro a caminar por el parque y sus alrededores, a veces lo bordean y  otras lo atraviesan. Hoy lo han atravesado  por su mitad, por un camino que parece una  cicatriz.

Como es un parque descuidado, casi silvestre,  a los dos lados del sendero  las hierbas han crecido mucho.  Martina  las ha visto ondularse, normal porque el día es ventoso, pero después ha escuchado un ruido y ha visto  salir muy deprisa  algo grande y oscuro, algo que ha escapado. No ha tenido tiempo de verlo bien pero está casi segura que eso negro que huía era una rata. Pedro ha dicho que no, que a él le ha parecido un gato, hay muchos.

Pues a mí me ha parecido rata, ha dicho ella, y él,  no,  era gato,  y así se han pasado todo el camino discutiendo sobre la especie del ser que ha salido de entre las hierbas y cuando han llegado al final del parque ninguno de los dos estaba muy seguro de lo que había visto, incluso Martina  ha empezado a creer que no han visto nada, solo el viento moviendo las hierbas y a lo mejor desplazando alguna bolsa aunque eso, lo que fuera, corría con patas.

Las casas bordean el parque y en algunas ventanas se agitan las coladas de los vecinos como si quisieran escapar de la sujeción de las pinzas, volar de los tendales y hacer vida propia, lejos de los cuerpos de sus dueños. Martina se queda mirando esa agitación de las telas y siente una inquietud que le brota en el pecho,  asciende por la garganta, le sube hasta la cabeza y  allí bulle, encerrada. Tal vez sea eso lo que electriza su pelo.   Las hojas de los álamos tiemblan y susurran, o  más que susurrar, gritan.  Martina cree oír un mensaje cifrado en verde que traducido es, “ díselo ya, díselo, díselo”.

Decírselo se lo va a decir y pronto, ya lo tiene decidido,  pero lo que no sabe todavía es cómo, duda si es conveniente que lleve o no una introducción previa, un rodeo preparatorio o si sería mejor de golpe,  sin prólogo. También duda sobre la posición, si mejor sentados en uno de los bancos, para que se amortigüe el susto que él pueda llevarse o tal cual van, caminando. Pero  sentarse implicaría hacerlo largo, dar explicaciones, decir lo que puede que sea mejor callar. No, no,  mejor breve y directo.

Mira la chavala qué graciosa,  dice él justo cuando ella, decidida ya, iba a hablar.

Es una niña con un vestido azul, largo hasta los pies, princesa suburbana  tirando la basura en uno de los contenedores, en el pelo lleva una diadema de plástico brillante. Se da cuenta de que la están mirando y hace unos giros moviendo el vestido y luego llama a su perra, “Kiraaaaa”.

Se lo digo ahora, piensa Martina, ahora que está distraído mirando a la niña.

Pedro, te tengo que….  Menudo pintas, la interrumpe él, con el anillo ese en la nariz que parece un buey y encima de la gorra, la capucha,  se va para el callejón,  algún lío  se trae con las drogas, tiene mala cara,  ¿damos otra vuelta o nos vamos ya para casa? Tengo que comprar un colirio en la farmacia, ¿no querías tú ir a comprar algo?

Sí,  fruta, luego. No sé por qué te molesta que vaya vestido así,  solo son modas, pero lo que quiero es decirte es que  ya no puedo más de pasar las mañanas del sábado paseando por este parque por mucho que el ejercicio sea bueno para la salud,  que  no es bueno para la salud hacer siempre lo mismo,  que este camino es muy feo  y que  lo que he visto salir de entre las hierbas ha sido una rata, ahora estoy segura, una rata enorme y…no, ya se  está desviando demasiado, así no era el mensaje, tiene que ser más directa, ir a lo esencial.

Pedro, es que…

¡Joder, otra ambulancia!, es la segunda que he visto pasar hoy , ha tenido que ocurrir algo, es raro, eh, la interrumpe de nuevo.

A Martina le está empezando a parecer que Pedro es uno de esos personajes de los dibujos animados a los que persigue otro por detrás con la intención de clavarle un cuchillo o de la lanzarle a la cabeza un ladrillo, uno de esos personajes inocentes y despistados que van felices mirando las nubes y se paran a abrocharse los cordones de los zapatos o a oler una flor y eso les salva, siempre les salva de la cuchillada o del ladrillazo.

Ya han llegado otra vez al inicio del parque, donde empezaron a caminar, donde vieron salir a la rata o al gato. El viento se ha parado, estará escondido en algún sitio, y sin él ya no se ondulan las hierbas. Altas y  secas permanecen quietas.

Bueno, dice Pedro, yo me voy para la farmacia, ¿y tú?

Te dejo, dice Martina tan veloz como si escupiera una cáscara de pipa. La tercera ambulancia pasa pisando sus dos palabras.

Las ropas tendidas ya no se agitan, penden inmóviles  de sus pinzas, tranquilas, conformes. Las hojas de los álamos callan, ningún  mensaje que transmitir.

Martina se toca el pelo con la mano, se lo alisa, se lo coloca por detrás de las orejas. Se queda también quieta como las hierbas, como  la ropa y solo dice: tengo que comprar cuatro  plátanos y media sandía.

Deja de buscar, Rosi

¿Os acordáis de Rosi, la peluquera del barrio de Petronila? La pobre había perdido la inspiración artística  y como  la vida sin crear se le hacía insoportable,  andaba buscando al Arte con desespero por el Desmochao, ya casi de noche y con los murciélagos por únicos compañeros.

Pues aquí la tenéis, retratada en plena búsqueda, por Irene, una de las alumnas de pintura del  estudio de Cris.  Como ella también es artista ha captado a la perfección el ambiente y  la situación.  Pero el  Arte no se ha ido, Rosi, ya te lo está diciendo Irene, deja de buscar,  está sobre tu cabeza, solo tienes que relajarte y  mirar en otras direcciones, hacia el cielo, por ejemplo.

 

 

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Pongo otro dibujo más porque me ha hecho mucha gracia la interpretación de Sofía,  su autora. Ha  pintado a  los participantes de aquel taller literario al que me apunté. Yo escribí que entre ellos había una alumna aplicada, a ella le sonó a luna, que es mucho más bonito que alumna.  Además  tiene toda la razón,  la luna es muy aplicada, mengua y crece  cuando debe, nunca llega tarde ni deja de cumplir con su lunescas obligaciones.

Si queréis ver más dibujos de los niños pinchad  en el enlace de arriba del estudio de Cris. Han ilustrado también poemas de  María G. Vicent y  Julie Sopetrán y  algunos otros textos de este blog.

A ellos sí que no se les pierde así como así el ARTE.

Escena urbana

La señora que lleva en brazos una  maceta con margaritas está convencida de una cosa,  es esta: gran parte de los actuales problemas del mundo se deben a que han cerrado los manicomios. Desde entonces, los locos andan sueltos,  están por todas partes, entremezclados con los cuerdos, descontrolados, cometiendo todo tipo de desmanes. Como no se puede resistir a guardar su convencimiento para ella sola, – son los convencimientos material demasiado pesado para no aliviar su carga en alguien más-, se lo cuenta a la señora de la cara roja, que, al igual que ella, está esperando el autobús número 20.

Cara roja también tiene su propio convencimiento, que no es el mismo, y también desea compartirlo. Ella más bien lo achaca a la falta de educación y así se lo expresa a Maceta de margaritas, “lo que le pasa a la gente es que es muy maleducada. El otro día estaba yo aquí, en esta misma parada,  cuando un hombre fue pasando hacia delante, como si buscara algo que se le había caído al suelo y al llegar el autobús, quiso entrar el primero. Como no le dejé, le dije, digo,” ni se lo sueñe, hermano”,  se me encaró y me dijo, “señora, se me relaje,  que hay asientos para todos”, entonces yo le contesté, “asientos para todos habrá, pero educación, por lo que veo, poquita y mal repartida”.

Cara roja, todavía más enrojecida de la ira que siente al recordar el incidente,  mira a Maceta con margaritas esperando que le alabe o  aplauda la respuesta, ya que la considera de lo más acertada e inteligente,  pero la otra sigue empeñada en su personal convencimiento.

¿Ve lo que le digo?- dice oliéndose una manga de  la chaqueta-, ¿lo ve? Ese hombre del que me habla no estaba bien, una persona que está bien de la cabeza no hace eso, una persona con salud mental aguarda su turno y no responde así. Ese hombre era un demente, no tenían que haber cerrado las instituciones psiquiátricas, ahora estamos como estamos. Yo voy al cementerio a llevar flores ¿y usted?

-Al trabajo, qué remedio.  El otro día, en la parada del autobús…Todo me sucede esperando el autobús, parece que se pasa una la vida esperando el autobús, la de vida que se nos va así, esperando en las paradas de los autobuses.

-Bah,  responde Maceta con margaritas, se nos iría de todas maneras. Tanto si te quedas en casa como si sales, si trabajas como si no, si esperas en la parada como si vas conduciendo… la vida se va, lo que no sé es a dónde. Mientras acuna su maceta y se vuelve a oler la manga de la chaqueta, se ríe de su propia ocurrencia.

Cara Roja no se ríe del todo, solo un poco, no le quiere entregar su risa a la otra, siente un poco de rabia porque Maceta de margaritas no haya alabado su oportuna respuesta al hombre maleducado.

Silenciosas y un poco rencorosas, desconfiando la una de la otra,  se ponen a mirar a su alrededor. Detrás de la parada, en la esquina, está la mujer que pide, lleva un pañuelo atado a la barbilla y se sienta sobre unos cartones, está leyendo un libro pequeño, lee como los niños cuando están comenzando a aprender, moviendo los labios y silabeando en voz alta.

Yo a  veces le doy una moneda o dos, hoy no le he dado porque todos los días no se puede, dice Maceta de margaritas.  Está leyendo un librito, ¿qué leerá? Tengo curiosidad, se la ve muy concentrada  y, mire, mueve los labios. A lo mejor está aprendiendo a leer, es admirable.

Sí, es admirable que a su edad y en sus condiciones tenga ganas de aprender, pero  tan concentrada no está, bien que cuando oye pasos levanta la cabeza y dice eso de “suerte para su familia, sinior, siniora”

Pues a mí que no me diga suerte para la familia porque yo ya no tengo familia, conmigo pincha en hueso,  mire esta maceta, son bonitas las margaritas, la llevo al cementerio, no es que crea que vaya a solucionar la vida de los muertos llevándoles flores,   pero lo hago igual, ya sé que no sirve para nada.

Si le sirve a usted…

Sí, me sirve, me sirve,  a veces más y otras menos, no es infalible esto de llevar una maceta de margaritas al cementerio, tampoco se crea que… Mire ese, hablando solo, si cuando le digo que la mitad de la población tendría que estar encerrada, lo digo porque lo veo y lo oigo cada día, no hay más que salir a la calle, al que no está loco le falta poco para estarlo. Todos no son peligrosos, lo hay inofensivos  pero otros… como para echar a correr. Lo malo es que están camuflados, no hay líneas divisorias, ¿cómo vamos  a saber quién lo es y quién no,¿ usted lo es, lo soy yo?  Ja, ahí queda la cosa.

La bolsa de ajitos a un euro, vamo al ajito, vamo al ajito, recita un hombre desde  de la acera de enfrente. De vez en cuando se apoya en la pared y estira la espalda, se mira los zapatos, mira la parada donde parlamentan Cara roja y Maceta de margaritas y vuelve a su pregón: la bolsa de ajitos a un euro, vamo al ajito, vamo al ajito.

-Pobre hombre, se compadece  Cara roja, todos ocupamos un lugar en este teatro del mundo pero a algunos les toca el papel más feo, hay que reconocer.

-Cosas hay peores que la venta ambulante, ¿qué estará leyendo la señora esa? Será algo fácil, con pocas letras, se ve que está aprendiendo, lo cual me parece admirable, ojalá todos tuviéramos su iniciativa y su fuerza de voluntad, ya viene el autobús, menos mal, la maceta pesa.

-Sí, menos mal porque se pasa una la vida esperando en las paradas, a mí es que todo me pasa en las paradas. Y la vida que se marcha mientras una espera.

Esta sí que debería estar encerrada, desde el primer momento me lo ha parecido pero una nunca sabe, musita Maceta de margaritas oliéndose de nuevo la manga.

Ge

Hasta que no llegó la nueva, Ge no había sido consciente de su edad, no del todo.  Tampoco de que podía  ser malvada.  Con la  aparición de María,  se rompió la percepción que tenía de ella misma. Ahora lo veía claro: era vieja y era malvada  y aunque no le gustara  no podía evitar ninguna de las dos cosas.

Fue su jefa, Asunción, quién le presentó a la chica una calurosa mañana de finales de  junio. Su jefa también era vieja, eso también lo descubrió de golpe,  al verla junto a la otra.  Antigua. De toda ella se desprendía un aire rancio como de moqueta muy pisada, con ese recogido lleno de  horquillas y ese vestido suelto de pequeños lunares marrones que se adherían a sus blandas carnes con una temblorosa oscilación.

No había duda posible: su jefa era vieja, ella era vieja, vieja era la oficina y viejos sus cometidos dentro de ella. Y si no lo había notado antes se debía a que ese conjunto  había ido desgastándose a la vez, sin puntos de referencia ni comparaciones posibles, como si formara parte de un mundo autónomo y aislado.  Hasta que apareció  María con sus pantalones blancos y su camiseta.  Qué bien hecha estaba, con qué gracia le caía el pelo sobre los pómulos, que dentadura perfecta y sana mostraba al sonreír, cuánto sonreía y qué poco consciente de sus cualidades era. Mostraba su belleza y  juventud con total inocencia, sin notar  el deslumbramiento y el dolor  que su contemplación causaba.

Todo esto, lo que en muchos años de vida rutinaria no había percibido,  lo constató  con total claridad Ge en un momento. Todo esto y aún algo más:  que se había ido dejando llevar por el suave pero constante empuje de los días por un camino incorrecto, que nunca había vivido con pasión verdadera,  que ya era para todo demasiado tarde y solo estaban a su alcance pequeños e insignificantes placeres, resignación y tiempos muertos. Comprendió que la puerta se había cerrado para siempre y que  por mucho que empujara ya no se abriría para ella.

María quería ser útil, aprender.  Era tan ingenua que no sabía que en esa oficina el verdadero trabajo consistía en no hacer,  en ir sorteando las jornadas a base de esconder con vanas tareas la falta de una verdadera labor que cumplir. Ejerciendo de jefa, Ge descubrió el placer de un sadismo de baja altura, oficinesco y pueril y  a él se entregó de lleno.

El primer día le asignó un ordenador medio estropeado y le mandó que copiara textos escogidos al azar de un libro polvoriento. Desde su despacho contemplaba con satisfacción las dificultades de la chica con el averiado teclado, sus esfuerzos por lograr que unas cuantas de  las letras no  se quedaran pegadas cada vez que sus dedos las pulsaban. Y cuando dio las primeras muestras de cansancio y dolor de espalda, Ge  le mandó borrarlo todo y empezar de nuevo. Así la tuvo hasta que se hizo de noche y  las luces de las oficinas circundantes se fueron apagando. Por fin dejó que se marchara con su pantalón blanco un poco arrugado  y una ligera expresión de cansancio bajo los ojos, muy ligera.

Ge –de repente ese diminutivo de Gemma  le pareció ridículo- durmió muy mal esa primera noche y también las siguientes. Sabía que su poder era escaso, que era  inútil querer aplastar, con sus pequeñas ruindades,  a esa fuerza de la naturaleza, a esa juventud desbordante y cargada de promesas que era María. Era muy  poco lo que podía hacer pero no por ello dejó, mientras cambiaba de postura entre las sábanas,  de idear pequeñas perversidades.  No se reconocía en esa recién estrenada maldad, se sentía extraña pensando así, sintiendo ese odio,  pero ese mismo sentimiento, tal vez por lo que tenía de novedad en su vida aburrida, la excitaba como una diversión nueva y refrescante.

El odio, aunque veteado por finas líneas de placer, era un sentimiento desagradable y se incrementaba hasta hacerse tan insoportable como un dolor agudo en cuanto María entraba en la oficina por las mañanas. Esa primera visión del cuerpo joven y bello, del rostro puro, inocente, sin huellas grabadas, del espíritu cargado de proyectos y esperanzas le resultaba insoportable.

Ge, aún consciente de lo vano y despreciable de su comportamiento, no podía dejar de  ejecutar pequeñas acciones para humillarla.  Por ejemplo, dejar caer objetos alrededor de su mesa para que  tuviera que agacharse a recogerlos. Un día tiró  la  grapadora y  otro  el bote de los lápices, pero fue con  la papelera metálica que rodó con estruendo y se quedó ahí, oscilando junto a las sandalias de María,  cuando Ge descubrió esos pies suaves y sin desgastar,  los  delicados y perfectos dedos.  Los comparó con  los suyos, prisioneros dentro de unos recatados zapatos azul marino, con diversos apósitos pegados para paliar sus anti estéticas dolencias y sufrió. Había querido humillar y era ella la que había resultado humillada, añadiendo un nuevo agravio a la larga colección de los que en, tan solo un par de semanas, había acumulado.

Rabiosa, empezó a mandar a María  a las cuatro de la tarde, nada más comer,  al edificio de enfrente a buscar unas  pesadas carpetas. Para llegar hasta allí debía cruzar un erial de cemento, desolado y sin una sola sombra. Inútil travesía bajo el sol pues las carpetas no contenían más que papeles sin interés.

Durante todo el mes, Ge  vivió entregada a la nueva pasión de odiar a María. Le hubiera gustado compartir su odio, machacándolo con palabras hasta convertirlo en un polvo fino y amargo pero no tenía con quién. Asunción seguía siendo la que siempre había sido, su abúlica y soñolienta jefa. Pasaba las largas jornadas sentada, pellizcándose  las gordinflonas mejillas, haciendo alguna que otra llamada, entrando y saliendo a circular por los refrigerados pasillos, charlando un poco con los empleados de las otras oficinas, tomando café, esperando…Las pasiones en general, buenas o malas,  no le concernían y miraba a Emilia con la misma dulzura que una  abuela. En aquella pequeña oficina no había nadie más y con los empleados de las empresas colindantes no tenía la suficiente confianza.

Ni siquiera el hecho de comprobar que María, como humana que era, también sufría, que también tenía sus propios malestares y problemas, la consolaba. Una mañana llegó con  ojeras  y quejándose de la regla. Asunción le trajo una pastilla con un vaso de agua, encantada de ejercer su oxidado instinto maternal y de encontrar, ya de paso, alguna ocupación. Ge la oyó vomitar en el cuarto de baño pero no se compadeció, al contrario, envidió ese cuerpo joven capaz de manifestarse con tanta aparatosidad. El dolor menstrual le pareció deseable, algo que ella ya nunca podría tener.
Lo mismo ocurrió la tarde en que la oyó discutir por teléfono. Fueron apenas unas palabras breves y secas pero a Ge no le pasó desapercibido ni su cara de disgusto ni esos ojos demasiado brillantes, preludio de unas cuantas lágrimas. Seguro que sufría de amor y ese sufrimiento también era envidiable, algo que tampoco ella podría ya experimentar.

Convivir con María se había convertido en una tortura. Ya no conseguía disfrutar de placeres que antes le habían bastado para sentirse feliz como quedar con alguna amiga para ir al cine, visitar exposiciones o tomarse una cerveza en una terraza una tarde de sol. Las películas no eran más que un sucedáneo de la vida, las obras de arte, de repente frías y lejanas, no le decían nada, en las terrazas se sentía aún más consciente de que su papel se limitaba ya al de mera espectadora. Tampoco podía concentrarse en la lectura, ¿qué le importaban a ella todas esas historias ficticias? Vivía constantemente rabiosa e irritada.

Cuando cada día, a las cuatro de la tarde, contemplaba desde su ventana la figura de María atravesando el patio de cemento, se imaginaba que la disparaba. En su imagen mental no había sangre, ni cuerpo desplomado ni vísceras desechas. No había gestos de dolor ni ruido ni aparatosas consecuencias. En su escena ideal, María simplemente desaparecía dejando una leve estela de humo, nada más.
Tantas veces la disparó de este incruento modo, tantas veces imaginó su volátil desaparición que cuando Asunción le dijo que la nueva se marchaba hasta llegó a creer que había sido por su causa. Pero no, eso no ocurría en la vida real. Se iba porque había encontrado otro trabajo.

Ge notó el mismo alivio que si se hubiera desprendido de una prenda demasiado ajustada que no la dejaba respirar. Eran las cuatro de la tarde y, asomada a la ventana, vio la silueta de la chica cruzando diligente bajo el sol, con sus largas piernas al aire, los suaves hombros, la melena moviéndose levemente al ritmo de sus pasos, los músculos de los brazos en tensión a causa de las voluminosas carpetas. Era la última vez. Por fin podría recuperar la calma, la paz. Eso se dijo, sin demasiado convencimiento, para aliviarse.

Al día siguiente la oficina le pareció más triste, desangelada y vieja que nunca. Asunción, en su despacho, se pellizcaba las  mejillas por toda actividad. Es cierto que el odio estaba aquietado pero ahora sentía algo peor, un vacío que, lo supo, no iba ya a llenarse. Tecleó una irrelevante nota en el ordenador, miró por la ventana, los vencejos se divertían gritando por el cielo.

 

 

 

 

 

 

Para Emilia

Algunas veces imagino que salimos a dar un paseo. Tú llevas un vestido largo de un color parecido al de las lilas, yo visto un traje negro y una camisa blanca, vamos de la mano y cada vez que  elevo el brazo, riendo,  tú te despegas del suelo y vuelas ingrávida sobre los tejados. En la otra mano sujeto un pájaro,  pero enseguida lo soltaré para que vuele a tu lado.

Es verde la ciudad por la que paseamos. Su suelo, que se ondula en suaves y mullidas colinas; las casas,  verdes también excepto la iglesia, del mismo color que tu vestido.  Azules son las ramas y hojas de los árboles. En una esquina, sobre el suelo, nos espera un mantel con vino y flores rojas.

Es verdad que desde hace mucho tiempo imagino que paseo contigo, pero tengo que reconocer que los detalles y esa idea de que vueles de mi mano  los he sacado de una pintura. Cuando tengo tiempo me gusta ir a ver exposiciones. Como ya te he dicho, padezco de alergia, no puedo pasar mucho tiempo al aire libre y  lo malo es que ya es todo el año:  en invierno, las cupresáceas, en marzo, el platanero, en mayo, las gramíneas y cuando ya creo que he terminado…¡las malezas!

¿Padeces tú de alguna alergia, Emilia?

La postal te la regalo.

 

El paseo (Marc Chagall)

 

 

 

 

 

Eso

A Emilia no  le gusta pronunciar la palabra dinero, así que cuando cada mes guarda la cantidad correspondiente a la renta del piso en un sobre y  se lo entrega al administrador que hace de intermediario entre ella y el casero, le dice,  aquí tienes eso. Y el administrador, un hombre que parece sacado de un tebeo, al que ella llama el hombre ese o el de la tos, vestido con  un traje marrón que le queda corto de mangas,  suele contestar, tosiendo encima del  sobre, es la alergia,  ¿padeces  también? Yo ya tengo todo el año,  en invierno las cupresáceas, en marzo el platanero,  en mayo las gramíneas y cuando ya creo que he terminado, ¡ las malezas! Y por si fuera poco me  están haciendo un estudio para descartar una posible celiaquía.   Emilia no tiene ni idea de qué es la celiaquía,  pero nunca se lo pregunta. Hay algo extraño en el ambiente,  suele decir también  el administrador estirándose las mangas marrones y mirando alrededor con desconfianza. Y como su punto de encuentro es el portal, a Emilia le parece que ese algo extraño  e informe pero con efectos maléficos vive ahí, entre los buzones, el ascensor y las escaleras.

Esta mañana la escena se ha repetido como es habitual, ella le ha dado “eso”, él le ha preguntado si padece de alergias, se ha lamentado de las suyas, tosiendo y estirándose las mangas,  y ha mencionado al elemento extraño que circula por ahí provocando males, pero después, en vez de entregarle un único sobre a cambio del “eso”, le ha dado dos.

No sé qué viene en este, ha dicho señalando el segundo sobre. Que tengas un  buen día. Y ha salido apresurado del portal bamboleando una cartera azul y negra, de propaganda, en la que ponía, “ XV Congreso europeo de arritmias cardiacas”

Emilia se ha quedado un momento en el portal con los dos sobres en la mano, indecisa, dudando si abrir o no el segundo. Se los estaba guardando en el bolso, el normal al fondo, el peligroso encima, cuando ha salido Analita del ascensor. Emilia sabe que  Analita es muy pesada, que se pasa la vida en el portal o dando vueltas a la  manzana con la excusa de hacer un recado, de tirar la basura o de mirar el buzón pero lo que de verdad quiere es hablar. Sabe que es pesada y que busca víctimas para su dosis diaria de conversación. Lo normal es que se saluden deprisa y que Emilia no se detenga,  pero hoy, a causa del miedo, de la necesidad que siente de contarle a alguien lo del segundo sobre,  ha caído como mosca tonta en la tela de Analita.

El hombre ese, el de la tos,  me ha dado dos recibos en vez de uno, dos, repite por si la otra no lo ha comprendido a la primera.  Y también por si no ha acabado de entender lo que supone que sean dos, añade una explicación;   me da miedo que aquí venga, ya sabes…no lo he abierto, lo tengo en el bolso, ya lo miraré luego.

Mejor me lo cuentas fuera, le dice Analita empujándole la espalda con una mano,  no me fío un pelo de esta casa, la conozco muy bien,  he nacido en ella, tiene los cimientos podridos, te lo digo yo,  cualquier día se nos cae encima y se nos acaban todos los problemas, pum, así, de golpe y porrazo y nunca mejor dicho.

Analita empieza a reírse sola, el aire de la mañana, fresco y nuevo, viene cargado del olor de las basuras que se acumulan en la esquina. Qué guarra es la gente, dice interrumpiendo la risa y arrugando la nariz,  pero guarra, guarra, a todo el que viera yo tirando bolsas donde no se debe les ponía  el mes entero a barrer y a fregar. Pero a fregar de rodillas, restregando bien. Esperemos que llueva, por lo menos.

Es que no me atrevo a abrir el otro, retoma Emilia, ya con poca esperanza de que contarle a Analita sus temores le vaya  a servir de algo, lo más seguro es que ni la entienda. Pero algo sí ha entendido.

A mí me pasa lo mismo con las pruebas médicas, desde que tuve eso, a Analita tampoco le gusta decir el nombre de su enfermedad, los sobres me los abre mi hermana, qué mal rato se pasa, claro que lo tuyo no es lo mismo, tú no te vas a morir, como mucho te tendrás que buscar otro piso  y créeme que vas a salir ganando, si esta casa se va a caer, si vieras las grietas que le han salido a mi hermana…

¿Dónde?, pregunta Emilia despistada,  apoyando el pie en una de las baldosas de la acera que está levantada y haciéndola subir y bajar.

En las paredes, hija, ¿dónde va a ser?  Por eso te digo.

Analita sigue hablando pero Emilia ya no la escucha, con la mano dentro del bolso toca el segundo sobre, como si así pudiera adivinar, de una manera menos dolorosa en el caso de que sea malo, su contenido. Tiene que ser malo, bueno no va a ser, el señor ese, como llama al casero, no le va a  bajar la renta. Menos ya no puede pagar, todo el mundo se lo dice, lo que tiene es un chollo, ese precio ya se paga solo por habitaciones dentro de pisos, incluso por camas en habitaciones compartidas y, ¿cuánto tiempo lleva así? Cuatro años. Y si ahora se le acaba el chollo ¿qué va a hacer?

Analita ya lleva un rato disparatando, habla de pasadizos que solo ella conoce y que comunican con la iglesia que está enfrente, en esos pasadizos la encerraron a ella de niña, la rescató un policía de uniforme. Jugaba en la plaza, que entonces estaba llena de pinos, era un pinar,  con los hijos de los reyes, ¡de los reyes!, repite.

Me tengo que ir, llego tarde a trabajar, le corta  Emilia, harta de pasadizos misteriosos, de pinares, de reyes y de  la propia Analita. Acaba de salir del ascensor la chica que tiene dos hijas pequeñas, una va en carrito, la otra de la mano ¡Mis niñas!, grita  Analita olvidándose por completo de Emilia.

Sí que huelen mal las basuras, apestan.  Emilia se tapa la nariz con la mano y levanta la vista al cielo, que está azul, muy azul. A veces ese azul le gusta y le da alegría  pero hoy no.  De nuevo toca el sobre con los dedos, lo aprieta un poco,  ¿y si lo abro mientras espero el autobús? Pero el autobús llega enseguida y dentro va demasiado lleno, se agarra como puede a la barra. Por las ventanillas sigue mirando el cielo azul. Es bonito, sí, pero solo es un color que está por encima, como un envoltorio, ¿de qué le sirve un color, un adorno?  y el sobre con lo que sea que contenga sigue dentro del bolso, de su bolso. Si tuviera más de eso…