El hombre que se comió a sí mismo

 Trotaba Eresictón, rey de Tesalia, por los campos cercanos a su palacio con la intención de tener los cuádriceps y gemelos más potentes del condado. Trotaba y trotaba sudoroso y jadeante levantando polvo del camino hasta que sus zancadas le llevaron a un bosque aromático que le regaló sombra y frescor. Se inclinó un poco sobre sus rodillas para recobrar el aliento y al alzar la cabeza vio que entre todos los árboles que allí había y había muchos, por algo era un bosque, destacaba, majestuosa, una encina milenaria.

 Su pensamiento no fue “qué belleza de árbol, admirado me quedo” o sí lo fue, pero la belleza no le interesaba si no era para utilizarla en su beneficio personal. Tampoco se detuvo a reflexionar sobre la naturaleza sagrada de esta encina en particular ni del resto de los árboles en general, no entendía ese concepto. Estirando una pierna y luego la otra dijo en voz alta, sin saber que las ninfas del bosque le estaban escuchando, “este tronco lo talo yo y decoro con su madera mi salón de dar banquetes”.

Cuando quería algo y constantemente quería algo, lo quería de inmediato, pero ya. Llamó a veinte de sus gigantes para que le ayudaran en la tarea de la tala, ya que el tronco de la encina era enorme y, mientras empezaban a herirla con sus hachas, gritó entre carcajadas, “esta tocará con su frondosa copa la tierra y mía será”. Todo lo quería para él, era un ansias, todo para engrandecer su estatus, su comodidad, su bienestar sin importarle las consecuencias ni los daños colaterales.

A medida que la encina se iba inclinando, cada vez más herida, sus ramas, hojas y bellotas empalidecían. Desde el interior del árbol, una voz femenina, dulce pero angustiada, suplicó, “no sigas, soy la que  vive bajo este leño, si el árbol muere yo también moriré”. Se trataba de una Hamadríade, ninfa asociada a un árbol en particular que con él nace y muere, que se alegra cuando en primavera brotan sus hojas y languidece melancólica cuando las pierde al llegar el otoño. Amiga de los pájaros que anidan en sus ramas y le otorgan vuelo, del viento suave que sabe sacar música de sus ramas.

Bastante le importaban al bruto de Eresictón las ninfas de los árboles o sus sentimientos. Encina y Hamadríade, murieron a la vez.

Las otras ninfas del bosque, espantadas, huyeron corriendo a buscar a la diosa Deméter, responsable de los campos y la agricultura y dueña de ese bosque donde había instalado su santuario.  Iban vestidas de negro en señal de duelo y exigían un castigo para el arboricida. Démeter llamó a Limo, también conocida como la personificación del hambre y, en cierto modo su contraria, y le hizo un encarguito.  El Hambre voló guiada por un viento amigo hasta el palacio de Eresictón que dormía y roncaba muy satisfecho con su nueva adquisición. “Con sus gemelos codos lo estrechó y en sus vacías venas esparció ayunos”, describe Ovidio en su Metamorfosis.

A partir de ese momento, Eresictón, que ya de por sí era ansioso, se volvió insaciable. A todas horas tenía hambre, comía lo que un pueblo entero y no se hartaba, lo que una ciudad y tampoco, lo que un continente y la gazuza no se le quitaba. Toda su riqueza la iba dilapidando en comida y después la de su padre quién, compadecido, ayudó al insatisfecho hijo. Tanta era su necesidad de comida que acabó arruinado y comiendo inmundicias de las basuras. Solo le quedaba recurrir a su hija, Mestra.

A cambio de dinero para calmar su deseo se la vendió a un comerciante. Mestra, que era amante de Poseidón, le pidió  ayuda y éste le otorgó el don de la transformación. La chica, una vez que el padre recibía su dinero, se transformaba en otro ser. Fue vaca, ciervo, yegua o pájaro y luego de nuevo Mestra. Un trajín tanta mudanza y total para nada.

Pese a las múltiples compraventas de la niña mutante, Eresictón seguía con hambre. Un día, sin querer, probó uno de sus dedos, le gustó y siguió comiéndose dedo a dedo y miembro a miembro hasta que  se devoró enterito a sí mismo.

Moraleja: deja en paz a los árboles que son sagrados, no destruyas la naturaleza o…lo que ya os podéis imaginar.

20 comentarios en “El hombre que se comió a sí mismo

  1. Muy actual, donde un árbol solo se mira por el beneficio que se puede obtener de él y no es precisamente el que purifique el aire sino la parte material, como muchos de los lugares en donde habité que no veían ni siquiera la madera sino la leña para prender el fogón, eso sí incapaces de plantar otro, sino que se iban consumiento el bosque, hasta volverlo pradera. Me gustó la historia, no la conocía, un abrazo grande

  2. Madre mía… que historia!!! Pues como que cuando la estaba leyendo pensaba en el ser humano, insaciable en su egoísmo, arrasándolo todo a su paso para conseguir su confort… hasta consumirse así mismo junto con la creación. Genial, Eva. Mil besos.

    1. ¡Hola, Cris! Qué alegría tu visita :))
      Así lo he interpretado también yo. Nos hemos llevado a la ruina por ambiciosos y destructores.
      Gracias y muchos besos!!

  3. Que veas un árbol milenario y que tu primer pensamiento sea una puñetera mesa ya dice mucho de la persona, ¿verdad?

    Al final las buenas palabras no sirven de nada, contra ciertas actitudes, maldiciones, golpes y condenas…

    1. Dice de esa persona que es una mala bestia.
      Condenas sí o alguna metamorfosis mitológica, por ejemplo que sea él quien se convierta en mesa. Lo de los golpes no me gusta aunque se los merezca.

  4. Cuando he leído «solo le quedaba recurrir a su propia hija» me lo he imaginado comiéndosela y oye, como que lo de venderla no me ha parecido tan grave… 🙂
    La ambición desmedida nos destruye.
    Un besote

    1. Jajajaja, claro, comparado con zampársela la venta es poca cosa. Pero si se la come se le acaba el chollo, así, como la vendía muchas veces, le dio para más comidas.
      Un beso, Luna

  5. Éste se las tenía que haber visto con el curupira, el guardián de los bosques en la mitología amazónica. Aunque, por lo que veo, no hizo falta, acabó fagocitado por su egoísmo desmedido. Saludos, Evavill.

    1. No conozco al curupira, pero voy a ir ahora mismo a conocerlo porque me ha caído bien.
      Acabó mal, es cierto, pero después de causar muchos destrozos a su alrededor.
      Saludos, Raúl

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