Escenas cotidianas sin dioses ni dragones

Te digo que…te digo que…le va diciendo Marcelo  a su mujer que camina unos pasos por delante, tanteando con sumo cuidado el terreno resbaladizo. Los dos van muy bien pertrechados para el tiempo gélido: gorros de lana, guantes, forros polares y camisetas térmicas. Han salido a ver si encuentran algo de fruta, verdura y pan. Marcelo acaba de ver a un camarero en manga corta retirando la nieve con una paleta, es la que usan para la plancha en el bar.  Con ese instrumento lleva un buen rato retirando nieve. Y con mucha paciencia y sin desánimo ha conseguido despejar una pequeña zona circular, lo justo para instalar una mesa y dos sillas. Mientras tanto,  en una de las muchas ramas tronchadas otro camarero ha colgado  un cartel con una flecha dibujada y debajo el claro mensaje: aquí café.

¡Qué te digo!, exclama esta vez Marcelo, ¡qué te digo!

Dos ya se han sentado a desayunar y a mirar el espectáculo de las calles blancas.

No sé qué me dices, Marce, es imposible que te oiga con el ruido de esa máquina y si me doy la vuelta, no me quiero dar la vuelta, el suelo resbala mucho, la gente se rompe las piernas y los brazos, esto es puro hielo, ve con cuidado…solo nos faltaba acabar en las urgencias de traumatología y que allí, en lo que nos colocan la escayola, nos llevemos de premio lo que ya te imaginas,  solo nos faltaba, estate atento, ya llegamos a la frutería.

Nada de nada, estanterías vacías, proclama Marcelo, lo que se dice nada. Siente cierta satisfacción al comprobar el desabastecimiento. Normalmente ir a la compra es un trámite rutinario y aburrido, quieras que no, salir de peligrosa expedición por un paisaje siberiano en pos de la  única mandarina del barrio tiene su punto emocionante, al menos por un día.  En dirección contraria vienen los padres de Hugo, ese niño que estuvo en clase con uno de los suyos.

Son los padres de Hugo, susurra Marcelo al gorro de su mujer.

Como para reconocer a nadie con estas pintas que llevamos todos, si ya con las mascarillas no conozco a la gente, añádele estos avíos como del polo norte y camuflaje total.

Ni gota de pan en el Ahorra Más, ni de molde ni nada, en Día tampoco queda nada,  tampoco hay huevos. Vamos a cruzar la plaza para ver si un poco más allá…

Ni lo intentéis, de ahí venimos nosotros y no vais a poder cruzar, es puro hielo y la nieve llega, no sé cómo decirte, nunca vi nada igual, gran parte de los árboles del parque se han tronchado, no una rama ni dos, no, el propio árbol partido por la mitad. Muertos, cantidad de muertos. Daniela  ha estado a punto de llorar.

Llorar, no, dice ella, no exageres, pero te da una cosa, un malestar…

Suerte para la familia, suerte para hijos, hijas y padres y para toda la familia y feliz año, mucha suerte para todos, dice la mujer que pide en la esquina.

Marcelo se toca los bolsillos pero no lleva nada suelto, ya nunca paga en metálico y ahora no sabe qué hacer, esas situaciones le ponen nervioso. Feliz, año, feliz, año, le contesta con culpa sabiendo que no se trataba de eso. La mujer ya está repitiendo lo mismo al siguiente que pasa.

Todo muy difícil, todo muy mal,  suerte para la familia, para los niños, para el padre, para la madre y feliz año, señor.

En una de las calles estrechas, Abdelkader Slimani, Toñín para los amigos y conocidos, hace alardes de fuerza retirando bloques de nieve, le gusta que sean grandes y los desplaza en brazos, luego los tira en un rincón donde ya se ha formado una montaña, cuando estrella  la tercera mole, Margarita la del segundo, aplaude en bata desde la ventana.

Ole con ole, eres el increíble Hulk, Toñín.

Sí, sí, para aplausos estamos ahora, dice la planchá que sale vestida como si estuviera en Baqueira, bastones de nieve incluidos,  mira cómo está la calle, impracticable,  ¿y la basura, dónde la dejo? Porque yo en mi casa no la voy a tener almacenada, eso por descontado.

No se preocupe, que esta noche la llevamos toda hasta la calle Príncipe que ya está casi despejada, por ahí sí podrá pasar el camión. A la calle Príncipe que va, eres tú el príncipe azul que un día soñeeeé, canta entusiasta Toñín mientras iza otra masa helada y la del segundo repite aplausos.

El circo de siempre multiplicado por cien, se dice a sí misma la Planchá, esto es desolador,  voy a ver si encuentro huevos y no me mato de aquí a la esquina.

Del escaparate de la floristería elegante todavía cuelga una guirnalda navideña, está tejida con ramas verdes y  bolitas rojas. La Planchá le pega  un tirón y se la echa al bolso. Para la próximas fiestas, ya tengo lo de la puerta, mira qué bien, ¿son esos los Urrieta?, ay que sí, el pesado de Marcelo, y sin poderme cambiar de acera, me hago la loca y ya.

Hinca los bastones y avanza poniendo los ojos en un punto imaginario de un imaginario horizonte.

Suerte que Marcelo acaba de ver otra escena que le interesa más, es Remedios que, a falta de bastones de montaña, se ha agenciado el palo de la fregona y con ese instrumento surca la nieve a gran velocidad. Detrás, jadeante y con cara de susto, va su cuidadora en zapatillas torcidas, “no corra tanto, mi señora Reme, que no la alcanzo, está esto friísimo”

Te digo que…te digo que…, dice Marcelo por todo decir.

Al llegar al portal se encuentran con Toñín armado de pico y pala. A su lado fuma el profesor de matemáticas. Fuma y observa, a veces mueve la cabeza como si dijera que sí, que es fantástico el espectáculo y otras como si dijera que no, que esto ha sido un cataclismo y una desgracia. Finalmente lanza la colilla a la nieve donde se apaga con un fssssss.

Los árboles yacen desplomados sobre los coches o atravesados impidiendo el paso. Los opinadores brotan en cada esquina. Algunos son partidarios de ponerse a retirarlos, de tomar la iniciativa, otros consideran que ni hablar, que lo haga el ayuntamiento, los militares, el Gobierno, que bastante tienen ya con lo de cada día como para ponerse a hacer tareas que les sobrepasan. Una cuadrilla de jóvenes ha entrado en acción y ya está levantando cadáveres. Los que fuman porros y escuchan  música en la valla han vuelto, se han sentado sobre la nieve a seguir apaciblemente con sus costumbres.

El vecino que vivió en Minesota dice que esto no es nada, que qué exagerados todos, que no hace tanto frío, frío son los menos cuarenta, ahí ya cierran los colegios porque si sales a la calle se te congela la cara, directamente.

Este es gilipollas, ¿no?, se pregunta Margarita que ya se ha vestido y ha bajado a hacer tertulia con el profesor de matemáticas y con Toñín.

Digo yo que estoy empezando a creer que lo del calentamiento global es mentira, a ver esto entonces de qué calentamiento sale.

El profesor de matemáticas trata de explicarle, sin mucho éxito, que estos fenómenos tan extremos e inusuales se deben precisamente al cambio climático, una corriente que sube, otra corriente que baja.

Bah, dice ella muy poco convencida. Anda, tú, han puesto mascarilla al muñeco de nieve. Eso me recuerda que han ingresado a la madre de Leo, está grave, se va a morir, pero tranquilos, tranquilos, que no ha sido pandemia. Es…no lo sé, pero pandemia no es lo que tiene.

Toñín contempla su plantita, la cubrió con un envase de plástico de pollo asado y algo verde reluce por debajo. Hierbabuena, explica.

Pues nos hacemos un té de esos de tu tierra, dice Margarita agachándose a mirar la hojita enclenque.

La planchá ya vuelve con su guirnalda navideña escondida en el bolso, sin huevos.

Qué putiferio, qué sin Dios,  masculla  mientras empieza a subir escaleras. Desde marzo no ha vuelto a subir en ascensor, ni piensa.

38 comentarios en “Escenas cotidianas sin dioses ni dragones

  1. No tiene desperdicio. Todo. No es para reír, pero me he puesto a reír y me ha mirado mi marido preguntándose…
    Y lo de “tranquilos que no es pandemia”, pero se está muriendo… Todo todo. Qué bueno. Encantada, Evavill 🙂

    1. No, no es para reír, esa es la verdad. Pero es que la gente es graciosa sin pretenderlo.
      Eso de “tranquilos que lo que tiene no es pandemia” es totalmente verídico. Y sí que se quedaron tranquilos, como diciendo, ah, bueno, muerte de la normal, de la de antes, no pasa nada, entonces.
      En fin…
      Gracias por la lectura y las risas comentadas, Anayú.

      1. Yo también fui testigo de un comentario parecido. Estaba en una administración de lotería . Lo reproduzco (perdona que te coja el espacio):
        Cliente: ¿Qué tal tu madre?
        Lotera: Bien. Vamos tirando. Pero hemos pasado el susto.
        Cliente: ¿Por Covid?
        Lotera (con las manos haciendo comillas): No, menos mal. Por lo menos… Le dio un ictus y después otro…
        Cliente: ¿Pero le quedan secuelas?
        Lotera: Más o menos tirando por lo menos. Tiene problemas con el habla y no puede andar, pero bueno…
        De todas formas, y aparte de eso, me encanta el escrito. La ironía es muy importante en la narración. Aciertas con ella, aunque sea de forma natural o como sea que la consigas. La cosa es que está muy bien y me pedía seguir leyendo. Gracias a ti, Evavill.

      2. Yo creo que nos han metido tanto miedo, que ya cualquier cosa por terrible que sea nos parece mejor. Me he reído aunque esté mal decirlo. Lo de las manos haciendo comillas es total.
        Besos, Anayú

      3. Hay que reírse. Es para eso. O sea la mujer está a salvo del Covid, pero la pobre está hecha unos zorros… Besos, Evavill

  2. Realmente somos tan frágiles que asusta.
    Cualquier alteración del ecosistema puede acabar con la humanidad entera.
    El próximo virus por ejemplo…
    Imagino Madrid congelado… uffffff
    No sé, siempre buscamos culpables pero quizás no los haya.
    Quizás culpables somos todos.
    Quienes mandan han sido puestos por una mayoría de gente.
    Yo que sé.

    Si no es pandemia, será otra cosa… pero cada vez entiendo mejor aquello de “Descansa en Paz”.

    Besos.

    1. Siempre somos frágiles, hasta cuando no pasa nada externo ni extremo. Pues ahora ya ni te digo.
      Buscar culpables parece que consuela, pero solo lo parece.
      Madrid tiene racha negra, ahora explota un edificio, si lo sé sigo escribiendo de dragones que por lo menos no existen.

      Besos, Toro.

  3. Jajaja.. Ay, echaba de menos estos relatos tuyos tan costumbristas. Has reflejado de una forma muy realista y al mismo tiempo un poco grotesca la situación de las últimas semanas con la nevada y la pandemia juntas. Un abrazo, Paloma

  4. ¡Qué locura! y qué real, son los tiempos, ustedes para colmo tienen la nieve, el frío, ese clima que les ha llegado, aquí es más o menos lo mismo eso sí de acuerdo “no es pandemia”, da risa escucharlo pero……………….

    Gracias por esa ironía que por lo menos saca una sonrisa y hasta la risa, que otra cosa como dice la canción:
    “Es preferible… reír que llorar
    y así la vida se debe tomar,”

    Un abrazo grande

    1. La realidad se ha vuelto loca y nosotros, que somos parte de ella, un poco también.
      Hay momentos para todo, algunos son de llorar y otros, mejor tomárselo a risa. Claro que no siempre es posible.
      Otro abrazo, Themis.

  5. Me ha gustado volver a saber de tus personajes del barrio…menos de la Planchá : qué insoportable! Y encima ladrona!
    Me ha parecido estar por la calle Príncipe.

    Supongo que la naturaleza nos está devolviendo el maltrato al que la sometemos…
    Mientras aún hay cafres que niegan el cambio climático (sin ir más lejos el patético presidente saliente de los Estados Desunidos -menos mal que al menos ya no está en la Casa Blanca-).
    Y aparte Madrid lleva una racha…ufff
    Lo de los árboles partidos impresiona.
    Y el virus frotándose las manos…
    Vaya panorama.

    Besos de esperanza,qué le vamos a hacer…

    1. Gracias, Carmen.
      A mí que la Planchá robe adornos de Navidad cuando ya no es Navidad me hace gracia. Pero sí, es insoportable.
      Yo también supongo algo así y sí, menos mal que se fue el espanto de Trump. Algo bueno en esta época tan poco buena.
      El panorama está duro pero hay que aguantar , seguir y no digo resistir porque me recuerda al famoso “resistiré” y por ahí sí que no paso 😉

      Besos

    2. Así es, Carmen, lo has expresado a la perfección: “la naturaleza nos está devolviendo el maltrato al que la sometemos”.
      Algunos dicen o creen que Gaia es un ser vivo, o que tiene inteligencia y sensibilidad… podría ser. Simplemente un frío análisis de causas y consecuencias ya explica de sobra que los daños causados a la naturaleza tengan sus efectos sobre los humanos. Normal. Y opino que todas estas realidades son simples aperitivos de lo que vendrá. Al tiempo.
      Besos.

  6. El Madrid siberiano y helado… vaya escenario más apocalíptico, dantesco, duro, caótico, hostil…
    Realmente lo has narrado y descrito muy bien, con ese costumbrismo, los personajes del barrio y el humor lleno de ironía y a la vez perfectamente real.
    Imaginarse la situación ya da una idea muy aproximada… todo el hielo y encima tiendas de comestibles desabastecidas. Por cierto que dijeron aquí el porcentaje de árboles partidos o caídos en la capital, sus parques, etc., y daba pavor y pena.
    Bueno, y no entraré en el tema, pero tenéis otra plaga bastante letal: la nefasta gestión política.
    Besos.

    1. Sí, el escenario merece todos los adjetivos que le has puesto.
      Aún así, la gente se lo ha tomado con bastante humor y se ha visto mucha colaboración.
      Lo de los árboles es de llorar, no sé si el porcentaje de arbolado dañado llega al 70 por ciento, quizá un poco menos pero es muchísimo. Eso en una ciudad con tanta contaminación y con veranos cada vez más largos y tórridos es un drama.
      Estoy de acuerdo con la última plaga que señalas pero tampoco quiero entrar en el tema 🙂

      Besos, What

  7. Jajaja, Cuando lo extraordinario se convierta en cotidiano, llegará el momento de ser solidarios y afrontar esta mínimas calamidades con esfuerzo y buen humor. Pala va, pala viene. Un besazo.

  8. Pues yo también me he reído mucho. La realidad es tragicómica. El desabastecimiento post nevada del siglo me redescubrió las coles de bruselas. No las comía desde que me las hacía mi madre. Tengo suerte, me gusta todo, hasta las coles de bruselas. Soy una superviviente. En esos primeros paseos recuerdo contemplar con furia a quienes salían a despejar de forma voluntaria las calles sin que nadie se lo hubiera pedido pensando, no jodáis, que como tenga que ir mañana por vuestra culpa a dar clases con las ventanas abiertas a diez bajo cero… Por lo demás, ya voy por el mundo mirando con el filtro Mad Max. Besos.

    1. Te libraste de ir a clase a congelarte, alguna ventaja tenía que tener doña Filomena.
      De las coles de bruselas tengo un vago recuerdo, creo que me gustaban o por lo menos me las comía.
      Tragicomedia, distopía, realidad aumentada, ya no sé qué es esto.

      Besos, Patricia

  9. Bueno, viví una temporada en el Norte Extremo , más alla del Círculo Polar con las temperaturas 50 grados bajo cero y cuando después de las nevadas teníamos que tardar horas para abrir el camino y poder salir de la casa. Por lo tanto me pareció un poco exagerado el pánico que provocaron las heladas en España . Creo que ante todo la gente tuvo nuevas experiencias y sensaciones y eso esta muy bueno. Y tu con tu humor nos has contado esas sensaciones y experiencias . Divertidisimo, Paloma. Un abrazo.

    1. Lo que ha ocurrido es que ha sido una nevada fuera de contexto.
      Ya supongo que comparado con el clima del Círculo Polar esto no es nada, pero imagina que les mandamos allí los 40 grados del verano español. A lo mejor se morían.
      También es verdad que nos hemos vuelto un tanto quejicas, acostumbrados como estamos a una vida confortable.
      Pero ver esquiadores por las calles de Madrid eso no se me va a olvidar.
      Gracias, Tatiana 🙂
      Otro abrazo

  10. Has descrito con esa maestría tuya la cotidianidad que da título al post, que pudiera haber sucedido en muchos lugares. Personajes, que no son ajenos y que de una manera u otra, todos conocemos e incluso empatizamos con ellos, a base de pandemia, de frío, de nieve y de estanterías vacías. Lo que está claro es que hemos estrenado el año a tope. Espero que no sea un presagio de lo que nos espera. Un gustazo leerte aunque sea de vez en cuando. Recibe un fuerte abrazo.

    1. El año ha empezado fuertecito, esperemos que se tranquilice un poco. Pero no sé, muy buena espina no me da.
      Gracias por la lectura y el comentario, Carlos.
      Abrazo!!

  11. Me ha encantado la historia, por algún motivo lo que más gracia me ha hecho es lo de, Este es gilipollas, ¿no?, … porque, joder, no se puede resumir mejor, me encanta esa gente tan precisa en su vocabulario 🙂

    Me has recordado al día que fuí al Mercadona y aquello parecía la estación base del Annapurna 🙂 es increíble la de ropa de nieve que tiene la gente en sus casas, es como si llevasen toda la vida preparándose para eso.

    Somos animales con una capa muy fina de civilización por encima, en cuanto pasa algo que araña esa capa sale la criatura irracional, egoísta y asustada que todos llevamos dentro…

    1. Jajaja, a mí también me asombró la cantidad de gente que aparecía con palas. Lo entiendo si tienes un jardín, ¿pero en un piso de ciudad? Lo que tú dices, llevaban toda la vida preparándose.

      Estoy de acuerdo con tu último párrafo, es así.

  12. ¡Ay, Paloma!! Qué bueno!!
    Tuve que retrasar mi regreso a Madrid, como si se tratara de un pueblo de montaña aislado por la nieve. No me di cuenta de la magnitud de la nevada hasta que no lo vi con mis propios ojos.
    Es tremendo la cantidad de árboles dañados.
    Gracias por tu crónica.
    Abrazosssss

  13. El otro día comentaba alguien que ya sólo nos falta una invasión extraterrestre. En seguida me acorde de Carlos Jesús/Micael /Christofer, él sí que lo tenía claro … nos acercamos al “arrebatamiento”:

    Tu relato es aún más divertido que el apocalipsis de Carlos Jesús. Saludos.

  14. ¿Sabes por qué no leo tus entradas a poco que las publicas? Porque de hacerlo me perdería el intercambio de comentarios que también cumplen su función de hacerme sonreír la más de las veces. Me declaro chismosa/chusma/cotilla para dar todas las posibles acepciones de la figura del/la meterete.

    Beso grande

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