Nos vamos de mañaneo

Cuánto hemos madrugado, dijo Cristina al pisar la calle todavía oscura,  vacía y silenciosa.

Fíjate, no hay nadie ni coches pasan, nunca había visto así esta calle, nunca este silencio.

Es lo que tiene madrugar, le respondió  su marido, Jacinto.  La niña iba callada, medio dormida y con esa cara que tenía últimamente  de estar aburrida, había abandonado la edad de las preguntas, del asombro,  y aunque  todavía no había entrado en la de la protesta, le faltaba poco.

Cristina lo notó y le dio un leve codazo a Jacinto. Tu hija dentro de poco ya no va a querer venir a estas excursiones, verás. Esta dentro de poco dice que se queda en casa y que nos vayamos nosotros.

Bueno, bueno, dijo él, no nos adelantemos a los acontecimientos. Ahora mismo la niña está bien, lo único que tiene es sueño pero le gusta venir, vamos a ver cigüeñas, está esa zona llena, ya no se van, ¿sabes?, vamos a ver verderones y  petirrojos y águilas reales y nos vamos a dar un paseo bien largo por la campiña para volver con fuerzas renovadas, a respirar aire puro y a…

-¿Y el bocadillo cuando nos lo vamos a comer?, ¿de qué son los bocadillos?, preguntó la niña. Llevaba una coleta muy tiesa  de color paja y su cara era redonda y blanca, tenía los ojos azules, un poco saltones, pero tampoco demasiado. La comida le interesaba mucho. Cuando una vez en el colegio les pidieron que hicieran una lista de sus actividades favoritas la niña, que se llamaba Cristina como la madre, escribió: ir de restaurantes. Estuvo un rato pensando qué más le gustaba hacer y, al final, después de mucho pensar,  se le ocurrió una segunda actividad placentera: comprar vestidos bonitos para ir a los restaurantes.

Las cigüeñas, los verderones, los petirrojos y el águila  ya no le interesaban tanto, por no decir nada, eran pájaros, estaban sobre los árboles y hacían sus cosas de pájaros como nidos o volar de un lado a otro o cantar cuando querían. La verdad es que vistos de cerca le daban un poco de asco, parecían malos cuando abrían los picos y las alas a la vez. En las caminatas se cansaba, la campiña no tenía nada que le gustara, andar era aburridísimo,  iba pensando todo el tiempo en parar y comer el bocadillo y la chocolatina de después.

Caminaron por las calles de la ciudad vacías, a cada momento la madre mencionaba lo vacío y silencioso que estaba todo y lo raro que era. El padre contestó solo otra vez ”madrugar es lo que tiene”, luego ya no volvió a decir nada.  La niña se iba mirando los zapatos, qué feos, se los habían comprado en una tienda deportiva, eran resistentes al agua y con la suela de goma muy gorda, con cordones de color fluorescente. Ella prefería los zapatos de ir a los restaurantes pero no se los habían dejado poner porque no eran de caminata por la campiña.  Los padres llevaban unos zapatos del mismo estilo que los suyos, feos, unos jerseys de lana  y encima un chubasquero con bolsillos, verde el del padre y rojo el de la madre. Estaban contentos. Había silencio, algo que siempre estaban buscando, iban a pasar muy buen día, ya lo hacía, luminoso, un poco frío a primera hora pero después la temperatura iba a subir.

Te digo que luego va a hacer calor,  ya lo verás, a las doce ya va a hacer calor.

El padre no contestó a eso, tampoco había que contestar a todo, no era necesario, iba delante, enérgico,  muy decidido,  como si al otro lado del semáforo la campiña le estuviera esperando con todas sus delicias naturales y él tuviera que abrir su puerta. Llegaron al edificio de hormigón de la estación de autobuses y  nada más entrar se dieron cuenta del horror,  ¡qué cola!, casi llegaba hasta las escaleras mecánicas.

No. No. No,  dijo la madre parándose en seco. No me lo puedo creer, ¿esta es la cola para nuestro autobús? Con todo lo que hemos madrugado.

Ellos también, dijo el padre con fastidio, ellos también,  pero un poco más, el próximo día hay que salir antes, te dije que no te entretuvieras recogiendo, qué más da si se queda revuelto, quién lo va a ver.

Pero sin hacer…cómo lo vamos a dejar todo manga por hombro.

Manga por hombro estamos ahora, ahora sí que estamos manga por hombro. En este autobús ya no subimos, aquí no nos meten a todos y el siguiente…falta una hora para el siguiente, ¿qué vamos a hacer una hora en esta estación?

¿Desayunamos?, preguntó la niña. Ahí tienen chocolate con churros.

Pero si acabamos de desayunar, niña, si acabamos de desayunar.  Tu hija solo piensa en comer, esta solo piensa en comer, le dijo el padre a la madre. Cuando algo no les gustaba de la niña le colocaban delante el posesivo “tu” y así se apartaban de eso que no les gustaba empujándolo hacia el otro.  O la llamaban “esta”, neutralizando el desagrado.

Esta se estaba enfadando.  El día había empezado mal,  se había tenido que levantar más temprano que cuando tenía que ir al colegio, no le habían dejado ponerse vestido ni zapatos bonitos, no le dejaban tomar chocolate y…eso ya era bastante.  Ojalá tuviera teléfono, su amiga Nere ya tenía, pero sus padres decían que de eso nada, que era demasiado pequeña y que ya habría  tiempo de pasarse el día como una boba mirando una pantalla, cuanto más tarde, mejor. Sus padres siempre decían que ya tendría tiempo de todo pero ¿y si no era verdad? A veces le angustiaba ese pensamiento.

Se distrajo mirando a unos niños que se estaban pegando en la cola, eran hermanos porque iban vestidos iguales y se parecían mucho,  se daban patadas y se reían, a veces uno lloraba, se pegaban otra vez, se reían, lloraban. El padre, sin prestarles demasiada atención,  decía sin convicción, “parad ya, he dicho que paréis”, pero los niños no paraban. Cristina se alegraba de que no parasen, le gustaba ver ese juego de lucha, tenía ella ganas también de pegar patadas pero no sabía a quién.

Tal y como se habían temido, el autobús se llenó y el conductor, asomándose a la puerta,  avisó a los que se habían quedado fuera: “no caben más”. Y ante las protestas se encogió de hombros,  “es lo que hay, esperen al siguiente”. Cerró las puertas que hicieron un ruido como de algo que se desinfla, tal y como ellos mismos se estaban desinflando, y lo vieron alejarse con su número refulgente en dirección a las campiñas y las cigüeñas, en dirección al aire puro.

El padre sacó su teléfono de uno de sus múltiples bolsillos y llamó a su hermano. Habló en voz bastante alta para que no fuera su hermano el único que lo oyera.

No llegamos a la hora prevista, id yendo vosotros si queréis, ¿Que si no hemos madrugado? Ni estaban puestas las calles, era casi de noche cuando hemos salido, las farolas encendidas todavía, ¿que de dónde sale tanta gente¿ y yo qué sé de dónde sale tanta gente? Y luego los de la empresa de  autobuses, si saben, porque lo tienen que saber, que no vamos a caber todos en uno, ¿por qué no dan más servicio?, es una falta de todo…tercermundista, tercermundista.  No sé lo que tendremos que esperar aquí, no lo sé.

Esto es de vergüenza, de vergüenza, decía la madre buscando coro entre los que también se habían quedado fuera.  O estaban dormidos o les daba lo mismo o eran gilipollas o todo junto. Nadie se alteraba, había, entre otros,  una pareja joven, los dos con pinta de empollones, delgados y con gafas, de vez en cuando se daban un tímido beso, tres hombres con aspecto de ir a trabajar a alguna obra, esos sí entraron en el bar que tenía chocolate con churros, un viejo con bastón y gafas al que parecía darle lo mismo estar aquí que allá, el padre con los dos niños de las patadas y una mujer con los ojos muy pintados que se sacó de una bolsa de papel grasienta un trozo de pizza y se sentó a comérsela en un banco mientras miraba el móvil.

La niña Cristina  la miró con admiración.  Quería ser mayor como esa mujer para llevar tacones, ojos pintados, comer pizza por la mañana  y hacer, en general,  lo que le diera la gana.

¿Puedo comer pizza?, le dijo a la madre tirando de su chubasquero rojo.

De vergüenza, de vergüenza, repitió la madre. Quiso añadir algo más pero no supo qué. Vergonzoso, vergonzoso, dijo solo en voz más alta y dándole un tono de mayor indignación.

Un nuevo autobús estaba entrando en la dársena.

Eugenia, gritó una voz, Eu, Eu, Eugeniaaaa. Un grupo de jóvenes con cervezas en las manos se colocó a empujones al final de la cola ¡Que nos vamos de rave!,  anunció al aire el que acaba de llamar a gritos a  Eugenia, aunque la tenía al lado.  Nos vamos de mañaneo, este es el plan, es un cacho plan. El que se venga de mañaneo que levante la mano.

Lo que nos faltaba, dijo la madre. El padre volvió a llamar al hermano.

-Ya salimos, Matías, han puesto otro autobús. Te voy llamando que ya subimos,  te voy llamando.

(Continuará. O no)

30 comentarios en “Nos vamos de mañaneo

  1. La verdad es que comprendo a los padres (soy también de los que se dan el madrugón) y a los que huyen de la ciudad. También a la pobre niña. Nunca llueve a gusto de todos. Con toda esa gente variopinta que se monta en el autobús, puede ocurrir cualquier cosa. Espero que continúe.

    1. Yo también los comprendo, a cada uno de ellos, todos tienen sus razones. Lo de madrugar más que un gusto es una necesidad si vives en una ciudad grande y quieres algún rato de paz.

      Gracias, Antonio

  2. Sí, hombre, ¡que continúe! La mía mayor ya empieza a torcer el morro si tiene que madrugar en fin de semana, pero no pide ni restaurantes ni vestidos (para disgusto de mi madre). No me ha gustado la niña Cristina, los padres tampoco (supongo que va unido), pero tu relato sí, transmitiendo, como siempre.
    Un besote

    1. 🙂 Hola, Olga

      Se me ha ido de las manos en extensión y por eso lo he cortado ahí. No sé si es muy apropiado enrollarse tanto en un blog.
      Pero muchas gracias, me animaré a seguirlo aunque ya adelanto que será más de lo mismo.
      Un beso

  3. La vida nos parece una única versión y existen tantas vidas como personas, incluso aunque se encuentren en la misma situación. A veces nos olvidamos, nos empeñamos en que sólo existe “nuestra” versión…

  4. Las cigüeñas, los verderones, el aire puro… ¿Y EL BOCADILLO? Jajaja, qué gracia me ha hecho.
    Muy bueno, Paloma, muy bien contado y descrito. Sobre todo la psicología de la niña, sus pensamientos y su apatía a todos esos planes.
    Esto… pueden acampar en la cola del autobús para ser de los primeros. Como hacen los fans en los conciertos. Y así se ambientan.
    Cuantas más expectativas, más chasco te llevas. Ley de vida.
    Se me ha hecho corto.
    Namastebeso.

    1. Jajajaja, a lo que importa, déjate de avecillas de los prados y¡ dame el bocata ya!
      Poco les ha faltado para acampar en la estación de autobuses y aún así seguro que habría más gente haciendo lo mismo.

      Pues corto no ha sido, me estaba entrando mala conciencia al ver tanto texto pero este me ha salido así.

      Muchas gracias, What
      Namastebesos

  5. ¡Qué pesadilla!, pues el ánimo en esa espera desespera, cómo disfrutar de un hermoso día teniendo que pasar por eso?, claro hay veces que no hay de otra si uno quiere tomar un poco de aire, me recuerda a la gran ciudad y la inundación de gente. A ver si te decides a una segunda parte, me gustaría saber cómo es el paseo, hasta donde encuentran el silencio y la paz y qué tal el regreso, no será igual que la ida? Un abrazo grande

  6. Creo que la gente es lo que tenemos, que ya es tanta que desborda los límites de la ciudad y rellena el campo de sí misma. Una segunda parte aclararía algunas de las situaciones. Un beso.

  7. Madrugar los fines no me resulta divertido, aunque sea para mañanear.
    Tenemos la necesidad de salir de nuestras pequeñas casa y abordar lo que parece que tenemos que ver o sentir…
    Abrazossss

    1. Yo sí madrugo a veces en fin de semana, pero es para poder escapar un rato de las muchedumbres y pasear tranquila.
      Pero también me gusta mucho estar en casa, sin prisas.
      Abrazo, Maite

  8. A mí madrugar nunca me parece divertido y eso que, a medida que voy haciendo mayor, cada vez lo soporto mejor. Sales de la ciudad para relajarte y lo único que consigues es estresarte más: madrugón, colas y nervios para evitar atascos; yo no hubiera esperado al siguiente autobús y, en cambio, me habría comido los churros. Veo que la historia sigue, me paso a ver cómo continúa. Saludos, Evavill

    1. Jajaja, buena opción. Churros sí, autobús no.
      Pero si no madrugas es todavía peor: más gente, más colas, más de todo. Vaya, que no tiene mucho arreglo.
      Gracias por la doble lectura. He estado un poco larga esta semana.
      Saludos, Raúl

  9. ¡¡Me encanta!! Qué facilidad tienes para reproducir el comportamiento y el habla popular de la gente común. Esos niños peleándose en ls cola, la señora con su “de vergüenza” tratando de buscar aliados para su indignación, los chavales con su “cacho plan”… En cuanto pueda me leo la segunda parte, a ver si esta pobre gente consigue llegar al campo. Que se lo merecen, oye. Un beso

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