Categoría: Ventanas

Sinforosa, sólida y líquida

Desde que se había ido a vivir al campo,  a Sinforosa de la Fuente ya no le gustaba tanto, incluso podía decirse que ya no le gustaba nada,  pero ese inesperado desagrado era algo que ni a sí misma se quería confesar. Con todo lo que había protestado y despotricado de la gran urbe, con la de veces que había manifestado su anhelo de vivir fuera de ella y ahora…ahora cuando abría la ventana por las mañanas y veía todas esas hierbas amarillas meciéndose como tontas de un lado al otro y los pajaritos cantando como tontos sobre las copas de los árboles y ese silencio inquietante compuesto de pequeños sonidos como el rumor de las hojas y que sólo era roto por el ladrido de algún perro tonto o por el  cencerro de una vaca más tonta todavía, a Sinforosa le entraba una especie de angustia, una especie de ansiedad, una especie de tristeza campestre de lo más tonta también.

De eso nada, Sinfo, conversaba con ella misma, con esa parte de ella misma que parecía ser otra, pero si aquí estás en la gloria, mira todo este horizonte, ¿acaso tenías horizonte en la gran urbe? No, no tenías, tenías la casa de enfrente, un muro que se te estampaba en los ojos, ¡zas, toma muro!,  tenías un recorte de cielo y no precisamente el más bonito, como si no hubiera cielo para todos y te hubieran dado un trocito minúsculo y sobado y tenías claustrofobia, mucha, ¿o es que ya no  recuerdas que te sentías como un topillo en su madriguera y querías ser águila por lo menos?  Espabila y disfruta de todo esto.

No, sí, claro, si es verdad, respondía la otra Sinforosa y para disimular y convencerse, abría la ventana, abría los brazos, echaba la cabeza hacia atrás y pronunciaba, ¡ahhhhhhh, qué maravillaaaa!, con muchas haches que no suenan pero algo hacen y muchas aes que sí que suenan y son abiertas como las ventanas y los brazos.  Después hacía una foto del campo de hierbas tontas que se pasaban la vida meciéndose como locas atadas a una silla y luego otra de ella misma en la ventana con los brazos extendidos, abarcando su nuevo territorio y también medio loca de aburrimiento,  y se las mandaba a sus amigos los de la gran urbe con un pequeño texto debajo que decía “aquí, sufriendo”. Y no era irónico porque Sinforosa por mucho que se dijera que no, estaba sufriendo.

Sus amigos le contestaban con pulgares hacia arriba y florecillas que simbolizaban lo contentos que también estaban  de que Sinforosa hubiera hallado la felicidad  y ya no tuviera la necesidad de decir cada cinco minutos  frases como “no puedo más con esta vida, me estoy marchitando” o “esto es demencial, ¿es que no os dais cuenta?” o “como no me marche pronto de aquí me voy a pegar un tiro”. Muy alegres estaban sus buenos amigos de ver a Sinforosa tan feliz y cuando les invitaba a su casa de la pradera, iban por no desairarla aunque no les gustaba nada el campo y menos todavía la   paella malísima que la propia Sinforosa se afanaba en cocinar en un rincón de su jardincillo silvestre.

Pero si parece que hasta aquí la paella sabe mejor, como más natural, tiene un retrogusto especial, campero, agreste, decía Sinforosa repartiendo paletadas del emplasto ¡Y tan agreste!, pensaban sus amigos los de la gran urbe, espantándose las moscas y masticando una y otra vez esos trozos de pollo correosos y ese arroz pastoso. Pobrecilla, qué malas artes culinarias tiene, pero se la ve tan feliz…por fin ha conseguido lo que deseaba.  A la vuelta, mientras conducían por esas carreteras perdidas, entre pastos, eras abandonadas donde anidaban las cigüeñas y fresnos desmochados, iban comentando la suerte que tenían de sentirse amparados por las familiares franquicias, las luces siempre encendidas,  los museos, los  conciertos, los  gentíos, los bares y baretos,  los repartidores de todo tipo,  los comercios de los chinos  y todos los múltiples y variados  entretenimientos de la gran urbe.

Por desgracia para ella, lo mismo pensaba Sinforosa de la Fuente  cuando les decía adiós desde su puerta de madera pintada de verde y empezaba a sentirse muy sola, más sola cada vez que una nueva estrella brotaba en el cielo como una minúscula flor de luz y todo él se iba llenando de esos mundos bellos pero lejanísimos, muchos ya inexistentes, lo cual incrementaba su sensación de soledad. Más aún cuando los grillos empezaban a cantar un tema que decía, “Sinforosa, no te gusta el campo, no te gusta el campo, no te gusta el campo, no te gusta, no te gusta”.

Sí que me  gusta,  es bellísimo, solo que también lo odio, les contestaba ella. En realidad puede que  no me guste nada, se desesperaba tumbada en su cama observando la aparición  del rayo de luna que entraba sigiloso y se posaba sobre su frente.

Pues me vuelvo a la gran urbe, decidió una noche,   todo es reversible menos la muerte y de bien nacidos es ser agradecidos, arrieros somos y en el camino nos encontraremos ( cuando empezaba con las frases hechas ya no podía parar). Mañana mismo pongo esta casa en venta y …y ahí se detuvo porque sabía que hiciera lo que hiciese, a una de sus Sinforosas le gustaría pero la otra lo odiaría con la misma intensidad.

Como no se podía dormir porque desde que se había ido a vivir al campo le faltaba el  estruendo del camión de la basura que era lo que la hacía caer en el sueño de un violento empujón, encendió su teléfono y se puso a mirar las noticias que un algoritmo había decidido que le iban a interesar. Leyó, “¿cómo saber si tengo trastorno límite de la personalidad?”, pasó de largo, leyó también, “las cinco melenas que desearás tener este verano”, tampoco estaba interesada, “cuatro detenidos por esconder marihuana entre los cultivos de tomates”, ahí estuvo a punto de entrar, pero el dedo la condujo a esta, “descubren un nuevo  estado de la materia que  es sólido y líquido a la vez”.

Sinforosa leyó con avidez la información cientifica,  se había descubierto un nuevo estado de la materia física en la que los átomos podían existir como sólidos y líquidos a la vez, no era una etapa de transición entre uno y otro estado sino un estado nuevo en el que una parte de los átomos formaban una estructura sólida y otra parte una estructura líquida y así convivían.

Pero si esa soy yo, se dijo con entusiasmo, no estoy loca ni nada parecido,  “no te gusta el campo, no te gusta el campo, no te gusta el campo”, seguían cantando los pesados de los grillos que cuando les daba por un tema les pasaba como a Sinfo con las frases hechas, no sabían salir.

-No me gusta y sí me gusta, plastas,  les respondió Sinforosa contemplando el cielo estrellado, una manta entera para ella sola. Con ella se tapó hasta la barbilla,  un poco satisfecha y un poco insatisfecha  y al instante se quedó dormida.

Tuvo sueños sólidos y a la vez líquidos.

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Los mensajes verdes

A Berenice Gallardete le encantaban las plantas, las tenía por toda la casa: en cada rincón, junto a las ventana, en el baño, en el dormitorio, en la cocina, en la sala, por el pasillo, en el cuarto de los niños  y en la terraza, colgadas del techo, trepando por las paredes, sobre los alféizares de las ventanas.

Le encantaban y se le daban muy  bien, sus plantas nunca enfermaban ni morían, al contrario, se desarrollaban de forma generosa y hasta torrencial, crecían, se expandían, se inflamaban, daban flores. Sus dos amigas , Manolita Kepler y Sabina Pizarrosa, se admiraban mucho de la buena mano que tenía con todo lo vegetal. A Manolita Kepler las plantas se le mustiaban como si vertiera sobre su tierra veneno en vez de agua y las de Sabina Pizarrosa  presentaban un aspecto regular, normalito, nada merecedor de exhibiciones.

Cuando una vez al mes se reunían en la casa vergel de Berenice a tomar café, las amigas expresaban su  admiración, sí, pero también hacían alguna que otra pregunta desconfiada pues no se podían creer que tanta exuberancia se consiguiera así como así.

“Pero si no hago nada”, se disculpaba Berenice, apartando las ramas de la Zamioculca que se introducían con muy pocos miramientos en las tazas como si ellas también  quisieran participar de la merienda.  “De verdad que no hago nada, solo las pongo ahí”, y mostraba un ahí  que ya era toda su casa, todo su ahí,” las riego de vez en cuando, más bien poco que mucho y ellas solas hacen lo que tienen que hacer. Me alegran la existencia, si os digo la verdad, pero no es mérito mío.”

Las amigas, en especial Manolita Kepler,  la envenenadora involuntaria, no la creían del todo y cuando Berenice no estaba presente debatían sobre el tema de tamaño éxito vegetal.

“Esta tiene que tener algún secreto para tener las plantas como las tiene porque no es normal, nunca se ha visto nada similar”, decía Sabina Pizarrosa retorciéndose las manos y  pensando en sus mediocres tiestos.

“A mí no me termina de gustar”, añadía despectiva Manolita, “quiero decir que yo no podría vivir en una casa así, tan llena de verde, si esto  parece una jungla, qué enmarañado todo,  se van a comer a su familia y a la propia Berenice como se descuide”.

“A lo mejor es lo que pretende”, se animaba Sabina. “Cualquier día se le pierden los niños detrás del ficus  o la drácena se come al marido, ¿te imaginas?” Y tras reírse un rato de la escena de Ildefonso Laínez siendo devorado pasaban a otras cuestiones, tampoco se iban a pasar el día hablando  de Berenice, esa  maniática de lo vegetal. Algo tenía de bueno esa pasión suya,  siempre sabían que regalarle: plantas.

“Ay, qué ilusión”, aplaudía Berenice, “¿cómo sabíais que quería una costilla de Adán? ¡Pensamientos!, oh maravilla, parece que tengan caritas, caritas que reflexionan o recuerdan,¡ un anturio!, me apasionan esas flores rojas en forma de corazón, me voy ahora mismo a buscarles un sitio, está difícil pero lo encontraré, para una planta nueva siempre habrá lugar”.

“Se va para hablar con ellas, claramente las prefiere a nosotras”, decía Manolita en cuanto Berenice se largaba abrazada a su nueva  maceta. Sí, les habla, seguro que mantiene larguísimas conversaciones con ellas y sin embargo,  con nosotras cuesta que diga tres palabras seguidas, me pone nerviosa, nunca sé lo que está pensando, es muy reservada”.

Pero Berenice no hablaba a sus plantas, nunca lo había hecho, como mucho las miraba desde lejos o desde cerca o desde media distancia ya que como estaban por todas partes podía experimentar variados puntos de vista y pensaba, “son una maravilla, está claro que  tengo un don de color verde, más me hubiera gustado tener uno de color azul e ir sembrando cielos por donde quiera que pisara, pero los cielos no se dan bien en un segundo interior”. Berenice, hay que admitirlo, era estrafalaria pensando.  Menos mal que sus amigas no tenían acceso a su caja mental de los secretos. Menos mal que nadie la tiene, excepto Google.

Lo que no contaba Berenice Gallardete a sus amigas, por su cerrada forma de ser y porque intuía que la podían conducir hasta la clínica psiquiátrica más cercana,  era la íntima e inquietante comunicación que había empezado a establecer con ellas o, mejor dicho, la que habían empezado a establecer las plantas con su dueña,  ofreciéndole pistas sobre aspectos de su vida que ni ella misma conocía. Las plantas habían empezado a actuar como  augures o como un avezado subconsciente que se adelantara a los acontecimientos.

Meses antes de que la premiaran por su trabajo de investigación sobre propiedades volumétricas de los fluidos,  la drácena, que con razón se apellidaba fragans,   le ofreció una maravillosa flor que llenó su hogar de un perturbador aroma  a jazmín. Con el tiempo Berenice  comprendió que  le estaba anunciando su particular florecimiento. Por eso se asustó cuando al cabo de unos meses  languideció y no hubo abono ni poda ni riego ni luz  que consiguiera enderezarla. Su prometedor trabajo había sido sepultado por otros más innovadores, ya nadie se acordaba de su investigación y su labor se volvió rutinaria y triste, ¿para qué tanto investigar?, se preguntaba algunas noches contemplando a su lánguida drácena  de resecas puntas, espejo de ella misma.

Algo parecido le ocurrió con el anturio, al que ella llamaba la planta del amor por sus rojas flores en forma de corazón. Florecía y florecía, se esponjaba y extendía como si fuera un símbolo de su sólida relación conyugal pero una tarde de domingo, cuando lo estaba regando mientras canturreaba desafinando un aria operística, a las que también era muy aficionada, el anturio se desplomó hacia un lado, vencido , herido de muerte. Berenice miró con recelo a Idelfonso, ¿tendría acaso un amante, ya no la quería? Intentó arreglar el desparrame de la planta colocándole un palo en el centro y atando a él sus ramas. Más o menos consiguió enderezarla pero al ir a colocarla en su sitio el palo  tutor se le clavó en un ojo.

Ese fue el inicio de su decadencia.  Al igual que antes no  intervenía para que sus plantas  lucieran tan esplendorosas, ahora tampoco era responsable de que  se marchitaran en bloque. Berenice se paseaba deprimida por su casa contemplando sus marchitos campos y  cantando en voz muy baja, no le daban las fuerzas para más,  “Oh fortuna cambiante como la luna”.

¡Qué etapa más mala pasó Berenice Gallardete! Los niños, que siempre habían estado sanísimos, empezaron a contraer todo tipo de virus encadenados que luego la contagiaban a ella. Como debido a la mala salud familiar faltaba mucho al trabajo, la degradaron, un joven inepto ocupó su puesto y ella, la otrora exitosa investigadora, quedó relegada a una posición oscura y subalterna. Su hasta el momento amoroso Idelfonso se mostraba esquivo y raro hasta que una noche, mientras cenaban,   le anunció que había decidido dejarla por una prometedora numeróloga de veinticinco años.

¡Numeróloga encima!, pero si somos científicos,  lloriqueaba Berenice en el café mensual esperando el consuelo de Manolita y Sabina.  Y claro que la consolaban, le pasaban la mano por la espalda, le decían que no se preocupara,  que todo mejoraría al igual que había empeorado, que solo tenía que darle tiempo al tiempo y no desanimarse mientras tanto. Ahora la percibían más cercana, les resultaba más fácil ser empáticas que cuando era esa mujer llena de dones y plena de éxito y  felicidad. Ahora sí que querían de corazón a Berenice Gallardete.

Un fin de semana  de cielos pesados y turbios , mientras limpiaba los vómitos de los niños , colocaba trapitos sobre sus frentes ardientes y pulverizaba las hojas de sus plantas moribundas, ya que  no se atrevía a tirarlas, Berenice comenzó a hacer lo que hasta entonces nunca había hecho: hablar en voz alta.  No es que hablara con las plantas es que, de puro desespero, lo hacía sola. Iba de un lado para otro, pálida y nauseosa,  arrastrando su cuerpo agotado y narrando todas y cada una de sus penas a aquel erial desecado.

Una vez que terminó el relato abrió la ventana para ventilar  y asomada  sobre los pochos geranios cantó, bastante mal pero con mucho sentimiento, el aria de Griselda, esa que dice:  “mi riverdi, o selva ombrosa, ma non piú regina esposa, mi riverdi sventurata, disprezzatta pastorella “.

“Mira que canta mal la Bere”, gruñó el vecino del tercero bajando con furia su persiana.  Pero en ese mismo momento, silenciosa, diminuta, despuntó del tronco de la drácena, verde y brillante, una nueva hoja, un pequeño y casi imperceptible mensaje de esperanza.

 

 

El queso, la prisa, las gafas

La señora y el señor Certal han quedado con su hijo en el café de la plaza para desayunar. Caminan bordeando el parque, despacio, cogidos del brazo. Es un sábado de invierno lleno de sol, con una luz que parece hecha de  hielo, muy  poca capacidad para calentar pero mucha para deslumbrar. Él está bastante sordo pero ya antes de perder gran parte de la audición era invulnerable a los ruidos.  Ella oye muy bien, más de lo que quisiera. Las obras, los coches, los ladridos de los perros, los gritos de los vecinos…el follón, así lo llama. Qué follón, qué follón y se tapa los oídos. El señor Certal  ni se inmuta pero  es que él no se inmuta casi nunca y por casi nada. Después de tantos años juntos , ella a veces piensa que no lo conoce de nada, es un ser misterioso con el que convive, junto al que duerme.

El parque está casi vacío, solo hay un chico con tres perritos blancos  a los que  está lanzando una pelota verde de tenis, los perritos se tiran a por ella muy contentos y la muerden y se la disputan.  Saltan ellos y la pelota también.

-Mira, mira, qué graciosos, le dice ella a él.

-Los perros, contesta él.

Un poco más adelante ven a un hombre de pie entre dos bancos, va vestido como si viniera de una fiesta o como si estuviera a punto de ir a una,  lleva en la mano una rosa envuelta en papel de celofán y se ha colocado en dirección al sol con los ojos entrecerrados.

-Es raro ese hombre, parece un resucitado,  le vuelve a decir ella a él.

-El hombre,  contesta él.

La señora Certal se está enfureciendo  pero, como si viniera volando para apaciguar su mal humor, se le presenta un  queso que acaban de ver en el escaparate de una tienda, el mismo que suelen comprar en otro lado, pero mucho más barato. Lo dice:

-Ese queso es igual que el que compramos, pero aquí está mucho más barato, recuerda que nos llevemos uno antes de irnos”.

El queso, dice él haciendo de agenda humana. Y se pone a mirar los árboles de la plaza, los han  podado tanto que parece que tienen muñones en vez de ramas.

-Nos ha saludado ese, el de las gafas, el que viene de frente, le avisa  ella en ese instante  apretándole el brazo en un pellizco

-¡Qué pintas de fantoche con esas gafas de sol!, ¿quién es?

-Tu hijo, contesta el señor Cristal con la misma entonación  con la que dijo ” los perros, el hombre y el queso”

-Es que me da el sol que me deslumbra y además, es que lleva unas vestimentas…

-Las de la bici, se ve que luego va a montar, es lo que le gusta a él, lo de la bici y el monte.

Se besan  y entran los tres en el café de la plaza.

-Yo solo voy a tomar un café, no quiero comer nada. Tengo prisa, dice el hijo.

Prisa, prisa, piensa la señora Certal,  este siempre tiene prisa, para un rato que nos vemos y ya se está queriendo marchar. El señor Certal  no dice nada, ha conseguido sentarse en la mesa en la que da el sol y está disfrutando de su calor mientras sigue analizando el podado de los árboles, él no le hubiera metido tanto la tijera, a ese del medio se lo han cargado para el verano, no va a dar ni gota de sombra.

-Qué follón hay aquí, yo no sé por qué grita tanto la gente, ¿por qué gritan tanto?, dice la señora Cristal, tapándose los oídos.

-No gritan tanto, contesta el hijo, lo normal en un bar, hay gente y hablan. Nosotros también hablamos

Si tú lo dices…piensa ella con un poco de rabia observando su atuendo deportivo. Esos pantalones tan ajustados, ¿serán buenos para circulación?, mira que si se le recuecen sus partes y ya no puede tener más descendencia… Un nieto me gustaría, ya tenemos a las dos niñas pues, ahora, un niño.

Todavía no han empezado a poner ni la mermelada en el pan  y ya se ha bebido el hijo el café de un trago, lo mismo hasta se ha quemado la garganta.

-¿Y qué?, dice el señor Cristal, ¿te vas ya a la bici, monte arriba?

-No, todavía no, tengo primero que hacer unas compras y después ir a recoger a las niñas que están en los ensayos de baile, luego las llevo a casa y de allí me voy.

Al decirlo pone cara de nerviosismo y empieza a mover pierna como si ya estuviera pedaleando cuesta arriba, después tabletea con los dedos sobre la mesa y al momento anuncia, “me voy que se me hace tarde, como vosotros no tenéis nada qué hacer en todo el día…”

Lo ven cruzar la plaza a través de la ventana hasta que se pierde de vista por detrás de la panadería.

Los árboles, dice el señor Certal, señalando las ramas mutiladas.

El queso vuelve volando hasta la cabeza de ella y allí aterriza, disipando un poco el malestar por la desaparición del hijo.

-Pero que mucho más barato aquí y es el mismo queso,  ¿y para qué viene si tiene tanta prisa? Ni le he conocido de frente con esos atavíos del deporte y esas gafas de colores.

-El queso, la  prisa, las gafas,  resume él,  da un sorbo a su café y se pone a enrollar el sobre vacío del azúcar.

 

Un baño de bosque

Ya que tiene que estar tantas horas en esa garita la ha ido poniendo acogedora, decorándola a su gusto, poco a poco. La mesa está cubierta por un mantel de flores que encontró por casa, así no se ve lo vieja que es, y al lado del calendario con imágenes de los parques naturales de Chile, ha colgado un reloj redondo que parece de estación de tren. Utilidad no tiene porque al segundo día se paró en las cuatro y media, pero si lo quita se ve un círculo blanco que delata la suciedad de la pared. Si quiere saber la hora consulta el móvil, aunque ya tiene comprobado que es mejor no mirar demasiado porque entonces el tiempo, como si se supiera vigilado, se atasca.

Le pasa lo mismo que a él cuando se le coloca detrás el jefe para hacerle el seguimiento. También se atasca y se tropieza y no será porque no se conozca el territorio. Tiene inventariado cada desconchón del suelo, cada grieta y cada mancha. Hay muchas, el don Luis no se gasta un euro en mantenimiento, es rata como él solo. Hasta un agujero tiene el suelo y por ese agujero, cuando está en la planta segunda, ve aparecer a primera hora las suelas de los zapatos del don Luis. Es ver esas suelas y algo le pasa en el estómago, le entra un hambre rara, una necesidad de comer algo mezclada con angustia. Vacío doloroso lo llamó la doctora y le dijo que se tenía que hacer una endoscopia. No se la ha hecho.

Como hoy es domingo las suelas de los zapatos no van a aparecer por el agujero. Aun así, no puede evitar mirarlo con recelo, como no puede evitar que las palabras que le dijo ayer le estén dando vueltas por la cabeza como uno de esos moscardones que no hacen más que zumbar y estrellarse contra los cristales. Ahora resulta, después de tanto tiempo, que no le gustan sus decoraciones, como si las acabara de ver.
“Pero hombre, José Ángel, ¿qué me ha puesto ahí?, ese mantel florido y ese reloj… que no está usted en el salón de su casa, por Dios”.
“Tacaño, súbame el sueldo”, pensó él. La de veces que se lo ha pedido, que lleva catorce años cobrando lo mismo, pero él ya tiene la respuesta preparada y como si fuera una máquina, con la misma vocecilla cargante, una y otra vez le suelta, “¿se lo bajé acaso cuando llegó la crisis? No, se lo mantuve. Lo uno por lo otro y quite esos aderezos de una vez, que esto es un parking”
Aderezos, como en las ensaladas, pues no los piensa quitar. Se sienta tras la mesa, clava los codos sobre el mantel florido y enciende la radio. Empieza el programa que le gusta. Una mujer de voz muy dulce dice,”la luminosidad parece brotar del suelo. Viajamos al interior de la fronda. Todos nuestros sentidos están para ser despertados, un nuevo mundo surge a nuestro alrededor”. De fondo se escuchan pájaros, crujir de hojas, frote de ramas. Entrecierra los ojos.

Cuando se jubile, y solo le falta un año, se va a pasar los días dándose baños de bosque, pero verdaderos. Por el momento sigue adentrándose en el de la radio a través de la voz de la locutora. Lo malo es que al viaje se ha apuntado, sin que nadie le invite, el don Luis, lleva traje y corbata y los zapatos de siempre con esas suelas de marcas onduladas para evitar resbalones, “tuve que echar a su hijo porque a su hijo no le gusta trabajar, es muy vago, yo en mi negocio solo quiero gente a la que le guste trabajar, ¿cómo le salió tan vago?”, va diciendo mientras pisa la tierra húmeda con aprensión de hombre urbano acostumbrado solo a la dureza del asfalto.

Eso es mentira, le contesta él, hundiendo con placer las botas sobre las hojas mullidas, no es vago, lo que pasa que no se calla, protesta cuando tiene que protestar, cuando algo es injusto o está mal y eso es lo que usted no ha podido aguantar, que le lleven la contraria”. Se ha ido haciendo de noche y la locutora les avisa porque, si están atentos, tal vez puedan ver y oír a la dama de noche, la misteriosa lechuza blanca.

Al don Luis poco le interesa la lechuza ni que cada vez vayan quedando menos, él solo quiere saber quién ha sido el que ha escrito cabrón en su capó. Cuando se trata de su coche se vuelve obsesivo, con los de los demás, los golpes son tonterías sin importancia.

Abre los ojos, está harto de ese paseo imaginario en el que se ha colado el jefe. Cuatro y media en el reloj redondo de la pared, once y media en el móvil. Todavía las once y media. Un año para jubilarse, para vivir de verdad. Siente el vacío doloroso en el estómago, ¿y si no llegara a tiempo al bosque? Se mete en la boca tres almendras y las mastica mientras contempla en el calendario una foto de un lago. Chungará, así se llama.

Burbuja de las diez y media

Con un poco de suerte Sol no está dentro, en el obrador del pan, con un poco de suerte está fuera atendiendo, sirviendo cafés y despachando barras y ensaimadas. Con un poco de suerte la que está dentro es Lucía, la delgada que hace figuras de papel y las cuelga del techo como adorno. Lucía tiene cara de niña, de niña asustada. Con un poco de suerte Sol está libre, sin Almudena, la que manda, pululando por ahí y poniendo orden, dirigiendo.
Con un poco de suerte le atiende Sol y si es así se toma dos cafés para alargar el rato, aunque luego ande toda la mañana dando saltos y con ardor de estómago. Es demasiado fuerte ese café, pero quiere oír cómo ella dice, “con esto te pones las pilas para toda la mañana” y ver cómo, al decirlo,  se le quedan los labios un poco pegados a los brackets y cómo los despega y se aleja con su coleta rubia saltando entre sus omóplatos. Y que después, cuando le vaya a cobrar, le diga “yatá” con ese acento argentino que tiene tan gracioso y musical.

Y sí, ha habido suerte, Sol está y le atiende y le gasta una broma y él se la gasta a ella y en un momento todo lo de alrededor retrocede,  se aleja y  borra.  Por encima de sus cabezas se mecen las lunas azules  y los pájaros rojos de papel confeccionados por  Lucía. Pero ellos no los ven, no pueden verlos, ni  tampoco las tuberías de diferentes grosores y colores dejadas a la vista para darle al local un aspecto moderno, industrial, de Manhattan  madrileño, ni  a todos esos impacientes que se empiezan a aglomerar en la puerta y alrededor de la barra . Un murmullo de protesta  va subiendo, sin necesidad de levadura, de esa masa aglomerada. No entienden por qué esa chica tarda tanto envolver cuatro ensaimadas y se le escurre el papel entre los dedos ni por qué se ha formado a su alrededor y alrededor de ese que la está mirando, una especie de burbuja  invisible dentro de la cual nadie ni nada más cabe.

Pero en realidad claro que lo entienden, algunos sin darse cuenta de que lo están entendiendo,  y les incomoda porque ellos no pueden aislarse así. Para ellos ese espacio íntimo está vedado, se han quedado fuera, en el día abierto y hosco con sus obligaciones repetidas, en la calle con esa gente que se desplaza sin mirar o se detiene a  fumar en las esquinas, las hojas cayendo un año más, los pitidos de los coches, las nubes que se deslizan y ese constante mirar al teléfono buscando lo que fuera no existe y en realidad tampoco dentro.

Y hasta el hombre gordo y desaliñado de la tienda de electricidad, de aspecto siempre  satisfecho, se asoma a por su barra de pan y al ver el panorama, recula como si se hubiera asustado, regresa a su tienda revuelta  de cables y siente una especie de vacío que confunde con hambre, no es muy ducho en descifrar emociones. Y para ahuyentar eso que siente y le molesta,  vuelve a entrar, da dos palmas enérgicas y grita, “vamoooos, ese pan…”  A la llamada aparece Almudena, la jefa. Enseguida se pone a meter prisa y le dice a Sol por lo bajo, “espabila que mira la que tienes montada”. Sin ruido se explota y deshace la burbuja.

Con un poco de suerte mañana a las diez y media…piensa él atravesando la fila malhumorada y saliendo a la calle con un paquete de ensaimadas que no se piensa comer. Por la puerta del fondo, asoma la nariz roja y asustada, como de tímido ratón, de Lucía, a la que tantas veces se le queman las barras por estar soñando con lunas azules, con pájaros rojos.

En la librería de Vi

De las dos librerías, una es grande y está en la calle principal, enfrente de la plaza de la fuente. La lleva desde hace siglos un matrimonio desganado y poco o nada aficionado a la lectura. Venden también periódicos, objetos de papelería, juguetes y golosinas. En el escaparate, que forran hasta la mitad con papel celofán de color amarillo, exponen los cuatro o cinco best sellers del momento. En otoño les tiran por encima unas cuantas hojas rojas de árbol hechas con papel y cuando se aproxima la Navidad, sustituyen las hojas por espumillón plateado y copos de falsa nieve. El resto del año no hay decoración, solo el celofán amarillo, cada vez más arrugado. Dentro, en unos estantes giratorios, cogen polvo algunos clásicos en edición de bolsillo, esos que solo compran los alumnos del colegio por obligación.

La otra librería, la que abrieron después, es la de Vi. No está muy a mano y es demasiado rara como para que suponga una amenaza para el matrimonio apático. Para llegar es necesario subir primero una de las cuestas más empinadas, torcer por un callejón, atravesar la plaza de la droga, dejarla atrás y también a sus habitantes alucinados, cruzar por delante de la casa con jardín que se transformó en bar de copas y luego en terreno abandonado lleno de gatos y maleza y, al final de la calle, en la punta más alta, ahí la tienes.

Es tan pequeña que los libros no caben, se salen de los estantes y acaban colocados formando montañas y torres por el suelo, entrecruzados unos sobre otros. Para mirarlos hay que pasear con mucho cuidado y de medio lado por la estrecha galería que ese amontonamiento forma y girar la cabeza y agacharse y retorcerse para leer los títulos. En un rincón dormita el perro de Vi con los morros aplastados contra el suelo y detrás de un mostrador diminuto está su dueña.

Vi contiene dos Vi dentro de ella, es como esos dibujos que según cómo los mires ves una imagen u otra y resulta difícil salir de lo que inicialmente hayas percibido. Hay quién la ve siempre como un hombre y quién la ve siempre como una mujer, pero también existen los que son capaces de detectar la variación, de saltar de la Vi masculina a la femenina dependiendo de la la luz que le dé, del gesto que haga o de la postura en la que coloque el cuerpo.

Lo mismo ocurre con los rasgos básicos de su personalidad, en ocasiones predomina el amable y dulce y otras el hosco y ácido . Si se da el primer caso, le hace feliz que los clientes o visitantes se queden un buen rato curioseando entre sus cordilleras de libros, se anima a charlar con ellos y les aconseja lecturas con mucho acierto. Si se da el segundo, odia a todo el que allí entra y se detiene más de la cuenta y desea que se vayan de inmediato, dejándola en paz con su perro, su música de Bach y sus tres amigos.

Esos tres entran y salen de su librería como si fueran apéndices o extensiones de la misma. Pasan gran parte del día apiñados tras el mostrador o sentados en alguno de los peldaños de la silla escalera. Leen, hablan, comparten silencios, se ríen de cosas que solo ellos entienden y se asoman a la puerta de la tienda a mirar el panorama desde las alturas de la calle.

Uno de esos amigos es Abel, un hombre muy alto que vive en la que llaman la zona rica, la que tiene casas grandes de ladrillos rojos, verjas verdes y castaños de indias a cada lado. Abel fue durante cinco años profesor de literatura pero lo dejó por incompatibilidad de caracteres. Los alumnos se reían de su tartamudez, de su gabardina, de la onda de su pelo rubio, de sus gafas, de todo él en conjunto. Suele pasear al perro de Vi cuesta arriba y cuesta abajo. Y si por casualidad, en uno de esos recorridos, se encuentra con alguno de esos antiguos alumnos con los que no consiguió confraternizar, se gira veloz a mirar los muros como si tuviera gran interés en examinar a las lagartijas que se escurren, igual que él, a toda prisa entre sus grietas.

La segunda habitual de la librería es la madre del bebé grande. Lo lleva sobre su pecho envuelto en un hatillo atado a la espalda, el bebé se revuelve mucho porque es nervioso o porque está incómodo dado su tamaño, empuja con las manos la cara de su madre o la muerde, ella se desespera porque tiene el vicio de la lectura y quiere leer y leer y leer y eso es lo que hace mientras el bebé enorme mama o duerme. Pero cuando empieza la lucha por escapar del envoltorio en el que está encerrado, la mujer ya no puede leer más. A veces Abel pasea al bebé grande al mismo tiempo que al perro. La madre le pasa el hatillo y él se lo coloca por encima de la gabardina y sube y baja la cuesta saltando sobre los adoquines del suelo, que están bastante desnivelados. Ese trote irregular le gusta al bebé gigante y suele dormirse para alivio de su adicta madre.

El tercer amigo de Vi es un hombre de barba blanca con una voz tan potente que cada vez que habla, los libros amontonados se tambalean un poco. Si se lo propusiera los derribaría a todos y dejaría la librería como el escenario posterior a un terremoto o a una guerra. Pero se ve que no se lo propone. Se conforma con emitir cada cierto tiempo, después de un prolongado silencio preparatorio, opiniones cortas, contundentes y muy dramáticas sobre los temas más dispares. Sus opiniones también son dispares, nunca opina lo mismo sobre lo mismo,le gusta variar de punto de vista, ensayar posiciones contrapuestas. Los que no lo conocen se asustan bastante y se giran a mirar con un poco de miedo al dueño de la imponente voz que hace temblar de miedo a los libros.

Que alguien se atemorice divierte mucho a Vi. En esos momentos es mujer, una mujer afilada, punzante y un poco maliciosa, una mujer a la que brilla el flequillo.

Liudmila y la flor roja

Liudmila se sentó  al lado de la ventana y desplegó sobre la mesa todas las pequeñas cosas que había decidido limpiar. Las separó  para contemplarlas mejor y, sin querer, porque estaban por ahí delante, se observó las manos. A plena luz se veían todos sus defectos con una crudeza insultante:  las venas abultadas, los tendones excesivamente marcados, los inflamados huesos de las articulaciones,  las salpicaduras de manchas oscuras.  Pero las uñas, pintadas de naranja, desafiaban al resto. Tableteó con ellas sobre el cristal de la mesa para ayudarse a decidir por qué objeto empezaba. Tenía muchos detalles, así los llamaba ella,  repartidos por toda la casa; colgando de las paredes, encima de estantes y repisas,  dentro de cajones o armarios. Algunos eran cajas, cajas que por sí mismas ya tenían su importancia, pero que, además,  contenían más detalles: una llave antigua,  un colgante en forma de corazón, un abrecartas con empuñadura de dios Azteca, un abanico de nácar con flores rojas pintadas y un colibrí en una esquina acercándose a libar. Siempre acercándose pero sin llegar jamás.

Suspiró y después tosió. No, fue al revés.  Primero tosió y luego hizo que la tos volviera a sí misma, aspirándola para reconvertirla en suspiro. Las toses iban hacia afuera,  los suspiros hacia dentro recogiendo lo que allí hubiera y que estuviera incomodando y luego también se lanzaban, pero de otro modo, con más finura. Pensaba que las toses eran físicas y los suspiros espirituales.

Le gustaban los días de limpieza de sus cosas, recorría la casa recolectando objetos como si arrancara frutos de los árboles  y después se sentaba con su botín. Tanto le gustaba ese ritual que la mayoría de las veces  limpiaba  sin necesidad.  Casi ninguno de esos objetos le había pertenecido directamente a ella ni había intervenido en su compra, los había heredado de dos de sus tías, Estefanía y Rosalía,   las viajeras.

Cuando se ponía a lustrar el abanico de nácar , con las flores del hibisco tan delicada y  perfectamente pintadas que por mucho frote que les diera nunca se decoloraban, cuando restregaba la madera de las cajas o soplaba el polvo de los espejos con marcos de filigranas  se acordaba de esas dos y de alguna manera viajaba con ellas.
Primero hacia atrás, hasta su infancia; volvían a colgarle las piernas de la silla y con los calcetines caídos, las mecía adelante y atrás mientras escuchaba las narraciones  de sus tías. Trataban de viajes por mar a  lugares selváticos llenos de fragantes flores cuyas bocas se abrían y cerraban atrapando insectos,  pequeños pájaros despistados y  niños de mediano tamaño, como ella.

En esas estancias en tierras pobladas de animales exóticos, debían enfrentarse  a peligrosos especímenes, cargados de venenos letales o de zarpas que con tan solo aproximarse, sin llegar a rozar, la piel de un niño, la desgarraban. Los  ríos eran tan impetuosos y bajaban con tanto caudal que constantemente se desbordaban, llevándose a su paso aldeas enteras y a todos sus infantes.  En aquellos parajes se  desencadenaban tormentas tan salvajes  que en tan solo un instante derrumbaban árboles milenarios, fulminándonos. De todo ello salían incólumes Estefanía y  Rosalía,  pero aún tenían que soportar una larga travesía de vuelta en barco.  Era allí, entre nausea y nausea, donde vivían apasionadas historias de amor,  todas con infeliz final, no porque aquellos hombres, tan guapos como galanes cinematográficos,  no las quisieran lo suficiente, las adoraban, sino porque morían de modo repentino y trágico. Una ola los arrancaba de sus brazos justo en el momento de mayor pasión.

Frotar el abanico de nácar era abrir las puertas de ese viaje hacia atrás, hacia las tardes doradas de los sueños, las fantasías,  las meriendas  y el miedo. Un miedo bueno, de mentira, porque ella intuía que todo lo que le contaban sus tías no había sucedido y aunque así hubiera sido el peligro no la podía alcanzar. Un miedo que poco se parecía al que a veces experimentaba ahora, tan real,  y del que por eso mismo no se podía salir. Al limpiar esos objetos ya no  estaba sola y asustada,  la amparaba a cada lado una tía narradora.

Cuánto le hubiera gustado compartir esas historias con alguien, poder traspasárselas a algún atento oído infantil. Pero, quita, ilusa,  ya no quedan oídos atentos, le dijeron sus uñas naranjas repicando de nuevo, esta vez con enfado, sobre el cristal  de la mesa. Los nietos, cuando la visitaban, que era poco,  la besaban de medio lado, se encerraban en el cuarto de atrás, se sumergían en las tripas oscuras de  sus máquinas. No querían saber nada de abanicos de nácar, de cajas misteriosas, de viajes selváticos,  de amores frustrados por violentos oleajes  ni de niños en constante peligro de muerte.

Liudmila frotó con un poco de rabia la flor roja del abanico, esa a la que se acercaba eternamente un colibrí.  Ojalá te coma y triture todos tus huesos,   le dijo al pájaro pintado,  como si ese deseo malvado la aliviara  de algo.