Categoría: Ventanas

Paseantes habituales

La mujer que corre con su perro y siempre sonríe. Se parece al perro y también a una tía mía que ya murió y que también se parecía mucho a su perro. Los perros entre ellos también son iguales. Muchas mañanas creo que es mi tía que ha vuelto y ahora corre. Pero ella nunca corrió, tocaba el piano y le gustaban las orquídeas, era un poco altiva y bastante guapa. Su perro era muy baboso, como el de la que corre y sonríe. Corre y sonríe.

Los dos gordos  antipáticos con sus perritos diminutos. Algunos trechos los llevan en brazos, arropados entre las carnes, luego les supone un gran esfuerzo volverlos a depositar en el suelo. De vez en cuando les dan ánimos, “venga, bonitos, ya queda poca cuesta, ya llegamos, ya no queda nada”. De paso se los dan a sí mismos. Cuando se cruzan con algún humano cuelgan la vista de los árboles y la dejan allí, escondida entre las ramas, hasta que pasa el peligro.

Las tres amigas con bastones de ir al monte, aunque no vayan al monte. Puede que se estén entrenando para cuando sí o qué les guste imaginárselo. Se intercambian recetas y consejos. “Sé egoísta, tienes que ser egoísta”, le ha dicho esta mañana la de el medio a la de la derecha y a continuación, ” y la masa para las palmeras cómprala en el Carrefour, te sale más buena”.  Ayer dijo la de la izquierda, “corta cuanto antes con esa relación, es tóxica, con el resto del  ragout que os dije, hice croquetas, volaron”. Tendré que esperar a mañana para escuchar el nuevo consejo-receta, la del ragout me la he perdido.

El grupo de hombres obsesionados con los de Podemos, con Javier Bardem y con las inversiones inmobiliarias. Les gusta citar en voz muy alta a amigos  por sus apellidos, dicen mucho “y tal”. “Unos amigos míos, los Humet y tal, que se compraron un pisazo imponente en la calle Menéndez Pelayo resulta que eran vecinos de Javier Bardem, por lo menos ese se ducha y tal porque los de las rastas…” “Putos comunistas”, dice otro dando una patada a una piedra. “Millonadas te darían ahora por ese piso y tal”.

La pareja que parece que se ha escapado de una película de los primeros tiempos de Woody Allen. Los dos van de blanco, pantalones anchos y camisas sueltas, sombreros de paja y un paraguas rojo para taparse el sol. Hablan de pájaros y se anticipan a ellos, “por aquí apareció ayer un petirrojo. Escucha, ¿ha sido eso un picapinos?” Se paran emocionadísimos y aunque se oye un toc-toc-toc no logran verlo. Abren el paraguas, él se engancha del brazo de ella. Ella es más alta y da la impresión de que lo protege y cuida.

El petirrojo. Sale de entre las zarzas, da tres saltitos, saluda y se mete en la zarza de enfrente.

Nadie durante mucho rato, silencio  y un trozo de luna diurna en el cielo.

 

Café de los viejos poetas

El suelo se estaba empezando a llenar de hojas amarillas y en el aire había ese olor a lluvia que precede a la lluvia verdadera. Parecía que estábamos en otra ciudad aunque fuera la misma de siempre. Maitena dijo que a ella el otoño le daba ganas de hacer cosas nuevas, en primavera era al contrario, la primavera le parecía cursi y repelente y si por ella fuera se encerraría en un cuarto, no en el suyo, en otro, y no saldría hasta que acabara. No entendí por qué no podía ser en el suyo y me intrigaba saber qué tipo de cuarto sería el elegido para escapar del trance primaveral pero no se lo pregunté porque en ese momento llegó Sandra. Era una amiga de Maitena también con inquietudes.

En realidad su principal inquietud era un tal Jesús del que se había claramente flasheado y después de esa inquietud primordial estaba Maitena, a la que admiraba borreguilmente y a la que miraba con una cara de entre susto y reverencia. Empezamos a hacer el recorrido habitual en dirección a nuestra parada de autobús pero antes de llegar, Maitena decidió que teníamos que ir en otra dirección, justo en la opuesta. Conocía un café que estaba lleno de poetas y nos lo quería enseñar.

Era verdad, después de andar unas cuantas calles y tener otra vez la sensación de estar en otra ciudad por lo desconocido de la ruta, llegamos hasta un café con unas cristaleras muy grandes y detrás unas mesas que habían sido antiguas máquinas de coser. Les habían quitado la máquina de encima pero conservaban por debajo ese pedal con el que se accionaba el mecanismo. Los poetas debían de ser esos que estaban sentados, con los pies apoyados sobre el pedal como si cosieran poemas en el aire. Casi todos eran bastante viejos, con barbas canosas o con calvas relucientes, con gafas metálicas, con camisas arrugadas. En algunas mesas se juntaban muchos y fumaban, bebían y hablaban. Solo había entre ellos una mujer, Maitena sabía su nombre y también el nombre de un premio que había ganado.

Daba un poco de miedo entrar ahí, en ese café reservado salvo por una gloriosa excepción a los poetas viejos y masculinos pero empezó a llover con mucha fuerza y Maitena empujó la puerta. Entramos, pedimos un café para las tres que nos sirvió con cara de vinagre un camarero muy flaco y esperamos a que pasara algo emocionante. No pasaba nada. Vistos de cerca no impresionaban tanto como a través del cristal, eran señores normales con aspecto más bien achacoso.  Sandra sacó un folio de su carpeta y se puso a escribir febrilmente algo que tapaba con la mano para que no lo viéramos.

Pensé que le habría venido la inspiración repentina, que se habría iluminado al entrar en contacto con un aire tan cargado de humo poético y de líricas toses.  A mí no me estaba produciendo ningún efecto ese ambiente, me notaba exactamente igual que cuando había entrado o tal vez un poco peor porque antes de entrar tenía la ilusión de que podía pasar algo, algo relacionado con el otoño, el cielo nublado, la lluvia, la aventura y los misterios, así en general, pero ahora no me parecía que allí pudiera pasar  nada de eso.

Uno de los poetas se levantó y se acercó a nuestra mesa. Fumaba en pipa, era gordo y grande, con una melena blanca hasta los hombros ¿Qué escribe la muchachita?, dijo dirigiéndose a Sandra que seguía muy obcecada llenando la hoja de letras. Levantó el folio en el aire y dijo muy serio, “¡pero si es un hermoso poema de amor!”. Entonces vimos que lo único que estaba escrito ahí, en letras de diferentes tamaños, con caligrafías distintas, en mayúsculas, en minúsculas , en horizontal, en diagonal, en vertical, boca arriba y boca abajo era “Jesús, Jesús, Jesús” y mil veces el nombre de Jesús. Sí que tenía un buen flasheo la pobre y ahora además tenía también mucha vergüenza, no tanto por el viejo poeta que ya se marchaba pesadamente hacia su mesa como por la mirada burlona de Maitena.

A lo mejor algún día nos dan un premio y nos publican un libro, dijo Maitena ya en la calle. Sí, y somos viejas, pensé, ya no me apetecía tanto la gloria literaria. Ya no llovía y empezaba a atardecer. De repente, Maitena dio un grito muy raro,  como de intensa emoción, y empezó a reírse como si se hubiera vuelto loca. Sandra la miraba desconcertada, sin saber qué hacer. Por detrás de dos edificios estaba empezando a asomar una luna muy gorda y roja.

Otra vez tuve esa sensación de que podía pasar algo, de que iba a pasar algo relacionado con la luna, con el otoño, con los charcos, con la aventura y el misterio, de que estaba en otra ciudad, de que todo era nuevo y que de un momento a otro se iba a abrir, mostrándose.

Abandono

Mi cielo está triste,
los vencejos se han ido con otro.
Qué soledad,
qué silencio,
cuánto vacío,
qué ausencia de alas.
En línea recta se lo vuela la vieja urraca
por fin a sus anchas.
Posada en la antena contempla su desolación
y pronuncia dos veces la frase fatídica,
esa que ningún amante abandonado quiere oír:
te dije que no te fiaras, ¿o no te lo dije?

Maitena y la inquietud

Estaba sentada en una de las mesas del fondo esperando a que comenzara la  clase cuando se me acercó una chica con flequillo recto y liso y los pómulos muy marcados. En vez de presentarse normalmente como yo esperaba y deseaba, era mi primera semana en ese colegio y todavía no conocía a nadie,  me hizo la siguiente extraña pregunta, “¿tú tienes inquietudes?” Inquietudes me sonaba a picores o a una sensación incómoda que te hacía moverte de un lado para otro, pero intuí que no se refería a eso y que debía contestar afirmativamente si quería dejar de estar sola. Hacer algún amigo y rápido era en ese momento mi mayor y casi única inquietud.

Es todo tan anodino…dijo ella a continuación señalando las paredes pintadas de verde y la calle que se veía por la ventana. Tintinearon sus pulseras,  llevaba muchas en las dos muñecas. Anodino era algo poco interesante, eso sí lo sabía, y como luego descubriría, una de sus palabras preferidas. El caso es que yo no hubiera definido ese entorno como anodino ni tampoco mi situación de ese momento, pero no le iba a explicar que para mí no, que para mí era todo nuevo y que estaba tan nerviosa que todas las mañanas me dolía el estómago y no podía desayunar porque acababa de mudarme de barrio y de colegio.

¿Escribes?, me volvió a interrogar. Era verdad que había empezado a rellenar un cuaderno con anotaciones tan interesantes como la comida del día, si llovía o hacía sol o la descripción muy realista de la casa a la que nos habíamos trasladado pero lo había dejado del sopor que a mí misma me producía.  Un cuaderno de lo más anodino, para qué engañarme. Pero a ella sí la quería engañar, así que le dije que sí, que escribía relatos fantásticos. Y de ciencia ficción, añadí ya metida en la harina de la mentira.

Sabía que tenías inquietudes, dijo ella, lo sabía, lo sabía,  lo he sabido en cuanto te he visto entrar en clase y te has quedado sola en la esquina de atrás. Esa posición se debía más bien a que desde ahí controlaba el panorama y a la vez pasaba desapercibida, pero decidí quedarme con el papel de inquieta interesante.

Yo escribo poesía, me dijo estirándose el ya muy estirado flequillo. Y me dio, con mucho tintineo de pulseras, una hoja que sacó de su carpeta. La carpeta estaba forrada con la página de un cómic y en cada una de las viñetas, dentro de esas nubes o bocadillos, aparecía la palabra “mierda” en diferentes tamaños y tipografías.

La poesía era muy rara y no entendí absolutamente nada. Muchas de las palabras no las había oído nunca pero hasta las que conocía me parecieron extrañas tal como estaban colocadas. En el primer verso decía, “ígneas son las fuentes  de los descarriados anapestos” ¿qué se podía decir a eso? Para remate, era muy larga y ella me miraba con unos ojos rasgados y escrutadores mientras yo la leía.

De repente se echó a reír con una risa muy loca que le brotaba como si tuviera una ígnea fuente dentro de la garganta y me confesó tan campante que no quería decir nada pero que eso daba igual porque lo importante era cómo sonaba, como una música.

Por suerte para mí, que no sabía qué decir, apareció una cabeza masculina entre nuestros hombros, se asomó como si formaran una ventana y una voz acelerada propuso, “¿os venís a la salida a hacer pintadas? Pero mi nueva amiga le pegó un empujón con la mano en la frente, expulsándolo,  y dijo, “déjanos en paz, pesado”.

Es anodino, me aclaró acto seguido para que supiera el motivo de su rechazo. Buah, todos lo son. Me llamo Maitena ¿y tú?, ¿quieres bálsamo de tigre? Y me ofreció un ungüento rojo que olía a mentol, ella se lo frotó en las sienes y yo, pues hice lo mismo.

Si algún día quieres llorar te lo pones cerca de los ojos y las lágrimas te salen solas. Maravillosa información, más bien hubiera necesitado un bálsamo para todo lo contrario, pero nunca se sabía. Entró la profesora en la clase, una mujer enérgica y hasta marcial. Cerró de golpe las ventanas y nos mandó abrir el libro de lengua por la página tres.

Maitena de perfil parecía una reina egipcia, qué poco anodina era y yo qué cosa rara sentía por dentro, qué nervios, qué ganas de moverme, pudiera tratarse de la inquietud, ella estaba en lo cierto, yo también tenía de eso.

Chas

A cada momento se produce un chasquido, el de una mosca electrocutada en la parrilla atrapamoscas. Los fruteros  no se lo toman como algo personal, ellos tienen sus vidas y las moscas las suyas. No están en la misma dimensión aunque lo estén. Comparten mortalidad, eso es cierto, puede que ellos también vayan a morir tan repentina y accidentalmente como todas esas moscas, pero no lo piensan.

O sí lo piensan a veces, en algunas noches de insomnio o cuando tienen que recoger el resultado de alguna prueba y cómo late entonces el corazón aterrado por la posibilidad de dejar de hacerlo  o cuando enferma o muere alguien cercano. En esos momentos lo piensan por encima, una leve capa de pensamiento mortal que la propia vida con su empuje disuelve.

La vida se impone, la vida lo ocupa todo y ellos están en el centro de la vida aunque quién diría que esa tienda estrecha con los estantes de las frutas y verduras a los lados, la ristra de ajos colgada de una pared junto a la báscula de pesar, el toldo verde con la palmera pintada es el centro de nada. Pero lo es, es su centro, les han plantado ahí  y no es tan fácil desenraizarse y buscar otro terreno donde arraigar.

Eso les amarga, lo sepan de forma consciente o no. Eso y la jefa, Rosy, la frutera de la bata de cuadros rosas y coleta estirada y malgeniuda que les mangonea a todos y les grita desde primera hora de la mañana y les llama idiotas y dice “ahí no van los puerros, esos tomates separados, que no son de la misma clase, os lo he dicho mil veces, ¿habéis metido ya los melocotones para el pedido? si ya sabía yo que no, es que no falla, tengo que estar en todo, sois más pasmaos…

Si hubiera parrillas electrocuta jefas desagradables se comprarían una y la instalarían al lado de la de las moscas, cerca de las hierbas aromáticas que cuelgan  secas boca abajo, para que Rosy también se quedara más tiesa que el romero y que el tomillo, pero no existe de eso.

Así que con las cabezas gachas y las caras enrojecidas hacen lo que les dice y mueven cajas y llevan pedidos y atienden clientes todo el día, desde por la mañana hasta por la tarde, bien tarde. Y eso es el centro de la vida, la vida entera está concentrada ahí, en “Rosy, frutas y verduras. Especialidades tropicales”. Como lo está en las obras de la calle que parecen no tener fin y que les tienen machacados los tímpanos y los nervios. Todo eso es vida y al otro lado está la muerte en la que no piensan nunca o casi.

Como tampoco lo pensaba la última mosca que hace un momento chascó, ella solo huía del sol ardiente de la calle y atraída por los olores frutales y el frescor entró en la tienda, se posó un momento sobre la palmera pintada en el toldo lo mismito que si estuviera en el Caribe, se frotó las patas encima de un mango, relamiéndose, se elevó hacia la luz y adiós muy buenas.

O sí lo pensó, un momento antes de electrocutarse tuvo tiempo de sentir que ya, que se acabó, de repasar toda su vida de mosca y de comprender el misterio último o el penúltimo, por lo menos. Quién sabe lo que piensa una mosca, lo que comprende, o si no piensa nada ni menos comprende y es puro instinto mosquil, si solo obedece a un deseo de vida impreso en sus células de mosca, si solo cumple con la misión de ser mosca y de dejar en el mundo una continuación de sí misma para que perdure la raza de las moscas.

Eso es lo más probable como lo más probable es que los fruteros amargados sigan descargando cajas del camión donde dice “Frutas Rosy” al lado de otra palmera verde pintada en su chapa, es obsesión lo que tiene Rosy con las palmeras y lo tropical, y las arrastren por el suelo de la tienda estrecha y alargada sin pensar en la muerte ni en la vida ni en apenas nada.

Como mucho en el dolor de espalda y en la forma de atenuarlo,  en el fin de semana, que llegue ya, que llegue, o en las vacaciones, ya queda menos, ánimo, venga. En un piso un poco mejor, con un dormitorio más y terraza, en una moto nueva o en desnudar a la del vestido negro corto que acaba de pasar por delante y que les acaba de dar la primera alegría genuina y pura de la mañana y con la que tal vez podrían jugar a prolongar la raza de fruteros amargados pero sin prolongarla de verdad, para eso saben más que las moscas.

Y entonces todo tendría un cierto sentido o no lo tendría pero serviría de alivio al sinsentido general. Chas.

La Estrella

En la calle principal del pueblo estaba situada “La Estrella”, mejor conocida como la tienda del tío Cacharros. Allí nunca podías tener la seguridad de que ibas a encontrar lo que buscabas, más bien al contrario: casi con total seguridad no tenía lo que hubieras ido a comprar. En eso residía la gracia del negocio, en que el tío Cacharros te sustituyera un deseo por otro o que te hiciera olvidar tu necesidad creándote una nueva con gran habilidad.

Tenía de todo y de nada a la vez, lo cual es muy meritorio y difícil de conseguir. Su tienda era una especie de precursora de los todo a cien por su revoltijo de productos surtidos, pero sin acierto. A veces nos mandaban a comprar algo ahí aunque con poca esperanza de que a la vuelta trajéramos lo indicado. Vete a la tienda del Cacharros y pregunta si por casualidad -el “si por casualidad” era esencial en la frase- tiene un cazo pequeño.

¿Un cazo dices?, vaya por Dios, se lo acaban de llevar ahora mismo, pero que ahora mismo, decía el Cacharros poniendo mucha cara de fastidio y contrariedad pero, ¿no querrás pilas para la radio, un rastrillo para retirar hojas del jardín, un estuche con lapiceros o una cuchara de madera para darle vueltas al guiso?

Y a continuación y con mucha parsimonia iba sacando de unas cajas de cartón metidas en la pared, como si fueran nichos, sus productos alternativos. Los colocaba en el mostrador de madera, un mostrador que se levantaba por un lado como una tapa para acceder al lado interno de la tienda, y los iba adornando de cualidades. Si notaba que con sus cualidades no te había convencido utilizaba la táctica de meterte el miedo en el cuerpo. A lo mejor no lo necesitabas hoy pero podrías necesitarlo y mucho, al día siguiente o a la próxima semana.

¿Y si se iba la luz, como pasaba siempre cuando había una tormenta y no tenías linterna? ,¿y si tenías la linterna pero no las pilas para que funcionara? Ya te había liado y salías de allí con la linterna envuelta en un papel marrón y otro paquete, el de las de las pilas, también envuelto con mucho cuidado y laboriosidad y tan bien pegado con adhesivo que luego se sufría mucho para poderlo abrir. También fue un precursor chapucero del abre fácil que jamás lo es.

En verano, como tenía más clientela, contrataba un ayudante, era un hombre contrahecho, con una joroba en mitad de la espalda y la cara estirada en una especie de sonrisa perenne. Nunca pude averiguar si se reía de verdad pero creo que no. También en verano, y como ya no le cabían tantos productos en la tienda, el tío Cacharros colocaba una cuerda de lado a lado y de ella colgaba las novedades propias de la estación: flotadores, pelotas de goma, gafas de bucear con tubo y unos bañadores muy feos. Para alcanzar todo esto tenían un palo metálico acabado en una pinza. Por desgracia para el ayudante, esa misión le correspondía a él porque al Cacharros lo que le gustaba y lo que hacía bien era estar detrás del mostrador, convenciendo al comprador de que su necesidad no era la que él pensaba si no otra.

Algunos niños del pueblo cuando veían desde la plaza donde jugaban que el ayudante iba renqueando con el palo pincho a descolgar algo, se acercaban corriendo a la puerta y le cantaban “el demonio como era travieso el rabo lo tenía tieso…” Él a veces les amenazaba con el mismo palo-pincho pero otras, la mayoría, los ignoraba y se sentaba en una banqueta, la utilizaban en la tienda y estaba vieja pero también se vendía porque tenía el precio puesto. Allí sentado miraba al suelo y se frotaba la espalda con su sonrisa rara en la cara.

El tío Cacharros tenía una hija de nombre Estrellita. Yo creía que la tienda se llamaba así por la hija pero resultó ser al revés, era la hija la que se llamaba como la tienda. A Estrellita le gustaba mucho darnos envidia y se hacía la dueña del territorio cuando íbamos a comprar. Para demostrarnos que todo era suyo, entraba y salia de un lado a otro del mostrador levantando la tapa de madera, operación que me parecía fascinante, hacía botar una pelota delante de nuestras narices o sacaba cosas interesantes de las cajas nichos y jugaba o se adornaba con ellas mirándonos de reojo.

Me hubiera gustado muchísimo ser Estrellita y tener todos esos cacharros y una tapa para entrar y salir a mi disposición. Años después ella se quedó con el negocio y para darle un aire moderno le puso un fax desde el que poder mandar mensajes. Casi nunca funcionaba y entonces Estrellita decía en voz alta y mirando fijamente al cacharro, “es el fax del otro lado, va lentísimo y fatal”.

Catana o bizcocho

Me apetecía mucho ver a Sara y hablar con ella. De todo el grupo de amigas que éramos, un grupo que ya se ha dispersado y deshecho, ella siempre fue la más acogedora, la que ayudaba a todas las demás, la que se ofrecía a hacer favores y los hacía y además sin darse importancia.

En los grupos se suelen poner etiquetas, no es que esté bien ponerlas porque una persona es algo muy complejo pero se hace casi de forma inconsciente. En este también teníamos la nuestra, más o menos definida y ella, Sara, llevaba la etiqueta de “buena”. Es que lo era, la mejor de todas, y no sólo con nosotras, sus amigas de entonces. Era entrañable y solícita con toda la gente de su alrededor, un alrededor bastante amplio.

Mientras pasaba por los sitios que frecuentábamos antes, en especial un bar donde muchas mañanas tomábamos café, me acordé de que Sara solía llevar unos bolsos muy grandes y también recordé lo cansado que resultaba a veces ir con ella por la calle, además de porque andaba muy lentamente  porque se iba encontrando con muchos conocidos del barrio que la paraban para contarle sus problemas y como es enfermera también le pedían ayuda práctica, como que tomara la tensión o que pusiera una vacuna. Ella siempre decía que sí y escuchaba abriendo mucho los ojos. Ojos atentos como pocos he visto.

A mí me parecían unos plastas la mayoría  y me aburría de oír relatar  pesadeces pero me fijaba en ellos para regalarle personajes a otra de las del grupo, que hacía dibujos satíricos y siempre estaba buscando con qué alimentarlos.  Un día, en uno de esos cafés nos dibujó a todas en una servilleta, a cada una con nuestro rasgo peculiar destacado, a Sara con su bolso enorme del que sobresalía un bizcocho también enorme y muchos niños colgándole de los brazos,  como un árbol lleno de frutos.

Porque Sara hacía unos bizcochos riquísimos y los regalaba. Era una especie de madre universal y no le importaba llevarse al parque o al cine o a su casa a todos los niños, no solo a los suyos, y cuando a última hora íbamos a recogerlos no había estrangulado a ninguno ni tenía cara de querer suicidarse, al contrario, parecía feliz y decía que habían sido buenísimos aunque le hubieran tirado la bomba atómica en el pasillo, de lo cual eran muy capaces.

Llamé por el telefonillo y esperé abajo, junto a un edificio muy feo, gris, que pertenece al Metro pero que tiene delante dos árboles especialmente bonitos o a lo mejor son árboles normales pero es el contraste del gris feo de la fachada con sus ramas verdes lo que aumenta su belleza. Sara estaba más o menos como siempre pero mucho más delgada y con su bolso gigantesco colgado del hombro.

Vamos, dijo sin más, y echó a andar a toda velocidad. Corre, corre, nos da tiempo a cruzar. Cruzamos en rojo corriendo entre los coches y solo cuando ya llegamos al bar me preguntó, “¿y qué tal?” Pero en vez de escuchar con ojos atentos, como yo esperaba y deseaba porque no es fácil encontrar unos ojos así, se puso a contarme su qué tal, que era como son casi todos los quetales una vez que se ha pasado una frontera de edad, con partes buenas, partes normales la mayoría y alguna que otra desgracia para que pidas a gritos la vuelta a la normalidad de la que tanto te estabas quejando.

En realidad eso daba lo mismo, no era lo que me estaba contando lo que me sorprendió si no la indignación con la que lo contaba. Ver y escuchar a Sara tan indignada sí que no me lo esperaba, como tampoco me esperaba que a cada momento dijera esta frase, “qué ganas me están entrando de sacar la catana….” ¡la catana!, a ver si era eso lo que llevaba en ese bolso tan grande y déjate de bizcochos.

Ya me estaba dando hasta un poco de miedo, así que la escuché con ojos especialmente atentos, copiando lo que recordaba de los suyos y me ofrecí a ayudar en lo que necesitara aunque sabía que no necesitaba nada excepto hablar y amenazar con ensartar a unos cuantos en la catana.

Y a la vuelta mientras corríamos otra vez por las calles como si algún monstruo furioso nos persiguiera, el del paso del tiempo, pudiera ser y en ese caso ya podíamos dejar de correr, y otra vez cruzábamos en rojo, dijo algo que todavía me sorprendió más,  “si lo llego a saber me hago a los veinte una ligadura de trompas, menudo timo todo” ¿Cómo podía decir eso la madre universal, la mujer árbol de los niños frutos? pues lo dijo.

Y yo que pensaba que la gente cambia poco y que el que es de una manera lo sigue siendo toda su vida, salvo pequeñas alteraciones poco importantes…. Unos días después me encontré por la calle a la de los dibujos satíricos y le dije lo mucho que se había pasado de moda su dibujo aquel de la servilleta, en especial en lo que a Sara se refería.

Ah, bueno, dijo ella fumando, lanzándome el humo a la cara y luego espantándolo con la mano para que se desviara de camino,  pero eso no es tan raro y no creo que se haya transformado, en realidad. Lo más seguro es que siempre haya sido así, solo que no lo sabía.

No sé si me convence esa explicación pero a lo mejor tiene razón y hay partes nuestras más verdaderas que las que mostramos y ni siquiera las conocemos. Están ahí, escondidas por nuestros fondos y en cualquier momento emergen y cambiamos los bizcochos por catanas, o al revés, de guerreros sanguinarios pasamos a amorosos reposteros.