Categoría: Ventanas

Adrián mental

A las cuatro, esa hora soporífera, llegó el encargado, hizo unos cuantos aspavientos señalando la gotera y comprobó que no se había agrandado.  El día anterior le habían dibujado un borde verde y seguía ahí, contenida en su frontera. Luego las reunió  en el cuarto donde comían, el mismo donde también guardaban los tintes y otros productos capilares, para darles la charla habitual.

A ver si me vendéis algo de todo esto, ya sabéis el sistema, primero se  saca el defecto, la pega, y a continuación,  pero con disimulo, sin que se note que una cosa tiene que ver con  la otra,  se ofrece  la solución. Y  ponéis los botes bien a la vista, delante, para que los tengan presentes. La gotera  la seguís vigilando, si se pasa de la raya, me avisáis. Esto último podía ser una gracia, se rieron un poco por si lo fuera. Desde la puerta, con todo el cuerpo ya en la calle menos un pie calzado con un zapato negro, puntiagudo y reluciente, que seguía dentro, dijo, “y no se os olvide sonreír, sonreír,  es gratis”.

Qué gilipollas es este tío, dijo Adela en cuanto el zapato salió también. Pero no le dio tiempo a desahogarse con sus compañeras porque acababa de entrar una mujer, llevaba una melena abultada y rizada y mientras le ayudaba a quitarse la chaqueta,  pensó de manera robótica: defecto, pelo seco.

Mala suerte, Pelo seco era del modelo hablador. Se lo contó  a Adrián. Odio a estas pavas que no se callan, te lo juro. Se lo contó mentalmente porque él no estaba ahí, pero sí estaba y desde dentro,  sin mover los labios, no hacía falta, le contestó, “no hagas caso, Ade, tú a lo tuyo, desconecta mientras hablan”. Su Adrián mental tenía casi siempre la respuesta adecuada, el de verdad, el que se encontraba en casa cuando volvía de trabajar, a veces sí y otras, pues no.

Eso intentó, desconectar, pero no era fácil. No es tan fácil, Adrián,  Pelo seco es muy pesada. Voy a traerte a mi hijo para que le cortes el pelo, le estaba diciendo, es que él se lo quiere dejar largo pero el problema es que en vez de crecer hacia abajo le crece hacia arriba y por los lados. En el colegio le llaman arbusto.

No te lo pierdas, Adrián, arbusto, dice, me meo. Adrián se rió con ella sin que nadie en la peluquería se diera ni cuenta. Habían entrado dos señoras más, el zumbido de los secadores añadía sueño a su sueño, le pesaban los párpados, tanto que pensó que se le iban a cerrar,  pero ya estaban a punto de salir de las cuatro de la tarde, eran las cinco menos cuarto, y a partir de ahí las cosas mejoraban, como si algo se desatascara.

A partir de las cinco me encuentro mejor, Adri. Él la  acarició el pelo,  suave,  teñido con mechas azules.

Le crece así, seguía explicando la obsesiva de Pelo seco,  con los brazos dibujaba  la silueta capilar de Arbusto y no miraba ni de reojo el bote de mascarilla ultra hidratante y alisadora que Adela le había puesto delante, sobre el mostrador, al lado de su bolso.  Y claro, le queda mal, él se cree que va muy guapo pero la verdad es que estaría mucho más favorecido si se lo arreglara un poco. A ver si tú le puedes convencer pero antes tengo que conseguir que quiera venir, no quiere, dice que se lo vas a cortar y como se lo quiere dejar largo…

Pero cómo se puede ser tan cotorra, ¿y te has fijado en que ni mira el bote? Y cuando le he dicho que tenía el pelo muy mal, seco, ni me ha contestado. Se cree el encargado que es fácil venderles algo, pues no son poco agarradas, si algunas ni se quieren lavar la cabeza, te sueltan que se lo acaban de lavar en casa y que se lo peines directamente, ¿te lo puedes creer, Adrián? Y no será porque no tienen pasta, llevan bolsos buenos y ropa cara, ¿cuánto tiempo hace que no me compro yo ropa? He visto una cazadora súper chula cuando venía de camino, negra.

Te quedaría guay, mejor que a cualquiera de esas, dijo él,  y volvió a deslizar la mano, que era grande y acogedora, por las mechas azules. Al llegar al cuello se lo masajeó porque cuando se tensaba se le agarrotaba y él lo sabía. Ese Adrián de dentro todo lo sabía y todo lo acertaba. El de fuera… todo, todo, no.

O estaba alucinando o la gotera se había extendido por la parte superior, sí, por ahí se salía de la raya verde, todavía no mucho pero estaba claro que avanzaba. Ay, Adrián, qué coñazo la gotera, me veo que hay que llamar otra vez al seguro, que se nos vuelve a inundar, la que se lió la última vez,  acabé molida y el encargado no paraba de venir a vigilar y ya de paso a meterse en todo.

No te adelantes a los acontecimientos, dijo él en la peluquería, ya verás como no va a más. Sin embargo en casa lo que dijo fue, ¿quién saca hoy al perro tú o yo? estoy machacao.  Pues anda que yo…me duele todo. Y se iba a poner a contarle, ahora en voz alta,  lo de la gotera y lo de la madre de Arbusto y lo de que el encargado les pide que sonrían, que sonrían, que sonrían y que entre cuatro y cinco se le cierran los ojos y le pesan las piernas y que ha visto una cazadora que le gusta y que a lo mejor se la compra pero intuye que Adrián no le va a hacer caso, eso se nota, lo acaba de notar.  Así que baja al perro  y mientras da la vuelta a la manzana ve una media luna preciosa y reluciente y encima una estrella, la primera de la noche,  pero, rencorosa, eso no se lo cuenta.

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Tercero de infantil

Durante el primer año, algunas tardes, muchas, casi todas,  se tiraba al suelo y pataleaba cuando salía del colegio. Se negaba a moverse de ahí  y aunque no sabía por qué, estar boca abajo, dar patadas contra la tierra, que se le se quedara pegada en la boca mezclada con la saliva, ponerse muy sucio, gritar, todo eso  le aliviaba. También llorar aunque entonces no sabía llorar bien y una vez que empezaba  no podía parar cuando quería, se ahogaba y tenían que venir corriendo a darle golpes en la espalda.  Eso que hacía era montar un pollo, se lo oyó decir a su madre. Muchas tardes, casi todas, montaba un pollo. Puede que porque había una niña en su clase, Elsa,  que le quitaba el gorro cuando estaban en la fila y se lo tiraba al suelo, después se lo pisaba y se reía.

O puede que fuera porque Laura, la profesora, le obligaba a comer el bocadillo cuando no tenía hambre pero no se lo dejaba comer cuando sí la tenía, porque le hacía tumbarse para dormir cuando no tenía sueño, la clase a oscuras le daba miedo y su compañero Sergio, que tampoco se dormía,  se pasaba la siesta dándole patadas, primero flojas y luego fuertes.  Porque en el comedor le ponían judías y  de postre una cosa asquerosa , melocotón en caníbal, que se resbalaba en el plato. Y  porque estaba cansado y tirarse al suelo le descansaba.

Todo eso que no le gustaba el primer año y en realidad tampoco el segundo,  es obedecer y las obligaciones. Todos tienen eso, también sus padres que siempre van corriendo a obedecer y a las obligaciones. Poco a poco se va a acostumbrando y el segundo año se tira menos al suelo,  ya solo de vez en cuando. Tampoco lleva ya gorro de lana por las mañanas, es de bebés y él ya no lo es, así que Elsa no se lo  puede quitar  en la fila  pero, a cambio, le pincha con la punta del lápiz y le tira del jersey hacia  atrás. Él ya no se está quieto aguantándose la rabia,  se da la vuelta y la empuja y Laura casi todos los días los manda un rato al pasillo a pensar. Pero en vez de pensar, saltan.

Durante la excursión a la granja escuela va sentado con Sergio, como él quería porque ahora son amigos,  pero Elsa se sienta detrás, y le pega un chicle en el pelo.  Él la muerde tan fuerte en el brazo que  le hace un poco de sangre,  Laura le pregunta que si es caníbal, como el melocotón del comedor. No sabe qué contestar y no contesta nada, baja la cabeza pero no está arrepentido.  Todos montan en un burro pequeño, dan tres vueltas, hay polvo y hace calor, a cada uno le hacen una foto, esa foto está pegada con chinchetas en la pared de su cuarto pero a él no le gusta mirarla.

En el tercer año ya nunca monta pollos, cuando está enfadado chuta muy fuerte a la pelota, corre y suda.  Algunos niños pequeños sí los montan y él los mira desde arriba, con superioridad de escolar experimentado. Laura les está enseñando a leer y a escribir porque cuando acabe el curso todos tienen que saber. Van a pasar a primaria sabiendo.  Cuando levanta la cabeza del cuaderno, Elsa siempre le está mirando para hacerle burla, se levanta el pelo y se lo pone para arriba porque él lo tiene así, de pincho,  y luego se ríe. Le da rabia.

Laura ha conseguido que todos lean y escriban, algunos mejor y más deprisa y otros atascándose un poco, eso no importa, está contenta  y  les enseña canciones, también ha hecho un libro en el que salen ellos, cada uno se ha dibujado a sí mismo, él se ha puesto una sonrisa enorme enseñando todos los dientes aunque otro niño le ha preguntado señalándola, ¿por qué sales enfadado en el dibujo? El solo ha dicho, ¡nooooo!, gritando, porque ahora sí que se ha enfadado. La canción que más le gusta a Laura habla de una casa con palomas en el tejado, la cantan todos juntos dando palmas, levantando los brazos y después bajándolos. Está un poco harto de esa canción y de subir y bajar los brazos porque la repiten todos los días. La están ensayando para cuando vengan los padres, van a venir pronto, al final.

Ya es el final y como van a pasar a primaria y eso es muy importante,  les hacen desfilar por el pasillo del teatro, subir por unas escaleras, saludar desde arriba de dos en dos, los niños llevan  una corbata como las de los padres y las niñas unos lazos en el pelo que se les meten en los ojos,  suena de fondo una canción, les hacen muchas fotos, aplauden, les ponen una medalla hecha con cartulina y una cosa pequeña de tela sobre el  jersey. Está deseando salir para jugar a la pelota en el patio con Sergio y con otros más.  Elsa, que se cambia de colegio al curso siguiente,  le da en la mano un papel arrugado. Él se lo guarda en el bolsillo del pantalón, sin mirarlo y corre a jugar.

Es su madre quién lo encuentra cuando va a meter la ropa en la lavadora, en el papel dice: “todo el año e cerido casarme contigo” y debajo está escrito su nombre metido dentro de una nube.

Su madre se ríe muchísimo,  no le gusta cuando su madre se ríe tanto, tampoco cuando se pone loca y baila. No quiere que se ponga loca. Cuando hace tonterías, se tapa los ojos, avergonzado. Se los tapa y dentro de la oscuridad de sus manos está el verano que ya empieza y todo lo de atrás se le olvida, lo de tercero de infantil  y lo de segundo y lo de primero. Pronto se va a ir la playa, donde vive el mar, también sus primos viven ahí.

 

Radicales libres

La sala de espera está decorada siguiendo las normas del feng-shui, por si acaso. Un ramo de margaritas naturales colocado en un jarrón recibe con alegría amarilla a los pacientes. Junto a él, un letrero de madera los orienta y sitúa, también por si acaso: “Claudio de Diego, especialista en medicina naturista y biológica”. Una fuente de agua azul sobre una repisa fluye sin parar. Será por eso que todos se levantan tanto al baño, ese ruidito…la tendría que quitar a ver si se están quietos en sus sillas pero no se decide a eliminar el elemento agua. Tiene que contrarrestrar la predominancia del elemento madera ya que tanto la mesa como las sillas y los estantes son de ese material. La madre que parió al feng-shui y encima ninguno lo sabe apreciar.

De lo que sí se enteran es de lo que ven desde sus asientos los breves instantes en los que levantan las cabezas de los teléfonos. Al fondo, en dos cuartos con las puertas siempre abiertas de forma intencionada, hay dos imponentes máquinas. Eso es lo que les gusta de verdad, las aristas rotundas y el misterioso funcionamiento de sus bichas. Se sienten seguros cuando los conecta a ellas, su materia modulada por los poderes tecnológicos. Si lo sabrá él, por eso no deja de pregonar sus beneficios en cuanto un nuevo ser dolorido y quejoso se sienta amedrentado en una de las sillas de madera y atisba en la lejanía a las dos diosas metálicas.

Hoy no tiene ningunas ganas de contar lo mismo de siempre pero, qué remedio,  lo hace. Asoma sus zuecos de goma de color morado y recita mirando a los nuevos,  que a su vez miran a las máquinas con una mezcla de reverencia y temor ,”transmiten una corriente eléctrica a bajo voltaje que calma el estrés y disuelve los nódulos de energía estancada”. Ahí queda eso, pazguatos, piensa.  En estos momentos tiene conectada a Violeta, esa señora con dolor articular.  De vez en cuando se acerca a controlar,  el pelo crespo, erizado como si también él acabara de salir de la máquina y se hubiera electrocutado,  la refulgente corbata en llamativos rojos y verdes escapando indiscreta de la bata blanca.

-¿Cómo va todo, Violeta, se encuentra bien? Huy, cuánto estrés le da, dice mirando unos números que salen en una pantalla, pero no se preocupe, verá que relajada sale.

A ver si es verdad, contesta la otra un tanto desencantada.

-Pues claro que es verdad, es electro acupuntura, son los meridianos  por donde circula la energía. y nosotros somos energía, ¿qué otra cosa somos?

Está bastante harto de tener que dar tantas explicaciones básicas, de tener que dar tantas explicaciones en general, para qué habrá puesto los folletos encima de la mesa si luego nadie se los lee. Conduce al quinto paciente de la mañana hasta la otra máquina, un joven enclenque que dice que le duele la cabeza a todas horas, a todas, todas.

Te va a detectar el grado de oxidación en diez minutos porque aunque tú eres joven,  una cosa es la edad real y otra la biológica. Si te salen muchos radicales libres ya veremos lo que hacemos, puedes tener un desequilibrio…pues sí que te da radicales, sí,  no me gusta un pelo,  qué cantidad de ellos, ¿eres fumador? Ha conseguido asustar al enclenque.

-No, ya no, lo dejé hace tiempo, dice con voz temblorosa el tirillas.

-Pues tienes que estar expuesto a alguna fuente muy potente de contaminación ambiental. Te vas a tomar estas cápsulas de vitamina E y magnesio durante dos meses, ya verás como cuando vuelvas y te analice la máquina otra vez, te habrán bajado los radicales.

-Pero eso de los radicales, ¿es peligroso?

Hombre, son átomos sin un electrón, eso es todo, no te líes.

El chico sale bien aferrado a su caja vitamínica sintiendo que una guerrilla de átomos desparejados se amotina en su interior. Pero para guerrilla la que tiene liada con la agenda Claudio de Diego, entra un momento en su despacho para consultarla. Este idiota le anuló a última hora, esta otra ya ha cambiado tres veces la cita y este…tiene que contratar un ayudante pero de momento se las apaña como puede. Y encima venga a sonar el teléfono.

Hola, Angelita, dígame, ¿que se encuentra peor?, ¿y eso?, ¿se ha tomado el extracto de papaya como le dije?, ¿y nada? Peor que antes. Eso ya se lo advertí, tenga en cuenta que el cuerpo mientras se depura es normal que reaccione así, revolviéndose, pero esto no es más que una fase transitoria, ¿cuántos días dice que lleva?, ah bueno, bueno, que  no son tantos, no son tantos, venía usted muy intoxicada, el organismo está respondiendo, tómese la papaya, hágame caso.

Al que le está empezando a doler la cabeza y mucho, a violentos martillazos,  es a él. Se la sujeta entre las manos, apretándose las sienes como si así pudiera contener la otra presión, la que viene de dentro. Estornuda. Y ahora la alergia, por si fuera poco, a ver si van a ser las margaritas… se suena ruidosamente. Enfrente, sobre un estante, se alinean bien guardados en cajas y botes todos los productos naturales sanadores, los preparados homeopáticos, los remedios fitoterapeúticos.  Abre el cajón y saca una caja de lorazepam,  se toma medio y vuelve a  recorrer el pasillo de sus desdichas  hasta llegar a la máquina donde Violeta sigue conectada. Alguna que otra vez, mientras camina con prisa,  la goma de los zuecos se queda pegada al suelo y da un traspiés, resistiéndose a seguir,  solo le faltaba accidentarse.

Ya la voy a liberar, mujer,  ¿a que se encuentra mucho mejor?

Psss, de momento no noto nada.

De momento no notará, pero ya verá dentro de un rato qué relax.

Y llaman a la puerta,  otro a traerle y contarle penurias.  Será bueno para el negocio pero lo que es para su salud, hoy no los aguanta. Tensa todos los músculos, aprieta las mandíbulas, siente que el pulso se le acelera y una opresión le atenaza el pecho. Es cansancio, no ha pegado ojo. Fuerza la sonrisa, el paciente, al que ya conoce, encima es recalcitrante,  recibe la visión de sus afilados incisivos, parece un felino presto al ataque.

Nada, que no duermo.

-¿Ha hecho lo que le mandé? Porque son muy desobedientes, no me hacen caso y luego vienen diciendo que están mal. Sea sincero, ¿ha respetado los horarios que le puse y se ha tomado el preparado de plantas que elaboré para usted?

Básicamente, sí, pero, nada, que me paso la noche dando vueltas, yo creo que las hierbas a mí no me hacen nada, ¿no podría tomarme algo más fuerte?

Básicamente…entonces deduzco que no del todo. Seamos serios, si no me sigue el tratamiento qué viene luego a quejarse. Tiene que empezar otra vez y repetirlo punto por punto durante un mes como mínimo. Con lo natural hay que ser constante y tener paciencia. Y de tomar algo más fuerte, nada, que crea hábito.

No los aguanta, hoy no. Atraviesa el pasillo, hay una ventana por donde se cuela un rayo de luz, al tocar el suelo se amplía y forma un franja ancha y caliente. Ahí le gustaría quedarse, si pudiera desaparecer en esa luz… Entra  en su despacho y se toma el otro medio ansiolítico. En el bolsillo de la bata se guarda otro más, tocarlo con las yemas de los dedos ya le tranquiliza.  Los zuecos de goma morados avanzan por el pasillo pisoteando saltarines y díscolos radicales libres.

 

El Pepe

Antro apestoso, ¡ gentuza!,  se desahoga  Benjamín asomando su desvelo a la ventana, se lo dice a sí mismo, a su camiseta blanca de tirantes ¿ Por qué le ha tenido que tocar precisamente a él que  madruga y trabaja desde los trece? Cómo le  gustaría poder volver a ese dormir profundo mezcla de  juventud y agotamiento. Imposible,  él y su sueño han envejecido a la vez y para colmo esos vagos…Justo al lado de su portal acaba de abrir la boca el Pepe,  local estrecho y mohoso, noctámbulo como  algunas alimañas. Es cuando la noche se pone espesa y la densidad de lo negro casi puede tocarse con  los dedos, cuando esos topos alérgicos a la luz abandonan sus galerías para bullir al unísono bajo su ventana.

Ahí llega José Corazas, el pelo por la cintura, la boca torcida en una mueca amarga arrastrando los pies calzados con chancletas, le sigue  su perro que lame las piedras y las paredes y se bebe con deleite el agua del inodoro. Con la cabeza saluda al gordo Mateo, que ya está dentro fumando porros, los ojos de sapo enrojecidos y una risa bronca que nunca se sabe a qué viene pero que es muy contagiosa. Y aterriza al rato Silvi con su minifalda negra, poderosos muslos, brazos velludos, ojos verdes felinos. Silvi la sin amigas, que recorre el pueblo en su moto destartalada, sin otra ocupación que no sea la de deambular por el día y la de habitar el Pepe por las noches.

Apoyado en la barra, ginebra delante,  Chupa-chups, gomina embaurnándole  el pelo, ajustadas camisetas de colores chillones, llavero dorado asomando por el bolsillo del pantalón replanchao. Chupa chups que cada media hora arranca su coche deportivo con gran ruido de tubo de escape, da una vuelta a la manzana y vuelve a su puesto dando por cumplida la regular hazaña.  A su lado, sin hablarle, como si habitaran mundos paralelos,   el Orejón, antiguo camarero de los salones Las Musas, especializados en bodas. En un arranque incontrolado que ni él mismo se explica,  dejó el trabajo y se largó a Brasil. Desde su regreso habla sin cesar de las mulatas y cuando lo hace levanta los ojos extasiados al techo como si por él  anduvieran contoneándose las tremendísimas.

Para desgracia de Benjamín, el tiempo que todos ellos pasan dentro es breve, el justo para aprovisionarse de copas, es en el exterior, sobre el suelo de la calle donde les gusta sentarse, las espaldas pegadas a la pared de piedra que guarda el calor del día casi hasta el amanecer. Se sientan y los perros les pasean entre las piernas y los murciélagos les sobrevuelan las cabezas y Benjamín les lanza maldiciones desde su ventana y algún cubo de agua sucia, a la desesperada.

No todas las noches pero sí unas cuantas aparece  Bea la Loba que pasó varios meses en la cárcel por atracar un supermercado, desde allí escribió cinco cartas que algunos dicen que eran poesía  pura. Luego se regeneró, más por miedo que por ganas, se casó con  Tomás, montador de escenarios musicales,  tuvieron una niña a la que llamaron Luna. Va al mercado , cocina, pinta de blanco las ventanas y planta petunias de colores que coloca en los alféizares, pero hay noches que los ojos se le ponen turbios y se escapa al Pepe. Sentada en el suelo  mira con ansia la calle y aúlla que quiere ser libre, que estuvo en el talego, que no aguanta a Tomás y que si alguno sabe lo que quiere decir libertad.

Allí las  voces se pierden, los lamentos, las quejas, las peticiones, las inquietudes  o los deseos expresados son como estrellas fugaces, las miradas de los que se sientan si acaso se posan solo un instante en el que habla para olvidar al momento con una amnesia profunda. No por eso desiste Darío, un estrafalario muy seguro de sí mismo que se auto califica de artista y que asegura que prefiere estar loco antes que ser vulgar. Pinta selvas llenas de árboles y dentro de los árboles mundos enteros en miniatura. Cada noche lanza al aire la misma cuestión que nadie recoge:” o la música o la pintura porque son dos artes tan fundamentales”… queda tan polémico tema suspendido en la oscuridad, flotando al mismo nivel que las mariposas de luz que giran y giran enloquecidas alrededor de la desnuda bombilla. Trémulas mariposas que, un día, Armando, el solitario que se sienta aparte,  calificó de espíritus. Armando, que tras saludar a todos con una cortesía impropia del lugar,  se encierra en un silencio solo roto para pedir un mechero o un cigarro, que nunca participa en las conversaciones ni se contagia de la risa del gordo y que cuando aún quedan horas para el amanecer, se levanta con lentitud, se sacude los pantalones y suelta un tímido adiós que apenas se oye antes de desaparecer, avergonzado de su deserción.

Habitual es Ramón que tuvo la polio de niño y camina con muletas. Tiene tendencia a instalarse definitivamente en las casas ajenas y a liquidar las reservas de bebida y comida mientras habla por teléfono con una novia fantasma que vive en Canadá. Cuando se deciden a echarle, es tanta la pena que produce verlo escaleras abajo con sus musculosos brazos y sus piernas de títere que lo invitan a subir de nuevo . Lo sabe bien María la Bruja, aficionada a las cartas del tarot y a los horóscopos, que tuvo de acoplado a Ramón durante todo un año.  María que probó a todos los habituales del Pepe buscando el amor verdadero y cuando ya había perdido la esperanza de encontrarlo llegó el Zarzas de un pueblo de Cádiz y cayó rendida. Solo  él, también aries, fue capaz de igualar su marciano carácter. Ahora siempre van juntos, abrazados y besándose hasta que sus efusivas demostraciones amorosas comienzan a transformarse en empujones y gritos. En una de esas peleas se cayeron al suelo las cartas del tarot, todas boca abajo menos la de los enamorados, señal inequívoca de que estaban predestinados y podían continuar con  tranquilidad alternando amor y broncas.

Botas negras, despeinado como si se acabara de levantar, entra Álvaro en escena a última hora con su cámara de fotos colgada al cuello.  Con un certero clic captura a José Corazas,  el perro lamiéndole la chancleta, a Silvi a lomos de su moto, la luz lunar chorreándole por los poderosos muslos, al gordo soltando la carcajada rodeado de  bruma azul, a Chupa chups a punto de entrar en su coche deportivo para dar ruidosamente la vuelta a la manzana, el llavero dorado lanzando siniestros destellos, al Orejón mirando fijamente la bombilla plagada de mulatas mariposas pululantes, a Armando desapareciendo furtivo por la esquina,  a María y al Zarzas besándose sobre un coche, a Darío preguntándole a la farola si la pintura o la música porque son dos artes tan fundamentales…a Benjamín lanzando  un vaso desde su ventana y a los trozos de cristal rotos que quedaron delante de la puerta del Pepe, brillando como pequeñas estrellas de tierra.

Bichero

Mientras espera a Jorge sentado en la escalera, levanta una piedra y encuentra una escolopendra. La engancha con un pequeño palo y  la mete veloz en su bote. Es un bote de judías marca Cidacos, la etiqueta se está borrando, la tapa tiene agujeros, se los ha hecho con la punta de un cuchillo.  La escolopendra se queda quieta en el fondo como si estuviera asimilando qué es lo que le ha pasado y luego intenta trepar con sus múltiples patas por las paredes de cristal. Se resbala y vuelve al fondo, donde se agita.

Fue  su abuelo quien le enseñó a distinguir insectos y las tácticas para atraparlos. Entonces vivía allí un petirrojo llamado señor Mirko,  llegaba cada mes de julio y anidaba en la tinaja de barro de la entrada, en septiembre se marchaba, igual que ellos. Cuando aparecía, su abuelo se ponía muy contento y hablaba con él de lo que había hecho durante el invierno. Nada, en realidad. No había hecho casi nada,   pero  al señor Mirko le daba lo mismo que el relato fuera aburrido porque lo que quería era comida y se la daban. Mientras,  hacía como que escuchaba ladeando la cabeza con atención. En la antigua casa del pájaro hay geranios que ha plantado su madre  y él, aunque sabe casi seguro que Mirko no está y que no va a volver,  mira dentro todos los días, un poco por costumbre y otro poco porque tiene una pequeña esperanza.

Y justo ayer mientras estaba encerrado con los deberes que le obligan a hacer cada día y que casi nunca hace,   su amigo Jorge encuentra una mantis.  Ahora todas sus capturas de tres días no valen nada. Ni el escarabajo que parecía una joya brillante ni los chinches con caparazones como escudos de guerreros africanos ni los tres bichos palos ni la libélula azul ni esa misma escolopendra, aunque sea venenosa y su picadura duela tanto que hasta te pueda hacer vomitar  y temblar. Él quería enseñársela a María, una de las niñas de la casa de al lado,  ya le regaló una libélula y ella se rió con su diente partido por la mitad. Jorge dice que tiene risa de tiburón pero a él también le gusta aunque no lo reconozca, es la única que  no grita qué asco ni sale corriendo  cuando se presentan  con los bichos, tampoco ensaya bailes con las otras. Se baña tanto en la piscina que se le ha puesto el pelo verde.

Jorge lleva la mantis en un tarro de plástico donde antes había limón granizado.  Se sienta a su lado en la escalera y la observan para saber si es macho o hembra, él sabe cómo se averigua, hay que contar los segmentos de la tripa, si tiene ocho es macho, si tiene seis es hembra. Las hembras son caníbales. Le tiran dos moscas pero no se las come,  es como si se supiera  observada,  se queda quieta con las patas delanteras juntas, parece que reza, de esa postura le viene el añadido de religiosa. Saltan la valla para pasar al jardín de al lado, donde viven las niñas. Antes de que se acerquen ya están gritando, corren en dirección a la casa donde ellos no pueden entrar y se asoman por una de las ventanas de arriba.  A él le llaman el Bichero pero a Jorge por su nombre. Preguntan por María y  ellas,  con risitas vengativas, les dicen que no  está, que se ha ido a la playa todo el mes.  Por un lado se alegra, así Jorge no puede hacerse el chulo con la mantis, por otro le fastidia mucho, como si le hubieran quitado al verano un trozo muy grande. Cuando se dan media vuelta para marcharse, las tontas les tiran desde arriba un vaso de agua. Ellos lanzan piñas a la ventana hasta que se aburren.

Vuelven a las escaleras de su casa  a observar sus bichos respectivos, ¿qué hacemos ahora?, le pregunta Jorge. Siempre quiere que sea él el que se invente los planes,  el que diga lo que va a venir a continuación y algo está a punto de inventar porque a ninguno le gustan los huecos libres y sin actividad, cuando observa con horror que su madre ha preparado en la mesa de fuera el material para los deberes. El cuaderno, el lápiz,  el sacapuntas y una goma de borrar, todo muy colocado.  Si te pones ahora mismo  y no te distraes los acabarás enseguida y podrás jugar, le dice saliendo con un tomate mojado entre las manos.  Jorge se escabulle por la puerta del patio,  por si acaso. Seguro que encuentra otra mantis mientras él está sentado, encerrado aunque esté al aire libre.

Han debido de pasar por lo menos tres horas y solo ha resuelto un problema, cree que mal, se desespera pero ya ha decidido que no va a hacer nada, siente un torcido placer en desobedecer aunque hacerlo le suponga no poder moverse de ahí en toda la mañana. Mira dentro de la tinaja, Mirko no está, ya lo sabía. Suelta a la escolopendra, la vuelca debajo de la piedra y se la vuelve a colocar encima. Un abejorro muy gordo y muy negro zumba sobre las flores y él se pone a dar saltos hasta que suda, saltos y más saltos. Después se cuelga por los pies de la barandilla. Boca abajo se balancea, le  gustaría ir a la playa con María, en las rocas hay cangrejos, se lo dijo un día.

 

 

 

 

 

 

 

Lady Palmira

Lady Palmira, que no sabe que ese es uno de sus motes, se está peinando en el cuarto de baño. Si abriera la ventana vería los montes  pero ahora mismo está demasiado ocupada como para ponerse a mirar. Además,  la hora que prefiere es la del atardecer, cuando la luz se concentra en las cavidades montañosas y crea sugerentes volúmenes.  Lo descubrió un día, a la hora de la puesta de sol,  cuando estaba paseando por  la playa y todos miraban hacia el mar. Se dio media vuelta rebelde y dijo, enfocando en dirección contraria, ¡ qué maravilla, pero qué maravilla! Por si no había quedado claro, señaló detrás y hacia arriba, hacia el monte que se estaba amoratando. Desde ese momento contempla al revés el atardecer, no tanto porque le entusiasme su visión como porque se ha convencido de que le tiene que gustar. Lo ha añadido a sus rasgos característicos.

Si algo no soporta Lady Palmira es compartir rasgos con los demás, en especial si esos demás forman masa. Las horquillas  se le resbalan de las manos, nunca se le ha dado bien manejar cosas pequeñas,  pero se esfuerza porque son necesarias para construirse el peinado, que es trabajoso.  Merece la pena pasar un mal rato cada mañana. Merece la pena esforzarse para salir de casa con el aspecto adecuado: llamativo. No quiere pasar desapercibida, ser un grano de arena más entre los numerosos granos de arena.

Allá que va Lady Palmira  por el paseo marítimo envuelta en sus fulares de colores, con su peinado rococó, su vestido vaporoso y su enorme pamelón.  Lástima que no haya todavía nadie para admirar su original estampa excepto el par de  camareros  del chiringuito, unas cuantas gaviotas chillonas y uno de esos pájaros pequeños que se mueven a saltitos sobre la arena. Le recuerda a su difunta tía Matilde, tan hacendosa la mujer y siempre corriendo apresurada. Adiós, tía Matilde le dice al pájaro y él se queda quieto un instante mirándola con un solo ojo desconfiado.

También están las palmeras que el viento inclina a su paso, como si la homenajearan, y sí, la están homenajeando, a quién si no. Desde luego no a los corredores sudorosos que ya han empezado a trotar de acá para allá con esas horribles mallas. Detesta los atuendos deportivos, el mundo está lleno de horrores y vulgaridades. Detesta el mundo la mayoría de las veces. Si lo pudiera poner a su gusto…

Se sienta en una de las mesas del paseo, pero el camarero del chiringuito,  en vez de acercarse se aleja  y se pone a trajinar o a fingir que trajina alrededor de la barra. A Lady Palmira le da lo mismo porque no quiere tomar nada, lo que quiere es sentarse y empezar a coser. Y tampoco es que le interese de manera especial  el resultado de la costura, es la tarea en sí lo que le atrae, es desplegar toda su parafernalia cosedora.  Está haciendo unos encajes para unas prendas de lencería. Los ha sacado de su enorme cesto de paja y los acaba de extender sobre la mesa para admirarlos a plena luz del sol,  al lado ha colocado algunas de esas prendas para estudiar cómo los casa. El camarero llega.

¿Va a tomar?, pregunta escueto, y tan rápido  que Lady Palmira solo oye ¿mar?

Sí, el mar, siempre el mar, lo adoro, dice  complacida mirando las olas.

Que qué va a tomar, le aclara el otro, gritando.

Qué hombre más ordinario, piensa , pero sin inmutarse por el malentendido detalla lo que quiere. Me va a traer un té, en un plato aparte me pone una rodaja de limón cortada fina y si tiene pastas…

El camarero ya se ha ido y le está diciendo en la barra a su colega, “un té con limón para la de las bragas”. Ese es el otro mote de Lady Palmira que, ajena a su denominación,  sigue dando puntadas muy historiadas, levantando mucho el brazo en cada una de ellas como si ejecutara una danza, descansando a cada poco para mirar el mar y respirar sus beneficiosas sales.

Empiezan a llegar los primeros bañistas, parejas, familias, grupos de jóvenes, gente adoradora del sol. Lady Palmira exagera sus movimientos cosedores. La miran, sí,  pero no tanto como a ella le gustaría, ya la conocen, es una habitual del paseo marítimo. La estrafalaria.

Cuando la playa se llena, recoge su labor y se marcha, se siente un poco decepcionada, siempre un poco decepcionada. Del verano. De todo.  Las palmeras agitan sus ramas, farfullando no sé qué. El pájaro pequeño y afanoso picotea a toda velocidad entre las toallas.

Hasta luego, tía Matilde, se despide Lady Palmira, melancólica. A última hora de la tarde regresará vestida de morado, a juego con los montes,para ponerse de espaldas a la puesta de sol y exclamar  mirando hacia donde nadie mira  ¡qué maravilla, qué maravilla!