Categoría: Ventanas

Tampoco tan divertido

El padre tiene la cara alargada y un bigote oscuro. La madre tiene la cara muy ancha, ojos azules. Las dos niñas tienen la misma cara ancha y ojos también azules. Los genes del padre, al menos los que dan los rasgos visibles, perdieron en el intercambio. Están comiendo en la terraza de un restaurante, es día festivo. La niña mayor no quiere comer, el padre quiere que coma, quiere que se duerma la niña pequeña, la pequeña no se duerme, la madre mira la pantalla de su teléfono.
El padre es peleón, no ha perdido la esperanza de imponer su voluntad, que una coma, que la otra se duerma. La madre sí la ha perdido o la ha dejado aparcada para otro rato. En los árboles se mueven las hojas, muchas están secas y se caen. Antes de caer se agitan en la rama como si se despidieran. Algunas,más que caer, se precipitan, una muerte fulminante y rápida. Otras se demoran, revolotean un poco, oscilan antes de llegar al suelo, se resisten. La niña mayor observa, señala y dice: falling down. Lo acaba de aprender en el colegio, también sabe decir autumn.

Los padres se ríen mucho, la niña no sabe por qué se ríen pero como intuye que ha sido graciosa se levanta y da vueltas tratando de imitar a las hojas y gritando falling down. Eso ya no está bien, está molestando a los que comen en otras mesas, el padre se enfada, le ordena que se siente, le dice que con ella no se puede bromear porque enseguida se sobrepasa, alarga un tenedor con un trozo de carne hasta su boca.Ella no quiere, está enfadada, no entiende por qué primero se ríen y luego ya no, cierra la boca, niega tozuda con la cabeza.Lleva una camiseta con un pingüino bordado con lentejuelas, el pingüino sube y baja al ritmo de su respiración. A veces sube mucho y también se ensancha porque la niña respira inflando la tripa.
La mesa está pegada al cristal y a través de él se ve un comedor interior y al lado, una sala de juegos con una colchoneta donde otros niños saltan y una piscina de bolas donde se revuelcan. Quiere ir ahí, eso es lo que quiere desde que han llegado.

Cuando comas, contesta el padre acercando de nuevo el tenedor. La carne entra en la boca y da vueltas dentro durante mucho rato. La niña mira la sala de sus deseos, la carne se le ha hecho bola, no puede tragarla, llora. La pequeña también llora, por sueño o por solidaridad y de un manotazo tira un vaso con zumo sobre los pantalones del padre.

La madre que te parió, dice el padre intentando contener el río de zumo que baja en cascada desde la mesa hasta su pierna y desde allí hasta el suelo. Falling down, dice la madre cuyos genes cara ancha han sido vencedores.  El pingüino sube y baja en la tripa de la niña, brillando de forma intermitente.

El padre se está hartando, desea un rato de paz y ese deseo se impone, poderoso, al de control y educación. Podéis ir a jugar, concede. La mayor sujeta en brazos a la pequeña y bajan tambaleantes un tramo de escaleras. Puede que se caigan pero con un poco de suerte no se caen, calibra la madre, con un poco de suerte no les pasa nada y ellos dos pueden terminar de comer con tranquilidad. No se han caído pero vuelven enseguida, casi al instante. Padre cara fina avisa con un codazo a madre cara ancha: ya están aquí.

No era tan divertido que digamos, dice la niña, sentándose. Acaba de comprobar que las cosas suelen ser mejor vistas de lejos y en la imaginación. Desde la silla mira la sala de juegos a través del cristal, ahora con cierto desdén.

Las hojas se caen a ratos y a ratos dejan de caerse. Sujetas a la rama se mueven a uno y otro lado diciendo adiós como reinas a sus súbditos invisibles.

La madre mira el móvil, el padre mira las hojas, la hermana pequeña se duerme en los brazos del padre.

El pingüino de lentejuelas engorda y adelgaza, engorda y adelgaza. A ratos brilla y a ratos no.

No tan divertido que digamos, dice de nuevo la niña como si estuviera revelando el pensamiento de todos. Después rompe en trocitos muy pequeños una servilleta de papel y con ellos hace caminos.

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La oficina misteriosa

Los hermanos de Leo no saben exactamente qué es lo que hace en la oficina pero se imaginan algo terrible, muy pesado y a la vez envidiable. De todos ellos, es el único que trabaja. Los otros tres nunca lo han hecho y aunque alguna vez fantasean con tener un empleo, la misma palabra empleo se les hace extraña, saben que se trata solo de una fantasía, al igual que sueñan con emprender largos viajes o vivir amores arrebatados, similares a los que ven en las películas.

Ven muchas películas, la mayor parte del día la pasan viendo películas y cuando quieren bajar a la realidad ponen noticias que comentan con gran alteración, nada más desagradable y enervante que la realidad. Para calmarse se pasan a la información meteorológica, importante para luego transmitírsela a Leo, no vaya a ser que salga poco abrigado o demasiado. También cocinan, van a la compra, limpian la casa a golpes indolentes de plumero viejo y miran por la ventana.

Cuando miran por la ventana se deprimen un poco, recuerdan cuando toda la manzana era suya y tenían hasta un jardín con parterres que formaban laberintos, por ahí corrían de pequeños, jugando a perderse. Ahora están perdidos más en serio. Poco a poco fueron vendiendo todo: el jardín se volvió garaje, las casas se transformaron en tiendas y la mansión del tío Álvaro, porque aquello era una mansión con sus vidrieras de colores como en las iglesias góticas, poco más o menos, es ahora una gasolinera
¡Una gasolinera!, eso sí que no se lo esperaban, la gente va con sus coches a repostar y de paso compra chicles. Justo en el mismo lugar donde comían los domingos pasteles rellenos de crema de chocolate en una mesa muy larga con mantel blanco de hilo.

Si el tío Álvaro resucitara se volvería a morir al instante de un segundo infarto, pero no rescucitará ni ninguno de los otros tíos y tías. Nadie lo hará. De la anterior generación solo vive la madre de los cuatro, una señora alta y voluminosa que cada mañana se asoma a despedir a su único hijo trabajador.Le dice adiós desde la ventana como si fuera un escolar que está aprendiendo a cruzar la calle. Le dice adiós y siente lástima y también orgullo de que Leopoldo vaya a una oficina.

En cuanto puede, saca el tema a relucir con sus amigas, con los médicos o con las cajeras del supermercado. “Mi hijo Leo trabaja…en una oficina”, los otros no parecen extrañarse ni admirarse, a nadie le importa lo de los demás. Debe de ser espantoso tener que estar tantas horas dentro de esos lugares haciendo cosas que uno no quiere hacer y tratando con gente a la que no quiere tratar. Espantoso, pobre Leopoldo, qué coraje tiene.

Por eso se esmeran todos en tener la mesa preparada para la hora de comer, por suerte puede venir a comer. En prepararle las comidas que le gustan, en que su ropa esté lavada, planchada y bien dispuesta y en no hacer ruido cuando se queda traspuesto en el sofá con la boca abierta y un hilillo de baba colgando por la comisura derecha, siempre la derecha.

Y a las cuatro, vaya hora más mala, Leo se vuelve a marchar a ese espacio gris y misterioso, envuelto en nieblas. Los otros hermanos se quedan durmiendo hasta las cinco, meriendan café con tostadas y piensan con esperanza y miedo que tal vez algún día tengan que salir a las cuatro porque los contrate alguien. Algunas tardes, si se les ha olvidado algo por la mañana, salen a comprar sin quitarse el pijama que se han puesto para dormir la siesta. No abandonan la manzana que fue suya y solo suya y odian a todos esos que pasan por sus calles y encima los miran con extrañeza. Pero si están en su casa, ¿es que no pueden dar vueltas por su casa vestidos como les dé la gana?

Cenan todos juntos, Leo se sienta en una silla que se trajo un día de la oficina, tiene ruedas y una felpa azul llena de bolillas, la iban a tirar por vieja pero él la rescató. No se puede negar que es horrible y desentona en el comedor pero aún así miran a Leo con reverencia, reyezuelo en su trono rodante.

¿Qué hará Leopoldo en la oficina? No lo saben, les ha explicado algo de papeles, ordenadores, informes…Suena vago, nebuloso. Con esas cosas nebulosas sueñan algunas noches, avanzan entre ellas con gran dificultad, su atmósfera es muy densa.
Tal vez algún día, algún día fatídico y a la vez grandioso ellos también salgan a trabajar a uno de esos lugares y su madre los despida a todos desde la ventana. La misma ventana a la que ahora se asoman para mirar esas calles transmutadas, calles sin jardín laberíntico, sin vidrieras de colores, sin tíos Álvaros, con gasolinera y gente hostil que compra chicles.

Ensayo

Por los agujeros del verano, que ya empieza a descoserse, se ha colado el otoño.

Ha entrado  a mirar pero ya que está arma un poco de jaleo.

Como si dijera: atentos, esto es lo que pronto haré.

Empuja hojas secas por las aceras y las enreda en los pies desnudos,

pone nerviosas a las libélulas que enloquecen por el aire, presagiando su final,

saca a pasear a extrañas parejas con paraguas negros colgados del brazo,

suelta a la melancolía que se arrastra como una serpiente por las alcantarillas.

Cuelga del cielo un trapo gris con el que tapa la fina línea de la luna,

hace bostezar a las abuelas en sus sillones,

se pega a los vestidos blancos,

los agita con ruido de alas,

los  inquieta con pensamientos de cárceles y armarios

y, antes de desaparecer, deja caer unas cuantas gotas pesadas y torpes.

Hoy solo estaba ensayando.

En la rotonda

De verdad que son unos impresentables, le dije a Tomás. Mira que quedar para ver los fuegos en la rotonda…no había otro sitio peor. Antes subíamos al mirador, desde allí sí son bonitos, más que nada por el entorno. O nos sentábamos en la plaza con todo el mundo para verlos muy de cerca. Ahí también son bonitos.

Se encogió de hombros: qué manía tienes con que todo sea bonito. O zen. Qué más da si solo es un rato, los vemos y nos vamos.

Les había intentado convencer pero ellos que no,  que este año mejor desde allí, que se ven igual de bien y no tienen que mover el coche. Y ahí estaban, con los vecinos de las urbanizaciones de alrededor, subidos a la rotonda.  Jaime nos hizo un gesto con la mano, como si no le hubiéramos visto, si estaba el tío apoyado en la señal, ya el colmo.

Venga, venga, que llegáis tarde, que ya empiezan, pasad, pasad. Solo le faltó decir, como si estuvierais en vuestra propia rotonda. Ni que vivieran ahí y esa fuera su casa. Y Alicia haciéndose la entusiasmada, desde aquí se ven de cine,  nos hemos traído la silla de la piscina, ¿te quieres sentar?

Lo que me faltaba, sentarme en una silla de plástico en mitad de una rotonda. Se me ocurrió decir que por qué no nos íbamos mejor a la otra que al menos tiene árboles y no está tan llena de gente.
Si está vacía será por algo, no se ven tan bien como desde esta, te lo dijo yo, hazme caso, me lo tengo muy estudiado. Y Tomás, indiferente, nunca entra en discusiones por lo que él llama temas menores.

¿Os hemos contado que hace dos años, cuando alquilamos en ese edificio de la esquina, los vimos sentados desde el sofá?

Y tanto que nos lo habían contado. Y varias veces. Me estaba dando miedo que se hubieran llevado la bolsa nevera y sacaran un melón, eran más que capaces. Y los murciélagos que nos sobrevolaban las cabezas y los mosquitos y los autobuses que hacían el giro y pasaban rozándonos los pies y los niños plastas que no paraban de gritar sentados sobre los monopatines. Todo me estaba dando miedo, puesto en conjunto.

Entonces tuve esa sensación de irrealidad que tengo a veces, pensé, no me puede estar pasando esto, ¿qué hago subida a una rotonda enfrente de un Mercadona esperando para ver unos fuegos que no me interesan?  Me acerqué a Alicia que estaba repantingada en su silla de la piscina y le dije por lo bajo, oye, Alicia, ¿pero a ti te gustan los fuegos?

Qué pregunta más rara, los fuegos son los fuegos, toda la vida los hemos visto, es una tradición.

Pero ¿te gustan?, insistí.

Que ya empiezan, gritó uno de los rotondeños .

Estalló en el cielo una especie de estrella de colores, aplausos,  luego las palmeras doradas, más aplausos,  después esos que parecen espermatozoides. Y alguien dijo, “los espermatozoides”, siempre hay alguno que lo dice

¿ Yel óvulo?, contestó una graciosa, no hay óvulo, pobres espermatozoides.

Como en la vida misma, es un mensaje subliminal, dijo un gordo con pinta de no comerse muchos roscos.

Más palmeras doradas, estas ya sin aplausos, empezaban a ser repetitivas y luego unos plateados que parecían que se nos iba a echar encima pero al final retrocedían  y se disolvían.

Una niña vestida de bailarina rosa se puso a llorar. Me ha querido ahogar y encima me ha dicho que me odia, dijo señalando a una bailarina morada, algo más alta. Mientras lo decía se ahogaba ella misma, reproduciendo la afrenta, y tosía.

Qué día me estáis dando y qué veranito, las separó la madre mientras volvían a estallar unas palmeras gigantescas que hicieron aplaudir a los más entusiastas.

Parecían todos locos, con las caras iluminadas por una luz intermitente. Aplaudían y gritaban de cachondeo, ¡viva el alcalde! Me fijé en un hombre joven  con una cara muy triste, estaba sentado en el bordillo, las rodillas dobladas y recogidas por los brazos. Ausente. De vez en cuando un niño rubio se le tiraba a la espalda y lo abrazaba por detrás.

Hubo una traca final, algunos decían que habían sido peores y más cortos que otros años, pero eso también lo dicen siempre. Alicia plegó la silla y se sacudió el vestido. Bueno, pues ya los hemos visto, otro año más, nos vamos que mañana tenemos que madrugar, yo ya curro. Qué fresquito más bueno viene de esos árboles.

Hasta los árboles me parecieron extraños, su forma, su manera de clavarse al suelo, de elevarse, sus sombras proyectadas sobre la carretera. Pasó otro autobús, las farolas iluminaban tanto que oscurecían a la mayor parte de las estrellas.

Anda, dijo Alicia, eso es la Osa Mayor, sí, sí, es, el carro. Y esa otra, tiene forma de tenedor o de tridente. Espera, que lo voy a a buscar en Google, “constelación con forma de tridente”  No sé, podría ser la del  Águila, casi seguro porque aquí dice que se ve en el cielo de verano dirección este. Su estrella más brillante es Altair, esta, se ve perfectamente aquí dibujada.

De verdad se veía muy bien en el cielo de la pantalla del teléfono,  en el de verdad había que imaginársela. Los vecinos se dispersaban con sus niños, sus perros, sus sillas, sus pensamientos. La bailarina rosa y la morada giraban muy juntas con los brazos en alto y se empujaban como si no hubiera más espacio disponible. La madre hablaba con alguien por telefóno, quejándose, “mucho calor y las niñas pesadas como monas”,  el hombre triste se encendió un cigarro. Llevaba al niño rubio agarrado a una de sus piernas.

Desde  la rotonda, como hay menos luz,  se tiene que ver bien el Águila…podríamos venir mañana o pasado a localizar más ¿qué os parece?, propuso Alicia bostezando.

Yo a la rotonda no vuelvo, le dije al oído a Tomás, que lo sepas.

Y él, qué más da, si solo va a ser un rato, a los diez minutos se han cansado, me conoceré yo a estos dos y volvió a encogerse de hombros. Y luego, para fastidiarme, con cara burlona añadió,  ver estrellas es bonito y bastante zen.

 

Paseantes habituales

La mujer que corre con su perro y siempre sonríe. Se parece al perro y también a una tía mía que ya murió y que también se parecía mucho a su perro. Los perros entre ellos también son iguales. Muchas mañanas creo que es mi tía que ha vuelto y ahora corre. Pero ella nunca corrió, tocaba el piano y le gustaban las orquídeas, era un poco altiva y bastante guapa. Su perro era muy baboso, como el de la que corre y sonríe. Corre y sonríe.

Los dos gordos  antipáticos con sus perritos diminutos. Algunos trechos los llevan en brazos, arropados entre las carnes, luego les supone un gran esfuerzo volverlos a depositar en el suelo. De vez en cuando les dan ánimos, “venga, bonitos, ya queda poca cuesta, ya llegamos, ya no queda nada”. De paso se los dan a sí mismos. Cuando se cruzan con algún humano cuelgan la vista de los árboles y la dejan allí, escondida entre las ramas, hasta que pasa el peligro.

Las tres amigas con bastones de ir al monte, aunque no vayan al monte. Puede que se estén entrenando para cuando sí o qué les guste imaginárselo. Se intercambian recetas y consejos. “Sé egoísta, tienes que ser egoísta”, le ha dicho esta mañana la de el medio a la de la derecha y a continuación, ” y la masa para las palmeras cómprala en el Carrefour, te sale más buena”.  Ayer dijo la de la izquierda, “corta cuanto antes con esa relación, es tóxica, con el resto del  ragout que os dije, hice croquetas, volaron”. Tendré que esperar a mañana para escuchar el nuevo consejo-receta, la del ragout me la he perdido.

El grupo de hombres obsesionados con los de Podemos, con Javier Bardem y con las inversiones inmobiliarias. Les gusta citar en voz muy alta a amigos  por sus apellidos, dicen mucho “y tal”. “Unos amigos míos, los Humet y tal, que se compraron un pisazo imponente en la calle Menéndez Pelayo resulta que eran vecinos de Javier Bardem, por lo menos ese se ducha y tal porque los de las rastas…” “Putos comunistas”, dice otro dando una patada a una piedra. “Millonadas te darían ahora por ese piso y tal”.

La pareja que parece que se ha escapado de una película de los primeros tiempos de Woody Allen. Los dos van de blanco, pantalones anchos y camisas sueltas, sombreros de paja y un paraguas rojo para taparse el sol. Hablan de pájaros y se anticipan a ellos, “por aquí apareció ayer un petirrojo. Escucha, ¿ha sido eso un picapinos?” Se paran emocionadísimos y aunque se oye un toc-toc-toc no logran verlo. Abren el paraguas, él se engancha del brazo de ella. Ella es más alta y da la impresión de que lo protege y cuida.

El petirrojo. Sale de entre las zarzas, da tres saltitos, saluda y se mete en la zarza de enfrente.

Nadie durante mucho rato, silencio  y un trozo de luna diurna en el cielo.

 

Café de los viejos poetas

El suelo se estaba empezando a llenar de hojas amarillas y en el aire había ese olor a lluvia que precede a la lluvia verdadera. Parecía que estábamos en otra ciudad aunque fuera la misma de siempre. Maitena dijo que a ella el otoño le daba ganas de hacer cosas nuevas, en primavera era al contrario, la primavera le parecía cursi y repelente y si por ella fuera se encerraría en un cuarto, no en el suyo, en otro, y no saldría hasta que acabara. No entendí por qué no podía ser en el suyo y me intrigaba saber qué tipo de cuarto sería el elegido para escapar del trance primaveral pero no se lo pregunté porque en ese momento llegó Sandra. Era una amiga de Maitena también con inquietudes.

En realidad su principal inquietud era un tal Jesús del que se había claramente flasheado y después de esa inquietud primordial estaba Maitena, a la que admiraba borreguilmente y a la que miraba con una cara de entre susto y reverencia. Empezamos a hacer el recorrido habitual en dirección a nuestra parada de autobús pero antes de llegar, Maitena decidió que teníamos que ir en otra dirección, justo en la opuesta. Conocía un café que estaba lleno de poetas y nos lo quería enseñar.

Era verdad, después de andar unas cuantas calles y tener otra vez la sensación de estar en otra ciudad por lo desconocido de la ruta, llegamos hasta un café con unas cristaleras muy grandes y detrás unas mesas que habían sido antiguas máquinas de coser. Les habían quitado la máquina de encima pero conservaban por debajo ese pedal con el que se accionaba el mecanismo. Los poetas debían de ser esos que estaban sentados, con los pies apoyados sobre el pedal como si cosieran poemas en el aire. Casi todos eran bastante viejos, con barbas canosas o con calvas relucientes, con gafas metálicas, con camisas arrugadas. En algunas mesas se juntaban muchos y fumaban, bebían y hablaban. Solo había entre ellos una mujer, Maitena sabía su nombre y también el nombre de un premio que había ganado.

Daba un poco de miedo entrar ahí, en ese café reservado salvo por una gloriosa excepción a los poetas viejos y masculinos pero empezó a llover con mucha fuerza y Maitena empujó la puerta. Entramos, pedimos un café para las tres que nos sirvió con cara de vinagre un camarero muy flaco y esperamos a que pasara algo emocionante. No pasaba nada. Vistos de cerca no impresionaban tanto como a través del cristal, eran señores normales con aspecto más bien achacoso.  Sandra sacó un folio de su carpeta y se puso a escribir febrilmente algo que tapaba con la mano para que no lo viéramos.

Pensé que le habría venido la inspiración repentina, que se habría iluminado al entrar en contacto con un aire tan cargado de humo poético y de líricas toses.  A mí no me estaba produciendo ningún efecto ese ambiente, me notaba exactamente igual que cuando había entrado o tal vez un poco peor porque antes de entrar tenía la ilusión de que podía pasar algo, algo relacionado con el otoño, el cielo nublado, la lluvia, la aventura y los misterios, así en general, pero ahora no me parecía que allí pudiera pasar  nada de eso.

Uno de los poetas se levantó y se acercó a nuestra mesa. Fumaba en pipa, era gordo y grande, con una melena blanca hasta los hombros ¿Qué escribe la muchachita?, dijo dirigiéndose a Sandra que seguía muy obcecada llenando la hoja de letras. Levantó el folio en el aire y dijo muy serio, “¡pero si es un hermoso poema de amor!”. Entonces vimos que lo único que estaba escrito ahí, en letras de diferentes tamaños, con caligrafías distintas, en mayúsculas, en minúsculas , en horizontal, en diagonal, en vertical, boca arriba y boca abajo era “Jesús, Jesús, Jesús” y mil veces el nombre de Jesús. Sí que tenía un buen flasheo la pobre y ahora además tenía también mucha vergüenza, no tanto por el viejo poeta que ya se marchaba pesadamente hacia su mesa como por la mirada burlona de Maitena.

A lo mejor algún día nos dan un premio y nos publican un libro, dijo Maitena ya en la calle. Sí, y somos viejas, pensé, ya no me apetecía tanto la gloria literaria. Ya no llovía y empezaba a atardecer. De repente, Maitena dio un grito muy raro,  como de intensa emoción, y empezó a reírse como si se hubiera vuelto loca. Sandra la miraba desconcertada, sin saber qué hacer. Por detrás de dos edificios estaba empezando a asomar una luna muy gorda y roja.

Otra vez tuve esa sensación de que podía pasar algo, de que iba a pasar algo relacionado con la luna, con el otoño, con los charcos, con la aventura y el misterio, de que estaba en otra ciudad, de que todo era nuevo y que de un momento a otro se iba a abrir, mostrándose.

Abandono

Mi cielo está triste,
los vencejos se han ido con otro.
Qué soledad,
qué silencio,
cuánto vacío,
qué ausencia de alas.
En línea recta se lo vuela la vieja urraca
por fin a sus anchas.
Posada en la antena contempla su desolación
y pronuncia dos veces la frase fatídica,
esa que ningún amante abandonado quiere oír:
te dije que no te fiaras, ¿o no te lo dije?