Categoría: Ventanas

Completamente tío Víctor

No sé en qué momento exacto me convertí en mi propio tío, será porque no existe ese momento, porque uno no se convierte en otro de una forma rápida y repentina. Volverse otro lleva tiempo y trabajo. Lleva años de lentas, inapreciables transformaciones. Hasta que un día, y ahí si hay un momento exacto, uno se da cuenta: es otro.  Hoy me he dado cuenta. Ha sido al salir del metro, eran las ocho de la tarde,  hacía mucho frío y no encontraba el guante  derecho. Iba rebuscando por los bolsillos cuando he visto a mi sobrino Pablo, sin abrigo, sentado en el respaldo de un banco de la plaza, y  he pensado, “otra vez este, se pasa el día en la calle, ¿qué hará a estas horas y con este frío ahí sentado y sin abrigo?”,  y eso que tiene en la mano, ¿es un cigarro? Así que fuma, qué pájaro”.

Ha sido en ese instante cuando he pensado, “ay, Dios, soy mi tío Víctor”. Ese mismo tío al que de adolescente odiaba porque me lo encontraba a todas horas y en los momentos más inoportunos. Ese tío del que decía escondiéndome, “joder, mi tío otra vez, qué plasta, está en todos lados”.

De pequeño lo quería mucho, lo adoraba. Era el único que vivía todavía en la casa de los abuelos. Cuando me dejaban allí algunas tardes, el tío Víctor tiraba una manta al suelo, yo me tumbaba encima y él me arrastraba a toda velocidad por el pasillo. Ese juego se llamaba la alfombra mágica. También desmontaba el sofá para construir un refugio y dentro, escondidos bajo la cúpula de almohadones, me daba monedas de chocolate.  O entrábamos en el dormitorio grande que el tío Víctor llamaba “la gruta” poniendo una voz terrorífica,  para enfrentarnos a las fieras.  Decía que allí escondidos había animales hambrientos, deseosos de devorar niños que tuvieran un remolino en el centro del pelo y hoyuelos en las mejillas. Esas características mías eran los manjares preferidos de las bestias. Yo pasaba miedo verdadero. Para ahuyentarlas, el tío Víctor les tendía trampas imaginarias, peleaba furioso contra el aire y así me salvaba  cada tarde de los monstruos sibaritas.

Luego nos separamos, crecí y sólo nos veíamos una o dos veces al año en alguna reunión familiar. A él le gustaba recordarme esos juegos infantiles, a mí me hacía gracia pero al mismo tiempo me daba vergüenza y hubiera preferido que no me lo recordara. Hasta que al llegar la adolescencia empecé a encontrármelo por la calle. A todas horas.

Si estaba fumando mis primeros y furtivos cigarros, ahí se aparecía el tío Víctor con su maletín de trabajo, un maletín que él llamaba el ataché, palabra que me sonaba a estornudo y que me parecía ridícula, tan ridícula y anticuada como ese mismo maletín. Si estaba besando a alguna chica, casualmente torcía la esquina el tío Víctor con sus gafitas redondas. Esas mismas gafas o unas iguales le tiré a un estanque, sin querer, de un impulsivo manotazo, un día que me llevó al parque.  Allí se quedaron sumergidas entre los peces naranjas, los palos, las hojas y las migas de pan.  No se enfadó, era muy paciente. Sin gafas su cara parecía aún más bondadosa pero también desprotegida, vulnerable.

Cómo odié luego ese mismo rostro paciente y  bondadoso. Odié al maldito tío Víctor  y su manera de ocupar las calles que yo empezaba a transitar con libertad. No había manera de faltar a clase o de ligar o de beber sin ser descubierto por mi omnipresente tío, ¿lo hacía adrede? Los dos fingíamos que no nos habíamos visto pero los dos sabíamos que sí y que estábamos fingiendo. Qué incómodo.

Y ahora soy yo mi propio tío Víctor, lo he sabido por ese gesto apenas esbozado en la cara de mi sobrino sentado en el respaldo del banco, un gesto muy sútil pero que al momento he interpretado como, “el pesado de mi tío otra vez, está en todas partes”. Omnipresente yo también. He recordado que Pablo de pequeño me hizo un regalo en uno de mis cumpleaños, un librito diminuto con las hojas grapadas que tituló “Libro de seres”. Dentro, en cada una de las hojas había dibujado un ser. Algunos solo eran figuras geométricas, como el ser cuadrado, un simple cuadrado con un ojo en el centro.  He tenido muchas ganas de recordárselo, de acercarme y decirle, ¿te acuerdas del libro de seres, del ser cuadrado?

Pero me he comportado como se hubiera comportado el tío Víctor, porque ya soy él, he puesto cara de despistado y he pasado por delante de Pablo deprisa, mirando para otro lado, sin saludar, con un solo guante y rebuscando el otro por los bolsillos. Ridículo y anticuado a sus ojos, estoy seguro. Completamente tío Víctor.

 

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Nido caído al suelo

Cantaban un himno en el que se decía la palabra gloria y la palabra honor. Gloria se llamaba su compañera de la cama de al lado. Por honor se podía matar y morir. Honor tenía que ver con los hombres, con las mujeres no.  A su padre lo habían matado hacía poco pero no había sido por nada de honor, había sido por la mala suerte de la guerra. Su padre era muy joven, casi un niño, lo engañaron, se lo dijo su abuela sentada en la silla de la cocina. Casi un niño, qué pena, todos decían eso. Y su madre una niña viuda, qué pena también. Con dos criaturas. Ella era una de las criaturas, llevaba un lazo blanco en el pelo y un collar de cuentas de colores.

Los mandaron internos al colegio de los huérfanos, con las monjas, la falda del uniforme picaba en los muslos. Su hermano le apretaba muy fuerte la mano.
Desde las ventanas se veía primero la ría y después el mar. Por las mañanas, en algunas de las ventanas colgaban sábanas,  eran las de los niños que por la noche se habían meado en la cama. Colgaban sus sábanas para que todos lo vieran y así escarmentaran. Ser meón era cosa muy mala.
Ella no era meona, su hermano tampoco.
Una noche notó una humedad en las sábanas y tuvo miedo de haberse vuelto meona.Se estuvo quieta, quieta hasta la mañana siguiente. Gloria en sueños decía, “noooo, nooo”. Era sonámbula del hablar. Cuando amaneció vio la mancha roja que indicaba que se estaba muriendo.
En el himno también decían “pujante unidad colegial” y cuando lo decían pisaban muy fuerte contra el suelo, pateaban como si marcharan. A veces marchaban dando la vuelta al colegio y cantando, las gaviotas también cantaban sus propios himnos, a gritos,  el mar estaba debajo y arriba el monte muy verde, envuelto en nubes y nieblas.  Marchar era andar sin llegar a ningún sitio, sin querer llegar, marchar era dar vueltas. Vieron un nido tirado en el suelo, caído. Estaba hecho con palos muy finos, trenzados, y relleno de hojas picadas.
Una monja le dio una toalla para que se la pusiera entre las piernas. Se la puso. Se estaba muriendo y no era por nada de honor. Era una enfermedad, la sangre era siempre de enfermedad, de cuerpo herido o roto.
Gloria padecía la misma enfermedad, le dijo que era cosa de mujeres, que no se iban a morir todavía y que ya podían tener hijos. Los coágulos eran trozos de hígado, así se lo explicó Gloria, no pasaba nada por perder un poco, el hígado era grande.
Los llamaban por un número, nunca por su nombre, ella era el 29 y su hermano el 33, la edad de Cristo. A las monjas les gustaba ese número.
Ella tenía miedo de que se le moviera la toalla, de que se le manchara la falda del uniforme, de volverse meona, de tener un hijo, de perder del todo el hígado.

Gloria era el número  42, llamaba a su madre por las noches. El viento quería entrar, entrar, entrar y lloraba pegado a la ventana, buscando refugio. Pero había sido él el que había tirado el nido. También la lluvia quería entrar y llamaba nerviosa y furiosa golpeando los cristales. Por los pasillos un olor a frío con sal y a sopa. Pujante quería decir dar patadas en el suelo, pisar fuerte. De un árbol se había caído un nido. Volaría el que tuviera las alas fuertes.

Risa áurea

No podía dejar de mirar a la Romana. Los charcos amanecían helados, algunos con hojas atrapadas dentro, pero ella seguía llevando sandalias con tiras que se le enroscaban por las piernas sobre leotardos de colores. Si salía pronto de casa y corría hasta la parada, coincidíamos en el mismo autobús y así iba todo el trayecto mirando su cara que asomaba perfecta bajo el pelo dividido en dos por la raya en medio. Yo la miraba a ella, ella a mí no.

A primera hora teníamos clase de arte. Hacía tanto frío que no nos quitábamos los abrigos. La de arte era una mujer mayor con una melena blanca, decía “mirad, veréis” sin darse cuenta de que en la primera fila se sentaba un ciego, al lado de la Romana. Nos reíamos, el ciego también. Mirad, veréis, dijo  la de arte frotándose las manos para calentarlas y se giró para escribir algo en la pizarra. Llevaba una cazadora negra de cuero con flecos y antes de subir al aula se tomaba de un trago un botellín de cerveza y luego otro sin alterar su aspecto de abuelita encantadora.

Esa mañana escribió un número muy largo con muchos decimales y unos cuantos gritaron, protestando, estábamos en arte, éramos de letras ¿por qué escribía un número? Nos lo presentó como si se tratara de un gran amigo suyo. Era Phi, el número áureo, llamado así en honor al escultor Fidias. Representaba la relación o proporción entre dos segmentos de una recta. Esa proporción se encontraba en algunas figuras geométricas y también en la naturaleza. Aquello que matemáticamente más se aproximara a Phi se percibiría como más bello y perfecto.

La Romana se aproximaba mucho a Phi, se aproximaba tanto que seguramente era el mismo número áureo. Ahora entendía por qué no podía dejar de mirarla. Es un número algebraico irracional, dijo la de arte y otra vez se oyeron gritos de protesta. Había dicho número y algebraico en una misma frase. La Romana escribía en su cuaderno, era estudiosa, se sentaba en la primera fila, la coleta dividía su espalda en dos mitades simétricas. Si la miraba con mucha intensidad se daría la vuelta y también me miraría. Nunca había pasado pero podía pasar. Nunca había nevado pero el aire tenía una misteriosa luminosidad que anunciaba nieve.

Mirad, veréis, dijo otra vez la de arte. Podemos encontrar esta proporción en las nervaduras de las hojas de algunos árboles, en el caparazón de los caracoles, en los pétalos de las flores, en la forma de las galaxias o en las telas de araña.

Y en la Romana, sobre todo en ella, que ahora se inclinaba justo sobre el único que no podía verla, que no podía saber que su compañera era Phi, para explicarle algo al oído.

Si la miraba con mucha fuerza se daría la vuelta y me devolvería la mirada, se daría cuenta, se daría cuenta, quería que se diera cuenta. Pero otros muchos ojos competían con los míos, todos mirábamos a la Romana y todos queríamos que nos mirara pero el número áureo no nos hacía caso a ninguno. Entre clase y clase, el chico ciego tocaba la guitarra y ella, en vez de salir al pasillo como hacíamos los demás, se quedaba sentada a su lado, escuchando.

A través de la ventana vimos caer unos primeros y diminutos copos de nieve ¡Ahí también está!  gritó con entusiasmo derivado de la cerveza la de arte, señalándolos. Mirad, veréis. Y  todos nos reímos mientras ella hablaba de la armónica estructura de los cristales de hielo. También el ciego, también la Romana con su risa áurea, sin mirar a nadie.

El vaso marcado

Su casa olía a vapor de eucalipto y también a medicina. A veces olía a comida mezclada con esos otros dos ingredientes. A su familia le gustaba que la casa oliese a comida, en la mía era al contrario. Si por casualidad el olor a guiso se expandía más allá de la cocina, abríamos rápidamente las ventanas para que se esfumara y dejara paso al otro, al de nuestra casa, neutro para nosotros pero no para los demás, todas las casas tenían su propio sello odorífero.

En su casa olía a medicina porque llevaban un tiempo conviviendo con una enfermedad. Algunos vasos estaban marcados con una gruesa raya roja y de ellos no se podía beber, estaban destinados a los enfermos. Dos de sus hermanos y su padre habían estado enfermos pero ya se habían curado. Me daban miedo esos vasos marcados con el color de la sangre y a la vez me atraían, deseaba beber de ellos para faltar a clase. Mi amiga bebía en uno de esos vasos y no iba al colegio desde hacía dos meses. No era posible el contagio solo por hablar con ella o por visitarla pero sí si las salivas se juntaban.

Hacía reposo. Cada tarde íbamos alguna compañera a llevarle los deberes y a explicarle los pormenores del día. Pasaba mucho tiempo tumbada en la cama o recostada en ella, eso era el reposo. Desde su cama podía ver la calle y a la gente que iba y venía. Me parecía envidiable su vida de descanso contemplando la calle, me gustaba ver pasar a los conocidos del barrio sin que se dieran cuenta de que los estaba observando, pero cuando le señalaba a alguno que conocíamos las dos, ella encogía los hombros con indiferencia.

Para que estuviera entretenida le habían regalado un libro de cuentos muy gordo, lo tenía encima de la mesilla, junto al vaso marcado con la raya roja. Una de las historias de ese libro trataba de un niño que no se bañaba porque odiaba frotarse con jabón pero para que no descubrieran su falta de higiene hacía mucha espuma desde fuera de la bañera, sin entrar. Un día una pompa de jabón creció demasiado, lo atrapó y se lo llevó en su interior. Recorrió medio mundo transportado por la burbuja vengativa pero en lugar de disfrutar del viaje y de las vistas, sufría y lloraba porque añoraba su hogar.
En otro libro que yo había leído también había un niño protagonista al que por portarse mal con los animales, un ave migratoria lo enganchaba con el pico y se lo llevaba sobre su lomo, muy lejos. Parecía existir una relación entre el mal comportamiento infantil y los exilios voladores.

A las dos nos fascinaba ese cuento pero por diferentes motivos. A mi amiga le gustaba para desplazarse imaginariamente, miraba con mucho interés las ciudades y paisajes que sobrevolaba el niño atrapado, viajero a la fuerza. A ella el niño le caía mal, decía que era idiota por no saber aprovechar la oportunidad que le estaban dando, no entendía que se trataba de un castigo. A mí me caía bien, comprendía que echara de menos su territorio, que tuviera vértigo y miedo y cuando la pompa jabonosa se pinchaba, justo encima de su casa, me quedaba muy aliviada, como si me estuviera pasando a mí.

Tenía fuertes tentaciones de beber del vaso marcado, de cualquiera de los vasos marcados, pero no me decidía. Cabía la posibilidad de que la enfermedad se desarrollara en mí de manera más dolorosa. Una tarde me decidí a tocar con la punta de los dedos el borde de uno de esos vasos,justo donde me imaginaba que se habían posado los labios. Los apoyé un segundo y los retiré deprisa.

Después estuvimos jugando a las entrevistas, ella era la famosa, viajaba sin parar porque así se lo exigía su profesión, una profesión sin determinar, y se quejaba, para darle credibilidad, de la vida tan ajetreada y nómada que llevaba. Mientras le hacía las preguntas, todas relativas a los sitios que había visitado o pensaba visitar, me dediqué a estudiar mi cuerpo por si la enfermedad se presentaba de repente pero mientras estuve en su cuarto no se presentó. Su madre sí, para avisarme de que me tenía que marchar ya. En el colegio decían que su madre era una mujer muy mística, condición que yo asociaba con la levitación.
La señora mística, caminando normalmente, sin hacer alardes de sus habilidades, me acompañó hasta la puerta y allí me dijo como si fuera una galleta de la suerte hecha mujer: para ser feliz no te busques a ti misma. Lo dijo muy sonriente y de forma natural, como si me hubiera dicho “saluda a tu madre de mi parte”.

Que yo supiera no me buscaba a mí misma porque ya me tenía, así que iba por el buen camino, directa a la felicidad. Por la noche empecé a tiritar, me dieron una aspirina triturada en una cuchara con agua y azúcar. Como al día siguiente seguía teniendo fiebre no fui a clase. Estaba convencida de que me había contagiado por tocar el borde del vaso. Una vida de reposo y relax me esperaba pero ahora ya no estaba tan segura de querer eso.

Desde mi ventana no se veía la calle con gente pasando sino la pared de un patio y cuerdas de tender la ropa. Cerré los ojos, los sonidos cotidianos me llegaban amplificados y molestos. Era extraño que todo siguiera sonando igual pero sin ser yo parte de esos sonidos, sin contribuir a ellos con los míos propios. Temí hallarme en una especie de burbuja como el niño del libro y no poder entrar otra vez a mi sitio habitual, que la burbuja no se pinchara y yo me quedara para siempre frente al patio de tender y escuchando a la fuerza los ruidos diarios, ya ajenos. Solo llevaba una mañana en reposo y ya estaba desesperada por abandonarlo, ¿para qué habría tocado el vaso de la raya? Eso me pasaba por haberme buscado a mí misma, a eso se refería la madre de mi amiga. Nunca sería feliz por haber querido vivir en reposo.

Confesé a mi familia que había tocado el vaso marcado y les avisé para que se fueran preparando porque ahora padecía lo que se llamaba una larga enfermedad y el vaso en el que yo bebiera tendría que estar señalado con algo. Las cosas se habían vuelto muy místicas porque se despegaban del suelo.  Escuché las palabras tonterías, anginas y fiebre. Si te operaban de anginas te daban polos para comer. Quería un polo y que la cama se colocara firme sobre el suelo.

Tampoco tan divertido

El padre tiene la cara alargada y un bigote oscuro. La madre tiene la cara muy ancha, ojos azules. Las dos niñas tienen la misma cara ancha y ojos también azules. Los genes del padre, al menos los que dan los rasgos visibles, perdieron en el intercambio. Están comiendo en la terraza de un restaurante, es día festivo. La niña mayor no quiere comer, el padre quiere que coma, quiere que se duerma la niña pequeña, la pequeña no se duerme, la madre mira la pantalla de su teléfono.
El padre es peleón, no ha perdido la esperanza de imponer su voluntad, que una coma, que la otra se duerma. La madre sí la ha perdido o la ha dejado aparcada para otro rato. En los árboles se mueven las hojas, muchas están secas y se caen. Antes de caer se agitan en la rama como si se despidieran. Algunas,más que caer, se precipitan, una muerte fulminante y rápida. Otras se demoran, revolotean un poco, oscilan antes de llegar al suelo, se resisten. La niña mayor observa, señala y dice: falling down. Lo acaba de aprender en el colegio, también sabe decir autumn.

Los padres se ríen mucho, la niña no sabe por qué se ríen pero como intuye que ha sido graciosa se levanta y da vueltas tratando de imitar a las hojas y gritando falling down. Eso ya no está bien, está molestando a los que comen en otras mesas, el padre se enfada, le ordena que se siente, le dice que con ella no se puede bromear porque enseguida se sobrepasa, alarga un tenedor con un trozo de carne hasta su boca.Ella no quiere, está enfadada, no entiende por qué primero se ríen y luego ya no, cierra la boca, niega tozuda con la cabeza.Lleva una camiseta con un pingüino bordado con lentejuelas, el pingüino sube y baja al ritmo de su respiración. A veces sube mucho y también se ensancha porque la niña respira inflando la tripa.
La mesa está pegada al cristal y a través de él se ve un comedor interior y al lado, una sala de juegos con una colchoneta donde otros niños saltan y una piscina de bolas donde se revuelcan. Quiere ir ahí, eso es lo que quiere desde que han llegado.

Cuando comas, contesta el padre acercando de nuevo el tenedor. La carne entra en la boca y da vueltas dentro durante mucho rato. La niña mira la sala de sus deseos, la carne se le ha hecho bola, no puede tragarla, llora. La pequeña también llora, por sueño o por solidaridad y de un manotazo tira un vaso con zumo sobre los pantalones del padre.

La madre que te parió, dice el padre intentando contener el río de zumo que baja en cascada desde la mesa hasta su pierna y desde allí hasta el suelo. Falling down, dice la madre cuyos genes cara ancha han sido vencedores.  El pingüino sube y baja en la tripa de la niña, brillando de forma intermitente.

El padre se está hartando, desea un rato de paz y ese deseo se impone, poderoso, al de control y educación. Podéis ir a jugar, concede. La mayor sujeta en brazos a la pequeña y bajan tambaleantes un tramo de escaleras. Puede que se caigan pero con un poco de suerte no se caen, calibra la madre, con un poco de suerte no les pasa nada y ellos dos pueden terminar de comer con tranquilidad. No se han caído pero vuelven enseguida, casi al instante. Padre cara fina avisa con un codazo a madre cara ancha: ya están aquí.

No era tan divertido que digamos, dice la niña, sentándose. Acaba de comprobar que las cosas suelen ser mejor vistas de lejos y en la imaginación. Desde la silla mira la sala de juegos a través del cristal, ahora con cierto desdén.

Las hojas se caen a ratos y a ratos dejan de caerse. Sujetas a la rama se mueven a uno y otro lado diciendo adiós como reinas a sus súbditos invisibles.

La madre mira el móvil, el padre mira las hojas, la hermana pequeña se duerme en los brazos del padre.

El pingüino de lentejuelas engorda y adelgaza, engorda y adelgaza. A ratos brilla y a ratos no.

No tan divertido que digamos, dice de nuevo la niña como si estuviera revelando el pensamiento de todos. Después rompe en trocitos muy pequeños una servilleta de papel y con ellos hace caminos.

La oficina misteriosa

Los hermanos de Leo no saben exactamente qué es lo que hace en la oficina pero se imaginan algo terrible, muy pesado y a la vez envidiable. De todos ellos, es el único que trabaja. Los otros tres nunca lo han hecho y aunque alguna vez fantasean con tener un empleo, la misma palabra empleo se les hace extraña, saben que se trata solo de una fantasía, al igual que sueñan con emprender largos viajes o vivir amores arrebatados, similares a los que ven en las películas.

Ven muchas películas, la mayor parte del día la pasan viendo películas y cuando quieren bajar a la realidad ponen noticias que comentan con gran alteración, nada más desagradable y enervante que la realidad. Para calmarse se pasan a la información meteorológica, importante para luego transmitírsela a Leo, no vaya a ser que salga poco abrigado o demasiado. También cocinan, van a la compra, limpian la casa a golpes indolentes de plumero viejo y miran por la ventana.

Cuando miran por la ventana se deprimen un poco, recuerdan cuando toda la manzana era suya y tenían hasta un jardín con parterres que formaban laberintos, por ahí corrían de pequeños, jugando a perderse. Ahora están perdidos más en serio. Poco a poco fueron vendiendo todo: el jardín se volvió garaje, las casas se transformaron en tiendas y la mansión del tío Álvaro, porque aquello era una mansión con sus vidrieras de colores como en las iglesias góticas, poco más o menos, es ahora una gasolinera
¡Una gasolinera!, eso sí que no se lo esperaban, la gente va con sus coches a repostar y de paso compra chicles. Justo en el mismo lugar donde comían los domingos pasteles rellenos de crema de chocolate en una mesa muy larga con mantel blanco de hilo.

Si el tío Álvaro resucitara se volvería a morir al instante de un segundo infarto, pero no rescucitará ni ninguno de los otros tíos y tías. Nadie lo hará. De la anterior generación solo vive la madre de los cuatro, una señora alta y voluminosa que cada mañana se asoma a despedir a su único hijo trabajador.Le dice adiós desde la ventana como si fuera un escolar que está aprendiendo a cruzar la calle. Le dice adiós y siente lástima y también orgullo de que Leopoldo vaya a una oficina.

En cuanto puede, saca el tema a relucir con sus amigas, con los médicos o con las cajeras del supermercado. “Mi hijo Leo trabaja…en una oficina”, los otros no parecen extrañarse ni admirarse, a nadie le importa lo de los demás. Debe de ser espantoso tener que estar tantas horas dentro de esos lugares haciendo cosas que uno no quiere hacer y tratando con gente a la que no quiere tratar. Espantoso, pobre Leopoldo, qué coraje tiene.

Por eso se esmeran todos en tener la mesa preparada para la hora de comer, por suerte puede venir a comer. En prepararle las comidas que le gustan, en que su ropa esté lavada, planchada y bien dispuesta y en no hacer ruido cuando se queda traspuesto en el sofá con la boca abierta y un hilillo de baba colgando por la comisura derecha, siempre la derecha.

Y a las cuatro, vaya hora más mala, Leo se vuelve a marchar a ese espacio gris y misterioso, envuelto en nieblas. Los otros hermanos se quedan durmiendo hasta las cinco, meriendan café con tostadas y piensan con esperanza y miedo que tal vez algún día tengan que salir a las cuatro porque los contrate alguien. Algunas tardes, si se les ha olvidado algo por la mañana, salen a comprar sin quitarse el pijama que se han puesto para dormir la siesta. No abandonan la manzana que fue suya y solo suya y odian a todos esos que pasan por sus calles y encima los miran con extrañeza. Pero si están en su casa, ¿es que no pueden dar vueltas por su casa vestidos como les dé la gana?

Cenan todos juntos, Leo se sienta en una silla que se trajo un día de la oficina, tiene ruedas y una felpa azul llena de bolillas, la iban a tirar por vieja pero él la rescató. No se puede negar que es horrible y desentona en el comedor pero aún así miran a Leo con reverencia, reyezuelo en su trono rodante.

¿Qué hará Leopoldo en la oficina? No lo saben, les ha explicado algo de papeles, ordenadores, informes…Suena vago, nebuloso. Con esas cosas nebulosas sueñan algunas noches, avanzan entre ellas con gran dificultad, su atmósfera es muy densa.
Tal vez algún día, algún día fatídico y a la vez grandioso ellos también salgan a trabajar a uno de esos lugares y su madre los despida a todos desde la ventana. La misma ventana a la que ahora se asoman para mirar esas calles transmutadas, calles sin jardín laberíntico, sin vidrieras de colores, sin tíos Álvaros, con gasolinera y gente hostil que compra chicles.

Ensayo

Por los agujeros del verano, que ya empieza a descoserse, se ha colado el otoño.

Ha entrado  a mirar pero ya que está arma un poco de jaleo.

Como si dijera: atentos, esto es lo que pronto haré.

Empuja hojas secas por las aceras y las enreda en los pies desnudos,

pone nerviosas a las libélulas que enloquecen por el aire, presagiando su final,

saca a pasear a extrañas parejas con paraguas negros colgados del brazo,

suelta a la melancolía que se arrastra como una serpiente por las alcantarillas.

Cuelga del cielo un trapo gris con el que tapa la fina línea de la luna,

hace bostezar a las abuelas en sus sillones,

se pega a los vestidos blancos,

los agita con ruido de alas,

los  inquieta con pensamientos de cárceles y armarios

y, antes de desaparecer, deja caer unas cuantas gotas pesadas y torpes.

Hoy solo estaba ensayando.