Categoría: Ventanas

Escapista (2)

20180113_114337

Anuncios

Agua dormida

Empezó a pensar, si es que a ese estado medio flotante y denso de la mente se le podía llamar pensamiento,  en agrupamientos animales más coherentes. Pensó que el búho y el oso no debían estar juntos, que el oso marrón estaría mucho mejor al lado del oso azul y de los dos ositos pequeños y blancos, formando algo así como una zona plantígrada. Al otro lado del estante debería reunir a las aves: el búho, el pingüino y el flamenco. El flamenco cantaba si le apretabas la tripa, todos se habían reído mucho cuando cantó y habían dicho, “ay, pero qué cosa más graciosa”. No le hizo gracia pero sonrió, era más fácil y se acababa antes.  En ese momento no se acordaba de quién se lo había traído ni qué grupo humano formaba ese todos, solo recordaba que quería que se fueran, que con toda su alma quería que se fueran, que abajo, en la calle, había empezado a llover después de muchos meses de cielos despejados y que desde la ventana, en camisón, había visto pasar a la gente con gabardinas y paraguas en dirección a sus ocupaciones exteriores, el asfalto brillando, y que se sintió en otro mundo muy lejano de ese exterior. Un mundo en el que acaba de ingresar y cuyas reglas aun no manejaba  formado  por dos largas hileras de animales de peluche de todas las especies y colores y un niño de carne  que lloraba por motivos desconocidos y que cuando llegaba la noche no se dormía porque para él no había distinciones entre el día y la noche.

Ahora era de noche, ya llevaba siéndolo muchas horas y ni boca arriba ni de lado ni boca abajo ni con balanceo entre los brazos ni moviendo la cuna una y otra vez, una y otra y otra se dormía el niño. Con el movimiento parecía que sí, que ya se iba a dormir, los ojos se entrecerraban, pero cuando ya estaban a punto de desaparecer tras los párpados y el movimiento se aflojaba levemente,  volvían a abrirse, enormes. Y después de abrirse como con susto, lloraba y lloraba. Era su modo de comunicación, su manera de decir, no sé dónde estoy ni para qué, tengo frío o hambre o incomodidad o miedo o no sé lo que tengo.

Silenciosos observaban la escena la rana, los monos que se abrazaban, la jirafa, el erizo, el elefante azul y el hipopótamo con un corazón rojo bordado en la tripa. No trataban de comerse unos a otros, no olían mal, eran tiernos y ridículos a la vez  y la miraban desde la estantería como si supieran. Como si supieran que también tenía ganas de llorar y que a veces lloraba y eso que no podía decirse que no estuviera feliz. Eso no podía decirse. No solo no podía decirse porque no era verdad, no lo era, si no porque aunque no lo hubiera estado tampoco podría decirse. Por lo menos no  así en general, a todos esos que venían de visita con sus bombones y sus peluches y sus vestidos de bebé y sus consejos y sus inspecciones oculares buscando parecidos. Tal vez se lo podría haber dicho, en bajo,  a los tiernos animales de colores pero no hubiera servido de nada porque ellos no tenían lenguaje, no entendían el suyo, no podían corresponder.

La luz de una farola entraba en el cuarto iluminando de naranja una franja de suelo. Desde la silla estiró el cuello para mirar por la ventana sin dejar de mover y mover como si hiciera una masa de algo,  masa de sueño de niño, si dejaba de mover la masa se cortaba.  Vio pasar un coche y al rato otro, imaginó a sus conductores, con toda normalidad llegarían a sus casas,  se meterían en la cama y dormirían. Al igual que detrás de todas esas ventanas apagadas había gente durmiendo, libres recorriendo sus sueños, descargando sus subconscientes, descansando sus cuerpos. Dormir era su mayor deseo. Abandonarse al sueño. Abandonarse.

Le pareció que el conejo rosa se reía  y que el gato de rayas de colores también se reía. Que todos esos peluches que habían invadido su casa se reían. Pero no se reían, era solo esa expresión que les habían puesto, de inocente felicidad, con sus bocas cosidas en dirección ascendente. El burro tenía dientes y los enseñaba, el burro se carcajeaba.  Pero el  niño lloraba y no podía saberse el motivo. Hambre, frío, incomodidad, nerviosismo, cólicos, sueño. Y si tenía sueño, ¿por qué no se dormía? Porque no  podía, no sabía hacerlo. Le dio pena el niño que no sabía dormirse, tan recién llegado que ni eso sabía. Quiso decirle que era muy fácil, sólo había que cerrar los ojos y dejarse llevar por las oleadas hasta entrar en el mar del sueño. Era tan fácil caerse en ese mar y flotar a la deriva…, hundirse.  Se sujetó fuerte con una mano a uno de los brazos de la silla porque no se debía caer, no le estaba permitido caerse,  y con el otro siguió moviendo  la cuna arriba y abajo, abajo y arriba y hacia los lados. Le dolía el brazo y la cabeza y una extraña claridad que todavía no lo era anunciaba el amanecer.

Empezó a llover, el sonido de las gotas chocando contra el cristal daba mucho sueño, muchas ganas de ser gota y resbalar, derretirse, perder los contornos, unirse a otras gotas y dejarse arrastrar hacia abajo formando un camino líquido. Muchas ganas de ser agua inconsciente, agua dormida.

 

 

Sibila del 46

La portera del 46 parece saber algo que los demás no sabemos.

Asomada a la puerta nos mira pasar cada tarde como si esa función no fuera con ella, como si todos los apresurados de la calle le inspirásemos risa por lo absurdo de nuestros afanes, pero también una maternal compasión.

Criaturitas…

La portera del 46 es una sibila de jersey rojo que come pipas con lentitud y con igual parsimonia va tirando las cáscaras en un cucurucho de papel. Al acabar, se lo guarda en el bolsillo del delantal y suspira tomando impulso.

En breves momentos va a oficiar la solemne puesta de sol y a dar por clausurado el día. Desde la antena, vigila la corrección del proceso la urraca maestra de ceremonias.

Con las farolas ya encendidas, desciende a su cubículo misterioso, abre su libro de los conocimientos ocultos, lee. Una luz amarilla envuelve su secreto. Si acaso bosteza es porque conoce demasiado bien el final y la falta de intriga le da un poco de sueño.

Se ríen los gatos

A su madre no le dio tiempo a prepararle la ropa antes de irse a trabajar y su padre no sabe hacer bien los conjuntos. Por eso sale de morros, porque el color de  la falda no combina con los leotardos. En la calle se le olvida que estaba enfadada. Los leotardos tienen la cara de un gato en cada rodilla y al doblar las rodillas parece que  se ríen. A cada momento quiere doblar las rodillas para ver la risa de los gatos,  pero su padre le tira del brazo y dice, “venga, apúrate, Val, llegamos tarde”.

Hay niebla, así que no puede ver la colina de  los toboganes que está un poco más arriba pero sí ve, muy cerca, un pájaro  del revés en una rama, está colgado por las patas y parece de trapo. Se lo enseña a su padre y él dice, “no lo mires, está muerto,  espichó”.

Lleva  la boca tapada con la bufanda  y los pelos de la lana al contacto con su respiración se humedecen, los escupe con asco,  se cuelan otros.  Su amiga Estefi va todos los domingos por la mañana a la colina de los toboganes y  se lleva los patines, ella tiene que ir al supermercado Día donde trabaja su padre, se lleva el furby en un bolso, pero está estropeado y ya no habla ni se mueve.  Los ojos del furby asoman por encima del bolso, igual que los suyos asoman por encima de la bufanda, también son redondos y están muy juntos.

En la caja de la derecha se sienta su padre y ella  en la que está al lado, esa no la abren los domingos porque entra poca gente. Venga, Val, ponte a dibujar, le dice nada más llegar.  Le gusta dibujar pero si se lo mandan ya no le gusta tanto y además hoy no tiene ganas.  Dibuja una casa con el tejado rojo y una chimenea torcida por donde sale humo, pone al humo a dar vueltas y más vueltas, lo hace dar  tantas que tapa la casa y la emborrona entera. Luego dibuja dos niñas en patines, una es Estefi y otra es ella.  Ella cumple ocho años en marzo y desde los cuatro pasa en esa tienda sus mañanas de domingo.

Ya se ha cansado de pintar,  así que se da un paseo por los pasillos.  No toques nada, Val. Ella no contesta. A veces sí toca cosas, los caramelos, las chocolatinas. Los saca de sus estantes y después los vuelve a colocar teniendo mucho cuidado de que queden como estaban.

Algunos de los que entran a comprar le regalan golosinas,  se las dan a la salida, cuando pagan. Otros no le dan nada pero le hacen preguntas, qué edad tiene, si le gusta el colegio. Le dicen que es muy guapa y que ayuda mucho. Cuando no le apetece contestar, agacha la cabeza y hace que pinta o se esconde debajo de la caja por donde hay muchos cables enredados.  Su padre entonces dice, “Valeria, no seas maleducada,   contesta,  te están hablando”. Cuando la llama por el nombre entero es que está enfadado, si solo la llama Val, no hay peligro.

Como ya se ha recorrido la tienda  tres veces y no sabe qué hacer, va hasta donde están las cestas, levanta el asa de una y la deja caer. Suena un ruido parecido a clac. Levanta el asa, la deja caer, clac, clac, clac muchas veces hasta que oye  “ya vale, Vale”. Es un chiste con su nombre, todavía no está enfadado. Puede seguir haciendo ruido con el asa y sigue haciéndolo. Cada vez un  poco más fuerte y violento hasta que oye,  “Valeria,  para ya, siéntate a dibujar”

Se agacha de mal humor para colocar la cesta y los gatos se ríen sobre sus rodillas, las estira deprisa, no quiere que se rían ahora .  Se dibuja a ella en lo alto de una montaña, es la colina de los toboganes, encima  coloca un sol y también una luna. Ha visto que algunas mañanas, aunque ya sea de día, hay sol y luna a la vez. Le gusta que  los dibujos estén muy llenos, que no queden espacios en blanco, pinta árboles, perros, flores y al final nieve sobre la montaña, parece nata.

Si ya son las once, Estefi estará tirándose por los toboganes. Algunos son tubos y otros están descubiertos, ¿son ya las once?, pregunta a su padre. Son las doce. Estefi estará entonces patinando. Va hasta el final de la tienda haciendo que patina,  por algunos sitios se desliza bien, por otros se le quedan atascados los zapatos.  Cuando era más pequeña le gustaba ayudar a colocar los productos en los estantes o barrer, ahora ya no le gusta. Está aburrida.

Vuelve a la caja y se sienta. La cabeza del Furby asoma por encima del bolso, ¿te aburres? , le pregunta. Como no contesta, lo coloca del revés, igual que el pájaro muerto que vio en el árbol.  Ella sabe hacer el pino sin pared pero en la tienda no puede hacerlo. Sabe hacer la voltereta hacia delante y hacia atrás, la lateral y también el pino puente. Todo eso sabe hacer.  Dobla las rodillas,  se ríen los gatos.

 

 

Completamente tío Víctor

No sé en qué momento exacto me convertí en mi propio tío, será porque no existe ese momento, porque uno no se convierte en otro de una forma rápida y repentina. Volverse otro lleva tiempo y trabajo. Lleva años de lentas, inapreciables transformaciones. Hasta que un día, y ahí si hay un momento exacto, uno se da cuenta: es otro.  Hoy me he dado cuenta. Ha sido al salir del metro, eran las ocho de la tarde,  hacía mucho frío y no encontraba el guante  derecho. Iba rebuscando por los bolsillos cuando he visto a mi sobrino Pablo, sin abrigo, sentado en el respaldo de un banco de la plaza, y  he pensado, “otra vez este, se pasa el día en la calle, ¿qué hará a estas horas y con este frío ahí sentado y sin abrigo?”,  y eso que tiene en la mano, ¿es un cigarro? Así que fuma, qué pájaro”.

Ha sido en ese instante cuando he pensado, “ay, Dios, soy mi tío Víctor”. Ese mismo tío al que de adolescente odiaba porque me lo encontraba a todas horas y en los momentos más inoportunos. Ese tío del que decía escondiéndome, “joder, mi tío otra vez, qué plasta, está en todos lados”.

De pequeño lo quería mucho, lo adoraba. Era el único que vivía todavía en la casa de los abuelos. Cuando me dejaban allí algunas tardes, el tío Víctor tiraba una manta al suelo, yo me tumbaba encima y él me arrastraba a toda velocidad por el pasillo. Ese juego se llamaba la alfombra mágica. También desmontaba el sofá para construir un refugio y dentro, escondidos bajo la cúpula de almohadones, me daba monedas de chocolate.  O entrábamos en el dormitorio grande que el tío Víctor llamaba “la gruta” poniendo una voz terrorífica,  para enfrentarnos a las fieras.  Decía que allí escondidos había animales hambrientos, deseosos de devorar niños que tuvieran un remolino en el centro del pelo y hoyuelos en las mejillas. Esas características mías eran los manjares preferidos de las bestias. Yo pasaba miedo verdadero. Para ahuyentarlas, el tío Víctor les tendía trampas imaginarias, peleaba furioso contra el aire y así me salvaba  cada tarde de los monstruos sibaritas.

Luego nos separamos, crecí y sólo nos veíamos una o dos veces al año en alguna reunión familiar. A él le gustaba recordarme esos juegos infantiles, a mí me hacía gracia pero al mismo tiempo me daba vergüenza y hubiera preferido que no me lo recordara. Hasta que al llegar la adolescencia empecé a encontrármelo por la calle. A todas horas.

Si estaba fumando mis primeros y furtivos cigarros, ahí se aparecía el tío Víctor con su maletín de trabajo, un maletín que él llamaba el ataché, palabra que me sonaba a estornudo y que me parecía ridícula, tan ridícula y anticuada como ese mismo maletín. Si estaba besando a alguna chica, casualmente torcía la esquina el tío Víctor con sus gafitas redondas. Esas mismas gafas o unas iguales le tiré a un estanque, sin querer, de un impulsivo manotazo, un día que me llevó al parque.  Allí se quedaron sumergidas entre los peces naranjas, los palos, las hojas y las migas de pan.  No se enfadó, era muy paciente. Sin gafas su cara parecía aún más bondadosa pero también desprotegida, vulnerable.

Cómo odié luego ese mismo rostro paciente y  bondadoso. Odié al maldito tío Víctor  y su manera de ocupar las calles que yo empezaba a transitar con libertad. No había manera de faltar a clase o de ligar o de beber sin ser descubierto por mi omnipresente tío, ¿lo hacía adrede? Los dos fingíamos que no nos habíamos visto pero los dos sabíamos que sí y que estábamos fingiendo. Qué incómodo.

Y ahora soy yo mi propio tío Víctor, lo he sabido por ese gesto apenas esbozado en la cara de mi sobrino sentado en el respaldo del banco, un gesto muy sútil pero que al momento he interpretado como, “el pesado de mi tío otra vez, está en todas partes”. Omnipresente yo también. He recordado que Pablo de pequeño me hizo un regalo en uno de mis cumpleaños, un librito diminuto con las hojas grapadas que tituló “Libro de seres”. Dentro, en cada una de las hojas había dibujado un ser. Algunos solo eran figuras geométricas, como el ser cuadrado, un simple cuadrado con un ojo en el centro.  He tenido muchas ganas de recordárselo, de acercarme y decirle, ¿te acuerdas del libro de seres, del ser cuadrado?

Pero me he comportado como se hubiera comportado el tío Víctor, porque ya soy él, he puesto cara de despistado y he pasado por delante de Pablo deprisa, mirando para otro lado, sin saludar, con un solo guante y rebuscando el otro por los bolsillos. Ridículo y anticuado a sus ojos, estoy seguro. Completamente tío Víctor.